En el estadio

Mi verga encontró fácilmente el camino debido y se deslizó deleitosamente entre las húmedas paredes de su vagina. Ella subió, bajó y dio vueltas al ritmo del canto de cincuenta mil gargantas. Mis amigos y los suyos sabían lo que estaba pasando y fingían demencia, gritando más que los demás, lo que es mucho decir.

Jugaban los Pumas contra el América. Era el segundo partido de la temporada y los Pumas habían ganado el primero. Dirigía al América Leo Beenhakker, y a los gloriosísimos Pumas de la Universidad los dirigía, con mano de santo el gran Hugo Sánchez Márquez.

El maravilloso Estadio Olímpico Universitario, la casa de los Pumas, estaba lleno de bote en bote. Llegué con mis camaradas 45 minutos antes del silbatazo inicial, y tomé posesión de mi puesto al ladito de la Ultra-Puma, la gran barra brava. Llevaba puestos mis sempiternos Levis 505 y el jersey oficial del equipo. Ondeaba al viento mi bandera azul y oro. La noche era agradable, los colores de los Pumas llenaban el estadio, la verde grama y la negra cerveza brillaban a la luz de la luna, con la Torre de Rectoría a nuestra espalda: el América iba a morder el polvo, como debe de ser, y nosotros entonábamos el himno de la Universidad.

Adelante de nosotros se instalaron media docena de chicos de Prepa 5, que con el “Goya… Universidad”, y el “Dale, dale, dale Pumas, dale, dale Pumas, dale, dale, óooo” entonaba su porra: “Alfalfa, vacas y caca, arriba la preparatoria Coapa”. Justo frente a mí se instaló una chica cuya carga energética, cuya fuerza sexual, me jalaron desde el principio. Era alta y delgada, de larga melena negra. Brincaba con entusiasmo y exigía a la tribuna más porras, más gritos, mayor energía, carajo.

Cuando los equipos saltaron a la cancha, Hugo y el otro no se saludaron, faltaba más: era un duelo de orgullos y llevaban una semana anunciándolo. Los Pumas, como en sus mejores tiempos, arrancaron con tres delanteros, jugaban con audacia y optimismo, y al minuto 27 Verón mandó un potente zurdazo al fondo de las redes. El estadio se vino abajo y el “¡Goya…! se escuchó hasta Televisa San Ángel.

Yo miraba la espalda y las caderas de la chica, su nuca, su pelo, sus sensuales movimientos. Aprovechaba cualquier pretexto para girar. Vestía una pequeña minifalda de mezclilla que marcaba sus fabulosas caderas, dejando al descubierto sus fuertes y morenas piernas, y un jersey de los Pumas, azul y oro, debidamente fajado, bajo el cual asomaban sus grandes pechos, su esbelta cintura. La fuerza de mi mirada la obligó a voltear, sus ojazos negros, como penas de amores, se encontraron con los míos, y me sonrió. Me sonrió como deben sonreír los ángeles.

Pocos minutos después Ailton burló a dos defensas, alcanzó la línea de meta y, en lugar de lanzar la diagonal que todos esperábamos, tiró con fuerza hacia el poste izquierdo… y el estadio volvió a caerse. Era el momento de un buen toque y forjé un churrito. Al dulzón aroma de la mota, la chica volteó, volvió a sonreírme y subió un peldaño…

-¿Me das un toque…? – preguntó coqueta. -Te lo cambio por un beso, corazón.

Y me besó… y no en el cachete (¡ahh!, ¡qué juventud moderna…!). Me dio un frío, húmedo, excitante y acariciador beso, volvió a sonreírme y me tomó de la mano. Era una mano suave y delicada… dulce y fría, como la noche, como sus labios.

Nos sentamos abrazados. Olía ligeramente a sudor, rico, y su olor, su cercanía, me excitaron enormemente. Pedí una ronda de Victoria (cerveza), para todos sus acompañantes. Aspiré un par de bocanadas de motita dulce, poco consistente, y bebí mi cerveza. Su mano en la mía. El nazareno pitó el medio tiempo. Nos sentamos. Muy juntitos nos abrazamos, comentando la gran jugada de Ailton, la ubicuidad de Leandro, el garbo de Beltrán, las gambetas del Parejita… y mientras hablábamos, mi brazo la fue rodeando.

