Cornu2 (5ª Historia)

Enrique y Maria del Mar

Se abre una puerta. Es el hall de un apartamento muy chic. Una mujer muy sexy de unos 27 años entra y enciende la luz. Lleva un minivestido negro con transparencias y taconazos altísimos. Se tambalea un poco. El brillo de sus pantimedias naturales hacen que sus largas piernas sean simplemente irresistibles. Tiene el pelo liso, negro y largo, un rostro muy fino. Parece una modelo. Sus ojos verdes lima estallan en la penumbra. Suelta su bolsito por ahí y se dirige hacia la cocina, una cocina abierta y muy moderna. Su tacones repiquetean sobre el mármol. Se acerca a un mueble con un contoneo muy atractivo. Se aprecian los distintos pliegues que se forman en su culito, sugiriendo unas nalgas que se adivinan perfectas. Coge una botella de vino tinto y se llena una copa. La remueve y se apoya contra la isla. Tiene una figura espectacular. Mira el reloj de la pared. Son las 5.43 de la madrugada. Un hombre vestido solo con unos calzoncillos aparece en escena medio adormilado. Es su marido y tiene una erección más que visible.

-Has vuelto tarde -dice él..

-Cuando han acabado de follarme. ¿Qué quieres? -responde ella con tono rudo, autoritario, y le da un sorbo a la copa. Se agita el pelo. Es una mujer muy bonita.

-Estás preciosa cuando bebes.

-Lo sé. También me sienta bien que me joda un hombre de verdad, ¿sabes?

-¿Quién ha sido esta vez? ¿Lo conozco?

Ella se ríe y se abre de piernas. Vemos que tiene las pantimedias rasgadas por la entrepierna. No lleva braguitas. Solo vemos asomar su coñito, totalmente liso y depilado y muy, muy mojado.

-¿Prefieres que te lo diga antes o después de que me comas el coño, cornudo?

El marido cae de rodillas y se relame. Está muy excitado.

-Antes.

Ella alza las cejas como sorprendida y sonrié. Está para comérsela cuando hace eso.

-Está bien. Juguemos a las adivinanzas.

-¿Es rubio? -pregunta el esposo arrodillado.

Ella niega la cabeza muy divertida.

-Entonces es moreno.

Ella se muerde el labio inferior y asiente. Toma otro sorbito de vino y abre un poco más las piernas. Ahora nos deja ver que su coño está manchado de semen. Tiene varios hilos blancos pendiendo de sus labios vaginales enrojecidos. Han debido gozar mucho esta noche. El marido lo ve y se retuerce de gusto y celos.

-¿Es guapo?

-Oh sí, sí que lo es. Muuuy guapo.

-¿Va conmigo al gimnasio? -el marido lo pregunta y siente como si millones de agujas se clavaran en su corazón, porque teme la respuesta.

Ella suelta una carcajada de borracha y se tapa la boca.

-Caliente, caliente -recita con tono de malvada.

-¿Ha sido con Miguel?

Ella echa la cabeza para atrás como recordando las sensaciones vividas.

-Exactamente, con tu amigo del alma.

-Puta.

-No lo sabes tu bien.

El marido muestra lágrimas en los ojos. Muchas veces ha coincidido en la ducha con su amigo y sabe la clase de pollón que gasta el tío. Es enorme. Le duele y le excita tanto pensar que su esposa, su preciosa esposa…

-Cuéntamelo.

-Pues mira, lo encontré en la discoteca a eso de la 1.30hrs de la mañana. Me reconoció y empezamos a charlar. Me invitó a una copa. Bailamos. Llevaba una camiseta ajustada y ya sabes los brazos que tiene el tío. Tan fuertes y con esas venas tan hinchadas. Me empezó a calentar. Además llevaba un perfume irresistible. En un momento dado empezó a hablar de tí, de que eras un buen hombre y tal. Le dije que sí, que eras bueno conmigo y eso, pero que no me satisfacías en la cama.

-¿Y el que dijo?

-Pues al principio pareció hacerle gracia, pero cuando le dije que me veía obligada a buscar alternativas y que tú, mi querido maridito,  lo aprobabas porque reconocías, como buen cornudo, de que no eres lo suficientemente hombre para mi, pareció excitarle mucho. Luego me confesó que había coincidido contigo en la ducha del gym en varias ocasiones y que entendía a lo que me refería. Eso me puso a mil.

El marido está ardiendo de celos, humillación y placer.

-Te dijo que yo tenía un pene muy pequeño.

-Ajá. De hecho se partía de la risa al recordarlo. Al ver cómo te humillaba perdí la cabeza y me lancé sobre él. Nos morreamos un buen rato. Me metió la lengua hasta la garganta, Dios mío.

-¿Y entonces?

-Le pedí que me follara.

-¿Se lo pediste tú?

-Nene, no sabes lo húmeda que estaba. Tenía las medias empapadas y como siempre quieres que salga por ahí sin braguitas… Pues eso… Se lo pedí. Le dije: ¡Fóllame, por favor! ¡Necesito a un macho como tú!

El marido se acerca un poco más a la entrepierna de su mujer. Puede oler el fuerte olor a sexo.

-Sigue hablando.

-Fuimos al baño de la disco y nos encerramos allí. Le subí la camiseta y vi todos esos abdominales marcados… Ufff. Él se quito el cinturón, se bajó los vaqueros y se sacó el… Bueno ya sabes cómo tiene eso…

-Es grande, ¿verdad?

-¿Te has fijado, eh?

-Solo se la he visto una vez, o dos.

-Pues ni te imaginas cómo se le pone cuando está dura. ¿No se la has visto dura, verdad?

-Claro que no.

-Ah no sé, te veo muy puesto en su polla. -ríe y toma otro sorbo de vino.

-¿Se la chupaste?

Ella casi escupe el vino conteniendo la risa.

-¿Tú que crees, imbécil? Se la comí como si nunca más fuera a tener una polla así metida en la boca. Y la verdad es que no estoy muy segura si será así. ¿Cuánto puede medirle eso? ¿20, 25cm? Y es tan gorda, joder. No es fácil encontrarse una así, y te aseguro que se la he relamido con vehemencia desenfrenada…

-Eres una puta.

-Y te gusta que lo sea.

-Sí.

-Anda, venga, ve comiéndome el coño, que lo estás deseando. Y sigo contándote lo bien que me ha jodido tu amigo.

El marido entierra su cara y empieza a devorar el coño de su mujer. Ella da un gritito y gira la cabeza de placer. Bebe más vino.

-Lo tienes todo lleno de semen.

-Oh sí, ¿te gusta? Es la leche de tu amigo. Tiene un buen chorro el tío.

El marido calla y lame. Mientras ella sigue la narración con jadeos entrecortados.

-Mientras se la chupaba le decía que era tan grande que no me entraba entera en la boca, ¿sabes? Le gustaba escucharlo. Luego le lamí los huevos, los tenía depilados, mmmm. El tío me empezó a escupir en la cara mientras se la chupaba. Nunca me han hecho eso, pero me volvía loca que lo hiciera. Después de hacerle una larga y deliciosa mamada me cogió en volandas y me montó sobre su polla. Hacía conmigo lo que quería, cariño. Como tiene tanta fuerza, me manejaba como una muñeca. Su polla entraba y salía sin parar del coño de tu mujer, engrasándolo más y más. ¿Te lo imaginas? ¿Dime? (El marido aumenta su frenesí mientras le lame el coño; ella jadea sin control y le tira del pelo a su esposo).  Yo chillaba de gozo, le arañaba la espalda, le pedía que me follara más fuerte y él lo hacía, vaya si lo hacía, cariño. Estuve a punto de llamarte por el móvil para que hablaras con él mientras me follaba, pero él se negó. Hubiera sido tan excitante si él hubiera accedido. (La comida de coño se ha convertido en una violación oral. Ella gime de placer. Su respiración es honda). ¿Qué le hubieras dicho? ¿Eh? ¿Le hubieras dado las gracias por joderme como tú no serías capaz? Sí, seguro que lo hubieras hecho. Alcancé varios orgasmos, él último fue de los intensos, cariño. Me tembló todo el cuerpo, me corrí a chorros.  Perdí el control de mis piernas y casí me caigo al suelo… El líquido me salía cómo una meada retenida.

-¡Eres una puta, una puta!

-¡Y tú un cornudo que te gusta comer dónde otros se han corrido!

