El negro Mauro

Sofía se relajó respirando profundamente y tomando el grueso pene lo colocó a la entrada de su lubricada raja. El hombre dio un berrido de gusto y se dejó caer sobre ella, enterrándole casi la totalidad de su descomunal verga, mientras mi esposa lanzaba un gemido de placer al sentir perforada sus entrañas.

Con Sofía, mi esposa, desde hace tiempo veníamos manejando la fantasía sexual de verla haciendo el amor con otro hombre, pero no nos habíamos atrevido, por temor a que esto cambiara nuestra relación de pareja y además, debíamos encontrar a alguien que le agradara a ella.

Sin embargo, después de conversarlo bastante, nos decidimos a dar el paso deseado. Nos fuimos a una discoteca en un conocido hotel de la ciudad y ella, conforme a lo convenido, se acomodó sola en la barra a poca distancia mía, para poder observar lo que pasaba

No le fue difícil llamar la atención, ya que ella es muy atractiva a sus 28 años, blanca, de cuerpo hermoso, estatura menuda de 1.60 mts., cabello pelirrojo, corto, y cara bonita muy bien maquillada, resaltando sus labios rojos, seductores y provocativos. Vestía una diminuta falda y una blusa semitransparente, sin botones, amarrada con un lacito que dejaba ver sus senos medianos y duros.

Empezó a tomarse una copa y al rato ya se le habían acercado varios tipos, pero ella los alejaba diplomáticamente, porque al parecer, no le agradaba ninguno.

Me distraje pidiendo un trago y al volver a mirar, la vi hablando con un tipo de color negro, de unos treinta años, mediana estatura y musculoso. Me sorprendí con esto, puesto que nunca habíamos considerado que podía ser con un negro, pero al parecer le caía bien ya que a pesar de no escuchar lo que decían, por el bullicio de la gente, los observé muy animados y bastante cerca el uno del otro.

El tipo, muy afable en sus ademanes le ofreció un cigarrillo y a pesar de que no me gusta que fume, me calentó el hecho de verla coqueteando con otro hombre en mi presencia. Por momentos reían y ella disfrutaba el juego mirándome disimuladamente.

Al cabo de varias rondas de tragos, ya mi esposa había establecido confianza con el negro, pues entre risas, se abrazaban y se secreteaban rozándose las mejillas.

Al sonar música romántica, él la invitó a bailar y salieron a la pista. El tipo la rodeó con sus brazos por la cintura, apretándola fuertemente y ella rodeó sus manos en su cuello. Empezaron a bailar y a pesar de la penumbra y las otras parejas yo podía ver desde mi puesto que seguían hablando.

En una de esas, se miraron frente a frente y el negro la besó en la mejilla, mientras ella descaradamente acercó sus labios hasta los de él, entreabriéndolos. El negro apoyó su boca en la de mi esposa, deslizando su lengua dentro de ella y comenzaron a besarse apasionadamente. Sofía entrecerraba los ojos sujetándolo fuertemente por la nuca, mientras él masajeaba sus senos erguidos. Por momentos era ella la que introducía su lengua en la boca de él y con una mano le acariciaba el bulto en su entrepierna.

Después de un buen rato bailando, besándose y masajeándose, se sentaron y ella con el pretexto de ir al baño, hizo que yo la siguiera.

Al acercarme, la sentí bien cachonda y medio borracha. Su cuerpo estaba sudoroso y tenía un olor a licor y macho. Me dijo que quería seguir adelante pues el tipo le gustaba muchísimo, estaba hospedado en el mismo hotel y le había propuesto subir a su habitación. Sofía le había dicho que era casada y que yo estaba ahí, a lo que él le dijo que podía subir también. Yo le dije que estaba dispuesto a todo y ella me dio un beso de agradecimiento.

Regresamos a la discoteca y al presentármelo, tuve una buena impresión del negro. Se llamaba Mauro y era brasileño. Estaba en un viaje de negocios y había salido a divertirse un rato. Me comentó que mi esposa estaba muy buena y que le había llamado la atención su físico menudo, porque era diferente a las que él conocía.

Mientras conversábamos, ofrecí varias rondas de tragos. Sofía se veía ansiosa y no pudiendo ocultar la desesperación sexual que la poseía, insistió en la invitación de Mauro. Así que pagamos la cuenta y subimos a su habitación.

Era una suite muy espaciosa y una vez en ella entablamos confianza. Nos sentamos a tomarnos unos tragos que él sirvió y continuamos charlando amenamente. Sofía y Mauro, se sentaron juntos en el sofá y ella sin ningún tipo de prejuicio, lo acariciaba.

Al acabarse mi trago, decidí servirme otro y me levanté para ir al bar. Al regresar, los observé que no perdían el tiempo: el negro estaba volteado hacia ella y se besaban apasionadamente. Los sensuales labios de Sofía desaparecían bajo los de Mauro, que metía sus manos en la blusa masajeando sus pechos erizados. Fue un largo y profundo beso que los dejó jadeantes.

Ella me miró y yo asentí. Entonces se paró y se quitó la ropa, quedando solo en hilo dental. El negro entretanto también se quitaba la suya. Me quedé sorprendido cuando mostró su tremendo pene. Era descomunalmente grande, de unas 12″, grueso, muy negro y con la cabeza morada.

Se abrazaron nuevamente y se besaron otra vez estableciendo un tremendo juego de lenguas durante un buen rato. Luego él bajó su lengua por el cuello de ella hasta llegar a sus senos, apoderándose de sus pezones y chupándoselos, haciendo que mi esposa gimiera de placer. Esto le produjo el primer orgasmo de la noche.