Nos acabamos el churro y tras botar la colilla, me rodeó con sus brazos y me besó otra vez. Yo acaricié su pierna desnuda, y ella respondió mordiéndome el labio y el cuello. La adrenalina, las endorfinas estaban a mil, al ritmo de los “ole” y del “como no te voy a querer… si mi corazón es azul, mi piel es dorada…”.

Al 53, Jaime Lozano aumentó la ventaja y ella se sentó en mis piernas, felices los dos, besándonos, bebiendo una nueva cerveza. Le acariciaba los muslos, las nalgas, la espalda y ella se retorcía, parecía empollar mi enhiesta verga. Entonces bajé mi bandera, cubrí con ella sus piernas y las mías, la levanté diciéndole que en la posición en que estaba no podía ver bien el partido. Cubierto con la bandera, me bajé los pantalones hasta media cadera y la volví a sentar en mis piernas.

La euforia era absoluta y la chica respondía a mis avances con caricias y besos. Busqué sus pechos debajo del jersey, sin sujetador ni estorbos. Los acaricié con gusto y dejé mi mano izquierda entre ellos mientras la derecha, en una maniobra extremadamente complicada, sacaba mi hambrienta verga al aire y hacía a un lado sus delicadas braguitas. Quisiera decirles que las rompí, mientras el estadio entero cantaba “¡Cómo no te voy a querer…!”, pero la verdad es que no pude hacerlo y debí contentarme con hacerlas a un lado.

Sus fluidos corrían como el Amazonas (la figura literaria es de una queridísima amiga y amante, a la que le he prometido contar nuestra historia en ésta página), espero que mis besos y caricias hayan contribuido, pero eran nuestros Pumas, jugando por nota, con el espíritu que Hugo les ha insuflado, quienes la tenían así… eran los cánticos, la mota, la cerveza… era la euforia colectiva, la pasión que no puede entender quien no haya estado en un estadio, en nuestro estadio, en un partido como ese.

Con su ayuda, mi verga encontró fácilmente el camino debido (y olvidé por una vez el condón… ni modo, tocará examen de Elisa), y se deslizó deleitosamente entre las húmedas paredes de su vagina. Ella subió, bajó y dio vueltas al ritmo del “¡dale, dale, dale ooo!” de cincuenta mil gargantas. Mis amigos y los suyos sabían lo que estaba pasando y fingían demencia, gritando más que los demás, lo que es mucho decir.

Mi verga entrando por sus suaves paredes… mis manos tocando sus redondos pechos… el estadio a nuestro alrededor… ella gimiendo… yo viniéndome, como el eyaculador precoz que soy (así dice en esta página)… La bandera de la Universidad, azul y oro, sirvió para limpiar el desaguisado… y ella se sentó a mi lado y me besó, como besan los ángeles… y a medio beso, un imbécil metió la de gajos en la cabaña incorrecta.

Siguieron veinticinco minutos de tensión creciente, veinticinco horas en las que ella ni siquiera me dio la mano, en los que tuvo la mirada clavada en la grama, la mandíbula trabada, el coño, el dulce coño seco… porque sólo dos minutos después el bebé Pardo metió el segundo gol del América, que se volcó al frente con el Loco, el Jorobado y el resto de su artillería pesada, logrando el empate al minuto 86…

Los diez gatos del América, custodiados por hordas de granaderos en la cabecera sur, a falta de porra propia gritaban “¡Wellum…Politécnico!” hasta desgañitarse (como si supieran leer, ya no ir al Politécnico), y nosotros tratábamos de no flaquear, de mentarle su madre al Jorobas cada vez que tocaba el balón, de maldecir a Villa, a Pardo y al Misionero… Era un empate con sabor a derrota… y más para mí, porque la chica ni siquiera volteaba a verme.

