Recuerdos de otras épocas

Tenía todo su miembro en mi interior. Lo sentía profundamente palpitar y unas lágrimas rodaron por mis mejillas. Lentamente comenzó a moverse y el dolor se iba desvaneciendo junto con mi aprehensión. Con sus dedos tomaba un seno y pellizcaba el pezón, un placer nuevo y recóndito surgía de mi flor, y se hacía cada vez más intenso a medida que sus movimientos se hacían más rápidos.

Tengo hoy 31 años, nací en Inglaterra, vivo actualmente en Paris. Estoy casada con un buen hombre, médico de profesión, a quién estimo inefablemente y a quién le he dado dos hermosos hijos. Llevo una vida apacible y feliz. Todos mis tesoros y riquezas los he acumulado en el alma. Y si bien vivimos muy sencillamente, nunca he tenido la necesidad ni el deseo, ni he extrañado siquiera por un instante el lujo y las comodidades en los que viví antes dejar Londres por esta nueva vida. Pero si hay algo que nunca olvidaré, y de los que las circunstancias de mi vida actual me privan, son aquellos placeres tan lejanos a los que el decoro conyugal nos acostumbra hoy día. Es por tanto que el relato narra aquel período de mi vida desde la perspectiva indecorosa y no han sido pocas las veces que he tenido que interrumpir la redacción para apagar el fuego que aquellos recuerdos me encienden. Juzgarán ahora, sin tanta palabrería, si es digno de encenderlos a ustedes.

Llegué a Londres en el invierno de 1816. Provenía yo de una familia campesina. Para cuando emprendí el viaje con mis hermanas, las condiciones de vida eran tan difíciles que mudarnos a la ciudad no era una opción: o nos íbamos o moríamos de hambre. No describiré las penurias del viaje: me concentraré en la llegada a Londres y como crecí rápidamente en aquella capital.

Me despertaron entrando en la ciudad. Cuando miré por la ventana del vagón, me asusté tanto que empalidecí de tal forma que mis hermanas temieron que se confirmase lo que venían presintiendo. Desde que habíamos abandonado nuestro hogar yo había comenzado a tener una tos que se hacía más grave y profunda con el correr de los días. La fiebre había estado siempre presente durante el viaje y la tisis, en esos caminos, era más abundante que un plato caliente. Pero ese repentino estado no se debió a la fiebre ni a la tisis, enfermedad que no tenía, sino que la imagen que mis ojos vieron desde el tren era la del molino del infierno. Desde muy niña había temido entrar a los molinos e imaginaba el infierno como uno gigantesco, oscuro, frío, lleno de ingenios que se accionaban solos, sin fuerza conocida mediante. Cuerdas, engranajes y poleas. Escaleras imperfectas y ventanas inútiles.

La ciudad era ese molino infernal. Columnas de humo negro se erigían sobre tan altas chimeneas como construcción no había visto. Los rostros de las personas eran negros, como quemados y en sus ojos no había nada, como el mirar de los difuntos. Me creí muerta y con mis hermanas condenadas a las llamas de ese horno urbano. Pensaba que íbamos a ser asadas y que todo ese hollín que ennegrecía los árboles, los rostros, los caballos, las altísimas torres llenas de ventanas, era el producto de la combustión de los cuerpos. Durante mucho tiempo traté de no tocar nada, hasta trataba de respirar lo indispensable. Me abracé a Marianne sollozando, asustada. El tren se detuvo y yo perdí mi conciencia por cansancio. Desperté en un una habitación en penumbras, asfixiante. El techo era tan bajo que había que agachar la cabeza para moverse de pie allí dentro. La habitación estaba en el último piso de un edificio que pertenecía a un burgués que nos cobraba una renta semanal.

Compartíamos la morada con otras mujeres. En total 8. Si bien no entrábamos todas juntas, los turnos de trabajo impedían el hacinamiento. Como todas creían que estaba tísica, las primeras semanas de nuestra llegada, no salí de la habitación permaneciendo la mayor parte del tiempo en cama; hablando con las que en ese momento se encontrasen en su tiempo de descanso, tiempo suficiente para comer, dormir y volver a la fábrica. Mis hermanas volvían irreconocibles de cansancio. Parecía que les costase mover los brazos, las piernas. Como si caminasen bajo el agua. Las vestimentas raídas, sucias como trapos abandonados a la intemperie. Sus cabellos tan maravillosos se habían vuelto un pegote de paja y polvo y sus rostros, siempre cubiertos de hollín surcado por líneas sudor, les daban el aspecto de un dolor eterno, cobrizo.

Era yo la más chica de las cuatro: Marianne me llevaba siete años, Anne cinco y Mary dos. Yo hacía dos años había pasado la barrera de la niñez, pero mis hermanas me cuidaban como si aún fuera un infante. En especial Marianne, quien me protegía dándome los mejores platos, incluso comía hasta dos o a veces tres raciones al día. Me cambiaban la ropa blanca siendo la única persona allí que tenía prendas limpias. Incluso le pagaba a un estudiante para que recibiera educación. Así transcurría el tiempo y al año me sentía como si hubiese nacido en Londres. Conocía las calles y los teatros. Patrick Scotfield, aquel estudiante que tenía a su cargo mi educación, me llevaba con él a todas partes. Me compraba vestidos, flores, confitados; me enseñaba modales y las normas para conducirse en ese mundo.

Habiéndoseme una noche declarado y pidiéndome en mano a mi hermana mayor (quien no dio su aprobación: creía, a pesar de no tener dote, que mi belleza y mis buenas formas me conseguirían un mejor partido), trató de secuestrarme más fui salvada por los transeúntes que presenciaron el hecho. Un año y medio después nuestra condición había mejorado radicalmente. Ninguna de mis hermanas trabajaba ya en la fábrica. Vivíamos en una casa lujosa cercana al río. Nos vestíamos con los mejores trajes y teníamos un ama de llaves y cuatro sirvientas. Todo gracias a las bondades del señor Anderson, aquel propietario poseedor del edificio en donde habíamos habitado a nuestra llegada.

Mis tres hermanas hacían de concubinas de Anderson, todas éramos muy bellas y codiciadas y las bondades del señor solo a mí me parecían tales. Ni siquiera sabía nada de lo que hacía un hombre y una mujer en el lecho. Anderson solía bromear diciendo: -Tengo a cuatro de las mujeres más bellas de Londres sólo para mí- A lo que mis hermanas corregían: -tres, solo tiene tres de las más bellas – aclarando – y del mundo-. Y a esto él retrucaba: -del mundo sí, sí; pero ya veremos mis queridas o ¿acaso creen que no será mía?- agregaba refiriéndose a mí. Yo no comprendía nada de lo que decían y al inquirir a mis hermanas al respecto fruncían el ceño diciendo no ser cosa de niñas. Me enfurecía, no era una niña. Los hombres me miraban como queriendo tragarme, a mí más que a ellas y yo más que ellas era destinataria de los mayores halagos y deferencias.

Una noche del verano me llegó la hora de perder mi virginidad. Anderson había estado amenazando a mis hermanas con “ponernos de patitas en la calle” si no me entregaban. Marianne que era de nosotras la más inteligente, había evaluado que tarde o temprano llegaría ese momento; pero el plan que había ideado para salvarme, aún le faltaba maduración. Así lo único que le quedaba era resignarme. La mañana del día de mi desfloración vino a buscarme Mary a mi alcoba. Yo dormía y me despertó bruscamente (Mary no me tenía mucho aprecio, envidiaba el trato preferencial que me daba nuestra hermana mayor). Al ponerme de pie y comenzar a vestirme ella me dijo que no hacía falta:

-Solamente ven conmigo Lizzy, date prisa.

