Ricas y casadas

Mi lengua recorrió todo su trasero, incluyendo una sesión de estimulación anal y dejé varias marcas por todo su trasero. Ignoro si su marido practicaría el sexo anal con ella, pero mientras yo lo humedecía con mi lengua, ocasionalmente entrando más allá del arillo del esfínter hacia las paredes interiores, la hembra lanzó los gemidos de placer más espectaculares que he oído en mi corta vida.

He aquí lo que me sucedió aquella vez en Puerto Vallarta. Sucede que fue en aquella ocasión que el tiempo pasa volando, y no sabes con certeza si lo que pasó fue un sueño o fue la realidad. Lo que les voy a contar aquí supera en todo cualquier fantasía que haya tenido jamás por el simple hecho de que ocurrió, fugazmente como cualquier momento agradable, y etéreo como alcohol bajo el sol caliente del Pacífico Mexicano.

Pues era entonces la celebración de la independencia mexicana, y todo mundo nos tomamos el puente de Jueves a Domingo, para “celebrar” nuestra libertad alcoholizándonos en algún antro de Vallarta para terminar agarrando cualquier morra loca que estuviera lo suficientemente caliente para aceptar ir a “echar pata” a mi departamento de playa. Me fui con dos amigos de la universidad a mi depto., que está enclavado en una hermosa zona de Puerto Vallarta, quizá la más bella de la bahía, rodeada de mansiones lujosas de señoras ricas que van ahí una vez al año, alternando con sus otras casas de Aspen, San Diego y Cancún. En el edificio donde esta mi departamento también van varias señoras, muchas de ellas amigas de mi madre y otras amigas de esas amigas, pero en general todo mundo nos conocemos. Son 12 unidades, y puedo decir que conozco de toda la vida a los dueños de 10 de esas 12 unidades. En fin, el ambiente es más bien familiar. Pero no del todo. Ahí se hospedan señoras con las que he fantaseado desde que compramos el apartamento, cuando yo tenía 12 años. Las he visto crecer a ellas y a sus hijas, y mis puñetas playeras se las dedico casi siempre a ellas.

Hay tres señoras en especial, que indudablemente son mis favoritas. La primera es Andrea Campos, señora de unos 43 años, compartimos el piso 7 en el edificio. Andrea es muy delgada y no es muy guapa, pero tiene un exquisito par de tetas operadas que, en tan delgado cuerpo, se ven ridículamente redondas y jugosas. Y que decir de sus pies, perfectos y siempre bien cuidados. Esa señora podría hacerme una paja con los pies cualquier día de la semana. El esposo de Andrea, Antonio, es un hombre de negocios dedicado a las zapaterías, y si digo que pesa 120 kilos es que me fui muy por debajo de su actual peso. Es muy gordo y los problemas maritales que tiene con Andrea son de conocimiento común en el edificio. Andrea tiene dos hijas, de 16 y 14 años. La grande va por el buen camino físico de su madre. La otra por el de su gordísimo padre. Ahora pensándolo bien, creo haberme dado cuenta porqué el marido de Andrea se dedica a los zapatos. Y es que con los pies tan hermosos de su esposa, yo también haría modelos cada vez más sexy tan sólo para vérselos puestos una y otra vez.

La segunda señora es Patricia, vecina del piso 4. Desde hace algunos años, la relación de mi familia con la de Patricia se ha incrementado, por lo cual me he dado cuenta de que a la muy condenada señora le gusto de sobremanera. Aprovecha cualquier invitación a comer o a tomar la copa que le hacen mis papás para abrazarme, apapacharme, y cuando voy a su casa, me mima más que si fuera su propio hijo. Pero cuando está en sociedad, es muy cuidadosa y no descuida su trato para no levantar sospechas. Patricia tiene unos 40 años, maneja algo de sobrepeso, pero eso no le quita lo sexy, especialmente cuando usa unos bikinis demasiado chicos para su tamaño de cuerpo. La gente habla cuando la ve en bikini, y comenta que no debería usarlos, pero a mí, me excita el hecho de que no le importe exhibir algunas lonjitas, que al final a todos nos alcanzarán. Tiene tres hijos, y con uno de ellos voy a esquiar en el wakeboard cada fin de semana. Quizá la principal característica de Patricia sea su enorme trasero, es inmenso pero a la vez muy parado, lo que lo hace sumamente antojable. Su cuñado, cirujano plástico, nos hizo a todos el favor de operarle las tetas a Patricia, que ahora son hermosas y aunque no muy grandes, si lo suficientemente llamativas.

La tercera señora que ocupa mis pensamientos en la playa, es Mónica. Mónica es la segunda esposa de uno de los hombres más ricos de Jalisco, magnate de las bebidas. Mi relación con ella es casi nula, la saludo cuando la veo y ella me saluda por mi nombre, pero hasta ahí. Conozco a una de sus hermanas, ya que durante algún tiempo estuve saliendo con la hija de esta, pero a Mónica jamás la traté. Pues Mónica es, sin duda, la que más me gusta de las tres. A pesar de que al igual que Patricia, Mónica tiene cierto sobrepeso, es la más bella de las tres. Tendrá unos 40 años y tiene dos hijos pequeños. Pero lo que sin duda la hace especial es ese enorme par de tetas que carga la condenada. Sus melones son realmente un placer a la vista de cualquier persona.

Si tuviera que comparar a Mónica con alguna modelo, diría que se asemeja mucho a Sofía Vergara con unos kilos de más, con la diferencia de que ya quisiera Sofía Vergara tener los melones que Mónica posee, y la cara de facciones finas que tiene Mónica. Para la mayoría de las señoras de sociedad que vacacionan en el edificio, sus tetas son demasiado grandes y parecen vulgares. Para el resto de los habitantes del edificio, no hay más pensamiento que el de tener ese par de pelotas entre nuestras manos cuando la vemos cerca. Y lo mejor es que, al ser naturales, se bambolean con ritmo casi celestial cuando camina en su bikini color marrón, el más pequeño que posee. Claro que por ningún motivo aquel par de tesoros están caídos, sino que se encuentran firmes como los marinos que se pasean por el malecón de Vallarta en su día de descanso. Como es de pensarse, Mónica casi siempre está sola con sus hijos y los guardaespaldas de estos, ya que su esposo está diario en asuntos de negocios. Si yo fuera él, vendía de inmediato la compañía y me dedicaría a jugar con ese lindo par de pelotas que tiene abandonadas en Puerto Vallarta.

Pues bien ubicándonos en contexto, llegamos mis amigos y yo a Puerto Vallarta el jueves a medio día, e inmediatamente visitamos los tacos de camarón que están en el centro del pueblo. Después de comer, pasamos al depósito de cerveza y compramos 3 cartones de cerveza Pacífico, nuestra favorita (cada cartón trae 20 cervezas) y dos botellas de Absolut Mandarin para tomar Vodka Andreac. Sería un pedo memorable aquel día, que no teníamos intención de salir sino hasta el día siguiente, que Vallarta estuviera lleno.

Llegamos a los departamentos y acomodamos nuestra ropa en los cuartos. Luego, abrimos una cerveza y comenzamos a beber hasta que entre los tres acabamos con el primer cartón de 20 chelas. Ya un poco mareados, bajamos a la alberca con el otro cartón en una hielera y comenzamos a platicar y beber. De pronto, la peda se me bajó cuando vi aparecer en escena a Patricia. Iba vestida normal, supuse que iba apenas llegando. Nos saludamos de lejos, ya que yo estaba en al alberca, y le pregunté que si había venido Álvaro, su hijo, con el cual esquío en el wakeboard. Me dijo que sólo había venido ella con su hija, ya que su marido, y sus otros dos hijos se habían ido a Manzanillo, otra playa cerca de Vallarta. Ahí empezó lo bueno. Decidí en ese momento acercarme más a Patricia durante la vacación para intimar más, ya que ella siempre me lo había insinuado. De inmediato le ofrecí un Vodka Andreac, a lo que ella por supuesto rechazó ya que iba llegando y ahí estaba su hija de 12 años. Me dijo que nos veíamos al rato y mientras yo tenía una tremenda erección de sólo pensar en las posibilidades que aquella ocasión ofrecía.

