Ángela.

Aquella tarde había quedado como tantas otras veces con un grupo de amigos, todos interesados en el BDSM, para charlar, tomar un par de cervezas y reírnos un rato, nada realmente apasionante. Aquella tarde vino Ángela, una chica sumisa que no conocía, era de pelo castaño, nariz respingona y unos ojos que denotaban simpatía y desparpajo. Pasamos la tarde entre risas y no se como ella y yo congeniamos, nos caímos simpáticos. Cuando llegó la hora de despedirnos, ambos nos quedamos con ganas de más. Pero ninguno de los dos teníamos tiempo para más.

Al dia siguiente, decidí invitarla a casa a cenar, sería la ocasión de seducirla y hacerla mía, así que quedamos a las 21:00 horas en mi casa.

Justo a las 21:00 horas en punto, sonó el timbre de mi casa, abrí la puerta y cuando la vi, me quedé sorprendidísimo, Ángela  venía espectacular, su pelo perfectamente peinado sobre sus hombros, un vestido negro a medio muslo con escote palabra de honor, y unos stiletto rojos con un tacón que mínimo median 10 cm.

La hice pasar, y serví un par de copas de un buen vino, para tomarlas mientras se hacia la cena, las cuales bebimos entre charla, risas y miradas cómplices, los dos sabíamos cual era el fin último de aquella cena… Pasamos a la mesa y empezamos a cenar un rico solomillo con salsa roquefort, regado con el mismo vino que habíamos tomado antes de la cena. En ese momento, metí mi mano por debajo de la mesa y empece a acariciar uno de sus muslos, y entre el tacto de sus medias, y el de la seda del vestido, empece a calentarme ya en demasía. Ella sonreía y se dejaba hacer, lo cual me ponía mas caliente todavía. Cuando terminamos de cenar, yo ya no podía más, así que me levanté, ella me imitó, y la cogí de su pelo, estirando fuertemente de el

— ¿Vas a ser una putita buena y me vas a hacer caso verdad?

— Si, soy suya para lo que necesite– contestó.

Entonces la llevé al medio del salón, donde la puse con las piernas abiertas y los brazos en cruz, a que esperase (me encanta hacer esperar a las sumisas, cuando ya saben por donde van los derroteros, hace que se calienten muchísimo más, pensando en lo que vendrá a continuación). Mientras tanto, fui al baño, y me di una larga y relajante ducha, excitado por lo que tenía en el salón. Cuando volví al salón lo hice desnudo y con mi verga totalmente erecta de lo cachondísimo que estaba.

Me pare justo detrás suya, y rodeándola, agarré sus pechos por encima del vestido mientras le echaba el aliento en su nuca. Noté como se le erizaba el vello. Poco a poco y en completo silencio le iba bajando la cremallera de su vestido. Cuando terminé, y sin permitir que ella bajara los brazos, que ya le debían doler bastante de mantenerlos en cruz tanto tiempo, le di una vuelta completa admirando tanto las curvas y la voluptuosidad de su cuerpo como la increíble lencería roja (tanga y sujetador a juego) de raso y encaje que llevaba, era realmente una mujer espectacular.

Mientras iba al dormitorio a por un vibrador y otros juguetitos para jugar con ella, le dije que fuese quitándose el sujetador y el tanga, y se tumbase en el sofá. Cuando volví estaba tumbada en el sofá, solo con las medias puestas, se había quitado los zapatos. La mire fijamente con mirada severa, ella me miró con miedo, sabiendo que algo había hecho mal. Cogiéndola del pelo y con voz autoritaria, pero sin gritar, le dije: –Eres una zorra mala, levanta puta. La levanté y la obligué a apoyar las manos en la pared y bajarlas hasta que su cuerpo quedó paralelo al suelo, así tendría el culo bien hacia afuera y tendría buen acceso a él.

Volví al dormitorio a por mi fusta la cual iba a usar por primera vez, llegué al dormitorio, fusta en mano, le pregunte: — A ver zorra, dime un numero del 20 al 40, vas a ser castigada, una buena puta no se quita nunca los tacones, ni siquiera para el sexo. — Si señor, no volverá a pasar– contestó. — El 25 señor.
— Vale, empieza a contar, y no te equivoques, porque si no, volveré a empezar.