La escena es de total desenfreno. El marido levantando a su esposa y apoyándola sobre la encimeras, queriendo entrar más y más con su lengua dentro de ella. Ella tiene un sonoro a largo orgasmo mientras sigue gritándole que es un cornudo, que no vale para nada, que solo sirve para limpiarle el coño con la lengua después de que otro tío se la haya follado bien. Sus largas y bellas piernas se agitan de forma muy sexy. Al final él se retira y la deja exhausta. Vemos que la boca del marido está embebido de todo tipo de fluidos.

Ambos sonríen.

-Te quiero -dice el marido

Ella se ríe.

-Y yo a ti. ¿Dime una cosa? ¿Qué le piensas decir a Miguel mañana cuando lo veas en el gym? ¿Te ducharás con él? Si lo haces quiero que le mires bien la polla, ¿vale? Mírasela y piensa que tu mujer disfrutó como una perra con ella.

Ambos se funden en un largo y sucio beso.

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Un regalo para mi marido

Hará dos meses descubrí un oscuro secreto de mi marido, su fantasía de ser un cornudo. Todo pasó por pura casualidad, cogí su móvil para comprobar un mensaje que había recibido mientras se duchaba. Más que nada, para asegurarme de que no fuera nada urgente o importante. Al desbloquearlo se abrió una pantalla de un blog con unos talkies de temática “cuckold”. Eran imágenes porno y/o eróticas con frases sobreescritas que aludían siempre a lo mismo: mujeres dominantes humillando a sus maridos cornudos. Estuve rastreando en el historial y todo estaba lleno de blogs y páginas relacionadas con lo mismo. Decidí dejar el móvil tal y como lo encontré y no comentarle nada a Luis.

Pasaron los días y mi curiosidad por el tema fue en aumento. Decidí investigar por mi cuenta y descubrí que muchos hombres casados tenían el inconfesable deseo de que sus mujeres practicaran sexo con otros hombres más masculinos que ellos, sobre todo, con un pene más grande que el de ellos. En fin, estuve indagando a fondo, viendo muchos videos pornos relacionados con cornudos y comprobé que la mayoría de los corneadores eran siempre hombres negros con unos miembros increíblemente grandes. Debo confesar que me excité en más de una ocasión al ver esos penes. Me estaba infectando de aquella morbosa fantasía más rápido de lo que deseé. De hecho, me empecé a masturbar a solas pensando en aquellos tíos musculosos y tan bien dotados y en la idea de que a mi marido le gustara verme debajo de uno de esos machos, follada hasta el éxtasis.

Por aquel entonces, estaba todo el día super cachonda, en el trabajo, en casa, en la ducha, siempre pensando en dar el paso y serle infiel a mi marido y, sobre todo, en hacérselo saber. Como por arte de magia, el destino puso la tentación en bandeja. Fue un lunes por la mañana. Luis, mi esposo fiel y cariñoso, se fue a trabajar como cada mañana y yo me despedí de él con un beso.  Lo ví marcharse y me preparé el desayuno. Me senté en la salita y puse la tele, entonces oí el zumbido de un cortacésped en el jardín. Tenemos una vivienda en planta baja en una urbanización de lujo y siempre habíamos tenido a un chico de mantenimiento pendiente de las zonas comunes. Sin embargo, llevábamos casi un año sin recibir el servicio y me llamó la atención que lo hubieran retomado. Me acerqué a la ventana y aparté la cortina. Entonces lo ví. No se trataba del mismo chico. Era otro. Tenía unos veinticinco años, no más. Como estaba haciendo una primavera algo más calurosa de lo habitual, el chico había preferido prescindir de la camiseta y llevaba su torso al desnudo. Me impresionó su musculatura, para qué nos vamos a engañar, sus abdominales, ridículamente marcados y aquellos pectorales prominentes. Era mulato, tenía un tono tostado que invitaba al pecado. Estaba muy tatuado, cosa que me pone a cien. Rostro varonil, mandíbulas anchas y ojos claros. Un bombón. Sus shorts desgastados y ajustados le hacían un trasero irresistible. Observé que tenía unas piernas gruesas y musculosas. Llevaba un tatuaje en unos de los muslos que no llegué a discernir en la distancia, pero que me pareció muy sexy. Pensé en que era el candidato perfecto para dar el paso y satisfacer la fantasía de Luis. ¿Pero cómo lo haría? Estuve pensando en las cosas que haría con aquel mulato y dónde. Me empecé a tocar y terminé masturbándome como una descosida allí escondida tras las cortinas, mirando cómo el tío empujaba el cortacésped, cómo se le tensaban los músculos de los brazos. Acabé exhalando bocanadas de deseo. Al final me relamí el dedo mojado imaginándome que era el pene de aquel tío. Un show, vamos.

Pasó una semana y comprobé que el chico estaba destinado a atender toda la zona común. Cuidaba de la piscina, del césped, de todo. Sobre la 13hrs se ponía a comer un bocadillo debajo de una palmera, y reanudaba el trabajo a la 13:30hrs. Estuve elucubrando un plan. Si lograba que aquel tío entrara en casa durante su media hora de descanso, a lo mejor conseguía que Luis nos sorprendiera en plena faena, ya que él sale habitualmente de trabajar a la 13:30hrs y llega a casa sobre las 14hrs. En fin, tendría que lograr que el chico no huyera demasiado pronto y que no acabara tampoco muy rápido. ¿Pero cómo conseguiría que entrara en casa? Tuve una idea. Iba a ser un topicazo, pero para el caso sería perfecto. Le diría que tenía una fuga en el fregadero y le preguntaría si sabía arreglarlo. Seguro que sabía… Seguro que sabía hacer muchas cosas.

El día elegido fue un viernes. Cuando mi maridito se fue a trabajar me  fui rápidamente a mi dormitorio a arregalarme. Esta muy nerviosa. Iba a necesitar un buen rato en prepararme para aquel tío. Me duché, me afeité el sexo hasta dejarlo liso y suave, me hice la plancha, me pinté las uñas (de las manos y de los pies), me maquillé como si fuera noche vieja y elegí la ropa: un vestido de verano con motivos florales supercorto, unas sandalias con tacón de cuña superfashion y unas pantimedias Fatal 15 color cosmetic de la marca Wolford, sin costuras en la entrepierna. Lo de las medias era un gesto para mi marido. Siempre fue un fetichista sin cura de la lencería y sentía especial predilección por las pantimedias. Pensé que si me pillaba con ellas puestas mientras le ponía los cuernos, sería como el ingrediente secreto para que un buen plato se convertiera en uno especial. Las pantimedias Wolford eran una pasada, me las regaló mi marido para San Valentín, pero nunca vi el momento para ponérmelas. La estrenaría para la ocasión. La verdad es que se sentían como una suave segunda piel que proporcionaba un velo sugerente y sexy. No llevaría braguitas, ni sujetador. Evidentemente. Me había vestido tal y como más le gustaba a Luis, y sin embargo lo iba a disfrutar otro tío.  La sensación era increíble. Me di la vuelta frente al espejo. Me gustaba lo que veía. Estaba rozando el toque “provo” sin resultar obvia. Me eché un poco de mi perfume favorito Coco Mademoiselle Chanel y lancé un beso a una foto de nuestra boda.

“Esto lo hago por tí”, le dije a la imagen de mi marido.

Salí a la terraza y busqué al chico. Eran las 12:45hrs, estaba a punto de tomarse su descanso. Lo ví al lado de la piscina. Sin camiseta, con sus tatuajes, sus músculos y el sudor del trabajo duro de toda la mañana. Me dirgí hacia él con pasos ridículamente femeninos, casi de puntillas, a lo Marilyn Monroe cogiendo el tren en “Con falda y a lo loco”. Supongo que esa actitud nunca ha fallado para atraer a un hombre.

-Hola.

El tío se dio la vuelta y me miró de arriba abajo (buena señal).

-¿Sí?

(Ufff, de cerca era más guapo aún y más alto. Me sacaba unos quince centímetros).

-Perdona, me llamo Denisse. Soy la vecina del bajo de allí enfrente. ¿Cómo te llamas?

-Roberto.

-Vaya, qué bonito, tienes un acento muy exótico.

-Soy cubano, mi amor.

Los párpados se me caían de delirio.

-Verás, tengo un problema con el fregadero y me preguntaba si podrías echarle un vistazo…

-¿Ahora?

-Sí, ¿si no te importa?

Me di cuenta que me miraba el escote. Una ráfaga de viento abrió un poco el vestido y noté que se me endurecieron los pezones al roce con la tela. ¿Se me notarían? Por la cara del chico juraba que sí.

-No, vamos si quiere preciosa.

-¡Gracias! Sígueme, es por aquí.

Mi corazón me martilleaba el pecho. Tenía a aquel tío musculoso justo detrás de mí, siguiéndome hasta mi casa. Me volví y le sorprendí mirándome el culo. Sonreí. Esto marchaba.