Decidimos ir esa noche al De Santos, un lounge bar en Vallarta propiedad de uno de los integrantes del grupo de rock Maná. Subimos a cambiarnos y salimos del departamento cerca de las 10 horas. Antes de irnos bajé a entregar la llave al conserje para no perderla, cuando vi a Patricia haciendo lo mismo. Es una costumbre en el edificio desde que se perdieron las llaves hace muchos años. Iba arreglada y se veía muy bien. De pronto, como si fuera un milagro, apareció Andrea, a quien no había visto antes ese día, y nos saludamos. Andrea comenzó a platicar con la administradora del edificio, mientras Rosalía me preguntó que a donde iba, y le contesté de manera juguetona que iría a donde ella me pidiera que fuera. Ella rió y me preguntó que si íbamos a ir a algún lado, y para no desperdiciar la oportunidad, le contesté que aún no teníamos plan. Me dijo que si queríamos, que mis amigos y yo podíamos ir a cenar con ella y con Andrea al Café des Artistes, un restaurante francés. Le dije que me encantaría, que le iría a preguntar a mis amigos.

Cuando les dije a mis amigos que era mi oportunidad de coquetearle a la Patricia, que se fueran, ellos rieron y se alejaron en mi coche. Me regresé y les dije a las dos señoras que iría gustoso con ellas. Eso sí que era un plan raro. Seguramente ellas me propusieron acompañarlas como cortesía, pero jamás esperaban que de hecho las acompañara a cenar. Con un gesto de confusión, Patricia y Andrea sonrieron y nos dirigimos a la camioneta de Andrea, que había venido con sus dos hijas y las había dejado con la hija de Patricia. En ese momento era más factible que me hubiera quedado con las tres niñas en el departamento, que ir a cenar con sus madres. Pero así fue, y fuimos al restaurante.

En el carro la conversación se amenizó un poco y se fue dispersando la tensión. Me preguntaron las dos señoras acerca de mis padres y yo les pregunté de sus hijos. Las dos señoras iban adelante, mientras yo iba atrás, en medio del asiento para poder verlas. Yo no despegaba la vista de de los pies de Andrea, con su pedicura perfecto, sus uñas largas y pintadas con estilo “french”, se me antojaba simplemente tomarlos y chuparlos incansablemente. También veía su tremendo escote, que dejaba ver su eterno bronceado y su voluptuosa figura. Rosalía iba casi totalmente cubierta, así que me deleité viendo a Andrea, que no pudo disimular al darse cuenta de que la estaba observando. Realmente aún no puedo creer que me haya atrevido a irme sólo con las dos señoras, que aunque conocía muy bien, no existía tal confianza como para largarse a cenar sólo con ellas dos. Las señoras no hacen eso, así que Rosalía debió pensar que esta vez llevó su insinuación demasiado lejos, jamás pensó que yo pudiera aceptar acompañarla porque seguramente me daría pena. Y no fue así, el alcohol te hace hacer cosas impensables.

Llegamos al restaurante y pedimos nuestras bebidas. Le dije al mesero que trajera una buena botella de vino tinto. Sé que el vino tinto tiene un efecto en las señoras que no pueden evitar. Ellas al principio dijeron que no lo hiciera, pues según ellas no tomaban, pero antes de que trajeran el platillo principal ya había pedido la segunda botella. Yo mientras tanto, pensaba en cómo terminaría aquella noche, ya de por sí extraña. Pensé en reunirme luego con mis amigos en el De Santos. Y luego se me ocurrió invitarlas a ellas. Porque no, si yo había ido con ella a cenar. De alguna manera las invité al De Santos al terminar la cena, y a pesar de que Andrea no quería ir, accedieron después de algunos minutos. Caminamos unas tres cuadras hasta el bar, mientras yo hablaba y les decía a mis amigos que pidieran otra botella de vodka y que acercaran dos sillones para mis invitadas especiales. Así fue, les pagué la entrada a las señoras, y subimos a la azotea-bar del lugar a tomarnos unas copas.

Las dos botellas de vino estaban haciendo su trabajo. Andrea platicaba con uno de mis amigos, mientras que Patricia se reía de mis bromas. La verdad es que en ese momento, Andrea se me antojaba más que Patricia, ya que una mujer misteriosa es siempre más encantadora. Así que disimulé ir al baño, y reemplacé a mi amigo que estaba con Andrea. Conversamos sobre temas de intimidad, es decir cosas que sólo se dicen cuando estás claramente alcoholizado. Le dije de todo, incluso hasta que su hija era una de las niñas más hermosas de Guadalajara. Andrea empezaba a sonreír, y comenzó a platicarme de su vida sexual con su marido, que era totalmente inexistente. Aunque él quería sexo, ella le repugnaba el aspecto físico de su marido, tanto que Andrea a veces se hacía la dormida para no tener sexo. Y como la necesidad es canija, comencé a seducirla y ella simplemente se dejó llevar, gracias a mis maravillosas y mágicas botellas de alcohol. El momento había llegado, así que fui por Patricia y mi amigo y le dije que era el momento de follar. Las llevamos casi a rastras a la camioneta de Andrea y comenzamos a besarlas, yo a Andrea y mi amigo a Patricia.

Todo iba bien hasta que, de la nada, una camioneta tipo pick-up de la policía de Vallarta se paró frente a mi ventana y me ordenó bajar del vehículo. Lógico, estábamos atascando con dos mujeres mayores, que en la oscuridad parecían más bien putas, en plena calle. Le dije al policía que eran amigas de mi madre y que efectivamente estábamos llevando a cabo el sueño de todo joven, que era enredarse con una amiga de su mamá. Divertido, el policía me pidió 200 pesos “para olvidar” todo aquello. Después de pagarle la respectiva cuota, se alejó y nosotros hicimos lo mismo.

Ahora me pongo a pensar que dos botellas de tinto, más una de Absolut entre dos señoras cuarentonas que casi nunca toman, es todo un mundo de alcohol. Ahora se porqué fue aquello tan sencillo y fugaz. En fin tomamos rumbo a los departamentos y silenciosamente subimos a las señoras cargando a mi departamento. Mi amigo el que se quedó sólo seguramente había pescado su propio almuerzo y estaría en algún hotel con una chica. Lo importante es que las niñas no descubrieran el paradero de sus madres.
Llevé a Andrea a mi cama y mi amigo llevó a Patricia a la suya. Tan pronto como le deposité en la cama, me tomó del cuello con fuerza y comenzó a besarme los labios, los cachetes y el cuello, sin orden y sin pulcritud alguna. Le bajé la playerita de bordado que llevaba y la dejé con su puro sostén, que inmediatamente removí para dejar ver esos increíbles y durísimos pechos. La señora de Campos había tenido dos operaciones y las cicatrices estaban ahí, pero a quién le importaba, estaba a punto de follarme a una de las tres señoras con las que había soñado desde hacía 12 años. Le mordí los pezones con fuerza, le estrujé las tetas una y otra vez.

De pronto, como en un sueño, me acordé de sus pies y dejé todo lo que estaba agarrando para ir directo abajo. Con las sandalias blancas que llevaba puestas como marco para mi fetichismo, tomé su pie izquierdo y lo chupé completo una y otra vez. Me concentré luego en su dedo gordo y lo metí y saqué de mi boca una y otra vez. Andrea gritaba de la excitación, definitivamente le gustaba que le tocaran los pies. Tomé el pie derecho y repetí la operación. Después le quité las sandalias y llevé su pie derecho a mi cara, donde lo froté y lo volvía chupar hasta casi despintarle las uñas con mi saliva y mi lengua. Me estaba excitando en serio, así que me saqué el pito y me quité los pantalones. Andrea estaba acostada sobre la cama King Size de mis padres, con los pies colgando por fuera de la cama a la altura de las rodillas. Con los ojos cerrados, y con las tetas de fuera, así estaba ella, que sólo traía puesta su faldita blanca que escondía su coño.

