Antonio del Mar II

En un arranque de algo que supongo fue lujuria, Antonio se abalanzó sobre mí, abrazándome y tumbándome boca abajo en el colchón, como me había pedido antes que lo hiciera. Ya estando en esta posición me dejaba sentir, justo como la noche anterior, la firmeza de su tersa y bronceada piel pegada a la mía, y de nuevo para coronar la situación, su pene humedecido por mí entre mis nalgas.

Desperté. No debían ser las 7, pues la mañana era aún toda de azul Lo supe después de asomarme hacia la ventana y descubrir por primera vez cuán grande era la vista que tenía. Más no estaba en la mejor disposición para apreciarla. Me levanté de la cama con la intención de darme un baño, y acto seguido sentí cierta viscosidad en el trasero. Lo recordé todo; y si Antonio también lo recordaba definitivamente no era buena idea cruzarme en su camino. No fuera a ser que me tildara de pervertido delante de todos. No era en absoluto su estilo, pero los sentimientos de culpa me hacían pensar que no titubearía en hacerlo.

Me quité mi única prenda y… ¡maldición! olvidé que justo en la puerta del baño el espejo me acosaba. Lo ignoré y entré a la regadera lo más pronto que pude. Siempre he sido acomplejado respecto a mi cuerpo (a pesar de que, siendo honesto, bastantes personas me han elogiado en este aspecto), pero en esa ocasión no sentí sino vergüenza de mí mismo. Abrí ambas llaves completamente en un intento por hacer que el agua lavara mis pensamientos.

Le di la espalda al torrente que caía sobre mí, para que lavara también mi culito, y me llevé los dedos a la zona para asegurarme de que el agua tibia llegara bien a ella. Instintivamente me froté la superficie del ano con el dedo índice enjabonado muy lentamente y me sorprendió lo adormecido que lo sentía.

Con un poco de presión fui dejando que se hundiera hasta casi la mitad. Mi “interior” aún estaba ardiendo por la fricción que le había aplicado aquel rígido miembro. No me permití pensar en ello para no volver a caer en la mezcla de sentimientos tan agotadora que había tenido la noche anterior, y saqué de inmediato mi dedo de mí para encontrarlo cubierto de un líquido que tenía una pinta a medio camino entre la saliva y el semen… ¡Qué raro era todo aquello!

Me apresuré a terminar y salí con la toalla sobre los hombros para decidir que ropa iba a ponerme. Nada me convencía. Me decepcionó pensar en el tiempo y la ilusión con la que había escogido todo lo que iba a vestir, y la falta de ganas que tenía de hacerlo. Me vería igual de mal de igual forma, así que no lo medité demasiado y me saqué una playera naranja, un “short” que me quedaba algo grande y el mismo par de sandalias que había usado antes. Dejé caer la toalla de mis hombros y me vestí de la cintura hacia abajo. Incómodo de nuevo, me acerqué al espejo para constatar que me veía al menos de forma aceptable para salir de mi cuarto. Pero me encontré con una marca inesperada en mi hombro izquierdo. Al acercarme al espejo quedó claro: un chupetón muy poco discreto. Si me quitaba la camiseta iba a ser muy difícil ocultarlo, y más todavía explicar cómo llegó ahí.

Decidí que no iba a entrar al mar ese día para evitar preguntas incómodas. Salí de la habitación a las 8:30. Excepto Antonio, todos habían despertado y podía escuchar sus conversaciones y cómo hacían el desayuno allá abajo. Y de nuevo,  mi curiosidad me llevó a donde estaba él. Dormido, tal como lo había encontrado hacía unas cuantas horas, con la pequeña gran diferencia de que esta vez no se olvidó de cubrirse bien las partes de su cuerpo que ojalá no hubiera visto nunca. Cerré la puerta muy angustiado. Aún no sabía si él iba a recordar que habíamos tenido sexo, y si al final era así, existía la posibilidad de que su memoria omitiera el acto forzado y sólo le mostrara el momento en el que lo toqué contra su voluntad.

Bajé las escaleras y di los días a todos. Me ofrecieron desayuno, y acepté, sentándome en la mesa al lado de Andrés.

-Que tarde te levantaste Memín -dijo éste, sabiendo lo mucho que odio que me llamen así. -De hecho me desperté antes de las 7, pero no había salido de mi cuarto… -¿Qué tanto hacías pues? No sé si era una paranoia mía, pero noté un tono acusador en su cuestionamiento… ¿estaba acaso Andrés enterado de algo?

-Ya sabes… me tardo mucho en escoger que ponerme. -se me ocurrió decir. -Pero no creo que te tardaras una hora y media en escoger eso que traes ¿no será que te la estabas jalando? -se burló. -Por si no lo has notado hay una mujer presente -aseveró el padre, refiriéndose a su nuera- y es una vergüenza que… -¡Dos! -lo interrumpió su esposa indignada.

Todos nos echamos a reír en ese momento olvidándonos de lo que había dicho Andrés, aunque a la madre de los hermanos no parecía causarle ninguna gracia. Mas estuve a punto de atragantarme cuando vi que Antonio ya se había levantado y venía escalones abajo. Traía unos bóxers holgados y una camisa interior blanca. Se le veía, como casi siempre, contento, así que solté un poco el cuerpo, ya que esto podía significar que al írsele la borrachera, se le iría también todo lo que hizo cuando la traía encima.

-Buenos días -dijo con esa gravísima voz que me ponía loco. -Buenos días ¿qué tal la cruda? -preguntó su padre serio.-Bien -le respondió mientras jalaba la silla junto a su novia- la verdad ni la siento. -Espero que no por eso te pienses poner así hoy también, amor -dijo Bere en un tono aniñado.-No, hoy no guapa.-Bien -habló la madre, quizás celosa por la forma en que su primer hijo se dejaba tratar por una mujer tan poco conocida para ella- el último en sentarse lava los trastes ¿está bien, Toño?

Dentro de nada todos se habían levantado de la mesa. Y siendo nosotros dos los últimos en sentarnos, quedamos solos en la mesa. Mis nervios comenzaron a atacarme nuevamente.

-Que lástima que nos durmiéramos tan temprano anoche. -comentó. -¿Anoche?  ¡Ah! sí, sí.  -balbuceé. Se hacía más evidente que no lo recordaba.- Pero lo bueno es que nos quedan suficientes días para disfrutarlo.-Sí, tienes razón. Sería bueno que tú y yo saliéramos hoy en la noche para reponer el tiempo perdido ¿no?-Emm… pues sí, me agradaría. -dije haciendo un esfuerzo para no saltar de la felicidad.

En mi ingenuidad, aquella invitación significaría que todo seguiría como siempre. Que aún era el hermano menor “extraviado” de Antonio, y nada de lo que pasara iba a cambiarlo. En mi alegría le dije que yo iba a lavar los trastes que su mamá le había encargado, así él podía ir a alistarse para que saliéramos pronto a la playa. No del todo convencido aceptó y se retiró dándome las gracias.

Ese día transcurrió de la misma forma que el anterior. Olvidé completamente el detalle del chupete que “Tony” me había hecho en mi hombro y me quité la camiseta apenas salimos de la casa. Pero con alguien tan bromista como Andrés a mi lado era imposible que no lo recordara inmediatamente.
-Que buen chupetón te cargas, jajaja ¿quién te hizo eso? -se burló al tiempo que yo me preocupaba por haberme puesto en evidencia tan tontamente. -Esto… la verdad no me acuerdo pero ya hace rato que lo tengo. -dije muy tenso.-¿Cómo no te vas a acordar? ¡Toñooo! -llamó a su hermano, mientras yo me moría pensando que eso podía desatar la ola de recuerdos supuestamente reprimidos- ¿le crees que no se acuerde de quien le dejó eso?

Antonio se acercó a observar con ojos incrédulos y sonrió de esa forma que sólo él es capaz:

-Ya estamos mejorando ¿no? -dijo en tono jocoso, a modo de “felicitación”. -Supongo que sí, jeje… -contesté aliviado de nuevo, y un tanto ruborizado también. Se veía muy guapo y masculino con ese traje de baño que portaba.

En más de una ocasión durante ese día Antonio me sorprendió mirándole ciertas partes de su cuerpo que no es “normal” que un chico observe con tanta atención. No sé si eso le agradaba o disgustaba, pero era inevitable no ver el paquete que se marcaba en su bañador ajustado. Aunque parecía que él no estaba pendiente de lo que yo veía en él, pues tenía una chica buenísima que admirar.

Constantemente Andrés estaba haciéndome comentarios sobre los pezones de Bere que tardaban realmente poco en reaccionar al contacto con el agua. Yo sólo echaba un vistazo para comprobarlo y me reía de sus ocurrencias, aunque era innegable que la chica tenía un buen par.

Esta vez no nos separamos en grupos. Íbamos y salíamos del agua casi siempre juntos. Jugábamos voleibol cuando nos aburríamos de estar dentro. Naturalmente, Berenice y Antonio formaban una pareja, mientras Andrés y yo éramos otra. Y aunque al final los novios nos derrotaron con un mayor número de victorias, siendo Berenice una jugadora bastante agraciada, Andy y yo logramos un número respetable también. Recuerdo haber disfrutado tanto esa tarde que se me fue increíblemente rápido, al grado de que cuando me percaté de ello el sol ya estaba puesto.

-Joder… ¿qué horas son? -dije extrañado.-Las 6 -contestó Bere.-¿Qué? ¿Pero cuándo se hizo tan tarde?-Creo que fue después de la séptima vez que les ganamos -se rió.-Ya, pero mañana no nos vamos a compadecer de ti por ser mujer como lo hicimos hoy -respondió Andrés intentando hacerla enfadar, como le encantaba hacer con todos.

Todos nos disponíamos a guardar nuestras cosas para entrar a cenar, cuando Antonio se acercó a mí para preguntarme si quería que fuéramos a caminar en ese mismo momento como habíamos acordado, o durante la noche. Me sentí emocionado, pues ni siquiera lo recordaba. Claro que quería estar a solas con él en ese instante, así que poniéndome mi camiseta le dije que si así lo quería iríamos ya.