Pero… apareció nuestro talismán, el Kikín Fonseca, que remató un formidable pase de Ailton, ya en tiempo reglamentario, dándonos el necesario 4-3: un gol de los que duelen, de los que se gozan: no nos importó que cerraran las puertas y dejaran irse a la porra (diminuta), del América… Y a mi menos, porque la chica se fundió conmigo en un largo abrazo, porque metió su mano dentro de mis pantalones, me acarició la verga hasta levantarla… porque antes de irse me susurró al oído su nombre y su teléfono…

Autor: sandokan973

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Una buena madre

Nuevas obscenidades salían por mi boca mientras, mi polla entraba hasta lo más profundo de su ser, para salir un segundo y volver a entrar con más fuerza. Sus piernas abrazaron mis riñones y sus manos apretaban mis nalgas haciendo que costara trabajo salir de ella. Su lengua chupaba mi boca cuando no me llamaba, excitándose con la idea de que era su hijo con quien estaba follando.

Pasó sin buscarlo, sin haberlo planeado nunca, pero desde entonces mi vida tomó otro rumbo, inimaginablemente más pleno. Acababa de cumplir los dieciocho años cuando todo esto ocurrió. Pasó sin buscarlo, sin haberlo planeado nunca, pero desde entonces mi vida tomó otro rumbo, inimaginablemente más pleno. Y todo ello pasando por encima del más prohibido de los deseos: el incesto. Sí, como fantasía todos hemos tenido una alguna vez, pero sin más anhelo que el de un pensamiento caliente, más por prohibido que por deseo.

Mi madre es una mujer de lo más corriente, una madre tipo de su edad, con su físico de 40 años y dos hijos en su haber. Y yo, típico adolescente, me había masturbado infinidad de veces pensando en ella. O incluso algo más, probando el peligro, lo inaccesible: me había hecho más de una paja espiándola mientras orinaba con la puerta entornada, o cambiándose de ropa, o mientras dormía la siesta. Le levantaba un poco la falda para verle las bragas, o miraba de cerca por entre su escote sus grandes tetas mientras me la meneaba; incluso rocé más de una vez mi polla tiesa en sus manos o en su cara. Despierta, sólo le había arrimado el paquete a su culo con la excusa de llegar al armario de los vasos mientras ella fregaba los platos, o le daba algún cachete inocente en sus nalgas. Todo esto, claro, de una manera casi inconsciente, sin pensar que era mi madre y que era una mujer: en mi mente adolescente sólo era ver unas tetas, hacerse unas pajas y poco más.

Pero todo cambió un día cuando mi hermano tuvo que ir al médico porque su pene tenía demasiado estrecho el prepucio y se lo estrangulaba cuando empezó a tener sus primeras erecciones. El médico, para intentar evitar una operación, sencilla pero molesta, le ordenó unas pomadas dilatadoras y unos ejercicios, y advirtió a mis padres para que siguieran su evolución y le informaran. Mi hermano no tenía constancia y mi madre siempre estaba recordándoselo; mi hermano se quejaba por pereza y no se aplicaba las pomadas ni hacía los ejercicios, consistentes en subir y bajar la piel, una vez erecto el pene, y forzar de vez en cuando un estiramiento que siempre resultaba doloroso. Mi madre decidió encargarse ella misma de que hiciera los ejercicios. Incluso nos hizo intercambiarnos el cuarto para ver si dándole más intimidad conseguía que cumpliera con la prescripción médica.

Con el nuevo cuarto vino un descubrimiento mayor: mi madre dejaba de ser sólo mi madre para pasar a ser una mujer y deseable. Mi cama se apoyaba en la pared del cuarto de mis padres, y desde el primer día que conseguí oírlos follar, sus jadeos, los ruidos de su cama, las obscenidades que se decían para calentarse, mis espionajes, tocamientos, y por supuesto, mis pajas, crecieron en progresión geométrica. Y también mis atrevimientos: me la sacudía, sin correrme, por debajo de la mesa mientras comíamos, mirándola; o en sus siestas, me corría a su lado si esperar a hacerlo en el baño. Cuando se iba a casa de mi abuela, me entraba al servicio con una foto suya, la llamaba por teléfono y le echaba la leche por la cara al portarretratos mientras oía su voz.

A todo esto, mi hermano seguía sin hacer caso de su problema, y mi madre, harta, decidió que si no se lo hacía ella no habría manera de evitar la operación. Así, cada tarde, cuando mi padre salía a trabajar, para que no se enfadara con mi hermano, mi madre iba a su cuarto, le hacía bajarse los pantalones y ella misma le aplicaba la pomada y le bajaba la piel a tirones a la polla de mi hermano. Yo les espiaba sin que me vieran: mi hermano, aunque empalmado, estaba totalmente avergonzado, y hacía como que leía un cómic para taparse la cara y no ver lo que le estaban haciendo. Yo no conseguía entenderlo; le tenía la mayor de las envidias: mamá le hacía una paja cada tarde, sin corrida, claro, y el muy imbécil no quería ni verlo.

