Crónicas de un matrimonio feliz. 1º parte. Inicio.

Crónicas de un matrimonio feliz.

 

No se como empezó este juego, todo se fue dando de a poco. Siempre tuve una fantasía, ver a mi mujer gozar con otro hombre. Me gusta hacerla gozar, hasta llevarla a estado extremos. Me gusta que se vuelva loca, que pierda el control. Muero por verla acabar de manera descontrolada, o que quede temblando después de un orgasmo interminable. Pobre, le he hecho de todo, masturbarla, practicarle sexo oral hasta que me pida por favor que pare, penetrarla con distintos elementos (cada vez más grandes jaja). Una vez, y se podría decir que fue el comienzo de todo, o el punto por el cual me animé a empezar a jugar, mientras me practicaba sexo oral, le coloqué un consolador, diciéndole que imaginara que la estaban cogiendo. No saben como se pudo!!!! Fue por lejos una experiencia de iniciación. Desde ese día en cada relación, hemos intentado subir un paso más en nuestros juegos.

No me presenté soy Maxi y mi señora desde hace 15 años se llama Paula. Ambos tenemos 35 años. Ella es una diosa, si me siguen en las crónicas prometo fotos (vamos a ver que me autoriza), hermosa cola, pechos perfectos, flaca, en fin la mina que pasa delante de ti y si tenés sangre algo le decís. Yo grandote algo pasado de peso, pero ella me ve como dios. El amor, el amor.

Como les comentaba, desde aquella noche algo cambió. La fantasía que siempre tuve me volvía cada vez más loco. Muchas veces mientras teníamos relaciones, pensaba en ella con otro. Que pasaría? Como me sentiría?. Pasé mucho tiempo pensando en como decírselo, cada vez le iba tirando más pistas. Una vez llegó de la calle muy contenta, porque le habían levantado el autoestima. Al parecer volviendo a casa fue objeto de comentarios varios de hombres que se le cruzaron, si bien estaba vestida normal, la ropa le queda perfecta. Sus comentarios hicieron eco en mi rápidamente. La noche fue muy especial, no sabía como y en el medio saqué el tema. Le dije algo así “que linda estabas hoy, y al parecer  a muchos les gustó tu look”.

-Me sentí muy observada y me gustó, no te molesta?” me preguntó.

-Para nada- le dije- me encanta. Te pone muy caliente-  Efectivamente lo estaba y yo me puse igual.

-No te molesta que otros tipos me miren?- preguntó.

-Para nada.

Viendo que mi pene estaba muy duro, me hizo acostar y se sentó arriba mío. Se la notaba muy caliente y no hacía otra cosa que decirme lo duro que tenía el pene.

-Parece que te gusta que me miren no? Mirá como tenés la pija- me dijo.

 

No podía creer, me estaba matando. Tuve que aguantar varias veces, para no acabar enseguida (nota: no nos gusta el sexo rápido, siempre cuando tenemos relaciones, estamos un largo rato). Nunca la había visto así.

-Como me estás cogiendo- le grité – parecés una puta.

Ella se detuvo y me miró con una cara que nunca olvidaré, mezcla de lujuria y rabia.

-Ahhh, te gustan las putas?- me preguntó.

-Si – le dije.

-Me vas a coger como a una puta?

-Si. Si. –respondí.  Dándola vuelta, la puse en cuatro patas y la cogí. No duré mucho, la calentura de ella, la mía y todo lo que nos dijimos hizo imposible contenerme. No me preocupé, ella ya había acabado antes varias veces.

Terminamos destruídos. Nos fuimos a dormir, no dijimos nada de lo que había pasado. Para los dos era muy zarpado lo que nos habíamos dicho. Pero creo que poco a poco eso esta cambiando.

Con el tiempo su manera de vestir cambió, ya no escondía sus hermosos pechos y los escotes se hicieron algo de todos los días. Nunca grosera, pero ahora se viste muy sexy.  Muchas veces vino con el comentario de las cosas que le decían, pero eso será otra historia.

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MI ESPOSA Y SU PRIMER SEXO ORAL A UN DESCONOCIDO (REAL)

La verdad es que no sé cómo comenzar  esta experiencia, que por cierto fue real, aún estoy perturbado ya que fue tan excitante como trasgresora. Trataré de ordenar las ideas y ser lo más detallado posible.

Antes de relatar los hechos debo aclarar que somos un matrimonio chileno de 38 y 34 años, con hijos y siete años de casados, ambos profesionales con buen pasar económico. Yo soy un tipo normal, caucásico debido a mis antepasados europeos, de 1.76, contextura media. Mi esposa es blanca de lindas facciones, cabello castaño, bajita de 1,52 pero de una figura que llama la atención de los hombres, ya que tiene grandes pechos (pezones de areolas grandes y rozadas), linda cintura, culito bien formado y unas piernas bien torneadas que cuando usa mini y escote deja babeando a muchos hombres en la calle, lo cual me calienta mucho. Debo mencionar que para llegar a incursionar en un trío oral hubo toda una experimentación sexual previa que no estaba dirigida a un encuentro con terceros,  si no que más bien eran solo fantasías de una pareja que se lleva muy bien en la cama.

Para estas fantasías utilizamos juguetes, como consoladores realísticos, para simular que ella practica sexo oral en un trío. También fantaseamos con que yo soy un vecino o un desconocido que la posee con sus rudos amigos.  Cuando estos juegos elevan su excitación al máximo, ella me  monta, poniendo su lindo culito en posición para ser penetrada por mis dedos y dar rienda suelta a la fantasía de ser fornicada por su vagina y ano a la vez. Debo aclarar que a ella no le agrada mucho el sexo anal, debido a que se queja de las proporciones de mi pene, que aun sin ser de enormes proporciones me dificulta  penetrar su pequeño orificio, es por esto que ella prefiere que le introduzca uno o a lo más dos dedos en su culo. Estos juegos se han vuelto recurrentes en nuestra vida sexual y un fetiche para ambos ya que eleva mucho nuestro potencial sexual. No hay nada más calentón que escuchar a tu mujer gemir de placer y pedir que todos los machos le den por todos los orificios y se corran en su cara y sus tetas, esto la lleva tener unos orgasmos explosivos.

Expuesto lo anterior relataré nuestro encuentro casual con un tercero. Fue un caluroso día sábado de enero, dejaríamos a los niños con mi cuñado y su esposa, iríamos a comer a un sushi bar de Plaza Ñuñoa y luego ir a bailar a una disco. Durante el día le había pedido a mi esposa que fuera vestida de forma calentona, que mostrara y resaltara lo más posible sus curvas, que cuando llegara de ir a dejar a los niños debía verse ojalá casi como putita. De vuelta, me encontré con una esposa vestida muy al límite de lo socialmente aceptado; una polera extremadamente escotada, que dejaban ver la mitad de sus tetas, sujetadas por unos sostenes negros que dejaban ver el nacimiento de sus pezones, se había puesto un mini negra extremadamente corta y ajustada, la cual usaba sólo para nuestras fantasías caseras, unas sandalias de terraplén pero altas en el talón que estilizó la figura y resaltaban su culito, había maquillado sus labios de color muy rojo. Tenía un aire de actriz porno de los 70`s, lo que me dejó realmente caliente, pero a su vez asustado, ya que una cosa es vestirse en privado así y otra muy distinta es salir de carrete con tu esposa vestida de prostituta.

Pensé que tal vez era mucho para la ocasión y que debía recatarse un poco, que algún conocido la podría reconocer, no se vería bien una ingeniera de bataclana en la calle. Como ven, estaba dudoso pero caliente. Todo comenzó a tomar otro cariz cuando me pidió que revisara su conchita, lo que dijo subiéndose la mini dejando al aire su sexo absolutamente afeitado, mis bolas cosquillearon y mi pene se abultó rápidamente. Subió una pierna a un sillín y me acerqué a revisar, moví sus labios vaginales para un lado y otro revisando que no hubiese ningún pelo, abrí también sus cachetes por si había alguno pero también había pasado la afeitadora por ahí. Su conchita se veía como la de una quinceañera y exudaba un excitante aroma, quise besar su rendija pero ella no me lo permitió, me dijo que después tendría tiempo para explorar. A esa altura mi pene me molestaba en el pantalón ya que estaba extremadamente caliente. Le pedí que se pusiera una tanga que me encanta, es de tiritas delgadas e hilo dental,  por delante es un triángulo de color cebra muy pequeño. Cuando se la colocó me preguntó si se vería al sentarse, le dije que se sentara, lo cual hizo pero con las piernas cruzadas, le dije que no se veía nada, mentí, se veía a un kilómetro el triángulo de color blanco y negro, luego bajó la pierna para ver si se veía, tuve que tragar saliva, no solo se veía el calzón, también se podía ver su pelada concha separada por el hilo dental negro…le respondí: no se ve nada quédate tranquila, ella dudosa y con cara pícara me dijo ¿seguro?. La verdad es que estuve a punto de abortar la salida, ya era mucho, una cosa es vestirse de puta, otra muy diferente es mostrar la concha en público. Pero luego pensé, solo será por esta noche, si no lo hacemos me arrepentiré de por vida, es solo un juego. Hasta ese momento ella se veía muy segura, el inseguro era yo, estábamos llevando nuestra intimidad hacia fuera de estas cuatro paredes y eso me tenía muy dudoso, pero a su vez muy caliente.

Una vez en el auto nos dirigimos a la Plaza Ñuñoa, en el camino no podía evitar mirar a mi esposa, su escote se veía increíble, ese buen par de tetas redonditas me tenían a full, pero lo que me tenía vuelto loco era su entrepierna, la mini era tan corta que no alcanzaba a cubrir su pequeño calzoncito, incluso se podía ver su monte de Venus absolutamente rapado. Estacionamos en el subterráneo en el cual no había muchos autos, nos bajamos no sin antes besar ese abultado escote. Caminando hacia el ascensor me fui unos pasos atrás, quería ver a mi esposa en todo su esplendor, su piernas se veían espectaculares y su culito moviéndose de un lado para otro me tenía hipnotizado, la falda era muy corta, si se agachaba un poco se le verían sus redondos cachetes y probablemente su desnuda rajita. Ya en la calle nos fuimos tomados de la mano, estaba algo más fresco, se estaba terminando de oscurecer, por lo que ese sector de restoranes y bares no estaba muy concurrido. Estábamos en la luz roja esperando cruzar, cuando un taxista se detuvo frente a nosotros y se quedó mirando a mi esposa con una cara muy morbosa, luego le tiró un beso muy sonoro y le dijo que estaba muy rica. Yo en ese momento me puse tenso y le grité “sigue trabajando feo culiao”. El tipo me miró y soltó una carcajada para luego decir “¿cuánto te costo la maraca?” y aceleró. Ella me pidió que me calmara y yo quedé emputecido. La miré y le dije, no ves que fue mucho, estás mostrándote toda en la calle. Cruzando la avenida me dijo apretando mi mano que era solo mía.

