¿Me lo prestas? Laura me prestó a Gaby

¿Me lo prestas? Laura me prestó a Gaby.

Esa noche de verano, algo húmeda y pronóstico de lluvia, daba espacio para compartirla, Laura mi amiga con derecho a sexo, invita a pasar la velada, también está Gaby, amiga y compinche de andanzas. Todo pinta para una aventura voluptuosa, me sumo con gusto al menú del erotismo y la lujuria que se dibuja en sus intenciones. Fue una noche para compartir el macho, presagio de un trío con dos hembras que se regalan.
Las cervezas, el vino espumante dulzón y frutado había sentado sus reales en la conciencia de las dos mujeres, por mejor decir, en la inconciencia, los juegos de palabras en doble sentido habían subido de osadas a permisivas insinuaciones. La aceptación de los envites subían la apuesta, la amistad y la intimidad entre ella daba para todo y más. Miradas y gestos me hacían comprender que era yo el destinatario de todas sus intenciones.
Poco me costó descifrar ese código secreto de gestos e insinuaciones, que a esta altura de la noche el alcohol recorriendo sus venas hacía todo más simple, más visible. Yo era el objeto fetiche de sus juegos, estaba siendo el objetivo de ese juego de atracción y sensualidad al calor de la húmeda noche de verano.
El calor y la nocturnidad servían de escenario para la representación del acto de erotismo que se estaba gestando. Algo se dicen a oído y da comienzo la función.
Laura comenzará el juego, sacándose la blusa para quedar en soutién con la excusa del calor, invita a Gaby a copiarla para que refrescara el “pechito”, dicho esto con cierto sarcasmo, incita a ir por más…
Los gestos de aceptación las invitaba a continuar, seguir despojándose de ropas e inhibiciones. Menos ropas, más desenfado, mayor libertad, crece la temperatura erótica, ellas pasn de provocadoras a rehenes de esa excitación creada como un juego escénico, el desmadre subía como el humo de una fogata, ascendía a niveles que nos excedían.
Sólo con las prendas mínimas comenzaron a danzar, ondulando las caderas y exagerando los movimientos provocativos al máximo, me invitan a ponerme en consonancia de indumentaria, azuzan para que apure el trámite.
Era tiempo de que los tres juntos, abrazados giráramos al compás de una melodía que imaginada. Los cuerpos se juntan, rozan y frotan, es momento que la pasión comienza a hacer de las suyas, los corpiños caen como pétalos de una flor, se deslizan entre los cuerpos agitados y las carnes ansiosa por sentir el roce atrevido de la carne ajena.
Como siguiendo una coreografía imaginaria, el trío llegó al borde de la cama de Laura. Cuando las mujeres estuvieron de espaldas al lecho, bastó un simple empujoncito para dejarlas tendidas sobre el lecho, a la par, para observar desde la cima del deseo a dos hembras agitadas y semidesnudas mirar como bajo el slip el miembro comenzaba a denotar el deseo que despertaban sus cuerpos exhibidos con total impunidad para el macho que recibía ese obsequio inesperado como final de fiesta.
La noche era joven y el deseo comenzaba a gestarse, los gestos evidencian que ambas mujeres desean compartir el mismo hombre, sentir como se ofrendan al macho que hace gozar tanto a Laura. Desconozco de quién fue la idea, pero sí la génesis de la misma. Gaby escuchó más de una vez cuando Laura relataba hasta en sus mínimos detalles los momentos de intimidad y sexo con su Luis (yo), y en un alarde de atrevido deseo encubierto le dijo: “¿me lo prestas?”
Esa frase como juego inocente, poco tenía de juego y menos de inocente, pero cuando me comentó de sus dichos también debió hacer el mismo efecto, ahora me sentía el súper macho, deseando dos hembras en tetas, ofrendadas a mis deseos, podría imaginar deseando sentir las cualidades del macho promocionadas por mi amiga Laura.
Inclinado sobre ellas, repartí por igual las caricias sobre los pechos, el vientre y frotar la palma en el pubis. No hacían falta palabras, los gestos y los suspiros eran el mejor diálogo del deseo. Quitarle la bombacha a Laura fue el primer paso, eleva las caderas facilita sacarle la prenda, la bombacha roja de Gaby que también sale de su dueña para que exhiba a pleno su jugosa vagina, separó las piernas para mostrarse, la vagina se muestra como una herida en deseo, rojo nacarado brillante el interior ofrece la otra cara del deseo en su expresión más atrevida.
