El ascensor

Todos los matrimonios tienen un secreto, un episodio en la relación que subyace para siempre entre ambos y que, en la medida de lo posible, es bueno mantener soterrado. El nuestro tuvo lugar una noche de sábado de primavera, hace ahora diez años. Por aquel entonces Marcos, mi marido, y yo llevábamos apenas unos meses casados. Vivíamos en un piso alquilado a la espera de que mejorara nuestro panorama económico y nos pudiéramos comprar algo propio. Volvíamos de pasar una noche de fiesta con unos amigos. Habíamos bailado y  bebido mucho. Yo no podía parar de reír y me agarraba al brazo de mi esposo para no tambalearme. Estaba un poco mareada. Él me estaba susurrando al oído cosas guarras que me estaban poniendo a mil. Me decía que parecía una zorra vestida con aquella minifalda blanca y que mis piernas enfundadas en aquellas pantimedias de brillo conseguían ponérsela dura como una roca. Entre risas le dije que esa noche no me había puesto braguitas debajo de las medias y que me había depilado enterita. Eso parecía volverlo loco. Cuando entramos al portal, los dos cachondos y algo borrachos, vimos a alguien esperando el ascensor. Guardamos la compostura. Al acercarnos comprobé que era un chico mulato muy guapo, vestido en plan chulazo, con camiseta blanca ajustada de cuello V, marcando unos músculos ideales, y con varios tatuajes asomando por el cuello y brazos. No pude evitar en fijarme en el bulto de su entrepierna, era tan insultante que parecía casi ridículo. El chico tendría unos veinticinco años, no más. Llevaba puestas unas gafas de sol de aviador Carrera. Le quedaban muy bien, pero teniendo en cuenta que eran las 5 de la mañana, quedaba un poco pretensioso el tema. Nos saludamos y esperamos en silencio el ascensor. Cuando las puertas se abrieron mi marido entró primero. El chico mulato esperó como un caballero y me cedió el paso.

-Las princesas primero -dijo con voz sensual.

Yo sonreí y entré. Me encantó su actitud.

-¿Dónde vas? -le preguntó Marcos que se había situado al lado de los botones.

-Al quinto -respondió quitándose las gafas y mirándome fijamente a los ojos.  Tenía unos ojos verdes alucinantes. Yo desvié la mirada algo tímida. Me gustaba aquel tío, me sentía atraída por él. Mucho.

-Ok, nosotros nos bajamos antes -dijo Marcos intendo vocalizar correctamente, luchando contra el alcohol.

-No te visto antes por aquí, preciosa. -me dijo.

-Ah no, pues vivo…, vivimos en el tercero -contesté nerviosa, mirando varias veces a Marcos. El tono de aquel chico era demasiado atrevido para hablarle a una mujer casada en presencia de su marido y no estaba muy convencida de la reacción que podría causarle a Marcos.

Noté que aquel tío clavaba sus preciosos ojos en mis piernas y que me estaba literalmente devorando con la mirada. Su bulto en la entrepierna se tensó y vi como la silueta se agrandaba y presionaba el pantalón. Era tan sexy. Aquello, la verdad, me puso muy cachonda. Además, aquel chico llevaba un perfume superatrayente. Era muy raro, tal vez sería un potingue de esos de feromonas o algo, pero consiguió que me volviera loca. De pronto el ascensor se detuvo, entre la segunda y tercera planta y yo di un grito y me lancé inconscientemente a los brazos de aquel chico. Él me sujetó con sus grandes brazos musculosos. Mis muslos rozaron su entrepierna y noté aquel bulto presionarme la piel. Oh Dios mío, me quería morir. Toqué sus biceps sin querer y rocé el relieve de la vena cefálica, tan gorda, tan vasodilatada. Nunca antes había tocado unos brazos tan rocosos. Inmediatamente miré a Marcos y él estaba pasmado viendo cómo estaba de repente abrazada a aquel tío. Entonces el chico me tocó el culo y esa fue mi perdición. Me puso como una cerda el hecho de que fuese tan seguro de sí mismo, tan chulo y engreído, capaz de manosear a una mujer casada delante de su marido y ni siquiera dudar un poco al hacerlo. Giré la cabeza y sin saber cómo, noté su lengua dentro de mi boca y yo me derretí. Su mano se coló debajo de mi minifalda y comenzó a magrearme las nalgas. No tardó mucho en tocarme mi coñito por encima de las pantimedias. Estaba toda húmeda y receptiva. Un montón de cosas se me pasarón por la cabeza y al ser consciente de la situación tan eróticamente embarazosa, lancé un grito y me fui directa a su cuello a besarlo desesperada. Me faltaba lengua, me faltaba boca.

