Naty se comió toda mi carne

Las manos trabajando en el clítoris, ayudan a una penetración más vehemente y continua.   Ahora es ella la que colabora, moviéndose hacia atrás cuando yo voy a fondo, con la mano acelero la masturbación, está por llegar otra vez y van, sus sacudidas me llevan con ella sin remedio, no puedo frenar ni prolongar esta maravillosa sensación inigualada de coger este culo tan hermoso.

Soy Charly y quiero contar una historia, ocurrida hace años y por nada quiero olvidar.  Experiencia enriquecedora, recuerdo en tiempo presente que me calientan el alma cuando estoy un poco “bajoneado”, archivo de la memoria emotiva que se mantiene con la misma vitalidad y emoción que me generó cuando se estaba produciendo.

A los 19 años, la vida me “ríe y canta”, cada mujer era para “bajarle la caña”.  Cursaba la “facu” y trabajaba por las mañanas haciendo gestiones para un estudio jurídico, recorría varias oficinas públicas, algunas con mayor frecuencia, como rentas de capital, todas las semanas. Todos me conocían en la oficina, pasaba del otro lado del mostrador como uno más de ellos.   Sin modestia puedo afirmar que era un lindo pibe, simpático, las mujeres me tenían “junado” (registrado), en las veteranas despertaba el sentido maternal o el objetivo sus fantasías sexuales por hacer realidad.

Usaba la ventaja y la impunidad que me daba ser joven, palabras cariñosas, las mujeres estaban regaladas, comían de mi mano.   Nunca llegaba con las manos vacías, alguna confitura para el desayuno, una palabra romántica dicha al pasar para endulzarle el corazón, en ocasiones simulando un acontecimiento de mi invención, flores que dejaba en cada escritorio a modo de mensaje secreto compartido con todas.   Todo servía para cambiarles el humor que cargaban desde sus hogares y era transferido por el “ganso” que tenían registrado como marido legal y efectivo, si no podía cambiarlas al menos durante mi presencia les hacía más llevadera la mañana.

Esa mañana de julio invernal como pocos, llegué a rentas, pasado de frío, las “jovatas” (dicho con toda la onda, pues una mujer de cuarenta es la fantasía de casi todos los de mi edad) me convidaron con café en el office, mientras bebía la infusión reparadora, observo como Naty (acusaba 43 muy bien llevados), que le había pasado desapercibido estaba con la mirada triste, ausente, como ida.   Pregunté, con discreción, dijeron que toda la semana había estado así. Salí y volví con un ramito de flores, violetas, sé que le agradan, ausente en ese momento, al no poder esperarla por razones laborales, dejé el ramito sobre el escritorio con una notita: “Vale por una sonrisa”.

Por esas circunstancias estuve casi una semana sin pasar por lo de mis amigas.   Ese viernes había terminado toda mi tarea, para no volver demasiado temprano a la oficina, se me ocurrió pasar a saludarlas.   No fue más que asomarme y toparme con ella, me llamó y agradeció la gentileza.

-Gracias, por la sonrisa, en verdad fue valiosa tu atención.  Agradecía con afecto, dulzura y un beso en la mejilla. -Si me esperás, salgo a las 13, te invito a comer para darte las gracias, ¿sí?  -asentía, moviendo la cabeza mientras apoyaba mi mano sobre la de ella.  – En el restaurante de aquí a la vuelta.

Pasé por la oficina, dejé todo listo para el lunes, caminé un par de cuadras para “hacer tiempo” hasta el momento convenido, pasé delante del puesto de flores de la semana anterior, repetí lo mismo, otro ramito de violetas, que coloqué dentro de un sobre para disimularlo.   El solo hecho de comprarlo y esconderlo me hacía cómplice de un deseo, fantasía, o fantasía que quiere ser deseo, que va tomando forma de mujer en mi cerebro siempre calenturiento, buscando formas y modos como seducirla, como hacerle entender que empezaba a pensar en ella como algo irrealizable, pero se me terminó el mundo de la fantasía, de pronto me encontré delante del lugar prefijado. A la hora convenida, esperaba a Naty, cuando se apareció en la puerta no podía creerlo, estupenda, trajecito gris, lucía un cuerpo desconocido, oculto bajo el uniforme de oficina, “la mujer de las cuatro décadas” que Arjona ensalza, a su paso concentra las miradas de los hombres presentes y mi admiración incondicional.

Su instinto de mujer había tomado debida nota del efecto causado en mí, sabía manejar los tiempos y los silencios, abrir el camino y conducirme por los intrincados vericuetos del placer de la seducción, en ese momento no tenía muy en claro cuál era el gavilán y cuál la paloma.   Ella manejaba la seducción yo empuñaba la energía juvenil y el deseo vibrante de la carne joven, conquistarla no representaba un ejercicio de vanidad masculino, pretendía llegar a ella con toda la pureza que podía esgrimir: deseo y pasión.

