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Tan real que es difícil de creer

27 de septiembre de 2006

Hetero, infidelidad, tríos. Cuando tu esposa se transforma en una diva sexual es que algo o alguien la ha cambiado…

Por motivos de trabajo, mi esposa y yo, nos cambiamos a la ciudad de Monterrey, ya que, debido a mi profesión, mis expectativas de superación personal habían llegado a un muy precipitado tope en la ciudad en la que vivíamos. La ciudad de Monterrey va en punta en lo que respecta a tecnología médica y yo podría así aplicar los conocimientos que adquirí realizando mi postgrado en el extranjero ( en mi carrera al postgrado se le llama "residencia"). Hace dos años, pues, nos alejamos de amigos, familia y de nuestro pasado. No es que en nuestro pasado exista algo turbio o que debamos esconder, pero sí cosas que como "familia", mi esposa, Gris como le llamo yo ( eso es real puesto que sólo yo la llamo así), y yo intentábamos olvidar. Y es que antes de estar casados por todas las leyes, yo estuve comprometido con una mujer, con la que sostuve un noviazgo de más años, incluso, que los que llevo de matrimonio con Gris. La llamaré Azalea, para conveniencia de la historia, para colmo también es médico, así que no era difícil toparnos en los pasillos de hospitales, en los descansos de los quirófanos, a la hora de cobrar, etc… Era imposible que al vernos ninguno de los dos recordara algo del pasado y eso desgastaba mi relación. Aunque he aprendido a amar a mi esposa y de eso no hay duda. Ahora, después de un largo preámbulo, vamos a los hechos. Ya tenía yo buena fama en la ciudad y, por lo tanto, mi agenda a tope. Mi secretaria podría llenar mi horario de 7 de la mañana a las 10 de la noche sin ningún problema -yo prefería tomar dos horas de descanso a mediodía para comer, aunque eso no significase ir a comer a casa-; en la ciudad descubrí que era muy común que hubiese quienes, por falta de tiempo, pasen a las grandes plazas comerciales a comer a mediodía. Existe una muy buena variedad en cuanto a lo que puedes comer y hay tanta gente que nadie se detiene a averiguar quién está comiendo al lado. Pasas de incógnito sólo quitándote la corbata y el saco. Gris ya había encontrado actividades en las cuales entretenerse e incluso ganar dinero. Ella es muy inteligente, tiene muy buen gusto y muy buena presencia física; a pesar de no ser una belleza, es imposible no voltearse a verla cuando pasa a un lado. Además es muy inteligente y no era necesario ser profesional para montar una agencia de decoración de interiores. Algunas veces, por sus actividades y las mías, por casualidad nos encontrábamos a la hora de la comida, comíamos juntos y luego cada quién a lo suyo. El caso es que un día, no recuerdo la fecha, pero no hace mucho, hacía fila, mientras pensaba que ordenaría para comer, y escuché, a mi espalda, a alguien que mencionaba mi nombre y reconocí la voz. Me giré y la vi. Era Azalea. Hablamos mientras a cada uno le llegaba el turno de ordenar. Se veía tan… diferente. El hecho es que se veía tan segura, tan realizada, se veía madura y en plenitud de su edad. Ella decidió no hacer la especialidad por lo que así había cumplido ya la mayoría de sus anhelos y sueños, mientras yo perdí cinco años de mi vida aprendiendo más, en los cuales mis sueños estuvieron al final de una lista larga y creciente de prioridades. Yo le admiraba tanto por eso que empezaba a sentir ese cosquilleo en el estómago. Hacía cerca de 5 años que, a pesar de vernos, no nos dirigíamos más que un saludo y una sonrisilla nerviosa. Ella estaba en la ciudad de compras, estaba por casarse y como en el lugar se encontraban los mejores diseñadores de vestidos de novia, hizo el viaje. Se había hecho las pruebas, pero le faltaban al menos un par de visitas hasta tener el vestido listo. A pesar de lo que están pensando, ella y yo no nos fuimos a la cama. No en esa ocasión. Fue algo peor. Nunca me di cuenta, pero, de un instante a otro, teníamos enfrente a mi esposa y creo que me sorprendió con la cara de aquel que está muy a gusto con una mujer y quiere algo más. Yo lo sabía, no es de las que me hace una escena y luego se da la vuelta. Se sentó, comió con nosotros, hasta que en 20 minutos Azalea decidió levantarse y dar por finalizada su comida. A pesar de comentar que fue un encuentro casual y que teníamos 5 minutos