¡Para morirse! Yo sólo alcanzaba a, como buenamente podía, pajearme sin que me vieran espiarlos, aunque tampoco me era difícil: mi hermano tapándose la cara y mi madre haciendo su trabajo… Un día, y aunque no me pilló con la polla fuera, sí me vio espiándoles, y, cuando acabó con mi hermano vino a mi cuarto a reconvenirme:

-Juan, ¿te parece bonito mirar a tu hermano, con la vergüenza que sabes que tiene?- me dijo. –Si se llega a enterar, ya podemos acabar el tratamiento.

Yo, confuso, y sabiéndome culpable no sólo de eso sino de hacerme pajas mirándola, dije lo primero que se me vino a la cabeza:

-Es que creo que yo también tengo ese problema aunque no tan grave, claro, y tengo un poco de miedo, y quería ver que le hacías, y …- ya no supe que más decir, pero no sabía que, sin querer había hecho diana en el centro. -¡Vaya, hombre, voy a tener que tocarle el pene a todos los hombres de la casa! A ver, enséñamela, no tengas vergüenza.

¡¿Vergüenza?! No sabía ella las ganas que yo tenía. Después del primer segundo, mientras se agolpaban en mi mente todas mis fantasías, y mi polla empezaba a ponérseme morcillona, me hice un poco el remolón. Mi madre, sentándose en la cama, me hizo poner delante de ella y empezó, impaciente, a desabrocharme los pantalones. De un tirón, me bajó pantalón y calzoncillo hasta los pies, y cuando levantó la cabeza, mi polla, bastante gorda ya, aunque gacha, apareció ante su cara:

-¡Caray, Juan, esto no es el pitito de tu hermano! ¡Jolín, ya es como la de papá!-me dijo, divertida.- A ver como tienes esto…-decía, mientras me cogía la polla con una mano y se ayudaba con la otra para bajar la piel. Encima, con un mohín muy suyo, frotaba la punta de la lengua con su labio inferior, poniéndome más cachondo, si cabe, de lo que me estaba poniendo capullando y descapullando mi polla. Al poco, se dio cuenta de que una polla totalmente tiesa apuntaba a su cara.

Sorprendida, pensativa, me miró sin dejar de pelármela unos segundos más, y, de repente, algo azorada, se levantó y me dijo que creía que no tenía ningún problema, pero que me la vería de vez en cuando para cerciorarse; me dijo que cenaríamos en una hora y salió. Yo no salía de un estado de embriaguez mental, y no sabía si gritar de rabia o dar gracias por parar en aquel momento, porque unas sacudidas más y hubiera eyaculado en la cara de mi madre. Me tumbé en la cama sin temer que entrara mi madre, o dándome igual, y me la meneé con fuerza hasta que me corrí murmurando “mamá, mamá” entre jadeos de placer.

Durante toda la semana siguiente seguí masturbándome espiando a mi madre, pero sin correrme: quería provocarme un recalentón para que, si surgía una nueva ocasión, mi madre me sacara la leche a la menor sacudida.

Y la ocasión se presentó un viernes por la tarde, una semana y media después, cuando mi hermano se había librado de su ración de paja desaprovechada porque mi padre se lo llevaba a un campamento del colegio a unos 130 kms. de nuestra ciudad. Mi madre entró en mi habitación y me dijo:

-Venga, Juan, que hoy no tengo al cabezota de tu hermano, y puedo verte a ti- dijo, sentándose de nuevo en la cama. Yo no le quitaba los ojos de encima: llevaba el camisón de dormir, sin sostenes, y era como tenerla desnuda delante de mí.