Empece a descargar fustazos en su culo, variando en intensidad, y en ritmo. 1… 2… 3… 4… iba diciendo Ángela, cada vez mas dolorida, pero a la vez mas excitada, estaba demostrándome lo buena sumisa que es, le dolía, si, y sufría, si, pero ese dolor y ese sufrimiento le excitaba, y eso se notaba. 12… 13… 14… a Ángela cada vez le costaba más seguir la cuenta y entre fustazo y  fustazo se le escapaba algún gemido. En ese momento le acaricie el coño, ante lo cual ella reaccionó con un gemido en toda regla, estaba chorreando, estaba disfrutando de su castigo, de su sufrimiento… Que gran Sumisa era… 23… 24… 25… justo después del   ultimo fustazo, estalló en un gran orgasmo que la dejo temblando.

Después, la abracé, la tranquilicé, bese sus preciosos labios y le dije que me había encantado, que lo había hecho genial. Entonces la arrodillé suavemente, y hice que me la chupara, hasta que me corrí en su boca, y se lo tragó todito. Había sido una mamada espectacular. Que hembra, dios mio, que hembra!!!

Volví a abrazarla y le pregunté:

— ¿Qué Ángela, te animas a ser mi sumisa?

— Por supuesto contestó.

Me gusta / No me gusta

La apuesta

Se sentó sobre mí y comenzó a follarme muy, muy lentamente. En aquel momento todo estalló, una corriente eléctrica salió de mis testículos, pasó por todo mi cuerpo y empecé a dar espasmos cuando mi semen empezó a salir disparado como nunca lo había hecho.

Fue una apuesta estúpida, hay que reconocerlo. Mi novia y yo llevábamos saliendo algo más de un año. A menudo practicábamos pequeños “juegos sexuales” en los que generalmente yo llevaba la voz cantante y ella tenía un papel más “sumiso”: la vestía provocativamente, la ataba… vamos, tampoco nada del otro mundo.

Aquella noche habíamos salido a cenar y habíamos tomado un par de copas. No sé muy bien cómo, nos encontramos discutiendo: yo le decía que no era lo suficientemente atrevida, que no tenía la suficiente malicia, para llevar la iniciativa en nuestros “juegos”. Y entonces fue cuando hicimos la estúpida apuesta. Ella se picó, y me apostó que si era capaz de idear una situación y sorprenderme lo suficiente entonces yo sería su esclavo durante un año. Y además yo sería el único juez de si lo había conseguido o no. Entre risas le dije que de acuerdo y no me volví a acordar del tema.

Al cabo de un par de semanas le llamé para hacer planes para el fin de semana, y me dijo que ese fin de semana iba a ser la apuesta que habíamos hecho. Yo, un poco cortado -ya ni me acordaba-, le dije que de acuerdo, y quedamos el viernes a las 7 en su casa. Llegué puntual. Ella estaba vestida con unos pantalones de chándal y una camiseta vieja de andar por casa. Me llevó a su cuarto y me dijo que me desnudara y me tumbara boca arriba en la cama. Se acercó, me cogió la mano izquierda y llevándosela hacia una punta de la cama la ¡esposó!; después repitió lo mismo con la mano derecha, y después me esposó de igual modo los dos pies. Yo no sabía de dónde habían salido esas esposas, nunca las habíamos utilizado. Me miró y preguntó: “¿sorprendido?, pues te esperan muchas otras sorpresas”, entonces se giró y se marchó de la habitación. No me podía levantar; estaba completamente esposado y sólo podía mover un poco la cadera. Esperé mucho tiempo, no sé cuánto, pero estaba totalmente excitado.

Finalmente, se abrió la puerta y ella entró. Vestía un traje de lycra, negro y muy ajustado, que la cubría hasta los hombros, dejando sus pechos fuera. Calzaba unas botas negras con mucho tacón y llevaba guantes negros. Iba maquillada con tonos también oscuros; estaba espectacular, y sólo de verla allí de pie me excité aún más. En la mano derecha llevaba algo que me pareció –y pronto pude comprobar que tenía razón- una mordaza con una bola. Se puso delante de mí y sonrió (sonrió de una manera “diferente”), levantó la mordaza y me la puso en la boca, obligándome a abrirla al máximo, y atándola por detrás de mi cabeza de modo que no podía quitármela.