Me hinqué a la altura del cuello de Andrea, y tomándome el pito con la mano, se lo ofrecí directamente en la boca, para ahorrarle el trabajo. Comenzó a menear la cabeza en forma de asco, pero a la fuerza, seguí poniéndola el pito en sus labios, y para ese momento ya estaba húmedo el aparato y la embarré de líquido transparente. Finalmente abrió la boca y le metí sólo un poco el pito por ahí. Inmediatamente, lo tomó con su mano izquierda y se lo tragó entero, obligándome a ponerme a gatas y penetrándole la boca como si me la estuviera follando. En una de esas, empujé mi pito hasta el fondo de su garganta, provocando que abriera los ojos de pronto y comenzara a ahogarse con mi propio aparato, lo saqué de inmediato y comenzó a toser. Antes de que pudiera terminar, la tomé de la cara y le di un beso largo y mojado, como para calmarla.

Finalmente, totalmente desnudo, me senté apoyado en la cabecera de la cama y Andrea se quitó la falda blanca, dejando ver que no traía nada por debajo. Se sentó despacio sobre mi pene, tomándolo con su mano izquierda, y se dejó caer lentamente hasta que toda mi verga estuvo dentro de ella. Se movía como una pantera, y puedo decir que hasta ahora, ninguna mujer me ha cogido como ella lo hizo esa vez. Como cualquiera que se haya cogido a una mujer platónica como yo lo estaba haciendo, la excitación era tal que no tardé mucho en correrme por completo dentro de Andrea.

Debo aceptar que parte de la maravilla de esa cogida es que no hubo condón, a ninguno de los dos nos importó un carajo aquel plástico tan importante. Simplemente no pensamos en eso. Fue quizá una de las más largas corridas de mi vida. Al momento de levantarse y sacarse mi polla, una cascada de semen salió de su ya flojo coño y cayó sobre las sábanas favoritas de mis padres. Yo estaba agotado y permanecí sentado como estaba, mientras que Andrea se levantó y se cambió de lado, esta vez mirando hacia mí. Se recostó sobre mí por un minuto, luego debió sentirse sucia y se fue a lavar al baño. Ahí debió haber durado unos cinco minutos, los cuales aproveché para echar un vistazo a Patricia y mi amigo.

Cuando entré al cuarto, me llevé la sorpresa de descubrir que cada uno estaba dormido, uno en cada cama que había en el otro cuarto. Aún caliente y cachondo por la cogida, tomé la mano de Patricia y la puse sobre mi verga. Yo estaba completamente desnudo. Patricia volteó y me vio, se sentó sobre la cama sin quitar su mano de mi polla, y comenzó a masturbarme con su mano derecha. Después se quitó el cabello de la cara, y comenzó a mamarme la verga mientras me la jalaba con su mano. Estaba a media asta la verga, ya que me acababa de correr, pero así la sensación era aún más buena. Le tomé las tetas por encima de la blusa, luego se la quité y el sostén igual. Le manoseé las tetas y después la tumbé boca arriba para quitarle los pantalones. Le bajé sus pantalones estilo dockers , poco sexy por cierto y me encontré con unas enormes bragas, también poco sexy, que cubrían un trasero valuado en millones de dólares. Le quité las bragas, que pretendía guardar, y le abrí las piernas tanto como pude.

Que manera de gritar de la señora, lo cual no era bueno, ya que Andrea estaba a unos metros en el otro cuarto, y francamente no quería que viera que me tiraría a las dos. Así que ignorando su volumen de gritos, me bajé a su coño, que más bien olía a humedad, y me lo comí casi a fuerzas. Yo no soy un hombre aficionado a comer coño, así que esa parte la pasé rápido y sin mucha faramalla. Lo que si disfruto es un buen par de nalgas como las de Patricia, así que le dije que se diera vuelta, y teniéndola boca abajo, me di un festín, abriéndole las nalgas y sumiendo mi cara ahí dentro, donde no había tiempo ni espacio. Mi lengua recorrió todo su trasero, incluyendo una sesión de estimulación anal, y dejé varias marcas de mis dientes por todo su trasero. Ignoro si su marido practicaría el sexo anal con ella, pero mientras yo lo humedecía con mi lengua, ocasionalmente entrando más allá del arillo del esfínter hacia las paredes interiores, la hembra lanzó los gemidos de placer más espectaculares que he oído en mi corta vida.
Ese platillo es mucho mejor que un helado de macadamia de la Piazza dei Campi de Siena, para quienes la hayan probado alguna vez. Lo menciono porque ese helado es una maravilla, imaginen ahora el trasero de este mujerón de 43 años. Teniendo eso en cuenta, ordené a la mujer, cual jeque árabe, que se pusiera a gatas, con la cabeza en el colchón de la cama. Teniendo semejante panorama frente a mí, tomé mi polla, la remojé con sus jugos vaginales, y la comencé a resbalar hacia adentro de su ano muy gentilmente. Patricia apretaba su ano, asfixiándome la polla, pero continué entrando hasta topar como con una pared. De ahí, saqué y volví a meter, una y otra vez por unos dos minutos más o menos. Aquello no podía ser otra cosa que un sueño, y sin embargo ahí estaba yo despierto, follándome a una señora casada, con un amigo en la cama de un lado, profundamente dormido, y con la otra señora casada que acababa de follarme esperándome en el cuarto principal, en la cama de mis padres, totalmente desnuda. Yo, en ese momento, era el ser más importante de la tierra.

Cuando volví a mí, al ver que no habría otro momento, decidí follarme a Patricia, y sacándole el pito del ano, con su respectivo grito femenino de placer, la estoqué por el coño con una facilidad encantadora. La excitación había vuelto, pero me llevó más de seis o siete minutos de un folle agresivo y duro el venirme al fin, sacando apenas el suficiente semen para remojarle el coño a mi ebria amante. Al terminar cayó como costal de papas sobre la cama, y yo me salí rumbo al baño a limpiarme aquella mezcla de olores y sabores de dos coños maduros. Volví a la cama con Andrea, la abracé y le chupé las tetas por algunos minutos, sin siquiera oír sonido alguno, creo yo debido al cansancio y a la embriaguez. Totalmente dormida e inconsciente, me bajé a su coño, sólo para no decir que no había ido, y lo mismo con su ano y nalgas, antes de terminar de nuevo jugando y disfrutando su pies perfectos que probé de principio a fin.

Cerca de las cinco y media de la mañana, decidí despertar a Andrea para que se fuera con sus hijas. Les habían dicho que volverían cerca de las doce, y ya eran más de cinco horas después. Las madres volvieron en sí rápidamente, y vistiéndose como pudieron, se fueron sin despedirse del departamento. Me dormí, y al día siguiente no bajé a la alberca en todo el día. En la noche, bajamos a la alberca y más tarde salimos al Christine, la mejor disco de Vallarta. El sábado por la mañana, mientras comíamos junto a al alberca, vi bajar a Andrea, quien me saludó de lejos y se posó en uno de los tumbones junto a la playa. Luego bajó su hija, me saludó de beso y se acostó junto a su mamá. Mis amigos no podían sostener la risa, la curiosidad me estaba matando.

Más tarde, mientras reposábamos en el departamento, sonó el teléfono y era Patricia. Amablemente, como siempre, me dijo que si bajaba al piso 4 hablar con ella. Presentía problemas. Al llegar estaba Andrea y Patricia sentadas en la sala y me hicieron pasar. En tono seco, me pidieron disculpas por la otra noche y me pidieron, casi rogándome, que jamás comentara nada de lo que había pasado. Que esos “accidentes” suceden y que el tema no debía tocarse de nuevo. A mi no me sorprendió, pero de lo que estoy seguro, es que a partir de ese hecho, se puede repetir, siempre y cuando las circunstancias sean, como en esa ocasión, óptimas para ello. Por lo pronto tengo las bragas de Patricia como trofeo a mi osadía. Y ustedes se preguntarán, ¿Qué hay de Mónica? Bueno pues nada, simplemente quería compartir su descripción para que imaginen que reto tan enorme me espera en mi próxima visita a Puerto Vallarta, que espero sea dentro de poco tiempo.

