Una cama para dos

Estaba por encima de ella, acariciándole ahora su pelo y culeándola, pero sin llegar a penetrarla, sólo rozando sus labios vaginales, se quitó sus bragas, me cogió el pene y se lo puso a la entrada de su maternal cueva, abriendo su pubis para que su hijo la penetrara, mi glande vencía una barrera caliente, y la penetré, yo la empujaba con fuerza y eyaculé un enorme chorro de semen en mi madre.

Mi madre me llamó a la cocina. Allí estaba mi padre, ella y yo. Dijo mi madre: – Rafa, cariño, que tengo que ir a una boda de tu tío Julio en Valencia y tu padre no quiere ir. No le apetece. – ¿Pero vas a ir tú sola, mami? – Mejor, María, es que vayas con él y así no vas sola. – O sea, que me das plantón, ¿Eh?. Venga, Rafa, anímate, y así ves a tus primas. – Bueno, vale, para que no vayas sola. – Gracias, cielo, así ya tengo acompañante.

Me abrazó desde atrás, acariciando mi pecho mientras notaba sus balones en mi espalda con mucha claridad. Mis padres se llevaban regular, tirando a mal. Se soportaban y convivían supongo que porque era lo más barato. Pero un hijo sabe perfectamente si sus padres follan o no, por los gestos, gemidos, etc. Y mis padres hacía mucho que no follaban, y mi madre no tenía amantes, aunque estaba buenísima.

Mi madre tiene 45 años, es morena, de pelo corto, de tez morena, de 1.70 y un pecho redondo precioso, carnoso y muy buen puesto, con medidas de 100, 70, 100. Es muy guapa y elegante. Yo tengo 20, mido 1.75, delgado, de tez morena y pelo moreno, musculoso y muy apuesto (¿Para qué mentir?). Llegó el día y fuimos en tren desde Madrid hasta Valencia. Nos pasamos casi todo el día durmiendo. Al llegar a nuestro destino, no fuimos a la casa de mi tío para no molestar. Fuimos a un hotel. Pero era verano y estaban las plazas a rebosar. Como mi padre tenía un buen sueldo, fuimos a un hotel de 4 estrellas, y sólo había tres suites pero todas de cama de matrimonio. – Mira, Rafa, cogemos una pues estoy cansada de mirar en otros hoteles y además somos madre e hijo y no pasa nada. – Por mí no hay problema. – Eso sí, no se lo digas a tu padre porque ya sabes que es celoso y mal pensado. – ¿Y qué podría “mal pensar”? – Ya te lo puedes imaginar; Y me miró con picardía por encima de sus gafas de sol.

Eran las 5 de la tarde y la boda era a las 8. No teníamos tiempo para casi nada. Nos vestimos y pedimos un taxi. Mi madre estaba sencillamente radiante. Yo iba con un traje azul marino muy elegante, normal, con una corbata azul claro. Pero ella iba despampanante. Iba con un traje negro de noche, de falda lisa por las rodillas, y una parte superior que dejaba desnudos sus hombros y un escote muy generoso, en el que se deslumbraba muy bien la silueta de sus pechos, y marcaba muy ceñidamente bien el resto que ocultaba ese escote.

– Mamá, estás guapísima. – Gracias, Rafa, cariño. Hace mucho que un hombre no me dice eso.

Llegó el taxi y durante los 20 minutos de recorrido no dejé de mirar de reojo a su escote, que era excitante cuando ella respiraba y su pecho pujaba por escapar de su prisión. Pero como toda mujer, ella se dio cuenta de que un hombre (su propio hijo), le miraba su pecho. Me miró y sólo echó una leve sonrisa. A las 9 acabó la ceremonia y nos fuimos al restaurante. Como en todas las bodas, había muchas jovencitas con un escote mucho más que generoso, hasta más que el de mi madre, que ya es decir. Bailamos por separado, pero poco, y nos fuimos a un rinconcillo poco iluminado para tomar un Cubata. Estábamos hablando muy  animadamente. Yo me estaba fijando mucho en mi primo, que estaba un poco más apartado de nosotros, y le estaba sobando las tetas descaradísimamente a su novia.

– ¿Qué miras, Rafa? – Estoy  viendo a Juan, el hijo de Marta, que está con su novia. – Bueno, eso es normal aquí, ¿No? – Ya, pero no lo que está haciendo él. – ¿Y qué hace, que le miran muchas personas? – No sé cómo explicártelo, pero no mires porque quedarías de cotilla total. – Bueno, Rafa, pero dime algo. – Es que le está haciendo esto… Y en ese mismo momento le toqué los pechos a mi madre. Fue la primera vez.

A los dos segundos no me lo podía creer. No me lavaría jamás esas manos. Se los levanté un poco y pude comprobar lo riquísimos que los tenía, carnosos, duros, y preciosos.

