Amorosa sobrina II

La culeaba suave, despacio y  le dejaba ir la verga hasta el fondo, causándole una serie de gemidos que me derretían de placer, sentí que la leche había comenzado a subir y no hay forma de pararla, ella empezó a gritar que la sentía muy gorda, que le bañara de leche el culo, y fue aquello lo que disparó una de las mayores corridas o venidas que recuerdo en mi vida.

Desde un principio supe, y resulta casi innecesario decirlo, que la relación con mi sobrina no tenía el menor futuro. Lo único que podíamos hacer era gozar y darnos placer a escondidas mientras fuera posible. Ella juraba estar perdidamente enamorada de mí…yo trataba de no demostrarle que se me iba convirtiendo en obsesión. Además de guapa, es una morena de trato encantador, alegre, graciosa…y uno de los seres más generosos y humanos que he conocido en mi vida. Difícil no querer a alguien así.

Volvimos unos días al mismo pueblo donde iniciamos nuestro amor el siguiente mes, inventando otra buena excusa. Fue un hotel diferente, mejor en algunas cosas pero menos agradable en otras. Claro que para nosotros dos fue lo mismo, prácticamente, ya que sólo salíamos a comer y cenar, volviendo con toda rapidez al cuarto para continuar ardientemente nuestras tareas chupatorias, jugosas, seminales, eyaculatorias, orgásmicas, etc.

Muy de vez en cuando nos reunimos la familia entera en la capital, y siempre hicimos gala de una discreción a toda prueba, aunque mostrando el cariño que siempre nos hemos tenido el tío y la sobrina. Cada vez que yo podía, me inventaba salir el día completo con un amigo, y me iba con ella a su apartamento. Lo primero, lo que más me estimulaba en cuanto llegaba, era sentarla en el brazo de un cómodo sofá, cerca de su PC, y subirle la falda o  bajarle los pantalones y lencería, descubriendo ese pozo de delicias: si panocha, si chocho, si papaya, si pucha, si coño, si concha cada vez más velludo, que se me abría perfumadamente enseñándome el clítoris prodigioso y excitante…Siempre he sido uno de esos hombres que disfruta mucho más dando que recibiendo placer. El ver y sentir a mi hembra gozar y llegando a niveles realmente altos es para mí lo más hermoso que existe.

Una vez inventamos que necesitaba mi consejo en algunos asuntos familiares y me quedé a dormir en su casa…Es por demás comentar que lo que menos hicimos fue dormir. Gozamos en aquel sofá por la mañana y, por la tarde, volvió a tener allí mismo tres o cuatro orgasmos seguidos, con mi lengua y mis labios devorando su cachonda vulva, su hinchado clítoris. Al terminar la sesión, y notando mi verga tiesa y dura, me ofreció su culo. Estando los dos de pie, dobló la cintura hasta tocar el piso con las palmas de las manos…Abrí sus nalgas y, ensalivándome bien el dedo medio, fui sobando, masajeando, frotando y mojando aquel misterioso y hasta entonces virgen agujero…Me ayudé con la mano, presionando la cabeza de mi verga hasta sentir que penetraba por el apretado redondel.

Murmuraba que le dolía ligeramente pero que eso le añadía más placer y le encantaba sentirlo. Mientras se la iba empujando y viendo como desaparecía dentro de aquel oscuro anillo, cada vez más estirado y apretado, le pedí que me hablara, que me dijera cosas cachondas y excitantes…El comenzar a hacerlo motivó que mi calentura se fuera a tope y  antes de lo que hubiera deseado  empecé a  vaciarme dentro de ella con una sabrosa y abundante eyaculación que me hizo caer sobre su espalda, a punto de irnos los dos sobre una mesa.

Mientras charlábamos, durante la cena, me iba diciendo que sentía mi semen dentro de ella, que no deseaba limpiarse ni lavarse, que aquello la calentaba cochinamente, cada vez más… Todos sabemos cómo excita éste tipo de conversaciones, y no habían pasado ni dos horas de la hermosa culeada a mi sobrina cuando nos subimos a su dormitorio. El clima estaba agradable y resultaba delicioso tumbarse desnudos sobre su amplia cama. A los pocos minutos le dije que se pusiera a cuatro patas y comencé a acariciar suavemente, tocando apenas con la yema de mis dedos, los labios abiertos y ya mojados de su vulva, deteniéndome de vez en cuando sobre el clítoris. Es increíble y delicioso cómo se moja en cuanto comienzo a  hablarle y a contarle las cositas sucias que quiero hacerle. Y claro, no dejo de hacerlo, si  además eso me produce a mí un placer enorme. Se moja tanto que la gotas comienzan a acumularse en el vértice inferior de su coño.

Mis dedos índice y medio iban entrando en su vagina y girando, mientras el pulgar no dejaba de acariciar el clítoris cada vez que se encontraba en posición. Sintiéndome caliente como pocas veces en mi vida, acerqué mi boca y mi lengua empezó a explorar poco a poco. Sentí en ella los jugos que empapaban esa velluda raja donde mis dedos entraban, giraban, salían, volvían a entrar resbalosamente, y me fui más arriba…al culo que mi verga había penetrado e inundado de leche dos horas antes. Con fruición, como un niño que mama la teta de su madre, me puse a chupar y lamer ese oscuro agujero, sabiendo que, en esos momentos, lamía también mi propio semen.

