La subinspectora de hacienda.

Las mujeres, que siempre tienen un valor intrínseco, pueden añadir a ese valor otros muchos, unos voluntariamente, otros de forma fortuita. El misterio, la elegancia, la lujuria, la voluptuosidad, el lenguaje, la posición social, la posición profesional, la posición laboral…..

Soy abogado especialista en temas mercantiles y tributarios y suelo acompañar a mis clientes a inspecciones de índole fiscal, de las que practica la Hacienda Pública. Lo que voy a relatar pasó hace un año. Uno de mis clientes preferenciales fue citado para inspección de los impuestos de los últimos 2 años de sus empresas. Le había correspondido pasar la inspección a una subinspectora de nombre Laura. La conocía por otras ocasiones. Una mujer soltera, absolutamente recta, rígida en el ejercicio de su trabajo, de una edad de aproximadamente 28 años, muy inteligente, el mejor expediente de su promoción, de 1,75 de altura, más bien delgada, pelo negro, siempre recogido en una coleta, ojos grandes, expresivos y muy negros, y unos labios sensualísimos. Y lo mejor de todo, tenía unos pechos firmes y voluminosos, o al menos eso se intuía. Francamente, la subinspectora Laura estaba muy pero muy buena.

Quedé con mi cliente, Alberto, y su contable, Ricardo, para acudir todos a la cita de la inspección, con la subinspectora Laura.

Llegado el día, nos presentamos en su despacho, pero la secretaria nos dijo que no podíamos pasar allí la inspección y que toda la planta estaba en obras, como ya podíamos observar, que lo mejor sería que quedáramos para otro día y en nuestras propias oficinas. Mi cliente se enfadó bastante porque lo entendió como una falta de respeto; “ni tan siquiera nos lo ha dicho ella, esto es intolerable y además podía haber avisado antes”, en el fondo tenía razón, pero traté de tranquilizarle porque es un hombre muy temperamental, y nos fuimos.

Llegada la nueva fecha, apareció la subinspectora, con una cartera de mano, llena de documentos, muy voluminosa. Ella venía con un traje de falda y chaqueta negras y una camisa blanca que semitranslucía el sujetador de blondas blanco, y podía intuirse cada pezón en su sitio teórico.

Después de estar trabajando e informándola de todo lo necesario durante más de tres horas, decidimos hacer una pausa. Estábamos solos en el despacho de mi cliente, su contable, él, la subinspectora y yo. Había dado el día libre al personal administrativo porque no quería que viesen u oyesen nada que le comprometiera durante la visita de la subinspectora. Las cosas no nos estaban saliendo bien. Posiblemente sancionarían a mi representado, de forma severa. Durante el descanso, la subinspectora estuvo hablando por móvil todo el rato, aparte en el otro extremo del despacho, pero a nuestra vista. No dejamos de mirarle el culo y la figura, así como las tetas, que se apreciaban mejor debido a que se había quitado la chaqueta para estar más cómoda.

Cuando reanudamos el trabajo, Laura nos dijo que había estado hablando con su superior y que ciertos temas, infracciones de mi cliente, eran insalvables. Seguramente constiuirían delito fiscal. Al oír esto, Alberto se abalanzó sobre ella y empezó a insultarla “puta, asquerosa, me vas a buscar la ruina” mientras la empujaba y Ricardo el contable y yo tratábamos de separarle.

La subinspectora se asustó mucho y trató de recoger sus cosas apresuradamente e irse. Yo intenté tranquilizarla pero no accedía. Cuando ya iba a abrir la puerta para irse, entre sollozos y muy irritada, Alberto le dijo a Ricardo “no la dejes escapar”, a lo que éste se puso delante de la puerta sin dejarla salir del despacho.

Yo no sabía qué hacer. Laura empezó a amenazar “se va usted a enterar, ahora sí que va a ir a la cárcel” momento en que Alberto le cruzó la cara con el dorso de la mano derecha, diciéndole “pues yo iré a la cárcel pero a ti te voy a dejar preñada, por puta”.

Intenté poner paz, pero mi cliente no atendía a razones y Ricardo colaboraba con su jefe. Alberto, en un solo gesto, tiró con ambas manos del frente de la camisa de la mujer que estaba totalmente aterrada, y le saltó todos los botones, dejando el sujetador a la vista de todos. Ahora ya no se intuían las blondas blancas, estaban a la vista y los pezones morenos y no muy grandes se dejaban traslucir por completo.

