Historias de Viana 2: Si fuera él

Entro en mi portal, voy directa al buzón para sacar la correspondencia, la miro, lo de siempre, facturas, y propaganda de pizzerías, chinos, tiendas de muebles, a veces no entiendo por qué nos gastamos el dinero en un buzón que está fuera del portal si siguen llenando los buzones de papelitos que van directamente a la basura, me doy la vuelta, meto las cartas que en mi bolso y camino hacia el ascensor, aprieto el botón para que baje, pero tarda en hacerlo, a lo lejos se oyen ruidos y hay un camión de mudanza en la calle, vuelvo a darle al botón y alguien se pone a mi lado, es el vecino de enfrente, Nico, yo sé su nombre porque Marcos , uno de mis compañeros de piso me lo ha dicho, me mira y me sonríe, yo le devuelvo la sonrisa.

-Viana ¿verdad?.- me pregunta.

-Sí.- contesto extrañada, él lo nota.

-Ahora es cuando preguntas como sé tu nombre, tu amigo Marcos me lo ha dicho.- me contesta.

-Ahhh, ¿de qué conoces a Marcos?.-

-Del trabajo, él fue quien me avisó de que aquí había un piso en alquiler.-

-Marcos siempre tan servicial.- digo riéndome.

-Bueno, viene el ascensor o no.-

-Y cómo es que no me ha hablado nunca de ti.- le pregunto.

-¿No te ha hablado de mí?.-

-No.-

-Pues vaya.-

El ascensor se abre y entramos, apretamos el botón del 8º que es nuestro piso, su piso está al otro lado del pasillo, mi piso está casi al salir del ascensor, salimos y él se despide.

-Bueno, nos vemos, encantado de conocerte Viana.- dice volviendo a sonreírme.

-Lo mismo digo … no me has dicho tu nombre.-

-Ni que no lo supieras.- me dice guiñando un ojo.

Entro en mi apartamento y cierro la puerta, Gael está en la cocina haciendo la comida, Marcos tiene turno de tarde en su trabajo y no vendrá posiblemente hasta bien entrada la madrugada, dejo el bolso en mi habitación y voy a la cocina, suspiro y Gael lo nota.

-¿Te pasa algo?.- me pregunta.

-He conocido a Nico.-

-Has conocido a Nico.-

-Sí, ese pelo tan negro, esos ojos tan verdes, esa altura que tiene, al menos su color de pelo debe ser natural y no teñido como el mío.- digo riéndome.

-Vas a tener que ligártelo.-

-Un tío como ese no se fija en una tía como yo.-

-No digas tonterías, eres preciosa, no eres muy alta, ni estás tan delgada, tienes un aspecto saludable, y eso es bueno.-

-¿Sabes que he soñado con él?, estábamos en la cama y empecé a tocarme como si fuera él quien lo hacía, es el primer tío por el que me siento super atraída desde el desengaño con Isra.-

-Vale, ven aquí, esto tardará un buen rato en terminar de hacerse.-

Gael me relaja, es un tío que tiene un corazón enorme, lo conozco desde hace cuatro años y enseguida nos hicimos grandes amigos, me lleva a su dormitorio, me recoge el pelo en una coleta y me manda desvestirme, me manda sentarme en un banco tapizado que está delante de la cama, hago lo que él me dice, me desnudo por completo y me siento a horcajadas sobre el banco, es un poco extraño que mi amigo gay me mande desnudarme.

-Estás tensa.- dice empezando a masajearme los hombros. –Muy tensa.-

Coge un bote de aceite y empieza a darme un masaje en los hombros, me quedo relajada casi al instante, luego sigue esparciendo el aceite corporal por mis pechos, hasta llegar a mi pubis, me manda ponerme como un perrito y sale de la habitación y vuelve a los pocos segundos, siento un sonido eléctrico, y sus dedos estimular mi clítoris suavemente, coge más aceite y me unta con ello.

