Como me destrozaron el bizcocho

Yo sentí que me desgarraba y empecé a luchar para sacármela, pero él hábilmente me había metido las manos por debajo de la espalda hasta los hombros y me inmovilizó, esa porra se abría paso en mis entrañas lastimándolas, el ardor se hizo insoportable y aquello no paraba de entrar, me estaba matando, y lo sentía deslizándose centímetro a centímetro estrenando mi vagina.

Este es el relato de mi primera vez.

Esto que les voy a platicar ocurrió cuando tenía yo 19 años pero aun lo recuerdo como si hubiera sido la semana pasada.

Primero dejen que les diga algo de mi, tengo actualmente 47 años y me considero todavía una mujer muy atractiva a pesar de tener algunos kilitos de más, sin exagerar, pero los hombres voltean a mirarme en la calle, mido 1.72 y peso 75 kg. No tengo un busto enorme pero soy talla 36C y mis caderas y nalgas están bien puestas en su lugar y redondeadas sobre unas piernas largas y torneadas. Con todo he recibido propuestas de todo tipo de hombres que se acercan a mí con intención de llevarme a su cama. Estoy casada por segunda vez y tengo varios hijos, sin embargo todavía soy capaz de darle placer a mi amante en turno.

Como les decía, hace ya un tiempo estaba yo estudiando y tuve problemas con mi madre así que decidí irme a vivir con mi novio, no porque yo lo deseara sino porque no tenía donde irme, siendo todavía virgen le dije a él que no deseaba tener sexo, solo necesitaba cariño y comprensión que no tenía en casa.

Él lo aceptó así y me mudé a su casa, los primeros días fueron muy tranquilos, dormíamos en el mismo cuarto pero en camas separadas, pero ya saben los hombres a fin de cuentas solo quieren “eso” y él empezó a acercarse en las noches, se acurrucaba junto a mi, me abrazaba, besaba y decía palabras dulces acariciándome sobre la ropa de dormir, short y camiseta, y yo me excitaba mucho pero no lo dejaba notar, tenía miedo.

Así fueron pasando varias noches hasta que una noche se animó a quitarme la ropa y acariciarme mis pechos con sus manos y fue bajándolas hacia mi palpitante rajita húmeda, yo no quería dejarlo pero estaba tan mojada que me era imposible mantener las piernas juntas, así que metió su lengua ardiente entre mis piernas y lamía lentamente mis labios, separándolos poco a poco pudo sentir la humedad que me salía y continuó chupando mi entradita.

– Que rico que sería estar ahí adentro mi amor y tú también vas a sentir delicioso si me dejas hacerte el amor. – Tengo miedo de que me duela. – dije temblando. – No te preocupes déjame acariciarte y besarte y verás que no habrá problema, estás muy lubricada, te va a encantar. – Pero te lo advierto si me duele, te vas a salir de inmediato – le dije. – Claro que si mi vida – me prometió.

De esa manera lo dejé que me destapara, me sentía cohibida, era la primera vez que alguien me veía desnuda, pero también me provocó más excitación.  Con mucha calma me empezó a besar en la boca con pasión y mis labios le respondieron igualmente, cosa que me sorprendió a mi misma. Me besó por toda la cara, cuando metió su lengua en mis orejas sentí que todo me daba vueltas y las piernas se me aflojaron.

Fue bajando hacia mis tetas, que eran masajeadas por sus manos las cuales dejaron paso a sus labios, besó mis globos rozándolos apenas con su boca y lengua para luego atacar mis pezones, que para ese entonces parecían pitones de toro, de tan duros y paraditos que estaban. Les dio un tratamiento que me pareció una eternidad, chupando, lamiendo, succionando y amasando no solo mis chichitas sino todo mi pecho, era delicioso.
Mientras mis bubis recibían ese tratamiento especial, con una mano me acariciaba la cuevita, tocando los labios, el clítoris y haciendo pequeñas penetraciones a mi vagina con un dedo.