De su mano llegué al otro lado de la casa y atravesando una puerta disimulada en una pared, entramos a un largo pasillo que finalizaba en una estancia de un lujo que jamás hubiera podido imaginar existiese. Allí me esperaban Marianne y Anne que me saludaron afectuosamente y me llevaron a la cocina de esa maravillosa residencia. Me convidaron pan caliente con manteca mientras me explicaban que esa noche iba a ser desflorada por Thomas (Anderson), debiendo sentirme orgullosa. Me convertiría en una mujer madura. Me elogiaron, me colmaron de palabras tranquilizadoras y de la alegría que les producía el acontecimiento. Yo me alegré y mi corazón se llenó de algarabía: ya no iba a ser tratada como una niña. Un rato después Marianne me pedía que me desnudase: -Pero ya estoy desnuda hermana-, -Quítate las ropas de dormir Lizzy, sólo vamos a darte un baño y embellecerte-. Entre las tres me dejaron sin prenda alguna. No recordaba que nadie me hubiese visto jamás en tal desnudez y un rubor de fuego me subió al rostro como un cachorro insoportablemente juguetón.

Mientras me lavaban comentaban lo bella que era, el orgullo que debía sentir por el cuerpo que me había tocado. Luego del baño, mientras Anne me masajeaba el cuerpo con aceite de rosas y Marianne me peinaba el cabello, me explicaban como era el acto sexual; yo las escuchaba atónita. Me recostaron sobre una mesa e inspeccionaron hasta el último y escondido rinconcito de mi cuerpo. Elogiaron mis apenas perceptibles vellos que se extendían a lo largo de mis piernas, “cubiertas como de sol” como dijo Anne, mientras con una pincita me arrancaron los vellos que interferían en la visión de la desnudez de mi flor. Cuando me explicaron como era el miembro de un hombre no tuvieron peor idea que hacer una comparación con lo que yo había visto, es decir: caballos, toros, burros. Mi ataque de miedo duró hasta que vi a un hombre desnudo un rato después. Para explicarme cómo debía actuar, Marianne hizo que mis otras dos hermanas salieran, me vistió e hizo que entrara un muchacho que tendría la edad de Anne y al que desnudó enseguida ofreciéndoseme a mi vista todas sus vergüenzas.

-Ven aquí Lizzy, este es el cuerpo de un hombre y esto que ves aquí es su falo, estos son sus testículos-, al muchacho parecía gustarle el examen y me miraba con una sonrisa maliciosa en los labios. La única tonta que se ruborizaba hasta el tuétano era yo; pero, a pesar de la timidez, no podía sacar la vista de las vergüenzas de aquel muchacho.

-Dame tu mano Lizzy- me pidió Marianne y la llevó a los testículos del hombre allí de pie. –Tócalos, siente como son- tanteé y vi que eran como dos pelotitas juntas dentro de una bolsa. Apreté y el muchacho pegó un salto. Marianne se acercó rápidamente diciendo:- despacio, despacito Lizzy, con mucha suavidad. Esta es la zona más sensible en un hombre, es más sensible que cualquier parte de tu cuerpo, un mínimo golpecito y quedaría tan dolorido que te sorprenderías.

-Ven aquí tu, acércate- exigió al hombre – Mira Lizzy- mi hermana me dio un golpecito en la mano con el dedo índice -dale uno igual en esa parte-. Marianne dio un empujoncito al hombre para que quedase a mi alcance, me agaché y lo observé de cerca. Le di el golpecito sin imaginarme que eso pudiera doler, sin embargo él puso cara de haber sentido un dolor profundo y retrocedió su pelvis velozmente. -Hay un momento donde se hacen menos sensibles- me dijo Marianne y agregó: -es en ese momento que los puedes tratar con un poquito más de rudeza, arañándolos con tus uñas o apretándolos con tu mano, pero ten en cuenta siempre la sensibilidad que tienen esas partes-.

-Ahora quiero que pienses que tus dedos son plumas. Imagina que tu mano tiene esa fuerza casi imperceptible, quiero que tomes con esa suavidad su falo y lo acaricies con la caricia de una pluma-.

Yo me encontraba en un trance, fascinada; pero me asusté al ver la reacción de ese trozo colgante ante mis caricias. De repente cobró vida. Me alejé asustada causando grandes risotadas en el muchacho y Marianne. –No seas tonta Lizzy, continúa acariciándolo que no va a morderte. Aquella masculinidad comenzó a hincharse en mi mano, crecía y se iba endureciendo. De la punta iba aflorando brillante, suave, de un rojo sanguíneo que me sumía cada vez más en la fascinación, su cúpula redondeada. El falo quedó en la posición opuesta: paralelo al abdomen del macho, pero a diferencia de cuando comenzara a acariciarlo, este, había triplicado su tamaño y parecía vivo: latía en mi mano como un pichón. ¿No le duele? Pregunté a Marianne,

-¿Recuerdas cuando de niña te frotabas contra el tronco de un árbol? Eso es lo que siente con tus caricias aunque con mucha mayor intensidad. Cuando eso entra en ti, tú también sientes esa sensación, no hay cosa que la iguale, no hay placer más agradable y deseado Lizzy. -Ahora déjalo- ambos, el muchacho y yo, acatamos el mandato de mala gana.

Marianne tomó el falo enorme que hacía un instante palpitaba en mis manos con sus dedos y pareció ejercer presión sobre la cabeza carmesí de aquella maravilla. Rápidamente, comenzó a perder tamaño replegándose a su posición original.

-Quítate de nuevo la ropa Elizabeth, sin peros- ordenó firme y con rostro adusto.

Obedecí y quedé ante él completamente desnuda. –Ahora quiero que te recuestes en la mesa y separes tus piernas para que él te vea -pero hermana- –Sin peros Elizabeth, haz lo que te digo- Separé mis piernas mientras el hombre me recorría con ojos como los que tiene un hambriento ante un plato de cordero. –Fíjate Lizzy lo que produces en él-. Y lo que producía era que aquel falo comenzase a erguirse nuevamente a medida que el hombre me observaba intensamente.

Estaba confundida, no sabía por qué yo causaba esa reacción en él. Marianne me lo explicaba, pero aún así me costaba comprender, aún cuando notase en la mirada de ese hombre que parecía inequívocamente querer comerme, a mí, a nada ni nadie más que a mí. Me causaba cierto temor, como si fuera un tigre presto a saltarme encima para clavarme ese colmillo enorme y palpitante en mis entrañas. Pero a su vez sentía al estar semejantemente expuesta, un cosquilleo agradable aunque me avergonzaba y luchaba por controlarlo. Como si hubiese dos Elizabeth: Una respetuosa y fuerte y otra salvaje e irrefrenable luchando ambas por emerger.

-Muy bien Lizzy- dijo Marianne, -quiero que te arrodilles frente a él-.

Mi rostro quedó a la altura de ese tronco que se erguía amenazándome. Marianne me tomó de la cabeza y empujándome me acomodó como para quedar a apenas dos pulgadas de aquella torre masculina y sus dos hinchados cimientos que de a poco se contraían hacia arriba en un sólo y ajustado paquete. Si bien la fascinación me abstraía miraba su órgano respetuosamente, sin nunca dejarlo de percibir como una amenaza. Aquello no era definitivamente lo que había visto en un caballo, en un burro, pero su tamaño igualmente me inspiraba temor. No imaginaba que semejante torre pudiese entrar dentro de mí. Marianne me ordenó que acaricie su miembro como me había enseñado y así lo hice. Mientras lo hacía pude ver una pequeñísima gotita viscosa que se asomó en su ápice.

Estaba tan absorta en la tarea, con ese cosquilleo que nacía entre mis piernas y me recorría como una culebra roja el cuerpo, que no pude escuchar la orden de Marianne instándome a lamer aquellas bolas que se apretaban a sí mismas cada vez más y tan cercanas a mi rostro. Mi primer lengüetazo le arrancó un suspiro profundo. –No dejes de usar tus manos sobre su falo Liz- El hombre suspiraba y su respiración se entrecortaba. Marianne tomó mi mano derecha y la acomodó de tal manera que mis dedos rodearon la verga formando un anillo. Comenzó a guiarme la mano con un movimiento que recorría el falo de arriba hacia abajo en forma constante. Luego me dejó haciéndolo sola mientras continuaba lamiendo sus bolas.