sentados ( lo cual fue mentira), cuando Azalea estaba lejos, Gris se levantó y, con su seguridad acostumbrada, simplemente dijo:

-No creí que fueras capaz de esto.

Estaba muy molesta, sin embargo, tuve la certeza de que se trataba de algo que podríamos arreglar. Así fue, sin duda, eso lo arreglamos y, aunque yo vi a Azalea tres veces más en el mismo lugar, e incluso una de ellas estuvimos a sólo un paso de besarnos, nada sucedió. Estábamos incluso invitados a la boda, pero a mi esposa no le dio buena espina desde la primera vez que nos vimos, que fue la única que se había enterado. Siempre había confiado en mi esposa. Nunca tuve dudas. Se puede decir que yo consideraba a mi esposa fiel por convicción, no por obligación. Todo fundado primero en una buena educación, luego en un nivel de cultura adecuado y, por último, en el amor que nos tenemos. Sin embargo, nunca supuse que su orgullo estaba herido. Lo que para mí no había sido más que un mal rato cuando nos encontró a Azalea y a mí, a ella le hirió profundamente, según me di cuenta tiempo después. Había creído que Gris estaba convencida de que había sido algo casual y que, luego de un mal rato, sólo bromearíamos de eso, tal como sucedía con otro tipo de discusiones. Pero no era así. Para que lo siguiente que voy a mencionar tenga el impacto que deseo, debo aclarar el estilo de vestir de Gris. Casi siempre usa pantalón de vestir y en colores sobrios. Los jeans le van muy bien para delinear sus caderas, pero a ella la hacen sentir vulgar. Usa blusas que le permitan mostrar su largo y distinguido cuello, pero nunca escotes pronunciados ni cortes entallados, ya que, siendo delgada y teniendo un busto para presumir, quiere evitar esos piropos de esquina o de supermercado que tanto le molestan. Pero, a pesar de todo, tiene ropa que contrasta con sus gustos de vestir. Es decir, vestidos de lycra entallados y en colores llamativos, además de muy cortos, y también blusas de tirantes u otras de las que se cierran por cordeles en la espalda o, incluso, de las que tienen cuellos en "V", cuya punta parece llegar hasta el ombligo. Algunas veces usa jeans ajustados a la cadera también. Le he dicho, algunas veces, que de salir a la calle usando una combinación desafortunada sería muy probable que alguien se le acercase y le preguntase el precio de una noche. Por fortuna, esa ropa la usa sólo para mí, o la usaba al menos. Ahora sí, a los hechos. Una tarde regresé poco más tarde que de costumbre, pues pasé a recoger algunos paquetes de revistas y a comprar algunas cosas para mi computadora. Eran casi las 9 de la noche y la casa estaba vacía. En los casi tres años de matrimonio eso había sucedido dos veces y siempre con previo aviso, eso me alteró un poco. Era preocupación solamente, insisto que yo confiaba a ciegas en ella. Aunque pensé en llamar a su celular para asegurarme que ella estaba bien y todo había sido el resultado de algún imprevisto, opté por encender la computadora y revisar algunas cosas que debía hacer antes e irme a la cama. Escuché que la puerta se abrió a las 9:15 de la noche y fui a recibirla. Por supuesto que me sorprendió cómo iba vestida: un vestido de una pieza, que no le cubría más allá de la mitad del muslo y que exhibía sus bien torneadas piernas sin medias, apenas sí se notaba el elástico del calzón por lo que era fácil advertir que era pequeñito y no hallé, por ningún lado, las correas del sostén. Luego advertí que traía pegados un par de telas en los pechos que, según me explicó, era para el tipo de ropa que no permite el uso de sostén. Eso me extrañó mucho, pues ese vestido lo había usado un par de veces para mí y sólo para mí, pero ambas con sostén. Es curioso cómo las respuestas sencillas son más coherentes que aquellas elaboradas y en las que piensas en cada cosa. Su explicación fue muy sencilla:

-Te estaba esperando algo desesperada -dijo enarcando las cejas en la misma forma que cuando quería que limáramos asperezas en la cama – y, cuando tardaste un poco demás, recordé que tenías que pasar a recoger el paquete de las revistas y salí al súper de la esquina.

A mí me causó algo de extrañeza que hubiese regresado con las manos vacías, salvó por un pequeño monedero negro, y le pregunté la razón.

-Es que, como has de re

cordar, este mes no me puse la inyección y, desde ayer, estoy en días de… peligro, se puede decir, así que fui a comprar unos preservativos.

En eso se me acercó y me rodeó el cuello con sus brazos, bajó la voz y susurró al oído: – Pero se acabaron los de tamaño extra grueso…

Así todo concordaba, así me explicaba por qué el atuendo, por qué no estaba en casa; y, si acaso se preguntan, cómo una mujer es capaz de ir a comprar preservativos a la esquina, la respuesta es sencilla, el dueño del local es el mismo que nos renta la casa y es primo hermano de mi esposa. Como dato importante: es gay y amante del despachador de caja. Todo estaba en su lugar. Entonces, ya con mi esposa mordiéndome el lóbulo de la oreja, me dejé llevar. El tacto de su cuerpo, con ese vestido de lycra, me volvía loco. Me gustaba ir desde su espalda hasta sus nalgas y regresar luego a sus pechos, que, con la menor excitación, se ponían duros cómo pelotas de tenis. Luego la besé y encontré en su aliento algo inusual, cierto… sabía a vino tinto y sobre la mesa estaba una copa a medio llenar, pero también había un sabor amargo, casi desagradable, en su boca y eso era extraño, ya que el aliento era parte de su bien cuidada imagen de triunfadora, pero si yo olvidaba asearme los dientes, de vez en cuando, ¿por qué ella no?. Así que seguí acariciándola y pronto estuve a tono como para levantarle el vestido y acariciarle las nalgas a flor de piel. Luego de sacarle el vestido por completo, y de arrancarle los "parches" que le tapaban los pezones, los mordí un poco y besé otro tanto. La cargué en brazos y la llevé a la mesa de la cocina, la acosté de espalda, le quité el mini calzón que usaba – tanga si así quieren llamarle -, separé sus piernas y, avanzando poco a poco desde sus muslos, besé, lamí y mordisqueé su clítoris y, aunque estaba excitadísima, noté por primera vez desde que experimentamos el sexo oral que quería que dejara de hacerlo. Y creí saber el motivo, puesto observé un pequeño hilillo blanquecino y lechoso amenazando escurrir por los labios de su vagina. Quizá ella había descubierto una incipiente infección, pero no había de que apenarse, he atendido a mujeres de todos los estratos sociales por infecciones vaginales, y todo porque el sitio, en cuestión, es muy húmedo, pero me pareció un poco extraño ese deshecho, ya que era de un aspecto muy poco usual en ese tipo de infecciones, pero de alguna forma me parecía muy familiar. Así que seguí con lo mío hasta hacerla llegar a su primer orgasmo. Luego se levantó, abrió el cierre de pantalón, y se tragó mi pene, ya casi a reventar, en un sólo intento. Esta fue la primera ocasión que me la chupó sin que yo se lo pidiera y lo hizo con mucho ahínco. Volteé para ver la botella de tinto sobre la mesa, porque al parecer había tomado quizá un par de copas de más, ya que ahora estaba irreconocible. Y lo creí más, pues me sorprendió una pregunta que me hizo:

-¿Te gustaría venirte en mi boca?.