A esta altura de los hechos, todo está dicho, las muchachas se miran, me sonríen en señal de invitación, Laura me indica con el dedo índice que me acerque… Inclinarme despacio sobre el cuerpo de Laura para besarla toda, desde los pechos que mamo con fruición y deseo, suelo morder cuando me posesiono, exprimo las tetas al tiempo que engullo cada una, es una acción que siempre me puede, me adueño de sus pechos, apretando algo más de lo pensado como para evitar que se escapen, prodigo mis mejores mamadas llevando su deseo al cielo.
Observo de reojo la actitud de Gaby, que mueve sus piernas y ondula el vientre en señal inequívoca de contagiosa excitación que la invade. Nos miramos con Laura, consiente en prodigarle el mismo tratamiento a los pechos de la ansiosa amiga, tomarla de las tetas, desde abajo, elevando el pezón para lamerlos despacio, lento, observando el menor de sus gestos.
Veo la mirada cómplice con mi mujer, el permiso concedido para que ella pueda también disfrutar de una mamada de pechos. Demora un poco en poder expresarse en libertad, al comienzo reprime los gemidos hasta que invadió su intimidad y ahora protagonista de un trío tan sorpresivo como deliciosa la sensación que la turba y desacomoda.
La excitante mamada la sacude y hace vibrar de pies a cabeza, suelta la mano de Laura y me toma de la cabeza, me aprieta, deseo reprimido, contenido desde quien sabe cuánto tiempo que los labios de un hombre se apropian de esa zona tan sensible que electriza su cuerpo, que la lleva casi al borde de un sorpresivo orgasmo. Siento el calor sedosamente húmedo que la vagina deja en mi rodilla que frota y presiona en su fragorosa intimidad de hembra ansiosa.
Las mujeres vuelven a mirarse, asienten y consienten en compartir el placer de tenerme como objeto de su gran momento de sexo, la mano de Laura acaricia mi cuello mientras me guía al vientre de su amiga, derramé mis mejores lamidas por la piel ardiente, camino al emprolijado monte de Venus. Gaby facilita el acceso, separa un poco los labios para la urgente lamida que roba sus gemidos más profundos.
Gaby se deja llevar por la boca ardiente, eleva la pelvis forzada por mis manos bajo la nalgas y por su repentino estremecimiento, un tsunami que nade desde la entrañas de su sexo, manantial jugoso de sensaciones, río tormentoso donde canaliza el deseo implantado en charlas confidentes. El vientre se ondula al compás de la excitación que avanza arrolladora, un par de dedos promueven el sonido gutural de un gemido que no fue, que se quedó trunco cuando el orgasmo produjo ese movimiento naturalmente obsceno y lascivo, el grito ahogado de un “¡Síiiii!” prolongado hasta el ahogo le llenó y agitó el pecho, las manos tentáculos para apretarme contra su sexo y ahogarme en el manantial del jugoso orgasmo que inundó todo el cuerpo.
Los gemidos y movimientos parecían estertores de muerte, sí de muerte de la abstinencia y caer en el precipicio del delirio, sentirse caen al abismo de todos los placeres lejos del mundo y su realidad. Sigue sacudiendo y apretando a este hacedor de sus mejores sensaciones, movimiento coital contra mi boca y apretando con los labios, cual boa constrictor, los dedos que hacen las delicias en el interior de su sexo. Ambos perdimos la realidad, el tiempo y el espacio, por igual nos confundimos en una sola emoción, vivir la maravilla del orgasmo como el mayor de los bienes, perdí la cuenta de cuanto duró el momento de gloria, pero la magnitud del terremoto sensorial la dejó exhausta, desarmada como muñeca rota, desarticulada, transfigurada, la vista perdida, la emoción eran las huellas de un momento de locura pasional que la tenía secuestrada en la tensión de su cuerpo que va aflojándose para dejarle dibujada una sonrisa que reconforta con el placer demorado del sexo. Las manos de las mujeres explican lo inexplicable al entrelazarse.
El viaje repentino y sin escalas de Gaby llenó el ambiente se aroma de sexo, contagia a mi mujer, que sabe que esto recién comienza, que había demorado para darle a ella su cuota de sexo y de lujuria.
Con Gaby como espectadora Premium me coloco entre las piernas de Laura, el vibrador metálico penetra su vagina, lento pero eficiente, la boca de abajo se traga las vibraciones, la boca de arriba se traga los latidos del pene que se adentra en la humedad bucal. Ambos elementos se mueven con ritmo dentro de Laura que comienza a recorrer la cuesta del placer. Las mujeres se calientan, Laura por mi en sus dos bocas, Gaby por disfrutar del espectáculo en vivo y en directo que la vuelve a llevar a estado de lujuria inimaginable y ahora de pronto tiene todo en vivo para disfrutar y compartir.
