Vivencias

El sexo de Juan humedecido por los fluidos de Sara seguía mimando su rincón de placer. Sus lenguas se recorrían y acompañaban la deliciosa penetración. Los pezones de Sara demandaban sentir el roce de la boca de Juan, provocando movimientos de su pelvis con la de él, el ritmo perfecto de la excitación que los poseía. Un eterno instante orgásmico los hizo estremecer entre gemidos y suspiros

Anoche, Sara pensó en descansar sus pensamientos sobre la almohada, trayendo a su mente el recuerdo de aquella tarde con Juan, la mirada de él, atenta, atrapante, tranquilizadora y por momentos indagante; curiosa por saber como es ese ser que tiene frente a tus ojos, donde ella podía ver los suyos.

Sara podía volver a escuchar el sonido del río, sentir la caricia del viento sobre su piel, el casual y sutil roce de las manos de Juan durante el encuentro. Casi llegando al punto de alcanzar su sueño, se atrevió a imaginar lo que no vivió en ese instante…

…sintió que la presencia de las personas se desvanecía hasta desaparecer y quedar solas sus siluetas en ese paisaje único, abrasador…Entonces pudo sentir no solo el roce de los dedos de su acompañante sino también la caricia tierna de las manos de Juan sobre su piel erizada por las sensaciones.

Las manos de Sara quisieron acomodar su cabello y las de Juan lo impidieron, rozaron también su cuello. Sus corazones se agitaban al acompasado movimiento del agua y las respiraciones se confundían con el viento. Sara sintió el cuerpo de él junto al suyo, su espalda percibía la tibieza del  pecho de Juan; se quedó quieta, expectante y en espera, sin decirlo pero pidiendo sentir algo más…

Entonces los brazos de él, le rodearon la cintura y sus manos se entrecruzaron en el vientre de ella, más cerca ahora, la caricia de la respiración de Juan estremecía su cuello, su cabeza se acomodaba para darle lugar a ese instante y sentir los labios temblorosos del hombre, mimando su nuca.

Las finas manos de Sara tomaron los brazos de Juan y pidieron más fuerza en su abrazo como para conjugar sus cuerpos en uno. Una sensación sensual y protectora sucumbió sus entrañas, un cosquilleo incontrolable se instaló en su vientre y él estaba ahí, queriendo contener esa vorágine de sensaciones vírgenes que afloraban de Sara.

Notó secos sus labios y humedeciéndolos con su lengua, sin mediar palabras le rogó un beso, él la estrechó más contra su cuerpo y apenas rozó sus labios en los de ella, en una conjugación de timidez y atrevimiento.

Las mejillas de Sara se sonrojaron al volver a mirar a Juan a los  ojos; sensación extraña y placentera, el deseo entonces crecía…Ella se entregaba a disfrutar de esas nuevas sensaciones provocadas por este hombre con ansias de  protegerla, descubrirla y conocerla, lo que haría que ella también lograra descubrirse.

Sara volvió a descansar su espalda en el pecho de él, sus ojos se cerraron, el sueño abrazó también sus pensamientos, quedó dormida nuevamente sola en su lecho… extrañándolo. Sara logró descansar sus sensaciones en el preciso momento que los sueños se albergaron en su mente.

Se veía durmiendo, sola en su cama, y en sus sueños podía sentir que sonaba el timbre…era tan fuerte que logró despertarse, su cuerpo sintió correr por sus entrañas un cosquilleo placentero al darse cuenta que el sonido de ese timbre era real.

Logró reaccionar, se levantó de un salto impulsada por todo lo que había sentido ese día. Miró el reloj y recién eran las 23 hs, se arrimó a la puerta y con cierto temor preguntó quien era; el cosquilleo fue mayor al oír una voz conocida del otro lado, me acomodó el pelo, la remera que en ese momento tenia puesta, humedeció mis labios, suspiró y abrió…

Allí estaba Juan, con la imagen que tenia guardada en ella desde la tarde, no dijeron nada, solo se miraron a los ojos y sonrieron. Entró a la casa con paso firme pero  respetando el deseo de Sara, de que entre o no, ella le abrió un poco mas la puerta para que pueda pasar, con suavidad él sacó la mano delicada de ella del picaporte y cerró.

Acarició su rostro y acomodó su pelo, solo la miraba a los ojos, ella podía verse en ellos a pesar de la penumbra de la noche. La rodeó con sus brazos y ella pudo sentir ese pecho varonil vibrando tan fuerte como el suyo, se sumergieron, un instante, en un abrazo casi eterno.

Sin dejar de mirarla, le contó que no podía terminar ese día sin volver a verla y decirle todas las cosas que hubiese deseado pasaran esa tarde y no fueron. Al escuchar decir tus palabras, Sara no hacía más que revivir esas sensaciones que no la habían dejado dormir y que le resultaron tan placenteras; parecía que Juan había compartido sus pensamientos.