Mi madre se proponía avergonzarme creyendo que yo me asustaría de pensar en que una nueva erección me pusiera en evidencia delante de ella; así, vistiendo provocativamente, esperaba que yo apartara la vista y evitara la excitación. ¡Qué equivocada estaba! Yo no podía dejar de verle las tetas, y verla a ella desabrocharme los botones del vaquero con mi paquete a centímetros de su cara me volvía loco de deseo. En aquel momento creo que se dio cuenta de su error, pero ya no podía hacer nada, así que me bajó de nuevo los pantalones, asió mi polla tiesa y empezó a capullar y descapullar como si no pasara nada. Miraba mi glande aparecer y desaparecer y después me miraba a mi, para seguir mirando mi polla otra vez, y así durante algún minuto.

Después me miró otra vez con cierta expresión de duda; creo que, la pobre, debió de pensar que yo estaba como un burro porque ella misma me había provocado el calentón con aquel camisón; miró hacia mi polla otra vez, y yo creí que en aquel momento se levantaría y se iría, dejándome otra vez con la polla a reventar; pero en vez de eso, me cogió la polla más fuerte con la otra mano, como dejándome ver del todo sus tetas moviéndose al ritmo de su mano que, ahora sí, decididamente se movía a ritmo de paja. Cuando empecé a suspirar fuertemente, intuyendo la inminente corrida, acercó mi polla a sus tetas, y en el momento que el glande tocó su piel, chorros de leche, hirviendo de cientos de pajas retenidas durante 10 días, saltaron de mi polla para estrellarse en el cuello y las tetas de mi madre, entre jadeos que la llamaban “mamáaaa, mamáaaa”. Ella no dejó de meneármela, con los ojos entornados, la mirada fija en el surtidor de esperma y la boca un tanto entreabierta, hasta que la última gota de semen resbaló hasta su mano, y, después, se levantó de la cama y se fue de la habitación.

Yo creo que lloré de gusto cuando me acosté en la cama, regodeándome con el recuerdo de lo que había pasado momentos antes, pero una punzada de preocupación me invadió, pensando en que me había aprovechado de mi propia madre, así que salí para ver que hacía o si le iba a decir algo, o…
Mi madre se había quitado el camisón, manchado de mi leche, se había limpiado el pecho y estaba sentada en el retrete desnuda, meando como tantas veces la había visto mientras me masturbaba con los ojos clavados en el culo de mis sueños; pero tenía la frente apoyada en sus manos, los codos en las rodillas, en una posición que me dio a pensar que estaba preocupada por lo que acababa de hacer: había masturbado a su propio hijo, primero, creo, sintiéndose un poco culpable, y, luego, un poco caliente por la situación, lo que le hacía sentirse muy confusa, asustada y preocupada.

-Mamá, ¿te encuentras bien?- dije yo, sacándola bruscamente de sus pensamientos. Ella, sin moverse, me respondió en un tono serio, de disculpa. -Lo siento, Juan, hijo, no ha sido culpa tuya; no sé que me ha pasado, ni porqué… No te preocupes, no volverá a pasar…Vas a pensar que tu madre es una puta, y yo…

Seguía hablando, pero yo ya sólo veía a la mujer que me acababa de hacer la mejor paja de mi vida, mi madre, desnuda, con las tetas colgando hacia los muslos, con aquel hermoso culazo redondo a pocos centímetros de mi verga, que ya estaba dura otra vez, y que solamente quería tener más sexo con ella. Me acerque, puse la polla delante de su cara, que ella mantenía agachada entre sus manos, me armé de valor y le dije:

-Mamá, tranquila, te quiero mucho. Mucho más que antes; mírame;… y házmelo otra vez.

Mi madre, sobresaltada por mis palabras, alzó la vista y allí tenía otra vez delante de ella la polla tiesa de su hijo, la polla que la había hecho perder la cabeza. Pero ahora, mi madre, en un segundo, eligió entre su culpabilidad y rechazo, y su deseo y excitación. Su elección le hizo abalanzarse hacia mi, y, cogiéndome de las nalgas, me atrajo hacia ella, metiéndose la polla en la boca de un solo golpe, para, entre jadeos de auténtica zorra, mamarme la polla como nunca antes debió haber hecho: lamía mi glande, mamaba la polla, chupaba mis huevos mientras me la pelaba, me apretaba las nalgas y me metía algún dedo en el culo, y me hablaba como yo ya sabía que le gustaba después de mis espionajes en la pared de mi habitación, sólo que no se las decía a mi padre sino a mi:

-¿Te gusta, cariño? ¿Te gusta ver como la puta de tu madre te chupa la polla? Dímelo, vamos, dímelo- mi madre se había vuelto hacia el lado opuesto de su conciencia culpable, herida por el incesto, y con esa lujuria derramada, superar la culpa con sexo puro… y duro. Mis sueños más ardientes se veían, más que cumplidos, superados. Había convertido a mi madre en una verdadera guarra hambrienta de sexo.

