La mujer de mi suegro

La penetré y le di hasta el mismísimo fondo. Mi verga entró en su vagina. No había que esperar mucho tiempo. Todo el trabajo estaba hecho. En cuanto nos movimos un poco, reventamos el uno dentro del otro. Mi suegra derramó sus abundantes e hirvientes jugos sobre mi verga, y mi verga reventó al mismo tiempo, llenando su vagina con aquella leche.

Flora es una apetitosa hembra de 55 años de edad. Las arrugas empiezan a asomar sobre su rostro y su cabello largo y de un color negro azabache que resaltaba sobre su piel trigueña, la hacían ver muy sensual. Si bien de carnes ya no muy macizas, sus carnes son ligeramente flácidas pero correosas y sobresalía un vientre ligeramente caído por sus dos embarazos tardíos que la habían hecho parir a los 40 y 44 años de edad. Su culo aún mostraba ser carnoso, y ni que decir de sus tetas, que emergían majestuosas de su pecho, y que en época de frío, dejaban asomar por entre sus blusas, ese par de grandes y macizos pezones que las coronaban. Sus piernas aún se mantenían en buena forma y algo carnosas, y las varices que las cubrían dejaban entrever el paso de los años y el trabajo.

Durante mucho tiempo, Flora había sido más que olvidada por su marido que es mi suegro. O sea, es madrastra de mi mujer. Sin embargo, y a pesar de tantos años de olvido sexual, ella mantenía vivo ese fuego interior y que al tiempo me diría que solo conmigo florecía y la hacía soñar con que algún día se entregaría solo a mí y para siempre a mí. Debo aclarar que desde que nos conocimos, hubo entre ella y yo una fuerte atracción que se mantuvo pasiva y latente durante meses y meses. Siempre en nuestras miradas se reflejaba esa atracción y un fuerte e incontenible deseo sexual, que a pesar de ello, se mantenía oculto y callado sin que ninguno de los dos diera el primer paso frente al otro.

Aunque no es ni bella ni atractiva, desde que la conocí sentí por Flora un enorme e incontenible deseo carnal que me delataba ante ella en cualquier cruce de miradas, y lo mismo sentía de ella hacia mí. Era un constante mirarnos con gran lujuria contenida, hasta que un buen día del caluroso mes de Julio llegó al pueblo uno de los mejores grupos de música norteña mexicana, conseguí 10 pases de cortesía gratis y entre mis invitados no podían faltar mi suegro y Flora su mujer.

Como mi suegro no tenía auto, mi mujer y yo pasamos por ellos a su casa, y cual no va siendo mi sorpresa al ver a Flora enfundada en un muy pegado al cuerpo vestido de gasa blanca que moldeaba tal cual su figura añosa pero para mí muy apetecible, dejando ver un torneado y muy generoso culo, y en su discreto escote un par de tetas maduras y añejas pero firmes y extraordinariamente rematadas por unos gruesos y grandes pezones que el frío de la noche hacía emerger más que majestuosos a través de sus ropas blancas.

Al llegar al lugar del evento, empezamos a departir con los demás invitados que eran tíos y tías de mi mujer, por lo que todo era entre familia. Como mi suegro era muy caliente (excepto con Flora, mi suegrastra), luego se fue a ver jovencitas que poco dejaban a la imaginación, dejando sola a Flora con quien casi de inmediato y al calor de unas cervezas, empecé a cruzar nuestras clásicas miradas de deseo y lujuria, lo cual por cierto fue captado por una de las tías de mi mujer, que de inmediato se incomodó ante tal hecho, lo cual causó desconcierto y temor entre Flora y yo, cosa que por cierto no duró mucho y pudo más el deseo largamente contenido que cualquier mirada o expresión de censura de la metiche tía de mi mujer.