Se acercó a Bere, le explicó que íbamos a caminar un rato. Se despidió de ella dándole un tierno beso, y al ver esta escena no pude evitar desear estar en los zapatos de esa mujer. Aunque él ya me había besado la noche anterior, seguramente eso no se repetiría y tendría que conformarme con el recuerdo de sus dos besos, los más profundos que me habían dado nunca.
-Vámonos Guille -escuché su voz sacándome súbitamente de la fantasía que mi cabeza comenzaba a armar.

Empezó a andar y yo me limité a seguirlo. No se puso nada que no trajera antes excepto unos jeans algo rotos, usuales en él. Anduvimos unos 20 minutos por la orilla del mar. Platicamos más bien poco en ese rato. De hecho estábamos bastante callados, y comencé a sentirme preocupado, pues sospeché que Antonio tenía algo que reclamarme. Al pensar en esto rápidamente traté de proponer un tema pero mi torpeza me impidió encontrar algo útil de que hablarle.

Nos detuvimos en un lugar en el que no había ninguna casa, y apenas parecía que alguna vez alguien hubiese pasado por ahí, pues las marcas en la arena eran imperceptibles. Me tumbé en la arena, mientras el permaneció de pie.

-¿Qué pasa? -pregunté- Pareces muy serio.-No, nada. Es sólo que quiero saber si estamos totalmente solos. -Jaja ¿y de quién te escondes? -le dije en tono inocente. Se mordió el labio inferior, volteó hacia todos lados y me preguntó:

-¿Haz nadado desnudo alguna vez?-¿Mande? ¡No! Claro que no…-Este lugar está perfecto para eso. Si te fijas la gente nunca viene aquí.-Pero… ¿acaso quieres nadar sin nada de ropa? -le dije, incrédulo.-Claro. Dime ¿te gustaría verme nadar desnudo?  -preguntó muy directamente.-No entiendo… ¿por qué iba a querer que tú nadaras desnudo? -dije, mientras mi corazón comenzaba a acelerarse. Es algo que siempre me sucede en estas situaciones.-No sé. Dímelo tú. -dijo, de nuevo más directo que nunca.
-¿A qué te refieres con eso, Toño? -me temí lo peor.

Se alejó un poco de mí dándome la espalda. Parecía estar pensando muchísimo que era lo siguiente que iba a decirme. Lo que fuera, yo estaba muerto de miedo. Finalmente habló, sólo para hacerme otra pregunta aún más tajante:

-¿Te gustan los hombres, Guille?-¿Q-qué? -dije tartamudeando. La pregunta había caído encima de mí como un bloque de hierro.-Me oíste bien ¿te gustan los hombres? -siguió cuestionándome Antonio.-¿Por qué se te ocurre preguntarlo?-Sólo contéstame, sin rodeos. Es una simple pregunta.-¿Pues qué voy a decirte? No, supongo -mentí. Antonio era un hombre, y sabía que me gustaba, pero no podría soportar su rechazo.

-¿Supones? -dijo acercándose a mí con una mirada descalificante, aún de pie y apoyando sus manos en sus rodillas mientras me veía a la cara- Bueno, pensé que era una persona de confianza y querrías decirme lo que pasaba directamente a mí.

-Es que no pasa nada, Toño ¿por qué estás tan molesto? -fingí no saber de qué me hablaba. Sabía que inevitablemente iba a mencionarlo.

-No estoy molesto. Sólo decepcionado. Pero en fin, quizás prefieras hablar de esto con alguien más, podríamos contárselo a tus padres, por ejemplo… -dijo al tiempo que sacaba de su pantalón su teléfono celular.-¡No, no! -supliqué. No estaba listo para contarle a mis padres algo de ese calibre- ¡Eso no!-¿Ves cómo sabes bien de que te estoy hablando? ¿vas a decirme ahora por qué me estabas tocando anoche?

-Yo… esto, yo… -no atinaba a decir nada. El pecho estaba a punto de explotarme. -Si eres gay perfecto, te entiendo, pero debes saber muy bien que yo no lo soy, y me gustaría que respetaras eso, porque no voy a dejar de tener intimidad por ello…

Estuve tentado a decirle que fue él el que me había besado y penetrado casi a la fuerza, pero estaba seguro de que esa parte no la recordaba. Justo como me había temido, sólo recordó el momento en el que me di el gusto de acariciarlo, creyéndolo dormido. Sentí una impotencia terrible por no poder responderle a la persona que más quería en todo el mundo, además de que su rechazo se había hecho evidente. Un par de lágrimas se me escaparon, pero hice lo imposible por no romper en llanto.

-Perdóname, Antonio. No va a volver a ocurrir. –lamenté. -…Guille ¿por qué no me dijiste nada antes? -me dijo, dejándose caer en la arena a mi lado. -Porque temía esto, y sabía que no podía ser de otro modo -respondí con la voz hecha trizas. -Quiero creer que yo nunca te di esperanzas de nada… -mentía, pues su “trato” especial la noche anterior si que me hizo pensar, al menos por un instante, que quizás él veía algo en mí.-Sí, lo sé, pero es que… No sabes cuanto te admiro desde que te conozco. No me atrevo a decir que me gustan los hombres porque sólo me gustas tú, Toño. -dije después de tranquilizarme un poco.

-…No tienes nada que admirar en mí. -añadió, aparentemente conmovido por lo que le había dicho.-Claro que sí. Tú eres diferente, no eres como nadie que haya conocido. Siempre sabes qué hacer y como reaccionar. Yo sólo quiero ser parte de eso…

Nos quedamos callados. Ya era de noche otra vez. Se levantó me tendió la mano y me dijo algo a modo de propuesta que recordaré hasta el fin de mis días:

-¿Amigos?

Tomé su mano y asentí. Me prometió que no le diría a nadie lo que habíamos platicado. Sería “nuestro secreto”. Otro más… como si eso deseara yo.

De vuelta a casa conversamos aún menos. Todo el camino fui con la cabeza baja, diciéndome a mí mismo que era un estúpido. Quise volver a llorar, pero no soy muy bueno mostrando mis emociones cuando hay alguien presente. Al llegar todos estaban en la sala, riendo.

-¡Ah, ya llegaron! Como se tardaron tanto y nos moríamos de hambre no los esperamos para cenar, pero pueden servirse cuando gusten -dijo la señora del Mar, en su tono amable de toda la vida.-Gracias, señora, pero creo que sólo tomaré un vaso de leche y me iré a dormir. -contesté desanimado. -¿Seguro? Porque milagrosamente le salió buena la cena a mi mamá -dijo Andrés, burlándose como siempre. La señora del Mar le lanzó una mirada furiosa.-Sí. Gracias, pero creo que tengo mucho más sueño que hambre. Permiso, buenas noches -me despedí, habiéndome servido el vaso de leche y llevándomelo a mi habitación.

Ya arriba, dejé el vaso en la mesita de noche junto a la cama, me desvestí completamente y busqué unos pantalones para dormir, pues suelo dormir sin ropa interior por comodidad. Mientras me ponía mi pijama escuché que la mamá de Antonio le preguntaba si había hecho él algo para que yo estuviera así. Él le respondió que sólo me sentía cansado. Ojalá hubiera sido eso…

Me bebí el vaso en menos de 10 segundos. Tomé mi iPod, me coloqué los auriculares y apagué la luz. Suelo escuchar música aleatoriamente para dormirme cuando sé que no voy a poder hacerlo por mi cuenta. Recuerdo que la primera canción que apareció en la lista fue, para variar, “Yesterday Once More” de los Carpenters, que no me sentó nada bien, pues me sentía miserable en ese momento, y si alguien ha escuchado esa canción estará de acuerdo en que no es exactamente lo que deseas escuchar cuando ya de por sí estás deprimido. No recuerdo cuales fueron las demás, pues empecé a lagrimear inmediatamente sin prestarles atención hasta casi quedarme dormido.

Justo en ese momento oí que llamaban a la puerta. Observé la hora en mi reproductor: eran más de las 11 ¿se me habían ido más de dos horas llorando mi suerte? Quién quiera que fuera no quería que se diera cuenta de que había estado llorando, así que no prendí la luz. Los golpes se iban haciendo más insistentes.

-Ya voy, ya  voy.-Soy yo, Guille -reconocí la voz de “Tony”.

Abrí la puerta. El pasillo estaba totalmente oscuro, así que apenas lo reconocí, vistiendo únicamente bóxers holgados, como acostumbra.

-¿Qué sucede?-¿Me dejarías pasar? Quiero que hablemos. -pidió él- Ya todos están dormidos.-Claro. Sólo no prendas el foco. -le aclaré-¿Por qué? -me preguntó al entrar, mientras cerraba la puerta.-Porque… me gusta la oscuridad.-Mentiroso -dijo prendiendo la luz no obstante lo que le había pedido. Me tapé la cara inmediatamente fingiendo estar encandilado.

-Seguiste llorando ¿verdad? -se preocupó.-Te pedí que no prendieras la luz, no sé si me oíste -dije sin voltearlo a ver.-Bien, la apago, pero ¿podemos hablar? -dijo, y acto seguido estábamos casi ciegos otra vez.-Ya lo estamos haciendo… y pensé que ya me habías dicho todo lo que tenías que decir.
Me senté en la cama. Él hizo lo mismo.

-Quiero disculparme porque quizás fui algo duro hoy por la tarde pero…-Aceptada. -lo interrumpí- Pero de todas formas tenías razón, sí.-No, no era eso lo que iba a decir. Mira…

Antes de que terminara encontré mi iPod en la oscuridad. Me coloqué los auriculares y me puse a escuchar música sin ganas de hacerlo. Quería ignorarlo completamente. Lo adoraba, sí, pero no me correspondería jamás, y ahora que él lo sabía era obvio que aunque me dijera lo contrario, no iba a ser como toda la vida.