Autor: Frank

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La profesora

Gonzalo trataba de aguantar, los pechos de Lucía eran como una máquina de masturbar, un potente chorro de esperma salió disparado golpeando el cuello de Lucía. Los siguientes disparos cayeron sobre sus pechos empapándolos de esperma. Cuando Gonzalo acabó Lucía se dedicó a pasar la lengua por sus pechos tratando de recoger el esperma.

Como todos los días el despertador sonó a la misma hora como un desesperante tintineo en los oídos de Lucía. Su profundo sueño se interrumpió de inmediato e instintivamente su mano apareció entre las sábanas para golpear el despertador que cesó en su intención de hacer cada vez más ruido. De un manotazo apartó las sábanas dejando al descubierto su cuerpo desnudo tan solo cubierto por unas diminutas braguitas blancas. Aún sin despertar y con sus músculos entumecidos pudo alcanzar a ciegas el baño y abrir a tientas el grifo de la ducha. Cuando notó en su mano que la temperatura del agua estaba en su punto entró. El agua sobre su piel empezó a despertarla de su letargo para darse cuenta que se había metido con las bragas puestas. Empapadas las deslizó por sus muslos y las dejó caer en el suelo de la ducha. La mata de pelo negro obscuro que cubría su sexo comenzó a mojarse con el agua que caía como una cascada desde sus pechos acariciando cada centímetro de su piel.

Ya más despierta salió de la ducha y comenzó a secarse, primero su largo pelo negro, para después continuar recorriendo sus brazos y detenerse a secar con mimo sus grandes pechos con forma de pera y oscuros pezones. Su singular recorrido por la geografía de su cuerpo alcanzó el valle de su estómago se topó con el matorral negro que cubría la entrada a la cueva húmeda y cálida del placer.

Levantó una de sus piernas y la apoyó sobre el borde de la bañera para a continuación deslizar la toalla desde la zona interior de sus muslos hasta su tobillo. Una vez estuvo su cuerpo bien seco, extendió sobre la crema hidratante. No dejó ni un solo rincón sin aplicar la crema, incluidos sus pechos.

De un cajón extrajo unas braguitas rojas de encaje y con equilibrio levantando una de sus piernas, la introdujo por uno de los orificios para hacer lo mismo con la otra pierna. Deslizó las braguitas por sus muslos hacia arriba con cierta dificultad pues eran pequeñas, finalmente, la colocó tapando con dificultad el vello de su pubis que luchaba por salir por los bordes de la braguita. Con sus dedos recorrió el borde de las bragas que estaba metido en la hendidura de su culo, para sacarlo y colocarlo sobre sus nalgas acentuando aún más si cabe su redondez.

Después de secar y peinar su melena, eligió del armario ropa ligera pero atractiva, cogió una blusa blanca y una minifalda roja. Prefería llevar sus pechos libres y como se mostraban bastante firmes y levantados decidió no ponerse sujetador. Con delicadeza y extremada sensualidad se puso unas medias lo bastante altas como para quedar tapadas por la minifalda. Finalmente, se colocó con dificultad unas botas negras, que le llegaban hasta las rodillas, y con prisas recogió sus libros para salir con dirección al instituto.

Cuando entró en el aula todos estaban de pie hablando, gritando y fumando, algo que odiaba, sin embargo sí había una cosa que le gustaba, en cuanto la veían entrar comenzaban a sentarse y se callaban.

– Buenos días – dijo haciéndose oír entre el murmullo – la clase de hoy tiene relación con… – continuó explicando.

Desde que fue nombrada profesora suplente en aquel instituto su vida había cambiado, siempre había deseado dar clases, y por eso estudió biología, pero lo que no la convencía mucho era el hecho de que sus alumnos fueran tan solo unos años menores que ella y algunos bastante atractivos.

Ella sabía que no estaba mal, a su edad, 23 años (muy joven según sus compañeros de trabajo), vestía ropa ajustada y provocativa, lo que sabía que producía el comentario y murmullo entre sus alumnos y las malas miradas de sus compañeras más mayores. Aquello no le importaba, pero sin embargo, no le parecía bien que sus alumnos se distrajeran por su causa, aunque por supuesto le gustaba sentirse mirada y admirada.

Desde que empezó en aquel instituto, había un grupo de cuatro alumnos, que se sentaban en su clase al final y que siempre estaban murmurando y hablando sin prestar atención, todos ellos de la misma edad, cinco menos que los de ella, y eso le excitaba. Ese día se había propuesto descubrir que es lo que les hacía murmurar tanto día tras día. Por eso al final de la clase se dirigió a ellos:

– Por favor, Tomás, Alberto, Carlos y Gonzalo quiero que me veáis en mi despacho dentro de una hora, tengo que hablar con vosotros.

Una cosa buena que tenía su despacho era que como había sido la última en llegar al instituto, le habían asignado uno en una zona que se encontraba cerrada y apartada del resto hasta que pudieran darle otro mejor situado, cosa que ella no deseaba.

Como estaba previsto, una hora después de la clase alguien llamaba a la puerta de su despacho, eran sus cuatro alumnos. Ella les abrió la puerta y les hizo pasar. El despacho no era muy grande pero al menos tenía un pequeño baño en su interior al que se accedía por una puerta situada nada más entrar a la derecha. Una ventana se encontraba justo en frente de la entrada y detrás de la mesa ante la cual solo había dos sillas sobre una gran alfombra.

Tomás y Carlos se sentaron en las sillas mientras que Gonzalo y Alberto se quedaban de pie frente a la mesa detrás de la cual se sentaba Lucía.

– Bien, os he dicho que vengáis porque quiero que me respondáis unas preguntas… – Usted dirá – dijo Carlos. – Por favor, habladme de tú, soy casi de vuestra edad.

Todos sonrieron y se miraron entre ellos.

– Quiero saber por qué en mis clases siempre estáis murmurando y hablando en voz baja.

Ninguno de ellos se atrevió a contestar.

– Vamos, de qué habláis, decídmelo. – De nada, cosas nuestras, fútbol, chicas, ya sabe… – respondió Gonzalo. – Vamos, ¿os creéis que soy tonta?, decid la verdad, no os de vergüenza. – En realidad, bueno,… hacemos apuestas…- dijo Tomás. -¿Apuestas?, sobre qué…- preguntó extrañada Lucía que no esperaba esa respuesta. Ella hubiera admitido una respuesta como “está usted muy buena”, “hablamos de usted”, o cosas por el estilo pero ¿apuestas?, ¿qué respuesta era esa?

Todos bajaron la cabeza y ninguno quiso responder.

– Creo que todos somos adultos, así que no veo motivo para que os comportéis como chiquillos, hablad claro y sin vergüenza. Tomás que parecía el más lanzado fue el que respondió, – Hacemos apuestas sobre…sobre el color de su ropa interior….

Todos le miraron indicando que se había pasado sincerándose. Para Lucía aquella respuesta era la que había estado esperando, ahora comprendía lo de las apuestas, tenía sentido, ella era el objetivo de aquellos murmullos constantes.

– Así que no atendéis en mi clase porque queréis saber cuál es el color de mi ropa interior… bien, entonces haremos algo, yo os diré cuál es el color de mi ropa interior al comienzo de la clase y así podréis concentraros en mis explicaciones..

– Verá,…verás…Lucía, en realidad también apostamos quién es el primero en vértela… Dijo Alberto un tanto temeroso. -Entiendo, – dijo Lucía levantándose de su silla y colocándose delante de la mesa y apoyada sobre ella – Bien,…esto ya es otra cosa…- aquello daba un giro nuevo a la situación y abría nuevas expectativas a Lucía. – Veréis, voy a hacer algo que debe quedar entre nosotros y quiero que sepáis que lo hago por vuestro bien… – Dicho esto, se desabrochó la minifalda y la dejó caer al suelo dejando a la vista sus braguitas rojas.

