Mi barco es mi tesoro

Está muy excitada y no puede detenerse. Beso sus dedos mientras se acaricia y le deja sitio a mi lengua mientras me aprieta contra ella. Un rato después, largo y delicioso, veo cómo se tensa, como un arco de tejo y percibo cómo alcanza el orgasmo.

Tres amigos han alquilado mi barco para hacer una semana larga de navegación, dando la vuelta a Menorca: Una pareja joven, parecen casi recién casados, y una mujer sola que me adjudican como pareja entre bromas hacia mi condición de casado solitario. Repartimos los dos camarotes de popa para la pareja y la “solitaria”. Yo estoy a proa, en  el camarote del capitán.

Durante la navegación he apreciado que el “recién casado” le ha tirado los tejos casi con descaro a la otra mujer. La suya, una preciosidad belicosa que parece hecha a fuerza de Pilates, ha demostrado algo de rebote.  Me espera una buena semanita. ¡Y es el primer día!

Hacemos el cuadrante de guardias para la noche. Les digo que yo dormitaré en cubierta y ellos irán saliendo, uno cada dos horas. Les parece bien. Al atardecer, desaparece el viento, se queda el mar como un espejo y pongo el motor.

La jovencita dice que se siente algo indispuesta. Broma del impresentable de su marido sobre si sería buena o mala pirata. Tercio en la conversación y le ofrezco el camarote de proa porque el suyo, como está cerca del motor, no es buen lugar para descansar. Lo acepta con una sonrisa y, aparte, me dice que se encuentra perfectamente, pero no le apetece quedarse en cubierta con los otros dos. Le devuelvo la sonrisa y le digo que lo entiendo y la despido hasta la cena. Transcurre la cena con las últimas luces del atardecer sin novedades reseñables.

Después de la tertulia empezamos las guardias. Monotonía. Como tenemos que ir a motor, la parejita está en mi camarote. Silencio, dentro y fuera, sólo roto por el ronroneo del motor. Charla amable con la otra mujer que me explica una historia de “conocimiento anterior” con el fantasma, en el trabajo, que me da la impresión de que no ha acabado definitivamente… Lo entiendo todo, aunque me extraña que se hayan decidido a hacer el viaje los tres. Cuando son las doce, sale el fantasma; dice que su “queridita” duerme como un bebé porque él le ha dado un besito antes de salir y ni se ha movido. El fantasma propone cambio de planes:

-Como hace muy buena mar y sólo hay que vigilar las luces de otros ocasionales navegantes, se ofrece para hacer él la guardia con la “amiga” y yo me puedo ir a dormir un rato.

Percibo el cruce cómplice de miradas, decido que ya son mayorcitos y con el deseo de buena guardia me despido. Habíamos quedado, durante la navegación nocturna, seguir el sistema de cama caliente, uno se coloca donde sale el otro, y utilizar todos el camarote de proa, por lo del ruido del motor. Entro al camarote y percibo ese olor dulce que exhala la piel de las mujeres. Me tiendo con sumo cuidado al lado de la jovencita con un poco de sentimiento de pena. Percibo su calor. Se mueve un poco y se me acerca. Tranquilo, no pasa nada. Se oye apagada la conversación de cubierta: Comentario de ella sobre el capitán y la jovencita en el camarote, risitas. Comentario del fantasma acerca de la capacidad de su “santa”:

-Y además él -o sea yo-, es “muy mayor para su gusto”. Y encima está casado. Ella no piensa como nosotros… -risita nerviosa de él y el ruido de moverse por unas cosquillas presagiadoras de paso a mayores-. Silencio en el camarote, aunque si oyesen mis pensamientos…

La jovencita se da la vuelta y, a la luz de la luna llena que entra por el portillo, nos miramos; le veo los ojos, está despierta: Tienen una sonrisa algo triste. Lo ha oído todo. Cambia la sonrisa y la convierte en más abierta mientras suspira.