-¿Escuchaste lo que te dije? -dijo retirándome del oído el auricular. -Sinceramente, no. El mensaje ya está claro ¿qué crees que voy a esperar a que se te ocurra emborracharte y dormir con todo a la vista otra vez para aprovecharme?-No era nada de eso lo que te estaba diciendo. -me contestó un poco molesto.-¿Podrías darme el auricular?

-No. Me vas a escuchar, porque esto no lo voy a repetir. -ultimó.
-Vamos, dámelo. -le repetí extendiendo la mano, fastidiado.-¡Sácalo! -dijo maliciosamente colocándolo dentro de su bóxer.

En una condición normal no hubiese demorado en hacerlo, pero me confundió la forma en que estaba actuando, pues hacía un rato me había dicho que nos olvidaríamos de todo lo ocurrido.
-Antonio… ¿qué es lo que pretendes?-¿Qué más puedo pretender? -se hizo el inocente. -Hoy me dijiste que te respetara y no volviera a tocarte porque tú no eres gay y…

-Es eso lo que estoy tratando de decirte desde que entré y tú me has estado ignorando. -dijo exaltado- Que yo no sea gay no significa que no podamos tener relaciones de vez en cuando. – ¿Perdón? ¿Tener qué?-Vamos, Guille, ya lo sabes ¿me vas a decir acaso que no te gustaría?

Respiré hondo. Me quité el auricular que traía puesto y me quedé muy pensativo. En realidad no sabía que decirle. Por un lado, la enculada que me había dado la noche anterior había sido dolorosa, pero por otro había disfrutado el hecho de sentirme tan cercano a él.

-No sé. Es algo delicado, Toño, tú tienes novia…-Sí, Bere es mi novia, pero al verte llorar hoy cuando te obligué a decirme lo que sucedía, me di cuenta de que al menos puedo tener la certeza de que eres sincero. Siempre lo serás Guille. Aprecio mucho eso.

Y esa fue la frase que selló mi destino con Antonio. Dijo justamente lo que quería oír. Una acción bastante “inteligente” de su parte, pues a partir de ese momento no le negué mi cuerpo ni una vez más. Me quité el auricular que me quedaba y dejé caer el iPod al suelo. Con él cayó el que Antonio guardaba junto a sus genitales, saliéndose de su prenda interior.

-¿Y bien? ¿Qué dices, Guillecito? -me preguntó cariñosamente, poniendo su mano sobre mi hombro y atrayendo mi cuerpo al suyo. -Uff… no sé si sea lo correcto, Toño. -dije conteniendo la excitación que provocaba el contacto con su piel. -Al carajo con eso ¿me lo quito? -exclamó sujetándose su ropa interior. -…¿Q-qué cosa? -El bóxer… ¿quieres que me lo quite? -repitió. -Tú sabes que sí… -respondí sin ganas.

No creí que fuera a hacerlo. Se puso de pie y lo miré a la cara. Pude distinguir la blancura de su sonrisa tan peculiar en su rostro.

-¿Y por qué no me lo quitas tú? -dijo mientras tomaba mi mano y la ponía en el elástico de la prenda- Vamos, de todas formas no pasará nada malo… que tú no desees que pase.

Ya estaba demasiado caliente cómo para negarme más. Mi fuerza de voluntad era inexistente. Tragué saliva y con ambas manos me aferré a aquella prenda holgada y la deslicé hacia abajo. Tardé unos segundos en volver la vista hacia arriba, y al hacerlo contemplé una de las imágenes más especiales que me llevaré a la tumba. El pene parcialmente erecto y los testículos de Antonio se balanceaban a unos 15 centímetros de mi cara, y su cuerpo era iluminado por un finísimo rayo de luz de luna que se filtraba por la ventana para dejarme apreciar sus atributos. Distinguí como su vello púbico estaba rasurado en algunas zonas pero conservaba su volumen justo arriba del pene.

Me incorporé sin quitar mis ojos un segundo de ese bien formado falo. Antonio volvió a tomar mi mano y la llevó a su pene, haciéndome que se lo sobara torpemente.

-¿Te gusta como se siente? -me preguntaba impacientemente. -Sí… suave. Tibio. -le respondía yo apretando poco a poco con mi mano ese miembro, que comenzaba a endurecerse y a crecer hasta alcanzar una longitud, que según Toño me dijo en otra ocasión, era de 7.5 pulgadas. Aunque me sorprendía más el hecho de que apenas pudiera cerrar mi puño alrededor. Ahora tenía idea de porque la penetración había sido tan dolorosa la noche anterior. -Puedes darle un besito, si gustas…

Me puse de pie sin soltar su verga. Nuestros ojos se cruzaron una vez más, y estando muy cerca nuestras caras le dije algo que me salió del alma:

-Yo no sé ni siquiera que es lo que quiero, todo lo que sé es que quiero estar contigo de todas las formas que pueda. Guíame, por favor, dime qué debo hacer…

Antonio hizo un gesto de desconcierto y comenzó a interrogarme nuevamente:

-¿De verdad soy el primero, Guille? -¿Lo dudas? -me ofendí un poco- ¡por supuesto! ¡ni siquiera he sentido atracción física por otro chico que no seas tú! Fue totalmente cierto cuando te dije que de no ser por ti quizás nunca me hubiese gustado otro hombre.

Esta declaración pareció conmoverlo, pues extendió su brazo y lo colocó detrás de mi, acercándome hacia él para besarme. Tuvo que bajar un poco su cabeza dado que él es más alto que yo. En medio del frenesí, mi mano que en ningún momento se había despegado de su pene comenzó a moverse de arriba hacia abajo, al tiempo que la lengua de Antonio tomaba las riendas de la situación dentro de mi boca. Casi me parecía que iba a llegarme al corazón con ella de tan larga que la sentía.

Sin perder el tiempo, puso ambas manos detrás de mi nuca e interrumpiendo el beso dirigió mi cabeza hacia su pene que ya estaba en su máxima expresión debido al masaje torpe que le había aplicado. No supe muy bien como había que proceder cuando tuve esa verga suave y con aroma limpio acariciándome los labios, pero tal como me había sugerido él antes, la tomé y le di un cálido beso en el glande descubierto. Un suspiro me indicó que iba por buen camino.

Me entusiasmaba el hecho de que el placer de Antonio se hiciera tan evidente, así que me animé a pasar la punta de mi lengua por su cabecita, haciendo pequeños círculos en torno a ella. Un suspiro más intenso se dejó escuchar, pero mucho más lo fue el tercero de ellos, que soltó cuando me decidí a meter la punta de su miembro a mi boca. Nunca me lo hubiese creído si alguien me hubiera dicho lo mucho que me iba a gustar hacerle sexo oral. Era extraño, pues yo no recibía con esto ninguna estimulación directa, mas fue suficiente con una vez para que me diera cuenta de que esa era la mejor manera de hacerlo llegar a las nubes siendo dominante. Me separé de él y apenas lo hice se llevó su mano a su entrepierna y me dijo en un tono de súplica:

-No, por favor, por favor Guille, no te la saques de tu boca todavía, me tienes calientísimo…  -Tranquilo, sólo quiero cambiar de postura ¿por qué no te acuestas en la cama?

Más tardé yo en sugerírselo que él en tumbarse sobre el edredón con su pene durísimo apuntando alto. Al ver que el abanico de techo estaba encendido bromeé:

-Cuidado, Toño, te vas a lastimar con el abanico…-¡Jajaja! ¿Tienes miedo de que lo descomponga? -se rió como un farsante- No te preocupes, no te culparía en caso de que se averiara.-¿No? ¿Y cómo lo explicarías? -pregunté curioso.-Pues diría que un niño delgadito y encantador me puso tan caliente que lo descompuse por accidente.

Estas bromas entre cada acto me hacían ver que no congeniaba con nadie como con él. Si el sexo con Antonio no era satisfactorio no lo podía ser con nadie. Estuvimos riéndonos por un corto espacio de tiempo, cuando decidí retomar la mamada donde la había dejado, esta vez con él acostado y yo con mi cabeza en su entrepierna, sin necesidad de que sus manos me llevaran a ella. Había tomado un poco más de confianza al ver que no era difícil hacer con mi boca algo que le gustara, así que intentaba meter el pene de Antonio lo más que me cabía en ella, pero para mi decepción no me entraba más de la mitad sin ahogarme.

-¡No puede ser! -dije sorprendido después de sacarlo de mi boca.-¿Qué pasó? -creo que lo saqué súbitamente del trance.-¡No me lo puedo meter a la boca! -le respondí desilusionado.-¡Qué tonto eres! Me habías asustado, pensé que había pasado algo.

-Perdón… -me apené.-Es normal, Guille, toma su tiempo. Tú no vas mal encaminado, pero… del susto ya me hiciste perder la “emoción”.

Observé su pene y entendí a qué se refería. Ese bello falo estaba ahora reposando cubierto de una capa brillante de mi saliva. Aunque en su estado de flacidez no era pequeño, si se veía bastante menos desafiante.

-Ahora eres presa fácil… -le dije sosteniendo con mis dedos su  miembro dormida, y acto seguido me lo metí en su totalidad. Se sentía muy suave y carnoso al estar blando y podía dominarlo con relativa facilidad. Dejaba que mi lengua diera vueltas alrededor del intruso que invadía mi cavidad bucal. Lo acepto: estaba absorto en ese hermoso trozo de vida. Cuando la erección volvió en su totalidad, me ayudé con una mano para masturbar a “Tony” mientras seguía succionando (en algo habrá ayudado el porno que veía, en su mayoría gracias a Andrés). Pero mi inexperiencia me hizo otra jugada, pues la dureza de aquel mounstro me hizo entumir los labios rápidamente, así que le pedí que me disculpara unos momentos para recuperarme del cosquilleo labial que sentía.

-¿Está algo grande, verdad? -me presumía Antonio de forma aniñada.-No sé, no había visto otro, además del mío… -respondí, aunque honestamente, para molestarlo.-¿Me estás diciendo que no te parece que la tenga grande? Puedo hacerte pasar muchos problemas por eso -me dijo mientras se incorporaba y me daba un beso corto en los labios.-¿De qué problemas hablamos? -le dije extasiado, ofreciéndole otro beso.