– Rafa, por favor, contrólate.

Disimulamos todo lo que pudimos por lo raro de la situación y a eso de las 4 de la mañana nos fuimos hacia el hotel. – Bueno, Rafa, a ver cómo te portas en la cama. – Jajajajaja. Mamá, parece que hables de otra cosa. – Ya, cariño, me refiero a que a ver si me dejas dormir. – Será como si durmieras con papá, ¿No? – Huy, tu padre ronca y ya te habrás fijado que casi siempre se tiene que ir al cuarto de los invitados.

Yo me fui desvistiendo, para demostrar naturalidad y modernidad, y ella me echó un ojazo, de arriba abajo justo cuando estaba en calzoncillos. Yo pude ver que ella tampoco se iba al wáter a cambiarse y la vi de espaldas sin sostén, apreciando la base de su teta derecha, lo que me turbó y excitó. Nos tumbamos y se levantó un poco y me dijo:

– Rafa, cariño, gracias por haberme acompañado. Iba muy bien acompañada. – Yo lo pasé de maravilla junto a ti, mamá. Y me dio un beso ligero en los labios.

Yo flipaba. Apagó la luz y nos tapamos con la manta pues estábamos los dos cansados. Con la excitación que tenía, al poco rato, rocé mi muslo con su culo pero me eché atrás. Ella, a los 10 minutos, se abrazó a mi espalda y con su mano rozó mi paquete un poquito. No supe si era consciente o inconscientemente. Nos levantamos muy tarde. A eso de la 1 paseamos por la playa, que quedaba cerca, y tomamos varios cafés por la resaca.

Reíamos mucho y hablábamos distendidamente. Ella estaba juvenil, y alegre. Ese día yo iba con una camisa normal y vaqueros, y ella con una falda verde más corta que la de anoche y una blusa blanca, ceñida e igual de escotada que la de ayer. Comimos en el hotel y a las 4 subimos a nuestra habitación, que tenía mini bar y una cadena musical con varios Cds a escoger.

– ¿No te apetece una copa, mamá? – Si, y pon música, cielo. Puse una romántica bailable. – Hummm, Rafa, qué bien has escogido. – Ven, mami, bailemos. Nos abrazamos y empezamos a bailar pegados.
Su pecho estaba pegado al mío y lo notaba a la perfección, y nuestras miradas se buscaron. – Rafa, cariño, no sabes cómo me vino de bien evadirme un poco de la monotonía con tu padre. – No es por ser mal hijo, Mami, pero eres guapísima y te habrán tirado los tejos. – Calla, sinvergonzón. Y me pegó un cachete cariñoso en el culo. – Mamá, tienes que perdonarme por lo de anoche. – ¿Por qué, cariño? – ¿No te acuerdas?. Por esto…

Y nuevamente le toqué el pecho, pero esta vez por más tiempo y sin soltar las manos. – Rafa, que es la segunda vez que me tocas el pecho. – Es que lo tienes precioso y me encanta tocarte, mamá. – No digas eso, Rafa, no debemos hacer eso. Anda, deja de meterme mano descaradamente. – ¿Pero me perdonas, mamá?, dije con cara de muy preocupado. – Claro, cariño. ¿No ves que a la noche la curiosidad hizo que rozara levemente tu pene? – ¡Je! No sabía si lo hiciste consciente o inconscientemente. – Yo no soy de piedra y tengo mi curiosidad. Además, tú me metiste mano a mí antes, en la boda. – Pues ahora me tienes más cerca. – Ya, Rafa, y seguro que ahora la tienes enorme, ¿No? – Te está esperando, mamá, aprovecha. – ¿Pero qué dices?

Con la música, la copa, la excitación de ambos por la que nos dejamos llevar, le metí los dedos por su escote, tocando mis nudillos esa piel prohibida a todo extraño a una pareja, le empezaba a tocar realmente sus tetas.

– Rafa, mi amor, ¿Qué estamos haciendo? – Tú  lo necesitas tanto o más que yo, mamá. ¿Por qué buscar fuera lo que tienes aquí en tu propia habitación. – Y no sabes cuanto lo necesito. Diez años sin sexo alguno, yo que antes de casarme los tenía a puñados. Esto es como una aventura, Rafa. – Mamá, que lo estás deseando. Ahora no hace falta que sólo lo roces.

Le besé muy cerca del labio y ella bajó su mano derecha hasta mi paquete. Lo apretó hasta casi hacerme daño. – ¡Rafa!, es enorme. No sabes hace cuanto que deseaba un hombre así cerca de mí. – ¿Y si te la enseño ahora qué harías, mamá? – ¿Qué crees, crees que con mi excitación, mi edad y mis ganas de verla me iba a escapar corriendo? – Por favor, mamá, desabróchame. Quiero cumplir tu deseo, eso que tanto necesitas. – Lo estaba deseando, Rafa.

