La concubina

Me quedé esperando el pollón de Ahmed, apuntó y de una, adentro, empezó a culear y me hizo un emparedado entre los dos. Pero todavía tenía la boca libre y ahí vino a dar el otro. Otra vez con todos los agujeros ocupados y disfrutando como una perra en celo. Acabé tendida y los tres corriéndose sobre mi y después me hicieron limpiarles las pollas, quedaron brillantes y yo de lo más pegajosa.

Mi vida siguió tranquila, todo lo tranquila que se podía estar con Mohamed y Ali. Descansé un poquito porque este último se casó con la hija de un jeque cercano y por lo menos en los primeros meses me dejó un poco de lado.

Su padre no me dejaba ni a sol ni sombra. Raro era el día que no me trajinaba. Tenía una vitalidad portentosa y esto era antes de la “era Viagra”. En general me trataba con cariño, menos cuando se enfadaba porque yo le llevaba la contraria. Entonces me castigaba, ya conocéis lo que pasó con el jefe de la guardia.

Disfruté tantísimo con él, que estuve unos cuantos días provocando a Mohamed para ver si me cedía otra vez en usufructo, pero se ve que me pasé y lo que conseguí es que me “traspasara” a un jefe beduino durante una temporada para que me metiera en vereda.

Una noche para cenar me puse un tanga gris, realmente precioso, para estar más seductora. Mohamed había estado toda la tarde metiéndome mano y yo estaba segura que después de cenar querría follarme así que me preparé, bien lavadita y perfumada, el tanga y la túnica blanca.

Cenamos y ya en la mesa se acercó a mí y empezó a besarme, su lengua casi me alcanzaba la campanilla, mientras me iba despojando de la túnica, bajo la mano a mi chochito y de pronto me apartó

– ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que lleves nada debajo de la túnica? – Mi señor, me he puesto la braguita para gustarte más…

– A mí lo que me gusta es que hagas lo que te mando. María últimamente te estas pasando muchísimo de rosca – Llamó al jefe de la guardia – yo me las prometía muy felices. – ¿Me has llamado, señor? Dijo el obediente guarda – Coge a mi concubina y llévasela a Ahmed, dile que la disfrute y que me la devuelva en una semana. – Señor, ¿quién es Ahmed? ¿Dónde me envías? – Ahora verás que todos no son como yo, a ver si entras en razón. – Llévatela – le dijo al guarda.

Me puse la túnica, me prepararon el equipaje con la ropa que ordenó Mohamed, me ataron las muñecas y después de un par de horas en todoterreno llegamos al oasis donde estaba el campamento de Ahmed. Después de las presentaciones el guarda me dejó en la tienda de Ahmed, que era el beduino jefe de todos los otros y se largó.

Ahmed no era como Mohamed ni Ali, ni incluso como el jefe de la guardia. De unos 50 años, barba larga y bastante sucio, lógico allí no había mucha agua para lavarse. Supongo que yo también debía desprender un buen aroma. Se acercó a mí, rodeándome y atravesándome con la vista. Realmente olía que apestaba, una mezcla de sudor concentrado y otros olores corporales fisiológicos, no estimulaba precisamente la libido.

– Estás buenísima, lo vamos a pasar en grande contigo. Venga quítate la túnica. – Como tú ordenes, mi amo.

Me quité la túnica en un santiamén y me quedé con el tanga en medio de la tienda. Cuando me vio la braguita y los pezones anillados empezó a babear y se abalanzó sobre mí, empujándome sobre unos cojines, y sobándome todo el cuerpo, las tetas, el cuello, el vientre y lamiéndome el tanga.

– Todas las infieles sois unas putas, pero estáis buenísimas. – Me arrancó las bragas a mordiscos.
– Ven aquí – se quitó la ropa y me enseñó una verga descomunal y sumamente “aromática” – cómetela, venga zorra, chúpamela.

No me dio tiempo ni a pensármelo dos veces y me la metió en la boca hasta el fondo.

Me sujetó la cabeza con las dos manazas y empezó a culear, follándome por la boca. Me venían unas arcadas inmensas pero me dije cuanto mejor me porte antes acabará, así que le sujeté por los muslos y me tragué la polla todas las veces que hizo falta, hasta que le entraron ganas de metérmela en otros orificios.

– Acuéstate, que te voy a ensartar – me abrió las piernas y me llevó al séptimo cielo a base de lametones en mi clítoris anillado – estás chorreando, putita ¿quieres que te folle, verdad? – Siiii, mi amo, por favor.

Me levantó las piernas y las puso sobre sus hombros, me puso la punta de la verga en la entrada de mi chochito y empujó hasta el fondo

– Ahhh, asi, así – que bestia, realmente me estaba empalando, pero a estas alturas no le iba a hacer ascos. – Y después te la vamos a meter en el ese culo apetitoso que tienes – joder con el culo, es una verdadera obsesión para estos árabes.

La verdad es que tenía una polla descomunal y me estaba follando sin compasión, le rodeé con las piernas y me abracé a su cuello, como sudaba el tío. Nuestros cuerpos estaban pegajosos, su tórax se aplastaba contra mis tetas a cada embestida, ya había perdido la cuenta de los orgasmos, en eso estábamos cuando me la sacó, me giró boca abajo, me hizo arrodillarme en posición de mahometano y empezó a meterme los dedos en el culo

– Si mi amo, así por el culo, no pierdas más tiempo, por favor.