El deseo y la pasión creo que no despiertan con su invitación, sino que estaban latentes aún antes de dejar el ramo de violetas sobre su escritorio la semana anterior. Después de hacer los pedidos al camarero, elegí el vino, borgoña tinto y grueso que le iba bien al menú ordenado.  Después del ritual de prueba y confirmación de que el vino es el indicado, brindis, por qué sí nomás, abrí el sobre de papel madera y extraje el ramito de violetas para dárselo con emoción, hasta con cierta timidez que no registraba.   No podía creer que ese detalle mínimo como haberlo traído camuflado y la atención de entregarle en el momento justo podía abrirme los caminos a su corazón.   Desde ese instante fui el artesano que preparó el horno, caldeándolo a temperatura adecuada para hornear en ella la pasión de una mujer que busca atención y contención.

El almuerzo amable y cordial, el vino hizo lo suyo, ahora el aroma del café la inducía a dejar fluir los sentimientos de indefensión vulnerabilidad.   Acababa de terminar una relación que valoraba mucho y como otras veces volvía a sentir que ella era la principal responsable del fracaso, tal vez fuera su dificultad para sentir, su incapacidad para soltarse, en fin lo que ella decía era su pobre respuesta sexual habían tenido mucho que ver con su ruptura. Su mirada decía más que su pesar, me miré en ellos, entendí la pregunta: ¿me podrías ayudar?  Le respondí, posando mi mano sobre su mano:

– Pero… solo soy su… “tu” amigo y volvió a decir: -Por varias razones, porque valoro tu comprensión, tu calidez y… ¿la verdad?… hay algo más…, ahora más liberada, como si hubiera desprendido el corsé de ataduras e inhibiciones, con la mirada pícara, por que vos sabes cómo acariciarme… el alma.

No había mucho para esconder, todas las cartas sobre la mesa, abrió su corazón y me contó que: tiene 43 años, casada con un tipo que no valora su condición de hembra, que solo piensa en los bienes materiales, a la hora de los “esposos” cumple poco y mal, para decirlo de una es un “ganso” que no sabe calentar a una mujer y cuando lo está el tonto ni se da por enterado.    Tiene un hijo de mi edad, y esta última semana el “ganso” levantó vuelo con una muy joven.   Esto último fue el mazazo mortal, la causa que la deprimía, las flores habían llegado en el momento preciso para justifica el “vale por una sonrisa”.  Por toda respuesta, volví apretar su mano y la invité a salir, en la gentileza de ayudarla a levantarse, el beso robado, justo en la comisura de sus labios.   Esa fue una jugada maestra que terminó por derribar, si quedaba alguna, las últimas defensas.

Salimos, la subí a un taxi, indiqué al conductor la dirección, había tomado el control de la situación.   Durante el viaje no pronunciamos palabra, tal vez si lo hacíamos nos arrepentíamos. Subimos a mi habitación, tomé una botella de whisky JB, un poco de hielo y dos vasos, de pie en la estrecha kichinet, apenas el lugar para estar de pie, cerca, muy cerca, tan cerca que sentíamos el aliento del otro.  No había palabras, bebíamos como quien pretende cargarse de energía, como para decir algo mientras organizo las ideas le propongo tomar un café, – ¿Otro más? Pregunta sonriendo.  – Y, sí, ¿no te parece?  – Si te parece a vos, está bien. Se ofrece a prepararlo, abro la alacena y muestro los elementos, me arrimo, pegado a su espalda, miro sobre el hombro  como bate el Nescafé. La abrazo de la cintura, aspiro en el cuello, el sensual perfume que emana, me aprieto algo más, con la excitación contra las nalgas, entre los glúteos, la preparación se va demorando y demorando en cada apretón.

Vuelco su cuerpo sobre la mesada, pollera arrollada en la cintura, aparta la tanga con una mano, libre el camino, recorro los lugares íntimos, trataba de manejarme con prudencia, no quería que el impulso matara la decisión de dejarse llevar a mi dominio.    Mi cabeza estaba a mil, debía hacerle todos los mimos y todo el juego sensual para anular el uso de la razón, era preferible hacer que el calor interior emergiera de lo más profundo de su deseo fuera el dirigiera o se dejara dirigir en el curso de acción que devenía después de esta franela mortal.  Mi deseo maneja su voluntad, se deja llevar al dormitorio, dócil, de la mano, la dejo en el centro de la escena, siento en el borde de la cama, intuye que espero el acto ritual de su desnudez.    Sabía que espero de ella, reacciona con timidez, pide que baje un poco la intensidad de la luz, solo el velador, en un rincón alejado del escenario.

Como una flor que pierde sus pétalos van cayendo en su derredor las prendas, el uniforme de mujer casada, para vestir el de mujer deseada, solo soutién y bikini, muy blancas, muy pequeñas, como director de orquesta doy las órdenes, con el índice le marco el fuera de escena, del corpiño, cumple y se cubre pudor con el brazo, repito la indicación, señalando abajo, sumisa hace una reverencia “si amo”.   Con toda la sensualidad de que es capaz una mujer cuando esta excitada, se desprende de su condición para convertirse en lo quiere su hombre: una terrible puta.

