Fabiana II

Él tomó la iniciativa, la tomó como una muñeca y la puso boca abajo, separó las redondas nalgas y fue penetrando suavemente. Quedaron de costado sobre la cama y comenzó a estimular el clítoris con una mano y los senos con la otra. La hembra vencida, comenzó muy lentamente a disfrutar los estímulos.

Gustavo y Fabiana, dejaron de verse unos meses, debido a que él tuvo que viajar por trabajo. Habían tenido un comienzo muy intenso: él fue su primer hombre y Fabiana sabía que podía hacer cualquier cosa que Gustavo le pidiera.

Durante los meses que no se vieron, Gustavo escribía cartas que encendían el espíritu de la joven, él conocía la pasión de Fabi por la literatura y sabía muy bien como mantener vivo su amor. Ella mantenía el secreto de su aventura, ni siquiera sus amigas más íntimas sospechaban lo sucedido; leía con avidez las cartas de su amor secreto. Sus palabras llegaban a sus fibras más íntimas, en las noches imaginaba que Gustavo estaba a su lado y le susurraba al oído todas las cosas que escribía en sus cartas. Se acostaba desnuda, acariciaba su cuerpo y sólo podía pensar en él y en los momentos que vivieron en el hotel.

Ella a su vez, respondía sus cartas con otras llenas de palabras de amor, ansiedad, deseo, lujuria: “Sólo puedo pensar en el momento de encontrarnos nuevamente, deseo tocarte, tocar tu sexo por el que fui inmensamente feliz. Sólo puedo pensar en tenerte dentro de mí, en que tomes mi cuerpo como tu esclava incondicional del amor. Te necesito mucho, por las noches me despierto sobresaltada, empapada en el deseo que me enloquece”.

Finalmente Gustavo volvió, durante los primeros días sólo se vieron de lejos y hablaron telefónicamente, él tenía que ordenar sus cosas y cumplir con su familia. Cuando pudieron encontrarse a solas (en la casa de Fabiana), se miraron por espacio de unos minutos que a ambos les parecieron una eternidad, pero necesitaban ese espacio para reconocerse y comprobar cómo se deseaban. Casi pudieron poseerse sin siquiera tocarse. Cuando reaccionaron, se abrazaron vigorosamente, se besaron apasionadamente, pero sus deseos incontenibles de tener sexo no iban a cristalizarse esa tarde. Llegó gente a la casa y debieron separarse hasta el otro día.

Al día siguiente, Gustavo la esperaba en la puerta del edificio, ella subió al coche, se hundió en sus brazos. Él arrancó a velocidad y sólo se detuvo cuando llegaron a un hotel en las afueras de la ciudad. Tomaron una habitación por todo el día, Fabiana pensaba en darle placer a su hombre y así se lo hizo saber: “Amor, quiero tocarte, quiero hacerte gozar”. Gustavo miró sorprendido a su mujer, pero no podía negarse, la invitó a bañarse juntos. Se desnudaron en silencio, pero sin dejar de mirarse y se metieron en la ducha. Suavemente ella comenzó a besar el pecho del hombre descendiendo hasta alcanzar su pene. La boca y las manos de la joven trabajaban con destreza, recordando las cartas del hombre que le había relatado sus sueños más eróticos.

No tardó mucho en llegar la erección y el semen brotó desbordando su boca, bañando sus pechos. Fabiana se incorporó y nuevamente se besaron. “Ahora es mi turno de hacerte gozar, no olvides que eres mi esclava. Tu cuerpo tierno es mío. Déjame secar tu piel, darte un masaje que te hará volar”.
Tomó una toalla muy blanca y acarició con ella el cuerpo de la chica, se inclinó, separó sus piernas y frotó el clítoris suavemente, pero fue suficiente para que las piernas dejaran de responder. Fabiana cayó tendida sobre la cama, Gustavo la preparó para el masaje: llevó sus brazos hacia atrás y los ató a la cabecera de la cama, separó sus piernas y también las ató. La respiración de Fabiana era cada vez más agitada, estaba completamente indefensa frente a aquel hombre que observaba el cuerpo de la hembra como un animal en celo.

