Las tribulaciones de Eugenie y Louise I

Hacía ya seis meses que tenía como única educanda a Eugénie, y tres que se había convertido además de profesora de música en su amiga, confidente y amante. Su cuerpo menudo aunque más bien macizo, con grandes pechos y curvas ondulantes era la antítesis del de Eugénie, más alto, liso y espigado, como también lo eran sus caracteres, fogoso y resolutivo el de Eugénie, y delicado, débil y apocado el de Louise. Ambas compartían la pasión por música, y el desprecio a los hombres.

Capítulo I

Notas de introducción

Ha acabado recientemente  de leer la versión integra de la monumental novela de Dumas “El Conde de Montecristo” y todavía estoy impresionado por la extrema complejidad del relato  y su certera disección de la sociedad de su época. He pensado muchas veces en que es una historia a la vez redonda e inacabada. El hecho de que a pesar de tratarse de un folletín no adopte la forma de saga tan habitual en este genero literario, y que la acción se circunscribe a un corto espacio de tiempo  contribuye a esa sensación, y como curioso que soy, yo me he preguntado a menudo por el incierto destino de algunos de los personajes que aparecen en la acción, incluyendo al propio protagonista Edmond Dantés. Quizás sea debido a mis heterodoxas inclinaciones, pero me ha interesado especialmente la aventura de la hija de Danglars y su jovencísima profesora de música, que abandonan el hogar familiar para realizarse como artistas, toda una hazaña para la rígida moral de la época de la Francia postnapoleónica (Fernando VI, los 100.000 hijos de San Luis, y muchos más ejemplos).

Hacerlo siendo mujeres, casi unas adolescentes y con pasaportes falsos era mucho más que eso, era una acción temeraria a la luz de la legislación de la restauración monárquica. Si además eran amantes (muy decorosamente insinuado por Dumas), desde luego podían terminar  muy mal. La novela dice que fueron descubiertas casi por  casualidad al coincidir en la misma posada con el perseguido Andrea Cavalcanti, que irrumpió en su habitación mientras ambas yacían, presumiblemente desnudas (también sugerido por el autor), en la misma cama. A pesar de eso llegaron a su punto de destino, Italia, pero… la pregunta que me hago es: si fueron descubiertas “in fraganti” por los gendarmes  ¿qué les pudo suceder hasta que llegaron allí? Este relato podría perfectamente explicarlo.

No puedo dejar por alto que la inspiración del mismo se debe fundamentalmente a la lectura de la obra del gran Pichard, ilustre pervertido al igual que el autor. El Convento de Sta. Magdalena de la Redención es una invención suya, algo que probablemente existió de verdad aunque quizás con otro nombre y no tan cargado de tintas. El mismo titulo coincide con el de  uno de sus cómics: “Las tribulaciones de Virginia”. Valga pues mi dedicatoria al personaje.

LA CAPTURA

Mientras el criminal Benedetto, alias Andrea Cavalcanti, gracias a la diligencia de un gendarme mirón era conducido por los guardias tras ser detenido en una de las habitaciones de la posada de La Campana y la Botella, una muchedumbre formada por empleados de la fonda, hospedados curiosos y algún que otro guardia escaqueado  permanecía en el lugar de los hechos donde Eugénie Danglars y, Louise D´Armilly, intentaban ocultar sus vergüenzas ante tan distinguido publico que  observaba complacido entre risas y rechiflas a dos jovenzuelas de clase alta yaciendo en el mismo lecho. La cosa no tendría más trascendencia puesto que compartir una cama era algo habitual entre personas del mismo sexo.

Lo que no era tan normal era que la habitación estuviera a nombre de León D´Armilly, joven teniente de espahíes, que viajaba presuntamente con su hermana Louise, ni que los presuntos hermanos, espiados por la cerradura por el probo gendarme, fueran sorprendidos completamente desnudos, es decir, desnudas, y en actitud dudosa, al irrumpir entrando por la ventana tan peligroso sujeto, seguido por las fuerzas del orden alertadas por el voyeur. O sea, que el caballero León, desprovisto del bigote y la barba postizos aparecía transformado en una hermosa adolescente de largos cabellos negros con los que intentaba tapar las partes más intimas de su sudoroso cuerpo al igual que su presunta hermana la muchacha de melena castaña y mirada huidiza.

