Conferencia de prensa, y de iniciación

Me dio un beso negro tan intenso que me hizo sentir estrellas dentro del cuerpo, un estallido de emociones inolvidables. Un orgasmo que, en mis pocos juegos sexuales, nunca había sentido. Cuando terminé, se subió sobre mí y, mientras me acariciaba los muslos con fricción y me besaba en el cuello, se frotaba intensamente. La sentí acabar a ella también, y lamí su sudor.

Soy periodista y trabajo en una revista semanal, muy famosa en mi país. Ahora me ocupo de cargos que requieren de mucha coordinación y supervisión, pero cuando comencé, hace más de ocho años, tenía que ocuparme de cualquier trabajo que me mandaran y especialmente, de cubrir las áreas de aquellos periodistas titulares que estaban de vacaciones.

De esa manera fue que, durante dos años consecutivos, cubrí por un mes al año la sección de espectáculos (o farándula). Y coincidencialmente, en ambos períodos vino al país un cantante mexicano súper famoso, y me tocó cubrir su conferencia de prensa.

La primera vez que asistí a esa conferencia de prensa, conocí a la asistente principal del artista, una muchacha llamada Susana, muy delgada, de cabello muy corto y facciones refinadas, muy bonitas. Me cayó muy simpática, pero sí noté que era muy seria y que no se permitía distracciones con su trabajo, especialmente cuando estaba con periodistas. Claro, debo acotar que esto pudo haber obedecido a que los periodistas de mi país que se ocupan del área de espectáculos tienen fama de ser un poco necios y de burlarse sin disimulo de los artistas que no les siguen el jueguito de hacerse sus amigos y bromear con ellos. El reportaje que escribí en aquella ocasión salió publicado después que el artista se fue. Como les dije, trabajo en una revista semanal por lo que a veces los reportajes deben esperar unos días para salir publicados.

Al año siguiente, la conferencia de prensa la dieron en un salón de un hotel cinco estrellas donde se había hospedado el artista. Queda un poco lejos de la redacción de la revista y ese día, tuvimos problemas con el vehículo que nos iba a llevar, al fotógrafo y a mí, a cubrir la conferencia. Se retrasó un poco así que llegamos también cuando ya había empezado. Como no encontré dónde sentarme, me quedé de pie tomando notas.

Susana se acercó y me saludó. A mí me sorprendió que se acordara de mí, pero les confieso que me sorprendió mucho más cuando, después que yo le expliqué que el reportaje que había escrito el año anterior había sido publicado después que ellos se habían ido, dijo que claro que lo había leído e incluso me dijo el título. Quedé asombrada por su memoria y la seriedad que ponía en su trabajo. Además, me dijo que, como había llegado tarde, después de la conferencia de prensa me podía decir lo que no había oído, lo cual agradecí porque, como era nueva y no tenía mucha confianza con mis colegas, no quería pedirle los apuntes.

Los periodistas atropellaron a preguntas al artista, pero en un momento, pasó lo que siempre hacían: comenzaron a hacer preguntas de burla. Incuso, lo compararon con un cantante que es muy, muy afeminado, de esos que botan un montón de plumas todo el tiempo, y le dijeron que si quería que le pusieran un apodo parecido al de ese artista afeminado. Después se metieron con la familia de ese artista, también en burla. El artista no perdió la compostura, pero noté que hizo un gran esfuerzo para no pararse y largarse. Luego yo hice algunas preguntas, sobre su CD que estaba lanzando, y otros periodistas hicieron otras preguntas algo más serias, a las que él respondió con desgano. Apenas terminó la conferencia de prensa, se paró y se fue, sin compartir con nadie. Los periodistas, incluyendo mi fotógrafo, separaron a comer croissant y beber jugo (que siempre ponen en las conferencias de prensa para el final), y se quedaron conversando. Yo no comí nada, sino que busqué a Susana para que me dijera la información que había perdido.

Así lo hizo, lo cual me pareció un gesto muy amable de su parte ¿no? Y después me preguntó si quería conocer al artista en persona. ¡Claro que quería!  Así que, aprovechando que los demás colegas estaban distraídos, subimos a la suite del artista. Entramos sin tocar, porque la puerta estaba abierta y el cuarto lleno de gente. Había custodia, pero en el pasillo, pero nosotros entramos sin ningún problema, por supuesto, porque Susana era la asistente directa del artista. El no pareció reconocerme y sólo cuando Susana me presentó y le dijo que había estado en la conferencia de prensa, se disculpó y fue muy cortés, aunque la verdad es que estaba muy pendiente de la logística que se preparaba para el show que daría la noche siguiente, en el estadio más grande de mi ciudad, para lo que ya no quedaban boletos: estaban agotados los tickets.

En la suite, Susana era otra. Sonreía mucho y noté que tenía una sonrisa preciosa. Estaba en su elemento, con su gente, y se notaba más tranquila y contenta. A mí me atendió mucho, lo que le agradecí porque yo sí me sentía un poco tímida. Y es que debo acotar que, en aquella época yo no tenía ni 20 años, y era algo tímida. Eso, por mi profesión, he tenido que aprender a superarlo. Pero en ese tiempo, yo nunca me había fijado en una mujer. Al menos no sexualmente. De Susana admiraba su capacidad de trabajo y me era muy simpática. Pero nada más. Hasta ese momento. Susana me trajo unos chocolatines que había en una bandeja en la suite del artista y cuando me los dio, me rozó el cuerpo con el suyo. Fue como casual, pero ella me miró y sonrió. Ninguna dijo nada.