Y desabrochó el pantalón, tocándola antes por el calzoncillo. Enseguida me bajó el calzoncillo y salió mi tranca de 18 centímetros y ya llena de sudor y con alguna que otra gotita blanquecina. Se agachó con cara de asombro, mordiéndose los labios, para verla más de cerca.

– Mamá, que no muerde. Y le dirigí su mano hasta mi verga.

Empezó a tocarla y me masturbaba de arriba abajo. – Rafa… Me miraba con gesto de excitación. Yo le metí mi mano izquierda por completo dentro de su escote, tocando por completo su pezón y su pecho redondo y perfecto, palpándolo con la mano, con algo de fuerza.

– Rafa, estoy asustada. ¿Dónde hemos llegado? Es tremendo. Todo debió de quedar en que me metieras mano anoche, nada más. – Mamá, lo necesitabas. Desaté tus ganas, y así sé que no irás con otro de afuera. Ven aquí. Le besé en la boca y nuestras lenguas se juntaron. Ella me desabrochó la camisa y sobó mi cuerpo. – Yo también quiero tocarte el pecho. Nos desnudamos por completo. – No, Rafa, las bragas sí que no. Siéntate. Me senté en la cama. – Hace más de 20 años que no hago una cosa que no puedo dejar escapar otra vez.

Sus pechos estaban encima de mis rodillas y ella besó mis pezones, bajó hasta la barriga, deteniéndose en el ombligo, con lo que me hizo muchas cosquillas, y así bajó hasta que sus labios apresaron mi glande. Se la fue metiendo poco a poco en su boca, chupándomela de maravilla y sintiendo yo un enorme placer, húmedo y cálido.

¡Mamáaaaaaaaa! – Rafa, cariño, tu padre hizo muy mal en no venir conmigo. Eso fue la gota que colmó el vaso. Ven, acuéstate encima de mí. Ella se puso en la cama, cara arriba, y yo me puse encima de su cuerpo, besando su cuello y sus labios mientras mi mano derecha sobaba su pecho. Yo estaba por completo encima de ella, acariciándole ahora su pelo y culeándola, pero sin llegar a penetrarla, sólo rozando sus labios vaginales y su mata de pelos. – Rafa, sáciame de una vez, por favor, sáciame.

Se quitó sus bragas, me cogió el pene y se lo puso justo a la entrada de su maternal cueva, abriendo su pubis para que su hijo la penetrara. Noté como mi glande vencía una barrera caliente, húmeda, musculosa, su vagina, y la penetré. Nos besamos como locos y yo la empujaba con fuerza.

– Mamá, me corro. Ella se estiró mucho y la besé en su nuez, en su cuello, y noté como eyaculaba un enorme chorro de semen en mi madre. Así quedamos en la cama descansando unas horas. Le dije: – Mamá, ¿Y si quedas embarazada? – No te preocupes, Rafa, mañana tendré que hacer el amor con tu padre por si acaso.

Aquella noche hicieron el amor, pues los oí. Y pasados 9 meses nació una niña, y nadie supo quién era el padre (ella no hizo el ADN aunque yo se lo pedí).

Autor: espiga24

Me gusta / No me gusta

Reviviendo con mamá

Me puse yo arriba, mientras le sobaba el pecho, pronto mi madre cogió mi pene y lo dirigió a su humedísima cueva. Y penetré a mi amor, a mi madre a la primera. Hundí mi falo en su cueva, en ella, la poseí, mientras ella se estiraba de placer y me ofrecía su cuello para que lo besara. Me agarré a sus hombros y la besé en la boca, y así eyaculé mientras le acariciaba el cabello.

Me llamo Edu. Vivo en el norte de España, y a mis 18 años tuve una experiencia increíble que me dio esa fuerza que necesitaba en un período crucial de mi vida. Mi madre me crió siempre sola, pues mi padre salió corriendo literalmente cuando oyó que iba a ser Padre. Jamás lo ví. La educación de mi madre era de lo más normal hasta que cumplí los 18 años.

El día de mi cumpleaños mi familia me dio champán para beber, y como me gustó mucho, tomé tres copas, con lo que quedé medio trompa. Bajé solo a casa para echarme un rato y como iba idiotizado, no vi a un camión que pasaba a bastante rapidez, y me atropelló. Estuve en coma un mes, y tardé en despertarme mucho tiempo, ya en casa. Además, me fui despertando poco a poco, ya fuera de peligro, y tardé justo dos meses en recuperar por completo la visión.

