Mi hija, Silvia

Empezaba a meter lentamente mi miembro en ese hueco ardiente, que alguna vez engendré y que ahora, quería en su interior toda mi leche. Mis manos buscaron sus pechos y aferrado a ellos la atraje hacía mi, mi verga la embestía una y otra vez. Queríamos morir de deseo. Ya no lo soportábamos, ella era mi yegua ardiente a la que cabalgaba vertiginosamente, hasta que exploté en su interior.

De como impedí que mi hija cometiera un aborto…

Sinceramente que solo somos marionetas del destino. Leí las historias publicadas, pero creo que ninguna de ellas tiene el dramatismo de la que intentaré narrar, la que pensé que jamás revelaría. Pero ya ven… ¡Somos marionetas del destino!

La historia es verdadera, pero los nombres y lugares geográficos, por razones obvias, no lo son y si me animo a darlo a conocer públicamente, es con el deseo de recuperar a mi hija y a su bebé.

Esta historia ocurrió hace algunos años, cuando yo tenía algo así como cincuenta y tres años de edad, después de haberme divorciado de mi segunda esposa, con la que tuvimos una sola hija, Silvia, que a la época de la historia tenía 18 años. Además mi ex mujer tenía tres hijos de su anterior matrimonio. El hecho es que al divorciarme dejé a ellos viviendo en una casa en mi país y yo me fui a otro, en un intento de olvidar mi pasado y de rehacer mi vida. Debo decir que soy un profesional, específicamente ingeniero y, por tanto, pensé que mi aventura sería relativamente fácil.

Lamentablemente ello duró poco, porque el descalabro económico que afectó a América Latina, también afectó mi vida. Sólo intentaba subsistir. Sin embargo, así las cosas vivía en compañía de una amiga “intima”, cuyo nombre había dado a conocer a mi hija Silvia en esporádicas cartas. No quise darle a conocer mi domicilio a nadie, para que a la vez nadie interrumpiera mi mala o buena privacidad.

Llegó el momento en que solo podía subsistir, comiendo en una pensión y viviendo solo en la casa que alquilaba, hasta que un día mi amante, digo mi “amiga íntima”, me habló por teléfono para decirme: ¡Llegó a mi casa tu hija Silvia! ¿Qué hago?… Envíala a mi casa, respondí… Así fue como Silvia, llegó nuevamente a mi vida.

Recuerdo perfectamente la tarde en que llegó a la casa, que era mi hogar, me echó los brazos al cuello, besó mi mejilla y rompió a llorar. ¿Qué pasa mi nena? Pregunté y ella sin dejar de llorar me dijo: Ay Papito! ¡Por fin estoy a tu lado! ¡Cuánto esperé esto papito! La abracé y acaricié como a mi bebita que era…. Pero ¿Qué pasa amor?.. Estoy esperando un bebé papito, respondió y lo único que deseo es que me ayudes a abortarlo, para que mamá no quiera deshacerse de mí.

¿Yo?… P l o p!… ¿Que decirle?… La miré y no noté nada en su barriguita y se lo hice saber y ella, al verme así, me dijo: Papito solo son cuatro meses de embarazo. Sólo atiné a decirle: ¿aborto?, pero si eso es una bendición del cielo… ¡Nada de aborto! ¡Tendrás a tu bebé! Pero me puse a pensar que nada tenía que ofrecerle. Solo mi comida de cada día y mi cama matrimonial que ocupaba y se lo hice saber. ¡No Importa papito! Me dijo, yo haré todo para ti y de nuevo echó sus brazos a mi cuello besando mi mejilla como una hija tierna. ¿Cómo decirle que no, en un país extraño?

Llegada la noche nos fuimos a mi dormitorio, miré la única cama que había y ella hizo lo mismo… Me sonrió, se quitó su vestido y se metió debajo de las tapas… Yo me quité la ropa como siempre lo hacía y también me metí debajo de las tapas. Con mis pies palpé los suyos y los sentí fríos, quité como pude sus calcetas y con mis pies abrigué los suyos. Ella se acurrucó a mi espalda y se durmió. Así transcurrieron tres noches.