Trajo del baño unos aceites afrodisíacos, el aroma inundó el ambiente, no dejaba de mirar el sexo húmedo de Fabiana y comenzó sus masajes. Estimuló los pezones hasta que estaban tan duros que dolían, se inclinó a morderlos mientras sus dedos aceitosos masturbaban el sexo y el ano. Entre suspiros y gemidos Fabiana rogaba que la penetrara de una vez, pero Gustavo realmente estaba disfrutando de aquella situación. Se montó sobre la muchacha de manera que la posición le permitía hacerse una paja con sus senos.

“¡Mamita! ¡Te crecieron las tetas, realmente estás hermosa! Me gusta tanto que podamos estar así, alcanzar esta intimidad, este grado de compenetración”. Así le hablaba mientras su cuerpo resbalaba sobre el torso de la chica.

Esta vez eyaculó sobre su cuerpo, utilizando su semen para completar el masaje. “Quiero impregnarte de mi esencia, llevarás mi olor toda la vida”. Quitó las ligaduras, liberó a su amante, quien se abrazó a su cuerpo con desesperación y se desmayó. La jovencita no resistió tanta excitación, él se asustó primero, pero de inmediato la hizo reaccionar. Se acostó a su lado, la acercó a su cuerpo y así descansaron un rato. Gustavo había cumplido 46 años y si bien era un hombre fuerte tampoco estaba preparado para lidiar con una hembrita tan joven y lujuriosa.

Dormitaron, luego se levantaron volvieron a la ducha, estaban exhaustos, ambos deseaban más sexo, pero de pronto tomaron conciencia de que apenas se habían dirigido la palabra. Permanecieron desnudos, se sentaron en una pequeña terraza privada y tomando un refresco hablaron sobre las cosas que habían sucedido mientras estuvieron separados.

-“¿Estuviste con alguien?” -(Lo miró sin entender la pregunta). ¿Qué quieres decir? -No tengas vergüenza de confesarlo, quiero saber si tuviste sexo con alguien. No te estoy pidiendo explicaciones, sólo quiero saber. -Me hiciste mucha falta, no sé si alguna vez podré estar con alguien más. Soñaba con tus caricias, me masturbaba pensando en tu pene dentro de mí.

Se hizo un largo silencio, Gustavo entendió la influencia que podía ejercer sobre aquella mujer que estaba totalmente entregada a él. Sintió miedo al principio, pero conforme la seguía mirando y veía como aquel cuerpo desnudo se dejaba mirar sin inhibiciones, lo fue ganando la idea de ser su hombre para siempre. Se sentía capaz de dejar todo, para hacerla feliz. El día terminaba y ya casi era hora de volver a la realidad. Se vistieron dejaron la habitación, subieron al auto y retornaron a casa.

Fabiana no durmió esa noche, dio vueltas toda la noche pensando en su hombre. Al otro día no se vieron, pero hablaron para planificar otro encuentro. Se encontraron en la casa de Fabiana, sus padres estaban trabajando, ella le dio una llave a Gustavo de manera que no lo escuchó llegar. Él conocía la casa así que fue directo a su habitación, la puerta del baño estaba abierta y la sorprendió semidesnuda tratando de depilarse.

Ella se sobresaltó, la avergonzaba la situación, intentó cubrirse, pero él no se lo permitió.

-“Ah no, nada de pudores conmigo chiquita. Yo soy tu hombre, tú eres mía. Déjame verte, déjame hacerlo por ti”.

Despacito Fabi se descubrió, permaneció sentada, separó las piernas, se echó hacia atrás y Gus comenzó a trabajar. Las mieles no cesaban de fluir de la vagina, la respiración del macho estimulaba su sexo. Cuando terminó el pubis estaba totalmente rasurado. Se fueron directo a la cama, ella se tendió, flexionó las piernas, él se arrodilló a sus pies y hundió la cabeza entre sus piernas, su lengua comenzó a trabajar a gustó y llegó el primer orgasmo. Penetró el ano con su dedo, mordió levemente el clítoris y los labios vaginales y llegó el segundo orgasmo.

