Mi Jefe jamás me dejará ponerme braguitas (IV)

Abrí la puerta y allí estaba Roberto, mi Jefe. Llevaba una camisa blanca de La Martina, con un botón de más desabrochado. Se le veía una cadenita de oro muy fina alrededor de su cuello robusto. Su piel de color chocolate brillaba. Los pantalones vaqueros rotos eran ajustados, marcando unos muslos hercúleos y un paquete prominente en su entrepierna. El cinturón de Dolce & Gabanna era de lo más chic. Y olía a, mmm, a hombre moderno y sexy, una auténtica fragancia “bajabragas”. Bueno, yo ya no me las podía bajar, porque no las llevaba puestas, pero creo que se me hubieran caído solas hasta los tobillos con nada más oler a aquel tío.

-¿Puedo entrar, preciosa?

-Sí, señor. Claro.

El pasó adelante con un aire de perdonavidas que me enloquecía, me tenía borracha de deseo.

-¿Éste… es tu marido? -me preguntó sonriendo.

-¿Sí? ¿Le gusta cómo lo he vestido para usted?

Mi Jefe sonrió, negando con la cabeza incrédulo…

-Sí, no está mal, vaya, vaya. Hola, encantado de conocerle o conocerla…

Roberto pellizcó a mi marido en la mejilla con una prepotencia, una chulería insultante. Yo me tuve que cruzar de piernas al ver cómo mi marido bajó la mirada, vencido. To aquello me tenía el chochito calado hasta el fondo.

Luego cerró la puerta con el talón y me cogió por la cintura. Me atrajo hacia él y me clavó fijamente sus ojos verdes.

-¿Eres mía?

-Sí. -suspiré.

-Díselo -me pidió Roberto mientras me cogía de la barbilla, dirigiendo mi cabeza hacia donde estaba mi marido.

-Soy suya. -le dije a Carlos, con los párpados caídos de lujuria.

Carlos desvió la mirada y suspiró.

Mi Jefe volvió a dirigir mi cabeza hacia él y me empezó a acariciar los labios con sus dedos.

-¿Estás deseando saber lo que es follar conmigo?

-Oh, sí.

Me besó dulcemente, luego me siguió acariciando con sus dedos, me metió uno en la boca y yo le sujeté la mano para chupárselo bien. (Dios mío, su dedo era más grande que el pene de mi marido, no sé, al menos me dió la impresión). Él apartó el dedo y se acercó, me besó con lengua, larga y profundamente. Notaba su respiración, su gran lengua batíendose con la mía. Yo le mordía el labio, tan gordo, tan carnoso (como lo suelen tener los sementales de raza negra) y él mientras tanto manoseándome el culo cómo le venía en gana. Besaba de lujo, lo hacía de locura, desde luego. Yo desviaba la mirada esporádicamente para ver cómo reaccionaba Carlos. Allí estaba, con su vestido de lolita, sus medias de corazones, con esa peluca tan femenina de flequillo y ese maquillaje tan logrado. Humillado y viendo cómo me daba el lote con mi Jefe.

-¿Te gusta verme con él? -le pregunté, mirándolo de reojo mientras rozaba los pectorales de mi Jefe por encima de la camisa.

-Sí. -dijo Carlos con un hilo de voz.

Eso nos calentó aún más.

Roberto me empezó a lamer los labios con su lengua, y yo le correspondí con la mía. Gemíamos desesperados. Nos estuvimos un buen rato comiéndonos las bocas como animales calientes hasta que él me apartó tirándome de los pelos.

-Ufff, cómo me pone la perra de tu mujer. -le dijo mi Jefe a Carlos, mientras me zarandeaba por los pelos.

Yo sentía mis rodillas flaquear. Deseaba ser follada de una vez por todas por aquel macho, pero algo me decía que debíamos postergar algo más el momento, para incrementar la pulsión erótica a lo máximo. Así que nos dirigimos a la mesa del comedor que estaba preparada con velas y nuestra mejor vajilla. Nos sentamos uno al lado del otro. Mi minivestido negro con transparencias era demasiado corto, y mostraba inevitablemente la costura de las medias por encima del muslo. Mi Jefe me miraba las piernas.

-Te las has puesto negras. Me encantan.

-Gracias. Ya sabe que intento estar lo más guapa posible para usted. Brindemos.

Tomamos las copas de vino y brindamos.

-Por una noche inolvidable. -dijo él.

Yo suspiré y choqué el cristal contra el suyo. Mi marido llegaba con la comida. Había preparado unas tostas con caviar de primero. Luego unos solomillos a la miel con espárragos verdes y para finalizar fresas con chocolate y champán. Mientras saboreábamos la cena, nos estuvimos abrasando con las miradas hasta consumirnos por el fuego, riéndonos de cómo iba vestido mi marido, besándonos con lengua, toqueteándonos. Tras el postre, Roberto me acarició la mejilla.

-Vamos al dormitorio bonita, que te voy a pagar. -me dijo Roberto en un susurro y yo me quedé boquiabierta de la emoción.

-Cariño, -le dije a mi marido- ha llegado el momento…

Me levanté de la silla con miles de mariposas en mi estómago. De pronto, mi Jefe le enseñó a mi marido la mancha húmeda que había dejado sobre el asiento de cuero.

-Mira, ¿ves? Esto es lo que provoca un hombre de verdad en tu mujer.

-¿Ves cariño? -seguí explicándole a mi marido- Así me pone de mojada…

-Yo nunca te he puesto así. -admitió Carlos.

Mi Jeje y yo nos reímos.

-¡Qué mono! -le dije a Carlos mirándolo a los ojos. Le hice señales con el dedo para que nos siguiera al dormitorio -Anda ven con nosotros, cari. Que vas a verme esculpir su polla con la lengua.

Carlos cerró los ojos. Creo que por una mezcla extraña de sentimientos encontrados. Había dolor, humillación y mucha excitación en su expresión.

De pronto, Roberto me cogió en volandas y me subió sobre uno de sus fuertes hombros como si fuera un leñador transportando su hacha. Yo lancé un gritito de sorpresa al verme de pronto bocabajo, con el culo en pompa, intentando mantener el equilibrio y no marearme. Me sentí de pronto tan frágil en su poder, como una muñeca indefensa en manos de un animal vigoroso. Vi de reojo a mi marido, con aquel aspecto tan delicado, tan canijo, sin poder hacer nada por defender su honor, viendo impotente cómo se llevaban a su mujer al dormitorio… Aquella visión hizo que mi apetito venéreo por ser devastada como una puta barata por mi Jefe llegara a convertirse en pura bulimia.

-Me va a follar, cariño. ¿Ves? Un negro se va a follar a tu mujercita. ¿No vas a hacer nada para evitarlo? -le dije a mi marido levantando la cabeza para verlo bien -¿No eres suficientemente hombre como para defender lo que se supone que es tuyo?

Me reí al ver su cara de asustado.

Llegamos al dormitorio y Roberto me tiró sobre la cama. Caí de lado y me quedé quieta. Él se empezó a quitar la camisa. Dios, no lo había visto aún con el torso desnudo… Tenía un cuerpo e-s-c-u-l-t-u-r-a-l. Sus músculos eran duros y grandes. Pectorales más grandes que mi culito, bíceps como globos, con una vena gorda encumbrándolos, y unos abdominales super marcados, con la V de las ingles perfectamente definidas. Estaba super vasodilatado. Venas por todos lados, antebrazos, hombros… Ufff. Tenía varios tatuajes, pero el que más me calentó fue una frase con letras preciosas que tenía sobre su pecho formando un arco: “Un hombre de verdad no pide permiso”. Uhh, vaya, desde luego que no…

-Ven aquí, empleada…

-¿Empleada? Eso todavía no me lo habías llamado.