Entramos y nos dirigimos a la cocina. Me agaché para abrir el fregadero y de pronto me acordé de lo corto que era el vestido y de que bajo las medias no me había puesto braguitas. Me incorporé y me bajé la falda lo que pude. Le miré a los ojos y comprobé que seguramente le mostré más de lo que debía. Estaba supercaliente de ver a aquel tío dentro de casa, sin camiseta, con tantos músculos, oliendo a macho. Noté que me empecé a mojar.

-Mira aquí abajo, está todo muy húmedo -le dije, y me mordí el labio.

El chico ni siquiera miró hacia el fregadero.

-¿Y tu marido? -me preguntó.

-No te preocupes por él… -suspiré.

Ya no podía esperar más y me lancé hacia él y comencé a besarlo apasionadamente. Le di mi lengua para que jugara con ella en su boca. Fue todo muy, muy sucio desde el principio. Llevaba más de quince años (los años que conozco a Luis) que no besaba a ningún otro hombre que no fuera él, y la diferencia me volvió loca. Notaba sus mejillas rasposas mientras me lamía el cuello. Tocaba sus brazos duros y fuertes y pensaba en las consecuencias que traería todo aquello. Me magreaba las tetas justo como a mi me gustaba, sin delicadeza, como un animal. El deseo hacía que quitara el pie del freno y que me tirara cuesta abajo, pero la razón ponía en duda si la fantasía de mi marido de ser un cornudo era sólo eso, una fantasía, y que en realidad no podría tolerar a una esposa infiel. Entre aquel barullo de pensamientos suspiraba cada vez que lo miraba a los ojos, cada vez que nuestras lenguas se rozaban, cada vez que veía toda esa piel tatuada. El olor a macho me hacía derretirme. Sus manos sucias de tierra comenzarón a subirme el vestido y a meterse dentro de las pantimedias.  Empezó a bajármelas.

-No me las quites, por favor. Déjamelas puestas, me gusta más así.

Aquello pareció excitarlo y me cogió en brazos como a una niña pequeña. Le indiqué donde estaba mi dormitorio de matrimonio. Cuando llegamos me lanzó sobre la cama y se quitó los shorts. Llevaba unos calzoncillos Calvin Klein blancos que contrastaban con su piel morena. El tatuaje de su muslo derecho era un tigre de bengala muy logrado. Le daba un aspecto de chico malote muy atractivo. No pude evitar fijarme en su paquete. Su pene dibujaba una gruesa silueta horizontal que se perdía hasta la cadera. Suponía que era un efecto óptico, que no podía ser tan grande. En realidad aquel hijo de puta estaba para comérselo. Me acerqué y me puse de rodillas frente a él. De cerca el bulto me impresionó. Daba la impresión que se había metido un rodillo de cocina en los calzoncillos. Lo acaricié y me di cuenta de que no era un efecto óptico. El miembro era real, inmenso. Me puse a besarlo por encima de los calzoncillos. A lamerlo. El chico gemía.

-¿Ese de la foto es tu marido? -me preguntó.

Cerré los ojos y tomé aire. Me puso cachonda que me lo preguntara. Precisamente en ese momento en el que estaba tan entregada a él.

-Oh sí, ése es.

-Tiene cara de pringao.

-Ohhh, sí lo es.

Le bajé los calzoncillos y liberé la polla más grande que había visto nunca en directo. Estaba totalmente depilado. Me gustó. “Vamos, guarra, cómeme la polla”. Se la sujeté con la mano (apenas la conseguía rodear entera) y la admiré. “Por tu cara parece que te gusta más que la de tu marido”. Era preciosa, robusta, con venas gordas, algo curvada hacia un lado (me encanta) y sin circuncisar. Al principio no supe bien qué hacer. “Hoy es tu día de suerte, perra”. No sabía por dónde empezar. Tragarme todo ese rabo iba a ser imposible, así que saqué la lengua y recorrí todo aquel pollón larga y pausadamente. Me detuve bastante en lamerle los huevos. “Oh, joder sí, cómeme los cojones, putita, así, así, como una gatita en celo, sí”. Los tenía tan depiladitos y tan suaves que me fascinaron. Mi lengua se deslizaba tan bien por aquellas bolas lisas y sedosas. Me dediqué de lleno a relamerle los huevos hasta dejarlos todo lengüeteados y mojados en saliva. Al final fue él el que me pidió que lo dejara ya por miedo a correrse demasiado pronto. Entonces me la metió en la boca, todo lo que pudo. “Ven aquí, preciosa. Esos labios se hicieron para mi polla.”  El tío me sujetó la cabeza y me folló la boca literalmente hasta la garganta. Estuvo así un ratazo. Yo lo miraba a los ojos, gobernable, dispuesta a sus antojos. Hilos de saliva y presemen me resbalaban por la barbilla. “Oh, qué bien la chupas, zorra. A ver si eres igual de buena con mi culo.” De repente, se tendío sobre la cama y abrió las piernas, mostrándome su ano igualmente depilado a conciencia. La verdad es que aquel semental estaba buenísimo.

-¡Lame mi culo, vamos! Me encanta.

Y yo, como hipnotizada, fui gateando hasta él con la lengua fuera y le lamí el ano con devoción. Nunca en mi vida había hecho una cosa tan sucia, sin embargo sentirme tan obscena terminó por impregnar mis pantimedas con una gran mancha de humedad que se extendía hacia los muslos. Esa sensación acuosa en la entrepierna era totalmente erótica. No estoy segura, pero creo que en ese momento tuve mi primer orgasmo junto a él, allí postrada, lamiéndole el culo a aquel chico malo.

Al rato se levantó y me cogió en volandas y me lanzó nuevamente sobre la cama. Me trataba como a una puta de polígono y eso me encendía aún más. Enterró su cara sobre mi coño y quiso quitarme las medias otra vez.

-¡No, no! ¡Comételo con las medias puestas, por favor! ¡Me vuelve loca así! ¡Así es como le gusta a mi esposo, pero nunca le dejo! ¡Quiero que tú disfrutes lo que no le dejo a él!

El tío me cosió el coño a lametazos. El efecto de su lengua, la caricia de sus mejillas sin afeitar sobre mis muslos y la textura de las medias empapadas por mi exceso de fluidos hizo que me bajara una ráfaga de orgasmos electrizantes. Grité y todo. Mientras me asaltaba el placer por todo el cuerpo no sabía si cerrar las piernas o abrirlas un poco más.

De pronto escuché el motor del coche de mi marido. ¡Había llegado a casa! Mi corazón empezó a golpear mi pecho a toda pastilla. Estaba a punto de llegar el momento más importante en nuestra vida matrimonial. Cuando Luis entrara en el dormitorio, ya nada volvería a ser igual.

-Corre, fóllame, mi marido ha vuelto a casa.

El mulato no daba crédito a lo que había oído. Hizo el amago de marcharse y esconderse con rapidez, pero lo detuve.

-No, no te vayas. ¡Fóllame, te lo ruego! A mi marido le gusta que me jodan otros hombres.

(Al menos eso esperaba, porque de lo contario se iba a liar una buena).

Me rompí las medias con las uñas, haciéndole un agujero lo suficientemente grande para que entrara su pene. Dudé un instante cuál sería la posición más adecuada para cuando entrara en el dormitorio y nos sorprendiera. Decidí que me pondría a cuatro patas con la cara mirando hacia la puerta, para mirarle a los ojos a mi marido en el momento culmen.

-Vamos fóllame como a una perra. Si entra mi marido, no pares, tu sigue follándome como loco.

Roberto me penetró por detrás y yo lancé un profundo quejido. Notaba como chapoteaba mi coño cada vez que me embestía. Aquel tío me llegaba hasta donde ningún hombre me había llegado nunca.

-Oh Dios mío, siii, joder, me matas, cabronazo. Oh, fóllame así, venga, así. Oh Dios mío, Dios mio.

Me maravillaba la percepción de no notar ninguna barriga sobre mis nalgas al ser penetrada. Con Luis siempre sentía su barriga fofa antes siquiera de que lograr metérmela entera. Pero con aquel tío, solo sentía sus abdominales duros en relieve acaricar mi culo y sus huevos gordos y suaves golpear mi clítoris. Pensé que era una chica con suerte. Escuché la puerta de la casa. Al fondo mi marido:

-Hola cariño, ya he vuelto…

-Ahh, ahh, siii, no pares, tu no pares, sigue, sigue así, dame cachetes en el culo, dime que soy tu puta, así.

-¿Cariño?