Llegamos al sushi bar, yo aún estaba ofuscado, en el lugar no había mucha gente, de hecho casi nadie. Ella quería estar en la terraza con vista a la calle, pero no se lo permití, no quería pasar la misma rabia. Entramos, ella de mala gana accedió y nos sentamos en un rincón alejados de un par de parejas, me volvió a pedir que me calmara, que al fin y al cabo fui yo el que pidió que se vistiera así. Ella tenía razón, pensé que no valía la pena seguir dándole vuelta al percance, era nuestra noche y había que pasarlo bien. El lugar era agradable, no muy iluminado, con mesitas y sillones de cuero de colores negro, blanco y rojo. Atendían garzones jóvenes, a nosotros nos tocó un muchacho moreno de buena apariencia y muy educado. Nos ofreció la carta y nos dio algunas sugerencias. Pedimos un menú para dos, un tequila margarita para ella y una cerveza para mí. Bajé la botella de un par de sorbos, lo que me relajó y me hizo volver a estar caliente, recordé la entrepierna rasurada de mi esposa y que en la posición en que estaba podía verse su calzoncito y tal vez parte de su concha, eso me provocó una poderosa erección. El muchacho cuando trajo los sushi no quitaba la vista de las tetas de mi esposa, nos sonreía pero volvía su vista al escote. Ella lo notó ya que le coqueteó con la mirada, eso me gustó, no era lo mismo que con el taxista, acá nosotros controlábamos la situación.

Luego de un tequila margarita más para ella y un ron para mí nuestra calentura era evidente, nos pusimos a besar enroscando nuestras lenguas, mis manos estaban en la cintura de ella pero teniendo contacto con la parte baja de sus tetas. Mi pene estaba que reventaba y sentía que la punta se mojaba con fluido pre seminal. Mi esposa estaba con las dos piernas abajo, por lo que pensé que debía verse su calzoncito y sus labios vaginales. Miré alrededor por si alguien miraba, ahí estaba el garzón mirándonos de reojo, haciendo que limpiaba el mesón del bar. Seguí besándola apasionadamente, pero ahora mi mano estaba descaradamente tocando sus tetas, ella no decía nada, pero su rápida respiración me decía que estaba caliente. Ella me dijo al oído “parece que quieres hacer un show al garzón”, lo miré de reojo y él bajó la mirada. Lo tienes caliente, ves cómo te mira el pendejo, ella responde que sí. Le pedí que entreabriera las piernas para que viera sus calzones, mi intensión era que viera su almejita rasurada. Ella accedió dándome un jugoso beso, desde mi posición podía ver el color cebra, pero también uno de sus labios vaginales asomado tímidamente. El muchacho se agachó un poco para ver mejor el espectáculo, yo miré alrededor por si había alguien más viéndonos, como nadie más miraba dirigí mi mano a su concha y comencé a descubrirla completamente, ella me dijo que me estaba pasando de la raya, eso me hizo aterrizar y calmarme ya que habíamos ido ya muy lejos. Jamás pensé que podíamos estar en esa situación, a lo más en fantasías o en algunas pajas furtivas, pero esto era la realidad y se nos podía salir de control.

Yo a esta altura me encontraba excitadísimo, en lo único que pensaba era en culeármela donde fuese. Mi esposa fue al baño a arreglarse y acomodar sus ropas mientras yo pedí la cuenta, el muchacho casi ni me miró, se notaba nervioso o incómodo, le dejé una muy buena propia. Una vez fuera del restaurant, le pedí a mi esposa que se fuera unos metros más adelante para mirarla, ella me pidió que por favor no hiciera ninguna escena se celos, le dije que fuera tranquila meneando su culo. Me fui varios metros detrás, el barrio estaba ahora con mucha más gente, algunas mujeres que se fijaban en mi esposa balbuceaban cosas y reían, probablemente hablando de cómo estaba vestida. Hombres jóvenes y otros no tanto la quedaban mirando calentones, otros se daban vuelta a mirarle el trasero, mientras yo estaba caliente con la escena. Cuando subimos al auto yo estaba que reventaba, no sentía ningún pudor, el estacionamiento estaba casi lleno de autos y algunas parejas pasaban cerca de nosotros. Dudé en encender el auto y sentí que mi esposa me miraba con duda, observé por el retrovisor, unos tipos pasaban a lo lejos, me decidí, saqué rápidamente mi miembro endurecido y le dije que me la chupara, que no aguantaba más, ella miró a todos lados agarrándomela y me pidió que le avisara si venía alguien, luego se agachó a darme una feroz mamada. Sentía que era la mejor chupada de mi vida, el lugar era excitante y mi esposa estaba muy puta. Mis huevos estaban que reventaban, sabía que no duraría mucho, necesitaba aliviarlos.

Ella emitía unos gemidos suaves y decía que estaba muy rica y dura, se puso con las rodillas en su asiento, lo que dejaba su culo casi totalmente al aire, los agarré, sobe, les di de palmadas, acaricié su ano, pensé que si llegaba el tipo del auto de al lado, se llevaría un espectáculo infartante al ver ese tremendo trasero y su rajita casi a la altura de la ventana. Me calentó la idea de que nos vieran en el auto mientras me la chupaba. Ella sorbía ruidosamente mi pedazo de carne y masajeaba las bolas cargadas. Sentí que era inevitable soltar los chorros, le dije que fuera suave, que ya me venía, a lo que ella respondió que le diera toda la leche. Miré por el retrovisor por si había gente y con un gemido ronco comencé a descargar semen en abundancia en la boca de mi puta, la que gemía a cada descarga en su boca. Cuando acabé completamente le pegué una fuerte nalgada y le dije que era una verdadera puta chupa penes. Ella se alzó y me miró con una excitante cara de caliente, tenía semen en la cara y un largo y espeso chorro en su pelo, entreabrió su boca, la cual estaba llena de semen, la cerró y tragó todo, con sus dedos se ayudó a arrastrar los restos de su cara a la boca, luego nos dimos un caliente y mojado beso, después eché mi cabeza hacia atrás exhausto, viendo por el espejo lateral que una pareja de adultos mayores pasaba lentamente por detrás de nosotros mirandonos, tenían una cierta cara de sorpresa, yo sonreí pero no le dije nada a mi putita.  Mientras ella se limpiaba el pelo con un pañuelo yo pensaba en donde ir, aún era muy temprano para ir a bailar, además yo seguía caliente y muy probablemente mi esposa también. Ella me preguntó si nos iríamos a la disco ahora, a lo que respondí que era temprano y si le parecía ir a un Drive In, ella rió y me preguntó si yo seguía caliente, a lo que respondí afirmativamente, ¿y tú? Le pregunté, ella dándome un beso me dijo: mucho.

Hacía tiempo que no visitábamos uno de esos lugares, había uno que visitábamos regularmente cuando éramos pololos y que se llamaba Drive In Sarao en Las Condes, pero fue lamentablemente cerrado. Cuando no teníamos mucha plata pero sí un auto, estos sitios servían para tener sexo sin que te molesten, además de beber algo. A nosotros siempre nos ha calentado tener sexo en el auto, tal vez no sea cómodo pero sí es muy excitante. Ahora nos dirigíamos a uno que queda en Avenida Vicuña Mackenna, el servicio no era muy bueno pero servía para botar tensiones o calentura acumulada. En el camino, turnaba mi mano con  pasar los cambios del auto y jugar con la concha de mi puta esposa, la cual estaba muy mojada. Le pedí que se sacara los calzones, a lo que accedió sin titubear, se notaba que estaba caliente, le pedí que asomara los pezones a través de su escote, a lo que también accedió, así recorrimos el camino al nuestro destino mientras ella me agarraba el paquete. Antes de llegar, decidí pasar a comprar cigarros, más que por las ganas de fumar era para cambiar de puesto, yo había ideado un juego caliente mientras manejaba: Debido a que nuestro voyerismo de la noche me tenía excitado decidí seguir con el juego y aprovechar que mi esposa se estaba mostrando sin recato. La idea era que ella condujese hasta el Drive In y que la persona que nos llegase a atender le viera sus tetas y su conchita y ver su reacción. Cuando bajé del auto a comprar, le pedí que se cambiara de puesto sin bajarse del auto ya que así no se cubriría las tetas tapando sus ricos pezones. Le dije que no tenía ganas de seguir manejando, ¿qué te propones? preguntó riendo, ya verás respondí cerrándole un ojo.

Entramos al Drive In por el costado de  una casona, antes de estacionarnos vi que en la entrada había dos tipos, uno muy joven y otro relativamente viejo. El último nos indicó con una linterna hacia donde debíamos dirigirnos. Busqué un lugar medio apartado sin vecinos cerca, pero rodeado de muchas plantas. Todos los vehículos estacionados estaban con los vidrios traseros empañados y en algunos se veían siluetas moverse acompasadamente en su interior, lo que me provocó mayor lujuria. Una vez estacionado comenzamos inmediatamente a besarnos y manosearnos, como dije anteriormente, las tetas de mi esposa estaban al aire y su mini no tapaba su pelada concha. Por experiencia sabíamos que la gente que atiende no se demora más de dos minutos en aparecer. Mi corazón latía fuertemente, estaba nervioso pero excitado, en un momento ella me dice que paremos ya que va llegar el garzón, a lo que repliqué que no importaba, que viera lo linda que es mi mujer, entre besos y manoseos ella rió me dijo que estaba loquito, para luego introducir su lengua en mi boca. El corto rato se me hacía eterno, entre el manoseo de su entrepierna y las tetas miraba hacia atrás para ver si aparecía alguien, pero no pasaba nada. De pronto, en el momento que chupaba y mordisqueaba sus grandes pezones, alguien golpeo la puerta trasera del lado del piloto. Miré hacia atrás, y vi una sombra de pie junto a esa puerta, mi esposa quiso taparse instintivamente las tetas y juntar sus piernas pero en voz suave le dije que no lo hiciera a lo que respondió con una sonrisa pícara “bueno amor”.

Ella bajó la ventana y el tipo se acercó, nosotros teníamos la luz interior apagada, por lo que imaginé no se vería mucho desde fuera. Yo sólo podía ver en la penumbra parte de su camisa clara y sus pantalones, su rostro no lo podía ver desde mi posición. Aún así algo tiene que haber visto, ya que cuando mi esposa lo saludó él respondió tosiendo de forma notoriamente falsa, estoy seguro que podía ver a lo menos sus tetas. Nos dijo que debíamos pagar una entrada que incluía dos tragos, pedimos dos cervezas. Debíamos pagar por adelantado, por lo que debía hurgar en mi billetera, como estaba oscuro tuve que prender la luz interior, cuando lo hice todos los atributos de mi putita salieron a la vista, ella colaboró enderezándose para que resaltaran ese par de tetas preciosas, el tipo volvió a toser y a rascarse un brazo. Traté de ser lento en sacar la palta para que él pudiera mirar lo más posible. Mi esposa lo miraba de vez en cuando, pero lo mejor fue cuando entre abrió sus piernas, el tipo piso su mano en la puerta junto a mi mujer y con la otra hizo ademán de tocarse el paquete. Nerviosamente extendí un billete, él lo tomó, se quedó unos segundos parado, dijo que ya volvía y luego se fue. Mi esposa me miró con cara de reproche pero riendo y me preguntó que si ahora yo estaba feliz, que en el restauran le mostró su conchita a un pendejo y ahora le muestra todo a un señor que está a sólo un metro, le respondí que estaba muy feliz y muy caliente. Al preguntarle qué cara tenía el tipo, me dijo que abrió los tremendos ojos cuando prendí la luz  y que con cara de caliente movió la cabeza para mirar mejor la rajita de la concha, ¿te calentó? pregunté, a lo que responde que desde los manoseos del sushi bar es que está caliente.

