Las tribulaciones de Eugenie y Louise I

Hacía ya seis meses que tenía como única educanda a Eugénie, y tres que se había convertido además de profesora de música en su amiga, confidente y amante. Su cuerpo menudo aunque más bien macizo, con grandes pechos y curvas ondulantes era la antítesis del de Eugénie, más alto, liso y espigado, como también lo eran sus caracteres, fogoso y resolutivo el de Eugénie, y delicado, débil y apocado el de Louise. Ambas compartían la pasión por música, y el desprecio a los hombres.

Capítulo I

Notas de introducción

Ha acabado recientemente  de leer la versión integra de la monumental novela de Dumas “El Conde de Montecristo” y todavía estoy impresionado por la extrema complejidad del relato  y su certera disección de la sociedad de su época. He pensado muchas veces en que es una historia a la vez redonda e inacabada. El hecho de que a pesar de tratarse de un folletín no adopte la forma de saga tan habitual en este genero literario, y que la acción se circunscribe a un corto espacio de tiempo  contribuye a esa sensación, y como curioso que soy, yo me he preguntado a menudo por el incierto destino de algunos de los personajes que aparecen en la acción, incluyendo al propio protagonista Edmond Dantés. Quizás sea debido a mis heterodoxas inclinaciones, pero me ha interesado especialmente la aventura de la hija de Danglars y su jovencísima profesora de música, que abandonan el hogar familiar para realizarse como artistas, toda una hazaña para la rígida moral de la época de la Francia postnapoleónica (Fernando VI, los 100.000 hijos de San Luis, y muchos más ejemplos).

Hacerlo siendo mujeres, casi unas adolescentes y con pasaportes falsos era mucho más que eso, era una acción temeraria a la luz de la legislación de la restauración monárquica. Si además eran amantes (muy decorosamente insinuado por Dumas), desde luego podían terminar  muy mal. La novela dice que fueron descubiertas casi por  casualidad al coincidir en la misma posada con el perseguido Andrea Cavalcanti, que irrumpió en su habitación mientras ambas yacían, presumiblemente desnudas (también sugerido por el autor), en la misma cama. A pesar de eso llegaron a su punto de destino, Italia, pero… la pregunta que me hago es: si fueron descubiertas “in fraganti” por los gendarmes  ¿qué les pudo suceder hasta que llegaron allí? Este relato podría perfectamente explicarlo.

No puedo dejar por alto que la inspiración del mismo se debe fundamentalmente a la lectura de la obra del gran Pichard, ilustre pervertido al igual que el autor. El Convento de Sta. Magdalena de la Redención es una invención suya, algo que probablemente existió de verdad aunque quizás con otro nombre y no tan cargado de tintas. El mismo titulo coincide con el de  uno de sus cómics: “Las tribulaciones de Virginia”. Valga pues mi dedicatoria al personaje.

LA CAPTURA

Mientras el criminal Benedetto, alias Andrea Cavalcanti, gracias a la diligencia de un gendarme mirón era conducido por los guardias tras ser detenido en una de las habitaciones de la posada de La Campana y la Botella, una muchedumbre formada por empleados de la fonda, hospedados curiosos y algún que otro guardia escaqueado  permanecía en el lugar de los hechos donde Eugénie Danglars y, Louise D´Armilly, intentaban ocultar sus vergüenzas ante tan distinguido publico que  observaba complacido entre risas y rechiflas a dos jovenzuelas de clase alta yaciendo en el mismo lecho. La cosa no tendría más trascendencia puesto que compartir una cama era algo habitual entre personas del mismo sexo.

Lo que no era tan normal era que la habitación estuviera a nombre de León D´Armilly, joven teniente de espahíes, que viajaba presuntamente con su hermana Louise, ni que los presuntos hermanos, espiados por la cerradura por el probo gendarme, fueran sorprendidos completamente desnudos, es decir, desnudas, y en actitud dudosa, al irrumpir entrando por la ventana tan peligroso sujeto, seguido por las fuerzas del orden alertadas por el voyeur. O sea, que el caballero León, desprovisto del bigote y la barba postizos aparecía transformado en una hermosa adolescente de largos cabellos negros con los que intentaba tapar las partes más intimas de su sudoroso cuerpo al igual que su presunta hermana la muchacha de melena castaña y mirada huidiza.

