Paseando sola

Mientras uno me follaba, el otro se abrió camino por mi culo, su lengua me llenaba de saliva. Aquello hizo que la follada empezara a gustarme de nuevo. El otro dejó de follarme por el coño, sin sacar su polla. Esperó a que su colega me la metiese por el culo. Esperaba a que se me abriera el ano, y luego seguía su camino hacia adentro. Entonces empezaron los dos a embestirme al mismo ritmo.

Iba tarde, de noche, sola por la calle, después de un día muy largo y agotador. Serían las 3 más o menos. La acera estaba vacía, y no se veía a nadie. Pero yo iba tan cansada que no me di cuenta de un posible asalto y me dispuse a cruzar por el parque. Venía de fiesta y todavía me duraba un poco la borrachera. Había estado a punto de liarme con un chaval, que estaba realmente bien. Pero no resultó, porque en el último momento le entró un mal etílico. Estaba con las ganas.

Iba vestida con un vestido de tela vaquera, de tirantes, con botones por la espalda y unas cintas que me cerraban el escote. Una chaqueta también de tela vaquera y zapatos abiertos de verano con un poco de cuña. Vestida de esa forma llamé la atención de un par de tíos que estaban saliendo de un coche en la oscuridad, o quizá entrando en él. Me preguntaron a ver si quería fiesta, que me llevaban.

– ¡Eh, preciosa! ¿Quieres fiesta? ¡Te llevamos! – No, gracias, vengo de ella. – Venga, enróllate, que no mordemos. Yo seguía andando, pero uno de ellos me salió al camino y me cortó el paso. Empecé a asustarme. – Venga tía ¿cuál es tu problema? En ese momento hice exactamente lo que no debía haber hecho. Le dije: – Que todos los tíos sois unos putos inútiles que no sabéis lo que quiere una tía. – ¡Vaya, va de dura! – le dijo al otro. – ¿Quieres que te demostremos lo contrario? – dijo el otro. – No, me voy a mi casa. Déjame pasar.

Mientras tanto el otro se acercó por detrás. Los dos eran más altos que yo.

– ¿Qué, no quieres follar? – me preguntó. – No gracias, ya lo he intentado, y no ha resultado – mi susto iba en aumento, y para mi sorpresa, la humedad en mi coño también. Si salía de esta me iba a masturbar en casa a conciencia. – Pruébanos – me dijo desde atrás. Me di la vuelta y le dije: – No gracias, me quedaría con las ganas. – Oye, esta tía no quiere nada, joder, además tampoco creo que dé la talla – dijo el otro, y se encaminó al coche-. Nos dejaría con las ganas. Vámonos, tío.

Aquello me ofendió, y no quise dejarlo así.

– Eh, gilipollas, todos los que me he follado han querido repetir. No creo que tú puedas decir lo mismo. – Demuéstralo – dijo el otro. – Demuéstrame tú que valéis la pena.

Entonces se abalanzó hacia mí, y sujetándome la cabeza me dio un beso en la boca. Me metió la lengua casi a la fuerza, y no me soltó del pelo hasta que le correspondí. Entonces, a mi vez, le agarré también y le besé con todas las ganas que llevaba arrastras durante toda la noche.

– Bueno, ¿te animas o qué? Tenemos condones – me dijo. – Primero me demuestras que sabéis hacer que una tía lo pase bien. – Lo vas a pasar de puta madre.

Me llevó marcha atrás hasta su coche, y me hizo tumbarme con la espalda contra el motor. Se puso encima de mí, aplastándome y separándome las piernas. Y mientras inspeccionaba con las manos para quitarme las bragas, volvía a meterme la lengua en la boca. Estaba tan caliente que su lentitud me mataba. Una vez me las hubo quitado, sonrió al ver lo mojada que estaba. – Sujétamela que no se caiga – le dijo al otro. Me subieron un poco más al capó del coche, y mientras me sujetaba por los brazos, el otro empezó a chuparme despacio, sin tocarme el clítoris. Yo quería bastante más que eso, y le buscaba moviendo las caderas, pero no me dejaba. Mientras uno me metía la lengua en el coño, el otro me la metía en la boca.