Me quedé sin habla, más allá de la respuesta que era lógica, era la pregunta en sí misma la que sorprendió, pero luego recordé una vez que me preguntó:

-¿Realmente disfrutas el sexo conmigo, a pesar de que yo no tenga suficiente experiencia?

Luego de aclarar los hechos y responder afirmativamente, ella confesó que había leído un artículo en Vanidades que decía que las tasas de divorcio eran más elevadas en matrimonios en los que las mujeres habían tenido una sola pareja sexual en su vida. Así que, para que no terminara mal, asentí; aunque hubiera preferido penetrar esa radiante vagina de mi esposa y escuchar sus inocentes y reprimidos gemidos en mi oído. Además, hacía poco que había conseguido, como ya les dije, que experimentáramos con el sexo oral, fue todo un éxito, y ahora estaba tratando de convencerla de tener sexo anal y, aunque cada vez que hacíamos el amor estábamos más cerca, yo seguía esperando el día que accediera y ese día habría podido ser hoy de no surgirle la idea de hacerme eyacular en su boca. Nada más rico que eso, pero yo estaba seguro que sería debut y despedida, pues tenía entendido que el semen tiene un sabor demasiado amargo y muy

pocas mujeres lo toleran. Tardé 10 minutos en venirme a chorros en su boca mientras pensaba: -Ahora se va a levantar y va a correr al baño a vomitar-, pero no fue así, ya que, aunque mi eyaculación fue espectacular y ya le escurría por ambas comisuras, seguía moviendo deliciosamente su lengua, haciéndome gozar del orgasmo más largo de mi vida, entendiéndose que el orgasmo del hombre es fugaz. Cuando me preguntó que me había parecido, sólo respondí con un: -¡huau!, si eso lo aprendiste en Vanidades, mañana mismo te suscribo a Vogue. Y aunque al principio se sorprendió, luego rió de buena gana, igual que yo. Algo me dijo luego que es su momento no entendí:

-Recuerda, yo puedo hacer todo lo que tú haces y quizá mejor.

Yo le di un significado sexual, pero no capté el mensaje real. Los estigmas sexuales en Gris eran muy explícitos entonces, pero no tenía yo ni la más mínima duda, ahora todo concuerda, pero antes todo resultaba inconexo. Pasaron algunos días tan normales que ni vale relatarlos. Para hacer paso a este espacio, en que nada sucedió, voy a hablar de la sexualidad de mi esposa. En realidad es muy sexual, pero fue educada conservadoramente, es decir, aprendió que al marido hay que complacerlo y eso sí lo hace; aunque teníamos sexo antes de casarnos, no aprendimos realmente, hasta después de uno o dos años, que no había que seguir un protocolo, que las cosas más extrañas, las situaciones más diferentes y el no tener límites daban frescura a nuestra sexualidad, por lo que, antes que decidir tener sexo a diario, decidimos tener sexo cuando hubiese oportunidad. Eso sucedía algunas veces cada 3 o 4 días, pero otras eran 3 o hasta cuatro veces en uno sólo. Y hay puntos en su cuerpo o situaciones o palabras que tenían efecto de botón On/off para su sexualidad, además, ya que se decide, es mejor tener una erección bastante buena para mantener el ritmo que ella te pide o más bien que necesita, su único problema es la inexperiencia. O lo era anteriormente. Tres días después sucedió algo extraño. Sucedió precisamente lo contrario a lo que había sucedido. El paciente que tenía yo citado para la última consulta del día canceló y pude salir antes. Así que llegué temprano a casa. Era verano y los termómetros alcanzaban hasta 40 grados centígrados, algo poco usual en donde yo nací, pero muy común en Monterrey; así que, apenas entré, me arranqué la corbata y me desabotoné la camisa. Gris salió a recibirme con una blusa muy ligera y una falda corta, pero bastante holgada, y sin zapatos. Llevaba el pelo mojado. Me dijo que estaba en la cama viendo televisión cuando alguien tocó la puerta y era Sergio, el chico que contratamos como cargador para el negocio de decoración, por dos motivos, el primero, llevaba días sintiéndose un poco mal y al día siguiente iría a consultarse con un médico – no me gusta tratar a los trabajadores yo mismo porque se presta a malas interpretaciones – y llegaría un poco tarde y el segundo, que pasaba cerca de la casa entregando paquetes de la empresa y que se sentía un poco mal y quería usar el baño.

