Asi siguio (dedicada a ti…)

Te conocí también por el chat, en los tiempos que trataba de descubrir quién era. Te apareciste diciendo que te llamabas Néstor y solo querías charlar, aunque ambos sabíamos que no solo por eso.

Nos encontramos varios días más por el Yahoo, donde tu charla me tranquilizaba y daba confianza en dar ese paso. Ese paso que me negaba a dar, pero mi cuerpo y mi alma pedían.

No iba a ser la primera vez, pero tú me hiciste tomar conciencia de que ese era el camino que mi vida, a pesar de lo que decía mi cerebro, educación y morales, quería tomar. Al fin nos encontramos una fría mañana, al fin te conocí, ya tranquilizado por tus chats. Pero con los nervios a flor de piel. Había decidido conocerte en persona y entregarme a ti.

Nos encontramos y nos saludamos como dos hombres que se ven después de mucho tiempo, aunque era la primera vez que estábamos frente a frente.

Me llevaste a ese hermoso hotel, donde entre apenado. Si bien quería estar contigo, me avergonzaba de estar en ese lugar, donde todo el mundo solo va a hacer una cosa. Y aunque no había manera que la chica de recepción lo supiera,  mi mente decía que ella sabía que yo te entregaría mi culito en la habitación que ella nos daría.

Subimos por al ascensor juntitos, tu pegado a mí, pero sin ningún escarceo sexual. Caminamos normalmente a la habitación donde abriste la puerta y me dejaste pasar primero diciéndome “las damas primero” por un lado volví a avergonzarme, pero por el otro me gustó mucho ese gesto y me saco una sonrisa, la primera en mucho rato.

Dentro me quede sin saber qué hacer, tú fuiste rápido a preparar el yacusi y luego te acercaste por detrás y me abrazaste tiernamente. Solo eso, solo tu pecho tocando mi espalda. Apoyaste luego tu mentón en mi hombro y así estuvimos unos segundos, tranquilos y calmados, yo cada vez más a gusto.

No sé cómo, porque ni lo pensé ni lo quise hacer conscientemente, pero mi cola se acercó a tu bulto, donde sentí esa dureza escondida entre los pantalones. Tu no solo la sostuviste, si no que allí recién, y abrazándome más fuerte, empujaste haciéndome sentir al macho deseoso.

Empezamos a bailar suavemente, tus manos guiaban mis caderas, en un vaivén de derecha a izquierda que me hacían sentir toda tu dureza. Mi respiración se hizo más pesada, me encantaba sentirte, mientras mi propio miembro cada vez se reducía más y más.

“Nos metemos al Yacusi Luisa?” me susurraste. Habíamos elegido mi nombre femenino en el chat, y fue tan lindo que me llamaras así, te dije en un suspiro que sí.

Empezamos a desvestirnos naturalmente, pasaría tiempo antes de que me animara a desvestirme sensualmente frente a ti. Me dejaste meterme primero, y luego entraste tu frente a mí. Eso me desubicó y me sentí confundido. Ya desnudos, quería sentirte como estábamos hacia un rato, sin estorbosa ropa entre nosotros.

Pero tú estabas manejando los tiempos. Y en medio de la revuelta agua, tu pie empezó a recorrer mi pierna. Sentí un escalofrió de placer y deseo. Tan solo con eso me estabas excitando a mil. Y aún más al ver la cabeza de ese pene que sería mío por mucho tiempo, fuera del agua, mi deseo estaba a full.

Pero como dije, tú estabas manejando los tiempos, te había confesado que solo un hombre me había hecho suyo, y hacía más de un año de eso. Mi culito aun debía aprender mucho, y tú tenías la paciencia para enseñarle.

Al fin me llamaste, y me senté sobre ti, sintiendo tú pene rosar mis testículos y entre pierna. Tú jugabas con mis pequeños pezones con una de tus manos, mientras la otra acariciaba mis nalgas.

Al fin, tus dedos se introdujeron en mi valle, y con suavidad empezaron a rosar mi ano. Solamente eso, roces. Empecé a moverme involuntariamente, quería sentir más, tú lo comprendiste, y tomando ese jabón cremoso, te embadurnaste tus dedos y volviste a rosar mi entradita. Si bien el agua disolvía la crema, había suficiente para que empezaras el “largo camino” como dijiste alguna vez. Mi ano, que hacía más de un año no recibía visitas se negaba a volver a ser horadado. Te reías de mi -inconsciente- resistencia, pero poco a poco, con un poco de dolor y mucho placer, primero un dedo, y luego dos, entraron.