– ¿Veis?, son rojas – dijo Lucía mostrando sus braguitas ante los ojos asombrados de sus alumnos – a partir de ahora las llevaré siempre de color rojo, ya las habéis visto, espero que a partir de ahora prestéis más atención a mi clase y os olvidéis de este tema.

Todos permanecieron en silencio mirando aquellas piernas envueltas en medias negras con las botas puestas que le daban un aspecto realmente sensual. Pero lo que les hizo mirar con más interés era la entrepierna de Lucía tapada con las bragas que dejaba trasparentar una mancha oscura por cuyos extremos se escapaban algunos pelos. Lucía se giró para volver a colocarse detrás de su mesa deseando que alguno de ellos dijera algo antes de finalizar aquella reunión. Sus nalgas se mostraron redondas y desafiantes con las braguitas metidas entre ellas lo que hizo que los cuatro alumnos allí presentes sintieran levantarse sus pollas. Para Lucía, la reunión había terminado, al menos en la teoría pero ella deseaba que no fuera así. De hecho para sus alumnos acababa de empezar. Fue Tomás el que habló:

– …El…el problema es que ahora no podremos olvidarte…- ¿Qué? – preguntó Lucía. – Si nos dejas así ¿cómo quieres que atendamos a tu clase?

Lucía sonrió pícaramente y volvió a colocarse delante de la mesa:

– Pobres, – dijo poniendo voz mimosa – ¿La tenéis dura?, vamos bajaros los pantalones y los slips.

Todos quedaron sorprendidos y alegres al mismo tiempo por la petición de su profesora.

– Pero, y si alguien entra. Esto no está bien- dijo Gonzalo. – Vamos, desde el momento en que yo me quité la falda nada está bien, ¿que más da una cosa más?, además, aquí no va a venir nadie o es que os da vergüenza.

Aquellas palabras desafiantes hicieron reaccionar a Tomás que desabrochó su pantalón y lo dejó caer para seguidamente bajar su slip. Su polla dura y apuntando hacia el techo quedó libre. Lucía sonrió y miró a sus compañeros,

– ¿Y bien?, ¿me las enseñáis?

Ellos observando la reacción de su compañero hicieron lo propio y todos quedaron con sus pollas al aire. Eran cada una de una forma distinta, curvada, tiesa y apuntando al techo, levantada pero paralela al suelo, gruesas y delgadas. Parecía una exposición de pollas.

Lucía se arrodilló delante de ellos y les pidió que se acercaran formando un círculo. Ella comenzó primero a acariciarlas, tocarlas y palpar su grosor y dureza. Las rodeaba con su mano y empezaba a menearlas arriba y abajo lo que hizo que pronto empezaran a jadear por la excitación, pero aún les quedaba lo mejor. Lucía se metió la polla de Tomás en la boca y comenzó a mamarla para seguidamente continuar con las otras tres dándoles el mismo tratamiento. Como una puta chupó aquellas pollas con deseo y gusto.

Lucía sabía que aquello no estaba bien, pero desde que entró a trabajar en aquel instituto y vio la edad de sus alumnos comprendió que tarde o temprano terminaría haciendo aquello. Era su forma de ser, su sexualidad, no podía evitar sentirse excitada al ver un grupo de hombres. Desde que comenzó a estudiar, había follado con todos sus compañeros de clase y algún que otro profesor, incluida una de sus profesoras, una mujer de unos 30 años de buen cuerpo y grandes tetas que siempre vestía ropa ceñida. Fue su obsesión desde el comienzo del curso, y pronto entabló amistad con ella, una amistad que terminó en una fantástica follada en casa de su profesora. Ahora la profesora era ella y se encargaba de darle a sus alumnos lo que ella hubiera deseado que le hubieran dado en su época de estudiante.

Las pollas estaban tan duras y los chicos tan calientes que pronto terminaría aquella triple mamada. Fue Gonzalo el primero en correrse, y lo hizo sobre el pelo moreno de Lucía mientras ella chupaba la polla de Tomás. Grandes chorretones de esperma adornaban ahora su negra melena.

– Avisadme cuando vayáis a correros- dijo Lucía separando su boca de la polla.- no quiero que pueda mancharse la alfombra…- les avisó en tono de broma.

Una de las manos de Lucía continuó masajeando la polla de Alberto y la otra la de Carlos mientras su boca seguía ocupada en enseñar que todo cabe si se sabe cómo hacer. Alberto estaba ya al límite y solo tuvo tiempo de avisar justo cuando empezaba a correrse.

– Ya, ya… señorita Lucía, ¡me corro! ahhhhhh…

Lucía giró su cara hacia su polla justo en el instante de recibir el primer chorro sobre los ojos y la nariz, mientras el segundo caía en su boca ya abierta y era tragado con delectación. Con su dedo recogió el que había quedado sobre sus ojos y lo llevó a su boca chupándose el dedo. Casi inmediatamente, sin tiempo para recuperarse de la corrida de Alberto, Carlos sintió que le venía:

-¡Me corro!, ¡uuummmffff!

Lucía se giró hacia él tan rápido como pudo pero él ya estaba disparando sobre su pelo y su mejilla. Ella puso su mano para evitar mancharse y el resto de la corrida cayó sobre ella. Al final limpió su mano con la lengua para rápidamente seguir con Tomás.

Este era algo más difícil, a Lucía le estaba costando hacerlo terminar pero su experiencia mamando pollas era algo con lo que Tomás no contaba. Su lengua era como una serpiente enroscándose alrededor de su polla y su boca parecía una máquina de succionar. Inevitablemente no podía aguantar más, ella era una chica con matrícula en mamadas y sabía cómo sacar hasta la última gota:

– Aaaahh, joder, me voy a correr, ya, Lucía, ¡chupa!…así, ¡trágate toda mi leche!…

Tomás comenzó a correrse en el interior de la boca de Lucía y esta tragó todo lo que pudo, aunque ella no contó con que un chico de su edad fuera a llenarla. La corrida de Tomás comenzó a salirle entre sus labios y a chorrear por su barbilla. Ella no tuvo más remedio que sacar la polla de su boca de forma que el último disparo de esperma fue a parar sobre su blusa blanca.

– ¡Mierda!, ¡joder!, ya me has manchado, ahora tendré que limpiarla- dijo recogiendo con su dedo el esperma que había sobre su blusa y metiéndoselo en la boca.

Lucía se levantó y fue tras la mesa para abrir un cajón del que sacó un Kleenex con el que comenzó a limpiarse la cara. Mientras, Tomás, Alberto Carlos y Gonzalo empezaron a ponerse sus pantalones con la intención de marcharse.

– ¿Qué coño hacéis?- preguntó Lucía

Extrañados, se miraron entre ellos sin saber que decir.

– Nos vestimos- dijo Alberto. – No pensareis iros ¿no? – Pues… – Quiero decir que ahora os toca a vosotros hacerme acabar a mí. ¿No pensareis dejarme así?

Dicho esto Lucia se quitó sus bragas rojas tiró al suelo todo lo que había sobre la mesa y se tumbó sobre ella con las piernas abiertas. Por primera vez su sexo aparecía con todo su esplendor, húmedo y jugoso.

– ¿Quién es el primero en darme una clase de anatomía femenina?- dijo Lucia

Fue Tomás el primero en acercarse a Lucía colocándose entre sus piernas observando con gusto el coño que se le ofrecía jugoso y abierto rodeado por una capa de pelo negro brillante por la humedad. Acercándose colocó sus manos sobre las rodillas de Lucía sintiendo el tacto de sus medias. Con temor fue acercándose lentamente mientras Gonzalo y Alberto se colocaban a los lados de la mesa y acariciaban suavemente a través de la blusa los pechos de Lucía. Podían notar que no llevaba sujetador y que sus pezones estaban duros, tan duros que casi podían pinchar. Carlos estaba a la altura de su cabeza con su polla sobre la cara de Lucía tratando de que ella volviera a mamársela.

