Mi mujer y yo

Al bajarle el calzoncillo, saltó a la vista de todos su polla, estaba totalmente erecta, era mucho más grande que la mía, cuando mi mujer la vio, no dudó ni un momento, se cogió a ella como si nunca hubiese tenido una en sus manos. Miguel ya le acariciaba directamente el coño, mi mujer empezaba a gemir de placer sin dejar ni un momento su polla, para ella era la segunda que tocaba en la vida, hasta el momento sólo había tenido en sus manos la mía.

Quiero relataros una experiencia que tuvimos mi mujer Ana y yo. Nuestros amigos del alma son Juan y María, nos gusta salir, cenar juntos y pasar rato agradable, nuestra amistad viene por nuestras respectivas mujeres, que se conocieron en el trabajo. Lo que quiero contaros sucedió cuando en una de nuestras habituales cenas, invitamos a Miguel, un compañero de trabajo de ellas, que recientemente se había separado, por lo que sabía de él, que era poco, era un muchacho agradable, y de un buen físico.

Quedamos en casa de Juan y María para cenar este día, Miguel se presentó puntualmente, resultó que Juan ya lo conocía por haber coincidido en la escuela, pero de esto hacía muchos años. Después de estar un rato hablando un poco de todo, empezamos a cenar, Juan y Miguel recordaron cosas de su infancia, que nos hacían reír a los demás. La conversación no salía de los cánones normales, hasta que empezó a hablarnos de su ex- mujer, que resultó ser tan mala como cualquier ex que te ha dejado para irse con otro.

Intentamos animarlo entre todos, diciéndole que el mundo no se acaba en ella, que hay más mujeres, etc., pero la conversación entraba en puntos poco agradables. Acabamos de cenar, y después de los cafés y alguna que otra copa de licor, el ambiente fue mejorando, animándose más, y las penas de Miguel ya no le parecían tan penas. Así estábamos cuando Juan dijo:

-¿Pero qué problema tienes en encontrar otra mujer? -Bueno, no lo sé, en este momento casi ni me fijo en ellas.

Entonces Juan, poniéndose de pie pidió a Ana y a María que se colocaran también de pie, frente a Miguel, y dijo:

– Mira a estas dos preciosas mujeres, ¿no las encuentras atractivas? – Claro, dijo. – Pues dónde está el problema, mira a Ana, mira que pechos, señalándolos muy de cerca, mira que culo, haciendo que se diera una vuelta, ¿realmente no te gusta?  Ahora mira a María, ¿ves que cintura tiene?  ¿Y qué piernas?  ¿No te atrae? – Si, pero es que no me fijo, es como si estuviera asexuado. – No puede ser esto, dijo colocándose detrás de mi mujer, que lucía una preciosa blusa ancha y una falda que le llegaba a media rodilla.

Entonces cogió la blusa de mi mujer por los hombros, apartó las tiras hacia sus brazos, quedando descubierto todo su escote, se veía perfectamente el inicio de su sujetador, uno precioso turquesa. Juan le dijo:

-Viendo esto, ¿no te atrae? -No es que no me atraiga, respondió Miguel, Ana es muy guapa, pero no me atraen las mujeres ahora.

Mientras esto pasaba, mi mujer estaba inmóvil, sonriente, se dejaba mostrar sin decir nada, como si fuera un maniquí. Supongo que al ver la poca oposición por parte de mi mujer, y desde atrás como estaba, le arremangó la falda, hasta dejar sólo lo justo para que no se vieran sus bragas, diciendo:

– Mira que bonitas piernas, si a mí me enseñaran esto me costaría no tirarme encima de ella. Entonces soltó la falda de mi mujer, y se dirigió a María, por detrás le cogió los pechos, ella tampoco se inmutaba, diciendo: – Que pechos tiene también, firmes y unos pezones que noto duros, después colocó la mano por debajo de la falda que también lucía María, hasta llegar a su coño y dijo: – Ves, a ella si le atraes, tiene húmedo el coñito.

Las dos mujeres estaban risueñas, y quietas como estacas, seguro que les gustaba ser así mostradas. Yo no sabía hasta donde seguiría Juan, pero a mí no me importaba, la escena me excitaba. Juan se colocó detrás de mi mujer, ella seguía con la blusa con las tiras bajadas mostrando gran parte del sujetador, muy suavemente, sin decir nada, bajó más la blusa, hasta dejar sus pechos ocultos sólo por el sujetador, se veía claramente como sus pezones estaban duros, ya que la ropa no podía ocultar la forma, Juan dijo:

– Ves que bonitos pechos tiene tu compañera de trabajo, acércate y míralos mejor. Miguel se acercó, no había ni dos palmos de separación entre él y mi mujer. – Míralos bien, ves que bonitos son, mira los pezones, están erectos, esto es que le gustas. Miguel no sacaba los ojos de ellos, Juan procedió a sacarle la blusa por la cabeza, mi mujer se dejaba como si fuera lo más normal del mundo. Después dijo: – Así te gustará más.