-¿Ves esa cabeza roja en la punta del falo Lizzy?- Si Marianne, la veo, respondí. -Debes dejarla siempre descubierta mientras lo acaricias de esa forma, observa sus reacciones, verás cómo cambian a medida que aceleras el movimiento- Efectivamente al acelerar mi caricia, sus suspiros se hacían más profundos y su rostro se llenaba de gestos y arrugas que podría atribuirle al dolor. ¿Te duele? Le pregunté al hombre quien entre jadeos me contestó: -¡Sigue zorra, no te detengas!- No le duele Lizzy, más bien lo contrario- me indicó mi hermana. –Que me la chupe la pequeña puta, quiero acabarle en la boca- El hombre estaba como perdido, hablaba con violencia y me asustaba. –Ahora Lizzy vas a continuar haciéndole ese masaje, pero con tu boca.

Debes usar tus labios y lengua, pero evita los dientes, él te guiará- No pude detenerme a pensar la orden: él me tomó fuertemente del cabello y pegó mi boca contra su falo.-Saca la lengua puta- me dijo y comenzó a recorrer con mi boca su falo tironeándome del pelo. –Usa tus labios zorra, bésala con pasión- Y un tirón de pelo me obligaba. En un momento me acomodó con violencia para que la punta hinchada de su verga quedase apoyada en mis labios. Empujó, abrí la boca y el coloso ingresó tan rápido y profundo que me produjo una arcada. –Despacio, despacio- le dijo Marianne–. -Aprieta puta, succiona- dijo el macho y tomándome fuertemente del cabello empezó a guiar mi cabeza haciendo que su falo entrase y saliese de mi boca rápida e impetuosamente. -Suéltala- le dijo Marianne al hombre –deja que ella lo haga por sí misma- agregó. Me soltó el cabello y me detuve. Marianne me empujó la nuca hasta lograr el movimiento deseado. Fue dejándome de acompañar poco a poco hasta dejarme haciéndolo por mí misma, sin su guía. Mi hermana me tomo las manos diciéndome que no me detuviese y me hizo tomar al hombre de los costados de sus nalgas con lo cual logré un mejor apoyo para el movimiento.

El falo se abría paso frotándose sobre mi lengua, lo sentía duro, caliente, hirviente, hundiéndose en mi boca. Podía apreciar como cada uno de mis movimientos hacía reaccionar a ese macho como si en su falo se concentrasen cada uno de los nervios cordonados de su cuerpo y al ser succionados por mí, estos se activaran produciéndole contracciones, espasmos, gestos, suspiros… -¿Te agrada?- Preguntó Marianne, -no lo sé- le respondí con un gesto que comprendió mientras me abocaba a mi tarea. Entonces Marianne se acercó y comenzó a masajearme las nalgas, acariciándolas, pellizcándolas, dándome palmaditas. Las separaba y me las apretaba. Involuntariamente yo paraba la cola para recibir de lleno esas caricias que me encantaban. Pero luego comenzó a masajearme la cara interna de los muslos hasta que pude sentir un roce que me conmocionó entera. Paré sin darme cuenta el movimiento de avance y retroceso quedándome quieta con la mitad del falo en la boca y aferrada a las caderas del varón.

Marianne comenzó a acariciar con sus dedos mi vulva y yo sentía una vergüenza gigantesca, pero mi cuerpo no respondía a aso sino, indecentemente, se entregaba a la voluntad esclavizante de los dedos de mi hermana. Hundía un dedo entre los dos gajos de mi fruto y lo frotaba suavemente. Mis piernas se abrían y mi cola se paraba entregándose a mi hermana mayor impúdicamente, casi independiente a mi voluntad. -Sigue chupando Lizzy- me dijo mi hermana y comencé a chupar ese miembro que llenaba mi boca como queriendo tragarlo. Marianne comenzó a mover su mano según yo chupaba el falo. Si me detenía ella también lo hacía. Si aumentaba el movimiento ella aumentaba mi placer. Si lo succionaba con pasión ella me respondía tomándome mi partecita más escondida entre sus dedos índice y pulgar como amasando una bolita de pan y eso me perdía: me arrancaba profundos gemidos que se escapaban ahogados a través de mi boca llena de hombre. Era como un fuego que crecía dentro de mí y se extendía sin control.

Perdí mi razón, no pensaba, solamente asociaba esa carne que se deslizaba en mi boca con ese placer indecible que florecía desde el centro de mis piernas. Chupaba ese miembro vivo con unas ganas ciegas. Era la cosa más deliciosa que había probado. Así entre mis gemidos sordos y los graves suspiros de mi hombre, aquel falo escupió violentamente una sustancia caliente que me inundó la boca. Yo continué acelerando mi succión mientras tragaba esa sustancia salada y dulzona al mismo tiempo, pero el hombre me detuvo fuertemente la cabeza como si su vida dependiera de eso. Lo recorrieron temblores y contracciones que me asombraron.

Marianne me había explicado que cuando el miembro arrojaba el esperma, el hombre había llegado a la cumbre de su placer y que debía solamente acariciar el miembro tan sutilmente como una brisa. Dentro de mi boca comenzó a achicarse mientras Marianne suspendía sus caricias a pesar de mis lamentaciones. Intentaba con mis labios y lengua que el miembro volviese a su dureza precedente, pero el hombre me detenía haciéndome sufrir: quería las caricias de Marianne y movía mi cola buscando el roce de su mano. Mi deseo era tan fuerte que lágrimas me corrieron por el rostro.

-¿Verdad que quieres que siga no Lizzy?- Preguntó mi hermana. Sí respondí entre lágrimas y aquel miembro deshinchado en la boca.-Ven aquí Liz, recuéstate sobre la mesa- Obedecí velozmente la orden y me recosté separando las piernas, entregándoles a ambos la visión entera de mi flor que podía sentirla latiendo, hinchada.-Bueno puedes comerla- le dijo Marianne al hombre y este, aferrándome las piernas por sobre sus hombros, me beso con labios, dientes y lengua la cara interna de mis muslos. Sentí toda su boca, su aliento caliente y los nacientes, pero pinchantes pelos de su barba cómo un cuchillo que entraría agujereando esa parte tan sensible de mi pierna. La sensación era de dolor, placer, cosquillas, quemazón; todo al mismo tiempo, era un placer inaguantable e intentaba separarme, pero no podía, me tenía tan fuertemente aferrada que me era imposible alejar mi pierna de su boca.

Me recorrió ambos muslos, mordiendo, lamiendo, besando durante eternos y maravillosamente tortuosos momentos hasta que llegó a mi vulva con su lengua. La impresión fue tan fuerte que intenté apartarlo con ambas manos empujándole la cabeza. Pero Marianne me tomó los brazos y aferrándomelos fuertemente por sobre mi cabeza me sostuvo impidiendo la resistencia. La boca del macho ese me succionaba, lamía, su lengua me separaba en dos y entraba con su punta a mi interior. No podía ahogar mis gemidos, miraba el techo, pero no veía más que sensaciones. Mis pezones me dolían con un dolor punzante, caliente.

Marianne me aprisionó los brazos fuertemente entre sus piernas y con sus manos libres comenzó a pellizcármelos justo cuando él comenzaba a lamerme con un movimiento inestable el mismo punto que Marianne había friccionado con sus dedos. Los gemidos se volvían bramidos, intentaba escapar, no podía resistirlo. Tenía la certeza de que si eso seguía iba a explotar y esa sensación fue incrementándose hasta que llegó un momento en donde no aguanté más y traté de resistir con todas mis fuerzas esa explosión inminente que pensé iba literalmente a matarme. El esfuerzo fue inútil y exploté en una conmoción tan fuerte que mis gritos y aullidos hicieron que entrasen mis hermanas asustadas junto al ama de llaves y las criadas.