Mi madre estaba histriónica, pues me iban a quitar la venda y hoy vería sin problemas. Era como renacer. Al abrir los ojos, lo primero que vi fue a mi madre (además del médico). Estaba allí, sonriente, juvenil, exultante. Se llama Ana Rosa y tenía 40 años muy bien llevados. Es alta, de 1.75, más bien tirando a delgada pero con carnes. Un culo bien marcado y un pecho de 100, la hacían una mujer muy atractiva. Es morena, de media melena, y de cara de rasgos finos pero afilados. Tan pronto como nos quedamos solos, me quedé mirándola fijamente, embobado

– Mamá, qué guapa estás, qué gusto verte. – Gracias, cariño. No sabes lo contenta que estoy. Era Verano, y ella llevaba una blusa escotadísima, muy desabrochada, y debajo de ésta un sostén blanco. Hacía calor, estaba en su casa, estaba con su hijo, cómoda, y estaba escotada. Yo no paraba de mirarle a su escote. Era precioso, y ella se daba cuenta, pero no le importaba, no paraba de sonreír. Descaradamente le desabroché el último botón que tenía todavía cerrado, para ver más redondez de su precioso pecho, y ella me acarició el cabello, pues quizá no se dio cuenta de mi descaro.

– Mamá, estás preciosa. Y en ese momento le toqué un pecho con mi mano derecha, palpándolo, pesándolo, acariciándolo. – Edu, ¿Qué haces? ¡Estate quieto!. Lo dijo sin enfadarse, y suavemente apartó mi mano de su pecho. Pero enseguida volví al intento y esta vez metí los dedos por su sostén, acariciando su pecho con los nudillos. Esta vez era yo quien reía, pues mamá estaba rendida a mí y podía tocarle su pecho a placer. Ella consentía pues la situación no estaba para que se enfadase, y aproveché y mi mano ya descaradamente acariciaba la piel que va desde la aureola hasta el cuello, y porque lo hacía con suavidad, ella “se dejaba hacer”.

– Venga, Edu, deja de sobarme. Pasados unos días fuimos a la playa. – ¿Te apetece un baño, Edu, cariño? – Me encuentro todavía un poco débil como para nadar, la verdad. – Pero no te preocupes, cielo, te llevo yo. Tú te agarras a mí y así no hay problema. ¿Vale? Mi madre fue campeona de matación y tenía un cuerpo todavía bastante musculado. Me llevó de la mano hasta el agua y nos adentramos en el tranquilo mar de la ría. Ella me ayudaba y nos paramos en un punto. Yo me agarraba de su cuello y de sus hombros perfectos, musculados, y nos mirábamos con fijeza. Y en esa situación, nuestros cuerpos estaban muy juntos. Mi pecho contactaba con el suyo, y nuestras piernas chocaban continuamente. Clavé mi mirada en su pequeño bikini, y ella me miró con mirada pícara:

– ¿Qué miras, Edu? Eres un poco viciosillo tú, ¿Eh? – Es que eres muy guapa, y estás preciosa. – Anda, ven aquí. Y me dio un beso labio a labio. – Estoy muy feliz, cariño, de que te vayas recuperando. Hoy podría darte cualquier cosa. Yo me apreté más hacia ella y le besé sus labios pero esta vez abriendo mucho más yo los míos, babeándola. – ¿Edu? Al final, ella abrió del todo su boca y mi lengua penetró en mi madre, morreando como amantes auténticos. Me apreté mucho más junto a ella y le toqué su culo mientras lamía el cuello delgado de mi madre y ella nadaba.

– Ya está bien, vayámonos, cielo. Además, debes de estar a cien. Su mano se dirigió hacia mi paquete, que estaba a mil, a estallar. Noté su mano palpando mi polla. – ¡Mamá! – ¡Edu, cómo estás! Se giró y nos fuimos nadando. Ella nadaba y yo iba atrás de ella agarrado a sus hombros. Pero mi pene chocaba mucho con su culo, y me puso a cien. De repente mis manos pasaron a apoyarse descaradísimamente en sus pechos, los apreté uno con cada mano, suavemente pero con firmeza. Pero en ese instante ya habíamos llegado a la orilla. Mi madre me notó pensativo.

– Eduardo, cariño, debe de ser normal lo que pasó en el agua. Estuviste inactivo meses y ahora estás despertando y por eso estás a cien. No te preocupes, mi amor, ¿Vale? Que no me ha parecido mal. Te quiero con locura y lo que pasó no fue nada, no pasó absolutamente nada. Al día siguiente tocaba que mamá me diese un masaje para favorecer mi circulación, por prescripción del médico. Pero ese día, el masaje (después de lo ocurrido), ya tenía una connotación especial.