-Coge una almohada para estar más cómoda, sentirás algo en tu coño, cerrarás los ojos y pensarás que Nico te está follando por detrás, partiéndote con su inmensa polla mientras tú con una de tus manos libres te frotas tu botoncito del placer.-

Me mete mi consolador por la vagina, paso de preguntarle como supo donde lo guardo, y lo empieza a sacar lentamente hundiéndolo hasta el fondo al principio, luego solamente la punta, tocando un punto en mi vagina que hace que unas inmensas oleadas de placer me invadan, necesito más, froto mi clítoris todo lo fuerte que puedo, Gael sigue metiendo y sacando el consolador, dando a ese punto mágico y luego haciendo la penetración mucho más profunda, entre eso y la vibración me invade una sensación de no poder más, intento aguantar pero llego a un punto en el que ya no puedo reprimirme más y empiezo a gemir como una loca, Gael mueve el vibrador mucho más deprisa, no para, sabe que si fuera yo la que me lo estuviera metiendo ya habría parado, está a punto de venirme otro orgasmo y se da cuenta, empieza a meterlo y a sacarlo haciendo movimientos circulares, cada vez más rápido, no puedo más, vuelvo a tocar mi clítoris, ya dolorido, apenas lo toco cuando vuelve a reaccionar y a enviar por todo mi sistema nervioso otra intensa oleada de placer.

-Joder.-

-Venga cariño, date la vuelta.-

Me doy la vuelta y me quedo tumbada de espaldas, Gael me abre las piernas todo lo que puedo y sigue moviendo el consolador dentro de mí, esta vez mucho más despacio haciéndolo todo más tortuoso, necesito que lo mueva más rápido, pero no lo hace, estiro mis brazos y agarro el edredón de la cama, dejo que haga lo que quiera, noto como estoy apunto de correrme de nuevo, esta vez esa sensación no es tan rápida sino que dura más, y es muchísimo más intensa, gimo sin parar y de repente una sensación de paz y de relax me invade, siento como el vibrador sale de mi vagina, llevo mi mano hacia ella y me meto un dedo, acariciándome el clítoris con el dedo pulgar, mi espalda se arquea ante las pequeñas olas de placer que todavía siento, hasta que se termina.

-Ahora piensa en Nico y que con él será todavía más intenso, un consolador no es lo mismo que tener una buena polla dentro de ti, hazme caso cariño.- me dice Gael.

-Es extraño lo que acabas de hacer.-

-Soy gay cariño, solamente he ayudado a una amiga que tenía un calentón como de aquí a Tokio, ¿raro?, es posible, pero para mí no es nada, quiero decir, las mujeres no me excitan, diferente serías si fueras un tío, y en ese caso te habría tocado sacar músculo, cuando quieras más me avisas, ahora date una ducha y a comer, porque he hecho algo muy rico. Bye bye.-

Voy a ducharme, cuando termino me pongo ropa cómoda, enciendo mi portátil y entro en Facebook, tengo una solicitud de amistad, es Nico.

HISTORIA DE VIANA 3:  Primer Contacto … PRÓXIMAMENTE.

NOTA DE LA AUTORA: esta historia es ficticia, los personajes NO son reales.

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Historias de Viana 1: Sola en Casa

Viana se haya sola en casa, sus compañeros de piso, una pareja de chicos homosexuales decidieron irse de fin de semana a la montaña para huir, aunque fuera durante unas horas del bullicio que se respiraba en la ciudad, Viana, una chica de 32 años, no muy alta, tampoco muy delgada, digamos que apetecible, un gran corazón, un precioso pelo negro y ojos grises, hacía más de cuatro meses que había roto con su novio después de descubrir que éste llevaba mucho tiempo engañándola. Gael y Marcos decidieron que ocupara la habitación que quedaba libre en su piso cobrándole un simbólico alquiler, Marcos es su confidente, su amigo de la infancia …

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Ficción y realidad con mi suegra

Me costaba controlar el orgasmo. Estaba súper excitado. Tenía casi media polla dentro y ella se estaba volviendo loca de placer. Desde su coño salía un torrente de fluidos que resbalaban lentamente por el interior de sus piernas. La mujer estiró su mano derecha hasta poder tocar con la punta de sus dedos mis huevos. Me estaba agradeciendo, como mejor sabía, mi esfuerzo.

Fui un estúpido, porque ya había ocurrido otras veces. Aunque la bronca que recibí en esta ocasión fue brutal. MI mujer descubrió en mi ordenador – le encantaba meterse en mis asuntos personales- uno de los relatos eróticos que preparaba. Ya lo he dicho, no era la primera vez. Pero el texto, en esta ocasión, trataba de una fantasiosa aventura sexual con mi suegra.

El relato lo escribí sin tomar como referencia a la madre de mi mujer. Porque Antonia, como así se llamaba mi suegra, no era de mi gusto. Era una historia en la que la protagonista se asemejaba mucho a Carmen, la madre de mi mejor amigo. Esa si que era una mujer de bandera: de unos 55 años, pero con un cuerpo interesante, bien cuidado y con unos pechos sugerentes.

