Ojiazul

Pude verlo, con la cara sonrojada mantenía la boca sellada, no se permitía gritar o gemir, inicié un rítmico vaivén, mandé mi mano a su pinga para pajearlo, estuvimos así un buen tiempo, ya sudados dimos nuestras últimas agitaciones, él se vino primero dando fuertes chorros de esperma manchando el piso, y sufriendo sus contracciones anales terminé yo también llenando el látex que traía puesto.

Soy Xavier, una vez más. En el último relato que escribí me salteé, ya que los relatos que envío tratan de mi adolescencia hasta mi vida actual, pero lo hice porque la fecha (13 agosto) concordaba, pero ahora sigo con la progresiva línea de mi vida:

No me pregunten que hace un argentino de clase media aquí, en Perú. Que no les engañe su manera casi amanerada de ser, eso solo es por el excesivo engreimiento de sus padres. Aquel muchacho a quien describo fue mi primer gran amor. Tengo que decir que se diferenciar muy bien el amor de las fantasías, atracción física, necesidad, patologías de cualquier tipo, sobreestimación, o puro sexo. Por lo que Facundo merece un digno relato.

Su familia emigró de alguna parte de Argentina, quizás para multiplicar su dinero en la fértil ciudad de Lima, se mudó a tan solo dos casas al frente de la mía, en una zona de, como a mí me gusta llamarlos, los “Altos Barrios”.

Por lo que mi familia simpatizó con la suya, nosotros también nos hicimos amigos, pero he de decir que desde un comienzo había algo más que amistad. Un compromiso exagerado, era como el hermano que nunca tuve, andábamos juntos y cada vez más “cercanos”. No sé como explicarles las ocasiones en que parecía que por fin iba a dar un paso más allá, pero solo eso, “parecía”. No puedo decir que era mi mejor amigo, y que andaba pendiente de él, pero ambos sabíamos que éramos algo más y que debíamos a toda costa concretar carnalmente ese idilio espiritual.

Fue fácil, sus padres viajaban de Argentina a Perú constantemente, y como Facundo ya había empezado a estudiar su último año del colegio, se quedó. Como era normal nuestra convivencia, avisé a mis padres que esa noche dormiría en su casa a lo que no pusieron objeción.

Ya hacía un buen rato que estaba en su dormitorio. Como siempre que nos quedábamos solos, nos poníamos más a gusto, con mayor confianza, nos tocábamos la cara, nos abrazábamos, la mano rodeando la cintura, todo en confianza (exagerada).

Nos dejamos de huevadas, y él comenzó a hablar: ¿Crees que es malo lo que hacemos? –Claro que no, malo sería vestir de mujer, o peor aun creerse mujer- le dije. -O sea los travestís- continuó. Los travestís son una mierda, qué se decidan, o se castran o se vuelven hombres- hablé. Los gays no son afeminados ¿verdad?- me preguntó. No, no tendría por qué ser, si hay un afeminado que vaya al psiquiatra- le respondí.

Esperó un momento largo y me hizo la siguiente pregunta: ¿Tú ya lo has hecho?- interrogó. Miré hacia sus profundos ojos azules y supe a que se refería: Sí- contesté. ¿Y qué se siente?- con tono de curiosidad. Se siente… bien- dije con una sonrisa. Cuando terminé de reír, él acercó demasiado su cara a la mía y casi rozándonos los labios, me dijo: Pues, haceme sentir como es.

Me pegó sus labios delgados y delineados y nos besamos. Lo tumbé en la cama, él me rodeó la cintura con sus piernas mientras con apuro me sacaba el polo. Pero no había apuro, se lo hice saber disminuyendo la intensidad del frenético beso que me estaba propinando, tocándolo con lentitud cada parte de su cuerpo, como siempre el roce de los cuerpos me resulta muy excitante, explorando cada parte como si quisiera grabarme todos los rasgos de su piel. Facundo es de mi misma estatura, solo que su babyface lo ayudaba a parecerse menor; en cambio yo aparento tener más edad de la que tengo (eso pasa por andar enojado, eso envejece).

Beso tras beso, caricia tras caricia, ya nos encontrábamos sin ropa. Yo estaba echado en la cama, él empezó a descender por mi pecho, mi delgada línea (en ese entonces) de vellos hacia mi ombligo y más abajo. Su pequeña lengua puntiaguda había llegado a mi pubis, ahí se detuvo. Su mano agarró mi pinga, e hizo lo que, creo, todos en su primera vez hace, los sujeta, siente su contextura, su forma, su olor, retrae el prepucio, toma su tiempo antes de llevarlo a su boca, tal vez demasiado, se decide y comienza a mamar.