Entonces se puso a dar vueltas alrededor de la cama mirándome la polla; se detuvo y se dirigió a un armario, lo abrió y sacó una gran bolsa dentro de la que había numerosos objetos. Se acercó a mí, cogió de la bolsa una tira de cuero con un collar en una punta, que me colocó en el cuello, y otro collar más pequeño en la otra punta que me pasó alrededor de los huevos y lo ciñó apretado. Yo tenía que mantenerme en una posición muy incómoda: además de la boca abierta a tope, debía erguirme y tratar de mantener el cuello echado hacia adelante, porque si me movía, tiraba de la cinta de cuero. Pero, sin embargo, estaba cada vez más cachondo.

De la bolsa sacó una fusta y me la pasó por todo el cuerpo; los brazos, el vientre, el interior de las piernas… dándome golpes ni muy fuertes ni muy suaves que me ponían a cien. En ese momento, yo babeaba por el efecto de tener la boca abierta, mientras gemía de placer como un loco y pensaba que no iba a aguantar más. Entonces paró, cogió un cojín y me lo puso debajo del culo, haciendo que levantara las caderas, tirara de la cinta y mi polla quedara aún más empinada, con lo que tuve que erguirme todo lo que pude.

Se levantó, se dirigió a la bolsa y cogió unas cintas de cuero, con las que empezó a atarme a la cama: los codos, los hombros, las rodillas… cuando acabó no me podía mover ni un centímetro. Empezó a masajearme los huevos con la punta de los dedos, tirando del vello rizado; mi polla alcanzaba una erección como nunca había visto. Ciñó más fuerte la correa que tenía a los huevos y éstos aumentaron de tamaño hinchándose. Notaba como mis jadeos, mezcla de placer y de dolor, la excitaban sobremanera.

Se acercó a mi cabeza, me soltó la correa atada al cuello, me quitó la mordaza, abrió una cremallera que tenía el traje a la altura del coño, se sentó en mi cara y me ordenó que se lo chupara. Saqué mi lengua y empecé a moverla circularmente, arriba y abajo, a derecha e izquierda, y ella gritaba que fuera más rápido, mientras tiraba de la correa que me había atado a los huevos. Daba botes encima de mi cara mientras yo le lamía el clítoris. Iba a correrme y se lo dije, le pedí que siguiera, que no parara; entonces paró y se levantó. Yo estaba a cien: hubiera dado cualquier cosa por poder correrme. Entre jadeos empecé a ¡suplicarle! que me soltara, que me dejara correrme, que no aguantaba más. Ella estaba buscando algo en la bolsa y me gritó que me callara o que si no me iba a dejar así atado toda la noche.

Finalmente sacó algo de la bolsa. Se sentó sobre mí y, con una sonrisa perversa me enseñó lo que era: un par de pinzas metálicas. Sin dejar de sonreír, me las colocó en los pezones, y para mi sorpresa no dolían demasiado, eran sólo una molestia. Entonces se puso a horcajadas sobre mí y se agachó de forma que con la boca yo llegaba a sus tetas. Me ordenó que le lamiera los pezones, y mientras yo lo hacía ávidamente, comenzó a moverse adelante y atrás de modo que con su vientre rozaba y movía las pinzas que yo tenía colocadas. Primero se convirtieron en una molestia considerable, después pasaron a ser un dolor sordo y, finalmente, con cada pasada que hacía recibía una punzada de dolor; pero ¡de lo excitado que estaba, no podía dejar de chuparle las tetas a pesar del dolor. Al final, tuve que parar; se irguió, me miró y se rió. Yo tenía ganas de llorar por el dolor, pero, al mismo tiempo, notaba que estaba a punto de correrme, y ella sabía todo lo que pasaba por mi cabeza, ¡me tenía totalmente bajo su control!

Me puso una venda en los ojos mientras seguía encima de mí y noté como se masturbaba mientras yo le suplicaba llorando que me dejara correrme, pero sólo se reía, mis súplicas eran lo que más la excitaba. Cuando se corrió se levantó y salió, y yo me quedé allí totalmente inmovilizado y pensando qué es lo que vendría después… Al cabo de un rato noté como me sacaba las esposas de los pies y me desataba los tobillos. Me levantó las piernas, las abrió y continuó bajándolas para atarlas en la cabecera de la cama. Me encontraba retorcido de manera que la punta de mi polla tocaba mi boca. Cogió la fusta y empezó a azotarme con bastante fuerza en el culo; podía notar como mi polla daba espasmos con cada azote. A cada golpe me excitaba más y gemía como nunca lo había hecho, lo que le ponía cachonda a ella. Estaba a punto de correrme y paró, riéndose otra vez; era como si supiera en todo momento cuando llegaba yo al límite y entonces paraba…