Mis ojos golosos recorrieron ese cuerpo que ahora me pertenece, devolvió la mirada, sosteniéndola.   La acaricié con sutil delicadeza, coloqué sobre la cama, mis ropas volaron como por arte de magia, desnudo fui a su encuentro, me acerqué lentamente, le di un beso con poca pasión, de inmediato su lengua empezó a reaccionar, se movía lenta y deliciosa en mi boca, sentí el sabor de su saliva, me parecía delicioso el intercambio de fluidos.   Poco a poco me hice dueño de sus pechos, que los tenía de buen tamaño, primero el roce, la caricia suave, el apretón, tiemblan, se inicia una espiral de besos en cada uno, alternando las atenciones que terminan, inevitable, en los turgentes pezones, que me exigen ser saboreados.  La rutina se repite una y otra vez, humedeciendo, lamiendo, chupando hasta hacerlos esconder en mi mando y desaparecer en mi boca.

Quedó vibrando de placer, frotándose los muslos, que ahora separo, abro con dulzura para que los húmedos pétalos de la flor con entorno de vellos prolijamente recortados me ofrezca el nácar rosado que tapiza su interior.   Palpé la firmeza de sus muslos, abre más el escenario, facilita el ingreso al escenario principal, aprecio la sedosidad de sus piernas, la mano bajo sus glúteos, la atraen y elevan para recibir el agasajo de mis labios y mi lengua.   Se abrieron los labios mayores levemente para recibir mi lengua hasta lo más profundo, profundos gemidos de auténtico placer dieron los ¡hurras! De bienvenida al contacto íntimo.   Ahora sus piernas son boa constrictor en mi cuello, enlazadas, el movimiento circular de sus caderas indican eran signo más que evidente del disfrute de tamaña caricia.

Con las manos sigo acariciando la tersura de los muslos, se tensan cuando con la lengua encontré el clítoris, turgente y duro como una cereza, sabe a miel y ambrosía.  Poco trabajo costó llevarla hasta que la tensión alcanzó niveles superlativos, sus manos fueron garras en mi nuca para mantenerme en su intimidad por toda la eternidad.  Un soberbio orgasmo explotó como un terremoto en su interior, la onda expansiva produjo remezones convulsionando todo su ser. La ayudé a manejar sus sensaciones, a descubrir sus rincones y manejar sus ritmos, hoy un joven que está en los pininos de la sexualidad había dado a esta mujer a disfrutar de su músculo del amor. Podía sentir como Naty dejaba correr un par de lágrimas de alegría.

Custodié el letargo del relax, cuando volvió me encontró esperándola, de la mano tendido a su vera, respetando su derecho a disfrutar el goce en la placentera soledad de su alma.   Abrió los ojazos, sonrió con todo el cuerpo, se reclinó, apoyó en el codo y miró la verga, lista para cualquier llamado a la acción, después del beso agradecido fue a buscar al soldado listo para el combate. Se arrodilló y la tomó en sus manos, unas cuantas sacudidas, arriba y abajo, masturbando para luego llevársela a su boca, primero la punta, suaves mordisquitos para deslizarla dentro de su boca mientras la aprieta como queriendo exprimirla.   Se sabe torpe, se controla para no lastimarme, le falta experiencia o práctica pero le sobra entusiasmo y pasión.  La pija crece más y más en su boca, lamidas y chupadas pasaron de suave a intenso y pasional.

La juventud tiene esas sorpresas de perder el control cuando quisiera estarse toda la vida, pero no lo pude contener, ni poner sobre aviso. Recibió la visita de sorpresa, un: ¡Ummmm! Pero me miró a los ojos, decían de su placer y su sorpresa.   Cuando el aluvión cálido y blanco terminó, levantó la cabeza, sonreía mientras un escurridizo hilo de semen se escapada por la comisura de sus labios.   Se relamió en obscena exhibición y volvió para limpiarlo todo, no vaya a ser que se pierda un poco de esta rica lechita caliente.

Nos dimos una caliente y reparadora ducha, durante ella nos hicimos mimos, cuando me apoyé en su cola vibró como un diapasón, se frotó contra el miembro hasta ponerlo en condiciones, después tomándome de él me llevó “a remolque” hasta la cama para consumar el acto de amor. Me besó en la boca con tanta intensidad que parecía querer darme los restos de mis jugos, me tumbó boca arriba, se puso de rodillas y empezó a lamer y chupar, cuando la tuvo bien húmeda y rígida.   Acomodé su cuerpo, abrí las piernas, me acomodé entre ellas, Naty abre los labios, separa los vellos, el rígido miembro se posa en la abertura, presiono y cede, me deja entrar en ella.  Inicio el lento vaivén, se estremece al percibir el cosquilleo electrizante del roce del miembro penetrando en su sexo, se siente tan mojado, se desliza suave, aumentan los quejidos, después serán simples sonidos guturales, expresando el goce ancestral del placer.

Me recargo en las palmas de mis manos, a sus costados, para permitirle moverse mientras mi grueso miembro se deleita abriendo todo a su paso, la siento suave y algo estrecha a la vez, me impulso con movimientos bruscos y profundos, ella se sobrepone a la molestia de la penetración y se impulsa hacia mí acercándose también.