Me di cuenta que empecé a tutearlo por primera vez. De alguna forma estaba a punto de caer una barrera definitiva entre ambos y me gustaba más hablarle de tú.

Me acerqué mirando otra vez a mi marido. Me puse delante de mi Jefe que estaba solo con unos calzonzillos de Calvin Klein negros marcando un paquetón irresistible.

-¿Estás preparado para ver una polla de verdad, cielo? -le pregunté a Carlos y le bajé los calzoncillos a mi Jefe.

-Wow… -dijo Carlos, ensimismado al ver aquel miembro desproporcionado tensarse ante mi cara.

Mi Jefe se rió ante la reacción de mi marido.

-¿Impresionado? -le preguntó sonriendo.

Mi marido se limitó a asentir tímidamente.

Yo saqué la lengua y empecé a lamerle la polla lentamente, con la mirada clavada en Carlos. Él no apartaba los ojos, observaba con dolor y deseo cómo me comía aquella polla.

-Oh Dios santo, amor, míralo, ¿ves cómo no te mentía? Tiene un pollón increíble…

-Sí, es verdad. -dijo bajando la cabeza avergonzado.

Yo mientras tanto me dispuse a besarle y a lamerle los huevos a Roberto, esos enormes testículos de toro negro.

-Oh, joder, es una polla tan grande y rica. ¿¡Por qué tienes que estar tan bueno, joder!? -le dije desquiciada a mi Jefe.

-Tranquila, relájate que estás muy salida, nena. -me aconsejó con un tono grave, varonil, mientras me golpeaba la cara con la polla. Diossss, cómo me gustaba que lo hiciera.

-Sí, pégame con ella, pégame como a una zorra, por favor.

-Ven, acércate a tu mujer, cornudo. -le dijo Roberto a mi marido. Y éste se acercó tímidamente.-Más cerca, ponte de rodillas a su lado y pega tu cara a la de ella. Así.

Carlos puso su mejilla al lado de la mía, mientras yo iniciaba una mamada desenfrenada, aspirando, succionando tanta carne como podía abarcar.

-Así, cómetela bien, puta. Ahora besa a tu marido, vamos.

Interrumpí un momento la mamada, aparté la boca (algunos hilitos de presemen seguía uniendo mis labios a su polla), y besé a Carlos.

-Con lengua, puta, métele la lengua en la boca. Uhmmm, síii. Parecéis dos putas lesbianas, me encanta.

Estuve agitando mi lengua en la boca de mi marido hasta que mi Jefe me ordenó de nuevo que le siguiera chupando. Estaba hiperventilando de la excitación. Besar a Carlos con todo el sabor de su miembro en la boca me hizo temblar de cachondez.

-Mm ncanda chumpatela, mmm, tn gwande, mmmm.

-No hables con la boca llena, zorra. Es de mala educación. -me advirtió Roberto dándome una bofetada hueca.

-Perdón. -le dije con mirada suplicante.

-No le pegues. -dijo mi marido de pronto y yo, alucinada por su osadía, le di un tortazo en la cara que sonó bien fuerte: -¡Cállate, imbécil! ¡Él puede hacer lo que le dé la gana conmigo y tú a callar!

-Vale, vale. Perdona.

-¡Ahora se la vas a chupar tú! -le grité enojada.

-No, por favor. -me rogó Carlos.

-Le vas a pedir perdón por cuestionarle chupándole su polla. Antes de que viniera me dijiste que te encantaría mamársela para descubrir por tí mismo por qué estoy tan locamente perdida por él. ¿No es así, amorcito? ¡¿DIME?!

-Yo no he… -musitó mi marido con la cabeza baja.

-¡¿CÓMO?! -le grité y le pegué otra vez en la cara.

-¡Sí, sí, lo dije!

-Pues venga, vamos. -Cogí a Carlos por el cuello y lo acerqué a la polla de mi Jefe.

-Dile que puede hacer conmigo lo que quiera. ¡Díselo!

-Puede hacer con ella lo que quieras.

-Muy bien, ahora abre la boca.

Al principio se resistió un poco, pero finalmente desistió y se metió el enorme glande esponjoso en la boca. No le cabía mucho, tenía la boca pequeña, más que la mía, pero chupaba y succionaba lo que mejor que sabía.

-Jo, jo, mira que putita tenemos aquí. Con qué ganitas traga la zorra. Ja, ja, ja, ja. -se burlaba Roberto, mientras yo le empujaba la cabeza a Carlos por detrás.

-Uhhh, cielo, qué mariconazo eres. Mírate, cornudo y maricón. Vaya maridito que tengo. Venga, lámele los huevos a mi Jefe. ¡VAMOS!

Le dí una colleja y la peluca se le cayó hacia delante. No sé por qué pero estaba más mono así, con el flequillo hasta la nariz, agitando la lengua como una loca alrededor de los majestuosos testículos del semental. La verdad es que aquella imagen me puso tan cachonda que me empezó a caer gotitas de mi chochito, de lo mojado que lo tenía, Diosss.

-Ya está, déjalo ya que te vas a enviciar, maricón. -le dije y le aparté -Me vas a poner celosa y todo.

Roberto aprovechó el momento y me empujó hacia la cama. Yo lo miré algo asustada por lo cerca que estaba el momento de sentirlo dentro de mí. Mi Jefe se inclinó y me besó con dulzura. Su irresistible perfume lo envolvía todo. Abajo noté su glande rozar mis labios, luego introducirse un poco… Yo abrí mis piernas todo lo que pude, receptiva, dispuesta a encajar el asalto de su robusta verga. Entonces se deslizó entera. Sus 24 centímetros lubricados arruinaron por fin mi ansioso coño. Lancé un chillido de gozo. Los vaivenes incrementaron el placer. Roberto movía las caderas con una cadencia suave, rítmica, para amoldarme a su gran tamaño. Luego fue incrementando la velocidad, dejando que sus huevos me golpearan las nalgas en cada hostigamiento. Yo tiritaba de placer, nunca me había sentida tan llena, tan atestada, tan ocupada por dentro, con el chochito tan gastado. Estaba siendo bien empleada… joderrrr. Los latiguillos eléctricos me empezaron a recorrer las piernas. El placer vaginal que sentía era enfermizo, como cuando te rascas una picadura grande de mosquito, un requisito imperioso de macho semental resarcido cada vez que su pollazo entraba hasta el fondo, pero que cuando salía necesitaba más y más para calmar mi dolorcito. Aquella satisfacción me generaba más necesidad de ser follada por él y eso sólo desembocaba en más excitación. Jamás pensé que el tamaño del miembro iba a ser tan determinante para alcanzar ese estado de ardor tan inconcebible. Pero con mi marido no llegué jamás a eso, ni de lejos. Era más bien un trámite, una descarga insignificante. Esto era distinto, oh Dios. Era maravilloso.  Sus ojos verdes se clavaron en los míos. Veía su cadenita de oro balancearse, sus pectorales, los bíceps, los tatuajes, los músculos, su piel de chocolate, venas y más venas, la cadenita, “Un hombre de verdad no pide permiso”, sus ojos otra vez, ufff. Y abajo su polla palpitante entrando y saliendo, sin pausa, matándome, acabando conmigo.