Oí como sacaba algo de la bolsa, se acercó y noté como me destapaba de los pies y los esposaba entre ellos. Me puso una correa atada a los testículos y me desposó las manos de la cama para esposármelas en la espalda. Me levantó de la cama y tirando de la correa, me hizo ir, dando saltitos por toda la habitación, hasta una silla donde me ató fuertemente pasando una cuerda por todo mi cuerpo; tenía las manos detrás del respaldo. Entonces tiró de la correa y mi polla dio un brinco; oí como cogía la fusta y noté como le daba suaves azotes. Conseguí una erección increíble, mis huevos estaban hinchados como un globo y mi polla temblaba de espasmos musculares; ya no podía más, iba a correrme.

Entonces se paró y me quitó la venda: mi polla estaba roja como un tomate, nunca había conseguido una erección semejante. Cogió unos cordeles y ató dos de ellos uno a cada testículo y luego a las patas de la silla, separándolos e hinchándolos aún más; el tercero lo ató fuertemente a la base de la polla. Se sentó a horcajadas encima de mí y comenzó a follarme dando fuertes saltos sobre mi polla; al cabo de un breve rato se corrió. Sin embargo, no paró y siguió follándome si cabe aún más rápido. Yo estaba a cien, sin embargo, el cordel que tenía atado en la base de la polla no dejaba que me corriera. Pasados unos 10 minutos se volvió a correr y se levantó.

Se quedó de pie enfrente de mí, observándome con una mirada lasciva y una sonrisa en la boca mientras se acariciaba los pechos. Sin parar de acariciarse me dijo: “Durante estas semanas, mientras preparaba esta demostración, he estado leyendo mucho e informándome sobre el tema; cuanto más leía más cachonda me ponía al pensar en lo que te iba a hacer. Pero hoy, al verte totalmente a mi merced ha sido todavía mejor; he descubierto que me encanta dominarte y maltratarte, nunca había estado tan excitada. A pesar de las veces que me he corrido sigo todavía húmeda. Ahora te voy a dejar pensando en la respuesta que me vas a dar sobre quién ha ganado la apuesta: sólo si aceptas que has perdido dejaré que te corras,  pero entonces quiero que sepas que durante el año que viene vas a ser mi esclavo total, vas a obedecer en todo –entre otras cosas vas a pagar de tu bolsillo todos los juguetes que compre, como este vestido, que no es barato- y te voy a tratar aún peor que hoy… aunque creo que eso te gusta”. Y dicho esto se fue de la habitación.

¡Me dejó allí atado! Yo sólo podía jadear de placer, mi respiración era acelerada, ya ni sentía ni las cuerdas que me ataban ni las pinzas que tenía en los pezones, estaba allí solo a punto de tener el mejor orgasmo de mi vida, pero no llegaba, a ratos creía que me iba a desmayar. Al cabo de una media hora volvió a entrar en la habitación y se quedó delante de mí mirándome fijamente. Entonces le supliqué que me dejara correrme, que reconocía que había perdido. Sin decir palabra desató los cordeles que tenía atados en la polla y se empezó a desnudar lentamente mientras yo la observaba. Cuando terminó, se sentó sobre mí y comenzó a follarme muy, muy lentamente. En aquel momento todo estalló, una corriente eléctrica salió de mis testículos, pasó por todo mi cuerpo y empecé a dar espasmos cuando mi semen empezó a salir disparado como nunca lo había hecho.

Me corrí como nunca había imaginado con espasmos que duraron más de diez segundos. Fue maravilloso… ahora soy su esclavo…

Se agradecen comentarios.

Autor: javier_zxy

Me gusta / No me gusta

Mariposas en el estómago

Que placer sentir por fin una corrida de mi Amo dentro de mi, yo iba a estallar y le pedí permiso para correrme, no me lo dio, entonces agarré su polla y la metí en mi coño, empecé a moverme, quería que me la metiera hasta lo más profundo y se corrió de nuevo, esta vez dentro de mi coño, yo le volví a pedir permiso y esta vez me lo dio y estallé en un orgasmo inolvidable.