Tomás bajo sus manos por la parte interna de los muslos hasta llegar a rozar los pelos que rodeaban la entrada de la vagina. Notó la humedad pero no se atrevió a tocarla. Lucía pasó su mano por encima de su sexo e introdujo un dedo dentro ante la mirada de deseo de Tomás. Ella llevó sus dedos a la boca y los chupó como si fueran un delicioso manjar. Entonces se decidió Tomás a tocarla, pasó sus dedos sobre su rajita y notó como una fuerza irresistible los succionaba al interior sin ninguna dificultad.

Gonzalo y Alberto trataban quizás con poco éxito, desabrochar la blusa de Lucía. Ella tuvo que ayudarlos y al quitar el último botón sus pechos aparecieron desafiantes, con sus pezones apuntando al techo y con gran forma redondeada al estar tumbada. Lucía trataba de alcanzar con su boca las pollas que tenía a su lado pero era difícil pues sus dos alumnos estaban más preocupados de chupar sus pezones que de dejarla hacerles una mamada, por este motivo tuvo que conformarse con chupar la polla de Carlos, al menos de momento.

Lucía se revolvió levantándose y quedando a cuatro patas sobre la mesa. En esta posición no solo su coño quedaba a la vista de Tomás sino también el orificio de su ano que se mostraba limpio y pequeño a sus ojos. Alberto y Gonzalo no pudieron evitar colocarse donde estaba Tomás con la intención de ver el espectáculo que se les ofrecía. No contenta con eso, Lucía separó sus nalgas ofreciendo una mejor vista. Carlos no perdió el tiempo y en la posición de Lucía se colocó delante ofreciéndole su polla que ella aceptó como un regalo metiéndosela en su boca entera hasta rozar con la nariz los pelos del pubis. Tomás estaba tan excitado que sin pensarlo más metió su cabeza debajo de Lucía entre sus piernas y con su lengua empezó a lamerle su rajita. Alberto por su parte se adelantó a Gonzalo y como pudo se dedicó a pasar la punta de su lengua por el ano de Lucía. Gonzalo que había perdido posiciones se dedicó a sobar y lamer los pechos de Lucía que colgaban como bolas de navidad. Todos los rincones del cuerpo de Lucía eran recorridos por una lengua que dejaba su huella de saliva.

Tomás subió a la mesa a la espalda de Lucía y trató de introducir su polla en el coño, pero no era capaz. Tuvo que ser ella la que metiendo su mano entre sus piernas dirigió la punta del capullo a la entrada de su orificio, lo suficiente para que Tomás empujara y su aparato se clavara hasta los huevos. Lógicamente, Alberto tuvo que dejar de jugar con el culo de Lucía, pero esto le sirvió para unirse a Carlos de manera que ahora Lucía se metía en su boca las dos pollas al mismo tiempo.

Lucía no era mala chica, y entendía bien a todos sus alumnos, en realidad los conocía y por eso sabía de la cierta timidez de Gonzalo, por lo que quiso premiarle y moviéndose se puso de rodillas sobre la mesa dejando a Tomas con su polla erecta y decepcionada.

– Túmbate en la mesa- le dijo a Gonzalo dejándole sitio.

Gonzalo obedeció sabiendo lo que le esperaba. Ella chupó su polla y cuando consideró que ya estaba suficientemente dura y húmeda se colocó sobre ella dándole la espalda a Gonzalo. Lentamente y sujetando en posición recta la polla fue sentándose sobre ella introduciéndosela por su ano. Cuando estuvo toda dentro empezó a mover en círculos su culo haciendo que Gonzalo gimiera de gusto.

Tomás volvió al ataque y colocándose sobre ella se la metió en su coño formando un sándwich con Gonzalo.

Con sus manos Lucía acariciaba las pollas de Carlos y la de Alberto para mantenerlas duras. Después de un rato follando en esta posición Tomás cedió su sitio a Alberto que rápidamente la embistió follándola con fuerza mientras Gonzalo debajo, la agarraba por las caderas tratando de acompasar su ritmo con las embestidas de Alberto que parecía dispuesto a correrse a toda costa por la velocidad con que se movía lo que no le parecía bien a Lucía, al menos de momento.

– Tranquilo,…deja algo para luego…- le dijo Lucía tratando de apartarlo.

Cuando lo consiguió se levantó bajando de la mesa. Gonzalo permaneció tumbado extenuado por su esfuerzo. Ella se colocó a un lado de la mesa para chuparle su polla mientras ahora Carlos a su espalda la penetraba desde atrás. Tomás y Alberto observaban la escena mientras se masturbaban.

– No os corráis todavía,…aguantad…- les pedía Lucía.

Era una ventaja que el despacho estuviera apartado del resto de las instalaciones porque en la habitación solo se oían gritos y gemidos de placer, sobre todo de Lucía que cada vez que sentía una polla llegar hasta el fondo de su vagina no podía evitar gritar.

Lucía masturbaba con su mano la polla de Gonzalo subiendo y bajando la piel de su capullo al tiempo que pasaba su lengua por ella. Era excitante el sonido de su boca dando lametazos a la polla unido al ruido de sus nalgas golpeando sobre Carlos a cada embestida. Gonzalo estaba ya al límite y Lucía lo sabía, por eso cambió su boca por sus pechos. Los colocó sobre la polla rodeándola y empezó a moverlos apretándolos contra ella con fuerza. Durante este lapso entre el cambio de la boca por los pechos Carlos cedió el sitio a Alberto que estaba deseando follar a Lucía por el culo. No le costó trabajo, apoyó la punta de su pene sobre el ano y empujó hasta que empezó a entrar. Lucía estaba tan acostumbrada a ser enculada que apenas protestó por aquella intromisión.

Gonzalo estaba ya en el punto de no retorno, trataba de aguantar pero era imposible, los pechos de Lucía eran como una máquina de masturbar, un potente chorro de esperma salió disparado de su polla golpeando sobre el cuello de Lucía. Los siguientes disparos cayeron sobre sus pechos empapándolos de esperma. Cuando Gonzalo acabó Lucía se dedicó a pasar la lengua por sus pechos tratando de recoger el esperma con dificultad pues apenas llegaba a rozarlos.

Mientras, Alberto seguía enculándola con rabia sujetándola por las caderas al tiempo que Carlos y Tomás seguían masturbándose.

Quizás por casualidad o quizás adrede Alberto empezó a gemir y a Gritar al mismo tiempo que el resto de sus compañeros:

– ¡Aaaaahhh!…me corro…me corro. – ¡Hazlo sobre la mesa!, ¡sobre la mesa!…¡correros en la mesa! – gritaba Lucía

Alberto sacó su polla del culo disparando ya los primeros chorros de esperma y se acercó a la mesa soltando toda su carga sobre ella. Al unísono, Carlos y Tomás corrieron hacia la mesa y sin dejar de menear sus pollas empezaron a lanzar copiosas descargas de leche. Al final toda la mesa estaba cubierta por una espesa capa blanca de salpicaduras de semen. Lucía se subió a la mesa y con su lengua fue recorriéndola toda recogiendo hasta la última gota. Cuando levantó su cara sudorosa, estaba llena de esperma que goteaba de sus labios. Con su lengua los recorrió recogiendo todos los restos que quedaban ante la atenta mirada de sus alumnos.

Agotados, todos estaban sentados sobre la alfombra excepto Lucía que estaba sentada sobre la mesa con sus nalgas apoyadas sobre un charco de saliva y esperma.

-Bien, no ha estado mal. Sois buenos alumnos. Si seguís así y hacéis los deberes tal vez aprobéis este año mi asignatura y entréis a la universidad sin problemas. -¿Deberes?- preguntó Tomás. – Por supuesto, – respondió Lucía- todos los días a esta hora tendremos una clase práctica como la de hoy, y espero que vayáis mejorando con el tiempo y seáis más aplicados…

Los cuatro se miraron con cara de alegría sabiendo el año que les esperaba tal vez el mejor de sus vidas, y quizás no aprenderían mucha Biología, pero sí que conocerían perfectamente la anatomía femenina.

