La mamá de un amigo

Apenas su concha estuvo disponible procedí a empujársela, la pegué de la pared y la señora gritaba, me agarraba, me apretaba, yo chupaba sus tetas, Marta estaba excitadísima. Me pidió que no le acabara adentro, cuando me estaba a punto de venir, se puso la verga en la boca, chupó y se tragó todo lo que salió de ella.

Esto me pasó hace ya unos cuatro años estaba en la universidad y siempre había que buscar algo que beber… es el motor de todo. Pues un día por culpa del alcohol terminé follándome a la madre de uno de mis compañeros de clases.

Resulta que el primo homosexual de un amigo cumplía años y por supuesto quería celebrar… La celebración sonaba bien tomando en cuenta que los gays siempre andan con mujeres muy bellas y que el local donde convocaron sólo se pagaba una entrada y se tomaba lo que se quería… dudé muy poco para asistir a la fiesta.

Llegué al cumpleaños y había una señora mayor, espectacular, rubia senos parados, delgada, medio borracha y bailando como ella sola, huy esa señora me enamoró de una, inmediatamente me hicieron saber que era la mamá de mi compañero cuyo primo era el agasajado.

La saludo y hablo con ella, luego se va a hablar con otro y yo me siento a hablar con gente que había en la fiesta… un par de canciones después es la señora quien me invita a bailar…

La música era muy sexual, ella empieza a recostármelo todo, por supuesto yo me excité de inmediato y ella lo notó y continuaba recostando las nalgas en mi erecto pene y de vez en cuando pasaba la mano.

En un momento Carlos, mi compañero, quien vino con la novia, se despidió de su mamá y se fue, la señora se quedó allí, borracha caliente y bailando conmigo.

Luego de eso nos fuimos a otro rincón de la discoteca y nos empezamos a besar y a meternos mano, yo le agarraba la concha y ella me sobaba el bulto…

De pronto metió la mano dentro los pantalones  y empieza a acariciarme el pene cosa que me puso a imaginar diferentes formas de cogérmela allí mismo.

El sitio era de ambiente por lo que tenía un solo baño, le dije que necesitaba ir allí y me respondió que pasaría a ayudarme, así lo hizo, me abrió el cierre de los pantalones, sacó mi pene, me aguantó mientras orinaba y luego me empezó a hacer la paja.

Mientras orinaba ella lo metió en su boca, en eso la seguridad tocó la puerta del baño, (me imagino que le extrañó ver 4 piernas), y tuvimos que salir antes de que nos sacaran.

Luego siguió el baile ya estaba muy excitado y estaba empezando a decirme cosas como que quería comerse mi pene, que la cogiera, mientras hizo un paréntesis para preguntarme mi edad yo le contesté que 21 me dijo ¡tienes la misma edad de mi hijo! Pero como que no le importó mucho.

Ella de vez en cuando metía la mano en mis interiores y en eso vi que en la puerta del fondo había otro ambiente de la discoteca en que la gente entraba, claro puros hombres…

Recuerden que era un bar de ambiente, como había un grupo de amigos, decidí que sería buena idea ir al otro ambiente para meter mano con más libertad. Resulta que el sitio estaba destinado para eso.

La cosa era un cuarto oscuro, la imagen no era del nada agradable, una orgía homosexual, entraba y salían hombres a tocar otros hombres, de todas formas el sito parecía propicio, me jaló por los pantalones y empezó a besarme, yo hice lo propio sobando su concha sobre el pantalón.

Siguió frenética y fue ella quien desabrochó mi pantalón para que saliera mi pene y empezó a acariciarlo, yo sin pensarlo desabotoné su apretado pantalón y con trabajo, los bajé, esto en plena oscuridad, aún de pie y con música que no viene al caso recordar.