Mi preciosa hembra, mi sobrina adorada, se corrió de manera brutal, lanzando uno entre gemido y  grito apagado pero sostenido mucho rato, mientras su coño arrojaba una catarata de líquido candente, chorros y más chorros que iban dejando mis manos y las sábanas literalmente empapadas, a la vez que sentía que me calentaba a nivel poco común. A los pocos segundos le vino otro orgasmo, más fuerte quizá, pero sin esa sorprendente pseudo eyaculación. Mi propio cuerpo se sentía como si hubiera lanzado todo el semen habido y por haber de mis propios testículos…Fue una deliciosa sensación de agotamiento y escuché cómo me preguntaba varias veces que  ‘qué era lo que le había hecho’, que había sentido como si tuviera muchas manos acariciándola al mismo tiempo.

Casi dos semanas después mi sobrina cachonda requirió mi presencia en su casa por varios días, con objeto de ayudarla a colocar libros, cuadros, revisar su PC en busca de virus, instalar varios programas, etc. No solamente no encontré oposición en mi casa sino que me alentaron a ir, aduciendo lo poco que salía últimamente.

Me parece recordar que estuvimos de martes a sábado en su apartamento, casi  sin  salir para nada.  Fuimos cogiendo, follando, mamando, lamiendo de todas las maneras imaginables, pero la noche de ese viernes permanecerá en mi mente, en las células de mi cuerpo por siempre jamás…Nos habíamos acostado en su cama, más bien cansados del maratón de cuatro días y creo que ya solamente planeábamos dormir. Por alguna razón toqué suavemente uno de sus pechos. Sentí su reacción inmediata y aquello me encendió. Me puse a mamar el pezón y ella comenzó a ‘hablarme’, diciéndome en voz baja: “chupa, mi niño, chupa a mamita… mamita te va a dar su leche…su leche de arriba y su leche de abajo”-“Eres mi niño y te voy a enseñar a coger bien para que siempre estés conmigo y me metas tu verga y me culees” “¿Te gusta envergar y encular a tu mamita, cariño mío?”

Fue indescriptible la calentura que nos despertó a ambos aquel momento…Su cara estaba encendida y su expresión denotaba el deseo bestial. Mi mano fue a sus ingles y sentí lo mojada que estaba ya…la fui masturbando suavemente, sobando su gordito clítoris de diferentes maneras. Tuvo un orgasmo muy fuerte e, incorporándose, me pidió que se la metiera por el culo…Mi verga estaba adecuadamente tiesa para tal labor y coloqué a mi sobrina a cuatro patas en el borde de la cama…

Mojé mi polla en su chocho varias veces, dejándola brillante y resbalosa y procedí a la exquisita tarea de abrirle el ojete con ella, suavemente, procurando no hacerle daño. Gimió que le dolía pero que no me detuviera, que se la metiera a fondo… ¡qué maravilla es ver la propia verga entrando y saliendo de un agujero como ese en una mujer como esa!

No dejaba de hablar, de decirme que iba sintiendo cómo se me engordaba la verga dentro de ella. Me pidió que la tomara de las caderas y se las apretara, cosa que hice con el mayor gusto…La culeaba suave, despacio…y de pronto le dejaba ir la verga hasta el fondo, de golpe, bruscamente, causándole una serie de gemidos que me derretían de placer.

Cuando me fui acercando a ese ‘punto de no retorno’, donde el hombre siente que la leche ha comenzado a subir y no hay forma de pararla, ella empezó a gritar que la sentía ‘muy gorda ya”, que le “bañara de leche el culo”…y fue aquello lo que disparó una de las mayores corridas o venidas que recuerdo en mi vida. Mi sobrina me dijo luego que me oyó gemir como nunca, un estertor casi animal, mientras me desplomaba sobre su espalda y sentía como mi verga se convertía en una manguera a presión, lanzando chorros y más chorros de crema en las profundidades de su culo…

(Continuará)

Autor: Miura

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Mi madre, mi hermano y yo

Mi madre emitió un profundo quejido con toda la fuerza de su pasión contenida que ahora se liberaba después de tantos años. Mi madre separó sus mulsos y encerró a su hijo en la cárcel de sus piernas para que él se hundiera en su cueva mientras yo gozaba de los estertores de un orgasmo que nos estaba envolviendo a los tres.

Mi madre me había llamado seriamente para reñirme sobre mi conducta evidentemente provocativa. Ella era una mujer bastante seria, de un tratamiento generalmente hosco que nosotros habíamos atribuido siempre a su prematura viudez. En repetidas oportunidades en el último tiempo había criticado mi costumbre de dejar libros eróticos y revistas provocativas en mi cuarto, pues para ella esa conducta no era consecuente en una mujer soltera perteneciente a una familia de principios. Sin embargo, pensándolo bien, yo le encontraba a mi madre cierta dosis de razón, por cuanto lo que yo había hecho no era una algo muy normal.

Se me había ocurrido la idea un domingo en la mañana mientras permanecía en mi cama sin intención de levantarme. Mi madre había salido y yo escuchaba desde mi cuarto que mi hermano tarareaba una antigua canción mientras entraba y salía de la cocina preparándose su desayuno. Yo pensé que esa tarea debería corresponderme a mí, pero no le encontraba ningún atractivo a eso hasta que de pronto, no se precisamente porqué, se me ocurrió que un cierto encanto disparatado podría sacar de la rutina a esa simple tarea familiar.