Después de haber bailado un rato con mi mujer, opté por invitar a bailar a Flora, cosa que a pesar de nuestras deseosas miradas, ella no esperaba de mí. Después de turbarse y sonrojarse brevemente ante mi inesperada invitación, aceptó con timidez y la tomé de la mano para llevarla a bailar. Como habrán de suponer, todas las canciones de esa tanda, eran para bailarse cuerpo a cuerpo por lo que procedí a tomarla de su talle en lo que era la primera intimidad de nuestros cuerpos.

Sentí el temblar de todo su cuerpo y que sus manos (a pesar del frío de la noche) empezaban a sudar, y que de su cuerpo empezada a emanar un calor y un olor de intimidad que empezó a sofocarme y a poner mi verga grande, tiesa y dura, cual mástil de navío de conquista. De pronto, nos dejamos llevar por una melodía muy romántica y apretamos nuestros cuerpos uno al otro, y empezamos a sentir como nuestros olores y calores empezaban a avivar entre nosotros ese deseo largamente contenido.

Sentí el atrevido impulso de besarla pero no sin antes mirar hacia la mesa donde estaba la familia y donde por cierto el rabo verde de mi suegro se sonreía al vernos bailar, pues tal suceso le permitía atisbar por entre los muslos y escotes de las jovencitas en minifaldas, sin sospechar que estaba presenciando en pleno público el principio de su cornudez. Ya el calor que generaba el roce del cuerpo de Flora contra el mío, avivaba más y más nuestros bajos instintos, y mi ya erguida y maciza verga era restregada sin disimulo alguno contra la parte más baja del vientre de mi hembra, cuyo calor traspasaba las telas que nos cubrían, y ya de nuestros alientos salía también un fuerte olor a deseo y lujuria, lo cual hacía que nuestros labios se sintieran arder y reventar ante la microscópica cercanía que los separaba.

Casi de inmediato empecé a sentir claramente como de mi verga empezaban a escurrir las lágrimas propias que salen de toda verga cuando empieza a desbordarse por penetrar las carnes vaginales de la mujer deseada. Sentía también como se erguían y se ponían duros los pezones en la cumbre de aquellas ricas tetas. Sentía como a Flora les subía y subía la temperatura de sus carnes y su aliento, así como el desenfrenado y jadeante respirar de la caliente y ya desbordada hembra que temblaba en la más ardiente calentura pasional y que movía y restregaba su cuerpo pegado al de su macho.

Llegó a ser tal el restregar de mi verga contra su vientre y el calor quemante de nuestras carnes y nuestros alientos, que en un momento sublime ambos soltamos todo lo largamente contenido y nos derramamos en un espontáneo y simultáneo orgasmo que nos dejó mas que húmedos y desfallecientes pero profundamente satisfechos aún sin existir penetración alguna, ni contacto físico de desnudez. No había duda, el futuro nos deparaba inmensos, intensos y desafiantes días, semanas, meses y tal vez años de amasiato, lujuria y deseo. El deseo, la lujuria y la pasión largamente contenidos y callados, habían sido declarados sin tapujos y a la vista de medio pueblo y la familia completa. Era ya indudable que desde ese momento la hembra tenía otro dueño, y era yo. Mientras tanto, el rabo verde de mi suegro se mostraba complaciente atisbando a cuanta muchacha alcanzaba a ver, sin sospechar siquiera que desde ese momento Flora dejó de ser de su propiedad.

La música se oía y retumbaba en el salón, y las risas y alegría de la gente iban en aumento. Los amantes ardíamos de pasión y lujuria, y con las manos y cuerpos sudorosos terminamos de bailar y nos fuimos a sentar con la familia, que sin sospechar nada de nada (excepto la tía metiche que miraba con recelo) nos festejó la bailada y nos ofreció un par de cervezas para bajar el calor. Ya sentados, no dejamos de mirarnos y mirarnos con lujuria, hasta que casi al final del baile la saqué a bailar de nuevo ante la complacencia de mi suegro que prefería quedarse sentado para seguir de rabo verde mirando como perro de carnicería a las jóvenes mujeres que pasaban frente a él.