Apenas su concha estuvo disponible procedí a empujársela, la pegué de la pared y la señora gritaba, me agarraba, me apretaba, yo chupaba sus tetas, en realidad le babeaba la camisa, pero Marta estaba excitadísima, me dice:

– Ayyyyyyy que rico, uffff, dame más…

Yo por supuesto le daba, me pidió que no le acabara adentro, cuando me estaba a punto de venir, se puso la verga en la boca, chupó y se tragó todo lo que salió de ella.

Luego de eso salimos, en la puerta nos estaba esperando un compañero que estaba haciendo el uso normal de ese cuarto oscuro y nos vio, me dijo que me vio, y eso no se hace…

Luego me enteré que el hecho había sido un espectáculo, varias de las personas de la fiesta habían entrado, me habían visto en acción, cosa que me llenó de un poquito de orgullo.

De Marta no supe nada más nunca, no me atrevía a preguntarle a Carlos y ella no fue más a ninguna fiesta, pero si me la encuentro en el camino, vuelvo y me la tiro, y esta vez no le perdono ese hermoso culito, redondito y respingón.

Comentarios, siempre respondo y estoy dispuesto.

Autor: Heperdidomialma

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A sangre fría

Me volví como si lo hiciera casualmente y pude notar que sus ojos estaban fijos en los míos como si me estuviera desafiando. Le sostuve la mirada y el muy cretino pareció que me miraba con total y absoluto desprecio. Eso era más de lo que podía soportar y mis ansias de asesinarlo se incrementaron al punto tal que sentí erizarse los pelos de mi nuca y la piel de mi cuerpo.

El día era insoportablemente caluroso, y el efecto invernadero se hacía sentir con demasiada intensidad para ignorarlo. La ignorancia y la insensible estupidez de aquellos que continuaban talando la selva amazónica con el pretexto de abrir caminos para la civilización estaban consiguiendo exactamente todo lo contrario y nos estaban destruyendo a todos.

Los gobiernos títeres del hemisferio sur continuaban demasiado inmersos en sus propios y pecuniarios interés para ocuparse de la ecología y ni siquiera pensaban en sus descendientes, ya que estos hijos y nietos de la corrupción ni siquiera tendrían oportunidad de poder disfrutar de tan mal habido dinero. Aquel día llevaba mi chaqueta en la mano, pues ya no soportaba su peso sobre mi cuerpo. Me desempeñaba en una repartición estatal, y no era bien visto que fuera a trabajar sin ella, aunque la temperatura rondara los 40 grados centígrados, algo que ni siquiera los vetustos equipos de aire acondicionado conseguían mitigar medianamente.

Cuando abrí la puerta del departamento me recibió la vaharada de calor sofocante. No podía quejarme, y si lo hacía para que alguien se apiadara de mí tampoco serviría de nada pues vivía sola. Aquellas que viven solas me van a comprender sin más explicaciones.

Dejé la chaqueta en el perchero y mientras me dirigía al dormitorio, tan minúsculo como el resto del departamento, me quité la blusa empapada en transpiración que se me pegaba al cuerpo.  Buscando un poco de aire abrí  la ventana que daba casi sobre la medianera del edificio vecino, un edificio un poco más viejo que el que yo habitaba, es decir con una antigüedad que rondaba siete décadas.  El reflejo del sol sobre la pared no alcanzó a deslumbrarme porque en el apuro por sacarme la ropa, aún conservaba puestos los anteojos de sol, unas gafas que habían conocido mejores  épocas y que tendrían que continuar desempeñando su función hasta tanto y cuanto pudiera reemplazarlas por algunas más modernas. Pero ahora eso podía esperar, tenía otras urgencias para cubrir y las gafas no representaban ninguna prioridad.

Terminada la aliviante tarea de desvestirme, acomodé la ropa que me tenía que volver a poner al otro día y enfilé hacia el cuarto de baño. Las cañerías comenzaron a dejar a escuchar su característico crujido cuando abrí las llaves del agua.  El chorrito marrón fue desapareciendo para dar paso a otro chorrito agonizante pero esa vez de agua limpia. Mientras aguardaba a que la bañera se llenara, tenía tiempo suficiente para prepararme un café y aproveché plenamente aquellos segundos de paz.