-Oh, putita, me encantan tus medias, mmmm. Y además no llevas braguitas. Eres una zorra preciosa.

-Mmmm, siii, me pones muy cachonda tío.

En un intervalo en los que tomé aire, miré a Marcos con un sentimiento de culpabilidad que afloraba bajo toda esa loca pulsión sexual que me había embargado de repente por aquel extraño. ¿Cómo iba a explicarle que necesitaba en ese momento a ese tío más que a nada en el mundo? ¿Cómo conseguir que lo comprendiera y, lo más difícil, que lo aceptara? Sin embargo, me quedé sorprendida: se le veía bastante dócil dadas las circunstancias.

-¿Patricia? ¿Qué cojones estás haciendo? -dijo con un tono que pretendía ser rudo.

-No te enfades conmigo cielo, por favor. Nadie se va a enterar de esto… Estamos solo los tres. Será nuestro secreto. Pero por favor, te lo ruego. Déjame estar con él…

Noté que su mirada irradiaba puro fuego. La combinación entre alcohol y celos más desenfrenada que seguramente jamás había experimentado. Un cócktel peligroso.

Yo, por otro lado, sin saber muy bien cómo, estaba de pronto de rodillas delante del aquel tío, mirando de frente su paquete. El muy cabrón me cogía de las mejillas y me las apretaba en plan dominador. ¡Ufff, y todo delante de mi marido!

-¿Quieres chuparme la polla, putita? -me preguntó el muy hijo de puta, así sin importarle nada.

Yo desvié la mirada y la clavé en Marcos. Había dolor en su mirada.

-No… -susurró él temiendo lo peor.

-Sí -dije en un suspiro inaudible, sin mirar a nadie.

-¿Qué dices, zorra? ¡No te escucho! ¿Tienes ganas de una buena polla, si o no?

De repente me encontré con el rostro de aquel cabronazo, sonriente. El muy chulo se había puesto las gafas de sol de nuevo. Era arrogante, dominador, seguro de sí mismo, un tío que sabía lo que quería y no dudaba en conseguirlo, y además era tan guapo… Se había levantado su camiseta y mostraba un abdomen firme y marcado. Por qué debía ser tan jodidamente sexy, por Dios.

-Sí, por favor. Necesito mamarte la polla. -balbuceé temblando como una colegiala y al segundo cerré los ojos temiendo que estallara alguna bomba. Ahora no me atreví a mirar a Marcos, sólo imaginé su rostro de asombro contemplándome.

El tío arrancó a reír.

-Joder, machote, no veas cómo tienes a tu mujer. ¿No le das caña o qué?

Marcos hizo el amago de acercarse a él para impedir que los cuernos le brotaran por las sienes,  agotando así el último rescoldo de hombría que le quedaba. El tío simplemente extendío su brazo y lo empujó hacia atrás como un muñeco. Mi marido dió con la espalda contra una de las paredes del ascensor y ya no volvió a intentar hacer nada para evitar lo inevitable. Ver a aquel chulazo anular a Marcos de ese modo, de forma tan contudente, implacable, mmm, me puso empapadísima. Incluso noté cómo las pantimedias estaban tan mojadas que se me pegaban al chochito. En el fondo, a todas las tías nos gusta encontrarnos con un hombre capaz de ganar las peleas por ti. A todas nos enciende estar con un macho ganador.

El tío se fue desabrochando la correa con una mano mientras me metía el dedo pulgar de la otra en la boca. Yo lo chupaba encantada, incluso pensé que me daba más placer chuparle el pulgar a aquel cabrón que la polla a mi marido. Entonces se la sacó y yo abrí la boca y los ojos anonadada. Era una pieza maciza, gorda y de una longitud impresionante. No podría precisar cuánto medía en cifras, lo que sí recuerdo es que era como mi antebrazo. ¡Y con aquellas venas tan hinchadas!

-¡Wow! -dije sin poder cerrar la boca del impacto:- Oh, Diosss. ¿Esto qué es?