Me chupaba de arriba abajo, no dejaba un rincón sin lamer, hasta que posó su lengua en mi clítoris, y empecé a jadear, estaba a punto de correrme. Su boca caliente, sus dedos penetrándome, y su mano sobándome las tetas, hicieron que me corriese durante tanto tiempo que pensaba que no iba a soportarlo. Le llené la boca y la cara de jugos, que él chupaba concentrado en darme todo el placer que podía soportar y más. Justo cuando estaba acabando, aunque no del todo, dejó de chuparme y se levantó hasta mi altura. Yo intentaba recuperar el aliento y el ritmo del corazón. Entonces me dijo:

– Ahora nos tienes que demostrar tú que vales la pena. Harás lo que nosotros queramos.

Estaba tan cansada que no comprendí bien lo que me dijo. Se levantó de encima de mí, y el otro me soltó, pero inmediatamente me dijeron que les siguiese. “Lejos de la luz de las farolas” me explicaron. Cogieron algo del maletero, cerraron el coche, y les seguí, a la expectativa de seguir follando. No me puse las bragas, me las guardé en la chaqueta. Cuando decidieron que era suficientemente lejos me di cuenta de que ese lado del parque siempre estaba vacío. La hierba estaba alta, y un poco más lejos había un bosquecito. Me llevaron hasta allí. Por el camino me fijé un poco más en ellos. El que me había chupado era un poco más alto que el otro, pero el otro era más fuerte. Los dos con el pelo un poco largo, pero no demasiado, pantalones vaqueros y camiseta de diferente color. Tendrían alrededor de 30 años. Y sobre todo estaban bastante bien, incluso tanto como el que me había dejado con las ganas. Cuando se pararon, el más alto me dijo:

– Tú sigue el juego, y lo pasaremos bien los tres. Se acercó y repitió lo de antes: me besó con fuerza, pero estaba vez me agarró por el culo y me aplastó contra él.

Estaba empalmado, bastante. El otro detrás hacía ruido de quitarse la ropa. Me soltó y el otro repitió la escena. Estaba completamente desnudo y empalmado, y me subió la falda del vestido para sobarme el culo y arrastrarme hasta donde estaba. Me subió tanto la falda que noté su polla rozándome el pelo del coño. Mientras tanto el otro también se había desnudado. Se apartaron de mí y me dijeron que era mi turno.

– Tengo ganas de verte esas tetas – dijo el más fuerte.

Me decidí y dejé que la chaqueta se deslizara por mis brazos hasta que cayó al suelo. Estaba sudando y agradecí quitármela. Me di la vuelta y me bajé la cremallera despacio, y sin bajarme el vestido me desabroché el sujetador. Luego me desnudé de cintura arriba y me bajé el vestido hasta que cayó a mis pies. Enseguida noté que alguien me abrazaba por detrás. Me sobaba las tetas apretándomelas con fuerza, y me chupaba el cuello. Notaba su polla dura contra mi culo. Estaba deseando que me la metiera.

– Ponte de rodillas – me susurró. Era el más fuerte.

Me agaché al mismo tiempo que él hasta que mis rodillas toparon con la hierba del suelo. Luego me empujó por la espalda y me puso a cuatro patas. Ya sabía lo que venía ahora. Mientras su capullo me acariciaba levemente, oí ruido de plástico. Estaba abriendo un condón.- No te muevas – me dijo y se apartó de mí. Enseguida volvió, y su puso encima de mí, sus manos en mis muñecas y sus piernas sobre las mías, inmovilizándome. Entonces empezó a meterme la polla despacio, haciéndose de rogar. Pero de repente embistió con fuerza, y me la clavó hasta el fondo. Solté un grito, entre dolor, sorpresa y placer. Mientras tanto el otro se había colocado de rodillas delante de mí, con la polla a la altura de mi boca. No hizo falta que me dijera qué quería. Abrí la boca y me la metió. El sabor a plástico me pilló desprevenida. Mientras uno me follaba con fuerza, con embestidas que me proyectaban hacia delante, el otro me metió la polla en la boca, agarrándome por el pelo y haciendo tragar su gordo miembro.