Ya en la pista, le dije a Flora que la quería, que por años la había deseado y deseado, y que infinidad de veces me había masturbado viendo sus fotos y escuchando su voz por el teléfono, y que en más de tres ocasiones me había masturbado en el baño de su casa, oliendo sus pantaletas usadas que encontraba en el cesto de la ropa sucia, y que despedían ese único e inconfundible olor de sus íntimas carnes y la huella exquisita de sus jugos vaginales que ya desde entonces me enloquecían y me perturbaban día con día.

Ante tales confesiones, ella de nuevo empezó a arder en calentura y me dijo que ya no aguantaba más, que le urgía que la penetrara esa misma noche y que si de verdad la deseaba tanto, viera la manera de que aquella noche no amaneciera sin que nos hayamos entregado en la intimidad. Le juré que así sería y que lo dejara en mis manos. Al término del evento, mi mujer y yo llevamos a mi suegro y a mi Flora a su casa y como mi suegro iba alcoholizado y casi sumido en el más profundo sueño debido a las cervezas que había ingerido y a la pastillita “sweet dreams” que comedidamente añadí a su último trago de cerveza, lo tomé como costal de papas y lo llevé hasta su cama, donde ayudé a Flora a acostarlo para que continuara mi suegro en su muy profundo y roncador dormitar.

Acto seguido, y mientras mi mujer me esperaba en el carro y mi suegro dormía en su cama, tomé a Flora de su talle y nos fundimos en el más apasionado beso que se puedan imaginar, en un ir y venir de nuestras lenguas y salivas, teniendo como fondo musical el escandaloso roncar de mi querido suegro.  Ya encendidos por tan ardiente situación y ahogados ya por la desesperación de esa pasión tan largamente contenida, desgarré su hermoso y blanco vestido de gasa, arrancándolo de tajo de su cuerpo con todo y el brassier que contenía a aquellas carnosas y suculentas tetas blancas de mi Flora, al tiempo que ella casi arrancaba mi pene de su tronco jalándolo y apretándolo entre sus manos por encima de mi pantalón. La tumbé en su cama al lado de mi roncador suegro, y justo cuando ella se arqueaba para bajar sus pantaletas, escuchamos la voz de mi mujer que me urgía desde el carro a que nos fuéramos.

Temerosos de ser descubiertos por mi mujer, Flora y yo nos separamos no sin antes decirle que volvería en cuanto mi mujer se durmiera. La besé y me retiré, no sin antes pedirle que si se bañaba, no se pusiera perfumes ni se lavara su ya muy mojada vagina, pues quería disfrutarla al natural y con los mismísimos jugos vaginales que en el baile le saqué.

Al llegar a casa, brindé con mi mujer por esa bonita noche de diversión con su familia, sirviendo una copa de vino tinto para ella y otra para mí, añadiendo a la de ella la milagrosa pastilla Sweet Dreams, que antes de 15 minutos, la sumió en el más profundo y dulce sueño, cosa que me daba la oportunidad de disponer de por lo menos 3 horas para ir en buscade mi pasional y ya otoñal suegrastra, mi Flora. Acto seguido, salí en busca de la ansiada hembra cincuentona que sin lugar a dudas, me estaría esperando con unas enormes ganas de ser fornicada como nunca antes lo había sido. Encendí mi auto y me enfilé hacia la casa de mi Flora. El auto avanzó rápidamente y por fin llegué a la ansiada casa. Me bajé, toqué y esperé.

No bien terminé de tocar la puerta, cuando ésta se abrió. Flora me esperaba en zapatillas guindas y envuelta en una muy transparente bata guinda a medio muslo que translucía ese voluptuoso cuerpo de generosas y maduras carnes. Mi verga se puso tiesa. Muy, muy tiesa. Entré, la tomé y la besé. Se dejó hacer y nos fuimos a los sillones de la sala. Mi suegro en su recamara roncaba que daba gusto.

Aunque los sillones eran bastante viejos e incómodos, poco nos importó y nos entregamos en un ardiente juego erótico. La tumbé sentada en el sillón grande y me senté a su lado, la empecé a besar apasionadamente, nuestras lenguas y salivas se mezclaban una con la otra.