Miré a Marcos con una sonrisa de entusiasmo, como quien abre un regalo soñado y que jamás se espera recibir. Quería compartir con él el asombro, pero estaba claro que no era la persona más indicada para esperar oírlo decir algo del estilo de “¡Oh Dios mío cariño, este tío tiene un pollón inmenso! ¡Qué suerte tienes, perra, qué envidia!” Por un instante, me había olvidado de que era mi marido.

-Vamos zorra, abre esa boquita.

Yo aún miraba a Marcos.

-Cariño, no te enfades. Te lo ruego. Entiéndelo… ¿Lo entiendes, verdad? Ponte en mi lugar. ¿Has visto la clase de…?

Me contuve… Volví a mirar a aquel tío, abrí la boca y aquel embutido de carne entró en mi boca, llenándomela toda. Cubrí el glande y apenas un poco más de piel, rozando con mis labios el relieve de sus venas, era imposible abarcarla toda, era tan grande. Fue entonces, al sacarla y empezar a lamerla con suavidad, cuando me puse más caliente que una perra en celos. Le besé y lamí los gordos huevos (los tenía depilados a conciencia), le repasé a lengüetazos todo el mástil y me la volví a meter en la boca todo lo que pude. ¡Cómo palpitaba, cómo me presionaba la lengua, hinchándose, engordando, latiendo dentro de mi boca, mmmm, húmeda, varonil!

-Joder, qué bien me la come tu mujer, cornudo.

Marcos ni siquiera dijo nada, se quedó en silencio, mirando mientras yo jugaba con los hilos de presemen que se me quedaron pegados en la punta de la lengua y se resbalaban por la barbilla.

Después de meterme un buen rato aquel pollón en la boca, el tío decidió que era el momento de follarme. Me cogió por los pelos y me subió de un tirón, me dio la vuelta como si fuera una muñeca de trapo y me subió la minifalda. Ufff, hacía conmigo lo que quería. Me rasgó las pantimedias justo por encima de mi chochito hambriento, me toqueteó con sus dedos. Yo me dejaba hacer como una boba. Tenía el coño hecho agua. Incluso se oía chapotear el líquido cuando me metía sus dedos.

-Oh, vaya. ¿No llevas braguitas puestas?

-No.

-¿Por qué?

-Porque le gusa a mi marido…

-¿Ah sí? Y porque eres una putita, ¿verdad?

-Sí, por eso también.

-¿Ah sí?

-Aja…

De pronto noté algó inmensó abrirse paso… Me clavó la polla hasta el fondo y al notar un placer indescriptible, me percaté de que no se había puesto perservativo. En aquel momento la idea me excitó mucho más. Me sujetó de los antebrazos y me los colocó detrás de la espalda, como si estuviera detenida. Entonces comenzó el vaivén de su cadera, penetrándome con aquella herramienta que se abría paso en mi interior sin haber pedido permiso a nadie, apoderándose de mí como si pudiera usarme cuando le viniera en ganas.

-Oh, oh, oh,  Diossss, Marcos, ¿estás enfadado conmigo? Oh, joder, oh, sí, lo siento, amor. Lo, oh, oh, ah, ah, lo  siento, lo siento. Ufff, aaaaah, siiii, ahhhh, es que está tan bueno, es tan chulo y me pone tanto… Oh, mierda, sí, fóllame, fóllame, sigue, así. ¿Lo comprendes, cielo? Es que mira cómo folla el tío… Ah, oh, oh, ah, ah…

Marcos me miraba atónito con los ojos abiertos y brillantes, sin articular palabra, vencido, humillado, sobrepasado por la situación.

-Oh, vamos puta, ¡cómo te gusta una buena polla! ¿Te gusta que vea tu marido lo zorra que eres cuando te folla otro tío, un tío más hombre que él?

-Ah, sí.

-Él está allí, callado, mirando mientras te follas como un animal, como él jamás podría hacerlo. ¿Has visto que ni siquiera hace nada para intentar defender lo que es suyo?

-Oh joder, sí. Me encanta que me hables así, cabrón.

-Oh, zorra. Dile que es un cornudo, ¡vamos! Quiero oírlo de tu boquita.

Miré a Marcos con la boca pidiendo aire y los pelos sobre la cara, soportando el traqueteo de las embestidas de aquella máquina sexual.