Al cabo de un rato, Mauro la tomó de la mano, llevándola hasta la habitación. Sofía se acostó boca arriba, mientras el negro agarraba su tremenda herramienta y la acercaba a su cara. Ella, que no la había visto bien, lo detuvo apoyando su mano en la pelvis de él. Pero ante la insistencia del tipo, la agarró, primero muy tímidamente y luego empezó a recorrerla en toda su longitud hasta que la sujetó fuertemente empezando a pajeársela.

Sofía se quedó mirando la tremenda herramienta del negro pensando si semejante macana le cabía en la boca, pero al final de cuentas era lo que menos le importaba. Sacó su lengua mojando con ella la punta del glande y luego abrió más sus labios arropando la cabezota. Sus movimientos se hicieron más eróticos cuando alojó casi la totalidad del pene y empezó a darle largas y profundas chupadas de arriba abajo.

Aquello me puso a mil, pues nunca me había imaginado a mi esposa mamándole la verga a otro hombre con tanto placer. A pesar de que a mí me encanta, ella nunca me había hecho sexo oral como ahora se lo hacía a Mauro. Inclusive, había momentos en que le chupaba las pelotas cargadas de espumosa leche metiéndoselas una por una.

El negro echaba su cabeza hacia atrás gimiendo con el tremendo placer que Sofía le daba, meciéndose suavemente introduciendo y sacando sus 12″ de la sensual boca de mi mujer, que estaba completamente concentrada en su papel de mamadora enrollando su lengua en el glande mientras sentía su vagina mojada por el deseo.

El tipo, emocionado, la agarró por la cabeza y empezó a cogérsela por la boca. Las piernas de Mauro se tensaron y empujó más profundamente en la garganta de Sofía, hasta que sus vellos púbicos se aplastaban contra los labios de ella empezando a sacudirse. Mi esposa presintiendo que se iba a venir, sacó de su boca la verga del tipo, saboreando el hoyuelo que lagrimeaba el líquido pre eyaculatorio.

El negro sin aguantar más, le quitó el hilo dental y se acomodó entre sus piernas. Sofía se relajó respirando profundamente y tomando el grueso pene lo colocó a la entrada de su lubricada raja. El hombre dio un berrido de gusto y se dejó caer sobre ella, enterrándole casi la totalidad de su descomunal verga, mientras mi esposa lanzaba un gemido de placer al sentir perforada sus entrañas.

El tipo le empujó las piernas hacia atrás y apalancó su verga dentro de ella hasta el último centímetro. Yo sentí la mía ponerse más dura de lo normal al observar al negro enterrar su torpedo de carne en la dilatada rajita de mi esposa, que ya alojaba las 12″ dentro de ella. Nunca la habían cogido tan profundamente. Le estaba entrando hasta los más íntimos rincones de su sexo.

Sofía cruzó sus piernas alrededor de su espalda y empezó a pedirle que le diera verga. El negro sacaba su pene mojado por los jugos de ella y volvía a embestir con mayor fuerza hasta pegar sus vellos púbicos a los de mi esposa, adquiriendo un ritmo enloquecedor.

Mauro comenzó a gozar el delicioso cuerpo de mi esposa dedicándose mientras tanto a comerle los senos a besos, mordidas y chupones. Ella lo abrazaba por las nalgas atrayéndolo hacia su vulva para una mayor penetración, brindándole sus entreabiertos labios. El negro se apoderó de ellos en un largo y apasionado beso y luego establecieron un tremendo juego de lenguas.

Al cabo de unos diez minutos de este sexual y acompasado forcejeo, sus cuerpos sudorosos se convulsionaron con la proximidad del orgasmo. El negro lanzó una última y profunda arremetida contra su vulva, mientras sus testículos se contraían lanzando su descarga de leche caliente hasta lo más profundo de sus entrañas e inundándole la vagina. Mi mujer aullaba y vibraba con un tremendo orgasmo, como jamás lo había tenido. Sus jugos se juntaban con los de él, chorreándole hasta las nalgas.

Nunca me había imaginado algo tan excitante. Acababa de ver a mi mujer mamarle la verga a otro hombre y éste se la culeaba en mi presencia, pero aquello me tenía con la verga bien parada y unas ganas tremendas de cogérmela yo también, así que empecé a desnudarme.

Volví a mirarlos y esperé a que terminaran. Los observé abrazados, aún moviéndose con los últimos espasmos de semejante polvo, acariciándose y besándose. Luego, el negro desensartó su largo y brillante pene de la vagina de mi esposa que chorreaba el viscoso líquido y entró al baño.

Sofía lanzaba profundos suspiros e inmediatamente me monté sobre ella. Aún jadeaba y su cuerpo estaba sudoroso y totalmente deseable. Dirigí mi pene a su vagina. La tenía tan húmeda, caliente y pegajosa por la leche del otro tipo, que al penetrarla, se le fue enseguida hasta el fondo. De hecho, la tenía ancha, amoldada al grosor de tolete de Mauro.

El placer que sentí fue indescriptible. Me abrazó y me besó apasionadamente arqueando su pierna tras mi espalda. Sus labios tenían un raro, pero erótico sabor, que me imagino era por la chupada que le había dado al negro y a pesar de todo conservaban su frescura y color rojo.

Empecé a bombearla con fuerza mientras ella movía sus caderas acompasadamente, hasta que exploté en un delicioso orgasmo, inundando su vagina con una segunda descarga de leche y revolviéndola con la del otro macho.

Nos quedamos abrazados unos minutos, mientras yo observaba el semblante de satisfacción en su bello rostro. Acabábamos de tener el mejor sexo en nuestra vida de casados. Finalmente, nos separamos y ella también entró al baño.

Al cabo de un rato, ni ella ni el negro salían de allí, por lo que fui a mirar qué sucedía. Pero, eso lo contaré en otra oportunidad.

Autor: El Garoto

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