Volví con el jarro de café al baño, el agua había llegado a un nivel bastante aceptable. El agua parecía tan caliente como el resto del ambiente, pero unos segundos después comencé a sentir el alivio que tanto había buscado. La verdad que después de un día tan difícil como el que había pasado, necesitaba ese descanso como algo impensable. Dejé el jarro sobre el borde de la bañera y traté de relajarme, y después de unos minutos lo conseguí aunque a medias. El primer sorbo me supo a gloria y después de la primer pitada al cigarrillo me supo todavía mucho mejor.

Extendí el brazo izquierdo para encender la radio y la melodía de un programa de música tranquila inundó el ambiente. Todo parecía de maravillas y disfruté los siguientes minutos de mi tan preciada soledad, hasta que lo vi asomándose a la ventana.  El odio, uno tan recalcitrante que bastaba para encenderme la sangre a niveles insospechados hizo presa en mi. Traté de ignorarlo, pero sus ojos parecían fijos en los míos atento a cada uno de mis movimientos. Siempre odié a los mirones y ese era uno de los más persistentes.

Tomé otro sorbo de café mientras no dejaba de mirarlo de reojo, pero el muy desgraciado permanecía quieto tratando de pasar inadvertido. Sacudí la ceniza del cigarrillo y no me importó que me cayera sobre la pierna que el agua todavía no había alcanzado a cubrir. Me mordí los labios para no soltar el exabrupto que me merecía, no quería que él se diera cuenta de que yo sabía que estaba ahí como lo venía haciendo desde unos cuantos días antes.

Fingí que todo estaba bien y traté de tranquilizarme, aunque mi corazón latía cada vez más rápido y el pulso comenzaba  a  temblarme. Terminé el café casi atragantándome y le di una larga chupada al cigarrillo. La confrontación se acercaba y quería tener las manos completamente libres para enfrentarme con ese mirón que ya había llegado al límite de lo soportable. Por dos veces se me había escapado, pero ese día había estado practicando en la oficina y mis reflejos habían mejorado notablemente.

Estaba seguro de poder ganarle y si la fuerza no era un inconveniente, su astucia y su rapidez para desaparecer eran sus mejores armas.  Cualquier recoveco le servía para desaparecer y regresar cuando se le diera la gana, como si mi casa fuese la suya. Quizás era eso lo que más me enojaba, que se paseara por mi casa como si le perteneciera.  Como si él hubiese sido el que durante quince años hubiese hecho frente a las cuotas de la interminable hipoteca que había sacado cuando decidí irme a vivir sola. Y eso era lo que quería: vivir sola, sin que nadie estuviese mirándome cuando se le diera la gana como si mi voluntad no fuera nada que le importara, pero sabia que el momento de la confrontación final había llegado y me iba a esforzar por ser la triunfadora de la desigual contienda.

Traté de mantenerme relajada mientras lo observaba moverse, con la misma sigilosidad de un comando entrenado. No podía dejar de creer que ni siquiera se inmutaba, seguramente estaba preparado para ese tipo de cosas o tenia la cualidad innata para pasar desapercibido, aunque ya no para mi, pues había descubierto su juego, un juego infernal que cada vez me ponía mas nerviosa, pero seguramente a él no le importaba o si le importaba era para que yo me pusiera todavía más nerviosa.

A veces pensaba que disfrutaba haciendo lo que hacía pero a mi me ponía cada vez más loca, algo que a él parecía divertirle, pues aunque el ángulo no me resultaba favorable me parecía verlo sonreír. Maldito, pensé para mis adentros, ya te queda poco y estoy segura de que no te vas a reír nunca más. El enojo no me dejaba pensar con claridad, tanto que decidí hacer un poco de meditación para poder relajarme y actuar con la celeridad y la rapidez de reflejos que la situación imponía. Una situación que pensé que nunca iba a llegar.