Eugénie y Louise, ahogadas por la presión familiar y social del estirado París de la Restauración habían decidido escapar a Italia donde unas cartas de recomendación obtenidas de forma subrepticia por un amigo de la familia (El Conde de Montecristo, claro) les abrirían el paso  a la fama. Eugénie, que no había cumplido todavía los 18 años, hija del banquero Barón Danglars, no carecía de condiciones en el arte del bel canto. Tenía una profesora de música, jovencísima para su profesión, Louise D´Armilly, un auténtico talento con el pianoforte. Hija de un laureado pero modesto militar, se veía obligada a aceptar simultanear su carrera dando clases a hijas de buena familia.

Hacía ya seis meses que tenía como única educanda a Eugénie, y tres que se había convertido además de profesora de música en su amiga, confidente y amante. A pesar de tener tres años largos más que su alumna aparentaba ser justo al revés. Su cuerpo menudo aunque más bien macizo, con grandes pechos y curvas ondulantes era la antítesis del de Eugénie, más alto, liso y espigado, como también lo eran sus caracteres, fogoso y resolutivo el de Eugénie, y delicado, débil y apocado el de Louise. Ambas compartían la pasión por música, y el desprecio a los hombres.

Al amanecer abandonaron la posada y, ya vestidas con ropas propias de mujer, tomaron el coche de posta lo más discretamente que las circunstancias les permitieron hacerlo.

Muy cerca de allí, en la gendarmería, el sargento, a la sazón jefe de puesto, interesaba por las dos muchachas al cabo, recién llegado de la fonda, a lo que este, pillado en falta, tuvo que admitir que con todo con todo el ajetreo de la detención del criminal no les había prestado más atención que las que merecían sus desnudos cuerpos. El suboficial informó del hecho al teniente. El oficial montó en cólera:

-¡Imbécil ¿Es que no recuerdas la circular del Procurador pidiendo el máximo rigor con los delitos contra la Moral y la Familia? Dos niñas de buena cuna se escapan de casa y tú las dejas marchar. Arréstalas inmediatamente.

En la siguiente parada de postas Eugénie y Louise son detenidas, con gran sorpresa por su parte, puesto que aunque muy avergonzadas por lo sucedido no son conscientes de que hayan hecho nada contra la ley. La fogosa Eugénie, repuesta del asombro irrumpe en improperios contra los gendarmes, amenazándoles con todos los males cuando su padre venga a recogerlas. Impertérritos, los guardias se llevan a las dos chicas, conducidas a pie, y debiendo arrastrar su propio baúl  de equipaje hasta la gendarmería, bajo la amenaza de dejarlo en medio del camino si no lo llevan ellas. Al llegar Eugenie y Louise son encerradas en una celda. El cansancio no impide que Eugénie de nuevo saque a relucir su indignación por el trato que están recibiendo, amenazando  con represalias cuando las encuentren sus familias.

Agotadas por un esfuerzo al que no están acostumbradas, caen sobre los jergones sin probar la mísera cena, seguras de que este incidente solo acarreara una reprimenda familiar y solo representara un retraso para sus planes.

Pero pasan los días y nadie acude a socorrerlas.

Nada acostumbradas a las privaciones, la inquietud comienza a hacer mella en las muchachas, sobretodo en Louise, mucho más frágil  y pusilánime, que no deja de sollozar pensando que su padre no la perdonará nunca. Eugénie, que sabe de la debilidad de su amada intenta consolarla y convencerla de que  el mal trago que están pasando pronto verá su fin. Lo cree realmente pues pertenece a una clase social que ella considera intocable y no tiene ninguna duda de que sus padres no han acudido en su socorro por culpa de la ineptitud de los gendarmes que las tienen retenidas.

Autor: G.F.A.

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