Una sonrisa de alivio se dibujó en ellas mientras yo intentaba incorporarme inútilmente. Quedé así tendida, jadeante, temblando, impúdicamente expuesta sobre la mesa mientras Marianne comentaba lo sucedido y todos los presentes sonreían con aprobación mientras me miraban. Anne y el hombre a quien le saboree tanto el falo me ayudaron a bajar de la mesa. Al apoyarme mis piernas cedieron y tuve que ser sostenida por los brazos para no caer. Me acompañaron hasta mi lecho y así desnuda me tendí sintiendo la brisa refrescante que entraba por la ventana sobre la espalda, mi cola y mis piernas. Me hundí enseguida en un apacible sueño.

Esa tarde Marianne me despertó llenándome de caricias y tiernos besos, yo le regalé una sonrisa llena de felicidad y afecto. –Eres tan dulce- me susurró –sabes cuánto te quiero- sus ojos se llenaban de lágrimas al decírmelo y yo me abracé a ella con una emoción que se desbordó en mis ojos y mojó su rostro. –Ay mi pequeña si supieras cuanto significas para mí-. Yo me abrazaba a ella llorando con una melancolía límpida, dulce, como los atardeceres otoñales de mi infancia cuando se oía el chisporroteo del fuego.

Marianne tenía una belleza poco común entre las inglesas, su piel era de una blancura brillante resaltada aún más por sus oscuros cabellos. De rostro anguloso tenía unos enormes y profundos ojos negros. Tenía esa cualidad que hace a la gente que la posee irresistiblemente seductora, esa cualidad de arquear una ceja independientemente de la otra. Su pequeña nariz le daba aspecto de niña. Su labio superior era de esos labios que en estado de reposo no cierra completamente la boca. Esto le daba a su rostro una profundidad melancólica.

Tuvo siempre una fuerza diría hasta épica para enfrentarse a la vida. Era, y lo sigue siendo, una mujer ingobernable. Pero me dirán ustedes: todo muy lindo, pero desnúdala, preséntanos la lista y abierta a nuestros placeres. Y a eso iba, solo me perdí al recordar su hermoso rostro y cuanto lo extraño ahora que la veo tan pocos días al año. Luego de despertarme nos preparamos las cuatro para esa noche. Nos bañamos todas juntas siendo la primera vez que veía a mis hermanas desnudas. Marianne tenía unos senos enormes, grávidos y redondos con pezones pequeños que apuntaban al cielo mientras mis manos al lavarlos, los endurecían.

Mis hermanas elogiaban sus piernas “llenas de envidia” como dijo Marianne. Anne también tenía un cuerpo imponente, senos firmes y pesados en su ancho pecho, sus largos cabellos rubios hacían que pareciera una sirena. Eran larguísimos, le cubrían las nalgas anchas y grandes, pesadas y graves como sus senos y con una piel tan tersa y suave que se le hacía su cola un durazno en su madurez exacta. Lavarse el cabello le era toda una tarea según observé. Mary era más pequeña, su cuerpo era similar al mío, más duro y musculoso que el de mis hermanas mayores, sus senos pequeños parecían de piedra, todo su cuerpo sé erguía orgullosamente pétreo como el de una criada negra.

Mientras nos lavábamos se divertían: hablaban de hombres, de vestidos, de la opera, se arrojaban agua… En un momento Marianne se acercó pegándose a mi cuerpo de forma casual. Sus densos senos se apoyaron sobre los míos. Sentí su abdomen contra el mío y sus muslos rozando los míos. Anne me limpiaba vaciándome una cuba de agua sobre los hombros. El calor del cuerpo de Marianne me producía aquel cosquilleo que evolucionaba atáxico dentro de mi cuerpo extendiéndose por la columna hasta la nuca donde me erizaba los cabellos.

Sus voces se me hacían cada vez más lejanas: caía dentro de ese placer como hundiéndome en una bañera de agua caliente. Anne fregaba mi espalda con cierta fuerza dándole contraste a la sensación en mis senos. Sentía el deseo ingobernable de que sus manos alcanzasen mi cola, pero Anne no lo adivinaba y continuaba en mi espalda. Cuando por fin sus manos se posaron en mis nalgas no evité guardarme el suspiro gozoso que exhalé. Las tres súbitamente callaron quedándose como estatuas.

-¿Qué te pasa Lizzy, es que te excitas con tus hermanas?- dijo Anne con un airecito de burla. Yo seguí pegada al cuerpo de mi hermana mayor que me clavaba sus endurecidos pezones en mis senos y no respondí. – ¿Qué pasa hermosa?- me dijo Marianne maternalmente al oído y agregó – ¿Te has excitado?- Perdóname hermana, no quise… –Está bien pequeña no te culpes- me interrumpió apretándome contra ella en un abrazo contenedor. Apoyé mi cabeza en su pecho, en la lejanía del abrazo de mi amada Marianne escuchaba las risitas de Anne y Mary.

Sentí una mano posarse en mi cola y al instante un pellizco que me hizo sacudir bruscamente. –Déjenla tranquila- dijo Marianne. –Hermanita no es justo, tú ya las has disfrutado, exigimos ahora mismo nuestro turno- le respondió Anne con cierta malicia en la voz mientras otro pellizco me arrancaba un chillido. –Basta, he dicho que la dejen en paz- -Mira Marianne o nos dejas jugar con ella o se la haremos pasar realmente mal cuando tú no estés, piensa, ahora tú puedes quedarte y mimarla también-. Marianne pareció reflexionar y con mi mejilla en su pecho pude sentir el hondo suspiro de capitulación. -Mary, estas nalgas son tan duras que habrá que sensibilizarlas un poco para que puedan sentir la boca del amo. ¿Te encargas tú?- -Sí Anne, lo haré finamente- contestó Mary y agregó: -cuando termine podrá sentir el toque de una pluma como la desesperada mano de un estibador-.

La excitación me recorrió como un rayo al escucharlas, su atención se fijaba en mi cola y yo ya había conocido las delicias que podían de esa zona emanar, pero no fueron exactamente caricias las que Mary me dio, sino, fuertes palmadas que me dejaron temblando y llorando de dolor. Pero era cierto lo que habían pronosticado: el dolor fue resarcido mil veces con un placer como nunca había sentido. Pero no quiero privar a mis compatriotas de los detalles de esta experiencia ya que este tipo de trato a esta parte del cuerpo a que refiero, pareciera por estos días ser un deleite nacional. Como decía, mi hermana Marianne había, con un suspiro, dado su consentimiento a las demandas de Anne y envolviéndome con sus brazos me había aferrado fuertemente contra su pecho.

Mary pegó su cuerpo al mío por detrás y comenzó a frotarse entera contra mí, al tiempo que con sus uñas recorría mis piernas arañándolas. -¿Qué tal esto hermanita, te gusta no?- -Sí, mucho- respondí. Sus manos alcanzaron mis nalgas y comenzó a acariciarlas, pellizcarlas y arañarlas suavemente. Cuando Mary alejaba sus manos intentaba con mi cola buscarlas –No me aprietes tanto Marianne por favor, no puedo moverme- le decía a mi hermana, pero ella seguía abrazándome con fuerza. -Bueno- dijo Mary –no hay que hacer esperar a una colita tan deseosa, que tal un rico pellizco- expresó retorciéndome con un pellizco agresivo en un punto sensibilísimo de mí cola: por donde se junta con la pierna.

Ayyyy grité: eso ya no me gustaba. -Me duele, me duele mucho Marianne que pare por favor. Ay basta, basta por favor-. Los pellizcos se hacían cada vez más poderosos y se extendían por toda mi cola mientras me retorcía y Marianne me apretaba con mayor fuerza contra ella. -Basta Mary, lo suplico- le gritaba a mi hermana. -Pero eso no es nada, sólo estoy preparándote para lo mejor- me dijo con malicia en la voz. –Ayúdala a sostenerla- le dijo a Anne quién me tomó de las piernas juntándomelas. –Esto va a dolerle más a Marianne que a ti- dijo Anne riendo –cállate- gritó Marianne agregando:-no tienes porqué encima disfrutar asustándola, apúrense, háganlo rápido-.