Estaba inmovilizada, no podía moverme en busca del orgasmo, y no podía respirar con normalidad. Quise moverme, pero solo conseguí que me sujetasen con más fuerza. Estaba atrapada, sus pollas me barrenaban, me penetraban, estaba a merced de su deseo, mientras el mío propio me mataba y no podía aliviarlo. Mi cabeza se volvía loca.

Al fin, el que me estaba follando por el coño, empezó a correrse. Sus embestidas se hicieron más agresivas, y si no me lanzaban contra el suelo con esa fuerza era porque tenía otra polla en la boca. Noté cómo se tensaba, cómo me agarraba con más fuerza, oí sus jadeos y noté su aliento en mi nuca. Se corrió con violencia, y se quedó dentro un momento, recuperando el ritmo vital. Pero el otro también quería probarme. Me la sacó de la boca, y aproveché para coger aire y llenar los pulmones. No me dejaron que me moviese ni un milímetro. En seguida cogió el lugar del otro, y me penetró sin miramientos, a la primera vez me la clavó hasta las entrañas, y volví a soltar un grito. Se irguió sobre mí, y puso las dos manos en mis tetas, mientras el otro me sujetaba las muñecas y me metía la lengua en la boca.

Me estrujaba las tetas y me daba tanto placer que me habría gustado ayudarle en su cometido, pero seguía inmovilizada. Su polla me estaba follando tan rápido y fuerte, que me corrí yo antes que él. Pensaba que me iba en fluidos, que se me escapaba toda la fuerza del cuerpo por el coño. Me corrí durante tanto tiempo, que su orgasmo acompañó al mío. Posó las dos manos en mis hombros, y me movía entera para penetrarme con más fuerza, hasta que cayó exhausto encima de mí. Me soltó las muñecas, y nos quedamos en el suelo. Pero el otro había vuelto a empalmarse viéndonos.

Buscó algo entre la ropa y luego se acercó. Le apartó de mí, y me llevó las manos hasta la nuca… Me las sujetó a la altura de las muñecas con cinta adhesiva, mientras me decía que estuviese tranquila, que eso era algo que había querido hacer siempre. Me ayudó a darme la vuelta, y se tumbó entre mis piernas. Yo le miraba interrogativa y excitada, pero también cansada. Volvió a penetrarme, pero esta vez con suavidad, con cuidado. Me quejé. Me habían dejado irritada de sus embestidas, pero el flujo vaginal hacía de lubricante, y pronto el placer fue más poderoso que el dolor. Mientras me chupaba las tetas y me sobaba con las manos allí donde llegaban, me folló despacio, con todo el tiempo del mundo, dándome placer y subiéndome al cielo. Busqué al otro con la mirada, y le vi sentado mirándonos, haciéndose una paja, pero tan despacio como su amigo me estaba follando.

Luego se acercó y mientras me besaba y jugábamos con la lengua, seguía pajeándose. Duramos así bastante tiempo, hasta que un orgasmo me hizo estremecerme. Mojé la polla al que me estaba follando, y le mordí la boca al que me hacía callar con la lengua. Me dejaron un momento para que me recuperase y descansase. Luego me ayudaron a levantarme y me llevaron con las manos atadas hasta uno de los árboles. Tenía ramas bastante bajas. Con más cinta adhesiva me sujetaron las manos por encima de la cabeza a una rama que estaba lo suficientemente alta como para tener que ponerme en las puntas de los pies. De todas formas no dejaron de sujetarme para que no me quedara colgada por los brazos.