Entonces me aparecí en el comedor. Saludé a mi hermano alegremente y enseguida me fui a la cocina a preparar unas tostadas francesas que yo sabía que a él le fascinaban. Luego me acerqué y se las ofrecí teniendo especial cuidado de ofrecerle junto con las tostadas una vista espectacular y descarada de mis tetas que yo había dejado salir cuidadosamente por los bordes de mi camisa de noche.

Mis ojos no se despegaban de los suyos mientras le ofrecía las tostadas. Mi hermano levantó su mirada de la revista y la visión de mis pechos lo impactó de manera violenta. Sus manos quedaron estáticas y sus labios temblaban levemente mientras me recibía la bandeja. Yo hice coquetamente como si no me hubiese dado cuenta y me cubrí con los bordes de la camisa, simulando un pudor que estaba muy lejos de sentir. La situación completa me pareció excitante y luego en silencio tomé una pequeña tasa de café. No hablamos nada. Si bien mi actitud era totalmente premeditada debía reconocer que mi hermano a menudo me miraba las tetas y también las piernas cuando tenía oportunidades, que por supuesto yo a menudo le brindaba.

Esa tarde mi madre me enfrentó en forma violenta. Me dijo que ya era el colmo de mi desvergüenza, que no conforme con envenenarme la mente con revistas y libros indecentes ahora me había presentado casi desnuda frente a mi hermano sin darme cuenta que mi hermano era un hombre maduro frente al cual yo debería guardar recato. Yo no le dije nada, solamente me dediqué a observarla mientras me reñía y me di cuenta en ese momento que todo mi temperamento yo lo había heredado de esa hembra violenta cuyos ojos se encendían a medida que me retaba y cuyo pecho subía y bajaba con cada diatriba. Me di cuenta que esa era una mujer briosa y seguramente reprimida, aun muy bella y me dio un poco de pena hacerla rabiar de esa forma.

Pero la tarde del sábado había devuelto la calma en la casa de modo que a la hora de la cena todo era normal y no pude notar en la mirada de mi hermano nada que pudiera ser efecto de lo vivido al desayuno. Fue solamente mucho rato después de cenar y cuando mi madre ya se había retirado a su cuarto que mi hermano, luego de aplastar su cigarrillo en el cenicero, me enfrentó decididamente y me preguntó que era lo que yo había pretendido al exhibirme casi desnuda a la hora del desayuno. Como yo me sonriera coquetamente sin responderle, algo irritado me dijo si ella encontraría correcto que él desnudara su pene y me lo mostrara.

Nunca olvidaré la sorpresa en su rostro cuando yo le respondí que me gustaría que lo hiciera porque yo nunca había visto el miembro de un hombre en detalle. Después de la sorpresa el hombre sonrió y como para asustarme, comenzó a abrir el cierre de su bragueta en franco además de desenvainar su espada. Yo me acomodé en el sillón, adopté una actitud de observadora concentrada, pero estaba inquieta y nerviosa. Pensé que él se detendría pero no lo hizo y fue así como a los pocos instantes él me mostraba el miembro más formidable que yo hubiese observado. En realidad solamente había observado uno antes de ese y no era nada comparable. Mi hermano agitaba su instrumento con orgullo y tenía razón para eso.

En mi nació un deseo indomable de tocar ese cilindro de cabeza brillante y con grosor de amenaza. Sentí que mi sexo latía y se mojaba y también sentí como unos tremendos tabúes que habitaban mi mente huían de mi cerebro dejando el campo libre a todas las fantasías. Sentí un poco de miedo porque la excitación de mi hermano era real y la mía también. Entonces me puse de pie y abandoné la sala. Al alejarme escuché la risa contenida de mi hermano que seguramente pensaba que me había dado una buena lección.

Pero mi mente había comenzado a trabajar en forma afiebrada y loca y las proporciones que este estado de cosas producía en mi no me permitió conciliar el sueño en momento alguno. Al comienzo era simplemente la evocación de ese miembro fabuloso. Luego una especie de deseo difuso que ocasionaba un cosquilleo agradable e inquietante entre mis muslos, luego la percepción de mi cuerpo quemándose mientras me revolvía en la cama y luego el innegable deseo de sentir los pasos de mi hermano acercándose a mi cuarto. Deseaba verlo abrir la puerta en la oscuridad, anhelaba sentir que entraba en mi cama y me abrazaba, que recorriera mi cuerpo sin recato alguno y que me partiera en una penetración que rompiera con todos mis temores. Al final de la noche y cuando apuntaba el alba no había recuperado ni una pizca de tranquilidad. Estaba cada momento más caliente.

A la hora del desayuno la casa estaba dominada por una carga erótica que casi se podía percibir en el aire. Yo me presenté vistiendo una cerrada bata de casa pero bajo la cual estaba totalmente desnuda. Mis pechos estaban inflamados y por mis muslos se deslizaban ardientes hilos líquidos que manaban de mi sexo en erupción, pero mi madre nada podía reprocharme por cuanto yo estaba recatadamente vestida. Vi los ojos excitados de mi hermano y supe que había pasado una noche como la mía y que solo su propia cobardía comparable a la mía lo había llevado a permanecer en su cuarto seguramente masturbándose con mi recuerdo. Todo estalló en pocos momentos. Al terminar el desayuno mi madre nos anunció que iría al supermercado. Mi corazón pareció detenerse y mi hermano me miró a los ojos y en su mirada vi toda la lujuria que era posible contener.