– ¿Rápido mi querida hermana? Para nosotras quizá lo sea, pero no lo creo para esta colita paradisíaca- le respondió Anne. -Qué van a hacerme Marianne, esto no me gusta, por favor suéltame, por favor Marianne-. –No te asustes mi bebita, en unos minutos te olvidarás de todo-. Iba a responderle, pero Mary me dio una palmada tan fuerte en la cola que se me cortó el aire. No grité ni emití quejido alguno, el golpe no había sido tan doloroso, por lo menos al principio. A los pocos segundos comenzaba a picarme y a arderme fue cuando recibí otro golpe sobre el mismo lugar. Este me dolió bastante, pero fue a partir del cuarto o quinto que el dolor se me hizo insoportable. Dolía aún más a los pocos segundos del golpe. Parecía que me estaban quemando.

Mary pegaba en la misma zona interminables veces hasta arrancarme aullidos e imploraciones, pero terminaba arbitrariamente sólo para pasar a otro sector de mi cola. Yo gritaba, lloraba y odiaba a Marianne por mantenerme inmovilizada. Le gritaba: -te odio haz que termine por favor, haz que acabe no puedo soportarlo más-. Marianne, me soltó momentáneamente y me puso uno de sus senos en la boca, sentí su pezón caliente y lo lamí. Pero los manotazos seguían y comencé a morderle su seno tan fuerte que ella sumó sus quejidos de dolor a los míos.

La cola me ardía como si me hubieran sentado sobre el fuego y mis intentos de zafarme eran cada vez más desesperados. Mary se cansó, le dolía la mano y la reemplazó Anne quien tenía mucha más fuerza y a mi pesar la aplicó. Marianne gritaba por las mordidas que le daba, podía sentirla llorar, pero ella soportaba el dolor con estoicismo. Llega un momento en que el dolor es tan intenso que una no puede ya moverse, ni gritar, ni llorar; simplemente se queda entumecida, los sonidos se alejan y se puede escuchar el propio corazón como si una se hubiese refugiado debajo de este, allí, dentro del tórax como si su propio cuerpo fuera el de otro.

No se puede pensar y ya no se sabe si le están pegando a una o no. Dejé de resistirme y comencé a temblar espontáneamente. En ese momento fue cuando Marianne puso fin al tormento de ambas. –Ya está mi vida, ya pasó- me dijo besándome el rostro con los ojos llenos de lágrimas. – ¿Por qué me hicieron eso?- le pregunté en tono de reclamo y enojo. La cola me ardía y me dolía aún más que cuando me pegaban –me duele mucho Marianne, me arde, me quema-. Marianne se acariciaba, sosteniéndome solo con un brazo, el seno que me había ofrecido supongo para mitigar el dolor o su culpa, y no respondió. -¿Me sigues queriendo verdad?- me preguntó Marianne mientras me llevaba abrazada y desnuda por un corredor y entramos en la habitación de Anderson la cual estaba vacía. Me senté en el borde de la cama llorando por el dolor que no se iba.

La cama de Anderson siempre me llamó la atención: era tan amplia que cabría seguramente un ejército de durmientes. Para qué semejante extensión pensaba. Nunca comprendí el lujo. Esa vida de ocio sustentada por cientos de manos callosas. Y mis hermanas qué eran sino lujos, que diferencia había entre ellas y esa fastuosa residencia, esos galgos que se alimentaban mejor que la mayoría de los ingleses, los caballos pura sangre del señor, sus cuadros incomprensibles. También ellas eran objetos y yo misma un objeto nuevo de disfrute bien valuado y vendido en la codicia que llevaría a mis hermanas al más selecto círculo de la burguesía, y llegado el caso, ciertamente a codearse con la nobleza londinense.

Pero no juzguen mal a mis hermanas ¿acaso hay libertad entre elegir esta vida y el sufrimiento, el constante padecimiento de la injusticia, el hambre que como agujas se clava hasta en el sueño? ¿Acaso Anderson y todos los Anderson del imperio no hicieron este mundo para no dejarnos más que la opción de sus fábricas, del servilismo humillante, de sus vastas camas? Cómo decía, me senté en el borde del vasto lecho aún con el dolor punzando mis nalgas. Tanta era su intensidad que me recosté boca abajo y allí me quedé acariciándome la zona dolida.

Después de acariciarme por un largo tiempo de la cola caí en la cuenta de que estaba sola en la habitación de Anderson, completamente desnuda e indefensa. Un temblor me recorrió el cuerpo y el miedo se apoderó de mí. El pensar que en cualquier momento entraría Anderson viéndome así como estaba me llenaba de vergüenza. Si bien no le tenía mucho afecto lo veía como a un padre; o alguien que no debiera verme de forma pecaminosa. Miré la cama y descubrí que no había sábanas ni nada con que pudiese cubrirme, sólo un almohadón de terciopelo que tomé para aprisionarlo contra mi pecho y dirigirme a la puerta para salir de allí. Pero estaba cerrada, le habían echado llave por fuera. En la desesperación me alejé de la puerta, pero al darme vuelta choqué contra el pecho de un hombre y rebotando en él, golpee con mi espalda sacudiendo nuevamente la puerta. Se me cayó el almohadón y quedé pegada a una de las alas de puerta. Mis manos apoyadas en esta, la cabeza, las piernas, cada parte de mi espalda, la cola y las piernas, como si quisiera atravesarla haciéndome primero parte de ella.

Anderson había estado allí sin que lo haya visto. También, luego me enteró, durante el baño con mis hermanas. Estaba allí parada, aterrada frente a él. Mis senos, elevándose como buscándolo: quedaban tan abiertos y erguidos sobre mi pecho que al notarlo me ruboricé y los cubrí con mis brazos. -No estoy para juegos dijo Anderson, vuelve a poner los brazos como estaban- me gritó y temblé poniéndome como él quería. Mis senos se elevaron nuevamente impúdicos ante sus ojos y mi agitación los movía de una forma que asemejaban a una presa acorralada por su depredador. Estuve así un largo rato. Anderson llevaba una levita y pantalones de lana ambos negros. Sus botas estaban tan lustrosas como si fueran de charol (que todavía no se inventaba). Era un hombre alto y rubio, de elegante porte. Tenía 40 años. Se había retirado del ejército como coronel y conservaba los bigotes distintivos de los hombres de armas. Allí estaba parado él a distancia suficiente como para apreciarme entera.

La vergüenza me obligaba a clavar mi vista en sus botas lustrosas. No decía una palabra y yo no me animaba a romper ese silencio que parecía emanar de mis músculos tan tensionados. Mientras fumaba caminaba como una pantera de un lado a otro, lentamente. – ¿Puedes darte vuelta querida y pegarte con tu mejilla a la puerta?-. Yo no me moví ni respondí. Mis ojos clavados a sus botas las vieron, después de esperar una respuesta infructuosamente, alejarse y regresar casi a la misma posición con una fusta que golpeteaba la bota derecha. -¿Quieres?- dijo y me di vuelta pegándome a la puerta como él quería. Pude escuchar un suspiro profundo, como el de aquel al que se le sirve un manjar y comienza degustándolo con la vista.

Escuché sus pasos alejarse y el ruido de una silla al ser movida por el piso. No pude verlo, mi mejilla izquierda estaba pegada a la puerta y hacia esa dirección sólo podía ver el gran tapiz que cubría la pared. Acomodó la silla detrás de mí, calculé que en el mismo lugar desde donde me observara de pie. Lo escuché acomodarse en ella y luego nuevamente el silencio, sólo interrumpido, por las suaves y largas exhalaciones de humo que pitaba del cigarro pausadamente. Como antes a mis senos, tener ahora pegada la mejilla a la puerta hacía que mi cola se despegase como queriendo arrojarse a un precipicio.