Autor: FranK

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El policía amigo de la familia

Me puso en posición de perrito y sentí que entró la cabecita, al ver que yo me resistía me abrazó y comenzó a pellizcar mis tetillas con una mano, comenzó a empujar más hasta que sentí todo ese tronco dentro de mí, sentí sus huevos chocando con mis nalgas; él se quedó quieto y luego comenzó a moverse despacio y después rápido, era increíble, yo mordía la almohada del puro placer.

Hola, me llamo Saúl y tengo 26 años, hace algún tiempo que leo relatos eróticos y por eso me animé a escribirles. Todo comenzó cuando tenía siendo muy joven, mi padre trabajaba en una entidad que se desempeñaba directamente con policías, es así que conocimos a Frank, un policía casado y con hijos de unos 28 años, de 1.75 m de estatura, cabello castaño, medio grueso, guapo y de unas piernas increíbles. El ayudaba a la familia a hacer algunas diligencias y muchas veces me recogía del colegio en La Molina y me llevaba a casa. En realidad, yo lo detestaba, no sé porqué, pero cuando manejaba su auto no podía evitar verle ese gran paquete que escondía bajos sus pantalones, se veía que guardaba algo muy grande, y yo en casa me masturbaba pensando en él.

Pasaron un par de años y no pasaba nada, yo sentía algo por el (no amor sino ganas de que me coja). Debo decir que yo ya había tenido besos, caricias, toqueteos y mamadas con un par de primos e incluso ya había probado el semen de uno de ellos, pero una cogida nunca. Entonces llegó el día esperado, en mi casa había una reunión familiar y él estaba allí, tan guapo, tan sexy, con ese tipo de pantalones que me volvían loco. Como a las 12 de la noche ya no había casi nadie y todos estaban medio embriagados, pero muy conscientes. Yo no bebía entonces.

Frank se quería ir, pero algún familiar le dijo que duerma en casa y todos me miraron como diciéndome que duerma conmigo, pues era el único hombre de la familia, aparte de mi padre claro- sólo estaba el cuarto de mi hermana, el de mis padres, el de visita (ocupado ya por familiares visitantes) y el mío. Yo accedí con un gesto de desagrado, recuerden que yo supuestamente lo detestaba y se lo había hecho saber a mi familia, por eso fingí ese ademán.

Cuando entramos en mi cuarto, cerré la puerta, yo estaba muy nervioso, pero con esperanzas. Apagué la luz general y dejé una lámpara con luz tenue. Él me dijo, yo duermo en calzoncillos ¿puedo? a lo que yo asentí con la cabeza. Usaba esos calzoncillos blancos antiguos y muy sueltos que no dejaban ver bien la dimensión de lo que tenía debajo. Yo ya estaba a mil. En eso yo acerco mi rodilla a su pierna y él cierra los ojos y se retuerce, comprendí que le agradaba, él rápidamente metió un dedo en mi ano, lo metía y lo sacaba, hasta que se me paró y me volteó.

Sentí como la cabeza de su pinga tocaba la puerta de mi ano y empujó, pero me dolía demasiado y él se asustó y la sacó, no podíamos hacer bulla pues había habitaciones cerca y alguien nos podía escuchar. Entonces me arrodillé en el piso y se la comencé a mamar hasta que él me cogió de la cabeza y también me jalaba hacia él, su pinga se puso más gruesa, grande y dura y comenzó a escupirme chorros de leche, guau que bien sabía, me lo tragué todo, él no dejaba de retorcerse de placer.

Yo seguí mamando hasta que nuevamente se le puso dura, eso me excitó mucho, además de saber que era casado y que estaba en mi casa con familiares alrededor y me puse más arrecho. Él me cargó y me echó sobre la cama boca arriba, comenzó a lamerme las tetillas, luego a chuparlas, era la primera vez que me lo hacían y era yo esta vez el que se retorcía de placer, luego me las mordió y llegué al cielo, wuauu, qué placer. Él al ver mi excitación metió dos dedos en mi ano los cuales entraron con facilidad y luego me volteó de costado y de un movimiento puso su cara detrás de mí y comenzó a besarme las nalgas, pero ahora pellizcándome las tetillas, ya nos habíamos dado cuenta que ese era mi punto erótico más sensible. Luego metió su lengua en mi hueco aún virgen y comenzó a lamerlo y lubricarlo, sentí mucho placer, pero debo decir que más placer siento en las tetillas. Luego se colocó en que tenía su pinga en mi cara y mientras él me hacía el famoso beso negro yo mamaba ese rico trozo de 22 cm. (luego se la medí por eso es que se cuánto mide).

Luego me puso en posición de perrito y se colocó detrás de mí, empujó un poco y sentí que entró la cabecita, y al ver que yo me resistía, me abrazó y comenzó nuevamente a pellizcar mis tetillas con una mano y comenzó a empujar más y más hasta que sentí todo ese tronco dentro de mí, sentí sus huevos chocando con mis nalgas; él se quedó quieto un rato y luego comenzó a moverse primero despacio y después rápido, era increíble, yo mordía la almohada del puro placer, así estuvimos unos 15 minutos y luego me volteó y me puso piernas al hombro sin sacar su pinga de dentro de mí.

Allí ya bombeaba mucho más rápido, como un loco, y con una mano comenzó a pellizcarme una tetilla y con la otra comenzó a corrérmela, quería darme más placer, no lo podía creer, tenía tres placeres a la vez: pellizcó en las tetillas, penetración y masturbación; de lo excitado que estaba no habrán pasado ni 3 minutos y comencé a disparar chorros de leche que me salpicaron hasta la cara, nunca había disparado tan lejos, él se echó sobre mí y se movía mucho más rápido hasta que, aaaaaahhhh, y sentí como me llenaba de ese rico semen, la cantidad que sentí fue impresionante; se movía ya más despacio y echado sobre mí me besó y me dijo: -Tú me has excitado más que nadie, nadie me la ha mamado como tú y se salió de encima mío y se echó a mi lado.

Sus palabras me excitaron y decidí regalarme una de mis mejores mamadas. Así lo hice. Lo hice tan bien que no demoró en ponerse durísima. Y le dije: -Mastúrbate y pasa tu pinga sobre mis tetillas y así lo hizo, pasaba su glande sobre habremos hecho aparte de esa noche unas 3 veces más, otra vez en mi casa, una en su auto y una en un hotel, pero todas igual de excitantes.

Aún hablo por teléfono con él, pero nunca tocamos el tema, lo del sexo siempre se dio solo, nunca lo planeamos, nos encontrábamos de casualidad y ocurría de todo lo que te puedes imaginar. Ahora yo soy más alto que él y él ya tiene canas, aún es mi amigo y lo aprecio, guardo buenos recuerdos de él, los mejores.

Autor: Pirata287

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Más caliente de lo normal.

Cuando estaba a punto de terminar en la boca de Roberto, él se retiró y me dijo que era mi turno de comérmelo. Inmediatamente me hinqué y comencé a disfrutar una hermosa polla de 16 cm. con una deliciosa cabeza que me exigía comerla, primero puse su cabeza en mi boca y con mi lengua le daba un masaje de bienvenida.

Hoy me desperté más caliente de lo normal, esto se los cuento por que a penas veía a un hombre atractivo, quería irme sobre el y arrancarle la ropa. Y no me sucede comúnmente. En mi anterior relato “comiendo a mi amante con nieve” me presento, tengo 28 años, mido 1.80, y tengo mucho que ofrecer.

Volviendo al tema, durante todo el día en el trabajo, el tiempo pasó muy lento y no sabía que hacer, le hablé a un buen amigo para que me ayudara con mi problema, le dije que estaba muy caliente y que me urgía verlo.

Así que en cuando dieron las 6:00 de la tarde salí lo más rápido que pude a casa de Roberto. Roberto es un chico de 26 años, alto (1.83 mts) de piel blanca, delgado y con unos ojos maravillosos.