Yo bajaba mis manos hacia sus tetas, estrujándoselas, o le acariciaba el culo, metiéndole un dedo en el ojete como un gancho o dándole palmadas en las cachas. Me ponía ciego de vicio cogerla de la barbilla y ver como se llenaba la boca con mi polla hasta que mis huevos golpeaban en sus labios, o como éstos abrazaban arriba y abajo todo el rabo desde la punta a la raíz en un movimiento continuo que alternaba con caricias de su lengua. Y toda la calentura iba saliendo por mi boca, como ella quería:

-Sí, mamá, sí, me gusta; qué bien lo haces, mamá, eres una puta chupapollas; y quiero correrme en tu boca y que te bebas mi leche; sigue,…mamáaaa, putaaa…

Ella, sin contestarme más, aceleró el movimiento de mamada, tocándome el ojete y apretándome los huevos hasta que no pude aguantar más y me corrí…

-¡¡Me corroo, mamáaaa,… eres una puta, mamáaaa, putaaaaaaa…!-grité, muriéndome por un par de minutos, mientras mi madre se tragaba toda la leche que podía.

Por fin, acabó mi orgasmo y me abracé a ella como cuando era pequeño, rodeándole el cuello y besándola:

-¡Mamá, te quiero, te quiero! -¡Y yo cariño, y yo a ti!- y así estuvimos un minuto mientras mi corazón bajaba del cielo para entrar en mi cuerpo de nuevo. Pero mi madre no lo quería allí mucho tiempo, y, levantándose y agarrándome del nabo, aún gordo, me arrastró fuera del baño y me tiró encima de la cama: -¡Aún no has acabado, hijo mío!¡Hay mucho por hacer!

Mi madre, a horcajadas sobre mí, me besaba el cuello, me pasaba las tetas por la cara, me acariciaba los huevos, y yo no tenía más manos para sobarle el culazo. Mi polla se encabritó en un minuto de acción maternal.

-Así cariño mío, y ahora, mete ese pollón tuyo en el coño de tu mamaíta. ¡Fóllame, amor mío, fóllame bien fuerte! Yo rugía de deseo con cada palabra que me decía. Oír a tu madre decir todo eso y verla abrirse de piernas cogiéndose de las rodillas, mientras con cara de lujuria agita su lengua como una cerda es algo que ningún hombre podría soportar. Nuevas obscenidades salían por mi boca mientras, como un martinete, mi polla entraba hasta lo más profundo de su ser, para salir un segundo y volver a entrar con más fuerza. Sus piernas abrazaron mis riñones y sus manos apretaban mis nalgas haciendo que costara trabajo salir de ella. Su lengua chupaba mi boca cuando no me llamaba, excitándose con la idea de que era su hijo con quien estaba follando:

-Juan, hijo, fóllame. ¡Fóllame, cabrón! ¡Rómpeme el culo, hijo de puta!- y diciendo esto, estalló su orgasmo en mil llamaradas que salían por cada poro de su piel, mil gritos atronando en mis oídos:
-¡Me corrooo, me corroo! ¡Qué gustoooo! ¡Ahhhhhh! Yo no paré de bombear hasta que noté que sus miembros aflojaban su presa; entonces saqué mi polla ardiendo y me senté sobre sus tetas. Mi madre me agarró la polla y me hizo una paja, sacándome la lengua lujuriosa para que golpeara mi glande:
-¡Aahh! ¡Ahhhg!- no podía hablar, con la boca abierta y la lengua moviéndose como una serpiente viva que quisiera comerme la picha, pero sus jadeos y su mirada de perra me daban a entender lo cachonda que mi madre estaba por todo lo que ella y yo, madre e hijo estábamos haciendo. Un segundo más tarde me dejé ir por última vez aquel día, mirando como mi leche llenaba la cara de mi madre, que entre lengüetazos, seguía:

-¡Dame tu leche, hijo, llena de leche a tu mami! –suplicaba mientras lamía mi polla, limpiándola de semen, pasándosela por toda la cara, poseída por un furor increíble.