-¿Te gusta así puta? Te gusta que te folle un hombre de verdad, ¿eh? ¿Quieres enseñarle a tu marido lo que realmente te gusta, eh?

El tio me estaba haciendo ver las estrellas, me daba cachetes y me castigaba de lo lindo con sus movimientos de caderas cubanos. Los nervios de saber que mi marido estaba en casa y que estaría oyéndonos acrecentaba el erotismo hasta límites inaguantables.

-Ay, siii, asíii, me matas. Enséñame cómo folla un hombre de verdad… Oh, Dios mío…

Entonces se abrió la puerta del dormitorio.

Luis estaba de pronto allí delante, con su traje barato y su cara de lelo. Su palidez era patética. Por un momento se me detuvo el corazón mientras un fuerte orgasmo me sacudió como un latigazo por toda mi columna. Me corrí salvajemente, entre espasmos y convulsiones. Incluso tuve una ejaculación femenina, ya que experimenté pérdidas semejante a la orina que salpicaron las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

-¡Denisse! ¡Qué haces!

-Me está follando un macho, Luis, un macho de verdad… Me está dando lo que tu jamás podrías darme. ¿Lo entiendes verdad? Dime que lo entiendes.

La cara de mi marido estaba poniéndose roja. Sus ojos brillaban. Pero no era de cabreo, era más bien una claudicación humillante y lujuria. Soltó el maletín que cayó al suelo.

Roberto hacía círculos con su cadera, follándome como un profesional del porno.

-Joder, zorra barriobajera, te has meado de gusto. Mira cómo ha puesto la cama la cerda de tu mujer -bramó el corneador.

-¿Te gusta verme así? ¡Dime Luis! ¿Te gusta que otro tío me diga zorra barriobajera delante de ti? Mira, me está follando con las pantimedias puestas, con las caras… Las que me regalaste para San Valentín. ¿Te gusta que sea así de puta con él? Dime, ¿te gusta que te ponga los cuernos?

Mi marido me miró y asintió levemente. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

-Denisse… -logró escupir:- ¿Por qué?

-Porque estoy harta de tu pichita enana, Luis. Por eso. Porque nunca tengo orgasmos contigo….-comencé a balbucear entre gemidos de gozo:- Mira la polla de este tío, joder. Esto es un hombre, ¿ves? Ah, ah, ah. Me ha dado más orgasmos en media hora que tú en toda nuestra vida juntos -Era difícil hablar mientras se sacuden bien por detrás:- Esto es lo que quiero a partir de ahora… Y tu serás mi cornudo fiel y sumiso. ¿No es eso lo que te pone, maricón? -Y Roberto dándome otro cachete y haciéndome una cola de caballo con su puño, tirándome del pelo, llevándome la cabeza hacia atrás (Dios cómo me ponía eso): – Ah, ah, ah. He descubierto toda esa guarrería que miras por internet, Luis. Lo sé. Sé que te pone ser un cornudo… Y la verdad es que a mí también me pone berraca ponértelos. Ah, ohhhh, no veas cómo empuja este cabronazo, ahhh, ohhh, siiii, cómo me folla cariño, qué bien jode… Me va a dejar el chochito todo irritado. Pero no te importa, ¿verdad? Luego me echas cremita para calmármelo, ¿no cielo? ¿Lo harás? Ohhh, Diosss, siiii, hasta el fondo, cabronazo, me vas a romper en dos, uhhhh.

-¡Mierda, esto es demasiado! -gritó Roberto muy sudado: -¡Me corroooo!

Entre tensas contracciones Roberto descargó un buen chorro y vació sus gordos huevos depilados dentro de mí. Noté el calor del líquido llegarme hasta lo más hondo. Fue un momento íntimo, cálido, reconfortante. La invasión de otro hombre en nuestro matrimonio había sido total, definitiva.

-Se acaba de correr dentro de mi, Luis. Estoy toda llena de su leche, mmmm.

Acordándome de los vídeos que había visto por Internet, decidí llegar al límite y me puse boca arriba abriéndome de piernas. El semen rebosaba de mis labios vaginales.

-¿Dime Luis? ¿Quieres comerme el coño así: recién follado y colmado con el semen de este tío? ¿O prefieres que me duche antes?

Mi marido estaba ofuscado. Se le notaba que estaba teniendo una fuerte lucha en su interior. No sabía si actuar cómo le aconsejaba su cabeza o cómo le rogaba su pequeño pene erecto.

Hice el amago de levantarme.

-Pues me ducharé entonces.

-¡No! Así está bien -me detuvo muy nervioso y miró a Roberto con timidez, avergonzado, cachondo.

Yo estaba alucinando. Al final se dio cuenta de cuál era su verdadero rol en nuestra relación y me limpió el coño con su lengua hasta rebañar la última gota del semen de Roberto.

Mientras lo hacía tuve sensaciones muy extrañas y contradictorias. Por momentos sentía lástima por mi esposo, pero acto seguido me ponía super salida y calentorra al verlo tan dócil y manejable. Sentí un placer especial al notar su lengua lamiendo mi chochito dolorido y bañado con el semen de un extraño, un placer que jamás había sentido con él. No porque mi marido supiera comerme bien el coño (hacía lo que podía), sino por la situación tan humillante a la que consitió someterse. Cuando terminó me incliné y le limpié un cordon blanco que se deslizaba por su barbilla.

-Sólo una pregunta antes de que se despida Roberto. Nunca te has aplicado tanto con el sexo oral. Dime una cosa, ¿me lo has comido con tantas ganas porque te gusta mi coño o porque sabía a su polla?

No me contestó, me miró a los ojos y supe la respuesta.

Yo ahogué un grito con la mano, un grito que terminó en una sonora carcajada. Era increíble, lo cornudo y maricón que era mi marido. Y yo sin saberlo.

Nuestro matrimonio, desde ese instante, ha sido maravilloso. Pero eso lo contaré en otra ocasión.

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Un dios para ellas III

En el cine.

Josh salió del restaurante con una sensación de poder absoluto. Se había estado follando a esa tal Nicole en medio de todo el mundo y las sensaciones que había experimentado eran de total triunfador. Miró su reloj. Eran las once y media de la noche. Demasiado pronto para adentrarse en la zona de copas de la ciudad. Prefirió dar una vuelta antes.

Vio a una pareja sacando entradas para una sesión de cine y se acercó. Él parecía uno de esos directores de banco parlanchines, alto, canoso, bien vestido. Ella era la viva imagen de la actriz porno Keri Sable, rubita, delgadita, una barbie deliciosa vestida con un minivestido blanco estilo ibizenco y tacones de vértigo de puntera abierta de color marfil. Sus piernas eran larguísimas y brillaban por la textura de unas pantimedias de verano color piel bronceada, muy sensuales. Josh notó que se le ponía dura otra vez y tuvo una idea. Esperó a que la pareja entrara y se acercó a la taquilla del cine.

-Hola.

-Hola, ¿qué deseas? –preguntó la taquillera a través del micrófono. Era joven y enseguida se quedó impresionada por Josh.

-Necesito un asiento al lado de la pareja que acaba de entrar. Son amigos míos y deseo darles una sorpresa.

-Entiendo. Sería sala 12, Fila 8, asiento 12 o 18. Ellos ocupan los asientos 14 y 16.

A Josh le interesaba por supuesto el asiento que estuviera al lado de aquella muñeca, pero cómo era imposible adivinar dónde se iba a sentar, Josh optó por la solución más sencilla.

-Dame las dos.

-¿Las dos? Bueno, lo que quieras. Que disfrutes de la película, guapo –los ojos de la taquillera no dejaban de inspeccionarlo de arriba abajo.

Josh recogió sus tickets y entró en la sala. Al revisor le extrañó que presentara las dos entradas, pero las aceptó y dejó a Josh entrar a la sala. La película en cuestión se llamaba “Infiel” y era un thriller erótico de producción italiana. A Josh tampoco le importaba mucho la película, la verdad. Subió por las escaleras y buscó la fila. Vio a la pareja sentada. Se acercó y comprobó que la rubia estaba en el asiento 16. Entonces la suya iba a ser la 18.

-Disculpe-dijo Josh y pasó por delante del tío quien encogió las piernas para facilitarle el paso.

La rubia centró su atención en él prácticamente de inmediato. De cerca era aún más guapa. Cejas estilizadas, piel suave, maquillaje atrevido pero elegante, con unos labios color rosa chicle que invitaban al sexo más superficial. Clavó su mirada en la entrepierna de Josh, tan prometedora, y se mordió el labio.