El morbo (como siempre) de verlo allí, acomodado entre mis piernas, chupando, experimentando una cosa totalmente nueva, más allá de excitarme y sentirme orgulloso de ser el primero, me hace reflexionar y me llena de satisfacción. Nadie me podrá contradecir al decir que hay personas que desde muy pequeños ya se saben homosexuales y lo peor es que se note, esa “primera vez” es crucial, de ahí sabremos si esa persona tiene o no un trauma emocional, o si se volverá sádico o masoquista. O, peor aun, si cree que la sexualidad es libre y puede tener sexo con el primero que se le cruce, o que nunca tendrá sida,… y ya no sigo porque va a ser muy extenso. El hecho es que conmigo su primera vez esta asegurada, trato dócil, sin traumas, cae bien la frase: “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti” (no tuve problemas con ninguno de mis “desvirgados”, al menos yo no fui su problema).

Creer que haces bien algo que la ética y la moral de cualquier persona común rechazaría no es más falso que una persona que hace el mal y lo sabe y lo defiende. La Utopía gay está tan lejos que ya dejé de creer en la paz, lo que hacía antes era cultivar en los gays un deber de responsabilidad, de lucha, de valentía, creo que, solo pude hacer poco, parece que prefieren vivir en el submundo. A esto último, lo llamo “El Bien Mayor y El Mal Menor”.

Seguramente en estos momentos (en la que he estado pensando lo del párrafo anterior) ya me había acomodado para hacer un 69, su pene era más pequeño que el mío, en grosor y en longitud, pero era una delicia de sabor único, me la metía entera y la llenaba de saliva, seguía con sus bolas chiquitas sin pelos, ese era su punto erógeno. Yo, echado como estaba miraba a plenitud, arriba de mi, su culo albino y su rosado ano, cubierto por apenas de unos escasos vellos rubios. Ensalivé un dedo y lo llevé apretando suavemente la línea del perineo, estimulé su orto, que al sentirlo se contrajo, en uno de esos metí lentamente el dedo, dio un suspiro de agrado y luego ya estaba moviendo la pelvis al compás de las penetraciones que le daba mis dedos. Alternaba el índice por el medio, después dos y tres dedos… hasta que me pidió que lo haga mío (imposible negarme).

Me puse un profiláctico que traía en mis jeans (creo que ya les dije, siempre llevo un condón en el bolsillo trasero), me unté un poco de crema humectante que había, también lo hice en su culo. Él en cuatro y yo parado atrás, con paciencia, como debía de ser, fui lentamente pulsando su entrada, trataba de meter primero un poco del glande, aflojó, luego otro poco, hasta que todo el glande ya estaba adentro. Pude verlo, con la cara sonrojada mantenía la boca sellada, no se permitía gritar o gemir. En breve, inicié un rítmico vaivén, mandé mi mano derecha a su pinga para pajearlo mientras incrementaba mis movimientos pélvicos. Estuvimos así un buen tiempo, ya sudados y agotados dimos nuestras últimas agitaciones, él se vino primero dando fuertes chorros de esperma manchando el piso, y sufriendo sus contracciones anales terminé yo también llenando el látex que traía puesto.

Nos tiramos a la cama a descansar, conversando como lo habíamos hecho al comienzo, un dialogo profundo pero extraño. Conversamos de más cosas relacionadas a la sexualidad, de él, de mí. En eso estábamos cuando Facundo se sube a mí y me pregunta: ¿Querés ser mi pareja? Me sorprendió pero era lo que también quería. Vi sus cabellos rubios oxigenados, sus ojos azules, que a la luz parecían celestes y en la oscuridad parecían azul marino, su nariz ñata, su rostro perfilado, y sobretodo esos expresivos ojos profundos. No pude negarme le di el Sí.

Facundo fue, con todo lo que implica, mi primer novio. Al estar tan cerca el sexo era casi diario, la pasábamos bien, me encantó su pelo rubio, en ese tiempo tuvimos un nivel de confianza mutua, respeto, fidelidad y todo lo que en una relación “normal” hay. Lamentablemente sus padres se mudaron a una casa en un lugar de status más alta, mantuvimos la comunicación pero ya se había roto la convivencia diaria que teníamos. No está bien decirlo, no solo porque el término está muy usado, pero se puede decir que “se nos acabó el amor de tanto usarlo”, tonto ¿no?

Autor: Xavier

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