Las mariposas en mi estómago no paraban de revolotear. Hoy era el día. Después de varios meses de entrega, de doma, de deseo, de pasión, de largas conversaciones tan excitantes como tiernas, de tantas órdenes obedecidas, tantas desobedecidas, tantos castigos aplicados y aceptados con humildad, a través del teléfono, de Internet…, hoy por fin, iba a encontrarme con mi Amo.

Tocaba nerviosa el collar que él me impuso como señal de sumisión, de propiedad, mientras elegía la ropa que me pondría para recibirle. Quería estar preciosa, apetecible y accesible para mi Amo…Me decidí por una falda, no demasiado corta y una blusa…no llevaba ropa interior, ni tanga ni sujetador. Mi sexo estaba completamente rasurado y mis pezones duros y preparados para recibirle. La primera vez que hablamos él me pidió que lo recibiera así. Hace ya bastante tiempo, pero las palabras de mi Amo, sus peticiones, sus órdenes, se me graban a fuego…

En la sala del aeropuerto mis nervios eran cada vez mayores…¿como debía actuar? Debería abrazarle y besarle…o bien era más propio de una sumisa esperar la señal de su Amo…por otro lado a él le gusta que me comporte como una puta a veces…como su puta. Esos pensamientos hacían que mi sexo se mojara, desde que me hizo suya, el solo recuerdo de mi Amo, de su nombre, de su voz, de su contundencia, de su dureza, de su ternura, me pone tremendamente caliente. Sentirme suya, un objeto de su posesión, a su merced, su perra…es una dulce sensación que me hace desearlo, entregarle mi cuerpo y mi alma…Sumida en esos pensamientos me encontraba cuando lo noté…un dedo recorrió mi espalda…su mano me agarró contundente, por la cintura y me acercó a él…mi culo quedó apoyado en su sexo, que sentí duro…No podía ni moverme, estaba paralizada por los nervios y la excitación…Con la otra mano apartó mi pelo y me dio un suave beso en la nuca. Eso me hizo derretirme, me giré, clavé mis ojos en los suyos y él clavó su lengua en mi boca…fundiéndonos en nuestro primer beso.

Yo hacía de anfitriona, así que elegí el mejor restaurante de la ciudad, con una hermosa terraza y música ambiental. Estuvimos hablando mucho rato, de todo un poco, de nuestra vida, de nuestros deseos, me hacía reír…Pedimos una botella de Castillo de Clavijo Gran Reserva, y mientras el camarero la abría, mi Amo metió su mano por debajo de mi falda y empezó a acariciar mi coño. Yo me ruboricé, él hablaba con el camarero como si nada, y yo me moría de vergüenza ya que el camarero me miraba, creo que se deba cuenta de lo que pasaba…mi Amo permanecía impasible, mientras seguía acariciando mi sexo, introduciendo sus dedos en mi agujero, yo estaba chorreando, muy caliente, mis pezones estaban duros y tiesos, el camarero me miraba con una mezcla de deseo y confusión, y yo mismo estaba confundida, por una parte estaba completamente avergonzada y por otro caliente como una perra…Una vez que el camarero se fue mi Amo tiró de mi y me dijo al oído que le encanta que sea una perra obediente…eso me encantó, porque fue una reconocimiento por su parte y porque significaba que también recordaba nuestras conversaciones…

Después llegamos a mi casa…yo iba pensando en como se desarrollarían los cosas, pero Él ya lo tenía todo pensado…Empezó a desnudarme, al principio muy despacio…sentir sus manos, su respiración cerca de mi, como tantas veces había imaginado…mi coño iba a estallar de excitación, todo mi cuerpo se estremecía con sus roces, pero aún faltaba mucho para correrme…Cuando me tuvo desnuda, vendó mis ojos, y agarrándome del pelo me puso de rodillas frente a él, yo, sin poder ver, buscaba ansiosa su polla, con mi boca, con mi lengua, y cuando la encontré él me la metió de golpe, hasta dentro, me permitió tener su polla dura y palpitante dentro de mi boca, a la entrada de mi garganta, yo no podía dejar mi lengua quieta, había deseado lamer esa polla tanto…después la sacó y sin permitirme ponerme de pie, de rodillas, me puso un collar de perra y me arrastró hasta la cama. Una vez allí, me ató en cruz, cada tobillo a una esquina de la cama e hizo lo mismo con mis manos…mis piernas estaban abiertas, era imposible cerrarlas, y mi coño y mi culo estaban absolutamente expuestos a su merced, como todo mi cuerpo.