    Me hizo cambiar de postura, a cuatro patas, mirando hacia mi marido.

-Sí, míralo, para que vea bien la cara que pones cuando te folla un hombre de verdad.

Carlos estaba absorto en cada detalle, incrédulo ante la situación.

-Súbete la faldita, amor. -le dije entre jadeos, soportando como podía el ritmo que mi Jefe me imponía por detrás.

Mi marido se subió la falda y ví como tenía una erección bajo el tanguita transparente que se tensaba muy mono.

-Oh, mira tu marido… Se le ha puesto dura de verte. -se mofaba el corneador.

Yo entrecerré los ojos por el placer tan intenso que sentía al notar sus huevos golpear mi piel en cada penetración. Esa sensación me volvía loca de remate.

-¡Quítate las bragas, maricón y acércate! -le grité en pleno desenfreno.

Carlos me hizo caso y se bajó las braguitas. Con la falda levantada y el tanga caído hasta la mitad de los muslos, estaba muy limitado para caminar deprisa. Se acercó con pasos cortos y torpes. Aquello fue demasiado para mí. Ver su pichita, tan ridícula incluso en erección, con esas medias de corazoncitos puestas, caminar hacia nosotros y mientras tanto, sentir cómo se abría dentro de mí el hombre más guapo, atractivo y con el miembro más imponente que me había follado jamás, fue el detonante del primer orgasmo. Estuve gritando como una loca mientras todo me ardía, me escocía, me temblaba de gozo.

-¡AHHHH! ¡SIIII! ¡FOLLAME! ¡FÓLLAME POR FAVOR! ¡FÓLLAME COMO A UNA PERRA! ¡QUE APRENDA ESTE MARICÓN! ¡QUÉ VEA CÓMO ME ARRUINAS EL COÑO DELANTE DE ÉL! ¡ME VIENE, AHHHHH, ME VIENE, POR DIOSSSSS!

Mi Jefe no detenía el ritmo ni siquiera mientras me corría viva, lo que echaba más leña al fuego que ardía dentro de mi vagina. Me vi reflejada en el espejo del dormitorio. Él con su cuerpo musculoso, sin un gramo de grasa, con la piel brillando por el sudor, machacándome de lo lindo, tan guapo, tan atractivo. Y yo en pompita, con mis medias Wolford negras tan sexys, esos taconazos y el vestido arremangado como una ninfómana que no ha tenido tiempo de quitarse el vestido. Ufff, verme así me puso toda salida perdida, descocada, emputecida hasta la médula. Empecé a bofetear a mi marido mientras otro orgasmo, éste fuerte de verdad, me daba latigazos por todo el cuerpo.

-¡MARICONAZO! ¡MIRA CÓMO ME CORRO OTRA VEEEEEEEZ, UH, UH, AAAAAAAHRRRRRRR, AHRRRR, HIIIIIIIIIIII! ¡SÍ, SÍ! ¡VEN AQUÍ, VEN AQUI!

Carlos se acercó y yo le dí otro bofetón. Luego lo cogí y lo besé con fuerza, con lengua, seguidamente otro tortazo e incluso le escupí en la cara. Y mi Jefe sin parar, pam-pam-pam-pam-pam-pam, mecánico, constante, dejándome claro lo que era estar con un hombre potente, fuerte, rudo.

Sin darme siquiera un respiro, Roberto me cogió y me puso de pie. Me obligó a poner una pierna sobre la cama. Luego sujetó a mi maridito y lo colocó con la cara justo debajo de mi chochito resquemado.

-Vamos, campeón. Ponte ahí, y mira de cerca cómo entra mi polla en el coño de tu mujer. Míralo bien.

Me siguió follando como un macho. Esa postura jamás la pude practicar con mi marido, ya que para poder penetrame desde detrás y de pie se necesita un buen tamaño para hacer el recorrido completo sin dificultad, y Carlos no llegaba, la tenía muy corta para eso, bueno, la tenía pequeña para todo. Roberto no solo cubría el recorrido, sino que me la ensartaba hasta lo más profundo. Una, otra, y otra vez.

-¡Carlos! -dije sin aliento:-Chúpale los huevos mientras me folla, por favor.

Estuve un rato intentando volver la vista para ver si me hacía caso. Pero no podía verlo. De pronto, Roberto detuvo un poco el ritmo. Me giré.

-¿Te los está lamiendo? -le pregunté excitada.

-Sí, si, lo está haciendo y nada mal -me dijo muy serio.

-Fóllame así, venga. Con mi marido lamiéndote lo huevos. ¡Madre mía! ¡Sí, por favor!

Entonces Carlos por iniciativa propia empezó a decir cosas que hizo que todos perdiéramos definitavemente la cordura.

-¡Gracias por follarse a mi mujer, señor! Yo no soy ni la mitad de hombre que usted para hacerlo así, y ella se lo merece, ella se merece una polla como la suya…

Tanto Roberto como yo entramos en un orgasmo con forma de montaña rusa que duró una eternidad. cuando creíamos que el placer se venía abajo volvía a subir y a llegar a lo más alto y así continuamente. Mi Jefe se corrió dentro de mí y solo entonces, cuando sentí su abundante semen templado inundarme, me quise dar cuenta de que no se había puesto perservativo. Me encantó sentir el palpitar de su polla dentro de mí, tan gorda. Mi marido comenzó a lamer mi clítoris sin que la polla de mi Jefe hubiera salido de mi coño. Su lengua iba y venía. Entendí que nos estaba lamiendo a los dos. Roberto sacó su polla y yo me di lentamente la vuelta, exhausta. Vi como mi marido le chupaba todo el semen que le quedaba con total entrega. Luego se fue directo hacia mi y me limpió literalemente el conejo de leche. Metía la lengua hasta el fondo y salía con hilos blancos colgando de sus labios. Fue tan maravilloso, tan especial que nos besamos como la primera vez, compartiendo el sabor del semen de mi Jefe, jugando con él entre nuestras lenguas.

-Te quiero, cornudo.

-Y yo a ti, amor.

-Ha sido un buen polvo, ¿no crees? -le pregunté mirándolo a los ojos.

-El mejor que te han echado, seguro. Yo no podría echarte un polvo así.

-Claro que no, cielo. Eso ya lo sé. A lo mejor me he quedado embarazada, ¿te imaginas? Estoy en mis días de riesgo… -le dije sonriendo con picardía a mi marido, acariciándole la mejilla con dulzura.

-No te preocupes, seré un buen padre.

-No lo dudo, cornudín, no lo dudo.

Roberto nos miró y luego dijo:

-Quiero que tu marido entre a trabajar a la oficina con nosotros.

Yo abrí los ojos entusiasmada.

-¿Amor? ¿Has oído? ¡Vamos a trabajar juntos para él!

El sonrió y se colocó bien la peluca.

Y así cambió mi matrimonio y mi vida sexual para siempre, por culpa de un empleo y del mejor Jefe que he tenido jamás.

                                                               FIN

Me gusta / No me gusta

Mi Jefe aún no me deja llevar braguitas (III)

Carlos seguía sin hablar. Tenía los ojos vidriosos.

-No sé si matarte o matarme.

-Nada de eso, amor. Mi vida ha cambiado desde que tengo nuevo Jefe, eso es todo. Él me da cosas que tú no me puedes dar. Tienes que asumirlo.