-No querrás saber… -contestó en un tono intrigante. Este chico sabía muy bien como hacerse desear.-Por supuesto que quiero. Estar en problemas contigo debe ser lo máximo ¡jajaja!-Si tú lo pides, lo tendrás -dijo amenazante.

Se levantó de la cama y me dio indicaciones para que me quitara finalmente el pantalón del pijama, que era la única prenda que traía puesta, y me colocara boca abajo. Ya estaba sintiendo el dolor antes de siquiera ser tocado por ese pene, pero me dominé como pude y obedecí dándole la espalda.

-Qué bonito par de nalguitas tienes, Memín… -me halagó. Volteé hacia él y lo vi jalándose su pene despacio.-No me llames así. Y la verdad a mí no me gusta. -respondí, en mi línea habitual de no aceptar ningún cumplido.-¡¿Por qué?! Si están paradas y redonditas. -dijo.-Pues, no están grandes que digamos… -lamenté.-El caso es quejarse… siendo tan flaquito como eres no las puedes tener grandes -me reprendió.

Y algo de razón tenía pues mido 1.73m y mi peso nunca ha estado por encima de los 60 kg- y de todas formas no están nada planas. Más grandes que Andrés si las tienes, jeje.

-¿Más que Andrés? ¿y qué oficio tienes viéndoselas a él? -le comenté como burla. -Era un comentario nada más… -dijo, seguro sintiéndose en la encrucijada- no soy un pervertido. -¡Ja! Sí lo eres -seguí burlándome. Cuando está un poco molesto Antonio es terriblemente sexy. -No lo soy, y si no te retractas te las vas a ver con éste… -respondió agitando su pene y azotándolo levemente en la palma de su mano libre. Me excitó en demasía verlo hacer eso.- ¡Wow, que miedo! -exclamé sarcásticamente.

En un arranque de algo que supongo fue lujuria, Antonio se abalanzó sobre mí, abrazándome con todo su cuerpo y tumbándome boca abajo en el colchón, como me había pedido antes que lo hiciera. Ya estando en esta posición me dejaba sentir, justo como la noche anterior, la firmeza de su tersa y bronceada piel pegada a la mía, y de nuevo para coronar la situación, su pene humedecido por mí entre mis nalgas.

-¿Te vas a retractar ahora? -me dijo al oído.- ¡Claro que no! -contesté para provocarlo.

Comenzó a besarme el cuello, cara, los hombros, la parte alta de la espalda y todas las zonas de mi cuerpo que sus labios alcanzaban a rozar en esa posición. A excepción de mis brazos con los que me dedicaba a palpar su trasero. Yo estaba completamente inmóvil, sometido a su disposición. Para excitarlo aún más decidí fingir que me sentía completamente vulnerable ante él y que haría lo que fuera para que me dejara.

-Toño… ¡Toño! está bien, me rindo…-Si te rindes también hay un precio a pagar -insinuó de forma seductoramente peligrosa.-¿Sí? No, no importa Toño, haré lo que me digas. Tú ganas.-¿Seguro?-¡Síiii!-Muy bien, Guillecito, como yo gané puedo pedirte esto… -dijo con una voz enloquecida, dándome una fuerte nalgada. Hacía movimientos de arriba hacia abajo con su cuerpo encima del mío, y por ende, haciéndome sentir su pene duro tallándose justo en medio de mis nalgas que apretaba con sus yemas cada tanto.

Se levantó apoyándose en sus rodillas y me tomó de las caderas, nalgueándome levemente un par de veces. Me puso a la altura de sus muslos y separó mis piernas con sus rodillas. Sabía lo que seguía de ahí, y no me gustaba nada pensar en lo doloroso que iba a ser. Por única vez en esa ocasión comencé a sentirme nervioso y Toño salió de la excitación incontrolable en la que estaba.

-¿Qué sucede, niño? ¿Te pusiste nervioso?-Sí, perdóname, pero no puedo evitarlo -le dije apenado.-Si te sientes comprometido no tienes que hacerlo. No creas que voy a obligarte -me pareció algo cínico que me lo dijera, ya que la noche anterior no esperó a que se lo permitiera para penetrarme.-No, no quiero que dejemos de hacerlo, sólo ten cuidado y paciencia por lo que más quieras -le rogué.

-OK, flaquito ¡no te vas a arrepentir! pero no se te olvide que tienes que relajarte lo más que puedas, o te puede doler mucho.-Lo sé… así lo haré. -respondí. De seguro no se imaginaba que yo ya sabía cuanto podía dolerme gracias a él.-Ahora te voy a ayudar a que te relajes un poco.

Me indicó que me quedara así con mis piernas separadas mientras con sus manos fuertes acariciaba mis nalgas abriéndolas ocasionalmente para soplar en mi hoyito que todavía resentía un poco la violencia con la que lo habían tratado antes, pero no podía detenerme más a imaginarme eso o nunca lograría relajarme ¿qué estaba por hacer este hombre? Casi me golpeo con la cabecera de madera de la cama cuando Antonio, para mi sorpresa, puso su cálida lengua en la entrada de mi ano, haciéndome estremecer de forma muy brusca.

-Ahh-ah ¡ay! -atiné a murmurar.-Sabía que esa iba a ser tu reacción -se rió. -P-perdón es que… no me lo esperaba -hablaron los escalofríos por mí. -No te disculpes. Dime ¿cómo se siente? -preguntó antes de continuar. -Bien… la verdad se siente muy bien.

Mi pene se puso tan caliente y rígido que a ratos me dolía. Pensaba que probablemente me estallaría dado lo placentera que me resultaba la estimulación que la lengua de Antonio me proporcionaba. Reconozco que era algo confuso para mí que un sitio de mi anatomía que hacía 3 días prácticamente no conocía, ya me había hecho pasar por el cielo y por el infierno en ese lapso tan corto.

Cada vez que la punta de esa lengua ejecutaba el movimiento circular que me hacía sacar todo el aire de mis pulmones, mi cuerpo temblaba azotado por una ola de escalofríos, y cada que esto pasaba, el buen Antonio me preguntaba si me encontraba bien. Me parecía tan tierno de su parte cada que hacía ese gesto de preocupación, mucho más sabiendo que estaba siendo condescendiente a pesar de que deseaba follarme con mucha fuerza. Su dedo medio empezó a pasearse alrededor de mi ano, mientras él dejaba reposar su cara en mis nalgas, usándolas como si fueran una almohada.

-No creo que las encuentres muy cómodas -me burlé de él y de mí mismo. -De hecho sí: son suaves… -dijo mientras las besaba- firmes.

En este punto dejó hundir en mí su dedo. Hice un esfuerzo para no hacer ningún sonido ni movimiento, pues quería concentrarme y relajar mis músculos todo lo que pudiera. Lo dejaba llegar hasta lo más profundo que le era posible para después moverlo dentro, frotando las paredes de mi interior con más delicadeza que la primera vez. Era tan agradable que me costaba trabajo no hacer sonidos que me delataran.

-Esto te va a ayudar a aguantármela mejor. -murmuró. -Lo que sea que me ayude a soportar la cogida. -¿Soportar?  ¿Crees que no tengo oportunidad de complacerte? -se indignó. -No, no quise decir eso. Yo… te quiero mucho Toño. -sólo se me ocurrió decir.

Antes de que terminara de decir esto, quizás con la intención de silenciarme, gateó en la cama y se postró a mi lado poniéndome el pene cerca de la cara.

-Escúpele a tu nuevo amigo para que puedan conocerse bien -ordenó con una voz de calentura terrible.

Decidí exceder sus expectativas y meter a mi “amigo” en la tibia cavidad que ya conocía lo más que pude, dejándolo brillante y rebosando de saliva. Antonio suspiró por enésima vez y retomó su posición detrás de mí.

-Ahora sí, Guille, necesito que te pongas lo más flojito que puedas -dijo antes de proceder. -Está bien…

Esta vez estaba mucho mejor preparado para lo que venía, pues la constante estimulación que recibí de mi compañero fue de gran ayuda.  El glande completamente mojado de Antonio se dejó sentir en la entrada de mi culito, y él sin perder tiempo presionó hasta tener dentro la mitad.

-¿No te está doliendo? -su preocupación por mí me hacía sentir protegido. -No… Nada. -mascullé, sin ser del todo honesto.-Lo tienes bien apretadito y caliente -dijo en un tono similar al del gruñido de un macho en brama- ojalá te hubiera culeado antes.

Aunque me sentí un poco objetivado al oírlo no dije una palabra, solo me limité a dejarme penetrar por ese miembro grueso y un tanto alargado. Estando tan centrado en reducir la tensión de mi cuerpo, no me disgustaba lo que estaba sintiendo, pero en un principio tampoco sentía placer, a diferencia de Antonio que podía notar que se la pasaba muy bien con mi culo, pues estaba cogiéndome como un animal, diciéndome toda clase de obscenidades “tiernas”.

-¿Sabes? -me decía- puedo correrme de sólo ver mi pito clavado en ese culito tan fino y delicadito que tienes.-¿Sí? -le respondía, intentando que apreciara cierta “inocencia” en mis palabras.-Sí, créelo tanto como lo mucho que dices quererme. -Uffff… entonces ya deberías haberte venido -le contesté sin pensarlo dos veces.

Siguió un rato con su movimiento de caderas hacia dentro y hacia afuera que comenzaba a ser un tanto placentero para mí también. Me tomaba de los hombros, me besaba la cintura y las costillas. Me hacía sentir tremendamente suyo, como si fuera de su pertenencia, y yo no deseaba más.

-¿Eso es un reto? -jadeó.- ¿Qué cosa?-Lo que acabas de decir -se detuvo, dejando su vigoroso mástil a medio camino. -¿Que ya deberías haberte venido si te excitara tanto como lo que tú me gustas? -cuestioné con el aire a medias, pero desafiante- pues si no un reto, sí es un hecho y lo sostengo. Me la sacó repentinamente.