Me sentía tan bien, pero de repente me dijiste “vamos a la cama” y los sacaste suavemente. Me sentía vacía, y de repente asustada. Lo deseaba, pero sabía que ese paso podría ser un desastre total (como con el gordito que me había desvirgado hacia tanto tiempo) o al contrario, como me había dicho Néstor, darme vuelta definitivamente los papeles e iniciar una nueva vida.

Otra vez dominaste los tiempos. Me empezaste a besar mientras me secabas desde atrás. Mi toalla cubría mi espalda, pero no más. Así que entre roces mi piel toco tu hombría, y nuevamente mi excitación y deseo saltaron por los aires. Me tendiste suavemente en la cama y te tendiste sobre mí. Eso, el macho tendido sobre mí, es una de las sensaciones más fuertes y anheladas por mí. Te restregabas en mi cada vez más excitado, sentía tu pene recorrer mis nalgas, que yo movía buscando sentir más. De repente te arrodillaste, desconcertándome, pero solo para ponerte un preservativo y el lubricante. El momento había llegado. Te volviste a tender sobre mí, pero cuidando no tocarme con tu pene, para no perder nada de esa crema que facilitaría todo. Tus manos que me acariciaban bajaron a abrir mis pompis. Sentí la sensación fresca de la crema, mojar todo mi valle, buscando ese agujero, que junto a tu pene nos uniría por años. Con suavidad, pero firmeza empujaste, jadee, resople, gemí de dolor, pero jamás pensé detenerte. Mis manos apretaban las sabanas, apreté los dientes y hundí mi cara en la almohada, me partías, pero algo en mi gritaba que eso era lo que quería. Retrocediste un poco y volviste a empujar, con maestría me abrías, empujón, descanso, yo para relajar mi ano y se acostumbrara, tu dándome ese tiempo, y disfrutando mi estreches. Al fin, entre resoplidos de ambos, sentí tu pubis tocando mis nalgas, ¡estabas totalmente dentro!

A cada segundo dolía menos, y la sensación de estar lleno me encantaba. Yo mismo me moví, como sacándote un poco, y tu empujaste a fondo nuevamente. Me arrancaste un jadeo de dolor y placer que nunca pensé emitir. Volví hacer lo mismo, y volviste a repetir. Con suavidad te retiraste, y volviste a entrar, y otra y otra vez. Así me hiciste tuyo, así empezamos a encontrar un ritmo. Cada vez más rápido. Cada vez más fuerte. Cada vez más placer, cada vez menos dolor, hasta que desapareció por completo.

Te volviste a salir, dejándome vacío, pero me hiciste dar vuelta. Así como si fuera una fémina, acomodamos nuestros cuerpos y me hiciste tuya de frente. Ahora podíamos besarnos mientras bombeabas en mi interior. Y pude ver en el espejo del techo, a mi macho, entre mis piernas, penetrándome sin pausa. Mi cara descompuesta de placer, mi boca entreabierta, profiriendo gemidos al ritmo de tus embestidas. Y de repente esa sensacion, en mi interior que crecía cada vez más, por dios, que placer, me hiciste venirme mi amor. Nunca había sentido tanto placer, jadeaba y me movía incontrolable, porque no me dabas paz, seguías taladrándome, clavándome sin piedad. Jadeando como un poseso hasta que te clavaste más profundo aun si era posible y descargaste tu esencia de macho. Te derrumbaste sobre mí. Ambos exhaustos, ya que solo allí me diste paz. Nos besamos tiernamente, mientras te rodeaba con mis piernas. No quería que te salieras de mí, y por suerte tú tampoco querías hacerlo. Al fin nos separamos, pero solo para acomodarnos y dormir un rato, tu abrazándome desde atrás.

Volvimos hacerlo al despertar. Y muchas veces más en el futuro.

Me dijiste que estabas solo también. Así que asentí en ir a hacernos análisis y descartar toda enfermedad. Lo volvimos hacer cuatro meses después (el “periodo ventana”), ya siendo decididamente amantes, y jurándonos fidelidad mientras estuviéramos juntos. Desde allí, solo el lubricante fue necesario, me encantaba ese pequeño ardor que el semen me provocaba al escaparse de mí. Y la naturalidad que teníamos. Cuantas noches, ya viviendo juntos, me despertaba para un segundo, ya contigo dentro…

Me recuerdo muchos de nuestros encuentros. Especialmente los que teníamos en la ducha, antes de ir al fin a la cama. Y como olvidar la locura de enjabonarnos todo el cuerpo, para que pudiéramos resbalar y así tener uno de los encuentros más salvajes que aun hoy recuerdo…

Pero eso, será para otra historia chicas…

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