Eugénie y Louise, ahogadas por la presión familiar y social del estirado París de la Restauración habían decidido escapar a Italia donde unas cartas de recomendación obtenidas de forma subrepticia por un amigo de la familia (El Conde de Montecristo, claro) les abrirían el paso  a la fama. Eugénie, que no había cumplido todavía los 18 años, hija del banquero Barón Danglars, no carecía de condiciones en el arte del bel canto. Tenía una profesora de música, jovencísima para su profesión, Louise D´Armilly, un auténtico talento con el pianoforte. Hija de un laureado pero modesto militar, se veía obligada a aceptar simultanear su carrera dando clases a hijas de buena familia.

Hacía ya seis meses que tenía como única educanda a Eugénie, y tres que se había convertido además de profesora de música en su amiga, confidente y amante. A pesar de tener tres años largos más que su alumna aparentaba ser justo al revés. Su cuerpo menudo aunque más bien macizo, con grandes pechos y curvas ondulantes era la antítesis del de Eugénie, más alto, liso y espigado, como también lo eran sus caracteres, fogoso y resolutivo el de Eugénie, y delicado, débil y apocado el de Louise. Ambas compartían la pasión por música, y el desprecio a los hombres.

Al amanecer abandonaron la posada y, ya vestidas con ropas propias de mujer, tomaron el coche de posta lo más discretamente que las circunstancias les permitieron hacerlo.

Muy cerca de allí, en la gendarmería, el sargento, a la sazón jefe de puesto, interesaba por las dos muchachas al cabo, recién llegado de la fonda, a lo que este, pillado en falta, tuvo que admitir que con todo con todo el ajetreo de la detención del criminal no les había prestado más atención que las que merecían sus desnudos cuerpos. El suboficial informó del hecho al teniente. El oficial montó en cólera:

-¡Imbécil ¿Es que no recuerdas la circular del Procurador pidiendo el máximo rigor con los delitos contra la Moral y la Familia? Dos niñas de buena cuna se escapan de casa y tú las dejas marchar. Arréstalas inmediatamente.

En la siguiente parada de postas Eugénie y Louise son detenidas, con gran sorpresa por su parte, puesto que aunque muy avergonzadas por lo sucedido no son conscientes de que hayan hecho nada contra la ley. La fogosa Eugénie, repuesta del asombro irrumpe en improperios contra los gendarmes, amenazándoles con todos los males cuando su padre venga a recogerlas. Impertérritos, los guardias se llevan a las dos chicas, conducidas a pie, y debiendo arrastrar su propio baúl  de equipaje hasta la gendarmería, bajo la amenaza de dejarlo en medio del camino si no lo llevan ellas. Al llegar Eugenie y Louise son encerradas en una celda. El cansancio no impide que Eugénie de nuevo saque a relucir su indignación por el trato que están recibiendo, amenazando  con represalias cuando las encuentren sus familias.

Agotadas por un esfuerzo al que no están acostumbradas, caen sobre los jergones sin probar la mísera cena, seguras de que este incidente solo acarreara una reprimenda familiar y solo representara un retraso para sus planes.

Pero pasan los días y nadie acude a socorrerlas.

Nada acostumbradas a las privaciones, la inquietud comienza a hacer mella en las muchachas, sobretodo en Louise, mucho más frágil  y pusilánime, que no deja de sollozar pensando que su padre no la perdonará nunca. Eugénie, que sabe de la debilidad de su amada intenta consolarla y convencerla de que  el mal trago que están pasando pronto verá su fin. Lo cree realmente pues pertenece a una clase social que ella considera intocable y no tiene ninguna duda de que sus padres no han acudido en su socorro por culpa de la ineptitud de los gendarmes que las tienen retenidas.

Autor: G.F.A.

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Mis sobrinas, la madre también

Ya la tenía metida en su conchita hasta el mango, mientras mamá frotaba el clítoris de la muchacha esta comienza el galope, ahora son dos amazonas montando a un brioso cuarentón, en pleno galope Ernestina me arrima una teta y vuelve a frotar a la niña hasta que esta se derrama en un orgasmo jugoso que llena de calor con sus jugos, agónico quejido pone el moño de placer.