La puerta se cerró tras mi madre y yo me puse de pie dejando caer la bata que me cubría. Casi simultáneamente sentí como mi hermano me abrazaba desde atrás y la presencia de su miembro entre mis nalgas me hizo separar los muslos en forma automática. Un orgasmo primario y repentino agitó mi sexo hasta sus profundidades y mis tetas sintieron el simultáneo asalto de sus manos. La articulación de mis rodillas parecía quebrase sin dolor y mi cuerpo pesado fue deslizándose hasta el suelo sostenido por los robustos brazos de mi hermano. Desde el suelo lo vi como un monstruo tierno y posesivo con las piernas separadas bajo mis ojos mientras se iba inclinando sobre mí. No percibí ni una sola presión mientras me penetraba porque estaba llena de humedades desde la noche, solo supe que esperaba esa penetración desde hacía horas y ahora la disfrutaba sin límites.

Hicimos el amor con pasión, con ternura con violencia y sobre todo con ganas. Me dio vuelta, me hizo levantar el culo, paseó su miembro entre mis tetas, me pidió que gritara y me dejó mamarlo y morderlo y quiso que le produjera dolor con mis mordidas en toda la extensión de su longitud ardiente. Me gustaba sentirlo entrar y salir y me gustaba escuchar el sonido de mi cueva en cada una de sus embestidas. Éramos pecadoramente felices desligados de la vigilancia de nuestra madre. Nos acomodamos en todos los sillones, hicimos equilibrios en las sillas, nos amamos en la mesa del comedor, y rodamos por la alfombra sin separarnos durante largos minutos y cuando él sintió que se descargaba me pidió que lo dejara acabar en mi cara y fue entonces al levantar la cabeza que vi el rostro de mi madre en el marco entreabierto de la puerta que daba al pasillo y desde donde, no me cabía duda, había observado todo lo sucedido. No podía decirle a mi hermano lo que había visto.

Mi madre tenía el rostro más descabelladamente lujurioso que hubiese contemplado en la realidad o en imagen. Con sus ojos quemándose, sus narices casi dilatadas por el deseo, sus labios mojados con las señales de sus propias mordidas y una expresión completa de calentura indescriptible. Allí en ese rostro estaba la marca evidente de una represión de años. Toda la calentura contenida de una mujer formidable que había acumulado el deseo insatisfecho durante días y noches y que ahora se le había venido de golpe al rostro al contemplar la escena infernal de un hombre y una mujer desbocados por el deseo animal de poseerse allí mismo en el seno de la casa que nos albergaba a los tres.

Yo no sabía si mi madre se había dado cuenta que yo la había visto pero más fuerte que toda esa reflexión era el hecho que ella sin duda sabia ahora que mi hermano y yo éramos los más descabellados de los amantes y había asimilado ese hecho sin intervenir ni regañarnos. Más aun, el recuerdo de su rostro me daba pie para pensar que no solo aceptaba esa realidad sino que la estaba disfrutando. Era tal el hechizo erótico que esa situación ocasionaba en mi que no quería destruir el encanto por ningún motivo.

Durante el día mi madre sé había comportado en forma normal y yo diría que era posible advertir en ella, sin lugar a dudas, un ambiente de ternura en la forma de tratarnos a ambos. Era sin duda un cambio amorosamente positivo en ella. Fue así como mientras el día avanzaba fue tomando cuerpo en mi mente una idea que de solo admitirla me parecía estar viviendo en otro mundo, en el cual todo era posible y al cual yo quería incorporar a mi madre. Cada minuto que pasaba me parecía que nos acercábamos a un campo en el cual habría de darse lo inaudito y esa sola idea me encendía al infinito.

Mi hermano me había buscado repetidas veces en algunos apartados solitarios y las caricias que nos propiciábamos no hacían más que calentar la hoguera que yo había encendido. Nos habíamos hecho el amor a media tarde mientras mi madre había salido y en medio de las caricias más descaradas le dije que yo quería que esa noche entrara en mi cama como una pareja normal, que yo no temía a lo que pudiera pasar si mi madre nos sorprendía a lo que él me dijo que su pasión desatada era tal que tampoco temía a que nos sorprendiera.

Esa noche permanecí en mi cama en medio de la oscuridad, anhelante por escuchar los pasos de mi hermano entrando a mi cuarto, de modo que cuando lo hizo me entregué de inmediato acomodándolo entre mis piernas quemantes y ofreciéndoles mis profundidades sin recato alguno. No me medí en la entrega y tampoco evité emitir los gritos de placer que sus embestidas me ocasionaban porque lo que yo quería era precisamente que mi madre nos escuchara para que pudiese disfrutar de alguna forma de nuestro encuentro. Fue así como fui perdiendo el sentido y como en medio de una de mis formidables orgasmos pude distinguir como mi madre entraba en mi cuarto y su figura desnuda se perfilaba nítidamente en la claridad de la puerta.

Mi hermano estaba montado sobre mí en plena faena destructiva de mi sexo cuando mi madre comenzó a caminar lentamente hasta mi cama. A medida que se acercaba su cuerpo se fue haciendo más visible y ya cerca del lecho pude admirar plenamente sus detalles. Su largo cabello caía sobre sus hombros y rodaba sobre sus tetas poderosas y aun jóvenes, sus pezones me parecieron deliciosamente grandes y una abundante mata de pelos que se ennegrecían en la oscuridad cubría su sexo en medio de sus muslos maduros y sensuales.Esa figura me excitó poderosamente y comencé a moverme para facilitar la faena de mi hermano que me tenía estrechada en la forma más desvergonzada. Mi madre no dejaba un momento de mirarnos y sosteniendo sus pechos entre sus manos parecía doblarse de calentura hacia nuestra cama.