Yo, a mis 38 años, seguía siendo un tipo al que le gustaban las mujeres maduras. Había sido así desde mi más tierna infancia. Mi mujer, María, lo sabía, y, tal vez por eso, montó en cólera cuando vio el texto. Ella, al igual que yo, sabía que la suegra que en él aparecía no tenía ninguna semejanza con su madre. Pero sólo el hecho de imaginar una fantasía sexual con una mujer mayor la encabritó.

Estuvo varios días sin hablarme. Y debió contárselo a sus padres, porque sus caras, cuando los volví a ver, transmitían un disgusto enorme. Aunque, a decir verdad, fueron educados y no sacaron el tema. Todo lo contrario que mi mujer, que durante varias semanas no dejó que le tocara ni el pelo de la cabeza. Pasó el tiempo, perdí el relato –mi mujer lo borró del ordenador- y llegaron las vacaciones. Soy de Valencia y, como en otros años, alquilamos un apartamento en El Perelló; un pueblo cercano a la capital con una playa muy agradable. No hay aglomeraciones y el tipo de turismo, muy familiar, era el que mejor se ajustaba, dado que tenemos dos hijos.

Siempre alquilábamos el mismo apartamento, en una pequeña urbanización, en primera línea de playa, con piscina para mayores, otra para niños y una pista de tenis. Era una vivienda de tres habitaciones con un comedor enorme. Como todos los años, mis suegros se venían con nosotros. Egoístamente, era la mejor manera de disfrutar del verano, ya que ellos se encargaban del cuidado de los niños y eso nos permitía, a mi mujer y a mí, disfrutar de un tiempo libre merecido después de meses de trabajo.

Voy a ir al grano. La aventura que justifica este relato comenzó el día en el que mi suegro, Vicente, mi mujer y mis hijos se fueron a Valencia para realizar unas compras y, de paso, llevar al cine a los niños. Yo había ido ese mismo día por la mañana a Játiva a ver a mi madre, pero decidí volver antes de hora al apartamento porque deseaba ver el partido del Trofeo Naranja entre el Valencia y el Real Madrid, que lo retransmitían por el canal autonómico.

Creí que no encontraría a nadie porque pensé que todos estarían en Valencia. Entré en la vivienda y, efectivamente, estaba vacía. Acudí a la habitación principal y me quité la ropa. Hacía un calor horrible. Desnudo, me dirigí a la cocina para tomar agua fresca. En ese momento escuché que la puerta del lavabo se abría. No tuve tiempo de reaccionar. Mi suegra, cubierta solo con una toalla, salía del baño y me encontró a mi desnudo, en un gesto ridículo intentando taparme los genitales, en el pasillo. Creo que para los dos fue una situación muy embarazosa. Pero, contra lo que creí, ella se comportó de manera muy educada.

– Lo siento Ernesto- dijo mi suegra mientras aceleraba el paso para ir a su habitación. – Más lo siento yo.

Yo también aceleré el paso, fui a la habitación y me puse un bañador y una camiseta. En pocos segundos me había adecentado y volví a acudir al comedor, donde esperé hasta que mi suegra volvió a aparecer; esta vez vestida con un pantalón tipo bermudas –que le quedaba horrible- y una blusa blanca.

– Oye, le dije, por favor, no le digas nada de esto a María. – No te preocupes, no voy a decir nada, porque a Vicente tampoco le haría gracia.

Aquella respuesta me tranquilizó. No quería ni imaginar qué hubiera ocurrido si mi mujer se entera de que mi suegra me había visto en pelotas después de haber leído aquella fantasía que yo deseaba mandar. Antonia, en ese momento, se sentó en una silla del balcón. Parecía no querer decir anda más.

– Te han dicho a qué hora llegarán, le pregunté por preguntar algo. – Si, María ha llamado y dice que ahora entraban en el cine. Yo creo que llegarán tarde porque Vicente quería llevarlos a todos a una pizzería antes de volver al apartamento.

Está claro que mi mujer no quería dejarme a solas con mi suegra. Pero, tal vez, ella pensó que yo iba a llegar de Alcira muy tarde, como ocurría otras veces, y que vería el partido allí en compañía de mis amigos de infancia.

– Bueno, le advertí a mi suegra, si no te molesta dentro de un rato podré la tele para ver el partido.
– No me molesta. ¿Oye?, preguntó, si quieres te preparo alguna cosa. – Más tarde, respondí, ahora estoy bien.