-Eres un cornudo, cielo. Pero te quiero, te quiero mucho. No te lo tomes a mal, cariño. Es sólo que, ah, Diooooosss, ahhhh, ahhhh, déjame disfrutar un pocooohhooahhhhaaaaaahhh…

El tío había aumentado el ritmo.

El quejido se convirtió en jadeó, luego en un grito gutural y finalmente en chillido estridente que rompió la madrugada. Me corrí por primera vez en ese ascensor.

Mientras me venía toda loca, el tío seguía clavándomela hasta lo más profundo de mí, dándome cachetes en las nalgas y yo chorreándome de gusto por las piernas abajo.

-¡Mira cómo se retuerce tu mujercita cada vez que se la meto!

No tardé mucho en que me viniera el segundo orgasmo. Los latigazos de placer a penas me permitían estar de pie. En ese momento perdí los papeles y empecé a decir barbaridades como poseída.

-Oh, síiiii, ¿has visto lo cornudo que es mi maridito, ahí mirando, calladito, mientras yo me corro viva aquí contigo?

-Mmmmm, sí, me encanta, me encanta…

-Ahhh, me voy entera por el coño, jodeeeer…

En pleno éxtasis orgásmico, y sin dejar ni siquiera que tomara aire, me dio la vuelta otra vez y me subió a horcajadas sobre él. Yo me agarré a su cuello. Estaba super cachas el tío. Me sentía como una muñequita de porcelana en manos de una bestia. Empecé a cabalgar sobre su polla tiesa sintiendo aún los corrientazos del orgasmo y creía que me moría. De nuevo miré a Marcos, esta vez de reojo. Yo estaba babeando por el gustazo que me estaba dando aquel tío. Observé que mi marido se había sacado la polla y que había empezado a masturbarse.

-Oh, cariño, ¿te gusta verme así? ¿Te pone cachondo ver cómo se folla otro tío a tu mujer? ¿Es eso? Oh sí, hazte una paja, cielo, háztela mientras me miras… Oh, oh, síii, vamos, menéate esa pichita chiquitita mientras un macho me folla con una polla de verdad…

Al ver a Marcos agitando su mano excitado mientras contemplaba cómo jodía con aquel tío en plan puta vulgar, me llegó el tercer orgasmo, éste fuerte fuerte, en forma de convulsión salvaje. Llegué a arañar la espalda de aquel tío como si me hubiera dado una crisis nerviosa, incluso me llegué a mear encima como una tonta. Fue increíble. El tío seguía bombeándome las nalgas hacia arriba, dejando que cayera sobre su polla, empalándome enterita. Estaba todo ya tan húmedo y viscoso entre los dos, mmm, que nos deslizabamos con una suavidad hipnótica.

-Oh, mierda, me voy a correr -dijo aquel tío de repente.

-Hazlo en mi boca, por favor – le dije tirándole del pelo, desesperada.

El tío me bajó y yo me puse de rodillas con la boquita abierta, esperando mi premio por haber sido tan puta. El chorro que aquel tío descargó sobre mi cara no fue normal. Parecía irreal. Me quedé impresionada. Hilos gordos y densos de semen caían sobre mi carita como si estuviera aliñándome con un bote de leche condensada. No parecía parar nunca. Eyaculaba y eyaculaba sin parar. Me puso la cara, el pelo y la ropa toda perdida. Incluso note cómo me salpicaba mis muslos enmediados. Y yo estaba como extasiada recibiendo mi santa bendición, elevándome a un estado de delirio.

Marcos se terminó la paja entre sonoros lamentos de placer, algo después de que el tío me dejara hecha un desastre. Ví cómo su triste chorrito caía sobre el suelo del ascensor, inútil, inservible.

De pronto el ascensor volvió a arrancar y se abrieron las puertas. Habíamos llegado a casa. Sin despedirnos, salimos de alli. Antes de marcharme, miré al tío y le guiñé un ojo. Me di cuenta que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Entramos a casa y me fui hacia Marcos, aún cachonda perdida. Le pedí que me besara, que me comiera el coño y que me limpiara la cara con su lengua como un buen cornudo. Él se negó, era demasiado pedir. Me metí en la ducha y me masturbé otra vez recordando lo que había pasado. La fragancia de aquel tío se me había adherido a la piel y me seguía volviendo loca. Creo que incluso grité un poco al correrme de nuevo, supongo que Marcos lo oiría. Después fui al dormitorio. Marcos ya estaba metido en la cama, haciéndose el dormido. Ya acostada notaba aún mis labios vaginales vibrar de la caña que me habían dado. Al final me tuve que masturbar otra vez. Lo hice todo lo callada que pude, pero creo que dije algunas cosas entre dientes que no pude reprimir, del tipo “qué pollón, por Dios” o ” qué bueno estás hijo de puta”. Después de correrme por enésima vez, me dormí exhausta. Nunca más hablamos de aquello. Jamás volví a ver a aquel muchacho, aunque a veces pienso en él cuando hago el amor con mi esposo.