Mientras el alto me sujetaba por detrás, el fuerte se llevó mis piernas alrededor de su cuerpo, y volvió a meterme la polla. Me folló durante un ratito exquisito, y luego cambió el sitio con el otro. La situación se repitió, pero esta vez no se limitó a unos segundos, siguió follándome despacio. Yo estaba lo suficientemente cansada como para simplemente dejarles hacer. Mientras uno me follaba, el otro se abrió camino por mi culo. Me separó las nalgas con las dos manos, y noté cómo su lengua caliente me llenaba de saliva. Aquello hizo que la follada empezara a gustarme de nuevo. Pero apartó la lengua demasiado pronto. Al parecer mis propios jugos me habían lubricado. Dejó de follarme el coño, pero tampoco la sacó. Esperó a que su colega me la metiese por el culo. Lo hizo muy despacio, un poco cada vez, mientras me manipulaban el clítoris para mantenerme excitada.

Esperaba a que se me abriera el ano, y luego seguía su camino hacia adentro. Notaba cada centímetro que avanzaba, hasta que me la metió entera. Entonces empezaron los dos a embestirme al mismo ritmo. Mis pies no tocaban el suelo, y mi cuerpo estaba aplastado entre sus cuerpos. Me movían y se acoplaban a mi cuerpo, y sus pollas me taladraban de tal forma que el placer y el dolor se mezclaron en tal morbo que me habría gustado que me desataran, o que me follaran más deprisa.

Entre jadeos y sudor, el que me estaba sodomizando me preguntó que tal iba, y por respuesta sólo pude jadear a mi vez. En consecuencia subieron el ritmo progresivamente. Me daban tan fuerte y deprisa y tan sincronizados, que empecé a correrme sin darme cuenta. Fue un largo orgasmo que los excitó más a ellos. No paraba de correrme en medio de sus embestidas, hasta que el que me estaba barrenando el culo se corrió arañándome por donde me sujetaba. El otro no tardó mucho más. No me sacaron la polla hasta que se hubieron corrido los dos, y todavía se quedaron unos segundos respirando sobre mí y mojándome con su sudor. Luego me libraron de sus pollas, y me desataron. Me dejé caer al suelo, exhausta y sin fuerza. Se tumbaron conmigo y me chuparon el coño y el ano hasta que me limpiaron de mis propios jugos. Luego se quedaron tendidos uno a cada lado.

Cuando recuperamos las fuerzas, nos levantamos y nos vestimos, y fuimos de vuelta al coche. Me llevaron hasta cerca de mi casa, y se despidieron con un beso cada uno, y una promesa de volver a repetirlo. Tengo su teléfono y el olor de sus cuerpos metido en la memoria.

Volví a estar con ellos. Pero fue una situación muy diferente a la vez anterior. El caso es que estaba con un chaval, aparcados al lado de la playa fumando antes de irnos a casa. No era muy tarde, pero ya había anochecido. Estábamos tan tranquilos y a gusto que no nos dimos cuenta de que alguien se acercaba al coche. Eran dos vigilantes de seguridad de la estación del tren metropolitano que venían a echarnos. Eran los dos tíos que me follaron en el parque, y se llevaron una sorpresa muy agradable cuando me reconocieron. Me hicieron bajar del coche mientras mi amigo se quedaba dentro, y me alejaron unos metros. Me dijeron, en resumen, que si me quedaba con ellos no llamarían a la policía. Decidí quedarme.

Me despedí de mi amigo, diciéndole que les conocía y que se fuera a casa, y les hice compañía durante hora y media hasta que terminaron el turno y cerraron la estación, pero con nosotros dentro. Me llevaron por un pasillo hasta una oficina bastante pequeña. Había una mesa puesta contra la pared con una silla, y unos estantes al lado, contra la pared también. Antes de que pudiera ver con más detalles la estancia, me pidieron que me quitara las bragas. Yo iba vestida con unos pantalones vaqueros ajustados a la moda, una camiseta de manga corta y calzado deportivo. Además del bolso. No podía creerme lo que había oído.

– Oye, o te quitas las bragas o llamamos a la policía y les damos esto. – ¿Qué me vais a hacer exactamente? – Tranquila, que no te vamos a hacer daño. – Estoy asustada. – Venga, tranquila – repitió, y acercándose a mí me besó en la boca.