Josh se sentó al lado de ella y se repantigó. Su cuerpo musculoso sobrepasaba el espacio de los respaldos e invadía parte la butaca de la rubia. A ella parecía no importarle, tan solo se encogió un poco y se cruzó de piernas. Josh, que no se había quitado sus gafas de sol de aviador en plan “chulo engreído”, pudo mirarle las piernas sin resultar indiscreto. Las rodillas huesudas reflejaban la luz con pequeños brillos. Las pantimedias le daban un color bronceado irresistible. A Josh le entraron ganas de lamer aquellas piernas y apreciar así su suave y delicada textura. Se le había levantado un poco el minivestido y se entreveía la línea de la costura de las pantimedias a unos centímetros por encima de los muslos. El perfume que utilizaba la tía era Ralph Blue, muy sexy. La polla de Josh empezó a ponerse dura de verdad cuando la rubia suspiró tan fuerte que dejó patente la honda atracción que sentía por él. El paquete de Josh estaba tomando unas formas escandalosas, como si tuviera un pepino enorme metido en el pantalón y que le recorriera parte del muslo izquierdo. La sala se quedó a oscuras y la película empezó.

Era una producción muy cuidada, con actrices de belleza muy glamourosa y hombres italianos atractivos con barba de dos días. La historia iba sobre una mujer casada con una fuerte tendencia a la infidelidad. En la primera escena un amigo del marido de la protagonista le estaba metiendo mano en la cocina mientras el pobre cornudo estaba sentado en el salón viendo un partido de fútbol esperando a que su colega volviera “del servicio”. Josh notó que su perfume secreto estaba llenando el ambiente y que la rubia solo hacía cruzarse y descruzarse de piernas, muy inquieta, excitada. De pronto, Josh acercó su mano izquierda hacia la nalga de la tía y rozó la textura de las pantimedias. Ella se estremeció y lo miró de reojo. Al ver que la rubia no mostraba resistencia, Josh fue acariciando con su mano todo el muslo hasta adentrarse por debajo de sus nalgas y explorar con sus dedos el sexo de aquella muñeca. Con las pantimedias y las braguitas por medio no llegaba a encontrarle la rajita con comodidad, pero el hecho de notar cómo se encogía todo su cuerpo y cómo pegaba pequeños saltitos cada vez que sus dedos le rozaban el coño era suficiente para que Josh empezara a ponerse cachondo perdido.

Ella lo miraba desafiante. Tenía unos ojos muy sexys, verdeazules como los de Sara Carbonero, y cuando los entrecerraba como un felino rabioso, Josh creía que le iban a estallar los vaqueros. De pronto, ella decidió bajarse disimuladamente las pantimedias y las braguitas, no mucho, un poco solo, lo justo para dejar al descubierto su sexo y dejar vía libre a su acosador. Le dijo algo intrascendente a su marido mientras lo hacía. ¡Menuda actriz! Josh no le dio respiro. Hurgó con sus dedos índice y anular hasta encontrar la entrada. Tenía el coño chorreando la muy guarra. Josh le metió los dos dedos sin miramiento y ella se sentó sobre ellos hasta que la penetraron hasta lo más hondo. La rubia lanzó un quejido contenido.

-Cariño, ¿te ocurre algo?-preguntó el marido.

-No, no. Es el estómago. Me debió sentar mal la cena. Muy pesada.

-Si quieres, nos vamos.

-No, no, estoy bien.

Josh empezó a acariciar delicadamente con las yemas de los dedos la pared esponjosa en lo más profundo de aquella princesita. La rubia ladeó la cabeza hacia él y le mostró un rostro desencajado por un placer indescriptible. Su boquita estaba abierta, pero los quejidos y jadeos eran todavía silenciosos. Entonces, posó su delicada mano sobre el inmenso bulto de la entrepierna de Josh. Tenía las uñas muy cuidadas y pintadas del mismo rosa chicle que sus labios. El delicado tacto de aquella mano y sobre todo ver relucir su alianza de casada puso tan caliente a Josh que incluso mojó con presemen los vaqueros. Ella se dio cuenta y empezó a frotarle y a manosearle la polla con locura contenida mientras él agitaba sus dedos con fuerza dentro de su coño. Y el marido seguía sin enterarse…

-Por favor, vamos al baño-le susurró la rubia a Josh.

-Y una mierda. Me pone que esté tu marido delante -le contestó, mientras se desabrochaba los vaqueros con la mano que le quedaba libre.

La rubia abrió los ojos alucinada cuando vio el mástil erecto y duro que rebotó frente a ella. Incluso a Josh le impresionó ver lo grande e imponente que se veía su pollón tieso, parecía estar más grande con cada hora que pasaba. Para conseguir que aumentara el aspecto vascularizado, Josh empujó un poco en la base y enseguida se le hincharon las venas tanto que le empezó a doler de lo dura que la tenía. La rubia no pudo resistir la tentación y se inclinó sobre él y se la metió en la boca. Josh notó sus labios rosa chicle alrededor de su polla y el pelo liso, tan rubito, cosquilleándole los huevos depilados. Sus dedos seguían masajeando su coño por dentro. La notaba empapada.

-¿Jacquelinne? ¿Qué haces?

Ella se levantó como un resorte. Tenía la boca llena de presemen.

-Se me ha caído un pendiente, cielo… Debe de estar por aquí.

-¿Te ayudo?

Josh lanzó una carcajada inoportuna.

-No, no hace falta-dijo Jacquelinne con rapidez, intentando pisar con su voz la risa de Josh.

Acto seguido se giró y volvió a inclinarse. Josh la cogió por los pelos y le ayudó a encontrar el camino. La polla le llegó hasta el fondo de la garganta a lo que ella respondió con una arcada.

-Eso putita, toda entera.

El marido se giró y miró a Josh. Vio perfectamente cómo dirigía con su mano derecha la cabeza de su mujer que no dejaba de subir y bajar, inclinada sobre su entrepierna. El muy cornudo tragó saliva y se calló. Hizo como si siguiera mirando la película, eso sí, incómodo y avergonzado.

-Cariño, por favor -dijo susurrando, mirándola de reojo.

Ella dejó de chuparle la verga a Josh un momento y se volvió a su marido.

-No lo encuentro, se me ha tenido que caer en el asiento de delante.

Jacquelinne se levantó del asiento, con las pantimedias y las braguitas caídas (un show vamos), dejando a la vista de su marido cómo los dedos del tío salían de su coño húmedo. Entonces se acercó de espaldas al extraño y se sentó sobre su polla con la piernas juntas, ya que las pantimedias le impedían abrirlas del todo. Dejó caer su melena lisa hacia delante, cubriéndole todo el rostro. En el aire había una mezcla de olores excitantes.

-Dios mío, cariño. ¿Qué haces? -gritó en voz baja el marido (más cornudo con cada segundo que pasaba).

Pero era demasiado tarde. Su mujer ya brincaba encima de aquel chulo con gafas de sol delante de sus narices. ¡Estaban follando! ¡Y sin protección, Dios mío!

-Es que son unos… pendientes preciosos, mi vida. Debo buscarlos bien. ¿Lo comprendes, verdad? No te enfades, cariño. Arghhh, siii, ¿lo comprendes, verdad?

El marido no sabía si su mujer se había vuelto loca o si realmente tenía tan poca vergüenza de seguir con aquel rollo de los pendientes mientras se metía el rabo de aquel cabronazo delante de él como si nada.

-Joder, mierda. Cómo se desliza la puta de tu mujer, cornudo. Lo tiene super engrasado. Me pone cachondo la muy cerda.

-¡Shhhh! -ordenó el marido. Bastante sufrimiento tenía ya con ver a su mujer follar con otro delante suya como para que encima se enterara el resto de la sala que el hijo de puta lo llamaba cornudo como si nada.

-Diossss, no es lo que paaahrrg… parece, cariño, joder, no tan fuerte, así, así. Diossss, qué bien lo haces, cabrón… -jadeaba Jaquelinne fuera de sí, mientras Josh elevaba las caderas como un campeón, machacándola a conciencia.

La imagen de ver a su mujer sentada sobre aquel tío, con sus piernas largas enfundadas con las pantimedias de verano color carne levemente caídas, las rodillas juntas y las puntas de los pies, que sobresalían de esos taconazos, enfrentados como si fuera una colegiala tontita, jadeando y saltando, clavada por un chulo de mierda, terminó por romperle el alma al pobre maridito. No sabía qué hacer. Se suponía que debía defender su honor e impedir aquella humillante situación, pero algo lo paralizaba. ¿Era el aspecto peligroso de aquel tío, quizás? ¿O tal vez en su fuero interno, entre el dolor, se sentía profundamente excitado? Mientras que el marido se hundía en pensamientos y sentimientos encontrados, Josh se incorporó y colocó a aquella muñeca a cuatro patas, apoyada sobre las butacas, mirando hacia su marido.