Mi brazo derecho le rodeaba la nuca, y mi mano izquierda se movía cadenciosamente, magreando ese par de jugosas tetas que se bamboleaban que daba gusto y cuyos pezones tiesos, duros y erguidos me invitaban a lamerlos y mamarlos con fruición. Mis dedos los acariciaban, y mi boca se hacía agua por poseerlos. Los tomé entre mis labios, primero con delicadeza y luego salvajemente, estaban deliciosos y les juro que hasta leche les saqué.

Que tetas tan más ricas; las mejores que hasta ese día había tenido entre mis labios. Las mamé y las mamé hasta más no poder, al tiempo que mis dedos de la mano izquierda fueron bajando y bajando hasta encontrar aquella húmeda caverna de carnes, jugos y pelos. Su vagina estaba hirviendo y los jugos ardientes de su pasión brotaban como lava de su interior. Su vulva estaba extremadamente hinchada y en ese momento supe que era inminente el primer orgasmo de mi hembra. Seguí mamando y mamando sus tetas y pezones al tiempo que mis dedos entraban, salían y revoloteaban dentro de su vagina. Empezó a jadear y a sudar. Su respiración se hacía cortante y su cuerpo se agitaba de pies a cabeza.

Continué besando su boca, lamiendo sus tetas, y bajé por su vientre hasta ese volcán agitado que era su panocha. Mis labios se posaron en su vulva, y sus jugos vaginales quemaban mis labios. Sentía como sus carnes vaginales temblaban y temblaban. Se contraían descontroladamente cada vez que mi boca succionaba y succionaba, y mi lengua entraba, salía y revoloteaba en su caliente interior. La hembra no pudo más. Lanzó un estremecedor grito de placer que resonó en el silencio de la noche. Se arqueaba y se arqueaba, y se estremecía de placer y más placer.

Sus chorros de jugos vaginales inundaron mi boca. El sabor de sus jugos era único, y su consistencia también era única, eran especialmente espesos, viscosos y ricos. Los saboreé y las tragué con gusto y placer indescriptibles al tiempo que volvía a besar su boca para hacerle saborear a ella la ricura de sus jugos. El sudor escurría por nuestros ardientes cuerpos y entre calores, sudores y jugos vaginales, el ambiente se sentía insoportablemente lleno de sexo.

Ya eran cerca de las 4 de la mañana, y no tardaría en empezar a clarear. Le pedí que me llevara a su alcoba para cogerla por primera vez y teniendo como dormido y roncador testigo a mi querido suegro. Eso la calentó aún más. Jamás imagino que terminaría siendo poseída por mi en su propia casa, en su propia cama y teniendo a nuestro lado al dormido de mi suegro que de acuerdo a lo probados efectos de las pastillas de Sweet Dreams, aún tenía por delante unas dos horas más de dulces sueños.

Mi verga cada vez estaba más y más tiesa y dura, lo que enardecía aún más a aquella hembra desbocada y a su vez esto hacía que se me hinchara más y más mi muy caliente macana.de cuya punta emanaban los jugos que la hembra me sacaba al verla tan caliente. Mi verga ya no aguantaba más y estaba ansiosa por penetrar en aquellas lubricadas carnes vaginales cuyos labios se me abrían y ofrecían como pétalos de rosas. Mi suegro estaba dormido de lado, y le pedí a Flora que se acostara junto a él. Ella ardía, sudaba y gemía mucho al verse envuelta en aquel apasionante y morboso cuadro surrealista que enloquecía nuestros sentidos y nos llenaba de lujuria y placer sin igual. Ella se acostó al lado de su marido y me abrió de par en par sus piernas que se juntaban justo en aquel monte de pelos, jugos y olores que a esas alturas eran su vulva y su vagina. La rica y muy jugosa concha que unos instantes más, sería solo mía para siempre.