Hoy precisamente hace ya diez años de aquella madrugada en el ascensor y aún tiemblo por dentro al recordarlo.

 

 

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Un dios para ellas II

En el restaurante

El primer polvazo que echó tras su transformación no estuvo nada mal. Su experiencia con Sofía fue increíble, pero en realidad significó sólo el comienzo de su nueva vida, una vida que se prometía muy interesante. Después de su sesión especial de depilación, Josh volvió a su chalet y se arregló para ir a cenar. Se duchó, se vistió con un pantalón vaquero desteñido muy ceñido y se puso una camisa negra de Roberto Verino también muy ajustada que resaltara sus músculos. Se colocó un cordón de oro alrededor de su robusto cuello y observó el contraste tan atractivo que le hacía con su piel bronceada. Se desabrochó varios botones y dejó al descubierto el inicio de la división de sus pectorales de acero. Se peinó con mucha gomina y se echó varias gotas de su perfume secreto. Le encantaba su nueva vida, vaya que sí.

Cogió su flamante Maserati y se fue al restaurante más caro de la ciudad, uno muy pijo lleno de mujeres caprichosas y de maridos multimillonarios. Entró con arrogancia, sin quitarse las gafas de sol estilo aviador, y se sentó en una mesa al lado de un matrimonio. Ella: una mujer espectacular de unos treinta años, con peinado estilo cabaretero de París, muy maquillada, con un lunar al lado de la boca, collar de perlas, minivestido negro con transparencias en el escote y abdomen, muy sexy. Él: un viejo carcamal podrido de billetes. Josh se sentó frente a ella y sonrió. El camarero se le acercó con la carta del menú y Josh eligió lo más caro que había. Dejó que su perfume llenara la estancia y se repantigó en la silla. La mujer no tardó mucho en darse cuenta de su presencia. Fingía hablar con su marido pero no podía evitar lanzar miradas furtivas hacia Josh, hacia aquel pecho que se adivinaba masculino y fuerte bajo aquella atractiva camisa negra. Los ojos de aquella mujer eran muy felinos, con pestañas extralargas, maquillados con mucha sombra, resaltando sus ojos claros. Cuando parpadeaba podía volver loco a cualquier hombre. Y después estaba esa manera que tenía de apoyar la barbilla en su mano, tan delicada, tan sofisticada, con esa muñeca huesuda que parecía poder partirse con solo apretar un poquito.  Josh se quitó las gafas y la miró con descaro. Ella se puso nerviosa y se cruzó de piernas. Llevaba unas medias negras y una cadenita rodeando uno de sus finos tobillos. Los taconazos eran de aguja, con puntera abierta, dejando a la vista varios deditos y la costura de la media bordeándolos suavemente.

La presencia de Josh la estaba excitando. Se mordía la punta de la uña de su dedo índice. Tenía las uñas muy cuidadas, con unas aplicaciones fucsia muy fashion. Mmmm, a Josh le ponía muchos ese tipo de uñas de diseño. Su marido se dio cuenta de que algo pasaba y miró hacia atrás.

—¿Ocurre algo, cielo? ¿Conoces a ese hombre? —preguntó el viejo.

—¿A quién? No. Nada. Es sólo que tengo un poco de calor, ufff. Ya se me pasará. —Su voz era dulce, sensual.

Josh se levantó y tiró la servilleta sobre el plato. Dejó bien a la vista su paquete perfilado bajo los vaqueros y se fue hacia los servicios. Al darse la vuelta, la mujer clavó su mirada en el trasero firme y marcado de Josh y se mordió el labio.

—Cariño, ¿estás muy encendida? ¿Te encuentras bien?

La mujer se levantó y se alisó el minivestido. Cogió su bolso de Chanel y te apartó un mechón de la cara con elegancia. Se retiró de la mesa y se inclinó sobre su marido.