A la cuarta, cuando aún era temprano para dormir, ella se sentó en la cama y me dijo: Papito quiero cortar las uñas de tus pies, como lo hacía con mamá. Se los entregué a la vez que miraba su cuerpo tan joven y que no insinuaba embarazo alguno. Cuando ella terminó, me sonreí y apagué la luz, pero no me di vuelta a su lado opuesto, como antes, si no que me volví hacia ella y sobre ella eché mi brazo. Ella se quedó quieta hasta que mi mano quedó sobre su pecho. ¡Se sobresaltó! ¡Ay papito! ¿Que haces?, nada mi niña, solo acariciarte como a mi bebita que eres. ¿Pero así papito? Y se echó sobre mi, como intentando disuadirme.

Pero no era esa su intención, porque entonces puso sus labios sobre los míos, para que los pudiera disfrutar… y yo, pensando en ese cuerpo tan joven y tierno, metí mi lengua hasta lo más profundo de su ser, mientras mis manos la hurgaba toda…. Era deliciosa. De verdad una delicia a mis instintos desenfrenados. Hurgué su boca con mi lengua y con mis manos todo su ser… Y ella feliz. Pero al intentar encender la luz para verla en todo su esplendor, me dice: No papito. Me da vergüenza que me veas. Y estuve de acuerdo… Si mi bebé quiere así… que así sea.

Lentamente puse mi sexo en el suyo, en la oscuridad, mientras mis manos acariciaban su culo y mi boca entraba en su garganta. Ella feliz me lo dejaba hacer. Entré en su sexo con la ayuda de su mano.

¡Toma bebé! Dame papito ¡Ay! si es todo tuyo ¡Toma! ¡Toma! Después de mover nuestros cuerpos al mismo compás. Después de bombear en ella de un modo frenético, exclamé: Ay! Me voy! Yo también!, me respondió.

Así fue nuestro primer orgasmo. En una completa oscuridad. Al día en la mañana siguiente sentí que su boca buscaba la mía en un beso apasionado y cuando desperté me dice: ¡Hola papito!, ¡mi amor! Sentí entonces el peso en mi conciencia de esa noche incestuosa. Al notarlo me sonríe y me susurra: No te pongas triste, porque aun cuando no quise mirarte a los ojos, por vergüenza, lo de anoche fue maravilloso. No te cambio por nadie mi papito adorado. Eres mejor en la cama que el padre de mi hijo. Hundió de nuevo su lengua en mi boca y continuó… Desde hoy seré tu mujer y como tal, prepararé tu desayuno.

¡Yo estaba perplejo! Había hecho que mi pequeña y dulce hijita fuera mi hembra y que además de ser mi hija… estaba preñada, con mi nieto que empezaba a vivir en su interior. ¡Quería morir! Ese día la rehuí, buscando cualquier pretexto para no estar a su lado. Hasta que llegó esa fea y negra noche, a la que de verdad temía.

Nos acostamos, previamente apagando la luz. Me volví al lado opuesto a ella, en un vano intento por escapar al deseo, pero siento que su cuerpo se apega al mío en mi fría y tensa espalda, agarra con su manito mi miembro y me dice al oído: Ay Papito, pero si ya fuiste mi hombre, ¡mi macho!… ¿Porque me rehúyes?… ¿No te gustó el sexo conmigo?. ¿Tan fea me encuentras?

Ahí fue cuando el deseo, la pasión, mi instinto animal se escapó una vez más. Salí de su abrazo y me eché sobre ella besándola apasionadamente en sus labios de niña y ella me dio toda su boca para que yo hiciera lo que quisiera. Levanté lentamente su blusa y agarré el pezón de uno de sus pechos con mis labios y lo chupé como un poseído, mi hijita se estremecía de placer. También lentamente quité toda su ropa… su blusa, su sostén y sus pequeños calzones.

Encendí la lámpara del velador, no sé si para cerciorarme que su embarazo no se notaba o para mirar su bello y juvenil cuerpo… Ella no protestó. Esa noche me lo permitió todo y por eso tal vez, hice que sus piernas se sujetaran en mis hombros, mientras lamía su lindo ombligo primero, para ir bajando poco a poco al encuentro de su sexo. Gemíamos los dos.

Llegué finalmente a su sexo y mi lengua presurosa empezó a hurgar en la concha de mi niña, esa niña que alguna vez engendré con el mismo semen que ahora derramaría en ella. Lamí los labios de su concha y después chupé como loco el botón rosado que era su clítoris, hasta que entre gemidos terminó entregando en mi boca todos los jugos de su sexo, un jugo salado, caliente. Mi hija se estremeció y me dijo: Papá sentí un ligero movimiento en mi barriga… Mi pequeña retiró sus piernas de mis hombros y yo me acosté a su lado y me quedé callado mirando al cielo de la habitación.