Antes de dejarme ir sobre de ella para poseerla, la contemplé lascivamente en su total desnudez. La gocé visualmente de pies a cabeza. Desde la uña de sus dedos gordos del pie, hasta el último de sus cabellos negro azabaches. La hembra sudaba, temblaba y gemía. El olor a sudor y sexo inundaba su recamara matrimonial. Sus ojos invitaban a la lujuria y me pedían a gritos que la penetrara. Sus brazos me decían que fuera hacía ellos, y sus piernas me querían enrollar. Su vulva estaba totalmente hinchada y encendida. La hembra bramaba por mí, y yo por ella. Mi verga me dolía por no poder contener ya tanta sangre caliente que corría por dentro. Sentía que ni desfogando toda mi leche en aquella hembra lograría bajar esa erección tan prolongada y ya casi dolorosa.

Me arrodillé sobre la orilla de la vieja y crujiente cama y me incliné sobre sus pies. Los empecé a besar con divina devoción. Pasé mi lengua por su empeine, sus tobillos, y la planta de sus pies. Engullí con delicadeza cada unos de sus dedos, les pasé mi lengua y los mordisqueé suavemente. Mientras mi boca, mi lengua y mi saliva caliente se posaban y gozaban de sus pies, mis manos acariciaban sus blancas piernas de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. La hembra seguía bramando y empezó a pedirme que la poseyera, que la hiciera mía. Estaba desesperada por tener mi verga dentro de sus calientes y jugosas carnes.

Mi suegro ni se inmutaba. Seguía dormido, aunque ya con tanto movimiento, gemidos y bramidos, había el riesgo de que despertara. Las pastillas de Sweet Dreams demostraban que su efectividad bien valía su alto precio. Poco a poco fui dejando de lamer sus pies y fui subiendo la lamida por sus piernas. Tan pronto las lamía suavemente, como tan pronto las mordisqueaba y las succionaba de sus partes más llenitas. Subía y bajaba en mi lamer de piernas, hasta que llegué a su vulva, que generosa y ardiente chorreaba desde su interior los íntimos jugos de mi hembra. Empecé a pasar mi lengua por esos regordetes y rosados labios vaginales. Mis sentidos se extasiaban con el olor y el sabor a sexo de los viscosos jugos de la hembra.

Su olor y su sabor eran únicos. Llenaban y exacerbaban mis sentidos. Mi lujuria llegaba a su máxima expresión. Mi piel y la de mi hembra ardían más y más. Mis labios, mi lengua, mi boca y mi garganta se llenaban de su olor y su sabor. Sentía como el caliente, viscoso y sabroso líquido de mi hembra, escurría y quemaba mi garganta. Mis manos tan pronto acariciaban su culo, como tan pronto su vientre y sus apetitosas tetas. Mi suegro aún dormía a nuestro lado, pero empezaba a moverse más de seguido. El efecto de los Sweet Dreams empezaba a pasar y había que apurarnos a terminar esa maravillosa fornicada entre mi suegrastra y yo.

Mi hembra ya no solo gemía y bramaba, también gritaba. Quería tener mi verga adentro. Imploraba que se la metiera. El temor a que mi suegro despertara se acrecentaba, pero también hacía que tanto mi suegrastra como yo, ardiéramos más y más en el fuego de la pasión. Mis labios y mi lengua iban y venían de su vulva y su vagina a su culo y viceversa. Su culo despedía un rico olor que me calentaba más y más. Cada que aspiraba en la salida de su culo, mi verga parecía reventar. El rico olor a culo de mi hembra me hacía bramar como toro en celo.

Mi lengua daba vueltas alrededor de aquel negro e íntimo agujero, que poco a poco se fue abriendo y abriendo y abriendo, hasta que mi lengua entraba y salía sin recato de aquella sabrosa negrura de tan extasiante olor. La hembra se arqueaba más y más, gemía, bramaba y gritaba. Quería mi verga adentro. Decía que no aguantaba más. Me imploraba y rogaba que la poseyera. La hembra estaba totalmente fuera de sí. Pensé que enloquecería y empecé a subir mis lamidas por su espalda y su vientre. Por fin llegué a sus tetas. Sus pezones parecían reventar y estaban iguales o más tiesos que mi verga.