-¿Q-qué pasa? ¿Ya terminamos? -le pregunté, temiendo que mis palabras lo hubieran molestado.

Se sentó con su espalda recargada en la cabecera, sobándose su pene para no perder la erección.

-Siéntate en ella -dijo más serio que la muerte.-¿No te vas a lastimar al tenerme encima? -Te he cargado varias veces sobre mi espalda y nunca me he lastimado, creo recordar -fue su respuesta.-¿Y a mí no me vas a lastimar?-No. Pero si no te sientas y empiezas a cogerte tú solito antes de que cuente hasta 3, quizás tenga que hacerlo.

Esas amenazas de Antonio me hacían derretirme por él. Su voz de roca le ayudaba a ejecutarlas en mí con una efectividad exagerada. No podía escuchar que me hablara en ese tono sin obedecerlo. Y sin excepción, me acomodé frente a él antes de que terminara la cuenta sin sentarme. -Rápido como me gusta. -sonrió- Ahora, si te dejas caer sobre esta verga te daré una bonita sorpresa. -Lo que tú me pidas…

Y acto seguido me dejé caer, provocándome algo de dolor que no tardé mucho en olvidar. Enrosqué mis brazos alrededor de su cuello. Sentía su vello púbico rozándome, y por ende, cosquilleándome en la zona baja de mis testículos.

-Auuuuch… espero que el premio valga la pena -me quejé- porque eso fue…

Me hizo callar en ese instante, como antes lo había hecho con su verga en mi boca, pero esta vez con sus labios gruesos sobre los míos. Creo que lo más atinado que puedo decir sobre esta fracción de mi experiencia es que es quizás lo más cercano a la plenitud de la felicidad más pura y gratificante que he sentido.

Sentía que Antonio y yo nos complementábamos el uno al otro en ese acto. Su pene perdido en mi interior, nuestros labios y nuestros cuerpos juntos, mis manos acariciando su cuello y las suyas mi cintura. Mi timidez unida a su seguridad. La fuerza de mi deseo unida a su pasión. El orgasmo más enloquecedor parece poca cosa al lado de esta sensación de compatibilidad absoluta. Puede incluso que sea correcto decir que jamás, antes o después de estar en los brazos de Antonio esa noche, volví a sentirme irremplazable.

El ritmo de nuestras caricias se hacía más pausado a medida que volvíamos a enfocarnos en la penetración. Antonio dejó que su mano izquierda me masturbara mientras me asía con la derecha (peculiarmente este hombre es zurdo), pero extrañamente descubrimos que… ¡no era tan interesante el acto sexual como la compenetración que estábamos logrando! Quiero creer, sin pecar de falta de humildad, que él, con todo y su virilidad, su atractivo, carisma y sensualidad, también sintió algo de lo que yo quizás no vuelva a sentir.

Así, sin movernos más, sólo con la excitación de la energía quemada por nuestros labios, terminé sobre el vientre de Antonio, estrangulando su verga con mi esfínter que se cerraba a medida que mi eyaculación, más abundante que de costumbre, caía en su piel. No fue el mayor orgasmo que logré con este chico, pero si la experiencia más llena de ese no sé qué que temo no poder llamar de otra forma que no sea “magia” a secas que tuvimos.

Él terminó unos 5 minutos después de mí. Coloqué las palmas abiertas en su pecho para sentir cómo sería su respiración mientras eyaculaba en mi interior por segunda noche consecutiva. Aún sueño con el recuerdo de mis manos sintiendo el aire escapar de su torso unidas a la expresión facial del que fue mi ídolo mientras su semen se vaciaba en mi cuerpo. Esta vez no lo tomé como algo denigrante. Yo había aceptado tener relaciones con él, y me imaginé que se correría en mí desde el principio.

-Perdón, Guillecito, no sé que me pasó… No quería terminar todavía. Tampoco quería dejarte todo… -se avergonzó tanto que no pudo terminar la frase. -No importa… anda ve a limpiarte antes de que eso se seque y lo tengas jodido para quitártelo -hablé en referencia al semen que mi verga le había escupido sobre su abdomen.-S-sí… en un segundo vuelvo -se movió delicadamente y terminó de retirar su pene, que hizo un pequeño chasquido al salirse de mí al tiempo que él exhaló aire hirviendo de su garganta con sus ojos cerrados.

Tomó su bóxer y se dirigió al baño. Demoró poco en salir y me encontró tendido con las rodillas flexionadas y aún desnudo sobre mi cama. Se recostó a mi lado y lo abracé instintivamente. Entre toda la confusión, me atreví a hablarle:

-Toño, me gustó mucho todo esto. No sé si creerme que sucedió o no… -Shhh… -me silenció- es real. Te acabo de dar una de mis mejores cogidas, mejor que la que soñé anoche… -¿Mande? ¿Qué soñaste qué…? -algo me parecía sospechoso. -Ayer soñé que te cogía de ladito aquí en tu cama, y te puedo decir que eres bastante más cooperativo en la vida real.

No pude evitar reírme de la situación. Me miró extrañado ¿estaba hablando en serio? ¿la culeada que me dio la primera vez fue producto de un sueño? ¿O me estaba tratando de hacerme creer que era sonámbulo?

-¿Sabes que no le puse seguro a la puerta cuando entré? -me borró la risa drásticamente.

Me levanté en ipso facto pensando que alguien quizás había entrado mientras yo estaba sentado encima de la verga de Antonio, dando la espalda a la puerta, y ni él ni yo nos habríamos dado cuenta.

-¡Jajajaja! ¿Me crees todo lo que te digo o qué? ¡Claro que se lo puse! -ahora era él quien se burlaba de mí.

Suspiré de alivio. Me puse el pantalón, tomé mi iPod y ofreciéndole un auricular a Antonio, volví a acostarme junto a él, acariciando de vez en vez su cara sin afeitar, sus brazos, su fuerte abdomen. Platicamos de tópicos aleatorios, riéndonos mientras escuchábamos una canción tras otra. Hasta que una voz a lo lejos tras el auricular nos cantó:

Nos ahogaremos juntos en aguas que todos quieren tomar, caminaremos juntos, escaparemos de la realidad, transformaremos mundos e inventaremos mares que cruzar; si nos perdemos nada pasará. Ahora lo entiendo: amar es liberal, y yo… me siento vivo. (Fobia – Vivo)

…y sin más permanecimos en silencio, dejándonos abarcar completamente por ese sentimiento.

Fin de la segunda parte.

Autor: Autor: Gyork

Goza con un buen video, clica aquí. http://www.videosmarqueze.com/ y lo guardas en tu PC.

Me gusta / No me gusta

Antonio del Mar I

Antonio envolvió sus brazos a mi alrededor y pegó la parte frontal de su cuerpo con la parte trasera del mío. Sentí sus brazos alrededor de mi abdomen, su vello facial y su aliento alcohólico en mi cuello y para rematar, la totalidad de su anatomía masculina frotándose y endureciéndose justo en mi trasero sin experiencia. Sentía como la corona de vellos de su sexo se restregaba en mi cintura.

No me parece descabellado decir que todos los seres humanos admiramos apasionadamente a nuestros semejantes alguna vez. Quizás a nuestro maestro, o a nuestro tutor, incluso a nuestro mejor amigo. Siempre hay algo que buscamos en otros, algo de lo que creemos carecer, y encontrar cualidades de las que quisiéramos hacer gala en otra persona nos atrae hacía ellas, en un intento por sentirnos individuos más “completos”.

Antonio me suscitaba esto y más. Era todo lo que yo hubiese querido ser de haber podido elegir. No hablo ya del panorama físico, porque siendo yo, sería demasiado exigirle a la vida lo mismo que le regaló a él. Una sonrisa perfecta, una tez y cabello tanto suaves como brillantes, un hermoso torso alargado como el de una escultura griega o una voz muy grave y masculina. Nada de esto hubiera pedido, una vez conocida su mejor cualidad: esa increíblemente atrayente personalidad. No pretendo decir que no apreciaba y, sobre todo, deseaba su atractivo físico, pero no era este aspecto perecedero lo que me hacía querer estar cerca de él tanto como me fuera posible. Era su carisma de lo que quería contagiarme. Y aunque al fin obtuve algo bastante diferente a lo que me esperaba, pues en su astucia supo aprovechar mi condición a su antojo, no me arrepiento en lo más mínimo de haber hecho de él mi modelo a seguir. Trataré de ser más directo en los siguientes párrafos para no desalentar a nadie con detalles insignificantes.

Andrés y yo nos habíamos hecho buenos amigos poco después de comenzar la escuela secundaria. Por aquel entonces éramos compañeros de clases. Él era quizás una réplica exacta del estereotipo del adolescente rebelde y lleno de energía, algo de lo que también buscaba contagiarme, mientras que yo era un tanto más introvertido y tímido. Aún con esto, compartíamos muchas cosas. Era muy común que la gente nos relacionara automáticamente al uno con el otro con sólo mencionarles su nombre o el mío. Gustábamos de las mismas cosas, nos hacíamos las mismas preguntas e incluso vestíamos de la misma forma. Más de una persona nos decía a menudo que guardábamos cierto parecido físico, pues nuestra complexión y altura era (e incluso hasta el día de hoy es) exactamente la misma.En conclusión, Andrés era el compañero y amigo ideal, alguien irrepetible para mí. Debo muchos momentos gratificantes a él, pero mi mayor adeudo es el haberme hecho llegar al verdadero motivo de este relato: su hermano Antonio.

No llevábamos mucho tiempo de conocernos cuando fui por primera vez a casa de Andrés y conocí a su familia. Aquellas tareas de la secundaria nos parecían tan largas que para hacerlas un poco más llevaderas las hacíamos juntos, y fue una de esas tardes que nuestros profesores atiborraban de trabajo por hacer, que conocí a su hermano 5 años mayor que nosotros: Antonio. Admito que aunque, me llamó poderosamente la atención que un joven de 18 años se presentara y me tratara como alguien de su edad, incluso ofreciéndome ayuda en los temas escolares, no me sentí atraído hacia él inmediatamente.