Sabía que a mi Amo le encanta aplicarme dolor, por lo que estaba preparada para recibir los castigos y vejaciones que a Él le vinieran en gana. Primero examinó mi cuerpo, sobó mis tetas, abrió mis agujeros, mi coño, mi culo, los forzó para ver hasta donde podía llegar su puta…entonces dejó de tocarme yo no veía nada, pero al instante empecé a sentir como cera ardiendo caía sobre mis pezones, el dolor era cada vez más, y comenzó a derramar cera sobre mis labios vaginales y en mi esfínter…Pellizcó mis pezones doloridos y los retorció como si fuera a arrancarlos…cogió una fusta y se dedicó a quitar la cera seca de todo mi cuerpo a latigazos…se esmeró, para que no quedara ni una gota…El dolor era insoportable, así como mi estado de excitación…que estaba en 25…

A esas alturas mis sentidos estaban corrompidos y ya no distinguía el placer del dolor…me desató y me puso a cuatro patas, poniendo una barra entre mis piernas para que no pudiera juntarlas. Empezó a lamer mi culo para lubricarlo, aunque ya estaba bien mojado, y cuando menos me lo esperaba clavó de un golpe su polla en mi culo, y empezó a bombear, diciéndome sin parar lo puta y lo perra que soy. La sacó y yo pensaba, ilusa, que el dolor iba a parar, pero nada más lejos.

Comenzó a azotarme con la fusta el culo, haciéndome llorar de dolor, yo le suplicaba que me azotara con su mano, quería sentir su piel, pero se hartó de mis suplicas y me amordazó para que me callara. Siguió azotando mi culo hasta marcarlo, y después lo frotó con sal, para aumentar el dolor. Cogió dos pares de pinzas unidas con cadenas, y me puso dos en los pezones y otras dos en los labios vaginales. Volvió a penetrar mi culo, mientras tiraba fuerte de las pinzas. Mis sollozos, mis quejidos, eran absorbidos por mi mordaza, siguió follando mi culo hasta que por fin sentí como lo inundaba de su leche…mmmm que placer sentir por fin, una corrida de mi Amo dentro de mi. Entonces besó mi espalda, la llenó de besos, me desató y limpió mis lágrimas…aplicó alcohol y crema en mis heridas para aliviarme y me abrazó…me sentí plena en aquel momento.

Le besé y él acarició mi sexo con mucho cuidado, yo iba a estallar y le pedí permiso para correrme…no me lo dio y casi me alegré porque entonces agarré su polla y la metí en mi coño, empecé a moverme, a ponerme muy cerca de él, quería que me la metiera hasta lo más profundo…y se corrió de nuevo, esta vez dentro de mi coño…yo le volví a pedir permiso y esta vez me lo dio y estallé en un orgasmo inolvidable…La noche no se acabó ahí, pero esa es otra historia…

Gracias mi querido amo por hacerme tuya, por haber tomado posesión de esta tu sumisa, por enseñarme cada día a complacerte… ¡Te adoro!

Autora: Lola sumisa

Me gusta / No me gusta

Estudiante de fisioterapia I

Cuando le había dejado sus glúteos al rojo vivo la dio la vuelta y empezó a azotar simultáneamente su coño y sus pezones. Ella ya no tenía fuerza ni para llorar así que se dejó hacer. No mucho más tarde él empezó a follarle la boca a la vez que estrujaba los pezones de la chica. Cuando notó que se corría sacó el pene de su boca y lo la roció todo el cuerpo. Cuando finalizó se sentó exhausto en su silla.

Sala de profesores.

La carrera de fisioterapia no era fácil, requería ser constante, trabajador, practicar mucho,… pero a la vez te daba grandes conocimientos anatómicos de como utilizar las manos y otras partes del cuerpo…

Lucía empezaba la universidad con 18 años, era una chica tímida y acababa de llegar a un sitio donde no conocía a nadie. Lo peor que le podía pasar aquel primer día fue llegar tarde y entrar con la clase ya empezada por lo que todo el mundo la miraba y se sintió cohibida.