Me volví como si lo hiciera casualmente y pude notar que sus ojos estaban fijos en los míos como si me estuviera desafiando. Le sostuve la mirada y el muy cretino pareció que me miraba con total y absoluto desprecio. Eso era más de lo que podía soportar y mis ansias de asesinarlo se incrementaron al punto tal que sentí erizarse los pelos de mi nuca y la piel de mi cuerpo.

Un movimiento mío pareció alertarlo y retrocedió sobre sus pasos, el maldito mirón parecía tener miedo pero solo fue una ilusión pasajera pues rápidamente recuperó el terreno perdido y creo que hasta se atrevió a acercarse un poco mas. Seguro que me consideraba una cobarde, algo que me ponía realmente frenética, mucho más cuando fui una de las pocas que había visto la muerte demasiado de cerca durante la guerra de Malvinas. Allí había terminado de familiarizarme con el uso de las armas y cuando había entrado al baño había llevado conmigo la que me parecía más efectiva para asegurarme el triunfo. Aquella era una lucha en la que no iba a dar ni pedir cuartel, al menos yo, él quizás tratara de escapar, pero no estaba dispuesto a tomar prisioneros, no me importa lo que dijera la convención de Ginebra al respecto. Era una lucha a muerte.

Tratando de que mis movimientos le resultaran naturales extendí el brazo por encima del borde de la bañera y lo dejé quieto allí un rato para que tomara confianza, me pareció que volvía a retroceder, pero un rayo de luz me impidió distinguirlo bien, parecía que tenía miedo y si titubeaba tendría más ventaja a mi favor. Lo dejé confiarse mientras me puse a cantar bajito para tratar de calmar mi ansiedad, que en ese momento ya era mucha, pero no podía permitirme que él lo supiera, si no perdería toda la ventaja. El sudor comenzaba a correrme por la cara, los ojos comenzaron a arderme mientras trataba de mantener fija la mirada perdida en un punto inexistente en el espacio, el sudor amenazaba con metérseme en los ojos pero no quería hacer el menor movimiento para no alentarlo sobre mis intenciones. Que en ese momento no podían ser otra que las peores.

Detestaba a los mirones y los acosadores, esa iba a ser mi manera de vengarme de todos los malditos mirones y acosadores del mundo entero. Después de lo que me pareció una eternidad las puntas de mis dedos alcanzaron a rozar el arma que había dejado junto a la toalla. El contacto rugoso me devolvió un poco de la confianza que había empezado a perder con el correr de los minutos, estiré un poco más la mano y el contacto se hizo tan intenso que un escalofrío me corrió por la espalda.

Estaba tan concentrada que me olvidé del calor, de la oficina, de lo rutinaria que se había vuelto mi vida durante los últimos meses. Quizás a partir de ese momento se produjera el cambio que tanto esperaba. Un nuevo camino parecía abrirse ante mi y no pensaba desaprovechar esa oportunidad esperada desde largo tiempo antes. Mientras mi mano se cerraba sobre el arma le eché un vistazo de reojo y vi que comenzaba a acercarse más confiadamente que de costumbre. No podía creer el desparpajo que mostraba, como si yo fuera una rival insignificante a la que se la podía despreciar a su antojo. Los dedos se me pusieron blancos cuando aferré mi arma, la furia asesina se había apoderado de mi y ya no había ninguna posibilidad de que diera marcha atrás. Es más, no quería hacerlo. Era su vida o la mía. Le eché una última ojeada y me pareció que en sus ojos se reflejó una gran dosis de sorpresa cuando de la nada apareció mi mano armada.

El chasquido sonó como un disparo de gran calibre y mi enemigo, el mirón empedernido y desvergonzado que había generado en mí un odio más que acérrimo pareció disolverse bajo el impacto de mi pantufla. La cucaracha estaba muerta y ya era hora de poder disfrutar de ese baño que tanto me merecía.