Al ser hermanos, Andrés y Antonio eran bastante parecidos, aunque claro, obviando el tamaño dada la diferencia de edades. Por su parte, Antonio tenía una piel más bronceada y un cabello más obscuro, así como unas facciones menos aniñadas con respecto a su hermano menor, aunque supongo que esto era más que nada un atributo que el tiempo le otorgó. También lucía un lunar muy gracioso en su mejilla, y un vello facial casi tan definido como el de un adulto que en aquel entonces envidiaría cualquier chico.

Francamente no recuerdo en que momento empecé a interesarme en él. Cada vez lo buscaba con más frecuencia: fingía que necesitaba ayuda con la escuela, iba a estudiar a casa de Andrés solo para tener un pretexto para poder ver a su hermano y escuchar sus consejos. Hubo ocasiones en las que olvidé mis cuadernos a propósito con el fin de regresar a verlo otra vez.

Eventualmente dejó de ser necesario que estuviese Andrés para que pudiéramos vernos. Congeniábamos bastante bien, con o sin su hermano presente. Incluso en muchas ocasiones iba a visitarlo directamente, y procuraba su compañía al grado que me llegó a considerar, según sus palabras, más “hermano” que su propio hermano. Andrés no parecía tener ningún problema con ello. Durante los siguientes 4 años pocas cosas cambiarían. Si bien, las novias de Antonio iban y venían, y Andrés y yo teníamos el llamado “mal del adolescente” a tope, hostigándonos todo el tiempo, pero nada cambió demasiado. Ni siquiera nuestros aspectos. A grandes rasgos seguíamos siendo: Andrés, atrevido; Guillermo, tímido; Antonio, carismático.

Cursábamos ya la preparatoria, tratando de devorarnos al mundo. Antonio estaba en la universidad, a punto de graduarse. Cabe destacar que fue ahí donde conoció a una chica bastante bonita y agradable de nombre Berenice, con la que mantuvo una larga relación, hasta poco después de los incidentes que estoy por contarles. Y quizás he sido responsable de ello en cierta medida, pero he decidido tomar nota para dejar atrás por mi bienestar esos desastrosos resultados tras este viaje de placer y discordia.

Por aquel entonces Andrés y yo ya habíamos cumplido la peligrosa edad de 18 años, a la vez que Antonio no hacía mucho había cumplido sus 23 en todo su esplendor. No había cambiado gran cosa desde que lo conocí, pero su cuerpo ya se asemejaba más al de un hombre que al de un chico, con sus espaldas y hombros ensanchados. Mejor aún, conservaba su sencillez que le hacía caer bien a todos.

Como ya he dicho, tras conocernos Andrés no demoró en presentarme con su familia. Sus padres eran bastante agradables y constantemente le decían que yo era un ejemplo a seguir para él (ignorando que era a la inversa, pues yo envidiaba en Andrés todo lo que yo no era). Cada que salían de viaje me quedaba en casa de los hermanos, y cuando no era así era porque los padres nos llevaban con ellos.

Un día cerca de la semana santa me comentaron sobre sus intenciones de ir a su casa de playa por unos días, viaje al cual Berenice y yo nos encontrábamos invitados, así que no dudé en asentir y en prepararme para una turbulenta semana en el mar de Cortés (irónicamente “del Mar” es el apellido de estos hermanos).

Aunque no fuera mi objetivo, siempre trataba inconscientemente de atraer la atención de Antonio. Vestía de forma que sabía que a él le agradaría, y muy a menudo recibía elogios de su parte. En este punto de nuestra historia aún no definía claramente lo que sentía, sólo sabía que quería mejorar para ser alguien de su calibre algún día. Así pues, me dispuse a elegir cuidadosamente que bañador, que gafas de sol usaría cuando él me viera o que ropa interior ponerme cuando no estuviese en la playa, sin imaginarme que de poco me iba a servir usarla…

Partimos en mediodía de un martes de abril en la camioneta de los señores del Mar. El camino hacia la playa era, por fortuna, corto, y aún más corto nos pareció a Andrés y a mí que íbamos riéndonos de todo lo que se atravesaba frente a nosotros. Berenice y Antonio hablaban en silencio, seguramente de los temas que a los novios les gusta hablar todo el tiempo. Al cabo de una hora habíamos llegado a la amplia y elegantísima casa a orillas del mar, donde, como en todas las casas bellas, el tiempo parecía dilatarse y los días hacerse más largos.

Los señores del Mar nos sugirieron tomar las dos recámaras con baño propio a Berenice y a mí, mientras Antonio y Andrés compartirían una recámara y ellos compartirían otra. En menos de una hora estábamos todos listos para salir a bañarnos en el sol.

Así se nos fue esa primera tarde, de una forma muy distinta al resto, al menos para mí. “Andy” y yo jugando bruscamente bajo el agua. Berenice y Antonio, por su lado, se alejaban bastante de nuestra vista. Se veían felices. No entiendo por qué, por unos momentos me sentí triste al ver que Antonio no jugaba con nosotros como las últimas veces.

Unas horas más tarde, cuando el sol estaba poniéndose, los señores del Mar, que habían estado todo este tiempo sentados en la arena ante una palma, nos propusieron alistarnos para salir a hacer una fogata más tarde, y como bien sabíamos todos los presentes: fogata significaba alcohol, al menos para los hermanos. Por raro que fuera, los padres de Andrés le dejaban consumirlo sin reprocharle nada, y vaya que él aprovechaba la situación, pues tanto él como su hermano bebían bastante. 40 minutos más tarde estaba oscuro. Había un poco de luz, pero apenas la suficiente para distinguir las calles detrás de la playa. Antonio y Berenice tomaron la camioneta con el pretexto de ir al expendio más cercano a comprar bebidas, mientras nosotros nos cambiábamos de ropas.

Salimos todos cuando no había un ápice de luz. El señor del Mar ya había dejado todo listo para la fogata que posteriormente encendió. Nos acomodamos como pudimos alrededor de ella y observamos las estrellas durante largo rato. Las recuerdo preciosas. No cabía una más en el cielo. Berenice estaba fascinada, y lo estuvo más aún al ver el tono cobrizo de la luna. Reconozco que no estaba muy centrado en ello esa noche. Andrés, y en especial, Antonio, bebieron cuanto quisieron y más, como siempre hacían. No pensaban mucho en la belleza del mar ni en nada de lo que los señores del Mar y Berenice discutían. Y yo: al margen, como siempre. Callado y sin saber si prefería ver la perfección del firmamento o a Antonio.

No pasó mucho antes de que Antonio decidiera que el alcohol se le había subido muy pronto a la cabeza, y que quería irse a recostar. Alguien tenía que acompañar a ese hombre, porque quien sabe como hubiese subido las escaleras estando solo. Para asombro mío, Berenice, que no quería dejar de ver el océano, me pidió que yo lo acompañara. En voz baja por supuesto. Antonio es orgulloso y no tolera que nadie cuide de él. Así que lo fui siguiendo hasta llegar a la casa.

-¿Vienes por algo? -me dijo al verme en la puerta junto con él. -En realidad yo también quiero acostarme ya. -¡Ja! -dijo en tono burlón- ¿te mandaron para que me ayudaras a subir? -No, y aunque fuera así, no me ibas a dejar ayudarte -contesté en el mismo tono.

No hablamos más. Abrió la puerta y ambos nos dirigimos a las escaleras. No tuvo problemas en subirlas. Quizás los habría tenido de no haber estado yo ahí, pero en su orgullo él era capaz de haber controlado la borrachera por ese momento sólo para no aceptar la ayuda. Llegamos a la planta alta y nos despedimos.

-Buenas noches. -Hasta mañana, que descanses Guille. -dijo mientras caminaba desvistiéndose hacia su cuarto.

Entré a mi pieza y me quité la camiseta, las sandalias y los pantalones cortos quedando en la ropa interior que elegí tan cuidadosamente. Retiré las sabanas y me acosté sobre la cama un par de minutos. No tenía sueño, pero tampoco deseaba salir a la fogata otra vez. Viendo algo de televisión probablemente me entrarían ganas de dormir. Me vestí de nuevo. Salí de la alcoba con la intención de bajar las escaleras hacia la sala, pero algo llamó poderosamente mi atención. El cuarto de Antonio permanecía abierto, así que probablemente el aún estaría despierto. Me alegré bastante, pues una conversación a solas con él me valía lo que mil horas de televisión, pero no había forma de saber que tan grande sería el salto que daría al entrar a la habitación. Entré apresurado creyendo que iba a encontrarme con mi ídolo tratando de dormir como lo estaba haciendo yo, pero no fue así. Y vaya que representó un giro bastante violento…

Apenas permanecí un instante en ese cuarto cuando ya estaba retrocediendo torpemente, pues me encontré con una escena que jamás hubiese esperado presenciar. Ahora caía en cuenta: quizás a causa de su abuso con el alcohol olvidó cerrar la puerta de su alcoba. Estaba tendido completamente desnudo de pies a cabeza sobre la cama aún cubierta por el edredón azul. Para darle un toque aún más dramático al cuadro representado frente a mis incrédulos ojos, su mano se encontraba bien cerrada alrededor de aquel rígido mástil que salía de su entrepierna, subiendo y bajando frenéticamente a la par que su respiración entrecortada resonaba en mis oídos.

No lo soporté. No sabía que debía hacer ni pensar, así que me resultó sencillo huir de allí. Estaba bastante confundido por lo que acababa de suceder, mas me es imposible negar que estaba también terriblemente excitado ¿por qué? ¿ver la expresión de pleno placer en el rostro de Antonio, con su cuerpo totalmente descubierto ante mi vista, con sus ojos cerrados y sus labios ligeramente abiertos mientras su mano estrangulaba con fuerza un pene con una postura muy desafiante era algo excitante?… ¿un pene? ¿De Antonio?