Era una chica de estatura media, 1’68, no era una sílfide pero tenía el cuerpo bien formado y con todo en su sitio. No tenía las típicas medidas perfecta 90 – 60 – 90 sino que de cadera tenía 94, 66 de cintura y, uno de sus atributos corporales más llamativos, era su pecho con una 110. Todo ello adornado por su cara fina de ojos grises y labios carnosos junto a su larga melena castaña.

Tenía buen cuerpo pero nunca lo mostraba, le gustaba pasar inadvertida y vestía con ropa holgada que disimulase sus curvas. Además, tampoco sacaba partido de sus ojos ni moldeaba su pelo.

El curso iba progresando e iba conociendo a compañeros, abriéndose un poco a los demás,… pero eso no la preparó para el primer día de prácticas donde debían despojarse de la ropa quedando en sujetador. Tuvo suerte pues se ofreció una chica como voluntaria pero nadie la iba a librar de ese mes de prácticas en el cual a la fuerza debería hacerlo.

A marchas forzadas iba perdiendo la vergüenza y fue pasando el curso, con lo cual llegaron los exámenes. No le fueron muy bien pero quiso pensar que era la novedad y en el 2º semestre todo iría mejor.

Junto a sus compañeras y con un poco menos de vergüenza fueron dejando su sitio en las filas posteriores de la clase para mudarse a las primeras filas.

Todo iba bien excepto en una clase donde el profesor la ignoraba. No era un pensamiento fortuito ya que lo había sentido anteriormente en la revisión del examen. Quería pensar que eran alucinaciones suyas pero lo comprobó día tras día cuando la ignoraba, no le contestaba las preguntas… Aquello se fue convirtiendo en una obsesión, no lo entendía y le creaba una sensación incómoda.

Llegó hasta tal punto que un buen día se presentó en la sala de profesores, sabiendo que él se encontraba allí a solas, para hablar con él sobre la situación. Ella le expuso el tema pero él ni la miró a la cara, únicamente cuando acabó le indicó en un tono autoritario que le recogiera el bolígrafo del suelo. Ella, atónita sin saber qué decir, actuó inconscientemente.

Justo cuando fue a cogerlo él empujó con su pie el boli hacia el interior de la mesa y ella, como si de un perro persiguiendo un hueso, avanzó a cuatro patas tras el utensilio. Logró recuperarlo pero su sorpresa fue cuando quiso retroceder y él se lo impedía con sus piernas, no podía moverse.

– ¿Quién te ha dicho que te muevas? Quédate ahí abajo como una buena perra que eres hasta que yo te lo diga.

Ella no pensaba obedecer e hizo el intento de escapar pero en ese momento notó como una fusta le impactó en su culo. Era la fusta que utilizaba el profesor como puntero en clase. No podía creer lo que estaba pasando y pensó que su salvación había llegado cuando alguien picó en la puerta.

– Muévete y ponte mirando a mi silla pero sigue a 4 patas. Voy a abrir la puerta pero ni se te ocurra decir nada. Si lo haces la fusta hará algo más que golpearte en tu culo de perra.

Dicho esto él se levantó y  abrió la puerta, entró otro profesor y volvieron ambos a la mesa. Enrique, el recién llegado, al sentarse a punto estuvo a punto de rozar sus piernas contra ella y enterarse de que estaba allí pero Pablo, quien la mantenía como una perra bajo su mesa, volvió a su sitio y Lucía se vio con su paquete delante de su cara.

Ambos profesores hablaban y parecía que nunca terminaban. Lucía había cerrado los ojos pero los abrió de golpe cuando sintió que el pene de Pablo le acariciaba los labios. No podia creérselo pero de golpe se vió con la polla dentro de su boca, obligada a mamársela ya que Pablo, cruzando una pierna sobre Lucía, la obligaba en otras palabras, le follaba la boca…

– En esta vida, amigo Enrique, no debes dejar escapar ni una gota de la mejor leche que te ofrecen ya que si no lo haces después vienen los azotes y las consecuencias.

Lucía sabía que eso iba por ella y no le dio tiempo a reaccionar cuando Pablo se corrió. Su corrida fue tan abundante que a ella se le escapó de la boca y pringó el pantalón de Pablo. Pablo se despidió de Enrique sin moverse de la silla y notaba como Lucía le lamía los pantalones.