Autor: Oscar Salatino

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Los clientes

Tomé sus caderas e inicié una frenética embestida y salida, nos acompañamos. Jadeamos juntos, transpirando intensamente. Sentí llegar el final con espasmos conjuntos y sensación de calor intenso en nuestros sexos. Me vacié en ella, me desagoté a pleno y, aun con contracciones de ambos y sintiendo ordeñarse mi miembro, agitado, caí sobre su espalda. Un nuevo olor inundó el ambiente.

Mi escolaridad secundaria iba mal, faltaban pocos meses para terminar el bachillerato pero me llevaba casi todas las materias.

Papa, Cacho, enfermó en esos días y su buen negocio de viajante de repuestos requería que alguien lo atendiera. Empecé a hacerlo y me resultó fácil y agradable, aprendí rápido, me dejaba plata, viajaba, con lo que me volteaba minas en cada viaje sin dar explicaciones en casa.

Martin y Beba son unos buenos clientes. No quisieron llamarme por mi nombre, desde el principio me dijeron Cacho en homenaje a papá, que los había aconsejado, guardado ofertas y brindado créditos en sus comienzos hace unos 15 años.

Martin alto, fornido, rudo, alegre. Beba pelirroja, muy blanca de piel, juguetona y coqueta, con todas las cosas bien puestas: Tetas de ensueño, buenas caderas, grandes y firmes. Tenían dos hijos pequeños y un buen pasar.

Me atendían de lo mejor, y pagaban maravillosamente bien. Me invitaron a su casa de campo, no una, tres veces, hasta que me pareció se ofenderían. Tenía un pequeño temor a la coquetería de Beba. No podía perder estos clientes.

Un fin de semana. No puedo tanto, iré un sábado y volveré al atardecer. Iría desde mi casa a la de ellos en colectivo, más o menos una hora. Así lo hice. Llegué a eso de las 10 de la mañana. Martin y los chicos con la empleada se habían ido. Beba me esperaba para cargar y partir.

-Antes te muestro la casa.

Buena y bella casa a pocas cuadras del negocio. Amplia cocina, comedor, biblioteca. Al llegar al dormitorio me tomó de la mano.

-No querías venir, Cacho, ¿no? ¿A que tenías miedo?

Me besó en la boca. Miré para todos lados, asustado.

-Estamos solos. Si, picaron, vení para acá.

Me arrastró a la cama mientras mi miedo se transformaba en calentura. Se tendió de espaldas. Subió su falda, no tenía nada abajo.

-¿Viste que te estaba esperando?

Su concha era tan blanca como su rostro, sus pelos tanto o mas rojos. Me bajo los pantalones con ansiedad y me atrajo a ella. Caí sobre ella y mientras la besaba toqué su concha. Estaba húmeda y blanda.

-¿Viste, viste que la Beba te esperaba?

Nos penetramos con premura. Bombeamos apurados e incómodos, y sonó el teléfono. Martín le recordaba el juego de cuchillos y la máquina de fotos. Nos levantamos, estábamos mojados, mi erección había bajado, ella se bajóo la falda, me subí el pantalón, buscamos un par de bolsos y subimos a la camioneta. La cabina se aromatizó a sexo. Beba estaba radiante. Yo empezaba a asustarme de nuevo. Puso música, quiso que cantáramos. De repente se tiró a la banquina.
Saca una toallita higiénica de la guantera y ponémela, que estoy mojando el asiento con mis jugos.

Levanté la falda, ella levantó la cola, la puse lo mejor que pude, pero me excité enormemente que creí que iba a terminar. Ella lo notó y se acercó a besarme y agarrarme el bulto.

-¿Viste, viste que la Beba te esperaba?

Seguimos viaje, la calle estaba muy concurrida. Martin volvió a llamar que nos apuráramos. Llegamos, eran 15 kilómetros. Una bella finca con casa grande, jardines, un bosquecito a lo lejos; un quincho enfrente de  la cocina. Martin quiso abrir ya un vino. Beba paso entre ambos y me saco de la mano. Había visto dos caballos ensillados y fuimos en ellos al bosquecillo, galopando. Mi excitación subió al extremo.