Se incorporó, su pene estaba más erguido que nunca, comenzó a rozar el sexo de la mujer y sin mucho trámite la penetró duramente. Fabiana aún era muy estrecha de manera que lanzó un grito impresionante. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y esto estimuló más al macho que continuó con arremetidas feroces. Esta vez su semen se derramó en el interior de la vagina, cuando se retiró el cuerpo de Fabiana se arrolló de costado. Estaba dolorida y asustada, siempre se habían cuidado de eyacular fuera de la vagina. Gustavo estaba muy excitado y no reparó demasiado en los sentimientos de su compañera.

-“Mi putita, ponte de espaldas que quiero entrarte por el culo. Ese culo que me enloquece y con el que sueño desde la primera vez que te cogí”.

Fabi no se movía de manera que él tomó la iniciativa, la tomó como una muñeca y la puso boca abajo, separó las redondas nalgas y fue penetrando suavemente. Esta vez la muchacha gritó con más fuerza, pero él giró los cuerpos, quedaron de costado sobre la cama y comenzó a estimular el clítoris con una mano y los senos con la otra. La hembra vencida, comenzó muy lentamente a disfrutar los estímulos. Cuando el macho se calmó, se separó del cuerpo de la mujer y se fue a su casa dejándola agotada y sola.

Esa había sido una tarde de placer animal, no hubo lugar para los sentimientos. Ambos gozaron como animales, aún en el dolor.

Autora: Amandaz

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Fabiana

Su pene erguido fue enfundado en un condón y comenzó una danza con el clítoris, lo rozaba, lo presionaba hasta que se colocó a las puertas del placer tan ansiado. Sus cuerpos quedaron pegados, sus ojos se enfrentaron, la muchacha casi no sintió dolor y cuando Gustavo la besó comenzó a sentir el movimiento del pene, que permaneció un largo rato dentro de su cuerpo.

Fabiana era una joven de 18 años, estudiante. En el colegio al cual asistía hubo un concurso para escritores. La propuesta la sedujo, ya que como a muchos jóvenes, le gustaba escribir. Para Fabiana era más fácil expresar sus sentimientos por escrito, en la tranquilidad de su habitación frente a unas hojas papel, lápiz en mano podía gritar, enojarse, declarar su amor, besar, y acariciar con total libertad. En sus páginas era libre, no había censuras, ni reprimendas. Fabi estaba en esa etapa difícil, dejando de ser niña y convirtiéndose en mujer y en estas épocas son muchas y muy diversas las influencias del medio.

Sus escritos eran muy variados, según como fueran transcurriendo sus días, a veces eran poemas, otras veces eran relatos cómicos, románticos y hasta eróticos. Le gustaba un compañero de clase, pero él era novio de otra compañera. Un día llegó un nuevo profesor y todas las chicas se enamoraron irremediablemente de él. El profesor era una persona muy seria y trató por todos los medios de mantener la distancia. Esta actitud decepcionó mucho a Fabiana, quien escribió muchas líneas acerca de la tristeza que le produjo la indiferencia del docente.

Lo que la chica no había notado era que otra persona fuera del colegio, la miraba con los ojos de un hombre apasionado. Un vecino del edificio, amigo de sus padres, un hombre casado y cuyos hijos eran amigos de los hermanos de Fabiana. Gustavo tenía 45 años, era amable y compinche con los jóvenes, con él, los chicos hablaban de mujeres, con él tuvieron sus primeras conversaciones de sexo. A Gustavo le gustaba Fabiana, y durante muchos meses trató de reprimir sus deseos; pero el cuerpito de Fabiana era una invitación al gozo.