La historia había comenzado un fin de semana en el campo de unos parientes de mi esposa, excursión de caza  y  disfrutar de las bondades sexuales de dos sobrinas, ahora estas jóvenes están viviendo en mi casa “becadas” para estudiar en Buenos Aires, y sus novios no son obstáculo para seguir manteniendo relaciones con ambas. Lejos estaba de saber que me deparaba el destino, ni en el momento más alto de la pirámide de mi calenturiento deseo podría haberlo supuesto, siquiera intuido lo que habría de suceder.  Afortunado de comerme a estas dos jóvenes carnes, más que agradecido, pero está visto que esta familia tan serena y apacible tenía más sorpresas, a cada paso era como abrir la caja de Pandora y nos revelara los secretos del fuego, claro del fuego pasional que parecía alimentar en todas las mujeres de esta familia…

La madre de las niñas, Ernestina, joven madre, casi llegando a los cuarenta, ese momento mágico en la vida de casi toda mujer casada, cuando sabe casi todo de la vida, sobre todo cuándo, cuánto, cómo y sólo le falta con quién.   Cuñada de mi mujer supo como agradecer las atenciones para con las niñas.   Desconozco cuanto sabe o cuanto intuye de mi relación con las jóvenes, pero estimo que estas cosas se comentan en el trato abierto que he notado mantienen entre las tres mujeres, es más creo que ella en ningún momento fue del todo ajena a nuestra actividad sexual, y casi me animaría a arriesgar que también estuvo al tanto de cómo apagamos el fuego del deseo sus dos hijas y quien escribe esta historia.

Estoy persuadido que nada es casual, sino más bien causal, casi nada sucede simplemente por obra del azar, sino que muchas veces son situaciones de coyuntura que se van interrelacionando para producir un efecto.   La llegada de la madre de las chicas, se dio justamente en el momento que mi esposa, y cuñada se había ausentado para visitar a su hermana que había sufrido un accidente de tránsito. La cuestión es que Ernestina llegó para agradecer todas las atenciones, venía con obsequios de esas exquisiteces que se producen en los establecimientos rurales y que los de los centros urbanos apreciamos sobre manera, degustar los sabrosos quesos artesanales es uno de los placeres gourmet que suelo darme y bien que lo saben.  Probarlo y compartir un poco de licor fue la excusa para el brindis, y este para el acercamiento motivado por el efecto liberador de la espirituosa bebida.

Un par de tragos hizo que Ernestina fuera dejando fluir el agradecimiento, la fluidez del agradecimiento a liberarse y poder expresar esa forma de agradecimiento que se tradujo en un abrazo espontáneo. Respondía de buen grado, y me sentía tan bien que la retuve, prologando el abrazo más de lo prudente, cuando acerqué mi boca a su cuello pude sentir entre sus cabellos ese aroma de mujer plena, casi podría decir que de ella emanaba un perfume a deseo, apretarla por el talle, fue una sensación difícil de olvidar, el suspiro producido al sentirse oprimida por mi abrazo algo estremecedor que me contagió e hizo despertar el testimonio de varón. Sosteniendo el abrazo, también ella lo notó como el efecto estremecedor era contagiado, apretó su cuerpo, adelantó la pelvis para poder apreciar como crecía el “contagio”.

No era necesario decir mucho más, casi todo estaba dicho, las bocas hicieron el resto, la lenguas firmaron las actas de capitulación, la batalla de cuerpos había llegado al armisticio.  El beso, profundo, era algo que necesitaba esta mujer, el desahogo, borrar esa existencia gris, ahora tenía el tiempo y la forma para expresar esa forma de sentir la sexualidad.  En este momento estaba consciente que ella había recibido alguna data de mis cualidades a la hora del amor, la forma inocultable de hacerme saber sus carencias estaba bien explicitada.