– Así me gusta, que seas una buena perra, ¿ves como quieres más?…

Separó la mesa de la silla y…

– ¡Maldita zorra, mira lo que has hecho! ¡Te he dicho que ni una gota podía desperdiciarse y tú me manchas el pantalón!

Ella empezó a llorar pero él sin miramientos la cogió del pelo obligándolo a salir de debajo de la mesa. Cerró la puerta con llave y estampó a la muchacha contra la mesa.

– Ahora vas a saber qué les pasa a las zorras como tú que no hacen bien su trabajo.

Acto seguido cogió su fusta y empezó a azotarle el culo. Ella gritaba de dolor y eso lo excitaba cada vez más.

– Mira zorra, tienes otra oportunidad para mamarme bien la polla, ten cuidado si vuelves a fallar…

Ella permanecía inmóvil sobre la mesa, llorando.

– No tengo todo el tiempo, ¡espabila! – Por favor, déjeme ya, yo no quería esto…

Un bofetón le cruzó la cara e incorporándola la dejó frente a su polla.

– ¡Chupa! ¡Chupa maldita puta!

Ella no movía ni un solo músculo y la cogió del pelo de nuevo.

– Muy bien, tú lo has querido.

Le sacó el jersey y los pantalones, dejándola en ropa interior.

– ¡Mámamela! – No puedo, por favor…

Entre sollozos la chica intentaba aguantarse en pie justo cuando notó un frío objeto metálico rasgándole las bragas y el sujetador. La volteó volviendo a dejar expuesto su culo, ahora desnudo, y empezó a soltar azotes con la fusta contra sus nalgas.

Cuando le había dejado sus glúteos al rojo vivo, la dio la vuelta y empezó a azotar simultáneamente su coño y sus pezones. Ella ya no tenía fuerza ni para llorar así que se dejó hacer.

No mucho más tarde él empezó a follarle la boca a la vez que estrujaba los pezones de la chica. Cuando notó que se corría sacó el pene de su boca y lo la roció todo el cuerpo. Cuando finalizó se sentó exhausto en su silla. Ella, cuando recuperó un poco las fuerzas, empezó a recoger su ropa para vestirse.

– No te he dado permiso para que te vistas, ¡ven aquí!

Lucía, totalmente sometida, se acercó con sus ropas en la mano.

– Esto te va a sobrar y me lo voy a quedar yo. – dijo cogiendo su sostén y sus bragas – Mañana volverás a pasar por aquí antes de ir a clase y tendré una sorpresa para ti.

Ante esas palabras Lucía reaccionó mirándolo con rabia.

– Eres un hijo de puta, voy a denunciarte…

Antes de que pudiera acabar una mano le cruzó la cara.

– ¿Quién coño te crees, niñata de mierda? ¡A mi no me vuelvas a hablar así o te enteras! No puedes ir por la vida con esa cara de niña buena y luego ser la más puta de todas… – Yo… yo no… No soy ninguna… puta.  – ¿Ah, no? Y ¿por qué has venido aquí reclamándome que te mire más en clase? ¿Por qué no te has marchado cuando te he dicho que recogieras el boli,…?

– Yo… yo… no soy ninguna puta, usted me ha obligado. – Eso es lo que tú te crees, bonita. – Me ha violado… – No querida, para violarte debería haber hecho mucho más y tu venías a por lo que te he dado. -No… – ¡No me contestes! Eres una puta y si no ¿por qué te estás corriendo ahora?

Al decir eso le clavó dos dedos dentro de su coño, chorreante, y le apretó el clítoris con el pulgar. Ella no pudo más que soltar un gemido, esta vez de placer, acompañando un orgasmo.

– Lo ves, eres la más zorra y lo hemos disfrutado los dos. Ahora vístete y vete. Mañana te espero aquí y no se te ocurra desobedecer…

Dicho esto ella se empezó a vestir pero antes de poder salir el le pegó todo el jersey al cuerpo gracias a los restos de su semen.

– Así irás como lo que eres.

Llegó a casa y se fue directa a dormir.

Aquella noche soñó todo lo que había ocurrido y cuando despertó se dió cuenta de que realmente le había gustado. No quería reconocerlo pero allí estaban las pruebas: había despertado con la mano dentro de su vagina y las sábanas estaban empapadas.

Aún no sabía lo que le esperaba mañana.

Autor: nayandei

Me gusta / No me gusta