Dejó mi bolso encima de la mesa, y su compañero empezó a destrabarme los pantalones. Sin soltarme me los bajó hasta las rodillas, y yo le ayudé quitándome el calzado haciendo presión con un pie en el otro. Mientras seguíamos besándonos, el otro me sacó la ropa del todo, y luego, separándose de mí me dijeron que me pusiera los pantalones. Luego se guardaron mis bragas. Me vestí, y enseguida quisieron también mi sujetador. Esta vez me lo pude quitar sin tener que desnudarme. Una vez tuvieron sus trofeos me llevaron de nuevo a la calle y me metieron en el coche del otro día. Me senté detrás con el que dijo que se llamaba Jokin y el otro condujo hasta un descampado al borde de unos acantilados.

En el camino no me hicieron nada, solo fuimos hablando. Me dijeron que habían estado pensando en mí todos estos días, y que me habían echado de menos. Les dije, a mi vez, que no me atrevía a llamar a dos tipos que ni siquiera me habían dicho sus nombres. Una cosa fue una locura de un sábado, y otra perpetuarla para siempre. Les hizo gracia. Al parecer les di una imagen de mí que yo no recordaba. Nos bajamos del coche, y entre que no llevaba ropa interior, y entre que el pantalón me rozaba, empecé a mojarme. Al menos no me harían daño, pensé. La lubricación no me faltaría.

Empezamos a bajar por un senderito hasta una playa pequeñita, y una vez allí el que había conducido volvió a besarme. Me puso las dos manos en mi culo sin bragas, mientras Jokin me sujetaba las manos a la espalda.

– No te asustes – me dijo.

Dejó de besarme y empezó a quitarme los pantalones. El otro desde atrás me besaba en el cuello. Una vez desnuda de cintura hacia abajo, desde atrás me separó las piernas con sus pies, y llevó la mano directamente a mi coño. Allí se dio cuenta de lo que me estaban excitando…

Autora: uretandantzan

Me gusta / No me gusta

El Batido de fresas

Era una putilla; se comportaba como una experimentada actriz porno, sus dedos entraban y salían de su coño haciendo lo posible por mantener los labios de su sexo, totalmente abiertos y los labios de su boca entreabiertos. Humedecía su coño con su saliva y su boca con sus jugos vaginales. Entonces oí como su madre salía del baño. Su hija se corría y yo eyaculaba en el suelo.

Si alguien me pregunta cuales fueron mis mejores vacaciones, les respondo que fue un fin de semana de verano que pasé en el chalet de mi jefe junto con su familia, inmediatamente me tachan de pelota y no me creen; aunque tampoco les digo toda la verdad, porque si se entera mi jefe de lo bien que me lo pasé posiblemente me despida.

La situación del chalet era envidiable, cerca de unos acantilados y de una cala apartada y casi desierta. El viernes por la noche lo habíamos pasado cenando en un puerto deportivo junto con su hija, una chica joven con un cuerpo esplendido, con cara aniñada con cierto punto de picarona. Tengo que confesar que eran unos perfectos conversadores. El era un pijo de los de siempre forjado a base de guateques sesenteros, su hija le gustaba el estilo ibicenco o nuevo hippie.

El sábado estuvimos todo el tiempo en la playa, su hija se puso en top-less dejando ver unas tetas perfectas, no eran excesivamente grandes, pero si rellenas y erectas. Yo hacía como si no estuvieran allí, pero cada vez que su padre se echaba en la arena, dirigía mi vista hacia ellas. Cuando mi jefe se quedó dormido, mis miradas empezaron a ser insolentes, J. se dio cuenta y mi cara se enrojeció. “¿Nos damos un baño?” Dicho y hecho; corrí tras sus piernas largas y esbeltas y sus tetas bamboleantes.