Un rato más tarde, me preguntó si quería ver unas fotos que tenía en su habitación, en el mismo piso, pero un poco más al final del pasillo. Y quería también, regalarme algunas cositas de esas que sacan como promoción de los artistas, como gorritas y franelas. Así que fuimos, aunque yo estaba un poco pendiente del tiempo que me demoraba porque el fotógrafo y el conductor podrían estar esperándome para partir hacia la redacción de la revista. Igual, quería ir con ella. Entramos a su habitación y ella cerró la puerta, aunque sin llave, sino de manera casual. Entonces sacó un montón de fotos y nos sentamos sobre la cama, una al lado de otra, a verlas. Ella me las explicaba una a una y a veces contaba anécdotas divertidas sobre lo que había ocurrido con esas fotos. Eran fotografías muy personales, de esos pocos momentos que tienen los artistas para divertirse con su gente. Allí noté que, además de ser su asistente, Susana era su amiga.

De repente, las fotos que tenía en la mano izquierda (la que estaba a mi lado), se le desordenaron y casi se le caen. Para arreglarlas, las apoyó en mi falda. Allí las ordenó, y mientras lo hacía, lógicamente, me tocaba la pierna. Pero, cuando terminó, no retiró su mano sino que la dejó sobre mi pierna y, sin decir nada, comenzó a juguetear delicadamente con un solo dedito, el meñique, suavecito. Yo no retiré su mano. No sabía lo que estaba sintiendo, pero me gustaba su delicadeza. Además, ella seguía hablando y contaba cosas muy divertidas. En una de esas, mostró una foto del artista con una muchacha que fue su novia, que también es artista y que tiene fama de ser muy simpática, pero medio loca. Susana me contó algo que ella había hecho y las dos nos reímos mucho. De repente, ella dejó de reír y volteó a mirarme. Y me dijo: “eres muy linda” y comenzó a acariciar, con su índice, el contorno de mi rostro.

Yo estaba temblando. Nunca en mi vida había sentido tanta delicadeza. Ni tampoco esa suavidad de piel que probaba yo por primera vez. Porque ya la estaba tocando. Sin darme cuenta, mi mano la tocaba en un pedacito de piel, de cintura, que se asomaba traviesa por la blusa pegadita que llevaba. Susana tocó los botones de mi blusa y sin decir ni una palabra, sólo con sus ojos brillantes, me pidió permiso para desabotonarla. Y yo, pues se lo di, de la misma forma: sin hablar. Así que ella comenzó despacio y le encantó encontrar que no llevaba brassier. A veces no lo uso porque me incomoda. Sólo me abrió la blusa. Me acarició la espalda, por debajo de la tela, desde la nuca hasta el coxis y viceversa. Arriba y abajo mareándome con esos cariños tan suaves. Es lo que me gusta de las mujeres, la suavidad de todas ellas, pero en ese entonces, apenas la estaba descubriendo.

Terminó de quitarme la blusa. También la faldita. Y las sandalias. Sólo me dejó en la mínima pantaleta que usaba, un hilo dental blanco con bordes rojos. Me contempló entera y me dijo: “Eres bella. Eres una mujer bella”. Se fijó en mis pezones. “Son rosaditos claro. Nunca los había visto tan bellos, con ese color”. Y comenzó a besarlos. Ellos se pararon como yo no había visto jamás. Parecían apuntar sus labios reclamando más besos. Susana besaba y besaba, mientras yo le acariciaba sus cabellos cortos, pero suaves, suavísimos, con olor a frutas. Ella siguió bajando. Me pasó la lengua desde el ombligo hacia abajo y se topó con la pantaletita. Me miró y se dio cuenta de ese miedo que yo tenía, porque era la primera vez y decidió dejarla tranquila. Sin mirar, se coló por los bordes y me dio un beso negro tan intenso que me hizo sentir estrellas dentro del cuerpo, un estallido de emociones inolvidables. Un orgasmo que, en mis pocos juegos sexuales, nunca había sentido.

Cuando terminé, se subió sobre mí y, mientras me acariciaba los muslos con fricción y me besaba en el cuello, se frotaba intensamente. La sentí acabar a ella también, y lamí su sudor. Luego la besé sin permitir que se moviera un milímetro de estar sobre mi cuerpo. Quería retener esa sensación para siempre. “Bella“, me dijo, “quise tenerte desde la primera vez que te vi, hace un año. Pensé que nunca más te vería otra vez. No pensaba dejarte escapar en esta ocasión”. Tenía que irme. En todo este tiempo había olvidado que, abajo, en el primer piso del hotel, me estaría esperando el fotógrafo de la revista, que seguramente se preguntaría dónde andaba yo. Pero no me importaba. Había tenido una de las experiencias sensoriales más espectaculares de mi vida.

Ella no quería que me marchara. Se demoró muchísimo vistiéndome. Insistió en hacerlo, escondiendo, en juego, mis cosas. En cada botón demoraba minutos enteros porque además, me besaba, me acomodaba los cabellos, me hacía cosquillas. Me apretaba por la cintura. Quedamos en vernos al día siguiente, temprano, porque estaría libre hasta las once de la mañana, y quería pasarlo conmigo, salir por la ciudad, si yo quería. Pero yo no quería. Yo sólo quería estar en su habitación, jugando con ella. Y fue lo que hicimos al día siguiente. Tres horas de juegos deliciosos. Y al otro día también. Esa vez fue un poco más. Y las dos noches la acompañé a los conciertos, para verlos desde adentro. Pero sobre todo, para estar con ella.

En el ascensor, mientras bajaba al salón donde habían realizado la conferencia de prensa, inventé una excusa sobre mi demora. Pero, afortunadamente, no hizo ninguna falta. El fotógrafo y el conductor seguían charlando con otros periodistas, bromeando y tomando jugo. Sólo me preguntaron si quería tomarme una coca-cola.

Autora: gigi2824

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