Así se fue deslizando hasta acostarse a mi lado sin que mi hermano en medio de su pasión, se diera cuenta de nada. Sin dejar de hacer el amor, sentí las caderas de mi madre junto a las mías y el tacto de esa piel ardiente de hembra madura desencadenó un nivel superior de calentura y mi mano acarició su sexo que en ese momento latía humedecido.

Lo que sucedió enseguida no fue premeditado ni pensado y sobre todo fue inevitable. Me fui acomodando cada vez más cerca del cuerpo de mi madre y al fin pude deslizarme sobre ella mientras mi hermano acariciaba mis nalgas. Sin duda él ya se había percatado de la presencia de otra mujer en nuestra cama y si se había dado cuente de quien era no quise preguntármelo pero la verdad es que no había otra mujer en nuestra casa sino nosotras.

Yo estaba ahora sobre el cuerpo de esta mujer encendida maravillosamente y sentía rodar mi sexo latiente sobre el suyo que se movía para empapar mis pelos. La suavidad de su vientre y la tersura de sus pechos me llenaron de pasión y busqué sus labios quemantes que también me buscaban. Estábamos en el infierno, pero era un infierno de suavidades enloquecedoras y en medio de esas suavidades me deslicé a su costado en el momento que mi hermano ya la había encontrado y comenzaba a montarla.

Yo cerré los ojos porque únicamente quería escuchar sus quejidos de pasión desbocada. La mujer había separado sus muslos deliciosos y ahora él sin duda buscaba su entrada con su miembro empapado de mis jugos. Supe que la había encontrado cuando la mujer emitió un profundo quejido con toda la fuerza de su pasión contenida que ahora se liberaba después de tantos años. Pude observar como separaba sus mulsos levantando las rodillas y luego encerraba a su macho en la cárcel de sus piernas pecadoras para que él se hundiera en las profundidades de su origen mientras yo me deshacía en los estertores de un orgasmo que en realidad nos estaba envolviendo a los tres.

Lo que estaba viviendo era superior a cuanto yo pudiese haber vivido o imaginado. Los dos cuerpos se agitaban y movían en su entrega infernal como obedeciendo a un deseo que quebraba todos los moldes. Yo escuchaba palabras que en realidad eran murmullo de pasión desmedida y sus cuerpos agitados se tocaban con el mío accionándome calenturas inauditas. Yo trataba de acariciarlos a ambos porque a ambos los sentía míos y me sentía de ellos. Lo aromas que inundaban la cama eran una mezcla embriagadora de pasión y de pecado pero sobre todo eran la manifestación de tres seres que se estaban amando más allá de todo límite.

Me levanté lentamente de la cama y los miré.

Era el espectáculo más insoportablemente excitante que podría esperar. Las rodillas mías se fueron doblando hasta dejarme caer al suelo en medio que una hola de placer que simplemente no me permitía mantenerme en pie.

Autora: Vinka

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Primita, el sexo pendiente

La penetración es profunda, intensa, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca. No fue tan prolongado como suelo hacerlo, pero lo suficiente para que ambos coronemos el acto con los “vivas” de un orgasmo que por poquito no es a dúo.

Pertenezco a una familia bastante numerosa y diseminada por el país, por razones de cercanía solo nos vemos y tenemos contacto con mayor frecuencia una parte de ésta. Dentro de este último grupo está la prima Helena. Desde pequeños nuestras familias han tenido contacto frecuente y estrecho. Fue precisamente con ella que establecí un vínculo donde primó sobre todo el afecto y el compañerismo, el mismo que perdura hasta el inicio de este relato.

Siempre nos gustamos, pero no pasó de ahí la cosa, no por falta de oportunidades, sino tal vez porque una relación de sentimientos o carnal no sería tolerada en una familia tan conservadora como la nuestra. El devenir de la vida nos llevó a formar familia cada uno por su lado. Ella fue la primera en casarse, yo al tiempo, ella separada después de siete años de matrimonio y dos hijas como resultado, yo sigo soportando con estoicismo a la misma mujer. Nos seguimos viendo con regularidad, y en varias ocasiones nos confiamos intimidades a modo de consejo o en busca de esa contención que no podíamos encontrar con otro interlocutor, esos encuentros eran como nuestro lugar en el mundo, ese refugio a los momentos de crisis.

En cierta ocasión me pidió un presupuesto por un trabajo para el taller de calzado donde trabaja Lo aceptaron y de ahí en más su patrón fue mi cliente. Al tiempo empezaron los dramas con los pagos, y comenté con Helena que su patrón me demoraba los pagos, lo justificó con tanto ardor que en cierto momento dijo: “debemos aceptar lo que nos dan…”, ofuscado le dije:

– ¡Un día te va a pedir que le chupes la pija y… vas a aceptar! No bien terminé la frase me arrepentí y disculpé, con el mismo fervor de la ofensa, ella aceptó, pero aún así no se borró el estado de contrariedad que trasuntaba su grácil y bello rostro, que ahora no irradiaba la luz de un momento antes. Seguimos tomando el café, pero había una frialdad como no había notado nunca, para congraciarme con ella ofrecí acercarla a la casa.