– Cielo, sácate la camisa para que te dé el masaje pues hace mucho calor. Quédate en calzoncillos. Venga, que no me voy a asustar, que ya te vi así muchas veces. Me tumbé en la cama, boca arriba, y mi madre me daba un masaje con aceites por todo mi cuerpo, empezando por mi cuello y el pecho. Ella llevaba una camisa deportiva algo escotada, pero como se inclinaba para masajearme, se le veía todo. Su mano en mi pecho, en mi barriga, su escote, su pecho, su olor…; Mi pene estaba empalmadísimo, a cien, y el calzoncillo ya no conseguía pararlo.

– ¡Vaya hombrecito tenemos en casa! Y llegó el masaje por las ingles. – Ahhhhhhhhhhh…- ¿Te pasa algo, cariño? – Es que me molesta mucho el calzoncillo, mamá. De verdad que me duele. – No, si no me extraña. Se te puso tremenda. Pero es normal, y muy buena señal, indicio de que te estás recuperando por completo. A ver, cariño, te lo voy a sacar.- ¿Seguro? – Que ya te vi desnudo en estos meses, mi amor… Me lo sacó y enseguida dijo con gesto de sorpresa:

– Aunque nunca así ¡Buf!. Ella no dejaba de ver mi pene, y yo no le dejaba de ver su escote. Sin poder evitarlo mucho, sus manos rozaban mi paquete constantemente. – Ay, Mamá, eso me alivia mucho. Es que me duele. Parece que me va a estallar. – ¿Esto? Y me acarició el pene con su mano.

– Siiiiiiiiiiiiiiii.- Es normal, cariño, es que llevas meses inactivo y ahora explotas de fuerza, pero eso me alegra, cariño. – No pares, Mamá, por favor, es que me alivias mucho. Su mano abarcaba casi todo mi palo, y con el aceite, resbalaba mucho. Me estaba haciendo mi madre literalmente una paja en toda regla, acariciando lentamente el pene, deteniéndose en el glande. – Edu…, esto no está bien. ¿Pero te alivia? – Si, mami…

– Bueno, así veremos los dos cómo va tu recuperación. Mi mano empezó a magrear su pecho, que por su inclinación, estaba en todo su esplendor. La reacción de mi madre no me la esperaba.- Edu, cariño, te quiero. Me alegra muchísimo que estés ya bien, mi amor. Y me besó en la boca. En ese momento no aguanté más y exploté echando un chorrazo de semen que empapó la mano de mi madre.

– No pasa nada, cariño, ahora te lavo. Ya estás totalmente bien, y eso es lo único que importa. Al día siguiente, ella estaba radiante, feliz por la total recuperación de su hijo. Y llegó la noche. Salimos a la terraza a ver el cielo plagado de estrellas y con luna llena. Era muy romántico, después de una buena cena y varias copas. Me sentí lleno de amor hacia mi madre. Ella llevaba un vestido negro, de noche, de lycra, y algo escotado, dejando ver el incipiente nacimiento de sus senos. – Mamá, cómo te quiero.

– Ven aquí, Edu, cariño. Y nos abrazamos al aire libre. Nos separamos un poquito y ella empezó a acariciarme cariñosamente la barriga. Eso me hacía cosquillas, pero al mismo tiempo me la estaba poniendo caliente. Aproveché y empecé yo a tocarle a mi madre su vientre plano y sin apenas grasa. Nos sonreímos. Ella, quizá sin darse cuenta, empezó a acariciarme el pecho. Y aproveché la ocasión para sobarle su precioso pecho. – Edu, ¡Por favor!. – Mamá. Me apena una cosa: Tú me has visto desnudo muchas veces, pero en cambio yo a tí no. Es una desventaja. Y no me gusta. Ya que me viste tú a mí desnudo, yo quiero verte desnuda a ti.

– No sé, Edu, no sé. – Por favoooor, así estaremos empatados. – Te diré lo que haremos: Nos ducharemos juntos para celebrar tu recuperación, pero sólo una vez, ¿Vale?- Gracias, mamá. Y le besé en su boca. Nos fuimos al baño, y mi madre enseguida se puso en ropa interior. Eso me puso a cien. Y mi pene abultaba demasiado en mi calzoncillo.

– Edu, ¿No te atreves a desnudarte? Dejé salir mi verga enhiesta. – Huy, Edu. Estás excitado. – Mamá, estás buenísima. – Venga, cariño, enjabóname la espalda que así no me esfuerzo. Se dio la vuelta y empecé a pasarle la esponja por el hombro y la espalda. Pero sin poder evitarlo, mi pene se pegaba a sus nalgas. Era totalmente obvio el movimiento de mi pene en su raja del culo. Y se dio la vuelta.

– ¡ Edu, cómo la tienes !. Cariño, nunca te le vi así. Si la tienes tremenda. Y ella me la cogió mientras decía eso. Quizá inconscientemente, como antes, me estaba haciendo una paja, con la espuma y el agua caliente lubrificando mi polla y su mano tocándola…- Edu, buf, está ardiendo. No pude más y eché un chorro de semen. Mi madre quedó sorprendida, pues ella me masturbó aquí casi descaradamente. Para disimular, sonrió y me dijo.