Casi sin desprendernos del abrazo, tomados de la cintura, como si soltarnos fuera perder el clímax de pecado y deseo, la fui llevando hacia mi dormitorio.    El silencio de la casa era caja de resonancia de los suspiros de la mujer, el soutién lleno de carne turgente pugnaba por ser liberada, era un desafío a la rapiña de esas carnes ansiosas de ser mamadas por un hambriento varón.

– Madre mía, me muero, ¡qué placer!

Más que hablar mordía las palabras, atravesadas las vocales y dando tumbos las consonantes, nada le alcanzaba para expresarse, para darme a sabe la intensidad del momento:

-Sigue, sigue, no pares, más, más, esto es lo que necesito, lo deseo con el alma, muero de placer.  Por favor, no te pares, ¡sácame la leche, exprímelas, ¡hasta que me duela!. – se detuvo a tomar aire para seguir vociferando placer.

La solté casi al filo del orgasmo, en el borde de la cama, dejar que se sentara, tomada de las manos recuperando el aliento, mirarme en sus ojos chispeantes, la mirada se me asemejó a una súplica silenciosa “te necesito”.  Sin salirme del clima, saqué sus zapatos de tacón alto, las medias haciéndolas deslizar con la suavidad de una pluma sobre sus piernas, mientras la caricia accidental sube desde los tobillos hasta la ingle, roza el triángulo mágico del sexo y desciende con la prenda hasta retirarla por completo, repetir la técnica con la otra.

Sin dejar de controlar mi obra por un instante, observando cada reacción, cada movimiento que van marcando los tiempos de su excitación, ahora la falda subida introduje las manos bajo sus nalgas, tomando con firmeza y decisión el borde de la bombacha de encaje, deslizo la prenda de su anclaje, ella asiente y favorece el deslizamiento, apoya sus manos en mis hombros y deja desnudar su intimidad.  En el desplazamiento de la prenda, se deja caer hasta apoyarse en sus codos, las pierna elevadas van descubriendo una frondosa y recortada mata de vellos púbicos bien negros, un oasis de deseo en medio de tanta blancura de piel.

Absorto en tamaña belleza, no puedo apartar la vista, es un imán que cautiva mi deseo y retiene mi atención.  La bombachita queda formando un collar de encajes en mi cuello y perfumando mis sentidos.  Cuando el deseo manda las otra razones se pierden en la nada, es ahora o nunca, volcarme  a beber de esa fuente es como la tabla al naufrago, como un poco de agua en el desierto.   Ese mar salado llena el sentido del olfato de los aromas más excitantes, el gusto de los jugos más deliciosos y el tacto con la textura cálida más delicada.

Cada lamida era replicada por un gemido, cada vez que ese clítoris era asediado por la lengua fue respondido con otro más profundo.   De pronto era un concierto de gemidos y bufidos producidos por el ahogo en el mar del deseo.   Las manos de Ernestina eran tenazas aferradas a mi nuca para sostenerla en esa posición, los movimientos enérgicos de su vientre traían las claras señales de un orgasmo inminente, los gemidos estrangulados en su garganta era un fiel reflejo del tránsito al clímax.

La vibrante excitación tenía pausas de rigidez y contracción, toda ella era un trozo de acero tenso para volver al ritmo y la excitación previa, esto se repite varias veces, tantas como alcanzó a tocar el cielo con las manos, asida de mi cabeza comenzó a decir una serie de obscenidades mas propias de un peón de su campo que de una dama refinada y culta como ella, pero ahora no era ella, solo era una mujer en estado de vulnerable deseo, expresando del modo más primario y elemental una situación placentera en grado superlativo.

– ¡Ah, ah, ah, qué bueno, lo sabía, lo sabía!   -decía a modo de gemido.

La escuchaba vociferar y la deliciosa queja del placer llenaba mis oídos de goce, entendía y comprendía el alcance de ese gemido, eso explicaba que no era ajena para nada a lo sucedido con sus dos hijas fogosas. Seguramente ese conocimiento encendió la mecha detonante de su deseo y vino por el mismo tratamiento, por cierto que estaba dispuesto a no negarme en nada.   Siempre había tenido la secreta esperanza de poder hacerle el amor, desde que conocí a su hermana no podía dejar de tener ese inconfesable deseo de poder saborear a esa hembra magnífica, que suponía y ahora confirmaba no había sido del todo apreciada y degustada por su marido.