Al llegar me mostró una casa de muñecas sobre un árbol antiguo, parecía grande, con una escalera de madera y sogas. Atamos los caballos y me arrastró a la escalera y a la casita. Todo se movía y hacía ruido. Parecía que podría caerse con nosotros. Beba se arrodilló sobre el piso acolchado, en cuatro patas. Ya estaba de pantalones. Se los bajó y puso toda su cola en mi cara. Su pelambre roja me excitaba, ahora vi el interior de su vulva, mojado, rojo vivo, sentí su calor y aroma.

-Pará que nos pueden ver. -Vení, que la Beba te espera.

Me arrodillé tras ella tratando a su vez de estar agachado y bajé mis pantalones. Apenas alcancé a penetrarla y mi erección cayó del susto.

-No puedo, volvamos, tengo mucho miedo.

En la casa ya estaba el vino abierto, el asado avanzado, pero Martin me mostró cada cuarto: El de ellos era enorme con cama con dinteles y escondido un espejo en el techo. Bebimos bromeando. Beba se abrazó a Martin y cruzaron frases de doble sentido, mientras se besaban. El aroma a sexo persistía. Almorzamos copiosamente, bebimos y conversamos. Al terminar Beba apuró a Martin: anda acostándote que ya voy. Me llevó al quincho en donde había dos dormitorios con baño, uno de la empleada. Cerré con llave y me acosté desnudo porque mi calzoncillo me daba asco, estaba acartonado y con fuerte olor a nuestros jugos. Me dormí en el acto.

Desperté acompañado. Beba me estaba haciendo una felación grandiosa.

-¿Por donde entraste? Tengo llaves. -¿Y tu marido? -Ahí está, no se portó tan bien…

Desnuda, se acomodó para un 69. Estaba mojada y olorosa de sexo, pero su clítoris sabía a mariscos frescos. Acaricié, mientras chupaba, su vulva hasta su culo. De allí salía un líquido aceitoso ¡con olor a limón! Penetré con un dedo; ¡estaba dilatado!. Eso y la chupada me excitaron terriblemente:

-¡Cuidado que termino!

Y así fue, toda la leche concentrada desde la mañana salió como manantial, gran parte fue a su boca, el resto al pecho y a la cama. Salio con toda la fuerza contenida por horas. Beba fue al baño a lavarse. Mi eyaculación no mató la erección. Mi calentura por su culo era enorme. Fui hasta el lavabo donde Beba se estaba limpiando y la tomé por atrás. No solo no se incomodó. Se acomodó para que accediera a ella. Apunté a su ano, y ingresé, con alguna dificultad pero casi todo mi glande. Suspiró, sin quejarse y me pidió seguir así, lentamente. Entré y salí con su ayuda y autorización.

-Señora, la busca el Sr. Martin.

Se oyó desde la cocina. Mi stress subió a mil. Beba terminó tranquila de higienizarse y se vistió (con la ropa que había dejado al pie de la cama). No logre volver a dormirme.

Me vestí y salí, esperando la muerte. Martin ya venía a buscarme.

-Vamos a tomar unos mates, que tengo que llevar los chicos a casa. -Nos vamos. -No, vos quédate, te lleva la Beba que tiene que hacer algunas cosas aun acá. Aprovecha el atardecer que acá es muy bello.

Nuevo rato de comentarios superficiales y amigables con masas y mate. Y la hora de irse.

-Llévate a María que prepare algo liviano.

Se fueron. El atardecer fue maravilloso, con cielos rojos, sentados en reposeras mirando al oeste, por momentos en silencio, por momentos de la mano, haciendo comentarios como dos enamorados, gozando el espectáculo y nuestra proximidad. Quise tocar su pecho y lo evadió. No quise arruinar el momento.

-Dime, ¿tu esposo sabe de tus locuras? -Son tres días nada más.