Pasaron unos minutos y la situación resultaba extraña. Yo nunca me había quedado a solas con mi suegra. Era una mujer bastante sensata, y con la que nunca había tenido los problemas que otros amigos me habían comentado con las suyas. A decir verdad, era una buena mujer y se desvivía siempre porque mis hijos estuvieran muy bien cuidados.

Fue en ese momento cuando me entró un impulso un tanto loco y me acerqué a la terraza para sentarme a su lado. Me entró una enorme curiosidad por saber si había leído o si mi mujer le había contado algo sobre el famoso relato. Mientras desarrollaba esa acción intenté fijarme en ella no como mi suegra, sino como una mujer. Y, la verdad, es que no vi en ella nada especial. Era una mujer de 58 años un tanto llenita. En su juventud debía haber sido una mujer guapa y, aunque apenas tenía arrugas, su rostro confirmaba que el paso del tiempo daña los rostros más bellos. Sólo salvaba de su cuerpo sus piernas que, a pesar de su edad, aún tenían un aspecto juvenil.

– Oye Antonia, comencé, ¿te dijo algo María de un relato que yo había escrito sobre una aventura con mi suegra? Se lo pregunté así, tal cual. Temí que se hiciera la loca o que me soltara un exabrupto. – No, no lo he leído, pero –sonrió- ya me dijo María que era una guarrada. – ¿Se lo dijo también a Vicente? Soltó una sonora carcajada. – Estás loco. Si eso se lo cuenta a Vicente mi marido te mata. – Era sólo una fantasía, una ficción, y, además, la mujer con la que había recreado la historia era otra.

El último comentario pareció molestarle a tenor de la mueca que hizo en su rostro.

– ¿Qué pasa, que tu suegra es un adefesio? – No mujer, lo que ocurre es que si llego a pensar en ti y mi mujer descubre que eras tú se divorcia, directamente. – Ya, lo que quieres decir es que conmigo esa historia no hubiera sido creíble porque soy una vieja.

Esa respuesta me mosqueó, y a la vez me encantó, porque me daba pie a sacarle a Antonia algunos secretos de su persona.

– Mujer, añadí, no podría haber pensado en ti, no hubiera sido moralmente acertado. Pero, además, tienes que saber que en un cuento erótico se hacen muchas cosas que a lo mejor tú detestarías. – ¿Cómo qué?, me preguntó sin sonrojarse.

Pensé durante algunos instantes mi respuesta y decidí ir de menos a más en las acciones sexuales que había imaginado en aquel cuento para ver cómo reaccionaba. Sinceramente, yo empezaba a estar un poco caliente con la situación.

– Pues, por ejemplo, juegos eróticos como acariciarse, besarse por todo el cuerpo, morder algunas zonas erógenas… – ¿Y eso son guarradas? Preguntó Antonia con una voz muy segura. – No, yo no digo que sean guarradas. – ¿Te crees que yo me he caído del árbol? Mira Ernesto, aunque soy vieja, también he sabido disfrutar del amor y del sexo. – Vaya con mi suegra, le respondí. Veo que también has sabido disfrutar como mujer. – Déjate de tonterías y dime qué más cuentas en ese relato.

Vale, me di cuenta de que ella quería saberlo todo, y no me corté.

– Pues joden como locos, le hace el amor, la sodomiza varias veces, ella le hace un francés exquisito y se corre en su boca. ¿Te parece poco? – Bueno, no está nada mal. Pero nada de lo que has contado es antinatural. – Para muchas mujeres de tu edad seguro que lo de que les den por el culo no lo tienen muy asumido.

Dije aquello y no entendía nada. Estaba con mi suegra, sólo, hablando de sexo, de sexo duro y sin pelos, y ella, contra lo que yo podía imaginar, estaba tan tranquila, como si aquella conversación hubiera sido algo natural en varias ocasiones de su vida.

– Hombre, si te digo la verdad, tu suegro nunca me ha dado por el culo. – Antonia, le corté, de esta conversación ni una palabra a nadie, ¿vale? Ella rió con ganas. – Tranquilo, Ernesto. Yo no cuento nada, pero tú me tienes que decir todo lo que había en ese relato. – No te creas; más que la acción sexual, lo que da morbo es la situación en la que se crea. Cuando estaba a punto de enviarlo pensé que la gente que lo leyera se excitaría más en el primer contacto y en el primer francés, que en el resto de acciones sexuales entre los dos. – ¿Y si tú eres el personaje, también te habrás descrito en tu relato? – Si. – ¿Y cómo te defines? – Bueno, ya me has visto en pelotas. Un hombre joven, cuidado. – Y con un buen rabo, me espetó ella.