—Discúlpame querido. Enseguida vuelvo. —Le susurró al oído.

Se dirigió hacia los servicios detrás de Josh con un contoneo irresistible, marcando los pasos con decisión. Por detrás se veía que las medias tenían una costura muy original con lacitos que dibujaban una línea muy sexy por toda la pierna. Era super delgada, muy fina. Su culo era precioso, perfecto.

Cuando llegó a los servicios de caballeros, abrió la puerta y se asomó. Josh estaba apoyado contra el lavabo con los brazos cruzados y sonrió. Ella se abalanzó sobre él y se aferró a su cuello, buscando entrar en su boca con una lengua desesperada. Josh respondió agitando su lengua en una batalla ardiente mientras le manoseaba el culo con fuerza.

—Mmmm, me vuelves loca. ¿De dónde has salido, joder?

Ella le arañaba el pecho, le pellizcaba los enormes bíceps y luchaba con su lengua por llegar lo más hondo que podía en la boca de él. Josh le subió el vestido y le acarició las medias que llegaban hasta el muslo. La banda elástica estaba decorada por unos encajes deliciosos. Llevaba unas braguitas negras de tacto muy suave .

—¿Cómo te llamas?

—Nicole, ¿y tú?

—Me llamo Josh. ¿Estás ya harta de la polla del viejo? ¿Quieres ver una polla de verdad?

—Oh, sí, vamos. Dámela, dámela, por favor —suplicaba ella mientras le quitaba el cinturón de Dolce & Gabbana lo más rápida que podía. Le bajó los vaqueros y comprobó que Josh no llevaba ropa interior. Se encontró con su impresionante manquera de venas y lanzó un grito de entusiasmo.

—Vamos puta, clava tus rodillas y métetela en esa boca de zorra rica que tienes.

Nicole obedeció y se arrodilló frente a Josh abriendo la boca como un animal hambriento. Cogió con sus delicadas manos su polla y empezó a lamerla con devoción. Recorría con la lengua toda su longitud, desde la base hasta la punta, lo justo para recoger la gotita de presemen que asomaba y volver a bajar hasta detenerse en los huevos, donde se entretenía con lametazos cortos, como una gatita bebiendo su leche del cuenco.

—Mmmm, qué depilado estás. Que suavidad, madre mía.

—¿Te gusta así, perra?

—Me encanta, me encanta.

Josh gemía de gusto y dejaba caer la cabeza hacia atrás. Solo de pensar que el marido de aquella preciosidad estaba sentado a la mesa a escasos metros, esperándola mientras ella le comía la polla, se ponía berraco perdido.

—¡Qué pollón tienes! ¡Dios mío! ¡Me vuelves loca, chulazo, mmmm!

Ella empezó a escupirle encima de la polla y luego a tragársela entera, a continuación otra vez dejaba que la saliva le cubriera la punta, jugaba un rato con la punta de la lengua, recogiendo el hilo de presemen que le caía y luego la engullía de nuevo hasta el fondo. Josh estaba flipando con las habilidades de aquella tía, sobre todo le volvía loco verle el lunar encima del labio y como desaparecía su pollón justo por debajo. De pronto le entró un arrebato de masculinidad y la sujetó por la cabeza para follarle la boca en plan cabronazo. Movía las caderas igual que si se la estuviera tirando por el coño, solo que se la estaba clavando hasta el fondo de la garganta. A ella le entraron arcadas, pero se dejaba hacer, disfrutaba como una perra de aquella vejación. Josh le sacaba de vez en cuando la polla de la boca para golpearle las mejillas, castigándola, humillándola.

—Esta bien, putita, escúchame bien. Por principios no me follo a ninguna tía que lleve bragas,  pero no voy a ser muy malo contigo y me voy a correr en tu boca.

Ella asentía agradecida.

—Haz conmigo lo que quieras.

—Quiero que después de que te tragues mi leche salgas ahí fuera y beses a tu marido como nunca antes lo hayas hecho. ¿Me oyes?

—Oh sí, lo que tu quieras, chulazo. Haré lo que me pidas.

Josh empezó a meneársela mientras ella aguardaba su regalo con la lengua fuera. Estalló con un chorro largo y denso que le llenó toda la boca. Ella lo saboreó y se lo tragó, sin importarle que le resbalara el semen sobrante por las comisuras.