Pues bien, ahora vamos a seguir con el show, nos vamos a besar y manosear, cuando él llegue le vamos a dar un espectáculo que no olvidará. Enseguida la besé y nuestras manos se descontrolaron, bajé por fin a su calva vagina y comencé a lamer suavemente, sus labios estaban hinchados y su abertura muy jugosa denotando su extrema calentura. Luego subí a besar sus tetas mientras ella luchaba por desabrochar mi pantalón, la ayudé y ella comenzó a hacerme una rica paja, mientras yo pasaba la lengua suavemente por sus pezones, los que a esta altura estaban duros y paraditos. En ningún momento apagamos la luz interior a la espera del tipo, el que según mi esposa debía tener cerca de sesenta años. A los minutos el tipo volvió, ya que sentimos que golpeó la ventana trasera, no hicimos caso y seguimos en lo nuestro, se acercó carraspeando para hacerse escuchar pero nosotros continuamos en lo mismo.

Cuando se puso junto a la ventana con una bandeja en las manos sólo mi esposa lo miró, yo seguía con un pezón dentro de la boca y con la otra jugaba con la concha. El tipo emitió una especie de bufido animal y nos miró por alrededor de uno o dos minutos, hasta que dejó la bandeja sobre el techo de auto. Luego con una mano se empezó a tocar sin pudor el paquete, observé a mi esposa quien no paraba de alternar la mirada entre el paquete del tipo y su rústica cara, pareció que en ese momento yo no existía para ella.  El desconocido hizo el ademán de tocar un pecho de ella, pero rudamente le dije que no, que solo debía mirar sin tocar. Me llamó la atención que la muy puta no realizó ningún gesto de rechazo a esa mano intrusa. De pronto ella empezó a pajearme de forma dura y me dijo bruscamente “te la voy a chupar”, hice el respaldo de mi asiento para atrás y ella se acomodó para darme placer, como estaba semi sentada, le pedí que parara el culo para que éste quedara frente al tipo. Ahora, desde mi nueva posición podía ver al desconocido, aun que su cara no se veía muy bien ya que estaba fuera del rango de la luz interior.

Con el tremendo espectáculo del culo de mi esposa, que estaba desnudo, parado, rasurado y su ano a la vista del tipo, éste no dudó en bajarse el cierre y sacar su miembro. Me llamó la atención su pene, ya que si bien se veía de tamaño normal, la cabeza de éste era desproporcionada y muy blanca. Él comenzó a masturbarse mirando lascivamente el culo de mi puta. Ella al ver que el tipo tenía toda su verga afuera no paraba de mirarlo, es más, cada vez que ella lo miraba éste sacaba la lengua y la sacudía dirigiéndola a su culo, esto nos tenía calientes. El hombre tenía los pantalones a la rodilla y se tocaba entero, se apretaba las bolas, pellizcaba sus pezones, se movía como copulando con mi puta, ponía caras realmente degeneradas.  Mi esposa que había estado en silencio mirando al garzón y chupándomela, comenzó a acariciarse los cachetes y a mover las caderas como si la estuvieran fornicando a lo perrito, signo de que ahora quería algo sólido dentro de su concha. Pensé que tal vez la muy caliente quería que se la mandara a guardar el viejo y no yo. De un momento a otro ella se incorpora, se recuesta en su asiento de medio lado, ofreciéndome su culito para que la gozara, pues así hice. Sin dificultad introduje mi pene por su húmeda rendija, emitiendo ella un rico gemido de placer. El personaje seguía en lo suyo pajeándose y blandiendo su cabezón pedazo de pico. Mientras bombeaba la rica concha de mi puta, reparé en que la cara de ella había quedado a la altura de la ventana frente al pajero, por lo que mientras yo se la metía y sacaba, ella gemía y mordía sus labios mirando con lujuria ese miembro a medio metro de distancia. El tipo nuevamente se afirmó de la ventanilla del auto muy cerca de las tetas. Ella le tomo la mano y se la posó en el pecho derecho, esa escena fue tan caliente que mis bombeos fueron más rápidos, me acerqué al hombro de mi esposa para ver mejor cómo le tocaba las tetas. Los dedos del hombre se fueron directo a masajear los pezones, mientras ella gemia y le pedía que le tocara las tetas fuerte, ante esto el desconocido comenzó nuevamente a bufar y a susurrar que estaba rica. Yo estaba sudando muchísimo y me sentía como soñando, como que lo que pasaba no era realidad, estaba gozando como loco, esto era muy distinto a nuestras fantasías, ¿pero hasta dónde podía llegar este acto?

Chúpale las tetas a mi esposa le dije roncamente y él sin dudarlo se acercó, mientras la muy puta se acomodó sin oponerse. El tipo pareciera que no lamía unos buenos pechos hacía tiempo, estaba desesperado, mi esposa le pedía suavidad cuando se ponía desesperado. La imagen era calentona, había un tipo desconocido chupando las tetas de mi esposa frente a mí, los rosados pezones de mi amada desaparecían en las fauces de este bruto, el cual dejaba baba por todos lados. En un par de ocasiones el tipo tuvo que escabullirse entremedio de las plantas, ya que pasaban autos con parejas buscando dónde estacionar y así evitar ser visto, escena que imprimía más picardía a nuestro goce. Luego de estar algunos minutos chupando tetas, el tipo se incorpora y comienza a pajearse a pocos centímetros de la cara mi esposa, yo había bajado la intensidad de mis movimiento y observaba a mi esposa, esa verga y su punta mojada con los pensamientos más porno que podía tener y probablemente ella estaba en concordancia con mis fantasías, ya que mojaba sus labios y no paraba de mirar esa velluda masa de carne y sus colgantes bolas de viejo. El bruto comenzó a ensalivar la cabeza de su campeón mientras la cubría y descubría con la mano. El rostro de él estaba enrojecido, de sus sienes canosas corrían gotas de sudor y su rostro estaba desencajado, hasta que con voz temblorosa le pidió que se la “chupara por favor”, reiteró que era limpio y que hace mucho tiempo que nadie se lo hacía, dudé una milésimas de segundo, ella ni siquiera me miró y le dijo suavemente “dámela” abriendo su boca y sacando levemente la lengua. El tipo rústico se acercó pasando su bomberil miembro por la ventana y mi esposa lo recibió con suaves lamidas en la cabeza, mientras él emitía sordos gemidos de placer. La cabeza de ese miembro apenas cabía en la boca de mi esposa, era realmente grande semejante a un huevo y el orificio era también fuera de toda proporción, el cuál parecía que fuera a vomitar semen en cualquier momento.

Ahora mi esposa se ayudaba con una mano como si fuera una experta actriz porno y de vez en cuando premiaba mis investidas con húmedos besos.  Mi esposa abrió la puerta para facilitar la mamada, a lo que el hombre mayor aprovecho para masajear torpemente la concha penetrada por mí, de vez en cuando yo sentía sus toscos dedos tocar mi resbaloso tronco. Ella en tanto gozaba tremendamente, dado su rostro que expresaba las mil sensaciones que debía sentir, de vez en cuando sacaba el curioso pene del tipo y lo miraba con mucha lujuria como si fuese un trofeo, para luego seguir chupando más fuerte y duro. Nuestro improvisado compañero ya daba claras señales que no resistiría mucho más, sus brazos y piernas estaban tensos y su torvo rostro expresaba que muy pronto se vendría. En poco segundo comenzó a gemir y a reproducir sucias palabras a mi esposa: puta, chupa, maraca, cómetelo, perra, entre otras que no recuerdo. Me acomodé con mi verga aún dentro de ella para ver el espectáculo que sabía debía venir. El rústico se encorvó y sacó su cabezón miembro de la boca de ella, realizó unas cuantas sacudidas a pocos centímetros de la boca emitiendo sordos gemidos, mientras ella golosamente abrió su boca y puso su lengua en posición de recibir leche. Yo en tanto miraba con nerviosismo la escena, me parecía que el extraño glande había adquirido mayores proporciones y su gran ojete se había abierto aún más, de pronto, al igual que si fuese una jeringa comenzó a emitir violentos borbotones de blanquecina y espesa leche, los que iban a parar en la frente, nariz, boca y lengua, su pelo tampoco se salvó. Los chorros no paraban de salir, mientras que la muy puta le pedía que le diera todo el moco. Había visto en películas exageradas corridas, pero me pareció que esta le ganaba a todas ya que cerca de un minuto estuvo expeliendo semen sobre la cara y boca de mi amada puta, mientras ella como podía trataba de atrapar los chorros con su boca. Cuando la bestia acabó por completo, comencé a darle rápidas embestida a la maraca, sin perder detalle de esa tierna carita, empapada de perlina viscosidad que pesadamente se deslizaba hacia su barbilla. Yo estaba que explotaba de placer, mis bolas estaban nuevamente muy cargadas. Retiré mi pene rápidamente, ella se recostó en el asiento y me acomodé para venirme en sus tetas y cuerpo, mientras ella acariciaba mis bolas retiré toda la funda mi campeón hacia atrás y con un sordo gemido comencé a tener el mejor orgasmo de mi vida. Mis chorros si bien no eran tan espesos y abundantes como los de mi antecesor, igual lograron caer en las tetas y cara de mi meretriz. El tipo que aún estaba afuera viendo la escena, se tambaleaba y trataba de subir el pantalón dificultosamente, una espesa gota colgaba de su ahora arrugado miembro. Me acomodé pesadamente en el asiento exhausto, mi esposa no estaba en mejores condiciones y estaba lánguida, su cuerpo brillaba de semen y sus ojos estaban cerrados.

El viejo sin decir nada se fue lentamente, tomé la mano de mi esposa que entrelazó a la mía, estuvimos un largo rato sin decir nada, de fondo en la radio se escuchaba everybody´s gonna learn sometimes del grupo Korgis, era el fin de una improvisada noche de sexo extremo.

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Ni Gorda ni Flaca (Parte 2, Final)

Agustín fue a reemplazar a Carlos en menos de un segundo. Tan rápido fue todo que mi novia no pudo cambiar de posición, o siquiera moverse. Ella seguía con su conchita y cola sobre mi cabeza, pegadas a mi rostro, que quedaba aplastada sobre el sillón, mientras mis amigos se la cogían sin misericordia; todo para mostrarme que ella no era ninguna gordita.

Así que en instantes tuve una segunda pija recorriéndome toda la cara con cada una de las embestidas que le entraban a mi novia. Bruni enseguida comenzó a jadear, y a juzgar por la superficie de verga que se friccionaba en mis mejillas, ésta era bastante más ancha. Igual que los jadeos. Agustín parecía más salvaje que Carlos. La tenía tomada de las nalgas, clavándola como un poseso desde el minuto cero, con velocidad, con violencia. Se ve que la conchita de mi novia le enguantaba bien (es que en serio él la tenía muy ancha) porque a cada rato se frenaba, para calmar la calentura y no acabar, y así seguir cogiéndomela.