En cuanto toqué la puerta no tuve que esperar más de un minuto para que me abrieran la puerta y me recibieran con una sonrisa de oreja a oreja. Inmediatamente entré a su departamento y le di un delicioso beso. Él solo hizo una sonrisa y respondió a mis besos, inmediatamente sentí su lengua dentro de mi boca y acaricié su espalda con mis manos, hacer esto me encanta ya que me hace sentirlo cerca de mí.

Le dije que me sentía muy sudado y que me quería dar una baño, él me ofreció que mientras me bañaba él me prepararía la cena. Acepté gustoso y me fui a bañar, a los cinco minutos abrieron la puerta del baño y Roberto me dijo: ” Si, estás tan caliente como me decías en la mañana, Yo, soy tu mejor cena” y al abrir la cortina de baño lo vi desnudo listo para mi.Se metió al baño y comenzó a tallarme la espalda, inmediatamente sentí como mi polla se ponía a mil, me abrazó por atrás y sentí como su cuerpo se pegaba al mío, como su polla se colocaba entre mis nalgas.

Mientras tanto él mi sobaba el pecho y bajaba hasta mi polla, la cual comenzó a masturbarme, en esos momento yo no podía ni moverme, él se agachó y pasó por entre mis piernas para meterse mi miembro en la boca mientras me limpiaba perfectamente bien mi culito.

No pueden imaginar placer que experimentaba mientras me mamaban y me limpia muy dentro de mí, dándome un masaje que me hacía enloquecer. Cuando estaba a punto de terminar en la boca de Roberto, él se retiró y me dijo que era mi turno de comérmelo. Inmediatamente me hinqué y comencé a disfrutar una hermosa polla de 16 cm. con una deliciosa cabeza que me exigía comerla, primero puse su cabeza en mi boca y con mi lengua le daba un masaje de bienvenida. Después fui bajando poco a poco hasta que sentí los vellos en mi nariz. Después de 5 minutos le dije que necesitaba más acción.

Decidimos irnos a la cama, Roberto se acostó boca abajo, al verlo me excité aun más, ya que al ver su cuerpo mojado y a mi total disposición me hacía muy feliz. Me acerqué y le comencé a dar un masaje en la espalda, poco a poco fui bajando hasta llegar a sus nalgas, tomé un poco más de crema y comencé a explorar su cuerpo. Con mis manos abrí sus nalgas y encontré un hoyito rosado que me esperaba. Con un dedo comencé a sobarlo lentamente y haciendo presión hasta que logré meterlo, poco después metí el segundo y lo que más me excitaba era su respiración.

Me puse un condón y comencé a penetrarlo lentamente en esa posición, sentía la presión de su ano en mi polla y eso me calentaba aun más, hasta que estuve totalmente dentro de él, me detuve para que se cuerpo se acostumbrara a tenerme dentro. Comencé a realizar un metisaca disfrutando al máximo cada segundo. Poco después, le pedí que se sentara sobre mi verga, ya que me encanta ver su cara y poderlo besar, me senté al borde de la cama y su piernas me abrazaron mientras el mismo se introducía mi polla, él fue dosificando el placer, el ver la cara y sentir su cuerpo me hacía disfrutar más el momento.

Estuvimos así casi cinco minutos besándonos y haciéndolo mío, hasta que le mordí un poco más fuerte de lo normal el labio inferior con lo que le anuncié que estaba terminado dentro de él. Nos recostamos un rato a disfrutar el momento.

Poco después me dijo al oído que me cambiara y que me invitaría a cenar, para celebrar un día como ese.

Autor: Frank

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Por el placer de encontrarlo

Él frente a mí, se sienta lentamente sobre mi verga, al sentir que la tenía toda adentro, se queda un rato sin moverse para que su culito se amoldara a mi verga. Después inicia un sube y baja que me hizo sentirme en el paraíso. Sin dejar de verlo a los ojos y llenarme del placer que descubría en su rostro, lo masturbaba cuidadosamente para llevarlo al punto máximo de placer.

Hoy, después de mucho tiempo encontré a un buen amigo al que tenía mucho tiempo que no tenía el placer de verlo y tenerlo cerca.

Me presento soy Frank, vivo en el D.F., tengo 28 años. Volviendo a mi amigo, estaba caminado por una plaza comercial del sur del México D.F., cuando, veo un rostro muy conocido, pero muy poco probable que fuera él. Esto lo digo porque Alberto vive en Cancún, me acerco y se dibuja en mi una sonrisa en la cara al darme cuenta que era él.

Estaba sentado en una banca, me acerco y me pongo detrás de él y pongo mis manos sobre sus hombres y le digo: “solo quiero que sientas que estoy cerca de ti”, Alberto voltea me abraza y dice: “quiero sentirte mucho más cerca”.

No fue necesario decir otras palabras, para salir rápidamente de la plaza y buscar un lugar para estar solos, llegamos a mi departamento, y al momento de cerrar la puerta, nos besamos y siento su lengua como juega con la mía, y mientras nos besamos comienzo a quitarle la camisa, él hace lo mismo conmigo hasta quedar totalmente desnudo.

Al verlo así desnudo, solo pude decir: “realmente te extrañaba”. Quería algo más que sexo rápido, quería disfrutar y hacerlo disfrutar. Mientras lo besaba, le pellizcaba los pezones para ponerlos duros, después bajo mi boca a ellos y sostengo un delicioso pezón rosa con los dientes mientras la punta de mi lengua lo acaricia de un lado al otro.

Mientras continúo con ese juego, le pongo dos de mis dedos en su boca, y Alberto comienza a lamerlos y mojarlos deliciosamente, saco mis dedos y comienzo a deslizarlos por su cuello, después entre los pezones, bajando lentamente hasta el ombligo.

Le pongo otra vez, los dedos en su boca e inmediatamente vuelve a lamerlos con un placer que me puso mi verga a 1000, los saco y los pongo en la base de su verga sin tocarla, (Alberto tenia su verga totalmente dura y un poco húmeda), bajo mis dedos y le levando las bolas para sentirlas y acariciarlas, sigo bajando hasta su hoyito rosado, bastante apretadito de las pocas veces que lo habían penetrado. Comienzo a apretarlo, pero sin meterlos, para sentirlo con las puntas de mis dedos y disfrutas la cara de placer que se dibujaba en su rostro.

Le presto mis dedos una vez más, para que sean lubricados, le pido a Alberto que se siente en el sillón con la colita en al aire y las piernas abiertas. Saco los dedos de su boca y comienzo a deslizar uno dentro de su hoyito.

Le pregunto: “¿puedo mamarte la verga?”, Alberto sólo alcanzó a mover la cabeza firmemente. Me meto la punta de su verga en mi boca y como si fuera un tapón, no me movía ni para arriba ni abajo. Sólo dejaba que mi lengua jugara tranquilamente con la cabecita de su linda verga. A esa alturas Alberto tenía dentro de su hoyito las dos puntas de mis dedos, Le pregunto: “¿Puedo mamarte toda tu verga?”, Alberto contesta “¡claro!”, en ese momento comienzo a bajar mi boca por su miembro, pero al mismo tiempo mis dedos se deslizan dentro de él, comenzando un juego de mete y saca tan excitante que estaba apunto de terminar.

Me detengo y le pido que me monte, me siento en el sillón y él frente a mí, se sienta lentamente sobre mi verga, al sentir que la tenía toda adentro, se queda un rato sin moverse para que su culito se amoldara a mi verga. Después inicia un sube y baja que me hizo sentirme en el paraíso. Sin dejar de verlo a los ojos y llenarme del placer que descubría en su rostro, lo masturbaba cuidadosamente para llevarlo al punto máximo de placer.

No se cuantos minutos pasaron hasta que explotó, bañando de leche mi pecho, poco después saqué mi verga, y bañé su espalda de un cálido líquido seminal.

Nos abrazamos fuertemente y nos recostamos en el sillón, después de varios minutos de digo al oído: “es tu turno Frank, ¿vamos a bañarnos?” Pero eso se los contaré después…

Si te gustó el relato, por favor quiero leer tus comentarios.

Autor: Frank

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