Laura soltó sus cosas y trató de taparse aterrada, intentando salir de aquel lugar, pero el contable se lo impidió. Ella se giró hacia mí y me dijo “ayúdeme o será usted cómplice de lo que me pase”. Me quedé inmóvil, ya que físicamente no podía impedir nada, dado que sus agresores eran dos, y de más de 1,80 de altura y gran corpulencia ambos, y por otro lado, se trataba de un cliente muy valioso para mí, como para perjudicarle, ayudando encima “al enemigo”, es decir a una funcionaria de Hacienda.

Alberto me miró esperando que me definiera. Yo le sostuve la mirada y le dije “a por ella, Alberto”. Mi cliente me sonrió y ordenó a Ricardo que sujetara a Laura. El contable la agarró por los codos, desde atrás, de forma que la mujer no pudo zafarse, mientras su irritado y vengativo jefe se desabrochaba lentamente el pantalón, como para infundir más pánico en su víctima. Cuando dejó al aire su aparato, no pude evitar un “hostias, Alberto”. Tenía una tranca de unos 25 cms., y un grosor impresionante. Aún no estaba del todo empalmado y ya llamaba la atención. Se echaba la piel hacia atrás, descubriendo el glande, ante la mirada atónita de la subinspectora, que ya no gritaba paralizada por el pánico.

Alberto se acercó y le subió la falda, sonriendo y diciéndole en voz no muy elevada, “te voy a hacer el coño más grande, a ver si así reconsideras eso de mandarme a la cárcel”, a lo que ella sólo balbuceaba “no…no…” De un tirón, con todas sus fuerzas, le rompió las bragas blancas a juego con el sujetador, dejando al aire un precioso monte con vello negro. “ponla contra la mesa de reuniones, Ricardo” le ordenó al contable, y éste obedeció. A estas alturas, los tres estábamos ya empalmados y se nos notaba perfectamente. Alberto se acercó sujetando su polla descomunal y la fue introduciendo lentamente en el coño de Laura, que gemía de dolor, hasta llegar al tope de los testículos. Llegado ese momento, comenzó el ritmo de entrar y salir, y conforme iba haciéndose más cadencioso, la joven iba cambiando el dolor por el placer.

Ricardo y yo nos alternábamos en sobarle y chuparle los pezones a la subinspectora. Yo me acerqué a su cara y la besé en la boca, metiendo mi lengua tan adentro como pude y comencé a masturbarme sacando mi rabo del pantalón. El contable hizo lo mismo y en ese momento su jefe se corrió y le dijo a la funcionaria “ahora es cuando te quedas preñada, puta”. Alberto dio un paso atrás, siendo sustituido por Ricardo, que acercó su miembro, de unas dimensiones menores que el de su jefe, y la penetró hasta correrse dentro también. Ya nadie sujetaba a la mujer. Ella seguía encima de la mesa de juntas, boca arriba, y parecía que ya disfrutando. El contable, pareció querer imitar en todo a su jefe y le dijo a la mujer en el momento de correrse “por si mi jefe no te preñó, ahí va mi ayuda”.

Yo estaba para reventar. Mi cliente mi miró y me dijo “te toca, no todo va a ser trabajar”. Yo le dije a Laura, date la vuelta y la mujer obedeció, ofreciéndome su culo y dejando caer un gran reguero de leche por sus piernas. Puse mi polla en el orificio de su culito y apreté sin piedad. Ella emitió un fuerte grito y yo comencé a bombearla, hasta que fui escuchando gemidos de placer y no dolor. Sorprendentemente, en un momento dado, se corrió. Era del tipo de mujeres que dejan fluir gran cantidad de agua en el momento del orgasmo y comienzan a sentir espasmos. Me costó trabajo sujetarla en ese instante pero yo aún no me había corrido. Sus movimientos involuntarios y espasmódicos, provocaron mi corrida y le llené el culo de leche.

Alberto le dijo “y ahora qué? Sigues en tus trece?” a lo que la joven contestó “jamás he disfrutado así con el sexo. Quiero seguir siendo follada por usted, que es todo un macho. Llámeme cada vez que le apetezca echarme un polvo. Pase por mi despacho cada vez que necesite una buena mamada” y diciendo esto, desnuda, chorreando leche por el culo y el coño, sacó de la cartera un formulario, lo rellenó, lo firmó y le dijo a mi cliente “la inspección ha concluido. Todo estaba correcto. NO tiene usted nada de qué preocuparse con Hacienda”.

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