-¿Qué quieres? ¿Qué te humille, que te pegue? Dímelo y lo haré.

-No funciona así, Carlos. Aunque lo hicieras no sería lo mismo, ¿entiendes? Él es un Macho Alfa, un ser irresistiblemente dominante y yo llevo dentro a una esclava sumisa que desea con todas sus fuerzas servir a un tipo de hombre así. Es tu ridículo tamaño de pene, cariño, es tu actitud servicial, excesivamente servicial conmigo, lo que hace que me sienta más excitada al ser tratada como una cualquiera por un macho como él. Abusando de mí, te humilla a tí, y eso me vuelve loca.

-Espera, que me pierdo. ¿Mi ridículo tamaño de pene? ¿Qué le pasa?

-Cariño, ¿crees en serio que esto me puede hacer disfrutar? -le dije tirando de sus calconzillos hacia abajo. Miré su flácida pichita blanca y sonréi:- Pero no te preocupes. El hecho de que la tengas diminuta, hace que me excite más al disfrutar del placer de un gran pene. Así pienso que estoy disfrutando de un placer que tú no puedes darme jamás.  Y eso es justo lo que acaba conmigo, ese morbazo, mmmm.

-Pero…

-Quítate los calzoncillas y acércate, te lo explicaré mejor.

Él, nervioso por mi nueva actitud dominante con él, se los bajó sin rechistar. Sostuve una carcajada por lo poco hombre que parecía desnudo.

-Esta bien, mira. Mi Jefe tiene una polla más o menos así de grande. -Le hice ver la diferencia que había entre los cuatro centímetros encogidos de su pene y los veinte centímetros largos del pollón de mi Amo.

Mi marido me miraba indignado, avergonzado, pero también extrañamente excitado, hecho que me empezó a calentar.

-A partir de ahora tengo que cumplir unos mandamientos que me ha impuesto mi Jefe.

-¿Mandamientos?

-Sí, el primero es que ya no me follarás, ni tu ni ningún otro, salvo él. Y Dios… Cómo lo estoy deseando.

-¿Entonces aún no lo ha hecho? ¿No te ha follado todavía? -preguntó con un halo de esperanza.

-No. Solo me ha dejado chupársela, pero, por Dios bendito, tenerla en mi boca, tan gorda, notar sus venas dilatadas presionar mis labios, ufff, ha sido más que suficiente para perder la cabeza por él. Me deja chupar otras pollas, ¿sabes? pero sólo las que él decida. Hoy me ha pedido que se la mame a tus superiores, pero dudo mucho que me autorice a chupártela a ti, cariño. Lo siento…

-Eres una hija de puta. ¿Por qué me haces esto? ¿Cuánto te paga para que seas su puta? -dijo Carlos cabizbajo.

-Oh, eso es lo mejor. Me paga follándome.

-¡¿Cómo?!

-Me tiene todo el mes caliente perdida, chúpandole la polla, los pies, haciendo perrerías conmigo, pero sin penetrarme. Y yo cada día más ardiente, más mojada, más perdidamente loca por él… y luego, a final de mes, viene aquí y me folla delante de ti. ¡Ufff!

-¿¡Delante de mí!?

-Síiii, ¿has visto que morboso? Creo que será más gratificante que recibir todo el dinero del mundo, Carlos. Me muero por sentir su pene negro abrirme toda entera y que tú nos estés mirando.

-¿Negro? ¿El tío es negro?

-¿Es significante? Sí, mi Jefe es negro, un hombre guapísimo y negro. Los negros me parecen más sexys, ¿no te parece?

-Te follará delante de mí… -se repitió para sí con tono de tristeza.

-No te preocupes, aún faltan más de tres semanas para eso. Nos acostumbraremos a la idea poco a poco.

Y así lo hicimos. Durante las semanas posteriores, Carlos adoptó un papel de perrito fiel que me ponía a mil. Verlo tan atento, observándome por las mañanas cómo me vestía para ir a trabajar, eligiendo las ropitas más adecuadas para gustarle a mi Amo, hacía que me estremeciera de placer. Por la noche me masajeaba los pies o me pintaba las uñas mientras yo le contaba las vejaciones que me había hecho pasar Roberto, mi jefe, por la mañana…

-Hoy me ha obligado a ir gateando detrás de su polla tiesa por toda la oficina. No me dejaba chupársela, ¿sabes? Me la acercaba a la boca, cariño, y justo cuando me la iba a meter, se alejaba. Y yo, loca, iba detrás con la lengua fuera, babeando, rogándole que me la metiera en la boca. -le explicaba con tono evocador, sentada en el sofá, desnuda, solo con mis pantimedias puestas, y Carlos besando, acariciando mis pies, con una erección patética asomando en sus pantalones.

Y así todas las noches.

Pensé que un buen elemento introductorio para ir aliviando el shock que sentiría Carlos el día que lo viera follarme delante de él, sería comprar un pene de plástico lo más parecido posible al de Roberto, y así acostumbrarle a ver un buen rabo. Además, uno de los mandamientos que debía seguir era enseñarle a mi marido a chuparle la polla a mi Amo, y claro, podría ser una buena manera de empezar a educarle. Fui una tarde al Sex Shop antes de volver a casa y tras mucho elegir, decidí escoger un modelo realístico de color negro de 24 cm de largo y 6 cm de grosor. El tamaño exacto… mmm. El plástico era manejable, por lo que el pene no estaba completamente rígido sino flexible. Me encantaba el ramaje de venas que tenía, muy logrado. Fui a la caja, y el señor se me quedó mirando con interés. Pensé que tal vez ver una mujer atractiva y sexy, vestida con un minivestido negro con rayas diplomáticas, pantimedias negras con líneas de costuras traseras bajándole por sus interminables piernas y taconazos de plataforma, comprar un pollón negro de plástico, pondría cachondo a cualquier hombre…

-Son 130 euros.

Le dí la tarjeta de crédito.

-¿Quiere comprar lubricante? Para un consolador de este tamaño se lo recomiendo. -me dijo en tono profesional.

-Yo suelo estar casi siempre muy mojada, soy fácilmente penetrable… Gracias de todas formas.

El hombre tragó un nudo en su garganta y me dio el consolador metido en una discreta bolsa.

-Que lo disfrute…

-Si, gracias, aunque en realidad lo quiero para enseñarle a mi marido lo que es una polla de verdad. Adios, guapo.

Salí de la tienda contoneando mi trasero y dando pasitos muy cortos y sexys, estilo Marilyn. Desde siempre me encantó cómo lo hacía en “Con faldas y a lo loco” antes de subirse al tren.

Esa noche, cuando llegué a casa y vi a Carlos terminar de recoger el lavavajillas, con un delantal rosa con volantes puestos, no pude reprimir una sonrisa de ganadora. Había hecho la cena, y tenía la mesa preparada. Era tan atento… Guardé el bolso con el regalito y nos pusimos a cenar. Esa noche, ya en la cama, le susurré al oído:

-Tengo un juguete para tí.

Fui a la cómoda y cogí unas medias negras, opacas, y le vendé los ojos con ellas. Me aseguré de que no veía nada.

-¿Estás preparado para saber cómo es la polla de mi Jefe?

-No estará aquí, ¿verdad?

Me reí.

-No, no, tranquilo, aún no. Es otra cosa.