En el agua, J. se abalanzó sobre mí y me dio una ahogadilla. Salí detrás de ella y la cogí por detrás, involuntariamente, le agarré las tetas. La solté, dudando de su reacción, pero parecía no importarle. Volvió a lanzarse sobre mí; yo me eché hacia atrás y J. me agarró del bañador, mi pene se escapó, saltando como un pez más, alegre en el inmenso mar. Intenté subirme el bañador, pero en mi ofuscación no atinaba a colocármelo. Ella se acercó me lo cogió y, con una presión que casi me lo parte por la mitad, lo devolvió a su lugar.

– Ves que fácil es.

Me quedé petrificado ante su acción, ella, por su parte, se rió y salió del agua. La seguí hasta donde estaba su padre. Entonces ella se agachó sobre él y le acarició la espalda con sus enhiestos pezones, aquello llevó mi erección al máximo. Su padre se despertó con el frío del agua, sin percatarse de que eran las tetas húmedas de su hija las que lo habían despertado, quizás pensase que habían sido sus dedos. Yo inmediatamente me tiré al suelo para escurrir el bulto.

– Muchacho- me dijo mi jefe- échate sobre una toalla, te vas a llenar de arena. – Me gusta así- le contesté.

Mi jefe se puso boca abajo. Su hija aguantaba la risa; en realidad se estaba cachondeando de mí. Empezó a tocarse el pezón con su dedo mientras canturreaba, para mí era como si me estuviera tocando el pene, porque cuanto más erecto estaba su pezón más erecta estaba mi polla. Luego se acarició los labios con el índice de su otra mano, manteniendo la boca entreabierta. Entonces me di cuenta que los saltos que mi miembro daba, presionado por la arena se dirigían a un orgasmo y que no podía remediar. Cuando la muy puta se metió el dedo en la boca y se lo chupó, la naturaleza explotó. Ella se dio cuenta y dijo:

-¿Por qué no vamos a tomarnos unas cervezas? – Muy buena idea- dijo su padre, levantándose de inmediato. – Perdonadme, pero yo me voy a quedar un poquito más- dije.

El mar estaba cerca para una limpieza de urgencia. Aquella tarde mi jefe tenía que ir a recoger a su mujer del aeropuerto. Tardaría al menos dos horas y media en volver y di por seguro que las aprovecharía para acostarme con su hija. Pero esta, al quedarnos solos, parecía indiferente, y yo no supe como seducirla por lo nervioso que estaba. Me fui a mi habitación. Esperaba que en cualquier momento entrara, pero pasó un buen rato y allí no pasaba nada. Entonces abrí la puerta me desabotoné el short para dejar entrever mi pene enhiesto y permanecí como un pescador con su caña, simulando estar durmiendo. Al cabo de un tiempo oí como ella pasaba de largo por mi puerta. Dudé si me habría visto o no, estaba a punto de levantarme, cuando sentí que ella había vuelto y permanecía en el quicio de la puerta.

Al excitarme más, mi pene volvió a escaparse y me convencí de que era más valiente que yo. Permanecí quieto a la espera de acontecimientos. Al final dio resultado porque ella se acercó y se sentó en la cama. Sin preámbulos, empezó a chupármela. Con los ojos entreabiertos, me deleité en la visión de su boca y de su pelo lacio cayendo sobre mi vientre. Yo hice como si despertara. Ella dejó de mamármela y se abrazó a mí, estaba desnuda. Le metí la mano entre sus piernas y acaricié su humedad. Estábamos los dos a punto, la penetré suavemente y le eché las dos manos al trasero, nada más hacerlo ella se levantó bruscamente y dijo: -“Mi padre”.

Entonces oí las voces de sus padres que entraban por el hall. Se vistió rápidamente y cerró la puerta. Mi jefe preguntó por mí y ella le dijo que estaba durmiendo. Menos mal, no estaba con el aspecto para ser presentado a la mujer del jefe. Oí como mi jefe salía y su esposa entraba en el servicio. De pronto J. entró en mi habitación y me besó. Le dije que lo dejásemos porque nos podrían descubrir.