Tampoco quiso seguir, retornamos al silencio y a estar de la mano. Pense que eso era el amor. Al ponerse el sol me pidió pusiera música, que la buscara y ella ya venia. Pasaron unos minutos, ya era de noche. Reapareció de vestido largo, negro, con gran escote. Tenía un perfume dulce y suave. Me tomo para bailar, lo hicimos. Nos besamos suave y largamente. Cuando quise avanzar me frenó de nuevo.

-Tenemos la cena lista.

Había puesto la mesa en la cocina, con sahumerios, velas, un buen vino, que abrí yo. Cenamos frente a frente. Hablamos poco, gozamos el momento. Al terminar con el postre volvió a sacarme a bailar. Volvimos a hacerlo suavemente. Yo estaba ya recaliente. Revisó el cierre de las puertas.

Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Allí estaban dos velas aromáticas prendidas a cada lado de la gran cama. El espejo estaba a la vista. Se sentó y empezó a desnudarme. Al sentir su perfume me sentí más avergonzado de mi ropa sucia y olorosa a transpiración y sexo. No hizo caso. Me pidió la desvistiera, lo hice con lentitud descubriéndola y gozando de mirarla. Volvimos a bailar, suavemente pero ya desnudos. Mi miembro en su abdomen, sentía sus pechos con los pezones parados y su monte rojo. Besé y mordí su cuello.

Nos sentamos en la cama y seguimos acariciándonos y besándonos. Ella se tendió y me atrajo. Baje a su vulva y la bese, estaba remojada, enrojecida, hinchada, tensa. Localicé al clítoris caliente y mojado, lo bese y chupe. Ella suspiró, se agitó, me apretó la cabeza, sollozó. Nos quedamos quietos abrazados. Se recuperó y me atrajo sobre su cuerpo. La penetré.

Se acomodó y empezamos a movernos en profundidad, plenamente lubricados, aceitados, simultáneos. La armonía era total. Su rostro se arreboló, tenía los ojos entrecerrados. Nuestra agitación fue creciendo. Nuestra piel apretada se pegoteó con sudor mutuo. Se oía el gorgotear de nuestros movimientos.

El aroma a sexo fue reemplazando al perfume de velas y de su cuerpo. Su ritmo empezó a ser más rápido. Me pidió cambiar. Ella arriba, enhebrada, penetrada por si misma, bailando sobre mi cuerpo, acariciándome con sus manos, agachándose a que besara sus pechos, mojándonos mutuamente. La miré en el espejo, ella se echó para atrás para mejorar mi vista de sus pechos, de su rostro arrebolado, enrojecido sobre el blanco de su piel, de su ritmo de penetración. Puse mi dedo en su clítoris y lo seguí en su subir y bajar, en su entrar y salir con mi pene. Su agitación se transformó en temblor y sollozos.

-Ahí, ahí, siiii.

Y cayó sobre mi pecho gimiendo. La moví para que se pusiera boca abajo. Se puso como perrito. Me arrodillé tras ella y admiré su concha blanca enrojecida, tumefacta, con un olor intenso, extasiante a sexo, mojada y goteante con los vellos rojos pegoteados a su piel blanca. Tomé sus caderas con fuerza e inicié una frenética embestida y salida, nos acompañamos. Jadeamos juntos, transpirando intensamente.

Sentí llegar el final con espasmos conjuntos y sensación de calor intenso en nuestros sexos. Me vacié en ella, literalmente me desagoté a pleno y, aun con contracciones de ambos y sintiendo ordeñarse mi miembro, agitado, caí sobre su espalda. Un nuevo olor inundó el ambiente.

Beba me despertó no se cuanto después, ya no había velas y la casa estaba ordenada, pusimos a lavar las sábanas, cerramos todo y volvimos adormilados, me dejó en la estación.

Siguen siendo muy buenos clientes, discuten precios, a veces demoran unos días el cheque, pero compran y bien. Beba sigue coqueteándome y Martín con su simpatía. Siempre amenazan con volver a invitarme…  Mis miedos siempre son menos que los buenos recuerdos.

Autor: Fernando

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