Saqué el consolador y lo miré. Allí en la penumbra del dormitorio y fuera del entorno del Sex Shop, impresionaba una barbaridad. Busqué un gel lubricante para engrasarlo. Tenía olor seductor…

-Huele a chocolate, mmm. -dijo mi marido.

-No te hagas ilusiones, no es un dulce. -le dije y le acerqué el consolador hasta dejarlo a escasos centímetros de su boca.

-¿Qué hago?

-Levanta las manos y tócalo.

Mi marido levantó ambas manos, a ciegas, y se puso a tocar el pene.

-Dios mío, ¿esto qué es?

-Así es su polla, amor. ¿Qué te parece?

-Pero, Tania. Esto te debe de hacer daño, ¿no crees?

-Bueno, lo comprobaremos juntos…

-Joder, es grande.

-Abre la boca, por favor.

-No, Tania. No me obligues.

-Anda, cariño, no se va a enterar nadie, te lo juro, quedará entre nosotros. Hazlo por mí, abre la boquita.

Lo hizo, muy tímidamente. Yo aproveché para ensartarle el pollón de plástico en la boca.

-Ya está, ¿ves? Ahora lámelo con la lengua, cielo, vamos.

Lo hizo. Nada mal por cierto.

-Mmmm, sabe a chocolate.

-Ohhh, síiiii, ¿has visto cómo te gusta, amor? Lo haces muy bien. Esto lo has hecho antes…

Se quedó quieto. Me reí.

-Es broma, cielo. Sigue, ahora baja hasta el comienzo y lámelo hasta la punta, de una pasada.

Me obedeció, incluso gemió un poco al hacerlo.

-¡Muyyyy bieeeen! ¡Cariño, estás hecho para esto!

Ahora el solito tomó la iniciativa y empezó a mamar el consolador.

-Me tienes realmente impresionada. Imagínate que es real, que es la polla de mi Jefe. ¿Qué sientes?

-Me siento humillado.

-¿Pero te gusta?

-No estoy seguro, a lo mejor.

Yo no pude resistirlo, pero ver a mi marido así, me puso tan ardiente que me empecé a tocar.

-Te voy a dejar aquí solito con la polla, cari. Cógela tú, vamos. Quiero verte desde la distancia. Espera… ponte de rodillas, así, oh sí, así, así. Perfecto.

Me senté en una butaca y me abrí de piernas. Estaba empapada. Me empecé a masturbar como una loca mientras lo observaba con atención…

-¡Quítate las medias de los ojos y mírala! ¡Así! ¡Mira lo negra que es, lo gordas que tiene las venas! ¡Cómetela, maricón! ¡Así, lámele los huevos al macho, agradécele que se folla a tu mujer como tu jamás podrías!

-Gracias por follarse a mi mujer, señor. -decía mientras lamía aquellas bolas negras de plástico flexible, húmedos y con sabor a chocolate.

La escena era insostenible. Me corrí en un torrente de placer indescriptible, la tensión que sentí en todo el cuerpo fue maravillosa.  Aquella noche dormí del tirón. El entrenamiento de mi marido para ser un cornudo consentido no podía ir mejor.

Los días siguientes fueron muy eróticos para mí. En el trabajo, mi Jefe continuaba practicando sus fantasías de dominación conmigo, obligándome a ser una perrita fiel y sumisa. Por otro lado en casa, mi marido fue aprendiendo a comportarse como un cornudo consentido, bañándome, depilándome las piernas, el sexo, ayudándome a elegir la minifalda que mejor combinaba con la blusa y a escoger el color más apropiado de las medias para cada conjunto. Comencé a enviarle mensajes Whatsapp durante mi trabajo, explicándole lo que me estaba haciendo mi Jefe en ese momento, incluso le adjuntaba fotos de su polla, para que la admirara desde la distancia. Yo estaba viviendo un mundo nuevo de puro placer contenido, ya que aún no había sida follada por mi Amo, y cada día me excitaba más la agonía de la espera.

Por fin, llegó el día. El día de mi paga.

Esa tarde llegué a casa muy nerviosa.

-¡Carlos! ¡Ven aquí! Mi Jefe llega dentro de tres horas y aún no hemos empezado a arreglarnos.

Carlos apareció con su delantal rosa y la fregona en la mano. Había estado todo el día limpiando la casa y preparando la cena para mi Jefe.

-¡Vamos dúchate que tengo que vestirte!

Entré con él en la ducha y le depilé de pies a cabeza: las axilas, el pecho, la pichita, su ano, las piernas. Todo. Luego, una vez fuera de la ducha, lo sequé y le pinté las uñas de las manos y de los pies de un fucsia brillo nada discreto. Le hice las cejas y le afeité hasta dejarle las mejillas lisas como las de una chica. Le maquillé con un interés casi mayor que cuando lo hacía para mí misma. Cuando terminé con él parecía incluso una tía sexy. Increíble lo que hacía un buen rímel y unos pintalabios efecto mojado.

-Muy guapo o guapa sería mejor decir. Ven al dormitorio.

Él me siguió y se sentó en la cama. Saqué una bolsa y lo miré.

-Te he comprado algunas cositas para la gran cita. ¿Nervioso?

-Un poco.

-Yo también estoy nerviosa, pero tranquilo.

Saqué unas braguitas tanga de tira de encaje rosa que transparentaban casi todo y se las puse. El bultito que hacía su pequeño pene era totalmente delicioso en ropa interior femenina. Luego le saqué unas medias blancas hasta el muslo con motivos de corazones rosas.

-Mira amor, estás las he conseguido en una tienda de disfraces. No ha sido fácil encontrar unas como éstas. Son bonitas, ¿no crees?

Como era delgado y tenía las piernas flacas, le estaba quedando un tipito muy fino.  Seguidamente saqué un vestido que le compré exclusivamente para la ocasión, uno de estilo “lolita”, algo más corto de lo habitual, para acentuar un poco el toque provocativo, también de color rosa y blanco, con volantes y un lazo grande en la cintura. Monísimo de la muerte.

-Espero que sea de tu talla, a ver… date la vuelta, amor.

Se lo puse. Le coloqué unos taconazos de colegiala que quitaban la respiración y le dí el toque final con una peluca larga negra con flequillo. Observé el resultado. Espectacular.  Le compré una colonia de Barbie pink de olor a talla de cassis y a rosas y le eché en el cuello y en las muñecas. El olor era de nena, nenaza. Me contuve la risa.

-Vaya, a ver si mi Jefe se va a fijar ahora más en tí que en mí, monada.

Él sonrió.

-Bien, ahora me toca a mi. Ufff, ¿qué me pongo? Qué indecisión.

Tras estar una hora alisándome el pelo con mi Ghd, comencé a probarme varios modelos. Al final me decidí por un minivestido negro con transparencias en el abdomen y la espalda al descubierto. Lo combiné con unas pantimedias Wolford negras de transparencia mate Individual 12 Stay Hip, tipo abiertas por la entrepierna, con un cruce de cintas en la cadera muy logrado. Me las puse sin braguitas, claro. Saqué del armario unas sandalias de piel, tipo plataforma de Pleaser, con un tacón de diseño estrambótico con look “culata de rifle” que me daba un aire dominatrix arrebatador. Con el maquillaje me basé sobre todo en mucha sombra de ojo y labios rojo brillo. Quería hechizar con mi mirada, tipo gata dominante y salvaje. Pegaba para lo que iba a ser la noche. Me eché unas gotitas de una fragancia afrodisíaca para atraer a los hombres. Tenía un olor intenso, muy guarro. Olía a sexo y a moda, no sé pero era así. Me encantaba.