En uno de esos descansos Agustín sacó la pija casi en su totalidad, dejando la cabezota de su verga en la puerta, apenas suspendida en el aire. Mi Brunita ronroneó y reclamó la falta de pija con un movimiento involuntario de su pelvis, y la cabezota de la verga de mi amigo fue a caer directamente sobre mi rostro. Estaba muy húmeda, pegajosa y bastante caliente. Sentir esa pija sobre mi rostro me desesperó del asco, pero estaba aprisionado por todo el peso de mi novia y no podía sacármelo de la cara. Agustín, tan borracho como cualquiera de nosotros, se rió un poco y comenzó a hamacarse contra mi novia, como cogiéndola. El problema era que su pija estaba afuera, rozando por completo toda mi cara. Su cabeza se metía apenas unos milímetros en la conchita de Bruni, el resto de pija me lo debía aguantar yo. Agustín se estaba pajeando sobre mi rosto, sin querer, y yo ni siquiera podía hacerme entender para que supiera que le estaba errando.

—Goggig megstgs goggiendo a meggijaaa..

Agustín siguió como si tal cosa, cogiendo la nada, friccionándose sobre mi rostro. En un momento pidió más vodka y Carlos le trajo una botella. Si bien yo estaba atrapado bajo el peso de los cuerpos, mi rostro quedaba libre. Agustín destapó la botella y comenzó a verter tragos en mi boca, forzándome a tomar y tomar.

—Vas a necesitar un poquito de ánimo ahora, cornudo… —explicaba mientras me metía el vodka.

A los pocos minutos dejó de hamacarse sobre mi novia y se me acercó para decir:

—Cuerno, se me secó la pija, voy a necesitar un poco de lubricación para seguir cogiendo…

Yo estaba demasiado alcoholizado para entender por dónde venía la mano. Sentí que en una de las veces que la pija me acarició la cara hacia abajo, al regresar en dirección a mi novia el recorrido fue otro. Y de pronto sentí una carne dura y gomosa penetrar entre mis labios y avanzar dentro de mi boca, provocándome un escalofrío.

No sé ni cómo me di cuenta que era una pija. El alcohol podría haberlo ocultado bien, pero lo que tenía en la boca era indudablemente un buen pedazo de pija. Traté de escupirlo hacia afuera, cerré mis labios, solo que la vergota era tan gorda y ancha, y había calzado tan bien dentro de mí, que realmente se hizo difícil expulsarla. Hasta que por fin lo logré.

—Muy bien, Cuerno, ahora que me lubricaste te la puedo seguir cogiendo…

Aunque yo no entendía, me di cuenta que me habían usado para facilitar la penetración de mi novia.

Le mandó una estocada a fondo.

—Ahhhhhhh… —gimió entonces Bruna.

Otra.

—Ayyy, Diossss… —suspiró, vencida por el placer.

—Se me volvió a secar, Cuerno.

Agustín volvió a sacar por completo la pija y esta vez, advertido, me vi venir la vejación. Cerré la boca para que no me entrara nada. Agustín empujó y la cabezota embadurnada con los flujos de mi Bruni me caminó toda la línea de los labios, sin lograr entrar. Ahí Agustín se me acercó y estiró sus manos, y metiéndome unos dedos me abrió la boca a la fuerza. Sentí cómo reacomodó su cuerpo y adiviné que el vergón infame me taladraría. Me entró su pija con tanto ánimo que me la clavó hasta la garganta.

—Muy bien, Ramiro… Así se tiene que comportar un buen cornudito…

El muy hijo de puta comenzó a hacer pequeños movimientos hacia adelante y atrás, siempre adentro. Yo sentía el buche lleno de carne dura y caliente; todo lo que tocaba, no solo con la lengua sino las mismas paredes de la boca, estaba abrazando el vergón de Agustín, así que sentía la piel de la pija recorrerme todo por dentro, un instante hacia afuera, otro instante hacia adentro, y así. Fueron dos minutos de una humillación total, que los efectos del alcohol no lograban esconder.

Gracias a Dios la sacó y volvió a penetrar a mi novia.

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh…!! —gritó ella, muy fuerte, muy puta.

—El Cuerno te está ayudando, ¿sabés, Bruna?

—Sí… sí… Que ayude, que siga ayudando así aprende cómo tratarme…

Y se la volvió a clavar.

—¡Dios, Dios, Diosssss…!!

—Tomá, puta… —le murmuraba Agustín.

—¡Turro, qué pedazo de pijaaahhh…! —se desinflaba mi novia de calentura.

Y se la serruchaba suave y lentamente.

—Tragá verga, putón… Así… Así…

—¡Uhhhhh…! ¡Síii…! ¡Más fuerte! ¡Dame más duro!

Cada tanto el vestidito blanco se le corría al putón, digo, a mi noviecita, pero Agustín, con las mismas manos que le abría las nalgas redondas y voluminosas, le volvía a subir la falda hasta la mitad de la cola. Y penetraba con más ganas, ya con cierta furia.

—Cuerno, se me volvió a secar.

Esta vez, creo que por el vodka que me habían obligado a tomar, obedecí como un imbécil y abrí la boca.

—¡Muuuuy bien, Cuerno…! —me festejaron mis victimarios—. Así me gusta, que te portes bien y obedezcas a los que se cogen a tu novia…

Yo asentí humillantemente con la cabeza, en un movimiento casi imposible, patético.

—Abrí más grande, Cuerno…

Obedecí y abrí la boca más grande.

—¡Muy bien, Cuerno, muy bien…!

Un segundo después la vergota ancha de Agustín penetraba mis labios y me recorría por dentro toda la garganta.

—Así, Cuerno… ¡Uhhh…! ¡Síii…!

Me bombeaba, el hijo de puta. Me bombeaba adentro con ese gomón asqueroso. No fuerte, más bien suave y tranquilo, como gozando. ¡Me estaba cogiendo por la boca otra vez, como cuando éramos chicos y me castigaban por haberme puesto de novio con Estelita, la gorda del barrio!

—Ensalivá bien, ¿eh? Que ahora voy a romperle ese hermoso culazo a la putita de tu chica.

Bruna levantó la pelvis, dándome un baño de aire, de frescura, que bebí como si fuera oxígeno bajo el agua.

—Mi amor, ensalivalo bien que por fin me vas a hacer la cola.

Y yo chupaba y chupaba, recorriendo con mi lengua la cabeza de la pija y tratando de dejarle la mayor cantidad de saliva posible.

Medio minuto después Agustín dejó de bombear dentro mío y debo reconocer que tuve un minúsculo gesto instintivo, creo que más bien un reflejo, y estiré los labios para retener la cabeza de la pija que abandonaba mi boca. El violador volvió con Bruna. A clavar. Por la concha y a fondo. Hasta hacerla gemir y putear de placer.

Y entonces comenzó a puertear el exquisito orificio de aquella no menos exquisita cola.

—Le vamos a hacer el culo a este putón, ¿eh, Cuerno?

Yo asentía con la cabeza aprisionada, contento como un imbécil. La concha usada de mi novia me aplastaba la cara, y cada vez que Agustín le aprisionaba el orificio de su ano hacia abajo, enterrándole un dedito bien despacio, mi cabeza se hundía bajo ellos.

—Mi amor, por fin me vas a llenar la cola de pija…

Me hablaba a mí, ¿no?

Le estuvieron dilatando el ano unos cuantos minutos —Agustín y Carlos, que estaba otra vez al palo— masajeándolo y llenándolo de saliva. En un momento Agustín se alzó sobre sus rodillas y fue a alcanzar la cola de mi novia con la pija. Sentí un leve respiro y enseguida el peso de él sobre Brunita me aplastó hasta hacerme doler el cuello.

Sentí más presión hacia abajo.

—¡Ahhhhhhh…! —gritó mi novia, muy fuerte.

—¿Te duele, mi amor…? —Agustín pareció levemente preocupado.

—Ggghhh… Fffgzzss… Ñññ… —me quejé.

—Un poco, sí… Pero seguí…

Más movimientos. Otra vez el dolor insoportable.

—¡Ahhhhhhhhhh…! —ella.

—¿Te la aguantás, mi amor…?

—Sí… Sí… Pero despacio que me estás partiendo…

—Te metí media cabecita, hermosa… Igual no te preocupes que ahora me lubrico un poco más…

Sentí que el peso despareció y revivió mi cuello chamuscado.

—Abrí la boca, Cuerno.

Abrí la boca bien grande.

—Ensalivá.

Y otra vez a tragar esa buena verga… quiero decir, esa verga.

—Ensalivá bien así no le duele a tu novia…

Ensalivé con todo mi corazón, mientras Carlos seguía escupiendo el agujerito de Bruna y lo agrandaba con sus dedos.

Agustín me sacó la pija y otra vez fue a subirse sobre la cola de mi novia. Cuando mi cabeza se aplastó contra el sillón escuché un nuevo grito de mi Brunita.

—¡Ahhhhhhhhhh…!

—Tranquila, mi amor… Me quedo ahí…

—Sí, sí… No te muevas…

En ese instante en que el tiempo se detuvo sentía claramente sobre mi rostro el latir de la cola de mi novia. Llena de pija y a medio romper, el culo de mi amorcito se resistía a la invasión bombeando sangre a la zona dinamitada. Pero mi novia quería que la corrompieran. Quería esa brutalidad hasta los huevos para regalarme vaya a saber qué lección. Sentí cómo se relajó para acostumbrarse a esa verga y re comenzar la penetración.

—Muy bien, Bruna… Dilatá… Así…

—Sí, Agus… pero no me claves todavía…

—Tranquila, mi amor… Tenemos toda la noche para enterrártela como Dios manda…

Carlos seguía escupiendo sobre la penetración, aunque no entraba saliva porque el orificio del ano estaba taponado por la pija de Agustín. Alguno la masajeaba abajo como para excitarla. O distraerla.

—Cornudo, si pudieras ver cómo dilata tu novia con la chota bien adentro estarías orgulloso de ella… Sabe relajar… como si ya le hubieran hecho la cola un montón de veces.

No podía escuchar muy bien lo que me decía mi amigo, que seguro era algo bueno sobre mi Bruni.

—Mgggffhhzziagsss…

Carlos le propuso a mi novia:

—Mostrale al cornudo lo que se va a perder por andar diciendo que estás gordita…

Bruni pareció encenderse, más de venganza que de deseo.

—Sí… Sí… Cornudo hijo de puta, mirá cómo me van a llenar la cola de verga… Mirá bien, cornudo…

—Mfffghhh… SSgghññ…

—¡Clavame, Agustín! ¡Clavame para que el cornudo aprenda a respetarme y tratarme como a la novia ejemplar que soy!

Agustín sonrió, escupió sobre la penetración y le abrió los gajos en un mismo movimiento.

—Sí, bebé… Te la mando hasta los huevos…

—¡Síiiiii…! ¡Por Dioooossss…!

Y comenzó a taladrar.

—Tomá, bebé…

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…!

No fue hasta los huevos, por los movimientos que noté. La cosa no estuvo así de fácil, pero tampoco tan difícil para una cola supuestamente virgen, como me había hecho creer hasta ese día Bruna.

—¡Qué buen pedazo de culo que tenés, mi amor!! ¡Cómo te lo estoy gozando…!

—¡Clavame, Agustín! ¡¡Llename de pija!!

—Desde que llegaste a la fiesta con el cornudo que no hago otra cosa que mirarte y desearte este tremendo culazo que tenés…  ¡Te lo lleno de pija, bebé…!

Se hamacaban sobre mí. El turro de Agustín se la iba enterrando más y más con cada embestida, aunque el que debía soportar la peor parte era yo. Bueno, mi novia también parecía dolorida, pero al menos ella gozaba como una puta.