Me dio por reírme. Estaba comenzando a ponerme nervioso.

– ¿Me lo has visto? – Si, se te salía por las manos. La verdad es que mi hija debe disfrutar mucho contigo. – No te creas, le dije con cierta sorna, ella no lo aprovecha todo lo que debería. – ¿Por qué? – Porque hay fantasías que ella no quiere hacer conmigo. – Pues mal, porque si una mujer quiere tener satisfecho a su hombre debe de cuidar esas cosas, hasta las más íntimas. ¿Por cierto?, añadió, ¿me dejarías vértelo otra vez?

Me costó creer que ella hubiera realizado esa pregunta. No me lo podía creer. Aquello superaba todas mis fantasías y dudé, por unos segundos, haberlo escuchado.

– ¿Qué dices? – Me has oído bien. Quiero verte el rabo otra vez.

Lo dijo así, “rabo”, lo cual aún me desconcertaba más. Lo dijo con autoridad, como quien pide en un bar una cerveza.

– Antonia, le informé mientras la miraba alucinado, ¿sabes lo que me estás pidiendo? – Perfectamente. Me apetece mucho. Pero si no quieres lo dejamos. Y, te insisto, tranquilo porque de esto no se entera nadie. – Oye, no me importa, pero me da mucho corte y, además, igual se presentan por la puerta la familia. – No vendrán hasta dentro de dos o tres horas.

Me envalentoné. Me levanté, me acerqué a ella, que permanecía sentada en la silla, y por encima del bañador me saqué la polla. Lo hice con decisión y al hacerlo me di cuenta de que estaba dura como una roca. Mi suegra la miró como quien mira un ordenador mientras se concentra antes de comenzar a escribir. Se le veía tranquila, relajada.

– Es enorme, me dijo. – Mujer, no tanto, más que larga es gorda. – Es preciosa. Aquel comentario me halagó y le sonreí. Ella levantó la mirada y se dio cuenta de que me gustó su piropo. Acercó su mano derecha y comenzó a tocármela. – ¿Te gusta que te la acaricie? – Me parece maravilloso lo que estás haciendo, aunque estoy un poco atolondrado.

La acariciaba con las dos manos, con mucha delicadeza, jugando con las yemas de sus dedos. Un poco en el glande, un poco en el tronco, hasta llegar a mis testículos. Era maravilloso y, mirando su cara, ella parecía disfrutar tanto como yo.

– ¿Te gustaría que te la chupara?

No me dio tiempo a responder. Se la metió toda en su boca y comenzó a hacerme una mamada increíble. Me apretaba el culo para que la polla le entrara más. Yo estaba fuera de mí. Ver a mi suegra chupándome la polla era algo que nunca había imaginado, porque el relato que yo había escrito había sido pensando en otra mujer, no en Antonia. Siguió con la mamada sin parar, parecía poseída. Le advertí que parara o me iba a correr en su boca, pero a ella pareció no importarle demasiado aquello. Y así fue. Le descargué toda mi leche dentro y ella no sólo no se quejó, sino que se la tragó toda, sin dejar nada que se perdiera. Siguió y siguió hasta que mi pene perdió parte de la erección.

– Antonia, le pregunté mientras le sacaba mi polla de su boca, ¿estás bien? – Si, ¿y tú? – Me ha encantado, y te lo agradezco muchísimo. Pero me cuesta creer que esto haya ocurrido.

Mi suegra se levantó de la silla, me tomó la mano derecha y me arrastró hasta el interior de la vivienda. Fuimos directamente a su habitación.

– Quiero que me hagas un favor, dijo con una voz muy dulce. – Pídeme lo que quieras. – Se que no soy una mujer hermosa para ti… – No digas tonterías, eres muy hermosa… – Cállate. Se lo que soy, y se lo que tú eres. Pero hace años que tengo una fantasía y te pido por favor que me ayudes a hacerla. – Pídeme lo que quieras, le insistí. – Quiero que me des por el culo.

Mi rostro delató que me extrañaba mucho aquella pregunta.

– Escucha, siguió ella, mi marido siempre se ha negado y a mí siempre me ha dado mucho placer meterme un dedo por el culo mientras me masturbo. Ahora quiero masturbarme con tu polla metida ahí detrás.