– Otra vez te has corrido, cariño. Se nota que lo necesitabas. Permitió que me abrazara a ella para desdramatizar la paja, y no impidió que la tocara. Mientras ella se reía y acababa de limpiar mi polla todavía entre sus manos, yo le tocaba sus tetas descaradamente, sopesándolas, y la besaba por el cuello con lujuria y pasión. – Venga, a secarnos. Edu, cielo, me apetece ir a pasear. O podemos ir a un Pub. Son las 11 y no tengo sueño.

Llegamos a un Pub muy bueno, y con música y luz suaves, justo para parejas. Estábamos en un apartado, pero no lejos de otras parejas que se estaban magreando, y el ambiente era muy estimulante. Me guiñó un ojo y me cogió de la mano. Ese gesto decía más de mil palabras. Poco a poco, nuestras caras se fueron juntando centímetro a centímetro, casi sin darnos cuenta. los dos nos olíamos lo que iba a pasar, después de todo lo vivido. De repente, nuestros labios se juntaron, y empezamos a morrear como dos amantes. Mordí y absorbí su labio inferior, y mi mano izquierda se posó en su pecho, entrando por la apertura de su escote. Ella estaba en las nubes, y mi mano penetró en su escote, tocándole su carnoso y redondo pecho hasta llegar al pezón y a la base del pecho. Ella me metió la lengua, y creí desmayarme.

– Ven, Edu, cariño, salgamos de aquí. Nos metimos en el coche y a los 5 minutos llegamos al garaje.
– No te asustes de lo que vamos a hacer, Edu. Lo necesitamos los dos, y no quiero negártelo. Paso de lo que otros opinen. En este momento te quiero con locura y quiero ofrecerme a tí. Fuimos a su habitación cogidos de la mano y yo le toqué el culo.

Mientras morreábamos, jugando con las lenguas, ella se desnudó por completo y me quitó el pantalón. Enseguida dirigió su mano al calzoncillo y vio mi excitación. Le besé su cuello, que la volvía loca, y toqué a placer sus pechos grandes, ajustados, carnosos, duros. De un empujón me tiró en la cama y me quitó el calzoncillo mientras besaba mi pecho. Fue bajando con su lengua y sus labios hasta el ombligo, y así, hasta el pene. Se lo metió poco a poco en la boca y creí irme del placer. No quise eyacular ahí, y me puse yo arriba, mientras le sobaba el pecho, pronto mi madre cogió mi pene y lo dirigió a su humedísima cueva. Y penetré a mi amor, a mi madre a la primera. Hundí mi falo en su cueva, en ella, la poseí, mientras ella se estiraba de placer y me ofrecía su cuello para que lo besara. Me agarré a sus hombros y la besé en la boca, y así eyaculé mientras le acariciaba el cabello.

Autor: Espiga24

Me gusta / No me gusta

Edipo

Cogió mi pene con sus manos y se lo dirigió a su cueva, noté de repente como entraba mi pene en la cueva, húmeda y templada. Nos juntamos cara con cara y la agarré de la espalda. Sentí como un estirón en todo el cuerpo, y todos mis músculos se pusieron en tensión, hasta que eyaculé mientras le besaba del cuello hasta su mentón.

Mi madre me tuvo a los 27 años, tras siete años esperando tener un hijo, por fin llegué yo, muy deseado e hijo único. Somos de clase media – alta. Y yo tengo ahora 30 años. Pero mi vida dio un giro tremendo a los 17 años. En aquel año estaba bobito del todo, por la adolescencia. Mis padres se empezaban a preocupar mucho. Pero más que mi actitud y desobediencia, les preocupaba mi aproximación exagerada hacia mi madre. Siempre me arrimaba a ella, me achuchaba a ella, no me separaba de su piel.

Mi padre estaba celoso y mosqueado. Tenía él, creo yo, complejo de cornudo. Un día, me riñó por cualquier tontería y yo me puse histérico, le insulté y empecé a abofetear a mi padre. Él, como era muy tímido y educadito, sólo se fue de la habitación y me castigó. Pero las cosas no iban bien. Y la gota que colmó el vaso fue cuando mi madre llegó a casa y estaba sola conmigo, en la cocina. De repente le dije:

– Mamá, estás guapísima. – Gracias, tesoro.

Y sin mediar más palabra, la abracé muchísimo y le di un beso en sus labios. Ella estaba aterrorizada, y sólo me dijo:

– ¿Pero Rafa?