Simplemente era demasiado para mí. Me sentía completamente abrumado por el sentimiento que me ocupaba: era otro al que yo vi plasmado en esa escena, no podía ser el mismo que yo había estado admirando a escondidas desde hacía años ya. Y aún con toda aquella mezcla de emociones, mi curiosidad me pedía regresar. Sin temor a equivocarme puedo decir que fue en este punto donde la bomba de tiempo estalló y me di cuenta de mis deseos hacia él. Al diablo con la admiración y con desear tener todas sus cualidades, era más lo que yo ambiciaba.

Lo medité unos cuantos minutos. Existía el riesgo de que él saliese del estado de euforia en el que estaba y me descubriera espiándolo, y eso destruiría toda visión de “hermano menor” que pudiera tener hacia mí, pero era tal mi curiosidad que no dejé a ese pensamiento ocupar mi mente. Salí de mi habitación caminando sobre las puntas de mis pies, solo para notar que el resto de la familia aún no había vuelto de la playa. Una vez que me di cuenta de esto, y temiendo que el espectáculo de mi estimado se hubiera terminado, apreté el paso y crucé nuevamente la puerta aún abierta hacia el cuarto de Antonio. Y aclaro que con esta acción, no sé si por fortuna o por desgracia, no solo entré allí, sino que entré a una etapa para la cual no estaba preparado psicológicamente.

Ahí estaba, tendido boca arriba como para dejar que el aire acariciara toda la extensión de su piel, aunque desgraciadamente, todo parecía indicarme que el buen Antonio había acabado su faena, pues aunque su pene seguía parcialmente firme, él ya no se encontraba consciente. Se oprimió mi corazón. Esta situación era mucho más ventajosa para mí. Nadie me vería mientras admiraba aquel maravilloso cuerpo desnudo, ni siquiera él. Podía incluso descargar mi excitación ahí mismo enfrente suyo, y lo más seguro sería que ni siquiera se inmutara.

Una idea perversamente atractiva pasó por mi mente: si él estaba profundamente dormido, y no había nadie en la casa que pudiera entrar repentinamente y descubrirme ¿no podría también tocar ese cuerpo que tanto deseaba? a fin de cuentas, Antonio no se quejaría estando en ese estado. Durante un par de minutos más me dediqué únicamente a verlo, debatiéndome entre si era o no correcto hacer lo que estaba a punto de hacer. Y al final no pude más, pues tras estar a muy cerca de acariciar su pecho en varias ocasiones para después arrepentirme, mi erección decidió por mí y dejé caer mi mano sobre la piel tibia y bronceada de mi príncipe.

Era una sensación totalmente sublime. Había “jugado” físicamente con Antonio antes, sobre todo cuando jugábamos en forma brusca como hacen todos los chicos algunas veces, pero esta vez lo estaba tocando a otro nivel completamente nuevo. Comencé a frotar su abdomen, sus brazos, su rostro, sus cabellos. Me parecía hermoso verlo descansar justo como vino al mundo, tan perfecto y tan vulnerable ante mis perversiones. Al llegar a la parte baja de su abdomen me detuve. Lo menos que quería era ser irrespetuoso con su cuerpo, por ello me abstuve de tocar algunas zonas aún prohibidas para mí.

De pronto me percaté de que había pasado casi media hora y la familia aún no volvía. Ya era hora de dejar al pobre Antonio en paz, de lo contrario podría darse cuenta de lo que sucedía y pensaría que mi intención era aprovecharme de él. Quizás esa oportunidad no se volvería a repetir pero no me importaba: mi atracción hacia él era afectiva mucho antes que sexual, y una fantasía no valía el sacrificio de nuestra buena amistad. Justo antes de retirarme, me incliné y besé su mejilla, pasando mis labios muy cerca de su lunar que lo caracterizaba. Eché, pues, una última mirada a su entrepierna antes de irme a dormir. Quedé anonadado: el pene, que ya se encontraba flácido, volvía a tomar fuerzas tras el contacto de mi boca con su cara. Y como por arte de magia, nuevamente estaba yo a mil, así que para no cambiar de opinión abandoné la habitación lo más pronto posible para despejar mis ideas en la tranquilidad de mi almohada.

Arrojé la puerta y sumido en el trance olvidé colocar el seguro. Me desvestí completamente. Quería que Antonio del Mar y yo estuviéramos en igualdad de condiciones sin importarme nada más. No me interesaba si alguien más me veía desnudo, solo quería jugar con la idea en mente de que él y yo estábamos a menos de 4 metros el uno del otro, y ninguno usaba prenda alguna que lo cubriera de la mirada lujuriosa del otro… Sí… ¡qué bueno sería si me deseara como yo a él! ¡si quisiera experimentar el tacto de mi cuerpo como yo lo hice con el suyo! Comencé a masturbarme bajo la sábana antes de terminar de cubrirme con ella. Aún estando desnudo sentía cierto calor, de seguro debido a la “felicidad” de mis hormonas fuera de sus cabales. No era para menos después de haber vivido la experiencia de mi vida, así que traté de ejecutar los movimientos exactos que vi a mi príncipe hacer con su mano sobre su herramienta. Susurré su nombre en voz baja varias veces, y hablé un idioma que ni siquiera conocía, pero a medida que aumentaba el ritmo de mi lasciva tarea me imaginaba que era él quien asumía mi placer.

Es natural, cuando menos, que nadie estuviese preparado de haber estado en mi lugar para lo que ocurrió justo después de esto, pero aseguro al lector que me arrebató de golpe del plácido estado en el que estaba. Noté que alguien irrumpía en la alcoba, y horrorizado pensando que sería Andrés o peor aún, Berenice, que habían entrado tras escucharme exclamar el nombre de su hermano, o bien, de su novio respectivamente, cubrí la totalidad de mi cuerpo con la sábana y di vuelta inmediatamente hacia la ventana para dar la impresión de estar dormido. Y fue más grande mi horror cuando me di cuenta de que, quien quiera que fuese, se había sentado a mi lado. Quizás de haber salido de la sábana habría descubierto más pronto de quien se trataba, pero no quería que ese individuo se enterara de que estaba despierto, menos aún, que me hiciera preguntas sobre el por qué de mi desnudez.

Pasaron unos instantes, y esa persona no hacía más que estar sentada allí, en el borde de la cama. Temí infantilmente que se tratara de un fantasma que venía a espantarme por haber tocado a Antonio sin su consentimiento, y en mi estupidez sentí miedo de ser castigado por lo que había hecho. El “ente” comenzaba a recostarse y a colocarse en una posición idéntica a la mía. Cuando finalmente habló, me quedé más frío de lo que ya de por sí estaba:

-Hey… ¿estás despierto Guille?… -habló una grave voz.

El alcohol presente en su aliento lo delataba. Era él. Había venido a mi habitación, y me asustaba que fuera a enfrentarme por mis acciones. Sentí un nudo en la garganta y casi de inmediato la culpabilidad se hizo sentir.

-¿Me escuchas Guille?… -continuaba susurrando aletargado, a la vez que puso su mano en mi hombro. -Sí… -contesté inmóvil.

Hubo un silencio. Supuse que el no encontraba las palabras para abordar el tema así que para no hacerlo enfadar más comencé con la intención de apagar su supuesto enojo:

-…Yo… sé que me vas a pedir explicaciones. -¿Por qué? -¿Estás enojado conmigo? -Tengo frío. -¿Frío? Estás mal Toño… -dije aliviado de que no quisiera hablar del tema. -Déjame acostarme aquí contigo mientras se me pasa… Las cobijas no me calientan nada -dijo mientras asía con su mano la sábana con la que me estaba cubriendo y se cubría con ella también.

Me estremecí de nuevo. No exagero al decir que a poco más que me hubiese exaltado sufriría un colapso nervioso. Eran demasiadas emociones fuertes en menos de una hora. Literalmente estaba temblando cuando noté que no se había vestido antes de la “visita”, y actuaba como si no se diera cuenta de su desnudez ni de la mía ¿qué era lo que quería este muchacho? No sabía si estaba más asustado por él o por mí. Cualquiera que fuera su objetivo, mi cuerpo reaccionó inmediatamente a la situación: mi cuerpo me hizo una jugada de desesperación y comenzó a temblar como nunca lo habían puesto a temblar los nervios.

-¿Ves que no estoy loco? tú también tiemblas de frío. -No… No es por frío por lo que tiemblo -dije con la voz entrecortada. -¿Entonces, pues? -exclamó por primera vez con un tono de molestia. -Nada Toño, durmámonos ya.

Con esta última frase esperaba que me hiciera caso, pues Berenice y la familia debían estar por llegar y hallarnos desnudos en la cama a los dos no sería en absoluto fácil de explicar. Andrés no me dirigiría la palabra jamás, sus padres quizás hablarían con los míos y Antonio y yo no podríamos vernos más. No. Eso no podía ocurrir. Mi intención era dejar que se durmiera, vestirme y llevarlo como pudiera a su alcoba lo más pronto posible… nada más lejos de la realidad.

Antonio envolvió sus brazos a mi alrededor y pegó la parte frontal de su cuerpo con la parte trasera del mío. Sentí sus brazos largos alrededor de mi abdomen, su vello facial y su aliento alcohólico rozando mi cuello y para rematar, la totalidad de su anatomía masculina frotándose y endureciéndose justo en mi trasero sin experiencia. Sentía claramente como la corona de vellos de su sexo se restregaba en mi cintura…

-¿Qué demonios te pasa? -dije asustado por la forma en que pudiera reaccionar. -De verdad tengo mucho, mucho frío. -contestó cómo pidiendo condescendencia. -¡Pues vístete! -dije firmemente- pero no te me pegues así ¿que no te das cuenta de que estás…? -Escupe -me interrumpió acercando sus dedos medio e índice a mis labios acariciándolos levemente. -¿Perdón? -contesté sin entender el mensaje que quería darme a captar -Que escupas -repitió. -¿Y qué pretendes con ello? -Lo sabrás cuando lo hagas -añadió, adoptando de nuevo ese gesto de molestia.