– Que rico – pensaba yo – si así es el principio quiero conocer hasta el final.

A estas altura estaba tan caliente que dejé mi pudor a un lado y empecé a acariciar su verga con las manos, no era muy grande pero para ser al primera que conocía me pareció enorme. Poco a poco se fue dando la vuelta para besar mi conchita y tuve frente a mí al victimario de mi himen. Él intento meterla en mi boca pero me negué, me daba asco, así que la estuve acariciándola y conociendo su forma, sintiendo su rigidez. Él con cariño me explicó como se llama cada parte del pene – así me dijo que se llamaba – en ese entonces yo pensé que era el nombre que el le daba a su palo, no podía pensar otra cosa.

– Hay papito está muy grande, me va a lastimar – le dije. – No, ¿como crees mi amor?, te la voy a meter despacito para que la disfrutes. – Bueno entonces métemela ya! quiero sentirla – le dije con inocencia. – Tus deseos son órdenes mi reina – dijo y se acomodó sobre mi con su garrote apoyado en mi abdomen.

Fue bajando hasta acomodarse justo en la entrada de mi hambrienta garganta sexual y encajó la punta entre mis labios interiores, empezó a empujarla y sentí la húmeda cabecita abriéndome despacito, conforme entraba sentía un calor y picor extraño pero agradable hasta que algo la detuvo de pronto y dejó de deslizarse con suavidad, sentí un empujón profundo y grité un poco ahogada, pero no entraba.

– Si me duele te quitas – le repetí.

Por toda respuesta recibí otro envite que no penetró más, solo empujaba toda mi conchita hacia adentro.

– Ay, ay no sigas que me está doliendo. – Tranquila mi amorcito no pasa nada – dijo él. – Si, ¡no pasa nada! – Contesté – ya me di cuenta que no entra y me duele, ¡así que quítate!

Él se retiró un poco pero sin sacarla del todo y volvió a arremeter.

– Nooo! – grité y lo empujé para un lado.

Cayó sobre la cama y su pene se deslizó fuera de mi coño adolorido haciendo un ruido fuerte al salir. Quedó recostado a mi lado y volvió a acariciarme diciéndome que eso era normal, que muchas mujeres sienten un poco de dolor la primera vez.

– Déjame ver tu cosita, tu himen debe estar muy resistente y no se rompió por eso no pude entrártela toda.

Yo sentía ardor en mi entrepierna pero también sentía una vibración agradable en mi entradita.

– No déjame, estoy toda adolorida, y te lo dije desde el principio. – Pero no me puedes dejar así cariñito, me van a doler las bolas – argumentó. – Me vale madres, ¿crees que a mi no me duele mucho? – Déjame explorarte con mi dedo, veré si puedo romper el himen y ya no te va a doler, de veras – insistió. – Bueno pero déjame descansar un poco, de veras me duele.

Me atrajo y acurrucó entre sus brazos fuertes, me sentí protegida y me abandoné en su regazo.
Pasados uno minutos me volvió a besar y a acariciar la espalda y las nalgas hasta que poco a poco fui respondiendo a sus caricias que eran cada vez más excitantes pues pasaba sus dedos suavemente por mi espalda y la hendidura de mis nalgas hasta tocarme el chochete, jugando con los pelos recortados, de ahí y del culo. Cada vez que rozaba mi ojete sentía yo una descarga eléctrica en mi columna.

Él se dio cuenta como brincaba con el toque de mi agujerito y decidió explorar más. Mojando los dedos en mis jugos, me empezó a sobar cada vez más y luego introdujo un dedo en mi ano. Con eso pegué un reparo, pero no logré liberarme del invasor y él me dijo,

– Calmada, no te muevas que te puedes lastimar. – ¿Qué hiciste, recabrón?- Nada, ¿te dolió? ¿Qué sientes? – Siento algo extraño en mi chiquito, como si me estuviera haciendo del 2. – Tranquila no te estás haciendo, solo te metí un dedo, ¿Cómo lo sientes? – Ay se siente raro, no me gusta, sácalo ¡pero ya! – Espérate dale tiempo a tu cuerpo a asimilar todas las sensaciones nuevas y diferentes que esta recibiendo.