Y habló muy seriamente con mi padre. Los dos decidieron mandarme a una psicóloga, la típica que no es de la Seguridad Social y por lo tanto sólo atiende a familias pudientes. Mi padre tiene 45 y mi madre, Ana Rosa, 41. Ella es alta, de 1.70, delgadita y con un pecho muy adecuado a su figura, de 88 de talla, y un pelo muy suave, de media melena castaño claro. Era muy guapa de cara, con rasgos muy finos, de chica modelo.

La psicóloga me parecía de lo más cursi y bobo que vi en mi vida. Actualmente vi a 6 diferentes, y todas con casi un calco. La pija esta no tenía ni idea, la verdad, y me preguntó de repente:

– Vamos a ver, Rafa: ¿Te atrae sexualmente tu madre? – Pues la verdad es que si.

Y se quedó con una boca atónita, de sorpresa. Al día siguiente, se reunió con mis padres y como no tenía ni puta idea de mi problema, para quedar de intelectual, les dijo que la mejor y más rápida solución a mi problema era acceder a mis peticiones, porque así se me pasaría la ansiedad luego de experimentar con los motivos de mi frustración, o algo así. E incluso dijo ella que sería interesante permitir un acercamiento mío más físico con mi madre para ver si así superaba esa frustración. Hasta dijo que en EEUU las madres de los niños con Complejo de Edipo accedían a que su niño la poseyera, para ver si así superaba ese complejo.

Mi padre se puso de morritos, pero esa noche oí cómo mamá le convencía. Él iba a ir a un congreso a Madrid y así ella aprovecharía la ocasión para acercarse a mí. Él dijo que no quería saber nada. Se iría pero que no le parecía bien nada de esa idea de una señora cursi sin idea de las cosas de la vida. Llegó ese día. Lo despedimos y fuimos a casa. Mi madre se dejó comer el coco por completo por la Psicóloga. Llegando a casa me dijo:

– Rafa, cariño. Ahora tú eres como mi marido. ¿Eh? A ver cómo te portas, para suplir a tu padre y que no me sienta sola.

Llegó la comida y comimos juntos. Ella se desabrochó tres botones de su blusa y dejaban ver su sostén blanco y la preciosa curvatura de su pecho, el pecho de mi Madre, que era una maravilla. No le quitaba ojo de encima, y me dijo con una inmensa sonrisa en sus labios:

– Rafa, por favor, cambia de mirada que me voy a poner colorada. – Perdona, mamá. – Bueno, no pasa nada, casi me agasajas. – Mamá: ¿Dormís papá y tú juntos la siesta? – Claro, cariño. – Pues yo hoy soy el sustituto de papá.- Tienes razón, cielo. ¿Qué quieres, dormir conmigo?- Huy, sí, me gustaría mucho.- Bueno, vale, ven a la cama conmigo, corazón.

Y subimos las escaleras hasta su dormitorio de la mano, mirándonos y sonriéndonos. Yo creía estar en un sueño increíble.

– No, Rafa, no te desnudes que sólo es media horita y no vale la pena.- Mamá: ¿Cómo te abraza papá?- Pues me coge de la cintura y pega su pecho con mi espalda.- ¿Puedo hacerlo yo, por favor? – Si es lo que quieres, claro que sí.

Le acaricié su barriga, pero no me atreví todavía a hacer nada. Y la tarde pasó rápido. Mi madre se cambió de ropa, y se puso un jersey negro algo ceñido y un pantalón vaquero. Estaba muy juvenil. Cenamos rápido y fuimos al salón.

– O sea, Rafa, que hoy fuiste como mi novio, amante o esposo. – Si, mamá, me ha gustado mucho. – Pero no se lo digas nunca a tu Padre, que es muy celoso.- Oye, Mamá: ¿Y me quieres hacer creer que en todo un día nunca besas a tu marido? – Sí, supongo que sí. ¿Por qué? ¿Quieres besarme?
– Claro, porque si no, el juego de hoy sólo sería una farsa.

Recordando el consejo de la Psicóloga, y por amor a su hijo, mi madre dijo: – Mis labios son tuyos, cielo. Y dicho esto, le besé sus labios carnosos, mientras me tomé la libertad de acariciarle un pecho.

– ¡Rafa, cariño, ¡eso es trampa!.- Mamá, hemos empezado a parecer realmente marido y mujer. Por favor, ahora no lo pares así de secamente. – No, cariño. Y le besé otra vez con ardor. Ven, subamos.

Ya en la habitación, yo consideré normal que la mujer duerma con su marido, y en ausencia de éste, con su sustituto, o sea, yo. Y se fue poniendo su camisón. Yo me puse un pijama. Nos acostamos los dos en la cama doble.

– Bueno, Rafa, acuéstate conmigo pues se ve que lo estás deseando. – Mamá: Siempre deseé estar así contigo, en vez de papá. Tú y yo.

Mamá me iba acariciando el cuello y me miró.