—Ni te imaginas lo cachonda que me tienes. No puedes dejarme así, por humanidad. Es demasiado cruel. Fóllame, quiero sentir esta pedazo de polla en mi interior. Te lo suplico, por piedad.

Josh la apartó de su lado con desprecio y se arregló la ropa. Salió a la sala y se sentó a su mesa como si tal cosa. Continuó la cena con tranquilidad. Al cabo de unos minutos, apareció Nicole de nuevo. Se tambaleaba un poco. Se acercó a su marido y le besó larga y apasionadamente, mirando a Josh de reojo con sus ojos de gata perversa. La muy puta no se había limpiado la boca y le quedaban aún restos de semen en la barbilla. Se morreaba con el viejo dejando que se mezclara su semen en todo aquel morboso juego. A Josh le ponía a mil el espectáculo. La repasaba con la mirada, el culo perfecto bajo el minivestido, su espalda insinuante bajo aquellas transparencias, las medias negras con esos lacitos tan sexy en ordenada fila recorriendo sus piernas delgadas, esos taconazos, ese collar de perlas, su pelo de cabaretera sofisticada, tan maquillada, tan sumisa, tan sexy.

Eso, cómele la boca al viejo cornudo, eso es, que pruebe lo que es un macho…

—¡Nicole! ¡Estamos en público! ¿Qué te ocurre?

Ella lo dejó y se sentó en su sitio. Sus ojos echaban chispas.

—Lo siento, cariño. Era solo un impulso.

—Cariño, ¿qué tienes en la cara, estás manchada con algo?

Nicole se pasó el dedo por los restos de semen que había alrededor de su boca y sin dejar de mirar a Josh, se chupó el dedo con frenesí, entrecerrando los ojos. Acto seguido, se arremangó el minivestido y se quitó las bragas por debajo de la mesa. El marido la miraba escandalizado. Entonces Nicole se levantó con las braguitas en la mano y las estrujó encima de la mesa. Estaban tan mojadas que gotearon flujo vaginal.

—Dios mío, mira que húmeda estoy —le dijo Nicole a su marido con absoluta naturalidad.

—¡Esto es intolerable! ¡Te has vuelto loca! ¡Nos vamos!

Pero su mujer ya estaba bajo el poder de los encantos de Josh y no había vuelta atrás. Se levantó y se fue hacia él, no sin antes dejar sus braguitas empapadas dentro de la sopa de su marido. Algunos comensales se dieron la vuelta murmurando. Nicole se plantó frente a Josh y se levantó el vestido para mostrarle su coño depilado al estilo francés, con una delgada línea de vello vertical.

—¿Ves? No llevo bragas. ¿Estoy ahora a tu gusto? Fóllame o mátame, pero no me dejes así…

Josh se levantó y la cogió en brazos como si fuera una muñeca, posándola boca arriba sobre la mesa. Algunos clientes gritaron horrorizados y se incorporaron de sus sillas. Ella se abrió de piernas y sujetó a Josh de la camisa, acercándolo hacia ella. Él empezó lamiendo los tacones, chupando la punta, mordisqueando los deditos que asomaban por la abertura, recorriendo con su lengua la costura de las medias. Después fue siguiendo la línea de los lacitos, lamiendo, besando cada centímetros de aquellas piernas delicadas. Cuando llegó al final, y Nicole sintió por fin la lengua de él repasando su coño húmedo, chilló como una adolescente en un concierto.

—Mmmm, qué bien hueles, zorra.

—Tú si que hueles bien, cabrón. Cómetelo, cómetelo todo.

Josh rodeaba con su lengua el clítoris hinchado de Nicole, primero con suavidad, luego con lamidas cortas y rápidas, para después recorrer los labios verticalmente, abrirlos un poco con los dedos e introducirle la lengua hasta todo lo dentro que podía. Al final la cubría con la boca abierta, devorándola como si mordiera un melocotón jugoso. Ella gritaba de gozo, tirándose de los pelos, sufriendo las descargas eléctricas de unos orgasmos salvajes. Allí, en público, delante de todo el mundo, delante de su marido…, disfrutando como una guarra.