Permanecí en esa posición hasta entumecerme, ni siquiera me animé a cambiar la mejilla que pegaba a la puerta. –Señor- dije, -¿sí querida?- contestó él. –Ya no puedo seguir manteniendo esta posición, se me han entumecido las piernas y…- dije y me interrumpió: -muy bien, ven aquí-. Me acerqué despacio hacia él quedándome parada a su lado. –Mírame a los ojos- me dijo y al mirarlo me ruboricé. En su rostro brillaba el sudor, sus labios se apretaban como sedientos mientras se los mordía y sus ojos brillaban penetrantes. -¿Qué quiere que haga señor ahora?- pregunté. – ¿Por qué esa voz tan temblorosa? ¿Acaso me temes? Dijo no sin algo de sorpresa, -Es que tiene usted esa fusta en la mano y me ha gritado y…- Respondí con agitación, pero tímidamente.

–Es sólo para intimidarte y no usar verdadera fuerza. Pero no quiero lastimarte ni hacerte nada que tú no quieras, disfrutaré mucho si tú disfrutas. Mi goce será ese, verte disfrutar a ti-. Dijo esto con una afable mirada en sus ojos y un tono paternal que me tranquilizó. –No tienes por qué hacerlo si tú no quieres. Aquí está la llave de la puerta- agregó arrojándola con un gesto desinteresado sobre la cama y continuó –si quieres puedes irte y yo no me enfadaré contigo ni con tus hermanas, puedes estar tranquila con eso-. Comencé a acercarme a la cama cuidadosamente mientras él se ponía de pie y me observaba. Podía ver cómo me miraba ansioso y al llegar al borde del lecho me detuve dudando. Esta duda la aprovechó Anderson para pararse detrás de mí y tomarme suavemente con sus largas manos por la cintura acariciándomela suavemente. – ¿Quieres realmente irte?- me susurró al oído causándome un hormigueo que me recorrió el cuerpo. – ¿Quieres irte mi dulce potrillita?- me volvió a preguntar besándome la oreja, lo que me aflojó las piernas y hizo que me apoyase en su pecho.

Sus manos abordaron mi vientre atrapándome entre su pecho y sus fuertes brazos. Subía una de sus manos para tomar uno de mis senos mientras me seguía hablando al oído y me daba suaves besos que me conmovían, su otra mano se aventuraba sobre mi pubis. Me preguntó nuevamente si quería irme y alejó su boca de mi oreja como para esperar una respuesta. De mi boca no salió nada, pero doblé mi cabeza hacia el costado y estiré mi cuello para volver a encontrar el contacto de sus labios. -Toma la llave- me ordenó y para hacerlo subí a la cama y estiré mi brazo. Al alcanzarla con mis dedos sentí como me tomaba de un tobillo y se llevaba mi pie a la boca.

Lo besó y lo lamió enteramente causándome enorme placer. Aquellos besos eran deliciosos e involuntariamente le acerqué mi otro pie a su boca. Los besó eternamente sacándome toda duda: yo quería ese placer. Me besó, lamió y mordió mis piernas dirigiéndose hacia mi cola anhelante que se erguía buscando hacerle más corto el camino. Y por fin llegó y me mordió y la recorrió entera con su lengua. La apretó con sus manos, la mordió, la beso mil veces hasta hacerme suspirar con tan vivo placer.

Separó con sus manos aquellas montañas blancas y se dedicó a recorrer aquel canal que quedaba expuesto con su lengua. Tal fue la sensación que acompañé sus idas y venidas con profundos y agudos suspiros. Lamió mi pequeñísima aberturita trasera forzándola a abrirse con la punta de su lengua. Y me encontré yo misma sorprendida empujando con mi cola para que aquella hirviente lengua llegase lo más profundo que pudiera. El tiempo se alargaba y yo perdía la calma: me sacudían temblores, apretaba mis manos con fuerza, me movía bruscamente para que penetrase fuertemente con su lengua, suspiraba y jadeaba, perdía el aire y lo tomaba entonces sonora y profundamente.

En ese estado estaba yo cuando decidió pararse al lado de la cama. Lo miré por sobre mi hombro suplicante. Él comenzaba a desvestirse sin quitarme sus ojos de encima. Una sonrisa se le asomaba a los labios y cuando ya le quedaba la última de las prendas que quitarse me miró a los ojos y dijo: -es tu última oportunidad de irte, decide ahora-. Tomé la llave y me acerqué sentándome en borde de la cama y envolviendo con mis piernas las suyas. –Tómela- dije –enciérreme aquí todo el tiempo que le plazca y haga conmigo lo que quiera- agregué excitada.

El se desnudó por completo y su enorme falo completamente erguido se presentó ante mí. No lo pensé y olvidando todo lo que me enseñara Marianne esa mañana, lo tomé rudamente con mis manos y me lo metí hasta donde pude en la boca. Lo chupé tan fuertemente que mis movimientos de avanzada y retroceso parecían no querer hacerle manar su almendrado y blancuzco licor, sino, arrebatárselo hasta quedarme con su más diminuta y brillante última gota. Ah como no prenderme de esa manera a esa maravilla. Muchas veces he perseguido a Anderson para chupárselo y muchas ha tenido él que apartarme con violencia por encontrarnos en un pasillo transitado, en un establo con sirvientes, en la cocina o en la propia mesa con las criadas entrando y saliendo.

Me retiró tomándome la cabeza entre sus manos, lo miré anhelante y de mis labios surgió suplicante y dolorida la palabra “más…” Pero no me dejó continuar y tomándome por las axilas me arrojó con violencia hacia el centro del enorme lecho. Él se arrojó encima de mí y tomándome fuertemente del cabello empezó a besarme la boca. Su lengua hizo presión hasta que se encontró con la mía y ambas entablaron una batalla enardecida. Me gustó tanto que lo abracé por el cuello para que me besase más fuerte y lo rodé para aprisionarlo con mis piernas.

Sentía su virilidad apoyarse y moverse sobre mi vulva y me causaba un placer indecible. Trataba de moverme para que la rozase más violentamente hasta que pude sentir la presión de aquel quemante madero tratando de abrirse paso. Me quedé quieta y un temor me invadió, pero no pude hacer nada. Aquella palpitante torre había encontrado la posición perfecta entre mis dos gajos y comenzó a abrirse paso hacia mi interior. Me invadió un dolor agudo y grité. Él se detuvo y me dijo: -relájate querida, sólo ha entrado la puntita un instante más y dejarás de ser virgen- y besándome comenzó el recorrido sin detenerse. Un hondo dolor me invadió y grité.

Tenía todo su miembro en mi interior. Lo sentía profundamente palpitar y unas lágrimas rodaron por mis mejillas. El se quedó quieto hablándome dulcemente y acariciándome el rostro. Me besaba y yo comenzaba a acostumbrarme a tener semejante cosa adentro. Lentamente comenzó a moverse y lentamente el dolor se iba desvaneciendo junto con mi aprehensión. Con su lengua recorría mi cuello y con sus dedos tomaba un seno y pellizcaba el pezón. Pero un placer nuevo y recóndito surgía de mi colmada flor. Y este se hacía cada vez más intenso a medida que sus movimientos se hacían más rápidos.

En cada estocada me arrancaba gemidos y con cada retirada inhalaba el aire sólo para volver a convertirlo en un nuevo exhalado gemido. Su cuerpo me aplastaba y me sentía inmovilizada, atrapada, esclava de aquel hombre que me tomaba y me disfrutaba. Era cada vez más rápido y violento y yo comenzaba a sentir esa sensación de que algo crecía en mí y me llevaba a una explosión. Temía esa explosión, pero me hundía cada vez más en ese placer que me parecía demasiado. Nunca imaginé que pudiera existir placer tan poderoso que nos arrebata la conciencia para volvernos animales salvajes y violentos que se devoran entre si y a sí mismos.