Lo dejé hacer y muy despacio fue moviendo el dedo haciéndolo girar y metiendo y sacando.

– Si se siente muy diferente, pero no quiero, sácamelo.

Lo sacó y continuó con las caricias de mi pepita, entonces se acomodó en medio de mis piernas y empezó a lamerla como desesperado lo que me volvió a excitar. La exploración con sus dedos en mi vagina dio comienzo y me dejé llevar ya que se sentía muy bien. Sentí como llegaron sus dedos a mi telita y al empujarlos era como si estuvieran rebotando en un elástico que poco a poco fue cediendo.

Se subió otra vez sobre mí, amenazando con su instrumento mi bizcocho y de nuevo a penetrarme, la primera parte que ya había sido abierta no fue problema hasta que llegó al himen, que todavía presentaba resistencia. Yo estaba más nerviosa que otra cosa.

– Aguanta un poquito, ya no te va a doler (tanto) – dijo y de un empujón entró otro poco.

Yo sentí que me desgarraba y empecé a luchar para sacármela, pero él hábilmente me había metido las manos por debajo de la espalda hasta los hombros y me inmovilizó. Mi movimiento solo logró que entrara más y el dolor aumentó, sentía yo como esa porra se abría paso en mis entrañas lastimándolas, el ardor se hizo insoportable y aquello no paraba de entrar, me estaba matando, y lo sentía deslizándose centímetro a centímetro estrenando mi vagina. Cuando por fin dejó de penetrar, no se si por que llegó al fondo o por que se acabó la mecha, estaba yo en un llanto. Él me dijo,

– Ya ves ya la tienes toda adentro, fue un poco difícil porque estás muy estrecha.

Yo sentía que mi vagina se contraía de manera violenta con ese intruso metido hasta el fondo lo que provocó que él se viniera en un tremendo orgasmo que me inundó de leche hasta las orejas.
Con el orgasmo él se relajó, lo que yo aproveché para deshacerme del agresor, que salió de mi rapidísimo aventando esperma en mi panza, mis piernas y por toda la cama. Y cosa increíble, al salir mi túnel se contrajo de una forma que me provocó un orgasmo espectacular, vibraba y me revolcaba en la cama con espasmos de placer que duraron casi cinco minutos dejándome totalmente desmadejada.

– Chigas a tu madre, puto – fue lo primero que acerté a decirle cuando me recuperé. – No me digas que no lo disfrutaste – decía riéndose al ver mis contracciones. – Dijiste que me la ibas a sacar si me dolía y al contrario me la aporreaste más – dije llorando. – Ya cosita linda, por lo que pude ver tuviste un orgasmo de campeonato. – Si pero me dolió mucho.

Me abrazó y acariciándome tiernamente me consoló y entre gemidos me quedé dormida un ratito.
Cuando desperté todavía sentía el placer de mi orgasmo lo que mitigó el dolor.

Siento decirles que al día siguiente no podía ni enderezarme y caminaba con mucha dificultad. No quise salir de la casa en dos días, por como me sentía, creía yo que la gente se iba a dar cuenta que me habían cogido por primera vez.

Estaba tan dolida no solo de la puchita sino de mi dignidad que dejé de hablarle varios días. Aun ahora cuando me acuerdo de mi primera vez le miento la madre, pero me mojo los calzones y siento como si me estuviera desflorando de nuevo.

Después en el recuento de los daños pensé que a pesar del dolor había sido espectacular, tanto que desde entonces no he dejado de meterme todas las vergas que se me antojan. Y eso habrá tiempo de contarlo en otra ocasión.

Autora: Marielena

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