Mi suegra se había convertido en aquel instante en la mujer más viciosa y perversa que yo había conocido en mi vida. Y, queridos lectores, aquello era maravilloso. De repente, la mujer mayor y casi vieja que yo había conocido se transformó en una “mujer” con mayúsculas. Su edad y su físico me importaban muy poco en aquel momento. Deseaba, de todo corazón, hacerla feliz.

– Ponte sobre la cama como si fueras una perra y déjame hacer a mí. – Ernesto, ¿le has dado por el culo alguna vez a tu mujer? – Nunca me ha dejado, le dije con sinceridad.

Antonia se quitó los bermudas, se bajó las bragas horribles que llevaba y me descubrió un trasero muy decente para su edad. Se quitó también la blusa y el sujetador, y me enseñó unos pechos muy grandes, caídos, pero grandes y con unos pezones puntiagudos y sugerentes. Obedeció mi orden y se colocó a cuatro patas sobre la cama. Se notaba que se había acabado de duchar, porque su culo olía muy bien. Conforme me acercaba a su orificio vi que su coño aún tenía una buena mata de pelos. Nada más poner mi lengua en su agujerito negro dio un largo suspiro que confirmaba que aquello le encantaba.

Comencé a intercambiar chupaditas con la introducción de mi dedo índice. Lo hice poco a poco y con mucho cariño. A veces, bajaba un poco y dejaba que mi lengua rozara su coño, que comenzaba a estar muy mojado, con un líquido agrio, pero agradable… Estuve así un buen rato hasta que comencé a meterle dos dedos en el culo.

– ¿Te duele? – No, pero ve con cuidado, por favor… es mi primera vez.

Aquellas palabras eran la confirmación de que yo iba por el buen camino. Seguí lamiendo, echando saliva dentro, y metiendo los dedos para preparar el camino a mi polla que, en aquel instante, ya había recuperado su mejor aspecto. Ella miró hacia atrás, vio el estado de mi herramienta, y sonrió.

– Antonia, voy a empezar poquito a poquito a metértela. – Vale, respondió.

Así lo hice. Primero empujé un poco, pero costaba. Volví ha hacerlo y noté como la punta de mi pene entraba en su culo. Ella comenzó a gemir fuerte, le dolía, pero le gustaba también. Con mi mano izquierda guiaba mi polla, y con la derecha le acariciaba sus enormes tetas para que se excitara más.

– Si te duele paro. – Cállate y empuja, me contestó.

Me costaba controlar el orgasmo. Estaba súper excitado. Tenía casi media polla dentro y ella se estaba volviendo loca de placer. Desde su coño salía un torrente de fluidos que resbalaban lentamente por el interior de sus piernas. La mujer estiró su mano derecha hasta poder tocar con la punta de sus dedos mis huevos. Me estaba agradeciendo, como mejor sabía, mi esfuerzo.

Seguí y seguí hasta que, de un golpe, se la metí toda dentro. Caímos juntos, yo sobre su espalda y con la polla metida en su culo, sobre la cama. Yo, en esa situación, decidí que lo mejor era bombear con fuerza. Antonia se corrió, Lo noté, porque su cuerpo se estremeció, como si una carga de corriente eléctrica la hubiera atravesado de arriba abajo. Me pidió que no me corriera yo y que siguiera dándole por el culo. Me decía muchas cosas, todas hermosas. Chillaba a ratos, gemía, murmuraba palabras incomprensibles. Estaba disfrutando como una zorra.

Pero yo también estaba disfrutando. Creo que a aquellas alturas, Antonia se había corrido varias veces.

-Antonia. – ¿Qué?, respondió con una voz gutural. – Quiero follarte por el coño y correrme dentro de ti.

Se apartó de golpe nada más oír aquello, se dio la vuelta y se metió mi polla en su coño. Por primera vez en toda esta historia su cara estaba frente a la mía. Por un momento los dos dudamos, pero sólo fue eso, un momento, porque enseguida comenzamos a besarnos con pasión. La mujer besaba de puta madre. Mis golpes le llegaban muy a fondo. Ella parecía una posesa. No pude más, me corrí otra vez dentro de su coño y ella lanzó un grito maravilloso. Nos quedamos abrazados un largo rato.

– Ernesto, ha sido maravilloso. – Para mí también.

No dijo nada más. Se levantó, se fue al baño y se adecentó. Una hora más tarde llegó la familia y mi suegra dijo que yo había acabado de llegar. Nunca más he vuelto a enrollarme con mi suegra. Pero os puedo decir, queridos lectores, que la aventura real superó las expectativas de la fantasía que yo quería escribir. Un abrazo a todos.

Autor: Tarquim

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