– Mi padre está echado sobre la hamaca en el jardín y mi madre ha entrado en el baño, ella no se ducha, se baña con sales y permanece más de media hora. Ven.

Me cogió de la mano y me llevó al salón. Me mandó que vigilara por la ventana que daba al jardín. Ella se agachó y se ocultó bajo la ventana y con las dos manos empezó a acariciarme el trasero mientras me mordía el miembro por encima de los calzoncillos.

– Hola ¿Estás ahí?- me dijo mi jefe desde la hamaca. – Pues sí – acerté a contestarle.

Por entonces J. ya estaba chupándomela. Su padre seguía hablando, pero yo no entendía nada de lo que me decía, solo sentía como aquella chavala era una experta en mamadas, porque no se limitaba a chupar, sino que lamía y cambiaba de ritmo. Estaba a punto de correrme cuando mi jefe preguntó por su hija.

– Voy a llamarla- dije y sin moverme de la ventana giré y grité- J. tu padre te llama.

Ella se apartó y se levantó, saliendo a la ventana.

– ¿Si, papá? – Hija, porque no me traes un batido de fresas naturales.

Ella mientras tanto me agarraba la polla con su mano y no dejaba de meneármela.

– Ahora mismo- volvió a agacharse y siguió con su mamada.

Yo tenía los ojos en blanco cuando mi jefe se volvió y me miró seriamente.

– P. pareces un poco cansado, deberías de probar otro batido. Yo solo pude asentir con la cabeza.
Mi jefe se recostó otra vez en la hamaca mientras decía. – El batido de fresas es un alimento completísimo. La leche compagina perfectamente con las fresas. Yo siempre le aconsejo a mi hija, que beba leche para hacerse una mujer sana, cuanto más leche mejor.  J.- gritó- tomate otro batido. Cuanto más leche mejor.

Mi jefe no sabía el efecto que sus consejos me provocaban. Me corrí como un desalmado y mi leche inundó la boquita de fresa de su hija. Ante mis gemidos, mi jefe volvió la cabeza y mirándome, sonrió.

– Que gracioso es ver a alguien que va a estornudar y no puede.

A mí me dio una risa tan floja como lo estaban mis piernas. Volví la vista al salón. J. me susurraba “mírame”. Se sentó en un sillón y abrió sus muslos. Solo llevaba una camiseta de tirantes y pude ver su coño como en un libro de medicina. Mientras se masturbaba, me dijo “tócate”. Apartándome un poco de la ventana, pero no tanto para dejar de controlar a su padre, empecé a meneármela. Era una putilla; se comportaba como una experimentada actriz porno, ladeaba la cabeza, se acariciaba y estrujaba sus pechos; sus dedos entraban y salían de su coño haciendo lo posible por mantener los labios de su sexo, totalmente abiertos y los labios de su boca entreabiertos. Humedecía su coño con su saliva y su boca con sus jugos vaginales. Entonces oí como su madre salía del baño. Su hija se corría y yo eyaculaba en el suelo. Como pude restregué el semen sobre el suelo con mi pie desnudo.

J. se levantó y se fue a la cocina para hacer batidos de fresa. Mi jefe me presentó a su mujer y estuvimos bebiendo batido de fresa en el jardín. Todos nos reímos cuando J. se vertió parte del batido sobre su camiseta. Ella también se rió, mientras me miraba con una sonrisa de complicidad con sus labios llenos de leche y sus pezones mojados que parecían que iban a atravesar la tela. Aquella noche, esperaba continuar las experiencias; porque me había quedado con las ganas de follármela, deseaba hacerlo cuando sus padres durmieran por la madrugada. Pero he aquí que apareció el novio de J. para salir con ella, que a primera vista parecía un gilipollas surfista pijo. Ella, cuando pudo, me dijo: “Cuando esta noche folle con mi novio, pensaré en ti”. Lo cual no me consoló, teniendo en cuenta que a la mañana siguiente partía de la casa.

Autor: tronic

Me gusta / No me gusta