La muchacha era alta, delgada, de cabello negro y largo. Fabiana era virgen, una hermosa virgen. Gustavo comenzó a acercarse a la chica, buscaba conversar sobre el colegio, los amigos, las fiestas. Le prestaba atención, escuchaba sus problemas. Al igual que frente a sus escritos, Fabiana se sentía cómoda y libre hablando con este hombre. Un día le confesó que escribía historias y poemas, Gustavo quiso leerlos y cuando ella se los entregó sintió que le estaba ofreciendo su vida, sus más íntimos secretos.

Ella estaba cada vez más unida a Gustavo y él ya no resistía la tentación de tomar esa vida en sus manos. Entre los relatos había algunos que revelaban la inocencia de Fabiana y sus deseos de sentirse amada. Él aprovechó esto para hablar de sexo con la muchacha:

-Me gustaron tus relatos, particularmente el de tu romance con Andrés. ¿Es tu novio?-No, pero me gustaba mucho. Nunca tuvimos nada.- Quisiera hacerte una pregunta íntima, ¿puedo?-Si. -¿Alguna vez tuviste sexo con un chico? – (Totalmente colorada de vergüenza). No, soy virgen -Está bien, no tienes que sentir vergüenza, es bueno que podamos hablar de esto. Es sólo que tus relatos me hicieron pensar que ya tenías experiencia. Entonces, ¿lo que sucede es que tienes deseos de tener sexo? -(Casi no podía hablar, pero quería demostrar que era una persona madura de manera que se sobre puso y continuó la conversación). En realidad siento mucha curiosidad. Tengo sensaciones extrañas al imaginarme esas situaciones, mi cuerpo se excita, me duelen los pechos.

Gustavo intentó convencerla de que descubrir su sexualidad, la ayudaría a escribir mejor y desde luego cambiaría su vida para siempre. Después de varias conversaciones de este tipo, y de conseguir que la muchacha se dejara besar, ella accedió a tener intimidad con el padre de sus amigos. Él la citó un día en una plaza y la llevó a un hotel. Cuando entraron a la habitación Fabiana sintió deseo de salir corriendo, pero no pudo, estaba asustada y excitada a la vez.

Aunque ni siquiera se había puesto a pensar si aquel hombre le gustaba o no, tenía mucha curiosidad, tenía mucho por aprender y le tenía confianza, él iba a ser el hombre que la iniciara en el arte de amar. Gustavo se acercó, la besó intensamente, introdujo su lengua en la boca de Fabi, de inmediato una corriente eléctrica corrió por la espalda de la chica. Se desnudó primero y giró frente a la chica para que ella lo observara con detenimiento. Ella se acercó lo acarició y llevó sus manos a los genitales, los sostuvo por un momento y la erección no se hizo esperar. El pene duro de Gustavo rozaba su vientre.

Él comenzó a respirar agitadamente y le dijo:

-Mi pene te va a desvirgar rico, mi amor. Me vas a sentir en tu interior y vas a pedirme que derrame mi leche en ti. -Enséñame más fue todo lo que pudo decir.

De inmediato Gustavo comenzó a desnudarla. Le quitó toda la ropa y la acostó como a una muñeca sobre la cama. Ella no se movía, él acarició sus pechos pequeños de pezones erguidos, se inclinó sobre ellos para mamarlos. Le pidió que aflojara las piernas para poder tocar su sexo. Las piernas de la muchacha cedieron y los dedos del hombre sintieron la humedad del flujo vaginal. Comenzó a masturbarla y Fabiana comenzó a gemir. Tuvo su primer orgasmo y cuando pudo aflojar el cuerpo se levantó de la cama de un salto. Gustavo tuvo que detenerla para evitar que saliera de la habitación desnuda. La abrazó fuerte contra su cuerpo.

-No te asustes, tienes que dejarte llevar. Tuviste tu primer orgasmo y eso me hace feliz. Tú eres una hembra y yo seré tu primer macho.-¡Quiero irme, déjame salir!