Aprovecho un momento de distracción y de un solo movimiento la obligo a girar quedando ella encima. Ahora ella decide cómo y hasta dónde, maneja su propia excitación, capitanea el barco del placer, subida al palo mayor (bueno ensartada) navega al compás de las olas de placer, sube, baja y se deja caer por el palo de carne hasta quedar totalmente empalada, sintiendo el frote con mi vellos.   En medio del maremagno de sensaciones no previó que llegara tan rápido al orgasmo, ahora sí que era sorpresa, cualquiera podía notar que estaba fuera de su normalidad, y ahora va por el segundo.   Parecía como que perdía el sentido, respira agitado, se sacude con hoja en la tempestad, debo sostenerla para mantenerse en la monta, a dejo empalada, reclinada sobre mi pecho, la perdono, unos instantes sin moverme.   Elevo la pelvis, acusa el golpe del pene y vuelve al zarandeo, se deja entrar, colabora pero otra vez la maravilla del orgasmo se mete en su carne, en sus venas, en toda ella.

Le doy un respiro, esta vez se rehace enseguida, vuelve por más, compadecida que aún no haya terminado, genera esa ternura de jovencita vulnerable y de mujer seductora que ofrece su entrega como ofrenda al endiosado varón que la llevó a traspasar el e muro de la insatisfacción para depositarla en el lugar de mujer gozosa y feliz de su condición de tal.

Ahora es tu turno, cómo me pongo, le indiqué de bruces, le alcancé una almohada, no fue necesario que dijera dónde colocarla, su vientre quedó sobre ella, elevando sus nalgas para mi placer.   Apoyé la cabeza entre los labios, excedidos de flujo, me tragó en “dos saques” casi nada costaba hacerla vibrar nuevamente, la posición favorece el mayor movimiento y la penetración bien profunda, jamás había pensado que podía llegar a tamaño goce, la visión de es culito encandila, no podía sacar los ojos ni los dedos curiosos de él.   No pido permiso para curiosear con los dedos encremados en sus jugos, primero uno, luego dos, se estremece pero deja hacer, sigue moviendo sus caderas, cebado por lo permisiva y obnubilado de calentura le metí el pulgar, suave hasta el fondo, la doble penetración la sorprendió, aguantó gimiendo a penas.

Retiré el miembro de la vagina, tomé la distancia suficiente para apoyarme contra el hoyito.  La lucidez estalló en medio de la vorágine de locura, ante la inminencia alcanzó a gritarme: – No, no es que no quiera es… que la tenés muy gorda.   Lo hicieron un par de veces y no la tenía tan gruesa, esa no la puedo aguantar.  Me levanté, simulaba estar algo molesto, pero…en realidad sabía que después de darle “máquina” de ese modo no me podía negar ese regalito.  Bueno, para hacerla corta negociamos un par de besos y caricias y accedió a probar.  Un poco de margarina, lo único que podía servir, otro poco de paciencia y mucho de convicción, ahora el pulgar se perdía confianzudo en el esfínter, el placer era demasiado y se decidió a probarme.

La cabeza del pene tomó posición, justo sobre el hoyito, empujé suave, un poco más fuerte hasta vencer la tensión del músculo anal, entrar y salir hasta tomar confianza, luego con una palmada en la nalga distraigo su atención y me mando hasta la mitad, las manos en sus pechos ayudan a sostenerme y calmar su dolor cuando comencé a entrarme en ella, paré hasta que se hiciera amiga del dolor y fuera dejando espacio para el incipiente placer.    Las manos trabajando en el clítoris, ayudan a una penetración más vehemente y continua.   Ahora es ella la que colabora, moviéndose hacia atrás cuando yo voy a fondo, con la mano acelero la masturbación, está por llegar otra vez y van…sus sacudidas me llevan con ella sin remedio, no puedo frenar ni prolongar esta maravillosa sensación inigualada de coger este culo tan hermoso.

Llegó el momento glorioso de la redención de los pecados de la carne, pagados con leche. Acabé dentro de Naty. Terminado el maravilloso acto de amor sexual, nos dejamos caer, de lado, conectados aún por la carne rígida, ella lo fue expulsando a medida que perdía tensión y grosor.  En el baño nos reencontramos, salía de la ducha, aún estaba recuperándose del ardor anal, sentada sobre el chorro de agua tibia del bidé.   Había transcurrido más de una hora, ella debía volver a su mundo real, nos miramos, no hacía falta más, el deseo tiene sus códigos, tomó la pija entre sus manos y en dos movimientos se la engulló.   Ella chupa, yo atraigo su cabeza hasta tomar ritmo de cogida.   Juventud, divino tesoro, no bastó mucho para volver a llenarle la boca de tibio semen, que degustó con fruición.