Levantaba el culo en pompa buscando su verga, entendió el mensaje de inmediato y me la hundió hasta la empuñadura, notaba sus huevos contra mis nalgas. Me cogió las tetas con sus manazas y me pellizcaba los pezones y tiraba de las anillas. Yo empujaba contra él, me tenía fuera de mí. Cada día me volvía un poquito más puta.

Me incorporé cobre las rodillas, con el culo ocupado hasta el fondo, las tetas comprimidas por las manos de Ahmed. Me mordía el cuello, los hombros y buscaba mi boca, me metía la lengua, mordía mis labios y yo no me quedaba atrás, le mordía los labios y la lengua y me metía bien los dedos en mi cueva.

– ¿Te gusta eh putita? – a cada embestida me levantaba las rodillas del suelo – tranquila que aquí lo vas a pasar en grande.

En esas estábamos cuando palmeó las manos y entraron dos hombretones inmensos, más jóvenes, de unos 20 0 25 años. En un abrir y cerrar de ojos estaban desnudos, acariciándose las pollas y mirándome con una expresión de vicio y deseo se me acercaron rápidamente, uno me metió la verga en la boca y en otra empezó a chuparme el clítoris.

Debía estar notando la polla de Ahmed cada vez que empujaba. Yo me dediqué a chupársela al recién llegado. Casi no me cabía en la boca, pero no iba a quedar mal ahora. Después de unos minutos Ahmed se puso organizar la situación, mandó a uno de ellos, no llegué a saber como se llamaban, que se tendiera boca arriba, con el enhiesto mástil apuntando al cielo.

– Tú, zorra, móntalo, métetela en el coño – me puse en cuclillas sobre la verga y me dejé caer, metiéndomela hasta el fondo, empecé a cabalgarlo como una loca. – Espera, so puta – un buen azote en el culo me hizo desistir de mi galope – tengo que metértela por detrás y si no paras de saltar no puedo.

Me quedé quieta esperando el pollón de Ahmed. No se anduvo con muchos miramientos, apuntó y de un buen empujón, adentro. Él llevaba la voz cantante, empezó a culear y me hizo un emparedado entre los dos. Pero todavía tenía la boca libre y ahí vino a dar el otro. Otra vez con

todos los agujeros ocupados y disfrutando como una perra en celo.

Acabé tendida en el suelo y los tres corriéndose sobre mí, en mi boca, mi cara, mis tetas, mi vientre y después me hicieron limpiarles las pollas, quedaron brillantes y yo de lo más pegajosa. A ver como me las iba a arreglar para asearme, una semana así podría ser insoportable.

– Mi amo, puedo lavarme en algún sitio, para estar más apetecible para vosotros. – Tranquila nosotros no tenemos manías – si sería guarro, me iba a tener así toda la semana.

Al final si había agua para lavarme, me pude dar un buen baño y dormir profundamente hasta bien entrada la mañana siguiente. Buenos chicos no me molestaron. Pensé que estarían cansados, si, si, cansados. Al poco entró Ahmed en la tienda, con un buen vaso de leche de cabra:

– Toma, putita, no es tan sabrosa como la de ayer, pero te gustará – leche y unos dátiles – y ahora a vestirte con esa ropa tan sugerente que traes y vamos a seguir divirtiéndonos. Al parecer él ya había visto mi maleta, antes que yo, menudo chafardero.

– Como tú ordenes, mi señor – salí de la tienda y me dejó sola para vestirme. En ese momento caí en la cuenta de que realmente estaba sola, no había visto ninguna mujer en el campamento, después supe que las habían hecho marcharse, para pasarlo mejor conmigo.

Cuando vi la ropa, por llamarle de alguna manera, que me había hecho poner Mohamed en la maleta, me di cuenta que la semana iba a ser larga, sobre todo para mis bajos. Tangas, braguitas minúsculas de blonda, mini sostenes, unas minifaldas de licra, tops, camisetas de niña, blusas transparentes, zapatos de tacón de aguja. En fin, el equipo de una verdadera furcia.

Me dije, venga María estos no van a poder contigo. Me vestí un poco, las prendas no daban para más, y esperé tranquilamente. Delante de la tienda había una cola de unos quince hombres, pacientes y calientes. Menudas caras de hambre. Al cabo de unos minutos entró Ahmed con los dos primeros me tomó de los hombros, me besó y les dijo

– Aquí tenéis ésta joya, disfrutarla y hacerla gozar. Y tú, putita, enséñales lo que sabes hacer. – Como tú mandes mi amo.

Imaginaros como acabé la semana, cuando me devolvieron a Mohamed estuve dos semanas que no me pudo tocar, tenía el coño y el culo un poco irritados. Pero cuando pasó dicho plazo me dediqué a contentar a mi señor como solo yo sabía hacerlo. Ya le quedaba poco tiempo para utilizarme. Al cabo de unos seis meses, estábamos follando cuando le dio un infarto y me dejó por el paraíso. Por la expresión de su cara murió feliz.

Al día siguiente Ali, me dijo que me había dejado en herencia una considerable fortuna y, lo que era más importante, mi libertad. Así que regresé a España, acompañada por el jefe de la guardia, que se convirtió en mi guardaespaldas y mi semental, y me dediqué una temporada a buscar al cabrón de mi marido… Pero eso ya es otra historia.

Autora: Kaxonda

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