-Levanta ese culito, zorra.

Ella, obediente, le hizo caso. Josh dejó caer un hilo de saliva sobre su polla para lubricarla un poco y se la metió lentamente a aquella preciosidad. Sin dejar de penetrarla, se fue quitando la camisa negra de Verino, exhibiendo su cuerpazo musculoso. El cordón de plata que rodeaba su cuello se agitaba con cada embestida, dándole un aspecto de macho Alfa intratable y destructor. El reloj Panerai de 5000€ de corte deportivo en su muñeca le daba un toque de tipo ambicioso, egoísta y rico engreído que terminó por hundir al esposo del todo. No era solo su gran polla la que se metía dentro de su mujer, eran todos sus músculos, su dinero, ese perfume increíble que usaba, su carita de guapo, joder, eran muchas cosas las que se la estaban follando en ese momento. Los jadeos de la rubia eran ya intensos y de un tono tan agudo, tan femenino, que Josh tuvo que contenerse para no estallar demasiado pronto. Cada embestida sonaba como una palmada hueca, fuerte, sin piedad. (Pam, pam, pam). Cada golpe que sonaba era una puñalada en el corazón del marido. El resto del público de la sala ya se había dado cuenta hacía rato de lo que ocurría y se oían risas mezcladas con las quejas de algunas personas escandalizadas.

-Jacquelinne, ¿por qué me haces esto?

-No lo sé, argh, argh, no puedo evitarlo, (Pam, pam, pam) oh, ooooh. Me atrae, aaaahhhh, (Pam, pam, pampampampam) como un imán, arrrgh, Diosss, sí, siiii, argh, (Pam, pam, pam, pampampam, pam) es una locura… La tiene… tan grande, mierda… ahhhhh (pampampampam) -resollaba Jacquelinne sin dejar de agitar la cabeza y la melena al ritmo endiablado que le imponía Josh por detrás. De repente puso los ojos en blanco y parecía ahogarse. Josh la estaba castigando de lo lindo con penetraciones muy rápidas y fuertes. Era como una bestia follando: -(¡PAMPAMPAMPAMPAMPAM!) ¡Cómo se mueve! ¡AHHHHHHHH! ¡ME CORROOOO! ¡SIIIII! ¡SIIIIIIII!

El marido intentó taparle la boca a su mujer. Los gritos eran tan fuertes que incluso temió a que los de seguridad entraran para ver qué ocurría.

Sin embargo, nada pudo impedir que su mujer se corriera a gritos por culpa de la tremenda paliza que le estaba dando aquel tío a su pobre coño. Lejos de terminar aquella pesadilla las posturas fueron sucediéndose como un desfile de perversiones. Josh follándosela con la postura del misionero mientras Jacquelinne estaba sentada con las piernas juntas y hacia arriba; Josh comiéndole el coño a Jacquelinne mientras ésta gritaba como poseída; Josh sentado y ella encima de él saltando como si estuviera montando a un toro en una prueba de Rodeo.

-¡¡ME CORROOOO OTRA VEZ!! HIJO DE PUTA, CABRONAZO… ¡¡¡ME CORRO POR TODO EL COÑO!!!…-gritaba Jaquelinne al tiempo que golpeaba ya sin fuerzas los duros y rocosos pectorales de Josh.

Al final, cuando ella estaba sofocada de tanto follar, sin respiración, Josh la obligó a ponerse de rodillas y a lamerle los huevos.

-Así, con la lengua, suave, suave. ¿Cómo decías que se llamaba esta puta? -le preguntó Josh al marido mientras dirigía la cabeza de su mujer a su antojo.

-Jacquelinne…-dijo el pobre hombre en un suspiro.

-Eso, se me había olvidado. Jacquelinne, mmmmm. Me encanta tu nombre, es supersexy. Mmmm. Dame las gracias por follarte, nena. Vamos.

-Gracias, gracias, gracias por follarme. Eres un dios. Me vuelves loca.

-Joder, ¿estás escuchando a tu mujercita? Me ha dado las gracias por joderla como un machote. Mmmm…. Me encanta cómo me lame los huevos. Vaya gatita.

-Tienes los huevos grandes como los de un toro. Mmmm, qué hombre. Me pones cachonda. Que suaves los tienes. Están depilados…-decía Jacquelinee totalmente entregada a Josh, admirando su cuerpo, acariciando sus duros y recortados abdominales mientras jugueteaba con su lengua alrededor de los huevos: -Córrete en mi boca, por favor. Humíllame. Úsame como a una puta barata.

-Vaya con la boquita de Jacquelinne. Ábrela bien, cerda, que te la voy a limpiar.

Josh empezó a agitar toda su enorme manguera y explotó con un chorro fuerte y potente sobre la boca de la rubita. El semen era abundante y espeso, parecía que un caballo acababa de correrse encima de aquella muñequita. Le dejó toda la carita bajo un manto pringoso, como si le hubiera caído un tarro de leche condensada encima.

-¿Te ha gustado la película, cornudo? Creo que a tu mujercita le ha encantado.

Josh se vistió y se largó del cine, pero antes se volvió hacia la pareja. Allí estaban sus víctimas. Él sentado, pálido, y ella recomponiéndose las pantimedias, sin apenas poder abrir bien los ojos por culpa de todo el semen que los cubría. Adorable.

-Ha sido un placer follarme a tu mujer. He jodido con putas profesionales que no son tan guarras, créeme. -dijo Josh bien alto para que todos lo oyeran, lo dijo con prepotencia, golpeando el hombro del marido con descaro.

Aquella observación, hizo que Jacquelinne lanzara un último suspiro de delirio, totalmente enamorada de él.

Josh salió con aire triunfador. Estaba claro que antes de dar una vuelta por la zona de discotecas debía darse una ducha y cambiarse un poco. La noche prometía. Se preguntó cómo continuarían sus vidas esas parejas a las que desunía por culpa de sus irresistibles dotes. ¿De qué hablarían durante horas siguientes? Estaba claro que salir del cine con tu mujer con la cara llena de semen de otro hombre no era plato de buen gusto. ¿Cómo se sentirían ellas con respecto a sus maridos? Avergonzadas o tal vez con un aire más dominante después de saber que podían follar con otros tíos más atractivos que sus maridos sin que ellos fuesen capaces de impedirlo. Aquellos pensamientos solo lo hacían sentirse más excitado, más fuerte. Se acordó que llevaba ya algunas horas sin tomarse su pócima mágica. Sacó el tarrito con las pastillas y se tragó una.  Era el Rey del Mundo. La vida le sonreía.

Continuará…

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Cornu2 (1ª historia)

Cornu2 será una serie de historias narradas en plan guión cinematográfico, muy visuales, que nos presentarán escenas de dominación femenina sobre sus pobres maridos cornudos. Espero que las disfrutéis.

I Historia. Patricia y Mario.

Escena I

Vemos a una mujer joven, de unos veinticinco años, delgada, no muy alta, con cuerpo de muñequita, que está mirándose en el espejo. Se parece mucho a la actriz porno Jenna Haze, con esa cara afilada de niña mala, ese tipo de cuerpecito irresistible, las mismas piernas finas y delicadas. Está probándose vestidos, todos muy cortos. Parece que le gusta uno de color fucsia con amarre en la espalda y transparencia en la cintura. Comprobamos que se entrevé su ombligo y su abdomen liso y firme bajo el panel de red.

―¡Mario! ¿Vienes por favor?

Mario es su marido. No tarda en llegar, con su delantal y la cara de imbécil. Parece que estaba realizando tareas del hogar.

―¿Si cariño?

―¿Me traes las pantimedias color carne que me compraste ayer, las caras? Ah, y tráeme también los tacones fucsia de puntera abierta. Rápido que no tengo toda la noche.

Mario asiente como un criado y corre rápido al armario. Busca entre los infinitos pares de zapatos que pueblan el interior del armario y coge los fucsia que pide su mujer. Vuelve corriendo al dormitorio y saca un cartón cuadrado de uno de los cajones del sinfonier negro con tiradores plateados: las pantimedias envueltas aún en su envoltorio.

―Pónmelas anda ―dice ella mientras se sienta sobre la cama y eleva uno de sus pies de princesa. Se ve que es una amante de la pedicura más refinada.

Él se le acerca con los tacones y se dispone a ponerle uno. Ella reacciona con enfado y le propina una bofetada sonora a su marido.

―¡Idiota! ¡Primero las pantimedias! ¡No sirves para nada!