Las manecillas del reloj, en perfecta alineación, indicaron las seis de la tarde, las mejores cuatro horas de nuestras vidas se consumieron en este acto que excede el contenido sexual para ser algo mas, no sé cómo llamarlo, tal vez alguna lectora pueda decirlo, debía volverse a su casa, me vestí para acompañarla, no me dejó, dijo: -No bebé, nos despedimos aquí, sino no voy a querer dejarte ir más.  Nos besamos, largo y profundo.

Autor: Nazareno Cruz

latinoinfiel@yahoo.com.ar

Me gusta / No me gusta

Lo que antecede a la locura

Me convertí en amazona cabalgando su miembro erecto, quería sentirlo muy dentro de mí, arriba, abajo y seguía el vaivén, sentí sus manos apretando mi cuerpo, resbalando con el sudor de mi piel, manoseaba mis nalgas, mis espalda, mis pechos, y yo llena de lujuria y locura seguía cabalgando haciendo lo posible por llegar al clímax de tanta excitación, perdí la noción del tiempo y la razón.

Cada vez que estamos cerca, la respiración se agita, todas las neuronas pierden el sentido… la piel se eriza solo con un roce, él tiene la particularidad de agotar mis palabras y alborotar mis instintos.

Esa noche quedamos en vernos después de las 9, él pasaría por mí… La sola idea de saber que pronto estaría bebiendo de su aliento ya hacía que mi lengua se enredara, a medida que el reloj andaba yo perdía más y más la razón… ¡pero tenía que contenerme!

Puntual llegó, y allí estaba yo lista, en la puerta muriéndome de ganas por devorarlo completo… -Hola, ¿cómo estás?, un corto beso a modo de saludo, las conversaciones habituales, las preguntas pertinentes… y mi piel ardiendo… me pidió que lo acompañara a mirar un nuevo departamento.  Llegamos, todo era blanco, hermoso, muy amplio y bastante acogedor.

Me sirvió una copa y me invitó a seguirlo a una de las habitaciones, allí pensé que por fin comenzaría a dar rienda suelta a mis instintos… pero estaba equivocada, quien le daría rienda suelta a sus instintos era él. Nos besamos apasionadamente, al llegar al punto cuando la ropa estorba, se detuvo en seco y me pidió muy dulce que me quitara la ropa, aquello era extraño, si bien ya habíamos estado juntos muchas veces lo usual era que nos quitáramos la ropa al ritmo de los besos y compartiendo la tarea…  pero ese día, esos no eran sus planes.  Salió de la habitación llevándose con él toda mi vestimenta, solo me dejó la copa y una pícara ¡sonrisa!

Regresó al rato, encendió el aire acondicionado y me llevó a una especie de columpio donde con cuidado ató mis manos a cada lado sobre mi cabeza; por la forma del asiento mis piernas quedaron abiertas y todo mi sexo expuesto, mirando mi cara de sorpresa, me calmó con un beso y me dijo que me relajara y los disfrutara… se fue, dejándome allí sola, en esa hermosa y solitaria habitación…

Sentí que el aire acondicionado estaba bajando la temperatura de la habitación, el frío comenzó a surtir efecto en mí, mis pezones estaban encendidos y ese hilo de aire frío entrando en mi sexo me ponía a mil…

Allí me dejó un buen rato, entre la lujuria y la sorpresa, el frío solo lograba excitarme un poco más… abrió la puerta y allí estaba él, cargado con muchas “sorpresitas” para pasarla bien esa noche, me alegraba mucho verlo, sentí que estaba más cerca la hora de sentirlo… puso un poco de aceite sobre mi cuerpo y comenzó a masajearlo… se sentían muy bien sus manos sobre mí… siempre teniendo cuidado de no rozar mi pecho ni mi sexo, se esmeraba en mis piernas, mi abdomen y mi cuello… era delirante, la necesidad que tenía de sentirlo y el no poder siquiera tocarlo con mis manos… comencé a mojarme a chorros… él seguía muy paciente… luego sentí un spray en mi conejito y luego la sensación de calor que se iba produciendo en el, quise moverme para lograr un roce de su cuerpo… pero no lo conseguí, estaba muy lejos de mis límites.

Decidí dejar de luchar, cerrar mis ojos y sentir… el masaje paró, después de un ruido sentí un roce muy suave y un olor delicioso… ¡eran flores! Pero flores que solo lograban excitarme más, con ellas recorría mis oídos, mis pechos, toda mi entrepierna, mis pies… la sensación era extraña, necesitaba sentir su piel, y estaba allí a pocos centímetros de mi, pero no podía tocarlo, mi excitación estaba en un grado nunca antes conocido por mi… necesitaba sentirlo, él lo sabía y disfrutaba mi angustia, mis ganas, mi desespero… poco a poco las neuronas fueron perdiendo el norte.