-¿Y tú qué piensas? -me dice. -Pues que eres una mujer impresionante, que puedes hacer lo que te dé la gana y que hace falta algo más que un fantasma para “cansarte”, supongo. -Tú estás casado ¿No? -Sí, ¿Por qué? -¡Cómo que por qué! Tú aceptarías que yo te tirase los tejos. -¿Por qué no? Si te apetece y te gusto…-se ríe-. -Y ella ¿Qué pensaría? -Nunca permitiría que ella lo conociese. Como yo nunca indago en sus relaciones cuando por su trabajo sale durante varios días y convive con otros amigos. Para mí lo que cuenta es que luego volvemos a casa contentos de encontrar al otro.

Guardo unos momentos de silencio en los que noto que ella se está planteando si se decide a hacer algo o no.

-Yo creo que con cada persona tenemos un determinado compromiso -le digo-; la fidelidad para mí es no darle a otros lo que es de unos y no quitarle nada a nadie. A mis amigos les doy el aprecio, el cariño, la amistad, a cada uno según el grado que le toca. Tengo amigas que se sienten muy bien en mis brazos, porque saben que no les voy a intentar arrancar nada que no tenían para mí.

-Yo nunca había pensado así. Para mí, mi pareja era la única desde que se lo prometí. Y no es que no piense que hay alguna gente que vale la pena para disfrutar de un buen rato… Aunque la verdad es que desde hace un poco de tiempo me planteo bastantes dudas porque mi “amado esposo” -Aprecio un retintín despectivo en lo que va entre comillas-, parece la mariposa de las mil flores.

Me río y encojo los hombros en gesto de resignación.

-¿Tú crees que yo soy como él dice? -me pregunta-. -Yo creo que tú puedes ser como te dé la gana. Eres una mujer impresionante. -¿Y tú crees que podría jugar contigo siendo “tan mayor”? –

El retintín de su frasecita me joroba un poco, es como un reto, una provocación. Me río al responderle-.

– ¡Qué miedo me da esa pregunta! ¡Una hembra cazadora! -¿Piensas ahora en tu esposa? -No está aquí, y no pienso darte nada suyo… Pero tengo tanta ternura y cariño que tal vez haya algo para ti. -¡Vaya! ¡Qué sorpresa! -vuelve a sonreír, apoya su mano decidida sobre mi pecho, haciendo círculos con sus dedos, que van bajando-. -¿Estás segura? -le digo, tensando los músculos un poco por nervios y un poco para que aprecie mi estado de forma-. – ¿Te parece que no? -Después de lo que te he dicho no sé si te lo creerás, pero no estoy muy acostumbrado… -¿Te molesta? -Todo lo contrario, me encanta. -respondo en medio de un suspiro-. -Pues sí, parece que sí. -acaba de llegar a mi entrepierna, que roza con la punta de los dedos, y percibe una erección en toda regla-.

Yo me dejo hacer y aún no me creo lo que está pasando. Estoy pensando cuándo y cómo pasaré a la acción. En ese momento se quita la camiseta con un gesto decidido. ¡Qué pechos más hermosos! Me quedo quieto, pero adrede, calibrando el gesto de abrazarla.

Mete su mano por el pantalón y me agarra con firmeza. Acaricio su pecho con suavidad, me acerco y lo beso repetida y suavemente, chupo el pezoncito que se pone erecto, siento su mano que sigue con la caricia. Decido facilitarle la tarea y en un gesto me libero del pantalón y de la camiseta. Ella espera y mientras me mira extendido se quita despacio la braguita con un contoneo de las caderas que me excita aún más si cabe.

Está desnuda y sentada como la sirenita de Andersen. ¡Qué bella! El airecillo me acaricia antes de sentir de nuevo su mano y el resto de su cuerpo que se derrama sobre el mío. El barco colabora con un suave balanceo. Siento su peso, el tacto de sus pechos, el vello de su pubis en mi ingle, su cabello sobre mi cara antes de retirárselo con un gesto de cine que hace temblar sus tetitas.

Yo sé que con esta excitación no voy a aguantar un asalto demasiado largo por lo que decido dedicarle un beso general a su cuerpo. La tiendo boca arriba, extiende sus brazos y la recorro con mis labios y con mi lengua, sin prisas, con dedicación. Beso sus manos abiertas, voy besando sus antebrazos, soplo el interior de los codos y beso suavemente la piel de sus brazos que me llevan hacia la axila depilada, suavísima, mordisqueo los bíceps, los cosquilleo con la punta de la lengua.