Josh se quitó la camisa, dejando a la vista su torso perfecto, músculos de infarto, tableta de chocolate, cadena de oro resplandeciendo, vascularidad extrema. Tenía la polla tiesa, desproporcionada, dibujando un arco amenazador, lo que provocó la huida de muchos señores del restaurante por temor a que sus mujeres empezaran a comparar el miembro de aquel tío con lo que tenían en casa. Las señoras sin embargo se mostraban más reacias a abandonar el local, estaban absortas viendo el cuerpazo de aquel moreno.

—¡Llamen a la policía! ¡Rápido! —pedía el marido a voces, pero nadie le hacía caso. El personal del restaurante estaba también encandilado con el espectáculo, sobre todo el sector femenino.

Josh le clavó la polla a Nicole hasta el fondo, enderezándola como si la estuviera empalando. Ella gimió como loca.

—¡Siiiiii, rómpeme, destrózame, úsame!

Las embestidas fueron sucediéndose con un incansable vaivén de empujes rápidos y lentos, suaves y fuertes, chapoteando por la excesiva lubricación de Nicole. Josh sabía bien como alternar los ritmos de sus caderas para volverlas locas, cómo primero engrasarlas con movimientos circulares, dejando que su polla las abriera bien abiertas, lubricando con delicadeza todo el interior y luego, sin previo aviso, castigarlas sin miramientos con golpes secos y fuertes, que las sacudieran de pies a cabeza (¡pof, pof, pof, pof!), sin tregua, machacándolas, demostrándoles lo que era estar con un hombre de verdad. Nicole ya lo estaba comprobando en su propia piel. Tenía los ojos en blanco, con la boca abierta, en pleno éxtasis, mientras Josh la estrangulaba sin dejar de taladrarla.

—Tú lo que necesitas es que te aprieten bien los meados, putita rica, ¿eh? Te gusta así, ¿verdad? Delante de todos… Que te metan una buena polla, un buen nabo que te llene.

—Joder siiiii. Dios mioooo, siiiii. No pares, dime que soy una puta… ¡DIMELO!

—¡PUTA! Enséñale a tu marido la cara que pones cuando te follo —. Entonces Josh se giró para mirar a su marido y le dijo: —Anda que no me va a salir barata la zorra de tu mujer. Seguro que a ti te costó soltar una pasta antes de que te dejara meterle esa pichita arrugada que tienes. Yo sin embargo me la tuve que quitar a bofetadas en el lavabo para que dejara de chuparme la polla la muy cerda.

—Siiii, dile que es un cornudo, que no sabe defender lo que es suyo. ¡DISELO, POR FAVOR, RÁPIDO QUE ME CORRO OTRA VEZ!

—¿Por qué no vienes e impides que me la folle, maricón? ¿Un tío se está follando a tu mujercita delante tuya y no haces nada? ¿Pero qué clase de cornudo patético estás hecho?

—¡OH SÍ, MIERDAAA, DÍSELO, SÍ, QUE ES UN CORNUDO, JODER, ME VOY CON TODOOOO, AYYYYYYYY!

Las piernas enfundadas de aquellas medias tan sexy y caras rodearon el torso de Josh mientras el orgasmo más largo e intenso que Nicole había experimentado en toda su vida la invadió como una ola. Josh se echó para atrás sacando su polla morada, con venas del tamaño de dedos a punto de reventar, y descargó un cañonazo de leche que superó los varios metros de distancia, salpicando los muslos cubiertos por unas pantimedias de brillo transparentes de una mujer joven y glamourosa que estaba sentada en la mesa de al lado. Ésta miró a su marido de reojo por si se había dado cuenta y, al comprobar que no, aprovechó para recoger un poco de leche de aquel tío y probarla. Cerró los ojos del placer que le daba aquel sabor salado y masculino.

—Esto es depravado e intolerable —dijo él, mirando hacia la truculenta escena.

—Oh, sí, cariño. ¿Dónde vamos a llegar? —contestó ella, relamiéndose.

Sin mediar palabra, Josh se vistió y dejó un billete 500 euros sobre Nicole. Miró al marido carcamal que estaba pálido y medio desmayado sobre una silla.

—El dinero es para la cena, no para tu mujer. En realidad me deberías pagar por follarme a tu mujer como tú jamás podrías. Por cierto, ve comprándole un consolador extragrande, porque creo que la he ensanchado demasiado como para volver a sentirte nunca más.

Se puso las gafas de aviador y salió con una sonrisa de ganador del restaurante.

Le encantaba su nueva vida, vaya que sí.

Continuará…

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