Obedecí sus instrucciones sin entender, en mi inocencia, que era lo que pretendía. Su voz me dominaba. Tampoco quería escupirle, pero si se lo seguía reprochando quizás se hubiese exaltado. No deseaba sostener una discusión con él en ese estado, pues los demás se hubiesen dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Eso me aterrorizaba tanto que no pude oponerme a su extraña petición.

-No entiendo que pretendes -dije después de escupirle abundantemente las yemas de los dedos- pero estás ahogado y deberías vestirte e irte. -¿Por qué? -exclamó burlescamente mientras, contra todo pronóstico, hurgaba debajo de las sábanas entre mis glúteos con sus dedos ensalivados- quieres lo mismo que yo vine a buscar ¿o no? -¿Qué… qué haces Toño? -mis palabras se quebraron impidiéndome hablar correctamente en el momento en el que encontró su objetivo -Shh, shh… -susurró en mi oído- tranquilo, Guillermito, no pasa nada. -A-ah… no, no, estás borracho Toño, me estás lastimando, no deberíamos estar haciendo esto. -¿Por qué? ¿Te duele lo que estoy haciendo? -dijo, por primera vez de forma preocupada. -No… Pero no quiero hacer esto… por favor. No estoy listo. -¿Por qué? -insistió.

Ya estaba hartándome de sus preguntas. Esta situación era totalmente surrealista. Definitivamente este no era Antonio del Mar, el que me aconsejaba sobre como relacionarme con las personas, sobre cómo reaccionar ante las acciones de los demás, incluso sobre sexo. Era un lado de su personalidad que no conocía, y lo peor de todo era que, a pesar de la sensación extraña de sus dedos dentro de mí, no me resultaba desagradable la forma en que me frotaba esa zona tan privada y desconocida, así que intenté tranquilizarme. Antonio ya me había alzado la voz en dos ocasiones, y si lo hacía perder la paciencia sabía a que atenerme. Pocas veces lo vi molesto antes, pero sé bien que no es alguien a quien uno quisiera enfrentar estando borracho y furioso.

Capté lo que estaba sucediendo. Si hacía nada me sentía calientísimo de solo verlo tocarse sus partes íntimas, debía sentirme aún más caliente de tenerlo en mi cama, con su cuerpo pegado al mío y acariciándome de forma, aunque no muy normal, si un tanto placentera. Aquella experiencia empezó a volverse más llevadera, incluso a ratos me agradaba la forma en que sus me frotaba lentamente por dentro haciendo círculos. Traté de disimularlo para que Antonio se diese cuenta de que quería que terminara, pero nuevamente su astucia fue superior a mí.

-¿Te das cuenta? si cooperas todo va a salir bien… -No. Pero ya es… -solo atiné a decir, antes de soltar un suspiro de gusto. -Creo que ya estás listo Guillermito -dijo retirando su dedo de mi interior. -¿Para qué debo estar listo? -pregunté, al tiempo que mi diminutivo hacía un eco de forma hipnótica en mi cerebro.

Permaneció en silencio con sus brazos aún a mi alrededor como tratando de aplicarme una llave. Separó una de sus manos y la acercó a mi boca nuevamente.

-¿Qué te parece si te los pones en tu boquita por mí? -dijo acercándome de nuevo sus dedos.

Ensalivé de nuevo temiéndome lo peor. Aunque Antonio estaba siendo menos violento con sus palabras, todo estaba saliéndose de control. Tenía que hacerlo recapacitar de alguna forma. Admito que aunque tenía miedo quería experimentarlo, pero sabía que a partir de ese momento, a menos que tuviera la suerte de que Antonio se olvidara de todo al día siguiente, nuestras vidas cambiarían drásticamente.

-Esto no es correcto… -dije en un último y vano intento de disuadirlo. -¿Por qué? -dijo, y acto seguido sentí algo caliente y firme en la entrada de mi ano. Era su herramienta que había ensalivado con mi propio flujo bucal. -Espera… no, no estoy listo ¿qué es eso? -Adivínalo -respondió sádicamente para después hundir su pene en mí de una forma abruptamente dolorosa que me puso a sollozar al instante. Introdujo profundamente aquel miembro ardiendo y quedamos en esa posición, sintiéndolo más próximo a mí que nunca. No se movía en absoluto, parecía más bien que estaba dejando un espacio para que me acostumbrara a el, aunque sin éxito, pues a pesar de su “consideración”, no dejaba de sentir ese dolor tan agudo en un sitio que apenas había descubierto que podía causar tanta molestia.

-¿Estás bien Guille? -preguntó en voz baja. -No Tono, me duele, te juro que no me lo estoy inventando, de verdad me duele… -atiné a decir, y aseguro que estaba siendo más que honesto. -No te preocupes. Sé cómo se hace. -Por favor, yo no puedo… -y dicho esto tomó mi rostro, lo volteó hacia el suyo y ahogó mis quejidos antes de que terminara con un beso muy fuerte que no supe corresponder.

Solo dejé que su lengua con gusto a cerveza hiciera lo que quisiera: llegaba hasta mi garganta  y se enroscaba alrededor de mi lengua, haciéndola moverse instintivamente. Al menos eso me servía como distracción y alivio.

-¿Qué pasa? ¿No te habían besado así antes? -me susurró mientras se incorporaba, dándose cuenta de mi evidente falta de experiencia. -N-no… -Tranquilo, todo esto es normal. No debes de estar nervioso.

Hoy que pienso en ello, no comprendo cómo un hombre borracho podía tranquilizarme en medio de una experiencia tan bizarra, pero sólo él lo hubiese logrado. Tomó, pues, mi mano e iniciamos un beso aún más intenso. Había besado a mujeres un par de veces, pero esto no podía desde ningún punto de vista asemejarse a mis anteriores experiencias. El roce de su barba de 3 días era un tanto incómodo, pero teniendo un problema mayor como el de su miembro viril abriéndose paso en mi trasero hacía que me importara más bien poco. Hasta este momento Antonio se había limitado a besarme y a acariciar mi torso con sus manos, acciones que yo no podía corresponder como me hubiese gustado. No había hecho ningún movimiento con sus caderas para evitar lastimarme.

-¿Ya? -No sé, sólo hazlo rápido -contesté resignado.

Dicho esto comenzó a ejecutar un vaivén hacia adentro y hacia afuera que me obligaba a apretar mi esfínter alrededor de su pene contra mi voluntad. El dolor que se había estado apaciguando volvió a encenderse. Antonio se dio cuenta de esto y no me permitió quejarme, pues colocando sus dedos en mi boca por tercera vez, acercó sus labios a mi cuello y al dorso de mi cara y comenzó a besarlos. Desde ahí lo único que escuchaba era su respiración enloquecida y el sonido típico de los besos sobre la piel. No dijimos una sola palabra hasta que él terminó. Pude notar que tan próxima estaba su venida porque el cálido aire que arrojaba sobre mi rostro fue acelerándose cada vez más hasta que lanzó un suspiro silencioso y muy prolongado. Había acabado y juro que estaba agradecido. No iba a hacer eso nunca más, simplemente no era para mí, no quería experimentar algo tan doloroso otra vez.

-Muchas gracias Guillecito, esto quedará entre nosotros ¿sí? no podemos decírselo a nadie o no nos podremos ver más. Que descanses… -dijo retirando su pene de mí interior para después pasar su mano cariñosamente por mis cabellos y levantarse de la cama. Se marchó de la habitación dejándola impregnada de un aroma a sexo y alcohol, mostrándome la, hasta ahora desconocida, parte trasera de su desnudo y bien formado cuerpo. Recuerdo que se notaba cierto descaro en su voz cuando se despidió.

No contesté nada. Mi pene estaba durísimo pero yo estaba cansado y molesto. Era como sí mi moral me dijera que acababa de ser usado tras cometer un error irreparable, pero mi libido me indicara que todo estaba bien y que había que disfrutar de ello. Me levanté, tomé mi ropa interior y me dirigí al baño. Por fortuna mi alcoba, al igual que la de Berenice, contaba con baño propio. Justo frente a la entrada había un espejo que me permitía verme de cuerpo completo, pero avergonzado de mí mismo por lo que acababa de suceder evité verme reflejado en el. Mientras me enjuagaba la cara me di cuenta de que tenía muy húmeda la zona baja de mi trasero y además la sentía tan caliente como una brasa de carbón al rojo vivo, y no era para menos, el pene de Antonio, sin ser enorme, era el más grande que había visto (quizás porque había sido el único) y por ello la fricción que hacía con mi culito era tremenda, además había eyaculado en mi interior sin avisarme nada ni ofrecerme ninguna disculpa, solo un descarado “gracias Guillecito”…

Y entonces me pregunté ¿no había sido mi culpa todo esto? lo más seguro era que yo lo hubiera despertado, y al estar tan alcoholizado él no podría controlar al 100% sus acciones. Yo era el responsable de lo que acababa de sucederme y seguro que si Antonio recordaba que había pasado al día siguiente podía irme olvidando de él, pues yo sería el único culpable.

Me puse los calzoncillos y salí del baño. Eché un vistazo a la sala desde la planta alta y vi que los focos de abajo estaban encendidos. Andrés y los demás ya habían llegado así que puse el seguro a la puerta y me tumbé boca arriba sobre la cama. Nunca había estado tan triste, molesto y excitado al mismo tiempo. Mi pene seguía inconforme, no le importaba un carajo como me sentía: deseaba satisfacción y punto. Y se la di. Me masturbé como lo había estado haciendo antes de que Antonio llegara a mi habitación. Me maldije a mí mismo mientras tiraba con coraje de mi miembro. Menos mal que no tardé nada en terminar, y así, agotado por esa frustración, con el vientre ensopado en mi propio néctar de vida, y escurriendo de entre mis piernas el de mi ídolo, me dejé vencer por el sueño […]

Fin de la primera parte.

Autor: Gyork

Y ahora a bajar un buen video y a gozarla… Clika aquí http://www.videosmarqueze.com/ no te lo prives.

Me gusta / No me gusta