-Bueno nena, ya estamos listas para el macho. Sígueme.

Y Carlos me siguió hasta el salón. Nuestros taconazos repiqueteaban por el parqué. Me senté en el sofá y le hice señales de que se tumbara boca abajo sobre mi regazo.

-Ven aquí, princesita, que te voy a castigar por lo maricón y cornudo que eres.

Él se tumbó y yo le levanté el vestido para dejarle el culo al aire. Así, con su tanguita de zorra.

-Mira lo poco hombre que eres, cariño. ¿Ves? -le dije y le azoté una nalga con la mano abierta.

-Sí, lo veo.

-¿No te da vergüenza que tenga que venir un hombre, un HOMBRE de verdad, para que tu mujer cobre lo que se merece?

Otro azote. Esta vez sonó fuerte. Él dió un respingo.

-Sí, pero yo no soy tan hombre como él. Entiéndelo.

-Eso no hace falta que me lo digas. Mira la pinta de nena que me llevas… Ja ja ja ja ja.

Otro azote. Duro. ¡Zas! El culo de mi marido empezaba a ponerse rojo.

-¿Te gustará ver cómo me folla mi Jefe delante de tí?

-Sí.

Otro tortazo de disciplina.

-Ohh, cariño, ese hombre me pone tan cachonda que se me moja todo el chochito al imaginar ser penetrada por él. Uhhhh, tengo tantas ganas, me muero por sentirme follada por mi Jefe. Ufff, y además delante de tí. Me enloque la idea, amor, me vuelve locaaa. -le decía hiperventilando, sin dejar de fustigarlo cada vez más rápido:- ¡Niño, malo, niño, malo! ¡Los niños no se visten como nenas! Al no ser que no seas un hombre, que te guste ver a tu mujer con otro tío, que estés dispuesto a comerle la polla a ese otro tío para agradecerle lo macho que es con tu mujercita… ¡Dímelo, amor, dímelo por Dios, dime que te gustaría chuparle la polla!

-Ohh, sí, lo sabes, lo sabes que sí.

-¡Dilo por Dios! ¡Quiero oírlo!

-¡Quiero mamársela como tú lo haces! ¡Quiero saber por qué estás tan loca por él!

-Uhhhhhh, síiiiiiii.

Otro cachete, y otro, y otro más. Fuerte, duro… ¡Zas! ¡Zas! El culito estaba ya muy rojo cuando escuchamos bramar el motor de un deportivo en la calle. Corrimos hacia la ventana, sosteniéndonos sobre los tacones como podíamos y observamos un Ferrari negro impresionante. El macho salió del coche.

-Oh Dios mío. ¡Ya está aquí! Cariño, ¿estás preparado?

-Sí, creo que sí. Estoy nervioso.

Yo me abanicaba con la mano.

-Uffff, ya viene. Oh, estoy muy húmeda. Joder, me va a salir el corazón por la boca. ¿Qué pensara cuando te vea así? Mmmmm.

Ding-dong.

Sonó el timbre…

Continuará…

Me gusta / No me gusta

Cómo fui feminizado por un hombre

Hola, soy Natty, 21 años. Soy varón, pero me gusta vestirme de chica y feminizarme todo lo posible (lo hago desde la pubertad, pero solo me visto en la intimidad, y casi nadie sabe). Hasta hace poco, estuve saliendo con un hombre a quien le gustaba feminizarme. Me interesa todo lo que tenga que ver con la feminización, sisificación, y sumisión guiada por un hombre, y me gustaría conocer personas a quienes también les guste (alguno de los dos roles, sissy o maestro). Aquí les cuento el principio de mi historia.

—————————

Conocí a Roberto en un boliche gay. El era bastante más grande que yo, pero se notaba que hacía mucha actividad física, y tenía un cuerpo bien trabajado, que me resultó atractivo desde el primer momento. Yo tenía 18 años, y todavía tenía dudas sobre mis preferencias sexuales, ya que a esa edad había tenido experiencias sexuales con una chica y con un chico. Roberto me invitó a tomar algo, me contó cosas suyas, me preguntó por mi vida, y la pasamos muy bien conversando sobre distintos temas. En un momento de la charla, me preguntó si yo tenía alguna fantasía. Le dije que no, y le pregunté si él tenía alguna. Me contó que tenía la fantasía de feminizar a un adolescente de mi edad, y convertirlo en su amante. Creo que me sonrojé en ese momento, y Roberto lo debe haber notado, porque cambió de tema. Más tarde nos despedimos, y me pidió el teléfono. Yo preferí darle mi dirección de correo electrónico, ya que vivía con mis padres y no quería que ellos atiendan el llamado.

Al día siguiente recibí el primer mensaje de email de Roberto. El título decía “Me gustaría verte así”, y su contenido era una selección de fotos que él había bajado de internet. Comencé a mirar las fotos con curiosidad. Eran jóvenes de entre 15 y 20 años, de apariencia andrógina (sus rostros tenían facciones femeninas, sus cuerpos delgados y sin vello, el pelo largo, los senos pequeños, la cadera más ancha que la cintura, cuando el pene estaba visible era pequeño y flácido). Estaban vestidos de mujer, a veces sólo con ropa interior simple pero de aspecto muy femenino (color rosa, o floreado), o con lencería erótica (babydolls transparentes, medias con portaliga, tangas colaless, guantes de encaje, corsets ajustados). Otras veces vestían una blusa y pollera corta (como si fueran colegialas o secretarias), o un vestido sensual y zapatos de taco alto. Tenían la cara maquillada (labios rojos, mejillas rosadas, pestañas bien marcadas, cejas finas), y las uñas de manos y pies pintadas de rojo o rosa. Sus penes, cuando resultaban visibles, eran pequeños y flácidos, y en algunos casos usaban una especie de aparato de castidad pequeño, de un plástico transparente, que impedía la erección. Estaban fotografiados en poses femeninas, algunas más tímidas (arrodilladas, mirando hacia arriba, con gesto de sumisión, poniendo cara infantil), y otras más provocativas (en cuatro patas, arqueando la espalda, sacando la cola y separando las nalgas con las manos, como si se ofrecieran para una penetración). Me excité mucho al imaginarme a mí mismo en esa situación. Le respondí el mensaje, contándole todo lo que había sentido al mirar las fotos.

El título del segundo mensaje decía “Quiero que hagas estas cosas conmigo”. También eran fotos de jóvenes de apariencia femenina, vestidos con lencería femenina, pero en cada foto estaban interactuando con uno o varios hombres. El contraste entre los cuerpos viriles de los hombres (musculosos, vello en el cuerpo, hombros amplios, penes gruesos y erectos) hacía aún más evidente la femineidad de los jóvenes. En algunas fotos, los jóvenes estaban arrodillados ofreciendo sexo oral a un hombre, con cara de placer y deseo. En otras, estaban siendo penetrados por un hombre en alguna de varias posiciones (en cuatro patas, inclinándose sobre una mesa o sillón, boca arriba en una cama con las piernas abiertas y levantadas). En algunos casos, hacían ambas cosas simultáneamente, con dos o más hombres. A veces las fotos mostraban lo que parecía ser una fase previa, en la cual el joven afeminado recibía caricias románticas, o una fase posterior, en la cual el joven afeminado tenía restos de semen en las nalgas, la boca, el abdomen, o la bombacha. A veces el joven afeminado tenía las manos atadas o esposadas en la espalda, o los pies y manos atados a la cabecera de la cama, o un gagball en la boca. Esta vez, las fotos me excitaron tanto que empecé a masturbarme, imaginando que era yo quien estaba vestido de mujer, siendo penetrado por un hombre, recibiendo el semen en mi cola o en mi boca. Le escribí a Roberto lo que me había pasado. Me respondió: “Me alegra que te hayan gustado las fotos. Te invito a tomar un café. Llamame a mi celular”. Yo sentí una mezcla de deseo y temor. Llamé a su celular, y me propuso encontrarnos en un bar de Palermo. Cuando llegué, él ya estaba en una mesa, y me saludó.

