Putito para todos 10 La crueldad del ser

Andrés se retiró tarde aquella noche después de cenar y hablar entre todos en una larga tertulia, los siete nos sentíamos muy bien y a pesar de todo me hubiera gustado que se quedara a mi lado y no volviera a su casa.

Gocé tumbado en mi cama pensando en él. Le recreaba en mi cabeza, su bello y perfecto cuerpo, su rostro casi siempre serio, donde sobresalía su hermosa sonrisa que tanto se hacía de rogar hasta aparecer para iluminarle de gloria.

Sonreí recordando mi asombro al ver sus tremendos atributos viriles, tan desproporcionados con lo que era él, y sobre todo eso que le magnificaba, su enorme corazón y el amor que me demostraba en cada momento y sin pedirme nada a cambio, hasta este momento en que me había pedido lo que tanto deseaba, que fuera su novio.
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