—¡Ya tenés media pija adentro, mi amor…!

—¡¡Síiiiaaaaaaaahhhhhhhh…!!!

Al cabo de una media hora la hermosa y carnuda cola de mi novia estaba taladrada por la verga de Agustín hasta la base, tragándose toda esa pija como si fuera un dedito meñique.

—¡Mi amor! —se entusiasmó Brunita—. ¡Tengo el culo relleno de verga! ¡Mirá, mi amor, mirá! ¡Por fin me estás haciendo la cola!

Bueno, yo no estaba haciendo mucho, más que lubricar a mis amigos para que se la empernen a ella, pero de alguna manera me sentía participe

—¡Dejalo salir, quiero que me vea clavada hasta los huevos!!

Me dejaron salir y medio mareado por el dolor de cuello, me arrodillé ante el sillón, donde a escasos centímetros de mi rostro Agustín perforaba la colita virgen de mi novia. Hacia adentro. Hacia afuera… Hacia adentro… Hacia afuera…

—¡Ahhhhhh…! ¡Ahhhh…! ¡Ahhhh…!

—Ramiro, qué pedazo de puta tenés de novia…

—¡Cornudo, mirá bien! ¡Mirá bien y aprendé a tratar a tu mujer!

Yo estaba como en trance.

—¡Necesito lubricación, Cuerno! —me exigió de pronto Carlos, sin el mínimo rodeo.

Agarré la botella de vodka y le robé un trago generoso. Y abrí la boca como si ensalivar la pija de mis amigos fuera lo más natural del mundo, y mientras al lado Agustín seguía taladrando la cola perfecta de mi novia, Carlos, de pie, me tenía arrodillado entre sus piernas ensalivándolo desde la punta de la pija hasta la base.

—Muy bien, Ramiro… Tragá pija… Tragá pija, cornudo…

Y yo estiraba la cabeza hacia arriba, tratando de cumplir mi parte, cualquiera sea el rol que estuviera cumpliendo.

Estuvimos así unos cinco o diez minutos hasta que Agustín anunció.

—Te acabo, Brunita… Estás demasiado buena para aguantar más…

—Síii… Llename la cola… Llename la cola de leche para el cornudo…

—Yo también me voy… —anunció Carlos. Mi borrachera se disipó unos instantes, abrí los ojos con total sorpresa. Se ve que Carlos se dio cuenta y me tomó la cabeza por los pelos para que no dejara de ensalivarlo.

—Chito, Cuerno… —me advirtió—. Seguí chupándole al macho de tu novia, que es lo que corresponde… —No me dejaba salirme de su pija. Sus manazas me tenía sujeto a ella y mi voluntad no era la más firme. Así que seguí chupando—. Tragá, Cuerno… Tragá pija que enseguida vas a tragar leche…

Yo hacía con la cabeza que no, pero Carlos me sujetaba bien y mis movimientos hacia los costados no alcanzaban a hacerme zafar de la pija, así que seguía tragando carne. De pronto Carlos comenzó a jadear sonoramente.

—Uhhhh… ¡Síiii…!

Mis ojos se abrieron más. Ya estaba sintiendo desde hacía unos minutos una cosa viscosa en la lengua, medio asquerosa.

—Agarrame la pija por el tronco, cornudo… con las dos manos…

Obedecí como un imbécil.

—Pajeame, así… Uhhhh… Sí… Sí, Cuerno, así… ¡Uhhhhhh…!

Estaba de rodillas, tomándole la pija con ambas manos y sosteniéndome con la boca, que iba y venía sobre su tronco en una mamada fenomenal, tambaleándome un poco, aunque sostenido de mis cabellos por el propio Carlos, que me los tironeaba hacia atrás y adelante para guiar a su ritmo la felación a la que me sometía.

A mi lado Agustín seguía sodomizando a mi novia, que comenzaba a acabar como una puta, influenciada por verme chupando la pija del que fuera su macho un rato antes.

—Me viene la leche, cornudo… Abrí la boca bien grande que me viene…

No sabía qué hacer. Miré a mi Bruna buscando un consejo, pero estaba tan llena de pija y morbo que no me veía. Ya que no lograba zafarme, debí seguirle el juego a Carlos, pero en medio de su acabada iba a escupir todo por la comisura de mis labios.

Carlos se arqueó y gimió como un animal.

—¡¡Ahhhhhh…!! ¡¡Me viene!! ¡¡Me viene, Cuerno…!!

Se dobló sobre sí mismo y sin soltarme los pelos con una de sus manos, fue a tomarme la mandíbula con la otra, no permitiéndome bajarla o ladearla.

—¡¡Sentila, Cuerno…!! ¡¡Ahhhh…!! ¡Acá viene…! ¡Ahhhhh…!

Me moví más fuerte. Me agarró más fuerte.

—Viene, Cuerno, viene, viene, viene, vieneeeee…

—Mfffgggghhh…

—Ahhhhhhh siiiiiiiiiii…

—GGGHHHHH…

—¡¡¡SIIIIIIIII…!!!!

—GGHHHHFFFGGHHH…!!

—¡Te estoy acabando, Cuerno!! ¡¡Te estoy acabando!!

No podía escaparme para ningún lado, y la leche comenzó a invadirme a ráfagas breves y rápidas, y a llenarme toda la boca.

—¡¡Tragá, Cuerno!! ¡¡Tragá la leche del macho de tu mujer!! ¡¡Tragá, putito, tragá!!!

No podía escupirla, y la manaza me aprisionaba. En un momento me di cuenta que si quería respirar, no me iba a quedar otra que tragar. Miré a mi fiel Brunita, la cabeza hacia abajo, los cabellos sudados y pegados a su rostro, jadeando, movida una y otra vez con los violentos topetazos de Agustín, que ya le acababa adentro y se la gozaba a morir. Tragué.

—Muy bien, Cuerno… Así se tiene que comportar un noviecito como vos… —Y volví a tragar—. Mirá, Bruni… Mirá al cornudo cómo toma la leche de tu macho…

Bruni giró, despejó sus cabellos y me vio arrodillado y con el garguero trabajando para tragar lo que me surtía Carlos desde su vergón. Se revolucionó. Y comenzó a agitarse otra vez y a gritar en medio de un orgasmo que le vino repentino, tan solo de verme.

—¡¡Ahhhhhhhh…!! Cornudo, así te quiero ver siempre… Desde ahora vas a tragar pija cada vez que me den… ¡Cómo vas a tragar pija, cornudo…! ¡¡Cómo vas a tragar pijaaaaahhh…!! ¡Por Dioooosss… Síiiiiiii…!!

—¿Escuchaste, Cuerno? —me retó Carlos—. Desde hoy vas a tragar pija de los machos de tu novia…

Arrodillado como estaba, asentí mientras miraba hacia arriba a Carlos, a los ojos, y me quitaba su cabezota rechoncha de los labios, a la vez que me secaba una gota de semen.

Eran las once de la mañana cuando nos fuimos todos a dormir. Ellos a la cama matrimonial, y yo al sillón donde habían estado sodomizando a mi Bruna. A la tarde siguieron y yo debí seguir chupando pija.

Desde ese momento comencé a verla sexy. Es cierto que también desde ese día ella cambió su forma de vestir y algunas costumbres. Empezó a ir al gimnasio y a andar muy atractiva todo el día, no de puta, pero sí sensual, y se permitió hacerse garchar por mis amigos. No solo por Carlos y Agustín, sino el resto de la banda, uno siete chicos más.

Y sí: comencé a tragar pija en forma casi proporcional a los cuernos que me fue poniendo. Pija de sus machos. O como dice ella, de nuestros machos, porque ya no tengo permitido cogerme a mi propia novia: mi única actividad sexual es ensalivar a sus machos para que le hagan la cola o por simple placer de ellos o de mi Bruni.

Eso sí, la buena noticia es que me curé, porque ya no la veo gordita a mi novia Bruni.

Fin (final)

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Ni Gorda ni Flaca (Parte 1, de 2)

Bruna es mi novia desde hace unos meses y, si se las tuviera que describir, no sabría cómo hacerlo. Mi primer impulso sería decirles que es una gordita. Pero les estaría mintiendo. Bruna no es gordita, creo que ni siquiera rellenita. Pero la impresión que da —o que me da a mí, al menos— es que es gordita. Un poco por la cara, y bastante por la pancita que tiene. Bueno, no tan pancita, es más bien una panza. Para mí es bastante grande, para los demás parece que no tanto. Fuera de eso —de la panza— no es gordita. Aunque a mí igual me lo parece. Los muslos no son los de una modelo. Son llenos, no gordos… bueno, no sé. La cola redonda, inflada… linda cola. Espectacular cola, si no fuera que parece la cola de una… No sé, mejor les cuento lo que opinaron mis amigos cuando la conocieron, porque lo que es yo, no voy a ponerme de acuerdo nunca, ni siquiera conmigo mismo.

Para mí Bruna siempre había sido gordita; siempre la vi como gordita. Ella se vestía con ropa holgada, pantalones que no le marcaban la cola, se recogía el cabello y la verdad es que conmigo nunca se producía. Más allá de la ropa, yo la veía rellenita. Especialmente cuando se desnudaba y hacíamos el amor.

Ustedes dirán: qué importancia tiene. Bueno, la tuvo. Porque a partir del segundo mes el cuerpo de ella, o su panza, ya era medio una obsesión para mí y me des-erotizaba por completo. Primero, porque ella se vestía siempre de la manera más anodina y ordinara que había, lo cual ya no me despertaba gran cosa. Y cuando íbamos a la cama… verla medio gordita, verle la panza y esa ropa interior casi de vieja… ¡qué quieren que les diga, no se me paraba mucho!

Estuvimos así tres o cuatro meses más. Sin coger porque a mí no me terminaba de funcionar a pleno. Intentábamos, pero la mayoría de las veces yo no podía. Créanlo o no, a ella parecía importarle poco. Se desquitaba con una porción de torta o unas facturas y se iba a dormir. Y ahí era peor, porque cuando la veía comiendo, la veía más horrible.

Pero un día pasó algo. Uno de mis amigos hizo de su cumpleaños una fiesta de disfraces, y Bruna se mostró muy entusiasmada.

Ya saben que para las mujeres las fiestas de disfraces son una excusa para vestirse de putas sin culpa y sin que nadie las acuse de… putas. Bruna se preparó toda la semana para esa fiesta.

El sábado se metió en el vestidor por espacio de dos horas, y cuando salió casi se me para el corazón (y no solo el corazón). Ahí estaba mi gordita, mirándome provocativa bajo la puerta, pero hecha una perra en celo, fuertísima como nunca la había visto, desparramando ya no sensualidad, sino sexualidad. Estaba enfundada en un vestidito blanco muy breve que terminaba en una minifalda corta, demasiado corta en realidad —¡extremadamente corta!—. No podía ni agacharse dos centímetros que se le subía la faldita y se le veía claramente el borde bajo de la cola. Si se agachaba un poco más, directamente se le veía la tanguita, también blanca. Me preocupé al descubrir esto, ya que en uno de sus movimientos descuidados vi que llevaba una bombachita muy sensual, bien de guerra, metidísima entre las nalgas. Por suerte —pensé— esa cola era nada más que mía y si esa noche se me paraba… Iba con botas muy altas, la turra, y se había arreglado el pelo de una manera que parecía recién salida de la ducha. ¡Estaba para matarla! ¿Dónde habían ido a parar los kilos que llevaba antes de entrar al baño?