La excitación les camina por dentro les hace perder todas las inhibiciones, el clima está para lo que el deseo mande. Con la verga en mi mano voy camino a la cueva de Laura, tomé la mano de Gaby para que la sostenga en el momento de la aproximación, se la retengo para que se quede entre nosotros, sintiendo como el miembro se entra en mi mujer y al mismo tiempo la guío como frotar los labios de Laura.
Levante las piernas de Laura sobre mis hombros y me mandé con todo en ella, enviones controlados al comienzo para trocar a modo salvaje de penetración. Los gemidos de Lau tientan a Gaby para que acaricie mi espalda y mis nalgas acompañando cada embestida. – ¡Dale, mi macho, cójeme como haces siempre, cójeme para que vea!
El leguaje llano y preciso eleva el estado de erotismo, la amiga se suma, apretándose contra mi espalda, besa y acaricia acompañando el vaivén de la penetración, más aún cuando los gemidos de Laura dan inequívocas señales que está viviendo el orgasmo. – ¡Qué hijo de puta, qué bien me cojes guacho, qué bien, ahhhhhh!
Ese fue el primero de una corta serie de espasmos que siguieron sin salirme del estuche cálido y jugoso.
Me retiré sin haberme venido, tal como es mi costumbre, que suelo demorarme, por que el disfrute esta en el proceso de ir al orgasmo, ahí reside mi placer, también disfruto con sumo placer cuando la mujer que es objeto de mis mejores dotes de amante llega a su orgasmo, es un disfrute mayúsculo, tanto como el mío propio.
Mientras Laura queda suspendida en el paroxismo que pasa de clímax a éxtasis, donde todo deja de tener sentido en el mundo que no sea ese momento maravilloso de disfrute conseguido por la pasión que pude transmitirle para encender la propia y dejarse quemar en la hoguera de la pasión disfrutada en brazos del hombre que mejor supo interpretar su condición de hembra y de mujer.
En el mientras tanto, es el turno de Gaby, por ese entonces encendida de rubor y de calentura, toda ella es una brasa ardiente que necesita sentir la carne viva del macho que la lleve a la cima del placer. Se ofrece de espaldas al macho que viene con el arma del goce brillante por los jugos de Lau, llevo sus manos para que sostenga los muslos, levantados y abiertos para apoyar el glande en la raja que late urgencia y deseo. Recorro de arriba abajo, como pintado esa abertura que rezuma humedad y calentura.
Me miro en sus ojos, quiero observar sus gestos y actitudes cuando apoye la cabeza entre los labios. Expectante, espera el momento, se ondula el vientre cuando la cabeza se pierde entre los labios, percibo con claridad como el calor espeso de jugos envuelve la verga que comienza despacio a entrar en ella, despacio, abre grande los ojos, silencio, espera ansiosa que se pierda toda dentro de ella. Juego con esa ansiedad, una forma de incrementar el placer, hacerla desearme, dejarla suspendida en esa espera…
Sin aviso ni gesto alguno voy entrando despacio pero constante hasta llegarme al tope de las carnes. – ¡Ah!
Fue lo único que balbuceó cuando mi carne se hizo suya, cuando mi verga fue toda dentro de su ser, cuando los ojos se le agrandaron como el dos de oros, y sus manos se aferraron a mis brazos, nunca sabré si para frenarme o para impedir que se la saque. Como fuere, luego de llegar al tope de los pubis, esperé un poco antes de iniciar el metisaca.
Levanté sus piernas, tomada de sus tobillos, abierta como la V de la victoria, me voy adentrando, sintiendo cada envión como la delicia que sus gestos reflejan cuando me dejo llevar y voy con todo la presión de mi cuerpo dentro de la conchita de Gaby. El movimiento se hace intenso y vibrante por momentos, con mis manos la incito a elevar la pelvis y acompañar el vaivén del coito. Movimientos acompasados hacen del acto sexual una danza ritual, las variaciones dan sabor y color a la cojida. Intencionalmente voy regulando los movimientos para cortar el atisbo de orgasmo una y otra vez, lo nota pero no se queja, intuye que es adrede, me aprieta los brazos con fuerza sus labios avisan que el deseo se crispa en ella, que el límite está próximo.