-Qué bueno que viniste. Estuve pensando mucho en vos estos días. ¿Así que te gustaron las fotos?

-Sí, me gustaron mucho.

-¿Y te gustaría hacer esas cosas conmigo?

-No sé, me daría un poco de vergüenza.

-Me gusta mucho tu timidez, pero no hay razón para que sientas vergüenza. No tiene nada de vergonzoso que puedas conectarte con tu propia parte femenina. Creo que podrías transformarte en una hermosa niña, y yo podría ayudarte, si me dejás.

-¿Cómo me ayudarías?

-Como si fuese tu maestro. Yo te propongo tareas, y después evalúo cómo las hacés. Si aprendiste bien, te doy un regalo que a vos te guste.

-¿Y si no me sale bien?

-En ese caso, cambiaríamos la tarea por otra. ¿Te parece bien?

-Está bien.

-Seguro que te verías muy bien como nena. ¿Ya tenés un nombre femenino?

-No…

-Entonces tenemos que buscar uno. ¿Qué nombres te gustan?

-Dejame pensar… Me gustan varios: Paula, Laura, Natalia…

-Creo que Natalia te quedaría bien. ¿Te puedo llamar Natty?

-Bueno.

Seguimos conversando un rato, y luego nos despedimos. Los días siguientes me envió por email varias direcciones de la web para que las mire, y algunos textos para leer. Así me enteré de los nombres que se utilizan en inglés: “sissy” (diminutivo de “sister”, que significa hermana) es el nombre de los chicos que tienen rasgos físicos y de personalidad más femeninos que masculinos (son tímidos, de modales delicados, pasivos, sumisos, temerosos), y “sissification” es el proceso gradual de feminización de un chico. Los otros textos daban recomendaciones sobre diversos temas de la feminización: cómo maquillarse, cómo ocultar los genitales, cómo elegir la ropa femenina, cómo combinar los accesorios (pulseras, aros, collares), cómo mantener la silueta, cómo lograr una apariencia femenina (estrechar la cintura, agrandar senos y cadera), cómo usar tacos altos, cómo feminizar los gestos y la voz, cómo usar corsets. Otras recomendaciones eran específicamente sexuales: cómo excitar a un hombre, cómo chupar una verga, cómo prepararse para el sexo anal, cómo tener orgasmos por estimulación anal. Los estuve leyendo, imaginando en detalle cada propuesta. Una noche, llamé a Roberto por teléfono. Le dije que extrañaba escuchar su voz, me dijo que él también me extrañaba. Estuvimos conversando un rato sobre distintos temas. Me dijo que tenía muchas ganas de verme, y me invitó a conocer su departamento el fin de semana. El sábado les di una excusa a mis padres, y fui temprano a su departamento. Sentía una mezcla de ansiedad y excitación. Toqué el portero eléctrico, me dijo que pase. Subí en ascensor hasta su departamento. Roberto abrió y me saludó sonriendo. Pasamos al living, que era bastante grande. El ambiente me pareció cálido y acogedor. Estaba bien iluminado por una ventana que daba a un balcón. Tenía varios sillones. Desde el living se podía ingresar a la cocina, el dormitorio y el baño.

-Estuviste leyendo lo que te envié?

-Sí.

-Bárbaro. Tengo algunos regalos para vos. Me gustaría que pases al baño y te prepares para mí. En el baño vas a encontrar elementos para depilarte y maquillarte. También vas a encontrar ropa para vestirte. Y me gustaría mucho que te pongas esto.

Me dio un aparato de castidad, similar a los que se veían en las fotos que me había enviado. Era transparente, con la forma de un pequeño pene flácido.

-Pero si me lo pongo, no voy a poder tocarme…

-No, pero vas a poder concentrarte en otras sensaciones. Me excitaría mucho ver cómo te queda. Hacelo por mí. Ponételo y fijate cómo te resulta.

-Bueno, está bien.

Entré en el baño, con una mezcla de excitación, ansiedad, vergüenza, y deseo…

Los elementos estaban en un bolso. Me dediqué un rato a depilar mi cuerpo, incluso en las axilas y el pubis. Cuando terminé, todo mi cuerpo estaba suave al tacto. Usé las técnicas que había aprendido para limpiar el interior de mi orificio anal. Me bañé, me sequé, y me acomodé el pelo. Busqué el aparato de castidad que Roberto me había dado. Mi pene estaba flácido por el baño, así que me lo puse con facilidad. Un aro servía para fijarlo a los testículos, y se cerraba con un candado pequeño. Cuando lo tuve puesto, me empecé a excitar, pero el aparato impidió la erección.

Encontré en el bolso un perfume femenino, de aroma floral, y me coloqué un poco. Me puse base en el rostro, y me pinté los labios de un rojo intenso, los párpados de un violeta suave, y las mejillas de un tono rosado. Busqué la ropa en el bolso. Había una bombacha tipo colaless, un babydoll de seda rosa transparente, y unas sandalias de taco mediano. Me los puse, y me miré en el espejo. Mi cuerpo es delgado, de piel blanca y de apariencia más bien andrógina. Con la ayuda del maquillaje y la lencería, parecía una niña adolescente a quien no se le desarrollaron todavía los senos y las caderas. Me gustó lo que vi, y me pregunté: ¿le gustaré a Roberto?

Salí del baño, y Roberto me estaba esperando en el sillón del living. Cuando me miró, puso cara de deseo y me dijo:

-Natty, te ves preciosa! Vení, sentate conmigo.

Sentí alivio y placer. Me acerqué al sillón y me senté a su lado, pero preferí esperar a que él tomara la iniciativa. Se acercó a mí, y me acarició suavemente la pierna. Sentí un estremecimiento de placer. Su mano fue subiendo por la entrepierna. Roberto comprobó que tuviese puesto el aparato de castidad, y sonrió satisfecho por mi obediencia.  Me tomó por la cintura y me acercó a él. Sentí el calor de su cuerpo. Me empezó a dar besos en el cuello, y luego su lengua, llegando al lóbulo de mi oreja. Su mano derecha bajó el bretel izquierdo del babydoll, y empezó a pellizcar mi tetilla. Cerré los ojos para concentrarme en las sensaciones, y empecé a gemir de placer.

-Me gusta que des gemidos, Natty. Parecés una gatita en celo.

-Mmmhhhh, qué rico, seguí.

Roberto bajó el otro bretel, y empezó a chupar y morder mis tetillas. Sentí mucha excitación, a pesar de que el aparato me impedía tener una erección. Era una sensación rara y desconocida para mí, pero muy placentera.