Repuesta del tamaño orgasmo y apenas vuelta del éxtasis, era recibida por este diligente amante en total desnudez, con el miembro erecto, apuntándole amenazando con atravesar esa cavidad que había secado un momento antes. Sin salirse del lecho se desprendió del resto de prendas que alejó como un lastre indeseable, quería darme toda su salvaje belleza, entregarme ese deseo que llevaba mas de ocho meses sin conocer el sexo verdadero, solo sus manos habían visitado su nido de amor, la vez que se tocó con más deseo fue cuando me espió haciendo perder la virginidad de la menor de sus hijas, y desde ahí no pudo contener ese deseo de que ella también fuera carne de mi carne, cada noche era sumar un poco más de calentura.

La tetazas de Ernestina aprietan y frotan el miembro, lo ponen de tal modo, que en cada desplazamiento sus labios pueden darle una suculenta lamida.   La saliva favorece el deslizamiento, está realizando una fabulosa masturbación, me está llevando al camino de una atroz calentura y a ella otra vez al borde de otro orgasmo que apuro haciendo un poco de acrobacia para llegar con la mano al centro de su conchita.  Una vibrante postura de 69 nos puso en el centro de la cama, con  más comodidad y facilidad para concretar una de las fantasías de la mujer, otra vez sus jugos me llenan la cara en un nuevo orgasmo, debo luchar con la tenaza de sus muslos incontrolables al momento de expresar la alegría de sentirse otra vez tan mujer.

El disgusto momentáneo de haber sido egoísta y no dejarme ir en su boca se disipó tan pronto pude colocarle el miembro entre sus piernas.   Asida de los tobillos, las piernas levantadas al extremo, formando una V, me brinda la maravillosa visión de esa mata renegrida y brillante por el jugoso orgasmo.   Me acerco despacio, hasta apoyar el miembro justo entre sus labios, arrimar el cuerpo hasta sentir como el glande apoya contra esa boca vertical, un momento de silencio y calma, la quietud que precede a la tormenta…

Sin dejar de mirarla, separo sus labios para que los vellos púbicos se abran al momento del ingreso, inspira profundo, se toma todo el aire, como para la inmersión en la profundidad del amor sexual.   El miembro se va deslizando en ella, a pesar de dos partos el canal lo siento estrecho, ella contribuye presionando en todo el recorrido, sin pausa y sin prisa llego hasta que nuestros vellos se froten, es el momento del contacto pleno. Un momento de calma, reacomodar fuerzas e intenciones, y luego la maquinaria del amor se pone en marcha, los engranajes del deseo y la pasión van moviendo lento, venciendo la inercia de la calma, suave vaivén, para ir creciendo en ritmo y movimiento, en emoción e intensidad, en profundidad y fuerza. Tácito acuerdo de partes, nuestros cuerpos fueron una maquinaria dispuesta para el amor, acompasados en la danza del sexo, nos movimos al ritmo creciente que digitaba nuestra calentura. Otra vez ella se hacía oír, no podía contener ese deseo que la vence en cada ocasión…

-¡Sí, sí, más, más!  -verbaliza pocas palabras pero dice mucho.  – Luis, me estás matando de placer, hace tanto que no disfruto, ¡más adentro, más adentro!  – los ruegos ahora eran angustiosa súplica: – Más adentro, ¡más fuerte, más fuerte!

El deseo la vence otra vez, es de llegada rápida, me agrada, disfruto mucho con estos orgasmos rápidos, pero intensos, se nota que es algo hereditario, me place sobremanera que sean multiorgásmicas, cualquier macho se siente un súper hombre cuando se topa con una mujer, es una forma de placer incomparable.   La penetración profunda y sostenida la hacen venirse varias veces, como en orgasmo único y muy largo. El hecho de haber tenido en la mañana una extensa sesión de sexo con la menor de sus hijas y los cambios de posturas después de cada orgasmo más un adecuado y estudiado manejo del sexo me han permitido prolongar mi goce, pues disfruto más del trabajo del sexo que de la corrida en sí misma, tanto ella como yo disfrutamos del proceso.