Nada era más importante que sentirlo dentro de mí… sentía el calor de mis fluidos chorrear por mis muslos… llegó la hora del chocolate, y poniendo pequeñas dosis sobre los puntos estratégicos y limpiándolos cuidadosamente con su lengua  me hizo delirar…y él, sintiéndose satisfecho con el nivel de excitación al que me había hecho llegar, decidió desatar esas odiosas cintas de seda y dejar libres mis manos, pudiendo cambiar de posición y lanzándome sobre él… de nuevo, truncó mis intenciones, se apartó y se acomodó en un mullido sofá con una sonrisa llena de lujuria y picardía…

De nuevo busqué la forma de colocarme sobre él, quería disfrutar su cara de placer, verlo gozar mientras me poseía, verlo cerrar los ojos y gritar… pero sin darme cuenta me puso de espaldas a él, y apartando mis nalgas se abrió paso dentro de mí, allí me convertí en amazona cabalgando su miembro erecto, quería sentirlo muy dentro de mí… arriba, abajo, arriba, abajo y seguía el vaivén… sentí las gotas de sudor resbalando por mi espalda, sus manos apretando cada centímetro de mi cuerpo, resbalando con el sudor de mi piel, manoseaba mis nalgas, mis espalda, mis pechos, y yo llena de lujuria y locura seguía cabalgando haciendo lo posible por llegar al clímax de tanta excitación, perdí la noción del tiempo y la razón…

Los movimientos se hacían cada vez más rápidos, – sigue, sigue y no pares me pedía… como podía parar si tenía tanta lujuria acumulada… comenzaron latigazos eléctricos a recorrer mi espalda, las gotas de sudor eran más constantes, la sangre se agitó y sentí todo mi cuerpo estallar en un orgasmo muy intenso y estremecedor…  al sentir su leche caliente corriendo dentro de mi… allí quedamos bañados en sudor, exhaustos de tanto placer, dormida sobre su pecho…

Y hoy, días después, aun lo recuerdo y siento como se eriza mi piel, como la electricidad de su lujuria me recorre hasta el fin…

Autora: Traviesa69

Me gusta / No me gusta

Empalada por el amigo de mi esposo

Poco a poco, pero sin dejar de besarme, fue desplazándose hacia mí, como para formar eso que llaman el sesenta y nueve. Me estaba pidiendo correspondencia y en esas condiciones no podía negársela. Le besé con cautela en un principio, pero tomé la confianza necesaria para ofrecerle reciprocidad. Nos entregamos entonces al delicioso favor de nuestras bocas, llegamos casi juntos.

Cuando Ernesto me dijo que venía Juan Luis, su inseparable amigo en la universidad, no le di la menor importancia al asunto. Cierto es que mi marido me había contado de las aventuras que pasaron juntos en aquellos años y del éxito que solía tener su amigo con las mujeres, pero eso ya se me había olvidado. Tampoco le recordaba de cuando asistió a nuestra boda, en esos días lo último en lo que se fija la mente es en los rostros de tanta gente que asiste a la fiesta. Él venía a una cita de negocios y Ernesto le había ofrecido nuestra casa, aprovechando que tenemos un cuarto para huéspedes.

La situación se tornó peculiar cuando intempestivamente mi marido tuvo que salir a Chihuahua un día antes de la llegada de su amigo. Por tal motivo, me encargó que recogiera en el aeropuerto a Juan Luis y lo trajera a casa. Tuve que hacer el papelito ese que siempre me pareció ridículo, de escribir en un cartón el nombre de la persona que se tiene que recoger, y exhibirlo a todos los pasajeros que arribaban, esperando que el susodicho se aparezca. Después de un buen rato por fin apareció. ¡Qué guapo era! Me sorprendí mucho porque me lo imaginaba más normal, pero su 1.90, sus ojos claros y su sonrisa encantadora me hicieron olvidar el mal humor que moverse desde Santa Fe hasta el aeropuerto provoca a cualquiera.

Nunca entendí por qué me puse tan nerviosa al verle. Él me saludó como si me conociera de toda la vida, de beso y abrazo, pero se cohibió un poco al notarme nerviosa. Seguramente en esos momentos le parecí una retrasada mental, creo que le contesté “bien” cuando me preguntó si tenía largo rato esperando y “no, voy llegando” cuando me dijo que cómo estaba. Ni siquiera un “cómo te fue en el viaje” se me ocurrió. Había quedado en calidad de idiota, pero pronto me sentí mejor; su plática amena me sacó tres carcajadas en el trayecto al estacionamiento.

“Es una lástima que Ernesto haya tenido que salir a Chihuahua”, me comentó mientras enfilábamos hacia la casa. “Me había prometido que iríamos a recordar los viejos tiempos”, continuó en tono de broma pero con cierto aire de invitación. “Pues si quieres te llevo a cenar”, le contesté un poco comprometida pero al mismo tiempo con muchas ganas de ir a dar la vuelta. El camino fue todo risas. Cuando me platicó la anécdota de que él y mi marido habían pasado una noche en la delegación por andar borrachos en la vía pública cuando estaban en la universidad, no pude contener mi risa al imaginarme el cuadro patético.

Cuando llegamos al restaurante me preguntó si no tenía inconveniente en que nos sentáramos mejor en la zona del bar, a lo cual accedí gustosa. ¡Hace tanto no salía con Ernesto en ese plan! Cuando pasó amistosamente su brazo por mi espalda para conducirme, sentí una emoción indescriptible, “¿estoy teniendo un affaire?” me preguntaba mientras caminaba hacia la mesa. La música, un poco alta de volumen, hizo que nos mantuviéramos muy cerca para poder escucharnos; cada vez que acercaba su aliento hacia mi oído para poder hacerse escuchar, sentía que mi corazón latía más rápido.