Se detuvo, y me tomó de la cintura. Abrí los ojos. Su rostro estaba muy cerca del mío. Nos miramos a los ojos, y nos besamos apasionadamente. Sentí su lengua entrando en mi boca, mientras mis labios acariciaban los suyos. Me sentí muy feliz, y tuve deseos de retribuirle el placer que me estaba dando.

-Puedo desvestirte?- le dije.

-Claro que sí, Natty.

Me incorporé y lo miré. Su rostro era varonil y atractivo. Desabroché algunos botones de su camisa. Su pecho era amplio, cubierto de pelo. Le saqué la camisa. Empecé a acariciar su torso, los pelos de su pecho, sus músculos bien marcados. Me resultaba muy atractivo mirarlo y tocarlo.

-Me gusta tu cuerpo- le dije.

Me excitaba sentir el contraste entre su piel peluda y mi piel suave, entre su cuerpo grande y varonil, y mi cuerpo delgado y femenino.

Desabroché su pantalón, y bajé el cierre. Tenía un slip azul. Lo empecé a acariciar, palpando su pija a través de la tela. Metí la mano por debajo del slip, y lo acaricié suavemente.  Empecé a bajarle los pantalones y el slip, hasta sacárselos por completo. Pude ver su verga. No estaba del todo erecta, pero aún así era más grande que la mía. La tomé con mi mano derecha. Estaba caliente. Empecé a mover mi mano, y empezó a crecer rápidamente. El tronco se puso duro. Era grueso y un poco curvado. El glande se agrandó y se asomó fuera del prepucio. Quise sentir su olor y sabor.

-Mmmm, qué rica pija tenés! ¿Puedo probarla?

-Claro, Natty.

Me arrodillé en el piso, entre sus piernas. Tenía frente a mí esa hermosa pija. El aroma me excitaba, era parecido al olor del sudor pero más suave. En la punta asomaban unas gotas de líquido preseminal. Pasé mi lengua por la punta, y sentí un sabor salado. Empecé a lamer su pija, como si fuese un helado. Me la metí en mi boca y empecé a chupar, mientras miraba su cara de placer. Me gustaba pensar que yo lo estaba excitando así. Pasé mi lengua por sus testículos con suavidad, y luego volví a su verga. Traté de meterla entera en mi boca, lentamente, mientras la humedecía con mi saliva. Me detuve justo antes de sentir arcadas. Sentí durante unos segundos su pija dura y caliente dentro de mi boca. Fui sacándola lentamente, hasta separarme por completo, y volví a repetir el proceso. Noté que le gustaba, porque empezó a moverse para acelerar el ritmo. Me adapté a su ritmo, cada vez más rápido.

-Sí, así, seguí así, Natty…

Sabía que si continuaba, lo haría eyacular. Sentí tanta excitación que no quise detenerme. De golpe, empezó a lanzar varios chorros de semen en mi boca. Me fui tragando el semen mezclado con mi propia saliva. Los últimos chorros los dejé un rato en mi boca, para saborearlos y sentir su consistencia antes de tragarlos. El sabor era salado y agradable. Usé mi lengua para limpiar los restos de semen que habían quedado en su glande. Su pija fue perdiendo la erección.

Roberto me atrajo hacia su cuerpo, y nos dimos un beso. Me propuso ir a su habitación.

Fuimos al dormitorio. Me saqué las sandalias, y me recosté sobre la sábana. Roberto se sentó a mi lado y me empezó a acariciar las piernas. Me tomó de la cadera y me hizo girar hasta quedar boca abajo. Me empezó a acariciar la cola con suavidad. Colocó un almohadón debajo de mi vientre,y me bajó la bombacha hasta los muslos. El babydoll era corto y apenas cubría mi cola. Roberto empezó a recorrer mis nalgas con su lengua. Cerré los ojos y empecé a gemir de placer. Sentí su saliva mojando mis nalgas. Sentí su lengua recorriendo el surco entre mis cachetes, mojando mi orificio anal, intentando entrar. Era muy placentero.

Roberto tomó un lubricante de la mesa de luz, y me puso un chorro entre las nalgas. Con el dedo comenzó a esparcirlo. Se recostó sobre mí, y comenzó a frotar su verga entre mis nalgas. Eso me excitaba mucho, y me hacía desear que me penetre. Sentí su cuerpo sobre el mío, su calor. Empezó a besarme el cuello y la oreja. Colocó la punta de su pija en mi orificio anal. Yo levanté la cola y separé mis nalgas para abrirme a él. Le pedí que lo hiciera con cuidado. Me fue penetrando lentamente. Su verga estaba muy dura, el glande había crecido considerablemente, y dolió al entrar. Di un grito, pero cuando el glande estuvo adentro, sentí que su pija se deslizaba dentro mío con facilidad gracias al lubricante, y empecé a dar gemidos de placer. Me excitaba sentir su pija dentro mío, sentir que le estaba dando placer como lo haría una mujer.

-Te gusta Natty? Te gusta que te coja?

-Sí, me encanta. Quiero que me hagas sentir mujer.

-Sos mi putita, Natty. Te voy a hacer gozar como una hembra en celo.

-Sí, soy tu puta. Soy tuya. Seguí así, cogeme, metémela bien adentro.

Roberto me tomó de las caderas y me levantó la cola, sin separarse. Quedé en cuatro patas, con las rodillas separadas. El me seguía moviendo las caderas, haciendo que las penetraciones sean más profundas y más rápidas. Sentí el choque de su cuerpo en mis nalgas en cada embestida. Mi pene seguía flácido dentro del aparato de castidad, pero lo que me había dicho Roberto era cierto: las sensaciones internas eran mucho más placenteras e intensas que todo lo que había experimentado antes. Sentí que si seguía ese ritmo, iba a tener un orgasmo. Yo seguía dando gemidos y gritos de placer.

-Querés mi leche, Natty?

-Sí, dame tu leche, llename de leche, haceme tuya.

-Así me gusta. Tomá mi leche, putita.

Sentí que mi cuerpo llegaba al punto máximo de placer. Roberto se movió rápido por unos segundos más, y luego dio algunas embestidas más profundas y más lentas para descargar su semen dentro mío. Sentí un estado de completa relajación y felicidad. Roberto se fue separando de a poco, y se recostó boca arriba. Me dejé caer sobre la cama, con los músculos flojos y una sonrisa en la boca. Sentí el semen chorreando entre mis nalgas, y noté que yo también había descargado mi semen en el aparato de castidad: había sido mi primer orgasmo exclusivamente anal, sin ninguna estimulación genital. Me acurruqué a su lado y le empecé a hacer caricias en su pecho peludo y musculoso.

-Roberto, me hiciste sentir cosas que nunca había sentido.

-Natty, sos muy femenina, y eso me excita mucho. Me gustaría mucho que sigas explorando tu lado femenino.

-A mí también me gustaría…

Después de un rato, nos dimos una ducha juntos. Nos enjabonamos mutuamente. Yo estaba muy feliz.

—————————

Bueno, dejo abierta la posibilidad de seguir contando. Me gustaría saber: ¿hay otras personas aquí que hayan tenido una experiencia parecida a la mía, o deseen tenerla, ya sea en el rol de feminizador o feminizado? Si hay otras personas que se sientan identificadas con este relato, me gustaría que se contacten conmigo, para conversar sobre el tema, o para compartir material (fotos, dibujos, comics, relatos).

Un beso,

Natty.

Me gusta / No me gusta