—¿De qué…? ¿De qué te disfrazaste, mi amor…? —atiné a preguntar.

Se acercó a una bolsa sobre una silla, de la que sacó un gorrito blanco que reconocí enseguida.

—De marinerita.

Nos fuimos a la fiesta y en el taxi aproveché para manosearle los muslos desnudos, un poco la cola; lo que podía. Yo estaba alzadísimo, y mi novia lo festejaba, aunque comenzó a reprimirme en cuanto notó que el taxista espiaba por el espejito.

Ya sé, van a decir que soy un hijo de puta. Pero la verdad es que con ese freno que me puso, me fui enfriando. Cierto es que ella estaba más sexy que nunca, y muy hermosa, pero se ve que me fui acostumbrando y se me hizo evidente lo de siempre: que mi novia no tenía una gran cintura, y la panza seguía ahí. No digo que no estaba linda —porque lo estaba, doy fe— pero ya al entrar al departamento de mi amigo yo la veía como siempre, solo que mejor vestida.

Me di cuenta que Bruna causó en mis amigos la misma impresión que había causado conmigo. Se quedaron todos boquiabiertos, los pocos que la conocían murmuraron entre ellos su aprobación. Los que no, la zalamearon con adulaciones pegajosas, bordeando lo pajero.

Un rato después y cuando pude separarme de mi novia, Carlos, el anfitrión, se me acercó conspirativo.

—¡Boludo, me dijiste que tu novia era una gorda!

—¡Gorda, no! Gordita. ¡Te dije gordita!

—Pero qué gordita, ¿estás en pedo? ¡Está re fuerte!

—Es por el vestido, pero fijate la cintura…

—Está re buena, ¡Mirá el culazo que tiene! ¡¡¡Y las tetas!!! Te felici…

—Sí, sí…  A mí me gusta, no es que no me guste… Pero nobleza obliga: es gordita.

—¡Vos estás enfermo!

No me lo decía mal, sino sorprendido. Me dejó y fue a atender a otros invitados. La fiesta estaba llena de gente. Las mujeres, como era de esperarse, casi todas disfrazadas de algo-putas. Una de enfermera puta, otra de bruja puta. Todas de putas. Pero la que acaparaba la atención era Bruna. Inesperadamente, estaba más sociable que nunca. No es que no fuera sociable, pero parecía más animada, más segura de sí misma. Creo que era porque se daba cuenta que todos los hombres en ese cumpleaños —absolutamente todos—, se la querían coger. Sentirse deseada la habría dado confianza, imagino. Estaba sola la mayor parte del tiempo, mis amigos me solicitaban a cada rato para ayudarlos, y también para manifestarme su sorpresa por lo buena que estaba mi novia y felicitarme por ello. Bruna, entonces, aprovechaba e iba a charlar con unos y otros. La vi riéndose, tomando vino, hablando con otras chicas, tomando champagne, seduciendo sin seriedad a unos muchachitos, tomando un daiquiri, eligiendo música con otro de mis amigos, tomando un vodka con Gancia.

Yo también tomaba a la par, solo que no estaba tan acostumbrado. Me juntaba de a ratos con ella, pero mis amigos me solicitaban una y otra vez. Aproveché en un momento en que Bruna no estaba a la vista para acercarme a Lucila, una morocha delgada y hermosa, bien flaquita como las modelos europeas. No sé bien qué pretendía yo. Con mi novia en la fiesta, difícilmente pudiera seducirla y sacarla de allí. Quizá quise conseguir su teléfono, no recuerdo; el alcohol comenzaba a hacer estragos. La cuestión es que apenas me insinué, la morocha me miró a los ojos, aguantó una risita, luego simplemente se rió en mi cara y me dijo:

—Pero… ¿para qué querés mi teléfono si a vos no se te para…?

Me quedé helado. Por un segundo la adrenalina me puso sobrio.

—¿Cómo que no se me para…? ¿Estás loca? ¡Eso es mentira! ¿Quién te…?

—No te enojes, bebé… —fue condescendiente—. Me caés bien… pero el sexo me gusta demasiado como para estar haciendo beneficencia por las noches… Perdoname, pero en la cama necesito un macho de verdad…

Me puse de mil colores, no me había sentido tan humillado en toda mi vida. En eso la vi a mi novia charlando y riendo con dos chicas y dos chicos más, y uno de ellos la tenía medio abrazada por la cintura. A mi novia. Nada grave, casi como de casualidad, pero Bruna no le había sacado la mano. Fui hasta ella y la increpé al oído.

—¿Vos estuviste diciendo que a mí no se me paraba…?

—Ay, mi amor, no sé… puede ser… Estuve hablando de sexo toda la noche con todo el mundo…

—¿Pero cómo vas a decir semejante…?

Mientras hablaba, vi que mi novia se había medio recostado sobre el chico que la abrazaba. No había mucha luz, pero sí la suficiente como para darme cuenta. Me tranquilizó que no la tenía tomada de la mano o algo personal, aunque la terrible cola enguantada en esa minifalda escandalosa se recostaba sobre la pierna del vividor.

—Es que tomé mucho… —se disculpó Bruna—. Por ahí se me fue un poquito la lengua, la verdad que no sé…

Fue cuando me llamó Agustín, el más crápula de mis amigos. Casi me arrancó del pequeño grupo, lo que salvó a mi novia del reproche.

—¡Hijo de puta! —me festejó—. ¡Me dijiste que tu novia era una mina del montón y es una terrible perra!

—¡No es una perra, no sé qué le picó hoy que se vino así!

—No lo digo por cómo está vestida, boludo, si están todas de putas… ¡Lo digo porque tiene un lomazo!

—No sé… Está un poco pasadita de… Está bien —reconocí finalmente—. Admito que por ahí estoy un poco susceptible con ese tema, pero ya sabés por qué es…

Mi amigo se hizo a silencio mostrándome su arrepentimiento.

—Éramos chicos… Tenés que dejar de enroscarte con eso… Vas a terminar cagándola con tu novia, que está más buena que el dulce de leche.

—Para mí no está taaan buena, pero igual la quiero…

—Más vale que la vas a querer… No sabés la suerte que tenés… No sabés cómo te envidio… No sabés cómo me gustaría cogerla…

Era ya una conversación de borrachos.

—Y yo que puedo, no se me para… Nunca me motivaron las gordas…

—Dejate de decir boludeces, lo único que tiene es un poco de panza que se le va con cuatro meses de gimnasio…

En algún momento se ve que me dormí. No sé cuándo. No sé cuánto. Pero me desperté en el sillón del living, con todo dándome vueltas producto del alcohol que todavía me tenía bien ebrio. Estaba solo. La fiesta había terminado y había botellas y paquetes de porquerías por todos lados. La luz era bastante poca, solo un velador iluminaba el ambiente.

Unas risas que venían de la habitación me dijeron que no estaba para nada solo. Eran las risas de mis amigos y de mi novia, y sus voces que hablaban como en susurros fuertes. También parecían borrachos.

Me quise levantar para ir a ver qué pasaba y me caí, arrastrando algo de la mesita ratona. Todos vinieron por el ruido.

Me encontraron en el piso, caído, y fue un estallido de risas general. Estaban dos de mis amigos —Carlos y Agustín— y mi novia, ellos en camisas sueltas y calzoncillos, y mi novia casi igual que como la había visto por última vez, solo que el escote de su camisa parecía más importante.

Carlos me fue a socorrer, mientras me gastaban bromas.

—Mi amor —intervino Bruna, tentada—. ¡Nunca te vi tan pasado de copas!

Yo no estaba de humor, me sentía realmente mal, todo me giraba alrededor.

—Vamos a casa, tengo mucho sueño…

—No podés manejar así, mi amor…

—¿Por qué están en calzoncillos…?

—Le estábamos demostrando a tu novia que no está tan gorda como vos decís…

En ese momento no estaba en condiciones de advertir lo absurdo de lo que me estaban diciendo. Solo asocié palabras y disparé.

—Pero si está gorda.

—¡No estoy gorda, Ramiro! —me gritó Bruna—. ¡Me tenés harta con mortificarme de esa forma! —Mi novia se puso seria y como angustiada—. ¡Sos un hijo de puta!

No sé qué me decía. No me importaba. Yo solamente quería dormir en mi cama y que el living del departamento de mi amigo dejase de dar vueltas.

—Sos un boludo, Ramiro. Bruna no es gorda, y te lo vamos a demostrar. Todo depende de cómo la mires, no de lo que mires. —Se dirigió ahora a mi novia—. Parate derechita, bombón.

Bruna se paró erguida delante de mí, que todavía permanecía sentado en el sillón. Agustín se sentó a mi lado. Carlos fue a no sé dónde y regresó con un centímetro.

—¡Mirá!

Se le puso a un costado y con el centímetro le midió el busto a mi novia. En el tambalear de la operación, las manos y uno de los brazos le frotaron los pechos notoriamente. Bruna rió un poco. Carlos también. Finalmente me dio el resultado.

—120. ¡Una diosa!

—¡Cualquier gorda tiene 120! —dije, rebelde. Mi novia me miró con rencor.

Carlos le tomó los brazos y me los mostró.

—¡No tiene brazos de gorda, pelotudo!

No, no los tenía. Carlos se arrodilló y con las dos manos comenzó a maniobrarle los muslos. Con el movimiento, la falda de mi novia se había subido un poco y se le veía la bombacha blanca en la parte de la conchita. Mis amigos se quedaron sin aliento y Agustín fue a agacharse, solo para mirarla. Ahí me di cuenta que bajo sus calzoncillos, estaban al palo.

Carlos midió los muslos y me dijo:

—53. Muslos de puta madre.

—Sí, sí… Tiene lindos muslos… —admití, pero en casa parecían de gorda. No sé por qué ahí y ahora parecían de una terrible hembra.

Carlos fue a medirle la cola. Bruna sonrió divertida, se dio vuelta y se arqueó un poco, sacando bastante su fabulosa cola, que les dejaba entregada. Era innecesario, era parte de un juego. Pero Agustín, que se había arrodillado, tuvo entonces un primerísimo primer plano de su culazo cortado a la mitad por la minifalda, y la tanguita blanca enterrada entre los glúteos.

—Yo quiero medirle los pechos —dijo Agustín, saltando del piso.

Carlos le midió la cola y esta vez también fue parte del juego manosearla bien manoseada. Bruna tenía dos manos en su cola y reía alcoholizada. Agustín le tomaba la medida del busto, pero no tenía centímetro.

En dos minutos mi novia estaba siendo hurgada por mis dos amigos de forma descarada, ella de pie y dejándose vejar alegremente, con el vestido todo desencajado, la minifalda subida y ya casi toda la bombacha al aire, el escote desbordado, sin corpiño —que había perdido en la habitación— los pelos revueltos, ebria y caliente; y yo frente a ella, a treinta centímetros, sonriendo borracho en el sillón.

—¡110! —gritó Carlos al terminar de medirle la cola, y todos gritaron como si se hubiera proclamado la constitución nacional.

Bruna me miraba y me sonreía con cierta revancha en los ojos. Carlos se le puso de costado y la miró con ojo clínico.