Sé donde insistir para provocarle más placer. Noto su respuesta y la prolongo. Llego al pecho, ni grande ni pequeño, apetecible, muy apetecible. Me entretengo sin ninguna prisa disfrutándola. Alterno caricias, besos; soplo sus pezones para endurecerlos.

Ella me anima acariciando mi cabeza con energía, con deseo, apretándola contra ella. Bajo un poco más y caigo, sí caigo, en su ombligo, mordisqueo su cintura, la lengua recorre las ingles y la piel finísima del interior de sus muslos, regreso hacia la tripita y noto el temblor de su vientre. Toma mi cabeza entre sus manos y la lleva hasta su sexo.

Sé lo que quiere y se lo dedico con toda la maestría que tengo. Hurgo con mi lengua hasta lo más profundo de su ser y me regala un jugo dulce y viscoso que me bebo con deleite. Oigo su gemido y me preocupa que nos oigan desde fuera. Paro un instante y escucho… Silencio. Ella me apremia con una vocecita que suplica: -Sigue -vuelvo al ataque y noto que en el segundo de espera ella ha comenzado a acariciarse el clítoris-.

Está muy excitada y no puede detenerse. Beso sus dedos mientras se acaricia y le deja sitio a mi lengua mientras me aprieta contra ella. Un rato después, largo y delicioso, veo cómo se tensa, como un arco de tejo y percibo cómo alcanza el orgasmo. Un orgasmo lento, pero fuerte, convulsivo, extenso, que la recorre desde el cabello hasta los pies, haciendo temblar sus pechos, tensando su vientre y cerrando sus muslos con mi cabeza en medio. Aún con el estertor del placer me estira de la cabeza y me coloca sobre ella.

-No tengo preservativo, no tenía previsto…-le digo-. -No me hace falta, toma mi miembro más que a punto y lo mete con premura y con decisión dentro de ella, mientras me aprieta por los glúteos con las manos y con las piernas-.

Estiro mis brazos y comienzo una serie de embestidas largas y decididas quiero notar su tope y consigo moverla a mi compás. Su calor me envuelve, ¡Está tan mojada! Tengo miedo de salirme en alguna de las embestidas, pero ella me retiene con sus piernas.

Mi respiración le dice que estoy a punto de estallar y ahora es ella la que se agita acoplada. Estallo en un placer largo, abundante, y me recibe como con ansia. Noto que está disfrutando. Un suspiro unísono nos dice que hemos acabado. Giro sin soltarla y la coloco sobre mí. ¡Qué cuerpo tan hermoso! Acaricio su cintura bajando la curva de sus caderas hasta los muslos.

Me río y me pregunta por qué. Le digo que las aventuras en los matrimonios mayores parecen casi lógicas, por aquello de probar la novedad, pero en las parejitas recientes… Me dice que es sólo eso, su pareja actual, pero que ya se lo estaba pensando antes de embarcar y ha decidido dejarlo, aunque esperará a volver a casa para hablarlo con serenidad.

-Yo pensaba que estabais casados como os llamáis “maridito” y “mujercita” -No.

Suspiro, pensando en el número del fantasma plantado como un cebollino por una mujer que no se merece. Ella se apoya en un codo y me dice con sonrisa pícara: -Organízalo bien y tendremos más momentos como éste. Además él estará encantado de tener oportunidades para poder cazar en otro coto. No es mal tipo… Pero no es el mío.

Le alcanzo unas toallitas y se recompone en un momento. Mientras yo me limpio un poco dedicándole una sonrisa a mi instrumento ya en reposo, ella se ha puesto la camiseta y las bragas metidas más de lo debido, como un tanga, y se ha tendido boca abajo suspirando profundamente.
¡Qué culo más bonito!

Fuera, el ronroneo del motor y el silencio.

¡Qué semana me espera! Y es el primer día.

Autor: Flecha Negra

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