Durante el trayecto se disculpó por mostrar su enojo, el dardo lanzado dio en el centro mismo de su conflicto interior, las lágrimas asomaban en los preciosos ojos grises. Estacioné, la tomé de las manos, dolía ser el causante de ese incipiente llanto, no sabía por dónde comenzar para reparar el llanto, hablé más con el corazón que con la razón. – ¿Qué puedo hacer para remediarlo? Me miró a los ojos, entendió y comprendió mi sincera disculpa, posó su mano sobre la mía, la apretó y dijo:

– ¡Sácame de acá!, pueden vernos y crear un nuevo problema, no quiero complicarte, ¡vamos, llévame a otro lado!

De momento solo quería ser cortés, sin otra intención que brindarle un lugar donde pudiera dar rienda suelta al deseo de poder confiarse con su amigo del alma no tuve mejor idea que dirigirme a un hotel para parejas. A pocas cuadras había uno, entrada discreta, sugiero que entremos a tomar algo, se deja llevar, confiada y obnubilada por el pesar, no hizo resistencia ni condicionamiento a mi actitud tan inconsulta.

Los tragos ayudan a la confidencia, se disculpa diciendo que acerté, que por circunstancias económicas se vio exigida a aceptar los avances del patrón, para conservar el trabajo, ahora se sentía arrepentida, humillada y sin saber cómo salirse de la situación, que no había querido confiarme de esta apresurada decisión para no involucrarme. Lloró un poco, se dejó cobijar entre mis brazos, la calidez y el afecto fueron el bálsamo para el dolor íntimo. Por primera vez se había derribado la barrera del vínculo familiar, ahora éramos dos personas que se contenían, solo un hombre conteniendo a una mujer entregada a su custodia y protección.

Ambiente calmo, luz suave y música tenue sedan a Helena, busca consuelo y refugio. De bruces, brazos a los costados, se ofrece al masaje reparador, la piel tersa y cremosa, murmullos de agradecimiento, proporciono lo mejor de mi repertorio de caricias, para hacerlo mejor le quito la camisa, suelto el broche del corpiño, las manos suben y bajan por la espalda, conociendo cada poro, entrando en cada hueco. Ronronea como gata en celo, nuevos murmullos de regocijo placentero llenan de intimidad el cuarto apenas iluminado.

La complacencia y el dejarme hacer, van haciendo estragos en mí, el deseo de poseerla se hace carne turgente, todo mi ser es invadido por el deseo incontrolable de hacerla mía, no cabe en mi seso ni en mi sexo otro objetivo que no sea estar en ella cuanto antes.

Mi boca tomó contacto con el dorso de Helena, gustosa recibió los besos en el cuello, la estremecen toda, mis manos se pierden bajo su cuerpo hasta contener uno en cada mano. Se deja tomar por las cúpulas, cuando la pinza del pulgar e índice frotan los “timbres” gime complacida. No hay preguntas, es como si ese instante mágico hubiera sido esperado desde siempre, sin sorpresas, con naturalidad, dejamos que el instinto fuera el conductor de la locomotora descontrolada de la pasión.

Sin apresurar los tiempos, seguí buscando sus lugares ocultos, entrando en cada resquicio, demorando el contacto digital, hacerle saber como en la ceguera del deseo oculto voy reconociendo a tientas el mapa erótico de una mujer que busca contención, pasión y desenfreno. Solo gime, se agita en cada caricia, vibra con cada beso, estremece con cada lamida.

Arrecian besos y caricias sobre los pezones, quiere más, el momento decisivo se aproxima, es tiempo de recuperar el tiempo perdido, aprobar la asignatura pendiente. Vuela el jeans, sacar la tanga es la excusa para meter la mano entre las piernas y entrar en la íntima humedad. El deseo reprimido emerge en el húmedo contacto vaginal, los dedos encuentran el secreto botón del placer, acariciarlo y tenerlo entre los dedos es como encender el precursor de una bomba atómica. Gimotea anticipando un orgasmo muy sentido, estremecida, voy regulando la intensidad y duración, demoro y alargo hasta la exasperación. El ansiado desahogo la invade toda, tan esperado como la lluvia en el desierto, es el bálsamo que calma los ardores de un deseo contenido por años, la fantasía hecha carne.

Solo pudo pronunciar un ¡Ahhhh! profundo, como venido desde muy adentro, y luego el dejarse llevar por mi mano, conducirse en una seguidilla de estertores y contracciones hasta quedarse laxa, mansita y con una sonrisa dibujada en su rostro. Solo me mira y sonríe, sin capacidad de habla. Quedé a su vera, velando el relax, dejándola que goce el éxtasis del placer en silenciosa contemplación, que era mi forma de decirle gracias por haberme dejado llevarla al paraíso.

Cuando regresó de su viaje celestial giró, se colocó frente a mí, nos besamos profundo y prolongado, Helena urge una reparación para mí, necesita devolverme una parte de la gloria que transitó.

De espaldas, piernas abiertas me guía entre los labios vaginales, los pies enlazados a mi espalda ayudan a la penetración profunda, intensa y sentida, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella primero, se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca y caliente. No fue tan prolongado como suelo hacerlo, pero lo suficiente para que ambos coronemos el acto con los “vivas” de un orgasmo que por poquito no es a dúo.

Me hubiera gustado hacerlo eterno, pero en la urgencia de la calentura no daba para prolongarlo demasiado, aún así fue tan intensamente vivido que cuando salí de ella tenía las piernas temblando, era la emoción de haber poseído algo que era mío, tener ese cuerpo que me pertenecía más que a nadie.

