Mi madre, mi amante

Ella estaba muy caliente lo que aproveché para meter mis dedos en su vagina y lentamente abrir sus labios y tocar su clítoris, se estremeció murmurando a mi oído, penétrame, comencé a introducir mi pene sintiendo un calor y una estrechez la que cedió poco a poco, luego una succión, ella suspiraba y me hablaba diciéndome que no sentía así tan bien culeada desde hace más de cuatro años.

Amigos míos la razón de escribir este relato es divulgar que descubrir el sexo en la familia y con la familia es lo más excitante que he vivido me ha ayudado para madurar sexualmente y definir mis gustos eróticos.

Les relataré algo que llevo en secreto por años, el como descubrí a la mujer que hay en mi madre. Todo comenzó por culpa de la inasistencia del profesor de gimnasia, a ese tiempo contaba con 18 años, así que la clase la tomó la profesora Isabel, hasta ese momento no tenía idea que las diosas existían, a pesar de no ser alta, su cuerpo era muy bien formado, ella empezó la clase pero sin buzo, al ser una emergencia ella estaba con falda corta, al rato solicitó un voluntario, llamado al que respondí, me hizo colocar adelante y realizar una serie de ejercicios en suelo a la clase, y lo asombroso llegó que al pasar a mi lado pude observar sus piernas enfundadas en medias de color piel, sujetas a un portaligas de color negro, realmente quedé hipnotizado, mirando ese magno espectáculo, más aún cuando ella realizó unos ejercicios de flexiones parada y yo parado justo detrás de ella, pude observar su culo cubierto con una pequeña braguita y sus ligeros, lo que llamó mucho la atención fue la forma y color de sus medias en su terminación, una banda ancha que cambiaba de tonalidad al terminar atada a su liguero. Desde ese momento en mi mente no existía otra prioridad más que el sexo y las medias y mejor aun con portaligas.

Mi familia estaba constituida por mi madre Carolina, de mediana estatura con poco busto pero firme y con un par de piernas hermosas muy contorneadas y un culito muy respingón, mi hermana Sofía y mi abuela Magdalena. Mi padre nos había abandonado hace mucho tiempo, razón por la cual yo asumí el rol de hombre de la casa el cual traté de cumplir a cabalidad pues estudiaba y trabajaba pues la situación económica no era buena. Esta situación luego me trajo gratas sensaciones pues cuando llegaba en la tarde con dinero las tres me recibían muy bien y me llenaban de cariños, caricias, besos y abrazos. Así en mi mente se fue posicionando la firme idea de aprovechar esta situación para obtener sensaciones sexuales las que necesitaba con urgencia, y que mejor al lado de las tres mujeres que yo más quería y estaban a mi lado para mi solo, pues mi madre trabajaba en un taller de tejidos en casa y mi hermana y abuela salían solo ida y vuelta al colegio.

Mi objetivo se centró en mi madre, al llegar de mis labores lo primero que hacía era saludarla a ella le gustaba mucho que yo la abrazara, siempre fue así, lo que aproveché para acercarme a su lado y refregarme por su cuerpo apoyando mi pene erectado por sus muslos y luego por su trasero, mi intención era quedarme pegado a su trasero, pero temía que ella se diera cuenta de mis intenciones y para ello usaba un slip ajustado para ocultar el bulto del pene, aunque ella se deba cuenta y me seguía el juego sin decir nada, cuando no lo hacía ella me reclamaba por que dejaba de hacerle sus cariños y yo por supuesto corría a dárselo.

A veces con el problema de que mi pene estaba muy notorio por la excitación que me provocaba su llamado así que trataba de hacerlo no tan cargado a su cuerpo, pero ella se las arreglaba para voltearse y quedar enculada a mi pene, o se movía lentamente hacia mi pene como tratando de encajárselo entre sus nalgas, las cuales las podía sentir firmes y cálidas, nos quedábamos así un buen rato mientras ella realizaba sus quehaceres, pero todo terminaba bruscamente al sentir la llegada de mi hermana o abuela, mi madre se cambiaba de posición y se ponía algo nerviosa yo me iba rápidamente al baño a pajearme pensando en ella.

En las tardes nos sentábamos a ver películas, todos menos mi abuela que se acostaba temprano, y nuevamente comenzaba otro juego con ella, el cual consistía en acariciar sus piernas, yo me sentaba en el suelo, ella en un sillón tejiendo, la idea era que mi hermana no nos observara, así que introducía mi mano bajo su falda y acariciaba sus rodillas ella tapaba con su tejido y poco a poco subía mi mano hasta sus muslos, me encantaba sentir el roce de mis manos por sus piernas con medias, este ritual  lo repetíamos todos los días se que nos gustaba a ambos porque al mirarla sus ojos los cerraba.