Ahora era el momento que me había reservado, la había hecho disfrutar como se merecía, también había llegado el momento del mío propio.  Ernestina se había percatado que, si bien tenía una actitud activa totalmente sentía como que me faltaba algo para coronar la faena, había sentido como mis dedos primero en juego accidental y luego en franca caricia interior habían incursionado en su culito, pero esos envites tenían como el acto reflejo de sus actitudes defensivas. Sin salirme de ella, manteniendo un mínimo movimiento como de caricia interior con la pija para gozar los estertores y remezones de su orgasmo, me miró a los ojos, hembra agradecida, buscando ser condescendiente dijo:

– Me hiciste gozar como hace mucho tiempo deseaba, las chicas me contaron de lo bien que las hiciste gozar, mi cabeza voló de deseo, y vine a verte por que no soportaba un día sin probarte.  Necesitaba esto, pero ahora es tu turno, aun no has llegado.  No soy tonta, se bien que mi culo te atrae, me lo estuviste tocando y mirando todo el tiempo, no tengo experiencia, sabes como es mi marido, tan serio, antes de conocerlo probé una vez con el padre de una amiguita de colegio, fue una buena experiencia y ahora me estoy ofreciendo, podrías hacérmelo, sé que lo deseas más que yo.

En verdad era una maravillosa invitación, lo tenía bien formado y se veía tan estrecho que era más que una tentación. Lo deseaba con todas mis fuerzas, quería que fuera la frutilla de la torta, coronar una faena sensacional.

– Espera voy por un lubricante.

Solo encontré un aceite para la piel, que serviría para hacer más delicioso el transito al sexo anal. Con todo la paciencia del mundo, me tomé el tiempo para acariciarle el anillo anal, los gemidos y las sensaciones de placer la volvieron a liberar los deseos, era algo inédito en su memoria lujuriosa, sentía como entraba a gozar con solo el dedo recorriendo ese aro mágico, que de a poco aflojaba la tensión para relajarse y manejarlo a voluntad, se había entregado a la mano sabia, me dejaba dibujar el placer con el dedo entrando y saliendo de ella.   Ahora controlaba su esfínter anal, apretando a voluntad los músculos anales, dejándome preparar el camino de la felicidad.

Se dejó conducir a la postura de perrita, arrodillada, separadas las piernas, los antebrazos apoyados en la cama, volvió la cara para verme en los aprestos de sodomizarla, sonríe cuando me acerco a sus nalgas abro con las dos manos y con movimiento pélvico coloco el glande justo en el centro del ano, ahora sostengo con firmeza el miembro y empujo en el centro. La tensión duró poco, adecuada lubricación, confianza de la mujer y calentura hicieron el resto, la cabeza se perdió en el conducto aceitado y la sensualidad me llenó de placenteras sensaciones, la caricias en las nalgas hicieron perder tensión, el lento proceso de entrar y salir se fue haciendo más constante, aún así no podía ni quería irme con todo dentro de ella.  El momento era tan delicioso que no quería que nada alterara la situación, una palmada sorpresiva aplicada en su nalga la sorprendió, desconcentrada un instante, para cuando quiso hacerlo…

-¡Ahhhh!

Fue lo único que alcanzó a decir, todo dentro de ella, era el momento tan deseado, ahora esperar conteniendo la respiración, sentir como sus latidos me aprietan, es una maravilla, el calor de conducto es una sensación nueva y distinta, nunca había sentido una sensación así, con esta intensidad. Me quedé un momento, solo escuchaba mis latidos a mil y la respiración contendida de Ernestina, ahora la tenía empalada, ensartado en su carne, metido en sus entrañas.    Volví a moverme, despacio, lento al principio, hasta darle confianza, acostumbrarla a sentirme en ella, al poco tiempo nos estábamos moviendo casi al mismo ritmo. En cada salida sentía como cerraba el anillo sobre el miembro, era como si pujara para expulsarme y al entrar en ella se relajaba y me dejaba penetrarla con suavidad.   Repetíamos este movimiento al unísono, mientras el clítoris sufría el asedio de mi mano, que no le daba paz.