Me volvió a sonreír, no necesitamos expresarnos para comprender que pasaba dentro de nosotros. Agradece la delicadeza de no terminarle adentro, hubiera gustado de sentirla, está protegida, pero las urgencias afectivas y la emoción no dieron tiempo para enterarnos. – El próximo lo quiero en vivo y directo, adentro quiero sentirte. Fue complacida, previa mamada, se la mandé adentro de la conchita, gozó el contacto directo con el semen. Nos abrazamos, como amantes reprimidos y contenidos por años, es el momento del desquite, recuperar el tiempo de amor perdido. Nos debemos muchos más momentos de amor y sexo.

Luego de este primer encuentro hubo varios más y de contenido más hot, pero por ahora, amigas lectoras espero que lo hayan disfrutado e interpretado tal como fue mi intención al relatarles una parte de mi vida que pocos conocen, pero que tuve mucho placer en compartir con ustedes, es una forma de poder sacar esos momentos que nos acarician el alma y queremos revivir, pero no es fácil contarlo. A través de esta ventana que Marqueze pone a nuestro alcance tenemos una forma de hacerlo.

Si entre las lectoras se encuentra alguna que haya tenido experiencias como la mía, me gustaría saber de ellas y compartir las propias, de momento agradezco haberme dejado entrar en su atención y reitero que las espero en la dirección de correo que figura al pie.

Un beso.

Autor: Arthur

arthurk1986 (arroba) yahoo.com.ar

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Sexo pendiente, la prima Helena

De espaldas, piernas abiertas me guía entre los labios vaginales, los pies enlazados a mi espalda ayudan a la penetración profunda, intensa y sentida, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella primero, se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca y caliente.

Pertenezco a una familia bastante numerosa y diseminada por el país, por razones de cercanía solo nos vemos y tenemos contacto con mayor frecuencia una parte de ésta. Dentro de este último grupo está la prima Helena. Desde pequeños nuestras familias han tenido contacto frecuente y estrecho.

Fue precisamente con ella que establecí un vínculo donde primó sobre todo el afecto y el compañerismo, el mismo que perdura hasta el inicio de este relato.

Siempre nos gustamos, pero no pasó de ahí la cosa, no por falta de oportunidades, sino tal vez porque una relación de sentimientos o carnal no sería tolerada en una familia tan conservadora como la nuestra. El devenir de la vida nos llevó a formar familia cada uno por su lado. Ella fue la primera en casarse, yo al tiempo, ella separada después de siete años de matrimonio y dos hijas como resultado, yo sigo soportando con estoicismo a la misma mujer. Nos seguimos viendo con regularidad, y en varias ocasiones nos confiamos intimidades a modo de consejo o en busca de esa contención que no podíamos encontrar con otro interlocutor, esos encuentros eran como nuestro lugar en el mundo, ese refugio a los momentos de crisis.

En cierta ocasión me pidió un presupuesto por un trabajo para el taller de calzado donde trabaja Lo aceptaron y de ahí en más su patrón fue mi cliente. Al tiempo empezaron los dramas con los pagos, y comenté con Helena que su patrón me demoraba los pagos, lo justificó con tanto ardor que en cierto momento dijo: “debemos aceptar lo que nos dan…”, ofuscado le dije:

– ¡Un día te va a pedir que le chupes la pija y… vas a aceptar!

No bien terminé la frase me arrepentí y disculpé, con el mismo fervor de la ofensa, ella aceptó, pero aún así no se borró el estado de contrariedad que trasuntaba su grácil y bello rostro, que ahora no irradiaba la luz de un momento antes. Seguimos tomando el café, pero había una frialdad como no había notado nunca, para congraciarme con ella ofrecí acercarla a la casa.

Durante el trayecto se disculpó por mostrar su enojo, el dardo lanzado dio en el centro mismo de su conflicto interior, las lágrimas asomaban en los preciosos ojos grises. Estacioné, la tomé de las manos, dolía ser el causante de ese incipiente llanto, no sabía por dónde comenzar para reparar el llanto, hablé más con el corazón que con la razón. – ¿Qué puedo hacer para remediarlo? Me miró a los ojos, entendió y comprendió mi sincera disculpa, posó su mano sobre la mía, la apretó y dijo:

– ¡Sácame de acá!, pueden vernos y crear un nuevo problema, no quiero complicarte, ¡vamos, llévame a otro lado!

De momento solo quería ser cortés, sin otra intención que brindarle un lugar donde pudiera dar rienda suelta al deseo de poder confiarse con su amigo del alma no tuve mejor idea que dirigirme a un hotel para parejas. A pocas cuadras había uno, entrada discreta, sugiero que entremos a tomar algo, se deja llevar, confiada y obnubilada por el pesar, no hizo resistencia ni condicionamiento a mi actitud tan inconsulta.

Los tragos ayudan a la confidencia, se disculpa diciendo que acerté, que por circunstancias económicas se vio exigida a aceptar los avances del patrón, para conservar el trabajo, ahora se sentía arrepentida, humillada y sin saber cómo salirse de la situación, que no había querido confiarme de esta apresurada decisión para no involucrarme. Lloró un poco, se dejó cobijar entre mis brazos, la calidez y el afecto fueron el bálsamo para el dolor íntimo. Por primera vez se había derribado la barrera del vínculo familiar, ahora éramos dos personas que se contenían, solo un hombre conteniendo a una mujer entregada a su custodia y protección.