Ella no pude hacer más que abrazarlo.

Juan levantó el rostro de Sara que estaba apoyado en su pecho y le regaló el mas dulce de sus besos, ella sintió el néctar de su boca que le hacía renacer sensaciones casi olvidadas.

Pudo sentir a través de la ropa el calor de sus cuerpos, la camisa entreabierta la dejaba sentir su piel en el escote de la remera de dormir. El aroma de la piel de Juan fue un aliento de vida para sus entrañas.

Como llevados por una fuerza desconocida se dirigieron, buscando refugio y calor al rincón de la sala donde el fuego del hogar los iluminaba tenuemente y los dejaba ver la sombra de sus cuerpos, que parecían uno, reflejada en la alfombra. Se conjugaron con sus sombras y comenzaron a sentirse…

Sus  manos se reconocían en una sutil caricia y siguieron recorriendo ambos cuerpos. Los de  dedos de Juan le soltaron el cabello y se enredaron en ellos. Las de ella, rozaban las mejillas de Juan, mientras que su boca volvía a buscar la de él.

La rodeó con sus brazos, la volteó, y Sara entonces pudo sentir la acariciante brisa de su respiración en su cuello, junto con los besos que afloraban de sus húmedos labios y que recorrían la ansiosa nuca de Sara, provocando suspiros que parecían alimentar los deseos de Juan. El cuerpo de Sara trepidaba entre tus brazos, los que rodearon su vientre y la estrecharon  fuertemente contra él, haciéndola sentir la necesidad de sumergirse dentro de su pecho, las mariposas del estomago de Sara revoloteaban hasta casi sacarle las fuerzas que necesitaba  para soportarme de pie, pero él la sostenía.

Las  manos  de Juan se animaron a vencer la sensual barrera que significaba la remera de Sara y fueron tocando su piel, que le pedía  no detener la incursión,  esas manos estaban dulcemente tibias, y sabían lo que la  piel de Sara esperaba.

La sensualidad de sus manos provocaban a Sara a desear, sus pechos estaban deseosos de recibirlas, él llegó hasta ellos. Las manos de él, temblorosa por la incursión, los pezones de Sara, expectantes, recibían el roce de las yemas de los dedos de Juan.

Sin poder soportar casi el deseo de besarlo se di vuelta y conjugó su boca con la de él, sus lenguas insaciables se buscaban, se sentían; pequeños mordisqueos jugaban con sus labios.

Buscaron la comodidad de la alfombra y se dejamos caer sobre ella, sin dejar de mirarse ni sentirse.

Ambos torsos desnudos fueron recorridos por deseosas e insaciables miradas, el cuerpo de Juan sobre el de Sara provocaba en ella la extrema sensación de no querer escapar. Los  besos de él empezaron a envolver su inquietante cuerpo desnudo, las manos de Sara cobijaron el suyo. La embriagante desesperación de besarse tomo las riendas de la situación y se perdieron en el deseo y la excitación.

Los labios y la lengua de Juan le hicieron sentir viva cada parte de su cuerpo, sus caricias irrumpieron en cada rincón de su ser haciéndole ya sentir un insoportable deseo de ser suya.

Sara logró sentir en su boca el delicioso sabor de la piel de Juan, que la embriagaba desenfrenadamente, estaban borrachos por el deseo de poseerse.

Sus  sexos  se buscaron deseosos de rozarse mutuamente, un hormigueo intenso provocaba el movimiento de sus pelvis que danzaban a un ritmo delicado y a la vez erótico provocando el deseo ya totalmente incontrolable y la excitación extrema. Perdiendo conciencia casi total de nuestros actos y se entregaron al maravilloso instante de conjugarse uno en el otro.

La tibieza del sexo de Juan humedecido por los fluidos de Sara seguía mimando su íntimo rincón de placer. Sus lenguas no dejaban de recorrerse y los delicados mordisqueos eran ya, excitantes acciones que acompañaban la deliciosa penetración. Los pezones de Sara demandaban sentir el roce de los dientes de Juan, provocando  incontrolables movimientos de su pelvis que se encontraba con la de él, el ritmo perfecto devenido de la excitación que los poseía.

Un eterno instante orgásmico los hizo estremecer entre gemidos y suspiros. La simbiosis de sus cuerpos provocó un letargo placentero que los llevó a regalarse una infinidad de dulces besos.

Se quedaron abrazados y juntos se adormecieron soñando el mismo sueño; pero ahora los cuerpos de Sara y Juan no se extrañaban…se tenían uno al otro.

Autora: ANA SUMI

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