– ¿Y por qué, Rafa? ¿Me deseas? – Es algo que noto en mi interior, Mamá. Deseo que tú seas mi novia, mi mujer. Te amo. Y la besé otra vez sólo en sus labios. – Mamá, siempre quise estar encima tuya, como lo hace Papá.

Y me puse encima de ella. Ella puso una mueca como de que le pesaba un poco. Yo, pese a estar en pijama, notaba su respiración, su pecho contra el mío, sus costillas clavándoseme, y mi barriga empujando hacia su vientre.

– ¿Y qué más hacéis papá y tú? – ¿Tú qué crees? (y me tocaba el flequillo).

Yo me puse más hacia el colchón, poniéndome mi muslo sobre su cadera, y sólo medio pecho mío encima de su sostén.

– Supongo que a estas horas de la noche os daréis un beso, ¿No? – ¿Te apetece de verdad dármelo? – Mamá, es lo que llevo deseando desde hace tiempo, pero más apasionado que el de antes, con más ardor.- Ven aquí, Rafa.

Y me dio ella un morreo tremendo mientras me sobaba el hombro y el cuello. Me metió mucho su lengua.

– ¿Contento, cariño? – No lo sabes bien, mamá, mi amor. Te amo. Siempre te deseé. – Tranquilo, sigamos. Más tarde comprenderás por qué hago esto.

Me besó otra vez y metió su mano por debajo de la parte de arriba de mi pijama, acariciándome a su gusto mi pecho.

– Ahora me toca a mí, Mamá.

Y empecé a desabrocharle su camisón. Se lo saqué y quedó en sostén, finalmente, y acaricié su piel, me detuve en la flacidez de su vientre y acaricié su sostén.

– ¿Sabes qué le hago a papá y qué le voy a hacer a su sustituto?

Ella empezó a meter su mano por encima de mi calzoncillo, y me lamió con cariño, lentamente, mi nuez y mi cuello.

– Sigue, mamá, sigue.

Tomé el turno y le besé en su cuello y le sobé con más fuerza sus pechos, que casi se salen con la fuerza de mis caricias.

– Vale, Rafa, espera, poco a poco.

Se puso ella arriba, pues yo le pesaba un poco. Su braga estaba pegada a mi calzoncillo, y su pelo caía por mi cara.

– Mamá, eres guapísima. ¿Por qué no habrás hecho esto antes, cielo?

Y pude comprobar el peso y el tamaño de sus deliciosas tetas. Ella suspiraba por el morbo y el placer.
Dejé de sobarle el pecho, subieron mis manos a sus hombros, se los acaricié. Estaba muy tensa, bajé por la espalda, y le saqué su sostén. Sus pechos quedaron al aire, bailando un poco por el vaivén de nuestro fuego.

– ¿Puedo tocarlos ahora, mamí? – ¿No lo hace tu padre también?

Clavé mis manos en sus pechos y di un leve quejido de dolor. Mi pene se había salido de mi calzoncillo y ella se quitó de encima para poder verlo.

– ¡Rafa!. Eres todo un hombre. – Mamá, hoy soy tu hombre. te deseo, quiero ser tu marido. Quiero ser Papá.

Ella me quitó del todo la ropa que me quedaba, y acarició un poco mi pene para quitarme el dolor.

– ¿Mejor así, cariño? – Me duele un poco.

Y acto seguido, le cogí de su cabello y dirigí su cara a mi pene. Me dio varias chupadas, y creí estallar y desvanecerme. Era mi primer orgasmo, pero no había eyaculado.

– Ven, mamá. Ponte encima otra vez. Y quítate las bragas, por favor, que me pueden hacer daño.

Ella obedeció sumisamente. Su pecho estaba en contacto con mi pecho y sus labios distaban milímetros de los míos.

– ¿Qué más haces con papá, mamá?; Lo quiero todo, lo necesito todo. – Está bien, Rafa, está bien. Lo hago por ti, para hacerte más hombre. Hoy dejarás de ser niño.

Cogió mi pene con sus manos y se lo dirigió a su cueva, que estaba totalmente resbaladiza y húmeda. Le toqué el culo a mi madre y nos besamos suavemente. Noté de repente como entraba mi pene en la cueva, húmeda y templada. Nos juntamos cara con cara y la agarré de la espalda. Sentí como un estirón en todo el cuerpo, y todos mis músculos se pusieron en tensión, hasta que eyaculé mientras le besaba del cuello hasta su mentón.

– Lo has hecho todo, Rafa. Tu deseo se ha cumplido ya por fin.

La psicóloga no acertó, porque me convertí en un mimado y un caprichoso. Mi padre se separó enseguida. Yo seguí queriendo follar con mamá, pero ella ya no quiso hacerlo más y me mandó a un colegio interno.

Autor: Espiga24

Me gusta / No me gusta