Leo el aviso de que está en el momento justo, que es el momento culminante para dejarla expresarse en la alegría íntima de llegar al orgasmo por el esfuerzo propio de gozar y dejarse gozar. El momento supremo está en por llegar lo veo en su mirada ansiosa, sabe que en un par de enviones rápidos, profundos e intensos se dejará ir por donde la pasión le haga perder el sentido. Rápido y vehemente, voy dentro de ella, aprieto sus tobillos, empujo más allá de todo y de todos, me pierdo a fondo en ella, repito rápido y urgente hasta sentir como desde el fondo de su pecho emerge un gemido sordo, apagado, que la deja sin aliento, que le hace subir el corazón a la garganta. – ¡Ahh! –los ojos perdidos, la expresión deformada por la emoción, vuelve a gemir -¡Ahhhhhhh! Y se pierde en un gesto, boqueando como pez fuera del agua.
Busca ese aire que se fue de sus pulmones empujado por el orgasmo que le sube por dentro, que le ocupa todo el ser. Un segundo estertor la conmueve, cada empujón dentro de ella repite el efecto.
Acompaño dentro de ella para sentir sus latidos que transmiten sobre la pija el mensaje codificado del placer hecho carne viva. Me quedé en ella el tiempo suficiente para que disfrute a tiempo completo, sentir como el miembro luego de la faena entra en el relax de la quietud inactiva. Salgo del estuche de Gaby con todo el regalo de brillante barniz que lubrica el miembro.
Mientras tanto Laura que sabía que no había llegado a acabar dentro de su amigas, se ha colocado de bruces sobre la almohada, con el culito empinado, esperando la espada de carne que viene untada de deseo y calentura para que la introduzca en el objeto de deseo: su culo.
Gaby aún no ha vuelto de su viaje celestial cuando ya estoy inmerso en la aventura de penetrar el culito de Laura, apuntando la cabeza húmeda en los jugos de su amiga y apoyo en el centro del hoyo. Un poco más de jugo sirven para suavizar la entrada en Lau, despacio, como siempre voy haciendo espacio en su carne, paro para darle tiempo a que se vaya acostumbrando al grosor de la pija, vuelvo a entrar y otra pausa, así hasta que todo el miembro se pierda en la humanidad de mi mujer. Ahora es tiempo de moverme y cojerla, de empujar y salirme casi hasta el límite y volver a empujar. La calentura y el tiempo transcurrido de sexo no me permiten demorarme tanto, los tiempos se acortan más de lo que quisiera, no creo poder aguantar tanto más, trato de prolongar el disfrute de gozar este culo que me puede, me llena de gozoso placer, pero… la carne es débil, la calentura empuja el tropel de espermatozoides que en estado de plena efervescencia se agolpan para comenzar la carrera alocada hacia la libertad.
Tomado de la cadera de Laura, doy mis mejores y más profundos empujones dentro de ella. El gemido que me nace dentro del pecho se hace sentir: – ¡Amor quietita, quietita, estoy por llegar! ¡Ahhh! Me… ¡meeee vieeeneee!
Un sonido gutural me subió a la boca y se derramó como un delicioso lamento cuando dejé en libertad a los espermatozoides que fluyen en alocados chorros de semen en el fondo de ano de Laura. Uno intenso y varios con menos urgencia hacer salir el orgasmo profundo y sentido dentro de mi hembra, de mi mujer que se aguanta los profusos chorros de savia vital de su macho que disfruta como pocas veces.
El goce contagia a la hembra que me pide permanezca por mas tiempo dentro de ella. Tendidos de costado sin salirme de ella hasta que la pija pierde su dureza, la dejo escurrirse fuera del ano dilatado y maltrecho por una penetración angustiosamente deseada y disfrutada.
El relax del trío fue compartido, sentimos que ese vínculo estrecho de un momento de intimidad había coronado un deseo surgido de la nada y llegado a la cima del placer compartido. Ahora la pausa para recomponer la energía derramada en el goce.
La noche sigue siendo joven, – No nos vendría mal una ducha reparadora ¿no? – invita laura.
Laura nos espera sentada en el borde de la bañera, los pies dentro, Gaby se mete también, los ojos de mi mujer adivinan lo que viene, se abrazan las dos mujeres. Las enfrento, pija en mano, y les regalo mi lluvia dorada sobre sus tetas, tan abrazadas que el líquido tibio corre entre sus cuerpos llegando a mojarles la vagina. – Esa es la forma del macho de marcar territorio, de hacernos sus hembras.
De prestado a compartido y todo por el mismo precio, amigas con derechos, como los mosqueteros, todas para una pija y ésta para todas. ¡Viva el sexo Carajo!
Este mensaje va dirigido a las lectoras que se han quedado cachondas o calentitas con esta historia, me gustaría compartir como fue la vez que te sucedió algo parecido o como te imaginas que será, si fueras de Argentina, estaríamos más cercanos. Espero tu comentario y sería bueno con alguna dirección de contacto.

Nazareno Cruz.

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