Platicamos un rato y a la tercera copa se animó a tomarme de las manos. Yo sabía lo que tenía que hacer: quitar mis manos y pedirle que ya nos fuéramos; pero no sé qué me pasói, no quise hacerlo. En cambio, le sonreí aceptando su juego. Él entonces se acercó, me abrazó y me empezó a besar el cuello. En ese momento yo ya me sabía entregada. Luego llevó su boca a mis oídos y me preguntó “¿quieres ir a un hotel?”. Excitada al máximo asentí con mi cabeza mientras mi cuerpo se llenaba de nerviosismo. “¿Qué estaba haciendo?… ¡y con el mejor amigo de mi marido!”

Él pidió la cuenta y salimos abrazados del bar. Una vez en la camioneta, nos comenzamos a besar. La oscuridad del lugar nos invitó a llevar nuestras caricias más allá de lo que la prudencia ordenaba. Pronto me vi con sus ansiosas manos bajo mi falda, procurando retirarme las panty medias. Yo me levanté un poco para que lograra su propósito. “Vámonos a los asientos de atrás” me indicó. Yo obedecí aprovechando la amplitud de mi camioneta. Él a continuación desabotonó mi blusa, retiró mi sostén y comenzó a besarme los senos de una manera en verdad deliciosa.

No hacía falta que yo cerrara los ojos, porque la oscuridad del lugar era total. Tomó mi mano y la llevó a su entrepierna. Supe entonces lo que quería; desabroché su pantalón, saqué su paquetito y empecé a acariciarle suavemente mientras él seguía besando mis senos. Poco a poco fue descendiendo sus labios hasta el punto de llegar a mis pantaletas, las cuales retiró con suavidad… abrió entonces mis piernas y condujo su lengua hacia mi sexo frotándome con ella como jamás nadie lo había hecho.

“Sigue, por favor” le hubiera dicho, si el temor a parecerle demasiado impura no me hubiera gobernado; en cambio, callé cuando retiró su boca de entre mis piernas para llevarlas a la mía, para continuar su movimiento dentro de mi boca. Dirigió entonces con exquisita puntualidad su deliciosa carne hacia dentro de mí. “Ponte un condón, por favor” debí decirle, pero el temor a que no tuviera me inhibió, preferí correr el riesgo. Su ingreso en mí me hizo sentir morir de placer. Sus exquisitos balanceos se apoderaron del lugar, y pronto los naturales ruidos de un auto que alberga a dos amantes en entrega, aparecieron. Pero la oscuridad era nuestra aliada y pudimos seguir el baile del placer… hasta que por fin llegué.

Puedo decir con toda seguridad que hacía mucho tiempo no sentía un orgasmo tan delicioso… me atreví a gritar de placer. En ese momento no me importó que alguien nos oyera. Él, caballeroso, paró unos instantes para dejarme disfrutar el momento. Después continuó meciéndose sobre mí hasta satisfacer sus ansias… Descansamos unos instantes. No atiné qué decirle cuando llegó el momento de decir algo. Él en cambio dijo algo así como que ya no necesitábamos el hotel, y estallamos ambos en risas. Como pudimos, nos vestimos en la oscuridad y enfilamos hacia la casa sin mayores remordimientos.

Más tarde le mostraba el cuarto de huéspedes, donde dormiría. Él me dijo que tomaría un baño antes de dormir y me despidió con un beso en la boca, el cuál rechacé por el temor a ser sorprendidos por Ofelia, la sirvienta de toda la vida que había sido nana de mi marido. Me retiré a mi cuarto e igualmente decidí darme un baño. Esa noche fue de insomnio. Los remordimientos que se habían ausentado, ahora empezaron a aparecer. “¡Qué hice!” me recriminé por varias horas, hasta que quedé profundamente dormida.

A la mañana siguiente desperté con un sabor amargo en la boca. El temor a las consecuencias de mis indecencias se apoderó de mí. No sabía ni cómo vería a la cara a Juan Luis… ¡y a Ernesto! En eso Ofelia tocó a mi cuarto para llevarme el desayuno a la cama. Cuando le recordé que teníamos un invitado y que desayunaría en el comedor, me informó que Juan Luis había salido temprano a sus asuntos y que había dejado dicho que me llamaría más al rato. Ello me tranquilizó un poco. Por lo menos no tendría que verle inmediatamente.

Cerca de la hora de la comida recibí su llamada. Quería que nos viéramos en un restaurante de la zona “Rosa”. Obviamente me negué y le pedí que me disculpara, porque estaba un poco desconcertada con lo que había ocurrido. Me comentó que no había problema y antes de transcurrida una hora estaba a la puerta de la casa. Ofelia le hizo pasar. Él me saludó como si nada y con un gesto gentil me pidió que le acompañara. Tomó dirección del cuarto de huéspedes. Yo no quise que cerrara la puerta para no inquietar a Ofelia.