-Eres una potrillita tierna, pero salvaje y debes ser domada en forma- me dijo esto al oído y aceleró sus movimientos de una manera que me hizo explotar de tal forma que roncos aullidos emanaron de mis pulmones para convertirse luego en gritos absolutos. Pero él seguía aumentando el ritmo y yo pensé que me enloquecería. –Basta, basta, basta grité con todas mis fuerzas, no te muevas, detente que me muero-. – ¿Tú crees que ya eres una yegüita bien domada?- dijo y agregó: -Dime que eres- -¿una potrillita?- respondí insegura. –Sí, y ¿quién es tu amo?- -Usted es mi amo- contestaba recibiendo cada estocada con un gemido. – ¿Y crees tú, potrillita, que si estuvieses ya bien domada pedirías que me detenga?- -No señor, no lo pediría- contesté en medio de una nueva ola de placer que se hacía aún más alta que la anterior.

Sacó su miembro de mí dándome vuelta y acomodándome en cuatro patas. Me tomó del cabello como tomando las crines de un caballo y me penetró violentamente para comenzar a cabalgarme con decisión. – ¡Dime ahora si estás domada!- -no lo estoy, más por favor- respondía a sus preguntas mientras me cabalgaba en una marcha constante. Me tenía agarrada del cabello tan fuertemente que no podía mirar otra cosa más que el techo del lecho. -Dime ahora- y me daba una fuerte palmada en la cola. –No señor, más; necesito más, cabálgueme, más- y me pegaba un chirlo con cada estocada. –Más, más- gritaba yo creyéndome ya un caballo verdadero. –Dómeme con la fusta- pedí y comenzó a darme en los flancos con la fusta. Me pegaba y yo pedía más, me embestía y yo aullaba un ¡más! Hasta que perdí el control y un estallido de placer me sacudió entera.

Pero él no se detenía y aceleraba y me pegaba con la fusta cada vez más y yo no podía volver en mí. Deseaba que se detuviese, pero no lo hacía y el estallido volvía más poderoso hasta que ya era una tortura y mis gritos y aullidos se convertían en roncos y ahogados gemidos. En ese momento en que me desvanecía sentí su tremenda expelida hirviente llenarme y entonces cayó él sobre mí con todo su peso hundiéndome en la cama. Yo temblaba y él parecía un peso muerto sobre mí. –Te ha gustado tu doma potri…- escuché que me decía como cada vez más en la lejanía: había caído en un profundo sueño.

Me desperté y él fumaba a mi lado. -¿Cómo te sientes?- me preguntó. -Domada- le respondí con una sonrisa en los labios y él rió sonoramente.

Autora: marianakant

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Con Feña, un amigo de Castor I

La muy puta le puso el condón con la boca con una destreza que hablaba de su experiencia, puesto el condón se tendió en la cama tirando del brazo a Feña para que se la meta, él reaccionó rápidamente separando aún más con sus rodillas las piernas de mi mujer tomó su pene lo acomodó en la entrada y fue la puta quién levantó las caderas para introducírselo de un envión y comenzar a moverse.

Después de nuestro primer encuentro swinger y luego de muchas conversaciones comentando lo vivido, me di cuenta que lo que más me excitaba era ver a mi mujer con otro, incluso más que con una mujer; todo esto respaldado por lo que me comentó ella después de nuestro primer intercambio… “me encantó ver tu cara mientras se lo chupaba” me decía “y saber que puedo calentar tanto a otro que llegue a olvidarse que su mujer está al lado”. Todo esto se tradujo en querer volver a repetir esta experiencia pero solo con un hombre, para eso conversé con la pareja de Feña, si le daría lata que éste estuviera con Sasha cuando viajara a Santiago… “No, al contrario, me calienta mucho” fue su respuesta.

Cuando conversé con Feña me dijo que bueno, armamos un viaje y nos juntamos un viernes en la noche, pasamos a buscarlo al departamento del hermano que era donde se quedaba y nos fuimos a un motel y como íbamos 3 yo tuve que ingresar en el portamaletas, él estaba muy nervioso y se puso más cuando vio que yo llevaba 2 filmadoras que después de explicarle que no se preocupara que yo filmaría principalmente a Sasha se relajó, pedimos unos tragos y después de una conversación banal que no llevaba a nada. Mi mujer vestía una falda de mezclilla apretada, una blusa y bajo ésta una polera transparente que deja ver su sostén, un colales de lycra con línea atigradas y unas pantys para ligueros. Recuerdo haberles dicho “olvídense que estoy aquí y disfruten…” No alcancé a terminar la frase cuando fue mi esposa quien se abalanzó sobre él (en el sillón) besándolo fuertemente mientras yo encendía las cámaras y ubicaba una fija y la otra para los primeros planos ahí pude apreciar como mi mujer le pasaba la lengua por la cara y labios y él no se quedaba atrás…

A los 30 segundos ya le estaba agarrando las tetas y besando el cuello (el nivel de detalle se debe a que tenemos el video), me sorprendía como mi mujer llevaba la iniciativa ya que fue ella quien comenzó de desabrochar la camisa de Feña, él respondió haciendo lo mismo pero mi mujer al parecer ya estaba tan caliente que se echo hacia atrás y se la sacó ella misma al mismo tiempo él se sacaba la camisa quedando ambos con polera, mientras se sacaba la camisa mi puta no dejó de mirarle el paquete por lo que cuando se terminó de sacar la camisa se tiro a besarlo y su mano fue directo al cierre, él le ayudo y cuando saco su pene recién ahí me dio la primera de las pocas miradas que me dirigió durante la noche, dándome a entender que esa noche yo no existía lo cual lejos de enojarme me excitó de sobremanera, se pusieron de pie se sacaron las polera y ella no soltaba el pene de Feña, le bajó el pantalón dejándolo solamente con slip mientras él le besaba el cuello bajando hacia sus tetas, yo filmaba pero no podía dejar de sorprenderme lo perra que estaba hecha mi esposa echando su cabeza hacia atrás y entre abriendo la boca, él la giró apoyándose contra el culo de ella y restregándose como queriendo metérselo al tiro mientras ella extendía sus manos hacia atrás tomándolo del trasero y empujándolo hacia ella en ese instante Feña soltó el sostén dejando libre el par de tetas de mi mujer y bajando lentamente con su lengua por la espalda hasta llegar a su culo donde enterró su cara y separando las nalgas metía su lengua.

Luego de un minuto bajó el colaless lentamente y la muy puta de mi mujer con el fin de que su vagina se abriera más subió una de sus piernas al sillón facilitando de esta forma la entrada de la cabeza y por ende la lengua de Feña, rápidamente me di cuenta que éste hacía un gran trabajo ya que ella hizo algo que muy pocas veces hacía salvo cuando estaba curada o muy caliente… comenzó a sobar sus tetas con la mano izquierda y sus quejidos comenzaron a escucharse con más claridad, estuvieron así cerca de 3 minutos donde él intercambiaba lengua con dedos y mi mujer se mojaba entera… de pronto se levantó y giro bajando a tirones los slip para ponerse en sentadillas y comenzar a chupar llevando el ritmo de la boca  las manos al mismo tiempo, ladeaba su cabeza dando lengüetazos, luego con los labios afirmaba la cabeza  y movía rápidamente sus manos de pronto Feña la tomó de los hombros y levantó, ella no lo soltaba y seguía masturbándolo mientras él besaba a lengüetazos sus boca y bajando hasta sus pechos metiendo sus dedos mi mujer se movía hacia delante y atrás para sentir esos 3 dedos que tenía en su concha, de ahí le tomó le tomó la cabeza apretándolo contra sus pechos y obligándolo a bajar para que se la chupe, con sus labios Feña tomaba sus labios vaginales y los estiraba.