Cierto día observé que sus medias estaban rotas por lo que le dije que yo le regalaría unas nuevas, al día siguiente llegué con las medias, le compré unas muy caras, suaves, de color más oscuro al que ella usaba habitualmente, al verlas se alegró y me dijo que se las pondría de inmediato, al decir esto yo me di la vuelta para salir de la habitación pero mi madre me dijo, quédate, quiero que veas tu regalo puesto, te lo mereces, te lo has ganado, giré de inmediato para no perderme nada, pude observar como se sacaba sus medias sentada en su cama con mucha lentitud.

Me pidió que cerrara la puerta y se las puso muy lentamente, acariciando sus piernas al subirlas, quedó con su falda arriba y me dijo lo suave que eran y me invitó a tocarlas las que acaricié desde los tobillos hasta su entrepierna la cual estaba muy húmeda, estuve acariciándola por largo rato, estaba con sus ojos cerrados por lo que aproveché a llevar su mano a mi pene al cual ella acarició suavemente como esperando que pasara y me dijo que desde que comencé a encularla, con mis abrazos ella se empezó a calentar sobre manera, más aun, empezó a sentir que tenía un verdadero hombre a su lado.

Desde ese día más nos unimos y buscábamos ocasiones y partes de la casa para estar solos y acariciarnos, pues lo único que me permitía era manosearla y encularla acariciando sus ricas tetas terminadas en punta.

En nuestras búsquedas de ocasiones íbamos al taller de tejidos muy reducido en espacio y angosto, ideal para nuestro propósito, nos ubicábamos tras la puerta y un pilar quedando nuestros cuerpos muy juntos, le subía su falda y le acomodaba mi pene sobre su vagina la que la refregaba hasta que llegaba al orgasmo y yo siempre terminaba chorreado en leche…

En las mañanas lo primero que hacía era ir a mi cuarto y acostarse a mi lado para manosearla por completo, pero no quería que la penetrara, creo que por la memoria de mi padre o algo parecido, lo que me tenía como loco pues solo me permitía chupar sus tetas, besar su cuello y puntear su culo.

Cierto día al llegar en la tarde me abrazaba de una manera diferente y me dio el primer beso con lengua, apegó su sexo con el mío y se frotaba como una puta, lo que me encantaba y por supuesto mis manos se perdieron en su culo y entre sus piernas, me dijo hoy te tengo un regalito, baja mi falda, lo hice de inmediato y pude ver unas medias negras muy sensuales que estaban sujetas a un portaligas de color negro de satín lo que me llevó a desearla más aun.

Ella estaba muy caliente con lo que aproveché para meter mis dedos en su vagina y lentamente abrir sus labios y tocar su clítoris con lo que se estremeció murmurando a mi oído, penétrame…

Acto seguido la puse a la orilla de la cama y comencé a pasar la punta del pene por sus labios hasta desesperarla y luego introducir mi pene, que estaba durísimo, lentamente, quería sentir todo, empecé sintiendo un calor y una estrechez la que cedió poco a poco, luego una succión tan fuerte que me resistí de no acabar enseguida, ella solo suspiraba y daba pequeños gemidos por temor a que nos escucharan, me hablaba diciéndome al oído que esto lo estaba esperando hace mucho y que no sentía así tan bien culeada desde hace más de cuatro años lo que me calentó más aun, abrí su blusa y dejé al descubierto sus duros pezones los que mamé como un loco, ella comenzó a decirme cosas que nunca imaginé:

-Papito comete tus tetas, muérdelas, no, no pares, dame más duro, no pares por favor, no lo saques sigue bombeando a tu puta, si soy tu puta, solo tuya, papito que ricooo…

Luego de un silencio se arqueó completamente, su piel se mojó completamente, sus ojos se desorbitaron, su lengua salía de su boca y acabó en un gigantesco orgasmo, luego se quedó recostada un buen rato, estaba muy agitada pero antes de irme que hizo prometerle dos cosas, que nunca dejara de culearla y que este sería nuestro gran secreto.

Así pasaron dos años, teníamos relaciones sexuales casi todos los días, ella comenzó a arreglarse más, se tiñó el pelo, sus faldas eran más cortas, por supuesto solo usaba medias con portaligas, solo para mi, pues cuando salía se las sacaba, era una relación de maravilla, cierto día como de costumbre mi madre me saludó con un beso en la boca y me tocó el pene sobre el pantalón, lo cual sabía su reacción, acto seguido salió jugueteando corriendo a su habitación, la que comparte con mi hermana Sofía, y yo persiguiéndola, se tiró a la cama y yo por detrás subiendo su vestido y enculándola fuertemente con vaivenes de penetración.

No pasaron ni cinco minutos cuando sentimos la puerta, ella se incorporó y fue abrir, era mi abuela que venía de compras, pero mi asombro fue mayor cuando vi abrirse el armario del dormitorio y ver salir a mi hermana, quedé mudo, por un instante no sabía que decir, y ella me miró muy pícaramente, pues tiene una sensualidad innata, diciéndome, si quieres que lo que vi no lo sepa mi abuela, tendrás que jugar conmigo tal como lo haces con nuestra madre.

Y así comenzó otra caliente vivencia que luego se les contaré…

Autor: Gatopardo

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