Exhaustos, nos tendimos en la cama, nos estuvimos besando con las piernas entrelazadas, y cogiéndonos por el culo nos dormimos hablando sobre cómo y cuándo hariamos partícipes de nuestro juego de amor tanto a mi hermano como a mi padre: mi madre ya soñaba, y yo también, con verse llena con tres pollas a la vez, la de su marido y las de sus hijos. Espero que nos cueste tan poco como lo fue empezar para nosotros.

Autor: Juan

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Ella, mi Marcela, sabe lo que hace

Mis bolas golpeaban contra su cuerpo caliente, mi verga entraba y salía de su concha en medio de sus gemidos de placer, de pronto se enervó y sentí en mi verga el derrame de sus jugos, le chupé una teta mientras ella se corría otra vez, era fantástico ese baño con sus jugos, mi pija enloquecida frotando los bordes de su vagina hambrienta, le mordí un pezón y me corrí dentro de ella.

Hola, mi nombre es Alex, soy de Puerto Rico, pero llevo tiempo viviendo en Argentina. Estoy en pareja con una Argentina muy perra (como dicen aquí). Ella se llama Marcela y es hermosa. He visitado esta página y se me ocurrió la idea de mandarles el relato de cómo ella y yo nos conocimos para que lo publiquen. Claro que ella está de acuerdo.

Resulta que yo tenía un problema jurídico referido a mi trabajo; soy entrenador de básquetbol y no me dejaban entrenar por ser extranjero. No viene al caso pero era una locura. Unos amigos me recomendaron un estudio jurídico y yo allí fui. Al entrar vi sentada detrás de una computadora a una mujer despampanante, era verano, hacía calor y ella llevaba una blusa blanca muy ajustada con dos botones desprendidos.

Cuando se levantó a decirle a su jefe que yo estaba allí noté que llevaba una minifalda negra no ajustada pero muy mini que dejaban ver sus exquisitas piernas. Me presenté ante ella y le comuniqué cuál era mi problema. Me contestó que enseguida me hacía pasar. Esperé dos minutos en los que aproveché para mirarla mejor y entré. Hablé con su jefe sobre mi asunto y terminamos acordando una solución. Entonces más en confianza le pregunté cómo se podía concentrar con tan hermosa yegua.

Me contestó que no podía concentrarse sobre todo cuando le comía la polla (aquí le dicen pija o verga) debajo del escritorio. Juro que se me paró de golpe y como pocas veces pasaba. Salimos de allí y él le pidió a ella que me tomara declaración. Contestó que estaba muy ocupada y que si podía volver después. No me podía negar a un pedido de ella. Me fui a casa y esperé la hora de volver. La cita era para las 19:00 y aproveché para echarme una buena masturbada imaginándola desnuda. Se hizo la hora y partí para el estudio nuevamente. Al llegar allí me esperaba ella vestida igual que a la mañana.

Me recibió y empezó a preguntarme cosas como que de dónde era, edad y todo eso. En una de esas aproveché para preguntar si estaba su jefe. “No, sólo yo, él se va como a las 17:00 me deja las llaves y yo cierro cuando me voy” me contestó con su dulce voz. Se hizo ya tarde y se la notaba cansada. Habíamos pasado allí más de dos horas y…. nada. Fue a tomar otra taza de café y ya no había. “Me cansé” me dijo. “Vamos a mi casa? Allí es más cómodo que aquí y hay café”. Le contesté que me parecía bien. Ya no me hacía ilusiones porque nada había pasado entre nosotros, si bien me moría por tirármele encima. Caminamos como cinco cuadras hablando de todo un poco, muy entretenidos hasta llegar a su casa.

Subimos dos pisos por un ascensor y llegamos a su departamento. Abrió, entramos, estaba un poco desarreglado, había ropa hasta interior tirada por allí. Con muy poca vergüenza me pidió disculpas por el desorden alegando que era todo de su amiga que seguro había estado con su novio. Peor para mí, más sufrimiento, mi polla no daba más, quería salir pero no podía. Preparó algo de café y mientras se terminaba de hacer me dijo que me sentara en el sillón y fue al baño. Estuvo allí sólo un momento y al volver sirvió el café. Se sentó enfrente de mí con su dejó las piernas mientras miraba mi entrepierna. Tendrías que averiguarlo le dije. Entonces se paró y vino hacia mí.