– ¡Ah, ah…!  – las palabras le salían entrecortadas cuando entraba en ella. – Qué bueno, papi, sigue, sigue, qué bueno es, mmmmm, qué bueno es…

Tamaña calentura no es posible seguirla por mucho tiempo, el movimiento se fue haciendo más intenso, más profundo, más nervioso, la calentura mía había llegado a su límite, no quería ni podía demorarme más, hubiera deseado que el metisaca fuera de por vida, pero la cuenta regresiva había comenzado, el semen va en camino a las profundidades de mi mujer.

– ¡Aguántame, aguántame, me viene, me viene, vieeenneeee…!

Fue lo último que alcancé a vociferar sobre su espalda.   La tenía asida de la ingle como para dejarla adherida a mi carne, con esa fuerza incontrolable que nos transforma en una máquina de sexo, un trépano que atraviesa el cuerpo de la mujer que sometemos, el instinto animal en su fase más primaria, tal vez es el momento que nos manifestamos en forma más natural, todo instinto, todo placer. Sentí el primer chorro como que me iba la vida con él, luego otro y luego no sentí más nada, solo me derrumbé sobre la espalda de ella, la mejilla sobre el dorso de Ernestina, adheridos en el mismo sudor, dejando que mi vida fluyera dentro del conducto anal.

Sin salirme de ella, nos dejamos caen, sosteniendo la cópula, con la verga aún dentro de ella.    Así nos sorprendió Laura, la menor de sus hijas. Como me sucedió cuando ella me sorprendió haciendo el amor con su hermana, ahora se volvía a repetir la misma escena, solo que ahora estaba metido dentro de su madre.   No dijo nada, se sentó junto a la madre y sonríe, me parecía que la sorpresa no fue tal, no me animé a preguntar pero se me hacía que esto había sido totalmente “causal”, pero qué importaba, como fuere, había sido maravilloso.

– Tío, no quisiera decirlo así pero… – Laura fingía seriedad cuando habla, y sigue: – Pero… mi silencio tiene su precio…

Me quedé sorprendido, pero con cierta duda, no me animé a anticipar opinión, esperaba en silencio a que terminara su frase, pero no pude, y como siguiéndole el juego:

– Bueno, veamos ¿cual es? – ¡Este!

Sin más dilación se levantó la falda y me mostró su culito.

– ¡Este!, ¡tenés que hacérmelo si no cuento lo que presencié! – Yo diría que debes aceptar,  es un chantaje, pero… creo te conviene  -intervino la madre, ambas se miraron, otra vez  cómplices.

Luego de una reparadora ducha, bocadillos y unos tragos, la escena volvió a la cama.   Para irme poniendo a tono, comenzaron a masajearme la pija, las caricias bucales alternadas, pasándose el “chupetín” de boca a boca, en el pase sus lenguas entraban en contacto, había sido espectador de besos entre mujeres, también de ella con su hermana, pero esto de hacerlo con su madre era algo que me superaba, y hacerlo con las ambas llevaba el morbo a un punto inimaginable, está por ingresar a experimentar una sensación que mi libido no había imaginado ni en su máxima calentura.  Tal espectáculo me puso en condiciones de uso en menos tiempo del pensado, ahora tenía dos espléndidas hembras dispuestas a dejarse coger, una toda juventud y en su fase de aprendizaje, la otra lozanía de su mejor momento.  Tendidas una al lado de la otra abiertas a mi deseo.

Espero el momento del avance, la madre viene a recibir el trofeo en su boca, ponerlo a punto es su tarea, remojarlo con su lengua, su especialidad, me lleva con delicadeza maternal al cofre de la hija, acompaña hasta que me lanzo en la profundidad de su carne, mientras comenzamos el ritual del acoplamiento, solícita me acaricia la espalda y las nalgas mientras me hago dueño de su hija. Cuando los signos del orgasmo van decreciendo es el momento del cambio, Ernestina está en posición de perrita, con los pechos sobre el lecho y la vagina bien expuesta para el contacto, los labios gruesos y depilados aún conservan el intenso enrojecimiento de la cogida, tentadores como hace tan solo unos momentos, ahora van por más, ahora saben que les espera.