—¡Yo la veo bárbara a tu novia, ché! —dijo y se le acercó. Comenzó a manosearle las piernas—. Hermosas gambas… —La otra mano se la metió en la cola, como una pala que la recorrió desde arriba hacia abajo. Pude ver claramente la expresión de mi Bruni cuando Carlos se aventuró bien abajo, ya adelante, y ella hasta cerró los ojos—. Buenos pechos… —concluyó metiéndole mano por el escote. Sin soltarla de arriba fue hacia atrás de ella y dijo—: De atrás está mejor que de ningún lado, Ramiro… Tiene una cola… —Lo dijo con lujuria, y volvió a empalarle la mano recorriéndole toda la raya de la cola, pero por sobre la bombacha (la minifalda ya estaba arriba) y otra vez mi novia entrecerró los ojos y se arqueó mucho más cuando él llegó abajo.

Esta vez, sin embargo, Carlos se quedó allí y la siguió manoseando asquerosamente. Era una imagen extrañada, además por el alcohol. Como la tenía de frente, veía a mi novia levemente a horcajadas hacia mí, con la minifalda subida por el manoseo. Podía verle la conchita enguantada en la tanga blanca, interrumpida rítmicamente por la mano  de Carlos que se le colaba por la entrepierna una y otra vez, todo el tiempo, para darse y darle placer. Agustín seguía midiéndole el busto, lo que significaba que le metía mano dentro del escote, y como ya no había corpiño, imagino que ella ya tendría los pezones rosados y duros de tanta fricción.

—Yo te digo cómo hacer para no verla gordita a tu novia… para verla tan fuerte como la veo yo…

Bruna giró su rostro, libidinoso rostro, y con la boca abierta de deseo le pidió:

—Sí, decile…

Carlos sacó a Agustín de encima de mi novia y la llevó a ella hacia el sillón, el mismo en el que estaba yo sentado y me había despertado hacía unos minutos.

—Parate, Ramiro —me ordenó.

Me puse de pie con dificultad, tambaleante. Carlos tomó de la cintura a mi novia y la depositó sobre el sillón, poniéndola de rodillas como un perrito… bueno, una perrita. Los dos muslos eran unas columnas duras y poderosas, la cola le quedó bien paradita, cortada a la mitad por la minifalda, que había sido reacomodada en un absurdo gesto de decencia.

—Meté la cabeza entre tus brazos, mi amor —pidió Carlos. Mi novia obedeció. Agustín permanecía expectante.

Carlos se ubicó detrás de ella, también arrodillado, y posó sus manos sobre los generosos glúteos de mi Bruna, sobándolos. Me llamó.

—¿Ves? —me preguntó cuando estuve a su lado—. Mirá cómo se ve desde acá.

Miré. La verdad es que no sé si por el alcohol o el cansancio, o por la postura de mi novia, la cola aparecía como formidable.

—Está buena.

—¿Ves, boludo? ¿Qué te dije? Mirá estas piernas… —y la manoseaba—. Mirá esta cintura… —le subió la minifalda nuevamente hasta arriba y mi novia quedó expuesta ante mis amigos, solo protegida con la tanguita calzada bien profundo entre sus nalgas. La verdad era que así tenía una mejor cintura, pero tampoco era una modelo—. Con esta posición se te para sí o sí… ¡mirá! —y se señaló su propio bulto, que dentro del calzoncillo se presumía importante.

Se bajó un poco el bóxer y peló una pija grande y rechoncha, totalmente erguida y en plenitud.

—¿Ves? Así se te va a parar… —Se la tomaba con una mano y se la masajeaba como para parársela todavía más, mientras con la otra tenía tomada a mi novia de una nalga.

—Sí, sí —dije desesperado. Veía a mi amigo arrodillado detrás de mi novia, las piernas de él casi pegadas a las piernas de ella. Mi novia se asomaba de entre sus brazos y echaba miradas hacia atrás, cada tanto, pero más hacia Agustín, con quien sostenía un diálogo mudo que les provocaban sonrisas. Yo quise agregar—: Entonces ahí le meto con todo…

—No, Ramiro, mirá… —comenzó a magrearle las nalgas y meterle unos dedos en los pliegues de la tanga, allí donde cubría la conchita de mi novia—. Así tenés que hacer…

Le metió un dedo, luego dos dedos, y comenzó a pajearla suave y rítmicamente. “Así, Ramiro… Así le tenés que hacer…” Mi novia comenzó a arquearse y respirar distinto. Carlos le corrió un poco la tanguita y ya le metió cuatro dedos y la seguía serruchando.

—Acercate, mirá bien… —Me acerqué—. No seas boludo, poné la cara pegada a la cola de tu novia.

Sin preguntar ni decir nada, puse mi rostro a un costado de la cola de Bruna, mientras vi con cierta zozobra cómo Carlos se tomaba la pija gorda y dura y la enfilaba para la conchita de mi novia, todavía entangada de blanco.

—Mirá bien, ¿eh? Así le tenés que hacer a tu novia…

Se acercó más y más, ya casi para tocarla con la pija. Mis ojos estaban a centímetros de todo y yo —como hipnotizado— no atinaba siquiera a decir nada.

—Correle la bombachita para el costado, cornudo…

Borracho, obedecí. Tomé a mi novia de una de las nalgas y la magreé con lascivia. El contacto con esa piel tan de ella y tan mía me calentó. Metí la mano debajo de la tanguita, a la altura de la concha, y mis dedos rozaron su humedad tibia y deseable. Me estremecí y la dejé desnuda ahí —solamente desnuda ahí— expuesta por completo a la vergota dura y venosa de mi amigo. Le corrí la tanguita para mi lado, y la sostuve con mi dedo índice haciendo de gancho, para que no se volviera a su posición y molestara a Carlos.

Tenía la acción a no más de cinco o diez centímetros. Ver la cabezota gigante de la pija de mi amigo, el chorizo venoso detrás que empujaba como un ariete de profanación, toda esa carne, toda esa pija yendo despacio pero directo a la conchita de mi novia… Era mucho y era como si nada a la vez.

—Así, Ramiro… Mirá bien…

Y miré bien. Miré cómo la cabeza tocó la conchita de mi novia y cómo empujó y le costó penetrar la primera fracción de segundo. Cómo la cabezota se quedó allí en una breve vacilación; breve, un suspiro. Hasta que perforó.

—¿Bruna? —la llamé. Ella se giró para mirarme y Carlos empujó nuevamente y le enterró apenas la mitad de la cabeza.

—Ahhhhh… —jadeó Bruna, entrecerrándome los ojos.

—¡Mirá, cornudo! —se enojó Carlos. Es que yo había volteado para verla a mi novia. Vi que la cabeza de la pija de mi amigo ya estaba adentro, tragada por la conchita golosa de mi novia—. No te molesta que te diga cornudo, ¿no, Ramiro?

Ni me daba cuenta qué me estaba diciendo. Todos mis sentidos ahora estaban en esa pija entrando centímetro a centímetro en los pliegues de mi amada gordita.

—¡Qué bueno, Ramiro! Siempre quise decirte cornudo, no sé por qué…

—Por la novia que se echó —festejó Agustín, y rieron un poco, menos mi novia, que ya comenzaba a jadear.

—Mirá, cornudo, mirá bien… ya le entró la mitad…

—Sí, Carlos, veo…

Mi novia ya tenía la mitad de la verga adentro, mientras Carlos seguía empujando muy despacio.

—Vení, parate y ponete al lado mío. —Lo hice. Mis ojos estaban muy cerca y a la altura de los suyos—. ¿Ves…? —preguntó mientras me mostraba el cuerpo de guitarra de mi novia, pero yo solo podía ver esa vara gruesa clavada hasta la mitad, dura y quieta, a medias dentro de ella—. La agarrás de la cintura así… —Y se aferró de la cintura de mi novia—. Y empezás a enterrarle la verga despacito… —Y empezó a penetrarle la media pija que le faltaba. Mis ojos no podían apartar la vista de esa perforación lenta y soberbia—. Y se la clavás… así… así… Uhhh… ¿Ves, cornudo, que tu novia no es gorda…?

Le fue enterrando la pija centímetro a centímetro, despacio, con delicadeza. El otro zángano acompañaba en silencio la coronación de otro cornudo en el mundo, aunque yo no me daba cuenta, creo que por el alcohol. Es que así como Carlos me lo explicaba, parecía que todo era una molestia suya para enseñarme a valorar a mi novia. Le fue clavando la pija hasta que su abdomen chocó con la cola de mi Bruni.

—Abrile un poquito las nalgas, cornudo, así se la clavo hasta los huevos.

—¡Ya se la clavaste hasta los huevos!

—No… Abrila y vas a ver que puede entrar un poquito más.

Le pedí permiso a mi novia.

—¿Te puedo abrir un poquito más, mi amor?

—Sí, Cuerno…  —me sonrió ella.

La abrí y Carlos la agarró de las nalgas, con lujuria, me miró a los ojos sonriendo y movió brutalmente la pelvis hacia adelante, remachando a mi novia literalmente hasta los huevos.

—¡Ahhhhhhh…!

—¿Te dolió, Bruni? —me preocupé.

—No, Cuerno… —y esta vez directamente se rió en mi cara.

Carlos comenzó a sacársela lentamente.

—Vení, cornudo, mirá desde acá…

Me acerqué otra vez y a su lado. Me mostró la pija toda afuera, húmeda del flujo de mi amorcito. Y comenzó a enterrársela otra vez. Mi novia volvió a gemir.

—Ahhhhhhh…

—Mirala bien… —Y otra entrada de verga. Carlos ya comenzaba a moverse más rápido—. ¿Qué ves…?

—¡A mi novia cogida por un terrible pedazo de pija!

—No, boludo, mirala a ella… —Y otra estocada a fondo.

—Ahhhh… Sí, Carlos, así… —gemía mi novia.

—Ahora vení acá… —Me puse otra vez junto a él. Como si fuera él, solo que yo estaba parado y él le estaba enterrando la pija a mi novia, sin piedad y sin forro—. Mirala desde acá… ¿le ves la pancita…?

Desde arriba, solo se le veía la espalda, que se movía sensualmente con cada empujón de Carlos.

—No.

—Pero le ves los hombros, la espalda…

Me hablaba como si nada, pero no dejaba ni por un segundo de bombearla y usarla.

—Uhhhh… por Diosss… —murmuraba mi novia.

—Sí, sí…

—El cabello cayendo re sensual… Mirá…

Y otra clavada a fondo.

—Ahhhhhh… —gemía mi nena.

—Sí, es cierto…

—Y mirale la cintura, boludo… Mirá la cinturita que tiene…

Carlos era un genio. Mientras ella estuviera en cuatro patas y yo cogiéndomela desde atrás, la cintura como que se le angostaba.

—Tenías razón, Carlos… —De seguro la adrenalina de la cogida y de ver a mi novia siendo profanada por mis amigos me fue despabilando. Las cosas me seguían dando vueltas y me sentía tan mal como cuando me desperté, pero comencé a preguntarme si todo lo que estaba sucediendo debía ser así o había algo mal—. ¿Pero no debería estar yo ahí, en vez de vos…? Porque Brunita es mi novia, ¿no…?