Él asiente disculpándose y abre el envoltorio. Las pantimedias son unas bronceadas de 20 deniers, reforzadas por arriba, con costura en la entrepierna y puente de algodón en forma de rombo. Las extiende y se las coloca a su mujer. Primero una pierna y luego otra, despacio, para no hacerle ninguna carrera. Ella se incorpora y se levanta el vestido. No lleva braguitas. Vemos que está depilada al estilo brasileño, o sea, cero vello. Su marido le sube las pantimedias hasta la cintura y se las alisa. Le quedan perfectas. Al girarse vemos que tiene el culo ideal, con ese hueco en forma de corazón justo entre el sexo y el nacimiento de los muslos. Se le puede ver el coño desde atrás sin la necesidad de que se incline hacia delante. Aunque está cubierto por ese irresistible rombo de algodón de las pantimedias.

―Estás preciosa.

―Lo sé. Anda, colócame los tacones que llego tarde.

―¿Cuándo volverás?

―Llegaré a la hora que me de la gana, cornudo ―dice ella dándole un golpe seco en la cabeza―. Si fueras un hombre, no tendría que salir por ahí a buscarme una polla de verdad que me folle en condiciones. ¿No te da vergüenza que seas incapaz de satisfacerme?

―Sí, lo sé, lo siento mucho.

―Venga, levanta y termina de fregar los platos.

Mario se levanta y se va a la cocina, mientras ella se termina de peinar y dar los últimos retoques a su maquillaje. Se echa varias gotas de perfume y sale del cuarto. El brillo de las pantimedias le da un aspecto muy sexy. Sus pies metidos en esos taconazos, los deditos abriéndose paso por la puntera, el vestido que apenas oculta la línea de demarcación de las pantimedias con cada leve movimientos… Ese culito que se mueve con descaro. Parece que está a punto de partirse, por su aspecto frágil y delicado, un espectáculo, vamos.

―¿Patri, dónde vas?

―A un club nuevo que se llama “La novia de Cucky”. Hay muchos chulazos, negros, latinos, la crema de los corneadores, nene. Si te portas bien, un día vendrás conmigo.

Ella le da un beso en la mejilla y sale de la casa.

Escena II.

El dormitorio está a oscuras. Son las cuatro y media de la madrugada. Mario está durmiendo en la cama. De pronto se oye la puerta de entrada de abrirse. Hay risas. Es su mujer que viene con algún tío. Ella lanza un gritito de entusiasmo. La voz del hombre es grave y poderosa. Le dice algo de que está muy cachondo, pero no se oye muy bien. De pronto entran en el dormitorio de matrimonio y se enciende la luz. Patricia está algo bebida, se nota al caminar, cómo se tambalea. La acompaña un negro de metro noventa, de rostro curtido, guapo, de ojos claros. Viste una camiseta ajustada de mangas cortas que le marca un cuerpo musculoso. Sus brazos son dos troncos robustos con bíceps como globos. Ella se vuelve hacia él y le besa. Se mordisquean los labios, se chupan las lenguas, se lamen. Se están literalmente comiendo la boca uno a otro. El negro la toquetea a su antojo. Tiene una mano tan grande que le cubre casi el culito entero cuando se lo manosea. Patricia parece una muñeca de porcelana en manos de un gorila. Ambos están que arden.

―¿Cariñito? ¿Estás dormido?

―Mmm.

―¿Cariñito? Hola. Anda, despiértate que vas a ver lo que es un hombre.

Él se hace el remolón, pero en realidad lleva despierto desde que entraron, escuchando cómo luchan sus lenguas, como burbujea la saliva en sus bocas. Mario se incorpora y mira la escena. Su mujer besando y dándole pequeños bocaditos a los gruesos labios de un negrazo impresionante.

―¿Éste es tu marido?

―Sí, pero tranquilo. Es inofensivo. Quiero enseñarle por qué no follo más con él ―dice Patricia, acercándose al oído del negro―. La tiene muy pequeña.

El negro se ríe. Le divierte la situación. Patricia se arrodilla y le desabrocha al negro los vaqueros. Los calzoncillos son unos boxers blancos ajustados de Emporio Armani. Parece que tiene una herramienta de infarto. Patri mira a su marido sonriendo.

―¿Estás preparado para ver una polla de verdad, cariño?

Le baja los calzoncillos. El negro tiene un pollón como un calabacín gordo y grande, rodeado de un ramaje de venas. Al estar tan cerca de la cara de Patricia comprobamos que la desproporción de su miembro es imponente. A Mario se le abren los ojos como platos, está en estado de shock.

―Vamos, putita. Chúpamela bien, que vea tu marido lo aplicada que eres.

Incluso a Patricia, harta de ver pollazos, le impresiona el calibre que gasta el negro. Abre la boquita y se mete solo una porción del glande. No le cabe entera, imposible. La imagen no tiene desperdicio: ella vestida así de sexy, con sus piernas bronceadas, los taconazos de vértigo, su minivestido de furcia barata, clavada de rodillas, tratando de engullir ese embutido de carne sin poder, mientras el negro se quita la camiseta, mostrando un torso tatuado, musculoso, fuerte y al fondo el marido, arrinconado encima de la cama, a pocos metros del show, protegiéndose con la almohada, asustado.

―Mira, cariño, ¿ves? ―dice Patri con la polla del negro en la mano, agitándola―. ¡Esto es un polla! ¿Ves? Vamos, ven, acércate y bájate los pantalones, venga. Quiero que veas bien la diferencia.

Mario se acerca gateando y se baja los pantalones del pijama, muy obediente. Se quita los calzoncillos blancos de algodón baratos y deja a la vista una pichita blanca, flácida y no más grande que un dedo meñique.

―¡Joder! ¿Cómo te has podido casar con eso, tía? ―exclama el negro, riéndose a carcajadas y señalando el diminuto pene de Mario.

Ella también se ríe y coge ambos miembros con las manos. Primero mira el de su marido, como un pequeño gusano tímido entre sus dedos, y luego gira la cabeza y ve la pedazo de polla del negro.

―¿Ves a lo que me refiero con lo que no me satisfaces? ¿Lo entiendes ahora?

―Sí, lo veo, lo veo, cariño. Te comprendo perfectamente.

El negro se está partiendo de risa. No puede creer lo patético que es ese cornudo. Patricia desprecia con un ademán la presencia de su marido y sigue chupándole el pollón al macho. El negro la está cogiendo de los pelos, obligándola a mamar más rápido.

―Eso puta, abre bien esa boca sucia que tienes. ¿Ves cómo te cabe casi entera? Mmmmm, tiene buena boca la zorra de tu mujer, mírala. A pocas le entra tanto, mierda. ¿Te gustaría sujetarle la cabeza, cornudo? Ven.

El marido se acerca y agarra la cabeza de su mujer. La desliza hacia delante y hacia atrás. El negro se queda quieto, y deja que el cornudo siga el ritmo de la mamada. Se echa hacia atrás, está disfrutando de lo lindo. Patricia se queja de gusto cada vez que el pollón le llega hasta el fondo de la garganta. Es una escena humillante.

Acto seguido, el negro se cansa de tanta mamada y coge a Patri por los aires y la lanza a la cama como si fuera un montón de basura.

―Me trata como a su puta. ¿No vas a hacer nada al respecto? Eres mi marido, cielo, tienes que defenderme ―ríe Patri mientras se retuerce como una gata.

Mario con la cabeza agachada se aparta y se pone a un lado. Patricia se abre de piernas y el negro se pone de rodillas frente a ella. Como a cámara lenta, primero le frota el clítoris con la punta de la estaca por encima de las pantimedias, luego se la mete un poco, presionando el rombo de algodón que cada vez está más húmedo, luego otra vez le acaricia los labios con la polla  y se la vuelve a meter, esta vez un poco más, empujando las medias hacia dentro. Patricia gime cada vez que la siente, tan grande, tan gorda. El negro se dispone a quitarle las pantimedias.

―¡No! ¡No me las quites! Rómpelas un poco, pero fóllame con las pantimedias puestas, por favor, me pone mucho ―ruega Patricia mientras mira de reojo a su marido que es un fetichista de la lencería femenina―. Qué lástima, pobrecito, con lo que te gusta que me ponga pantimedias en la cama y nunca quiero, ¿verdad? Y ahora mira a este cabronazo negro, disfrutando de tu fantasía, aprovechándose de mí, haciéndome lo que le da la gana, delante tuya.