Al verme así Silvia se inclinó y me acarició mi cabello gris. ¿En que piensas papito? Mejor no pienses en nada o mejor, piensa en que me has hecho la hija más feliz del mundo, porque eres el padre más tierno de la tierra, ya que sé que todo esto lo haces por ese inmenso amor que sientes por tu hija. Para mi, continuó, el amor que siento por mi padre es mucho más grande que el que alguna vez sentí por mamá.

Diciendo esto, mientras yo seguía acostado con la vista en el cielo, intentando que mi alma se convenciera que ese amor filial que me estaba enloqueciendo, no era pecado, se inclinó buscando mis labios con los suyos, la abracé atrayéndola más a mi, ella también me echó su brazos al cuello y nos besamos con una pasión indescriptible. Quedamos así un momento, no sé cuanto, mientras nuestras lenguas jugueteaban entre ellas y a la vez con nuestras gargantas.

Silvia se soltó de mis brazos para besarme en el cuello; se detuvo en mi oreja para jugar un momento con su lengua en ella. Me estremecí. Continuó bajando su boca, lamiendo mi pecho ya sudoroso de pasión; siguió deteniéndose un instante en mi ombligo, pero de pronto sus manitos tomaron el tronco de mi verga, ya erecta como un roble, sus dedos juguetearon un instante con mi prepucio, subiéndolo y bajándolo, mientras su lengua buscó el glande, ya rojo e hinchado a no poder. A veces dejaba su juego para mirar a mis ojos con una mirada suya de hija cariñosa.

De improviso y con amor, con sus labios rodeó la cabeza de mi pene, introduciéndola en su boca. Me estremecí una vez más y con mis manos empecé a acariciar su cabellera, mientras ella apretaba un poco más sus labios ahí, justo donde empieza el glande, moviendo suavemente su cabeza de arriba hacia abajo. Me retorcí. Creí morir de placer, si es que eso es posible.

¡Hijita! Chupa más fuerte la verga de tu padre. Más. ¡Ay! ¡Más!… Ella complaciente apuró sus movimientos, introduciendo cada vez más mi verga en su boca, más bien en su garganta. ¡Toma mi verga bebe!…. ¡Chupa a tu papito!… ¡Que lindo me lo haces hijita!…. ¡mama!. ¡Ay!… ¡Mama este pene!…

Ella no podía responder. A mis súplicas solo respondía el glog, glog, glog, que se escuchaba cuando mi glande se frotaba en las paredes de su boca.

¡Ya no puedo amor!… ¡Voy a reventar!… ¡Toma la leche de tu padre! Y mientras decía esto, sentí que iba a reventar como un volcán. Así también lo sintió mi bebé, porque hizo que todo mi semen entrara en su boca… Y lo tragó, lo tragó con lujuria, con deseos o con amor. Que sé yo. Tal vez porque ella sintió que ese mismo semen que entraba en ella, fue el que alguna vez entró en la concha de su madre y que fue el que la engendró. Tal vez mi hijita hoy deseaba volver a nacer con el sexo de su padre.

Ella se echó sobre mí y así nos quedamos inmóviles por un rato, tal vez lo único que se movía, era mi mano que acariciaba su cabeza, en un intento inconsciente de agradecerle el maravilloso momento que me regaló. Ella recostada, con su cabecita en mi pecho, como tantas veces lo hizo cuando pequeñita. Creí que ahí quedaba nuestra escena entre padre e hija esa noche. ¡Pero no! Mi hijita quería más.

Papito, me dijo, ¿sabes que deseo?… dime amorcito, respondí, pensando tal vez que deseaba apagar la luz del velador. Quiero que me inundes toda con tu leche, solo deseo que me des un hijo, para procrearlo junto al que ya llevo en mi… y si eso no se puede, que me ayudes a que este hijo que llevo en mi, de algún modo también sea tuyo. Yo di un brinco en la cama. ¿Cómo es eso hijita?… Así papito, como lo escuchas. Quiero que tú seas mi esposo. ¡Pero eso no puede ser! ¿Por qué no?, respondió y empezó con sus argumentos.

Mira Luis, empezó, era la primera vez que me trataba de tú, cualquiera chica desea tener un esposo que sea tan bueno como su padre, lo que desde mi punto de vista, dijo, es una forma de reflejar un poco el complejo de Electra o de Edipo, ¡que sé yo que complejo!, pero que es una forma de desear a su propio padre. Pues bien, yo creo que para qué buscar a un esposo “tan bueno como su propio padre” Yo más bien deseo que mi esposo sea mi propio padre, porque tú papito, eres el hombre más dulce del mundo.