—Mi amor, no seas tan detallista… —opinó Bruna—. Agus, servile un poco más de vodka, el cornudo lo necesita…

—¡Y mirá la cola! —seguía entusiasmado Carlos. Justamente de ahí la agarraba, de las nalgas. Tenía clavados los dedos y enrojecía los cachetotes blancos de la cola de Bruni. Y le surtía pija sin misericordia.

—Una cola hermosa —le admití mientras Agustín me inclinaba el vaso que yo ya tenía en la boca, para apurar mi trago—. Dan ganas de hacérsela —agregué secándome el vodka con la manga.

—Y se la vamos a hacer, Ramiro. Quedate tranquilo, y te vamos a enseñar de qué manera, para que no la veas tan gordita a tu novia, que es una diosa… Mirá cómo se queda para que vos aprendas…

Se quedaba quietita, mi Bruni. Aunque quizá porque estaba entretenida con algo que ahora le metían en la boca. Bruni comenzó a cabecear rítmicamente con una verga en el buche mientras Agustín la tomaba de sus cabellos.

—Tragá, bebé… Así… Tragá pija, tragá…

Y mi nena tragaba.

—¡Qué rica que está tu novia, cornudo…! ¡No sé qué carajo le ves de gorda, si está buenísima…! —Carlos le surtía pija ya moviéndose muy fuerte. La seguía tomando de la cola, a veces de la cintura para darse más fuerza y penetrarla más profundo. Mi novia gemía con cada sacudida, y ya mi amigo comenzaba a gemir también.

Carlos comenzó a sacudirse más y más. La verga le sobresalía brillosa como el sol y se le volvía a esconder dentro de mi Bruni. Comenzó a agitarse ya fuerte y a pegarle chirlos a la cola.

—¡Qué buena estás, puta…! Ahhhhh…

—¡Ey!¡No le digas así a mi novia!

—Te estoy enseñando cómo tratarla, cornudo… Ahhhh, por Diosss… Abrile las nalgas, Cuerno… Abrile que te muestro cómo te la tenés que enlechar…

Fui de un salto a abrirle las nalgas. Si había algo que me hacía volar hasta el cielo era acabarle adentro a mi novia.

—Así, Cuerno… Así te la tenés que coger… —me decía Carlos, aferrado a la cintura de su víctima y hamacándose dentro de ella como un mono en celo.

Bruna soltó por un segundo el vergón de Agustín, que estaba mamando, y giró divertida para constatar cómo yo miraba su violación.

Carlos comenzó a bombearla más rápido, y a bufar notoriamente. Sacudía a mi novia tanto que a ella le costaba retener en su boca la pija de Agustín.

—¡Qué buena puta que tenés, Cuerno, qué buena puta que tenés!!

Yo sonreía orgulloso, con mi rostro pegado al culazo de mi novia y mis dedos abriéndola para que Carlos me enseñe más cómodo. La telita de la tanguita se tensaba con cada sacudida de mi amigo y a veces me costaba retenerla bien abierta para no tocarlo a él.

Tan cerca estaba que podía ver claramente las venas hinchadas de la pija de mi amigo, y la porosidad de la cabeza cada vez que salía del todo para taladrar nuevamente a mi novia.

—Así la vas a llenar, asíiii…

Yo le abría más las nalgas a ella, la perforación era escandalosa.

—¿Ves, Cuerno? ¿Ves bien?

No le respondí porque estaba absorto observando el pistón de carne entrar y salir dentro de esa conchita inocente, a centímetros de mis ojos. Carlos habrá entendido que yo no veía bien y me tomó la cabeza y me empujó hacia la penetración que él mismo sojuzgaba. Mi cara fue a dar a la concha empapada de mi novia y, como además estaba siendo penetrada, el vergón de Carlos también me rozó la cara. Y el hijo de puta apretaba mi cabeza contra verga y concha, y me gritaba:

—¡Mirá, Cuerno, mirá cómo te la enlecho!

—No pfffedo verff nada, Cagglogggs… —Mi cara pegada a ellos estaba soldada con tanta presión, ejercida por sus manos y movimientos, que no me permitía hablar bien. Sentía la conchita exquisita de mi Bruni en uno de mis ojos y la pija yendo y viniendo sobre mi nariz y parte de una mejilla.

Sin dejar de bombear, Carlos empujó violentamente mi cabeza contra el sillón, pero por debajo de mi novia, que seguía en cuatro patas. La puso encima de mí y le trajo las rodillas hacia él, empujando la cola de ella hacia abajo. Mi cabeza quedó aprisionada entre el sillón y mi Brunita, así que para no asfixiarme la puse de costado. La concha me quedó entonces sobre la oreja, por lo que se me dificultó escuchar. Carlos se apoyó desde arriba con las dos manos sobre las ancas de mi amorcito y comenzó a perforar empujando hacia abajo. En su recorrido hacia la concha de mi novia, la pija dura y carnosa me acariciaba toda la mejilla, de ida y de vuelta.

—Te la enlecho, Cuerno… ¡¡Te la lleno de leche!!

Yo no escuchaba más que una voz indescifrablemente grave, y los gemidos de mi novia directo desde su cuerpo.

—¡Te lleno de leche, putón!

—Llename, Carlos… ¡¡Llename toda!!

Carlos ya comenzaba a temblar, pero no dejaba de bombearla con velocidad. La pija entraba y salía y me impregnaba la mejilla de pija, de fricción, de disfrute de ella.

—Te lleno para que aprenda el cornudo, mi amor…

—Llename para el cornudo… ¡¡Para que aprenda a valorarme!!

—Te lleno, mi amor, te lleno, te lleno te lleno te llenoooo…

—Síiii, para el cornudo, síiiiiiiii…

—Para el cornudooooaaahhhh…

Sentí sobre mi rostro cómo los chorros de semen latigueaban dentro de la pija e iban a dar al interior de mi novia. Lo sentía en la cara, como pequeños temblores, y en el vientre de Bruna, a quien se le había puesto la piel de gallina y acababa en pequeños espasmos de placer.

—Tomá, puta… Toda para el cornudo… Toda para vos…

Y le seguía acabando.

—Sí, sí, Carlos, para el cornudo…

Mi novia le festejaba a Carlos la dedicatoria. Como sus piernas  estaban demasiado abiertas, los primeros hilos de leche comenzaron a salírsele y bajar desde su concha para dar sobre mi rostro. Por suerte casi todo fue bien adentro de mi novia y resultó poco lo que tuve que soportar.

Carlos le acabó por completo adentro y se desinfló sobre Bruna, aplastándome todavía peor. Tenía la pija clavadísima hasta el fondo y la hacía descansar. El problema, me percaté recién ahí, era que sus holgados huevos también descansaban, pero sobre mi rostro, incluso uno de sus testículos se recostaba directamente sobre mis labios, que yo obviamente mantenía sellados. El semen de mi amigo seguía cayendo de la conchita de mi novia y goteaba sobre mi cara. En eso, Carlos se salió, cansado, con esfuerzo, y sacó lentamente su pijón embadurnado de flujo y semen. La verga se salió y fue a dar sobre mi mejilla, dejándome un reguero de leche a lo largo de mi rostro.

—¡Caggglogggsss…! —me quejé.

—No te pongas impaciente, Cuerno, que ahora mismo te enseñamos cómo romperle el culo a tu novia, y que te parezca delgadita como a vos te gusta.

Así aplastado como estaba y con media cara embadurnada de semen, no pude estar más contento con la propuesta. Seguramente producto del alcohol que corría por mis venas, pero lo cierto es que en ese momento pensé que ¡qué bien, que por fin le iba a hacer la cola a mi novia!

Aunque eso, claro, será contado en la próxima.

(concluye en la parte 2)

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La esposa de mi amigo y sus pies

Era una de esas noches de jugar videojuegos en casa de mi amigo. Su esposa y él son apasionados por los juegos de consola, y como no tienen hijos tienen el tiempo y la energía para jugar horas y horas los fines de semana. Ella es chaparrita, muy buen cuerpo y una cara divina, de esas caras que se ven hermosas cuando te las imaginas con tu verga dentro.

Estábamos divertidos jugando en su habitación ya que ahí tenían la televisión y la consola de videojuegos. Jugábamos, reíamos y nos molestábamos entre mi amigo, su esposa y yo. Ellos dos estaban acostados sobre la cama y yo sentado en el piso sobre la alfombra al pie de la misma. Tenían los controles inalámbricos y no había problema de la distancia. Ella es muy buena en los videojuegos y casi siempre nos ganaba, aunque la verdad yo era el más inepto para los juegos de video.

Las horas pasaban entre risas y comentarios, hasta que mi amigo comenzó a quedarse dormido y su monito en el videojuego paró de moverse. Su esposa y yo volteamos a verlo, nos reímos y reiniciamos la consola para jugar sólo los dos.

Ella se acercó al pie de la cama de manera que sus hermosos pies quedaban a la altura de mi cara justo a 20 cms de mí. Eran perfectos, con pedicure, y el tamaño perfecto. Recuerdo haber tenido una erección de sólo ver tan cerca sus pies de mí. Sin embargo seguíamos jugando, pero esta vez no articulábamos palabra alguna para no despertar a su esposo.

El videojuego era de esos de dispararse los unos a los otros, y ella me iba ganando hasta que por fin lo hizo y fue cuando todo comenzó a calentarse ya que ella al ganar me puso su pie en la cara con afán de burlarse de mí y ahí fue cuando por instinto saqué mi lengua y lamí la parte lateral de su pie izquierdo. Lo extraño fue que, sin decir nada, dejó su pie ahí enfrente de mí y yo comencé a chupar los lados y su dedo gordo, mi erección crecía y ella parecía gustarle mucho ya que no lo quitaba de mi boca. Fue ahí que la tomé del tobillo y besaba sus pies como si fuera su esclavo sin siquiera mirarla a la cara, la solté y la seguí besando y chupando mientras los dos seguíamos la revancha para mí del videojuego. Estuvimos así un buen rato hasta que por fin ella se acercó al pie de la cama para sentarse en la esquina y comenzó a acariciar mi pene por encima del pantalón con su pie. Yo estaba vuelto loco al sentir como me sobaba la verga deliciosamente y sin poderla ver, sin poder hacer nada más.

Algo dentro de mí hizo que me bajara el cierre, sacara mi pene y ella seguía acariciando mi tronco duro; era delicioso lo suave de su pie sobre mi verga caliente. A continuación, detuve el movimiento y me puse a la altura del mismo para chuparle los dedos y lamer la planta de sus pies. Me acomodé para que ella siguiera masturbándome pero ahora con algo de lubricación. Ella seguía moviendo sus pies para arriba y para abajo de mi pene, yo sentía que me iba a venir en cualquier momento debido al morbo de que esta mujer me estuviera tocando con su esposo dormido a un lado. Ella seguía sobándome hasta que por fin me vine bastante tapando la cabeza con mi mano para no salpicar la alfombra. Ella seguía acariciándome untándose mi semen en su pie, y yo sintiendo aún más rico debido a la mezcla de fluidos sobre el mismo. De repente, oímos a mi amigo toser y diciendo que ya nos durmiéramos y eso detuvo todo. Ella retiró su pie de mi verga, yo la metí y me subí el cierre despacio, me levanté, la miré y me despedí de ella con un beso normal de “compadres” de buenas noches, me despedí de mi amigo y me retiré al cuarto de invitados a tratar de calmar la excitación total al pensar que la esposa de mi amigo me había hecho una chaqueta con sus hermosos pies.

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