Me pidió que me sentara junto a él en la cama y me ofreció un estuche. Al abrirlo descubrí una hermosa gargantilla de oro, con unas bellísimas incrustaciones de diamantes. “Es muy bonita, tu esposa se va a poner muy contenta” le comenté. “¿Por qué?, si es para ti”, me contestó al tiempo que la tomaba en sus manos para colocarla en mi cuello. “Bien sabes que no puedo aceptar este regalo, Juan Luis, por muchas razones”, le dije, pero sin dar respuesta a mi comentario, simplemente acercó sus labios a los míos y me tomó entre sus brazos con gran ternura. De nuevo me encontré entonces ante el reto de vencer a la tentación; de nuevo me vi derrotada por ella.

Sin dejar de besarme, me recostó suavemente en la cama y con sus manos comenzó a recorrer deliciosamente mi cuerpo. Yo sabía que no debía ocurrir aquello, pero una fuerza mayor a mi voluntad me obligaba a seguir disfrutando de aquellos momentos. Sólo atiné a pedirle que cerrara la puerta, a lo cual obedeció diligentemente. Poco a poco fue desprendiéndome de mi atuendo, una a una, cada prenda fue sucumbiendo ante su ansiedad, hasta que ambos quedamos completamente desnudos. Besó entonces cada centímetro de mi piel, mi boca, mis oídos, mi cuello, mis senos, mi vientre… Mis muslos… abrió entonces mis piernas con desmedido anhelo… recorrió la parte interna de mis muslos y finalmente lo tuve aquí… su lengua se movía con fervoroso ánimo regalándome momentos exquisitos de verdad.

Poco a poco, pero sin dejar de besarme, fue desplazándose hacia mí, como para formar eso que llaman el sesenta y nueve. Me estaba pidiendo correspondencia y en esas condiciones no podía negársela. Le besé con cautela en un principio, pero poco a poco tomé la confianza necesaria para ofrecerle reciprocidad. Nos entregamos entonces al delicioso favor de nuestras bocas… llegamos casi juntos. Nunca antes había probado el sabor de la miel del hombre. Honestamente, no me gustó la sensación de flemas en mi garganta, pero el rostro de satisfacción de mi pareja en turno lo valió todo.

Se recostó junto a mí y descansamos un rato. Los ruidos de Ofelia me volvieron a la realidad. “¿Pero qué hice?” me pregunté de nuevo. Aquella había sido una imprudencia mayor que la del día anterior. Me paré, me vestí y salí del cuarto para huéspedes tan pronto como pude. Él me despidió momentáneamente con un guiño socarrón. En el trayecto hacia mi recámara me topé con Ofelia, pero preferí no mirarla a los ojos… no podría resistir su mirada inquisidora…

Ya en mi cuarto, me lavé la boca y me quedé meditabunda sentada en la cama… por largo rato me atormenté con el reproche de mi conciencia. Había oído historias de infidelidad de gente conocida, pero nunca imaginé que a mí me tocaría saber de eso. Sonó la puerta entonces. Mi corazón se aceleró. ¿Ofelia se atrevería a reclamar mi actitud? “Adelante” dije con voz entrecortada. Al instante siguiente veía el rostro de Juan Luis, quien se despedía porque tenía que regresar a sus asuntos del trabajo. “Llévate la camioneta”, le dije ofreciéndole las llaves de mi auto. Las tomó agradecido, me dio un beso en los labios y partió.

Toda la tarde la pasé en mi cuarto; meditando sobre lo ocurrido y sobre lo que podría ocurrir al rato. Esa sería la segunda y última noche de Juan Luis en la casa, pues venía sólo por dos noches. ¿Qué es lo que debía hacer? No encontré respuesta. Llegó la noche y con ella Juan Luis con un hermoso ramo de rosas rojas para mí. ¡Hacía tanto que Ernesto no me regalaba uno! Cenamos normalmente y acudimos al salón de TV para escuchar las noticias. Él se sentó junto de mí, como si fuera mi marido, abrazándome, y de nuevo no hice nada para impedirlo.

Al poco tiempo me desvistió y ahí mismo me hizo suya de nuevo… Dormimos juntos en mi recámara, y al día siguiente lo llevé rumbo al aeropuerto. “¿Arreglaste tus asuntos?” le pregunté en el trayecto. “Todos” me respondió al tiempo que colocaba su mano cariñosamente en mi entrepierna.

Ernesto nunca me preguntó sobre las rosas ni la gargantilla. Poco tiempo después descubrí que Ernesto en realidad no había ido a Chihuahua, sino a Monterrey, donde vive Juan Luis. Varios cargos en su tarjeta de crédito me lo hicieron saber. Entre ellos, uno de una joyería y otro de una florería. ¿Acaso estos granujas habían intercambiado a sus esposas sin que nosotras lo supiéramos? Creo que eso fue lo que pasó… y me gustó.

[Relato dedicado a Maite]

Autora: mm2001

Me gusta / No me gusta