Mis manos y mi boca y mi lengua exprimían aquel par de jugosas tetas. Mi cara desaparecía entre ellas y el contacto caliente de las mismas me calentaba más y más. Llegué a su cara. Nuestras bocas se juntaron. Nuestras lenguas bailaban por igual en una desenfrenada danza pasional y nuestras salivas eran una sola lava hirviendo. Mordisqueábamos nuestros labios, y mi boca y mi lengua de repente subían hasta sus orejas y las lamían hasta donde alcanzaba a entrar. Sus ojos se clavaban en los míos y los míos en los de ella. Sus largos cabellos negro azabache estaban desparpajados y se metían entre ese ir y venir de nuestra bocas y nuestras lenguas. De pronto mi suegrastra se detuvo en seco, me miró fijamente. Sus ojos despedían lujuria y su cuerpo los olores de su sexo. Se me quedó viendo fijamente. Sentí que sus ojos traspasaban a los míos y gritó:

-¡Cógeme papito! ¡Cógeme por favor! ¡Cógeme ya! Hazme tuya para siempre papacito! Quiero ser tuya y de nadie más, tuya y solo tuya desde ahora y para siempre! Cógeme mi rey… ¡Cógeme! ¡Cógeme! Cógeme ya…! Hazme tuya mi rey…!

Mi suegro se movía y amenazaba ya con despertar. Era inminente que despertara y yo tenía que culminar aquella inolvidable y sublime noche, llenando de leche a aquella hembra. Estaba yo sobre MI hembra besándola.

Me levanté y quedé hincado con mis rodillas en medio de las de ella. Abrió sus generosas y blancas piernas y con sus manos acarició su vulva. Sus dedos jugaban con sus labios vaginales. Abrió de par en par aquellos labios en flor, y tomó mi verga con su mano izquierda. Me acariciaba la verga con la izquierda y con la derecha sobaba sus labios vaginales e introducía sus dedos en su vagina. Jaló mi verga hacia su vulva. Me resistí y me imploró que la poseyera. Le pedí que me jurara que desde ese momento solo sería para mí y únicamente para mí. Me gritó que sí.

Que solo sería únicamente para mí y que ningún otro hombre más que yo, tocaría nunca más la intimidad de sus carnes. Mi suegro se movía más y más y era inminente su despertar. Ella me acercó más a su cuerpo. Se sentó. Me acarició la verga y me la besó y me la chupó. Me dio una breve pero maravillosa mamada de verga que me transportó al mismísimo paraíso celestial. Justo cuando sentía que mi leche saldría a borbotones, dejó de mamármela. No había necesidad de palabras, en los hechos me decía que quería toda mi leche dentro de sus ardientes carnes íntimas. Quería recibir mi leche entera y sin desperdicio en su cincuentañera vagina.

Restregó fuertemente mi verga contra su vulva y no aguanté más. La penetré con fuerza. La embestí con la fuerza de un semental embravecido. La penetré y le di hasta el mismísimo fondo. Mi verga entró en su vagina. No había que esperar mucho tiempo. Todo el trabajo estaba hecho. En cuanto nos movimos un poco, reventamos el uno dentro del otro. Mi suegra derramó sus abundantes e hirvientes jugos sobre mi verga, y mi verga reventó al mismo tiempo, llenando su vagina con aquella leche hirviendo que como lava volcánica salía a borbotones a inundarla. Se llenó de mí y yo de ella.

En ese instante conocimos la plenitud de esa intimidad largamente deseada y nunca antes expresada. Desde ese momento éramos amantes.

Era ya mía para siempre. Sólo mía y únicamente mía. Era mi suegrastra. Mi Flora del alma a la que hoy por hoy sigo amando, deseando y fornicando como ese primer día.

Autor: charly2

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