Me empujó hacia el espaldar del sofá y se me sentó encima. Yo estaba durísimo. Me refregó la polla con su culo duro mientras me agarraba del cuello y me daba un beso que me dejó sin respiración. Sacó su lengua y jugó con la mía. Yo sabía que no había retorno, así es que dejé correr mi mano por su espalda hasta llegar a su culo y apretarlo salvajemente. Metí mi mano debajo de su mini y con dificultad llegué a su chochito, después busqué el cierre de mi pantalón y lo bajé. Saqué mi negro pedazo y lo hice rozar con su chocho. Ella me decía al oído que mi pedazo estaba muy caliente. Nunca me habían dicho algo así y yo solté algo de semen.

Ella se dedicaba a morder mi oído, mi cuello, mi pecho y yo tocaba su espalda. Me volvió a besar apasionadamente terminando con su lengua por mis labios. Se bajó de encima mío y se arrodilló. Yo quería tocar sus tetas pero ella tenía una idea mejor. Agarró mi polla con ambas manos, sacó el capullo y se mordió los labios mientras me miraba. Mi pene se humedeció aún más y ella me dijo; “mira este pedazo tan rico”. No más palabras, se dedicó a besar el capullo, a lamerlo, a pasar su lengua por todo mi tronco. Llegó hasta mis bolas, era una sensación increíble, sabía lo que hacía. Se las metió de a una en la boca. Después se dedicó a mi polla. La mordía, la besaba, pasaba su lengua por ella, mientras rasguñaba mis bolas. La empezó a mamar, me quería morir, la sacó de su boca y me preguntó si ya acababa, le dije que sí, entonces dejó de chupármela para sacarse la blusa y dejar sus tetas al descubierto, no llevaba corpiño.

Con una mano agarró mi pene y con la otra lo acomodó entre sus tetas. No podía creer lo que hacía. Allí estaba mi pedazo, ella apretó sus tetas e hizo subir y bajar por mi polla. Eran enormes. Mi pene llegaba a tocar su boca y ella la abría y sacaba su lengua. Así estuvo un rato hasta que le dije que me venía y así fue. Le acabé en la cara, las tetas y ella como si nada la seguía pajeando allí.

Cuando no quedó más semen por salir pasó la lengua por sus labios y se tragó el semen. Me dediqué a tocar sus tetas, eran redondas, grandes, cerca de la perfección, con mi dedo índice saqué el poco semen que tenía allí y se lo puse cerca de la boca, sacó su lengua y lo lamió con mucho morbo. Se paró y al oído me dijo que me quería dentro de ella. Me hizo parar del sofá y ella se puso en cuatro con sus manos apoyadas en el espaldar.

Le toqué el chocho para saber si estaba húmedo como para penetrarlo y así fue, estaba muy mojada. Agarré mi polla y la acerqué. Jugué un poco allí, acercándola, hasta que me dijo que se la pusiera de una vez y no la hiciera sufrir. Así lo hice, se la metí de un tirón, me impresionó como entró aunque ella gritó como si le hubiera clavado un cuchillo. Le dije ahora vas a ver lo que es gozar perra atorranta y ella me contestó diciendo entre gemidos “Cogeme”.

La arremetí con todo, mis bolas golpeaban contra su cuerpo caliente, mi verga entraba y salía de su concha en medio de sus gemidos de placer, de pronto se enervó y sentí en mi verga el derrame de sus jugos, le chupé una teta mientras ella se corría otra vez, era fantástico ese baño con sus jugos, mi pija enloquecida frotando los bordes de su vagina hambrienta, le mordí un pezón y me corrí dentro de ella…

Desde aquélla noche hace como un año que no paramos de coger frenéticamente, créanme cuando les digo que ella es una experta mamadora de penes. Espero que les guste la historia y la publiquen, si es así les mandaré más historias porque hay muchas, muchas, muchas más y mejores también.

Autor: Alex

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