Y diciendo esto veo que pone las manos en los corchetes del sujetador, y se lo desabrocha, mi mujer seguía igual, no decía nada, casi ni se movía. Yo estaba asustado, pero excitado, nunca antes había mostrado a mi mujer así a nadie, y ahora era Juan quien lo hacía, pensaba que podía mostrar a su mujer, pero no, era la mía. Dejó caer el sujetador, los pechos de mi mujer quedaron a la vista de Miguel y de todos.

– Ves que pechos tan bonitos tiene, yo tampoco los había visto nunca, pero son preciosos.

Le cogió la mano, y la acercó a un pecho, Miguel lo acarició suavemente, después acercó también la otra mano, estaba acariciando los pechos de mi mujer, desnuda de cintura para arriba, ella le gustaba, la expresión de su cara era de placer, por lo que yo sabía había sido hasta el momento el único hombre que se los había tocado. Mientras esto sucedía, Juan desabrochó la falda de mi mujer, cayendo sola al suelo, mi mujer la apartó con los pies, quedó sólo con las braguitas de conjunto, Miguel empezó a abrazarla, mi mujer se dejaba, su mano se acercaba al culo, que evidentemente y ante la inmutabilidad de mi mujer, acabó por tocar por encima de las bragas.

Juan procedió a bajar también las bragas de mi mujer, ella hizo lo mismo que con la falda, lanzándolas al aire fueron a parar a mi mano. Mi mujer empezó a actuar ella, le acarició el paquete por encima del pantalón, María se colocó detrás de Miguel y le desabrochó primero la camisa, sacándosela mientras no dejaba de acariciar los pechos, el culo y el vello púbico de mi mujer, después le desabrochó los pantalones, dejándolo sólo en calzoncillos, que cuando acabó también se los bajó, saltó a la vista de todos su polla, estaba totalmente erecta, era mucho más grande que la mía, cuando mi mujer la vio, no dudó ni un momento, se cogió a ella como si nunca hubiese tenido una en sus manos.

Miguel ya le acariciaba directamente el coño, mi mujer empezaba a gemir de placer sin dejar ni un momento su polla, para ella era la segunda que tocaba en la vida, hasta el momento sólo había tenido en sus manos la mía. María, en vistas de lo que avanzaban los acontecimientos, se acercó a mí, y me dijo:

– Miguel quiere follarse a tu mujer, y ella también quiere, los acompañaré a nuestra habitación, allá estarán mejor.

Acercándose a ellos, les dijo que le siguieran hasta la habitación, ambos desnudos como estaban, pero sin dejar de cogerse, entraron en ella, cerrando la puerta, regresando María.

– A Miguel esto le convenía, ¿no viste lo mal que estaba?, me dijo María. – Quizás sí, pero ¿por qué con Ana?, respondí. – Bueno, las cosas han salido así, qué más quieres, ella se lo pasará bien, y hará una buena obra. – Y yo cornudo. – Mira, yo sabía que Ana no había conocido otro hombre que no fueras tú, esto le irá muy bien, todas las mujeres tenemos que probar a más de un hombre en la vida, ¿le negarás este derecho? – Pero ella nunca me había dicho nada. – Claro que no, esto no se dice, esto se nota, y un marido esto no lo nota nunca.- Quizás sea verdad, a ella le iría bien tener otras experiencias, pero ¿a mí me irá bien ser un cornudo?

– Los cuernos son como los dientes, primero duelen, pero después ayudan a comer. – Y a ti, Juan, ¿qué opinarías si tu mujer te pusiera los cuernos? – No lo sé, pero si es para una buena obra. – ¿Y si yo me follo a tu mujer? – Tú no estás desesperado como Miguel, él lo necesita. – ¿Y por qué no me pedisteis permiso? – ¿A ti?, respondieron ambos a la vez, es a ella a quien teníamos que pedírselo, dijo Juan.

– ¿Y lo hicisteis? – Claro, respondió María, con ella lo planeamos todo, los únicos que no sabíais nada erais Miguel y tú. – Vaya, ¿Ana dijo que si? – No, me respondió María, Ana lo propuso, nosotros sólo seguíamos lo que ella nos dijo que hiciéramos, incluso el de comentarte esto ahora. – ¿Y ella no pensaba que podía oponerme? – Sí, claro, era un riesgo.

Autor: fui cornudo

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