A cada estirón el grito de mi mujer se sentía en la pieza del lado, estaba hecha una verdadera puta y delante de mí mientras yo me movía de un lugar a otro para tener la mejor toma. De pronto se comenzó a agitar y tensionar aferrándose de la cabeza de Feña con una mano y la otra agarrando sus nalgas, ahí supe que venía si primer orgasmo, sus jugos estaban inundando la boca de él quien con maestría se los bebía y de paso pasaba su lengua por el borde de los muslos limpiando lo que había corrido por las piernas. En ese momento Sasha lo tiró sobre el sillón sentándose en sus muslo y refregando su conchita en él como queriendo buscar otro orgasmo, sin embargo quiso devolverle el placer y besó muy fuerte se boca bajando por el pecho hasta llegar a su miembro, el que de un solo movimiento lo tragó por completo (Feña tiene un pene de tamaño normal, por lo que no le costó nada engullírselo), lo sacaba y con la lengua daba círculos en su cabeza metiéndola de en la separación de esta cuando asomaba una gota de fluido seminal, estuvo así cerca de 5 minutos hasta que nuevamente quiso que se la chuparan por lo que subió y se sentó en la boca de Feña quien cómodamente estaba apoyado en el respaldo del sillón.

La muy puta se sentó y comenzó a masturbarse en su boca, cosa que nunca había hecho conmigo, nuevamente su espalda se tensó y acabó en la boca de él, se bajó y descaradamente me pregunta “¿Donde están los condones…?” “en la mesa le contesto” asombrado de la calentura de mi mujer, tomó rápidamente uno y se lo llevó a la boca para sacarlo del envase… cuando nuevamente me sorprende “¿Donde quieres que me tiren? ¿Acá en el sillón o en la cama?” hasta Feña se sorprendió de aquella pregunta “donde quieras” le respondí, fue ahí cuando lo tomó a su amante y se lo llevó hasta la cama donde lo hincó para ponerle el condón, fue ahí cuando me di cuenta que estaba saliendo hace ya un año con una verdadera puta y que las historias que me contaba de cómo lo hacía con sus anteriores hombres eran 100% reales… la muy puta le puso el condón con la boca con una destreza que hablaba de su experiencia, puesto el condón se tendió en la cama separando sus piernas y tirando del brazo a Feña para que se lo metiera, obviamente él reaccionó rápidamente separando aún más con sus rodillas las piernas de mi mujer tomó su pene lo acomodó en la entrada y fue la puta quién levantó las caderas para introducírselo de un envión y comenzar a moverse.

Luego de unos minutos Feña quiso ser él quien dominara la situación ya que literalmente se lo estaban tirando a él, por lo que tomó una rodilla e hizo que se girara dejándola en cuatro patas, acomodó su miembro en la entrada de su concha y lo metió de un empujón, ella estaba tan mojada que se notaba en el condón como éste brillaba con los fluidos de mi novia (en esa época, hoy mi esposa), en este momento me di cuenta que ella estaba totalmente descontrolada y que gozaba como nunca lo había hecho… o al menos conmigo, ya que comenzó a decirle entre jadeos, “¡ahaa!, dale.. Ahí. Uyyy, eso, ¡más fuerte! Dale aaaaaah, no pares (recuerden que todo esto mientras pasaba yo lo grababa en la cámara), ¡más fuerte! Feña como buen follador le daba con todas sus fuerzas haciendo sonar sus piernas contra el culo de Sasha quien ya entre jadeos casi ilegibles le seguía diciendo “dale, dale, dale”, fue tanta la fuerza de las embestidas que le daba que cayo boca abajo estirando sus piernas hacia atrás, pensé que pediría que parara un rato, pero esta puta seguía sorprendiéndome ya que cuando Feña acomodó sus piernas a la altura de sus nalgas y cabalgaba aun con más fuerza definitivamente la volvió loca “eso es mas fuerte sigue, sigue!” nunca la había visto así de descontrolada.

Feña le dio una palmadas en el culo y le pregunta “se puede”, el “Siiiiiiiii” de mi puta le dio pie para que le comenzara a dar palmadas en su culo ella gritaba “ más, más no pares”, “te gusta, le decía en el oído”, “me encanta le respondía ella”, cuando Feña sintió que se iba a correr se bajó sin escuchar la protesta de ella, pero reemplazó su pene por los dedos que también hicieron lo suyo en la conchita de Sasha, éstos estaban empapados y ella no paraba de gritar, cuando se le fue la sensación del orgasmo Feña volvió al ataque en la misma posición pero esta vez le daba estocadas, sacando su pene completamente y enterrándolo hasta el fondo, debe haber estado cerca de 10 minutos más perforando a mi mujer hasta que se detuvo para cambiar de posición fue cuando se salió que Sasha le dice ”que bien!, él se pone al lado y la toma del brazo “¿Quieres que me suba?” le pregunta ella, el movimiento de aprobación de la cabeza de él bastó para que se lo metiera “estoy muy caliente” le dice él mientras ella cabalgaba, parece que me voy a correr, en ese momento ella se detuvo para que no se corriera “quieres en el condón” le pregunta Feña… “puede ser en mi cara” le contesta ella “OK yo solo soy un invitado” le contesta.

En ese lapsus de conversación ya se le habían ido las ganas de correrse pero no las de tirar algo le dice a ella que no entiendo pero luego lo supe “¿Quieres que me de vuelta? Un si ahogado se escuchó, cuando se giro sin sacárselo mi mujer me miró levantándome una ceja aprobando 100% todo lo que Feña le hacía y comenzó a moverse hacia delante y atrás después de unos minutos le pregunta “¿Te quieres correr?” “Siiiiiiii” le responde un agitado Feña “ya Feña” le dice y se baja, ahí fue mi única intervención cuando les pedí que me dejaran enfocar la cámara fija, en lo que me demoré en acomodarla este hijo de puta ya la había tirado de espaldas y tomado de las rodillas de ella la cabalgaba.

“Oye quiero que te vengas en mi cara” ahí estuve a punto de tirar un chorro y correrme, pero quería repasar a mi mujer una vez que Feña acabara. Cuando ya les di el OK de la cámara él se enderezó apoyando su rodilla izquierda en la cama y pasando la pierna derecha por sobre mi mujer metiendo sus dedos en el choro empapado. Por su parte ella acariciaba con su mano izquierda sus pecho y con la derecha la base del pene, con la cabeza hacía todo el movimiento, de pronto sacó la boca y su mano comenzó un movimiento desesperado, de pronto él saca sus dedos apoya la mano en su rodilla levantándose levemente y gritando un aaaaaah, pasaron 2 segundos y vi como el primer chorro de leche saltaba sobre el bello rostro de la que hoy es mi esposa entre la nariz y la boca cayó, el segundo saltó sobre la frente y ojos él quiso que se detuviera pero ella le apartó la mano y sacó su lengua para mostrarle que aún quería más, siguió moviendo…

Fue la mejor decisión ya que vinieron cinco chorros más que le dejaron el rostro empapado y la boca llena de leche cuando no salió más se dedicó a chuparlo como queriendo aun más… lo movía de manera circular sobre sus labios y de pronto con la lengua sacó parte de la leche que no alcanzo a tragar o quizás salió mientras se lo mamaba, dejando su mentón lleno de leche también, luego se recostó de espaldas y pasándose los dedos en los ojos nos dice riéndose…

“¡He quedado ciega! Jajajajaja” le llevó un pañuelo desechable para que se limpie los ojos, pero refriego mi pene en la leche de Feña para que se la trague por completo, me mamó hasta que también me corrí en su cara y boca. Luego hicimos un trío, pero ya se los contaré. Al llegar a casa nos dimos el mejor polvo que podíamos tener y me confesó que nunca se había calentado tanto, quizá por que estaba yo mirándola y además porque Feña era el mejor amante que le había tocado… de eso no cabía duda, tanto así que lo hemos vuelto a hacer 6 veces más con él.

Autor: Castor

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