Era claro que no iba a perder su oportunidad, de manera que la llevó al baño, la ayudó a ponerse una bata, refrescó su rostro y volvieron a sentarse a los pies de la cama. Sin soltarla, le habló del amor, el deseo, de lo hermosa que era y cuánto la deseaba mientras que acariciaba su pelo y besaba su mejilla. Fabiana cedió y se recostó nuevamente, él abrió su bata posó su mano sobre el monte de Venus y le dijo que quería depilarla. Ella ya no podía pensar con claridad y lo dejó trabajar. Atrajo su cuerpo hasta el filo de la cama, separó sus piernas, enjabonó el vello púbico y comenzó a afeitarla. Cuando terminó su trabajo, apenas había un hilo de vello. Fueron al baño nuevamente para terminar de higienizarla y al sentir los dedos de su compañero y el agua tibia jugando con su sexo tuvo otro orgasmo.

Fabiana no podía decir una palabra, sólo gemía de placer ante los estímulos recibidos. Salieron del baño, Gustavo la hizo sentarse en el piso frente a un espejo, las piernas abiertas y flexionadas, la muchacha podía ver como su sexo estaba enrojecido y húmedo, el flujo vaginal brotaba generosamente. El estaba sentado a sus espaldas y sobaba sus tetas favoreciendo así el fluir de sus licores. Lentamente la acostó en el piso sobre unas toallas, puso una almohada bajo sus caderas, de manera que el sexo de Fabiana quedó levemente levantado, su respiración comenzó a agitarse nuevamente, ¡el momento había llegado!

El hombre hundió su cabeza entre las piernas de la joven, comenzó a lamer y chupar su clítoris, sus labios y la entrada de su vagina. Ella no dejaba de gemir y de moverse. Él se levantó y comenzó a presionar la entrada a su vagina con su dedo mayor.

-¡Tranquila nena, tranquila! Respira profundo, quédate flojita. Esto no te desvirgará, pero facilitará las cosas. ¡Ay mi nena linda, estás tan estrecha, como te voy a gozar! -¡Ya por favor! Me duele, me duele. -¡Tranquila nena, tranquila! Déjate hacer y te prometo que después de hoy, querrás coger todos los días.

Fabiana aflojó sus músculos y el dedo del hombre venció la resistencia. Entró, salió, hurgó y presionó sin romper el himen. Luego de esto, su pene erguido fue enfundado en un condón y comenzó una danza con el clítoris: lo rozaba, lo presionaba hasta que se colocó a las puertas del placer tan ansiado. Gustavo sujetó las caderas de la chica y la atrajo hacia sí. Sus cuerpos quedaron pegados, sus ojos se enfrentaron, la muchacha casi no sintió dolor y cuando Gustavo la besó comenzó a sentir el movimiento del pene, que permaneció un largo rato dentro de su cuerpo.

En las toallas quedó un pequeño rastro de lo sucedido, pero en el delgado cuerpo de la muchacha las huellas serían imborrables. Permanecieron en el suelo un rato más, Fabi no reaccionaba, estaba boca arriba con las piernas abiertas y los brazos a los costados, Gustavo estaba a su lado con una mano sobre su seno. Después de una hora, él la ayudó a recomponerse, se ducharon juntos, se vistieron y cada uno volvió a su casa. Esa noche hablaron por teléfono en secreto y al otro día él fue a buscarla al colegio. En el auto él le pidió que lo dejara tocarla, ella se recostó en el asiento, separó sus piernas y la mano de él se perdió bajo su uniforme.

Volvieron al hotel, esta vez casi no se hablaron, Gustavo la desnudó y sin más la penetró con fuerza, mamó sus pechos. Cuando terminó, ella comenzó a acariciar sus genitales, los testículos se hincharon de placer, y él llevó la cabeza de la muchacha hasta su pene. Ella entendió el pedido y torpemente comenzó a mamarlo. Gustavo la hizo retirarse antes de eyacular. Esa tarde Gustavo hizo que Fabiana perdiera todas sus inhibiciones, la vergüenza, la timidez ya no tenían cabida en esa relación. A partir de ese día cada vez que tenían una oportunidad, se encontraban, se tocaban, besaban.

Autora: Amandaz

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