El negro se acerca y se detiene un poco en comerle el coño a Patricia. A ella le vuelve loca sentir la lengua desgastándole el puente de la costura de las pantimedias con tanta fuerza, con tanta brutalidad. Por fin el negro decide romperle la lycra y abre con sus poderosos dedos un agujero que deja a la vista el coño depilado y rosado de Patricia. Ahora la lengua del negro vuelve a la carga con unos lametazos impresionantes. De vez en cuando se detiene y le escupe en el clítoris, humillándolo, maltratándolo. Patri grita de gusto. Sus quejidos son agudos como los de una colegiala.
―¡Qué bien me lo come! ¡Joder, Mario! ¡Este tío es una máquina con la lengua! ¡Ni te lo imaginas! ¡Ahhhh! ¡Mmmm! ¡Cómo me está comiendo el coño, el muy cabrón! ―Patricia mira directamente a su marido mientras abre las piernas todo lo que puede, totalmente entregada―. ¿Por qué no sabes comérmelo así? ¡Dime! ¿Por qué?
El negro sonríe mientras sigue fustigando con su lengua el clítoris de Patricia. Los gritos de gozo están llegando a ser escandalosos.
―Cariño, por favor. No grites tanto, los vecinos, por favor ―dice Mario con las manos en posición de rezo, suplicante.
―¡Cállate imbécil! ¡Te da miedo que sepan lo cornudo que eres! ¿Es eso? ¡Mira y aprende! ¡Eso es lo que tienes que hacer!
El negro aparta la cabeza de la entrepierna de Patri y arrastra el cuerpo de ella hacia él, para poder clavársela con comodidad. Coloca una almohada bajo la zona lumbar de ella para que las caderas estén en una posición más alta y empieza a metérsela despacio. Ella gira los ojos y los deja en blanco cuando la polla del negro se abre paso en su interior. El contraste es delicioso. Ella tan delgadita, tan mona, con sus exquisitas piernas tostadas y suaves dejando que la rompa esa manquera de venas, negra e insultantemente grande. El negro lame los taconazos fucsia mientras mueve sus caderas con movimientos expertos. El brillo de las pantimedias sobre los músculos marrón chocolate le imprime a la escena un aire “high class” de porno glamouroso. Además, la decoración del dormitorio entre vintage y moderno, con mucho colores negros, papel sexy en la cabecera, lámpara de araña también negra, hace que todo sea mucho más erótico, de sexo lujoso, perversión sofisticada.

―¡Fóllame bien, vamos ! ¡Méteme ese pollazo negro hasta el fondo! ¡Fuerte que no me rompo! ¡Vuélveme loca! ¡Síííííííííííííííí!

Las nalgas bien formadas y musculosas del negro se contraen cada vez que ataladra el frágil cuerpecito de ella. Es tan grande, tan fuerte, la está jodiendo bien a la muy puta. Vemos que la ancha espalda del negro está tatuada con un águila con las alas extendidas. El sudor está perlando su piel de chocolate.

―¡Te voy a machacar ese coño blanquito que tienes pedazo de perra! ¡Te vas a acordar de mí mientras vivas, puta! ¡Puta de mierda, abre esas piernas bien abiertas!

―¡Joder! ¡Mario! ¿Te gusta ver cómo me folla un hombre? ¿Verdad? ¿Te pone? Y además me está follando a pelo, nene… ¿No te pone cachondo pensar que me deje embarazada? ¿Qué pensarían de ti al ver que tienes un hijo negrito? Seguro que serías un padrazo, ¿eh cornudo? ¡Un padrazo de primera!

Mientras Patricia sigue humillando a su marido verbalmente, las posturas van sucediéndose una detrás de otra. El negro es un follador profesional. Primero se la está tirando en posición profunda: ella con las piernas en alto, apoyadas encima de los hombros redondeados y poderosos del negro, mientras él deja caer su cuerpazo con fuertes y rudos golpes de caderas, taladrándola hasta lo más hondo. Ahora el negro le da la vuelta como a una muñeca de trapo y la pone boca abajo. Le flexiona una pierna al costado mientras se la folla de rodillas por detrás. El negro parece un toro bravo, con los huevos gordos y grandes balanceándose como dos cocos. Esa postura parece enloquecer a Patri, ya que le permite notar el clítoris rozar constantemente con las pantimedias y con sus labios. Al cabo del rato, el negro decide acostarse boca arriba y dejar que ella se siente sobre su verga. Patri está cabalgando mientras le araña los pectorales de acero al cabronazo del negro. Salta sobre él como loca, sacudiendo su melena con rabia mientras deja que se le empale la estaca hasta el estómago.

―¡Me matas! ¡Dios mío! ¡Me estás destrozandooooo!

Patricia se está sacudiendo como si le estuvieran dando descargas eléctricas.

―¡Cariño! ¿Qué te pasa? ―le pregunta asustado Mario.

Ella sacude la cabeza de un lado a otro y abre la boca pidiendo aire. De pronto estalla de placer.

―¡ME VOY, ME VOY, DIOSSS, ME VIENEEEE, ME VIENEEEEE! ¡AAAARGHHHHHH!

El negro le saca la polla y le frota el clítoris con la mano derecha. Un chorro de meado y secreción glandular brota como una fuente del coño de Patricia. Ella se agita como una posesa mientras el líquido moja el torso del negro a quien parece excitarle mucho.

―¿Ves cómo se corre tu mujer? ¡Como una perra, joder!

―Cariño, ha sido inexplicable. Nunca me había corrido así, mierda. Este tío es una pasada, una pasada ―jadea Patri volviendo la cabeza hacia Mario, con todos los pelos en la cara.

El negro está como fuera de sí, está caliente perdido. Coge a Patricia en vuelo y la pone ahora de cuatro mirando hacia su marido. Sin mediar palabra se va abriendo paso por el culo de ella hasta romperlo. Ella grita de dolor mientras se agarra a Mario, quien la sujeta con cariño, preocupado.

―Patri, ¿te duele mucho, cielo? ―le pregunta muy atento el cornudo a su mujer.

―Es un dolor delicioso, nene. El hijo de puta me está dando bien por el culo, joder. Me vuelve loca, me encanta. Ahhhhhh, siiiiii ―le responde Patricia mirando a su marido a los ojos―. Así folla un macho, ¿lo ves Mario? ¿Ves lo que siempre te digo? ¿Por qué no eres así? ¿Por qué no eres así de hombre conmigo?

Los embistes son ahora salvajes. La cama se mueve como si hubiera un terremoto en la habitación. Ella está abrazada a su marido, gritando, encajando, recibiendo toda la caña que le están dando. El negro empuja como loco, fuera de sí, con un movimiento de sierra violento y brutal. Le da cachetes en las nalgas. Le frota el clítoris con una mano mientras con la otra le pellizca los pezones, rudo, muy rudo. Le está partiendo el culo bien partido. Está sudando como un cerdo, apretando los dientes. Ella mete una mano entre las piernas y acaricia los huevos de su macho, los araña con sus uñas largas y cuidadas, propinándole cosquilleos irresistibles a su amante.

―¡¡ME CORRO PUTA, ME CORROOOOO!! ―grita el negro mientras aprieta las caderas.

Ella cierra los ojos extasiada.

―Lo noto, mmmm. Toda su leche, calentita. Me está llenando toda. Mmmm. Vamos, Mario, corre, antes de que me salga. Cómeme el culo, lame con tu lengua las sobras del macho. Así, buen chico. ¡Cómo disfrutas que te ponga los cuernos! Eso, la lengua hasta dentro. ¿Sale la leche? ¡Pruébala! ¡Trágatela!

Mario rebaña con su lengua todo el semen que rebosa del ojete dilatado de su mujer.

―¿A qué sabe, Mario? ¡Dilo bien alto!

―A hombre, cielito, sabe a hombre.

―Así me gusta, cornudín. Y ahora dale las gracias a este macho por follarme como tú jamás podrías. ¡Venga que te oiga!

Mario se gira, tiene restos de semen alrededor de la boca. Mira al negro con timidez.

―Gracias, gracias por follarse a mi mujer, señor. Yo no puedo hacerlo así de bien y ella se lo merece.

El negro está riéndose mientras asiente.

―Joder, cornudo. Dilo otra vez, que me la estás poniendo dura otra vez. Ven puta, chúpame la polla un rato más mientras tu marido me vuelve a dar las gracias. Esto me pone, joder. Me pone berraco. Por cierto, ¿no se puede poner tu marido un vestidito de criada o algo? Mmmm, sería cojonudo.

―Ay, siiiiii. Qué divertido. Corre a la cocina y ponte el delantal rosa, puedes ponerte una felpa de encaje blanca, jajajaja, siiii. Venga, cielito, hazlo por mí.

La cosa parece que no ha terminado, que solo acaba de empezar…

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