Ambiente calmo, luz suave y música tenue sedan a Helena, busca consuelo y refugio. De bruces, brazos a los costados, se ofrece al masaje reparador, la piel tersa y cremosa, murmullos de agradecimiento, proporciono lo mejor de mi repertorio de caricias, para hacerlo mejor le quito la camisa, suelto el broche del corpiño, las manos suben y bajan por la espalda, conociendo cada poro, entrando en cada hueco. Ronronea como gata en celo, nuevos murmullos de regocijo placentero llenan de intimidad el cuarto apenas iluminado. La complacencia y el dejarme hacer, van haciendo estragos en mí, el deseo de poseerla se hace carne turgente, todo mi ser es invadido por el deseo incontrolable de hacerla mía, no cabe en mi seso ni en mi sexo otro objetivo que no sea estar en ella cuanto antes.

Mi boca tomó contacto con el dorso de Helena, gustosa recibió los besos en el cuello, la estremecen toda, mis manos se pierden bajo su cuerpo hasta contener uno en cada mano. Se deja tomar por las cúpulas, cuando la pinza del pulgar e índice frotan los “timbres” gime complacida. No hay preguntas, es como si ese instante mágico hubiera sido esperado desde siempre, sin sorpresas, con naturalidad, dejamos que el instinto fuera el conductor de la locomotora descontrolada de la pasión.

Sin apresurar los tiempos, seguí buscando sus lugares ocultos, entrando en cada resquicio, demorando el contacto digital, hacerle saber como en la ceguera del deseo oculto voy reconociendo a tientas el mapa erótico de una mujer que busca contención, pasión y desenfreno. Solo gime, se agita en cada caricia, vibra con cada beso, estremece con cada lamida.

Arrecian besos y caricias sobre los pezones, quiere más, el momento decisivo se aproxima, es tiempo de recuperar el tiempo perdido, aprobar la asignatura pendiente. Vuela el jeans, sacar la tanga es la excusa para meter la mano entre las piernas y entrar en la íntima humedad. El deseo reprimido emerge en el húmedo contacto vaginal, los dedos encuentran el secreto botón del placer, acariciarlo y tenerlo entre los dedos es como encender el precursor de una bomba atómica. Gimotea anticipando un orgasmo muy sentido, estremecida, voy regulando la intensidad y duración, demoro y alargo hasta la exasperación. El ansiado desahogo la invade toda, tan esperado como la lluvia en el desierto, es el bálsamo que calma los ardores de un deseo contenido por años, la fantasía hecha carne.

Solo pudo pronunciar un ¡Ahhhh! profundo, como venido desde muy adentro, y luego el dejarse llevar por mi mano, conducirse en una seguidilla de estertores y contracciones hasta quedarse laxa, mansita y con una sonrisa dibujada en su rostro. Solo me mira y sonríe, sin capacidad de habla. Quedé a su vera, velando el relax, dejándola que goce el éxtasis del placer en silenciosa contemplación, que era mi forma de decirle gracias por haberme dejado llevarla al paraíso.

Cuando regresó de su viaje celestial giró, se colocó frente a mí, nos besamos profundo y prolongado, Helena urge una reparación para mí, necesita devolverme una parte de la gloria que transitó.

De espaldas, piernas abiertas me guía entre los labios vaginales, los pies enlazados a mi espalda ayudan a la penetración profunda, intensa y sentida, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella primero, se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca y caliente. No fue tan prolongado como suelo hacerlo, pero lo suficiente para que ambos coronemos el acto con los “vivas” de un orgasmo que por poquito no es a dúo. Me hubiera gustado hacerlo eterno, pero en la urgencia de la calentura no daba para prolongarlo demasiado, aún así fue tan intensamente vivido que cuando salí de ella tenía las piernas temblando, era la emoción de haber poseído algo que era mío, tener ese cuerpo que me pertenecía más que a nadie.

Me volvió a sonreír, no necesitamos expresarnos para comprender que pasaba dentro de nosotros. Agradece la delicadeza de no terminarle adentro, hubiera gustado de sentirla, está protegida, pero las urgencias afectivas y la emoción no dieron tiempo para enterarnos.

– El próximo lo quiero en vivo y directo, adentro quiero sentirte. Fue complacida, previa mamada, se la mandé adentro de la conchita, gozó el contacto directo con el semen. Nos abrazamos, como amantes reprimidos y contenidos por años, es el momento del desquite, recuperar el tiempo de amor perdido. Nos debemos muchos más momentos de amor y sexo.

Luego de este primer encuentro hubo varios más y de contenido más hot, pero por ahora, amigas lectoras espero que lo hayan disfrutado e interpretado tal como fue mi intención al relatarles una parte de mi vida que pocos conocen, pero que tuve mucho placer en compartir con ustedes, es una forma de poder sacar esos momentos que nos acarician el alma y queremos revivir, pero no es fácil contarlo. A través de esta ventana que Marqueze pone a nuestro alcance tenemos una forma de hacerlo.

Si entre las lectoras se encuentra alguna que haya tenido experiencias como la mía, me gustaría saber de ellas y compartir las propias, de momento agradezco haberme dejado entrar en su atención y reitero que las espero en la dirección de correo que figura al pie.

Un beso.

Autor: Arthur

arthurk1986@yahoo.com.ar

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