Les prometo que no supe que responder. Su análisis era lógico y más aún en nuestro caso en que a ambos no nos unía ningún vínculo de pareja. Era más, ambos estábamos en un país extraño en el que nadie nos conocía, si es que nuestra aprehensión era la aceptación social. Les confieso que entonces fue cuando mi hijita logró que entendiera que lo nuestro era absolutamente legítimo. Además me demostraba cuanto me amaba esa chiquilla que tantas veces tuve en mis brazos.

Giré hacia ella y le dije: ¡Ay bebé! ¡Cuanto me calientas!, desde hoy seré solo para ti y tú serás mi única esposa… mi hembra. La volví a abrazar y a besar apasionadamente. Mi hija respondió ardientemente a mis caricias y de nuevo nos vimos envueltos en un aroma de amor y de lujuria. Ella echada sobre mí, mientras la besaba con locura. Mis manos buscaban sus nalgas y ella elevaba su cintura para que no me fuera difícil. Mi mano izquierda estaba buscando tu vagina, mientras mi derecha buscaba el ojete de su culo. Ella se aferró con sus manos a mis nalgas y yo, para permitírselo, levanté un poco mis caderas.

Así, mientras yo hurgaba en su vagina y en su culo, ella con ternura acariciaba con sus manos mis testículos. Nunca había sentido el gozo de unas manos de mujer en mis bolas y si esas manos ¿eran las de mi hijita?…. ¡la locura! Mi dedo ya empezaba a entrar en el culo de mi hija y ella, con su esfínter, quería no dejarlo salir. Pero pensé que ese manjar sería para otra ocasión. Nuestras bocas se chupaban con pasión.

Es indescriptible el sexo que se puede lograr entre padre e hija, porque ella es carne de tu carne y tú eres su adoración. En pocos minutos, en muy pocos, se logra un excitación tan grande, que tú lo único que intentas es estar dentro de tu hija, mientras que ella solo desea tener tu verga en su interior. Ese deseo es tan grande, que los cuerpos de ambos solo buscan la penetración. Yo quería meter mi verga a mi hija como fuera.

Felizmente, en una décima de segundo de lucidez, pensé que ella estaba embarazada y por tanto, no podía echarme sobre su barriga. Hice que se pusiera de rodillas al borde de la cama, mientras que yo, de pie, empezaba a meter lentamente mi miembro caliente en ese hueco ardiente, deseoso, lujurioso, que alguna vez engendré y que ahora, quería en su interior toda mi leche. Mis manos buscaron sus pechos y aferrado a ellos la atraje hacía mi, mientras mi verga la embestía una y otra vez. ¡Queríamos morir de deseo! Ya no lo soportábamos, ella era mi yegua ardiente a la que cabalgaba vertiginosamente, hasta que exploté en su interior.

¡Ay hijita! ¡Coge bebé! ¡Toma la verga de tu padre!…. ¡Dame papito! ¡Dame! ¡Toda! ¡Ay!
¡Es tuya mi amor! ¡Tu padre te la da!…. ¡Dame papito! ¡Más! ¡Soy tuya papá! ¡Ayyyy! ¡Y explotó, justo en el instante en que yo echaba toda mi leche en su interior! Confieso que sin acordarme que ahí también se estaba formando mi nieto… ¿o mi hijo?

Nuestras sensaciones, nuestros deseos, nuestras pasiones y la lujuria de un padre y de su hija, fueron tan sublimemente satisfechas, que ambos nos abrazamos, nos besamos una vez más, para no olvidar nuestro hermoso amor. Ya no existía ningún sentimiento de culpa incestuosa…. ¿Por qué?… Si el nuestro era un maravilloso amor.

Caímos rendidos, cansados en la cama y nos dormimos desnudos, hasta el día siguiente, hasta que los pajarillos de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, nos despertaron con su trinar. Mi hija fue desde Chile a buscar a su padre a Bolivia…. ¡Y lo encontró!

Este, como es lógico suponer, solo fue el principio de nuestra historia, que es posible que les agrade o no, por ese motivo les agradeceré hacerme llegar sus opiniones a mi correo personal directamente:
Es posible que me anime a seguir narrándola.

Autor: gabrielgomezgross

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