Nada más apoyarme, toda la herramienta se desliza por ese tobogán de placer, mis vellos se pegan a sus nalgas marcando el límite, los testículos golpean su pubis en cada embestida, agarrado a sus muslos como al borde del abismo insondable del deseo, la hago carne de mi carne.   Sentirla estremecer en cada envión es un placer que se renueva y multiplica, cada bombeo gana en salvaje deseo, las carnes se comprimen, el metisaca toma violencia pasional.   La mujer pierde la noción, aferrada a la sábana vocifera:

– Sí, sí, sí, ¡más fuerte, más fuerte! – ¡Más, más!

No para de disfrutar, sacudirse, acompañando cada embestida con acción de retroceso, dirige las acciones:

– Así Luis, dame más, métela toda, bien adentro, te siento todo, amoooorrr… qué bueno que es, esto necesito, se deja mirar por Laura que le acaricia el rostro transfigurado por el placer,  sigue hablando, qué bueno es, sí como decías es un macho sensacional, me está abriendo toda, me mata, mmeeee…mataaaaa. –fue lo último que alcanzó a decir cuando el orgasmo le cortó el contacto con el mundo.

Se dejó robar por el placer, luego de unas vibraciones y sacudidas todo su cuerpo se tensó, afloja, dejándose vencer por el éxtasis.   Acompañé en ese momento de privado de goce, escuchando esos gritos del silencio, con la boca reseca y abierta, sin aliento, los ojos fuertemente apretados, respirando a borbotones. Laura estaba complacida con ver a su madre gozar, acaricia su cara, la besa, juntan sus labios y me sonríen.

– Nena, es todo nuestro, -dice mamá, la nena, asiente.  – Necesita mimos, necesita que nosotras le demos su premio, hace mas de media hora que está dándonos y él aún esta esperando su alegría, – Laura mira y la madre le prepara mi verga para que se empale ella misma. – ¡Ah, ahhhh!

Al segundo gemido ya la tenía metida en su conchita hasta el mango, removió sus caderas frotando sus vellos con los míos, mientras mamá frotaba el clítoris de la muchacha esta comienza el galope, ahora son dos amazonas montando a un brioso cuarentón que no puede dar crédito a tamaño goce, en pleno galope Ernestina me arrima una teta como si fuera cantimplora para el caminante del desierto, y vuelve a frotar a la niña hasta que esta se derrama en un orgasmo jugoso que llena de calor con sus jugos, agónico quejido pone el moño de placer.  La mirada encendida de lujuria y la tensión de mi cuerpo es el aviso, la madre la incita para acelerar el movimiento, todo se vuelve compulsivo, un segundo orgasmo está llegando a Laura y me invita:

– Vamos, vamos, papito, ¡dame, dame!  -vuelve a pedirme que acabe, que me corra dentro de ella: – ¡Quiero, quiero!, vamos, vamos no pares, dámela ya, me voooooy…

Justo en ese ahogo, me dejé ir, sus últimas sacudidas me llevaron con ella.   El semen brotaba dentro de la vagina mientras Laura se dejaba, vencida sobre mi pecho.

Al desmontar del empalamiento, la pija aún conservaba toda la rigidez, los jugos y restos de semen dan brillo a la pija que se mantiene enhiesta.    Es el momento de la gula, dos glotonas se disputan el sabor del macho, sus lenguas compiten en robarse el sabor del semen hasta dejarla perfectamente prolija y aseada. Las miradas lascivas de las dos mujeres, relamiéndose la miel de este macho, es una imagen digna de repetirse.   Tal vez soy más previsible o me habrán leído el pensamiento por que dijeron casi a dúo:

– Esto no queda así, lo vamos a repetir.

Luego vino la ducha, que como imaginaron, fue de a tres, y lo que sucedió el resto del día también es lo que están pensando.   Sí, ahora tuvimos sexo, el trío con madre e hija fue un acto antológico para mi, imágenes de lujuria imposibles de olvidar, aún ahora me producen una erección increíble de solo volar sobre ese recuerdo.

Me gustaría intercambiar experiencias y sensaciones, puedes comunicarte en mi correo.

Aujtor: Nazareno Cruz

latinoinfiel@yahoo.com.ar

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