-Se le ve mal, yo creo que tiene fiebre o algo así, además parece que está vomitando -dijo ella, cuando me acerqué al baño de huéspedes.

Cerca de la sala ella me dijo: -No ya sabes que ese baño no se va a usar hasta que no venga un plomero. Y tenía razón, puesto que tenía tres días descompuesto y, ya una vez, estuvimos una semana oliendo a baño descompuesto. Ya que estaba ahí y se sentía mal estaría bien chequearlo, al menos para saber si podía manejar; mientras salía del baño fui a la nevera y saqué una cerveza y empecé a tomarla. Pensé en la pena que debió darle a Gris, que había acostumbrado a sus empleados a verla siempre vestida impecablemente, verse así. No iba mal vestida, pero su imagen seria y formal… pues… ese chico cambiaría mucho su forma de pensar acerca de ella. La volteé para ver y estaba sentada en el sillón individual de la sala y le dirigí una sonrisa, ella respondió igual, pero después agregó algo:

-Te estaba esperando -dijo mientras levantaba su falda y mostraba su triangulo de vello púbico perfectamente delineado. Como había dicho, ella necesitaba un detonador,

algo o alguien que le oprimiese el boto y la pusiera en On y en este caso la situación, con carácter de travesurilla, la excitó. Lo extraño es que nunca vi cuándo se quitó las braguitas. Además, no estaba seguro, pero al parecer no llevaba sostén y eso sí era extraño, puesto que con el chico en casa lo primero que haría es precisamente eso: correr a ponerse sostén. Cuando el chico salió, lo hizo sólo con una camiseta de algodón blanca y una camisa mojada en la mano.

-Es que me mojé la cara y la cabeza porque estaba muy mareado y me tuve que secar con ella -dijo. Lo revisé y no encontré nada, todo en orden; si estaba enfermo seguro que sería leve, puesto que luego de vomitar todo estaba en orden. Se despidió y, apenas cruzó la puerta, nos trenzamos en un beso largo y muy… sexual. No hicimos el amor, la expresión correcta en esos casos es coger. Gris y yo cogimos y, teniendo en cuenta que hacía una semana que no la penetraba, fue bastante agradable. Cuando empezamos, de hecho, ella ya estaba muy excitada, puesto que estaba bastante bien lubricada, pero persistía ese deshecho lechoso que yo había diagnosticado como infección. Esa noche descubrimos algo, que una manera de ponerme a mí las pilas es que ella juegue con sus dedos en mi ano. Vaya, es difícil de explicar, pero aclaro que se trataba de ella, me gusta que ella introduzca su dedo en mi ano mientras yo la embisto una y otra vez, me parece justo que ambos tengamos algo del otro dentro de nuestros orificios naturales al mismo tiempo. Luego yo quise devolverle el favor y, de paso, avanzar otro paso en mi objetivo de tener sexo anal, pero cuando introduje mi dedo en su ano me llevé dos sorpresas, primero no estaba ni la mitad de apretadito de lo que me imaginaba – y eso me desilusionó un poco – y segundo, lanzó un grito de dolor que nos obligó a detenernos un poco antes de seguir con el sexo, que luego de que desapareció el dolor continuó. Fue una cogida fenomenal, a pesar de todo. El día siguiente ya todo empezó a ser más claro. Todo fue normal hasta la hora de la comida, cuando vi por última vez a Azalea. Comimos, hablamos, nos desinhibimos un poco. Faltaban 3 meses para su boda y antes de que eso sucediera ella y yo teníamos que tener sexo. Pero debíamos encontrar la situación ideal. Por lo pronto sólo nos comunicaríamos telefónicamente. Regresé al consultorio y a la rutina, nada que contar en ese tiempo. Llegué a la casa y no estaba Gris. Con los antecedentes previos, más valía no darle mucha importancia al asunto, pero vi que en el contestador había tres mensajes, eso significaba que llevaba un rato fuera de casa, incluso quizá no había regresado del trabajo. Escuché el primero y era un mensaje en blanco. El segundo lo había dejado Gris y decía:

-Si llegas temprano no te muevas, donde estoy no puedo hablar a tu celular y no tengo mi agenda para hablarte a tu oficina, faltan 10 minutos para las 7 de la tarde, si para las 7 estás en casa no te muevas porque voy a volver a hablar.

El segundo mensaje decía algo similar, pero me prometía que hablaría a las 8. Miré mi reloj y ya eran las 8:15 de la noche, pero no había hablado, puesto que no había otro mensaje. Me senté junto al teléfono a esperar, de cualquier manera nada podía hacer sino esperar. En el sillón aún estaban las braguitas de hilo dental que el día anterior Gris se quitó para calentarme mientras el chico estaba en el baño, sólo de recordarlo sentí una erección, no sin sentimientos de culpabilidad. En la orilla del sillón vi algo blanco y lo estiré, era un bikini de hombre; pero antes de pensar o enfurecerme sonó el teléfono y era ella:

-Luis, ¿eres tú?

-Claro quién más.

-Sucedió algo Luis, no sé cómo pero sucedió, no puedo explicarte ahora pero estoy detenida en la delegación de policía. Me acusan de una estupidez y, la verdad, ya discutí mucho y nada, mejor será que vengas y pagues la multa.

Respondí afirmativamente, luego ella aclaró: -No digas que eres mi esposo, no te conviene que lo hagas. ¡Ah!. Además cambié mi nombre, si vienes, pregunta por Sofía Palacios – este nombre, en realidad, es el que me dio esa vez -, tráete 1500 pesos, es lo que te van a cobrar. Cuando estuve en la delegación, me llevé la sorpresa de mi vida. Mi mujer estaba acusada de inmoral. Seg&uacu

te;n el parte informativo, un oficial la había visto salir de la casa con un hombre, luego el hombre había subido al camión de 3 toneladas y, a manera de despedida, ella se acercó a la ventanilla, se habían besado y el hombre le hizo tocamientos obscenos en plena vía pública y a plena luz del día. Entonces, ella subió al camión y se disponían a tener relaciones sexuales cuando el oficial los abordó, encontrándolos a ella sentada a horcajadas sobre él, él con el miembro fuera y ella sin pantaletas. Pagué la multa en el Ministerio Público, con mucha pena.

-Es muy difícil ver a una hermana caer tan bajo -dije a los morbosos que se habían enterado del caso. Como ya lo dije, las respuestas simples son más fácil de creer, además de que resultan casi siempre mas honestas. No podía yo decir nada, estaba furioso y, según yo, preparado para escuchar cualquier mentira.

-Fue un malentendido y… vaya que tú debes saber de eso – hizo alusión a algunos problemas que he tenido con la ley -. Resulta que Sergio timbró en la casa, pero se estacionó frente a la cochera. Iba sólo a reportarme que ya estaba mejor y me entregaba unas facturas, cuando se emparejó una patrulla del lado de él. Le dijo que se moviera, que era cochera y estaba mal estacionado. Yo le interrumpí – me dijo -, le aclaré que era mi casa, pero no me creyó – se señaló la ropa que llevaba puesta: una blusa muy cortita y holgada, además de un poco transparente, y una falda de lycra muy corta con zapatos de tacón alto -. Entonces le dije que podía comprobarlo y en eso me bajé del camión, pero la falda se me subió demasiado y pudo ver que no traía pantaletas, vaya me vieron todas las nalgas, y el oficial empezó a armar toda la escena a conveniencia, hasta que dijo que si no le dábamos los mil pesos nos iba a encerrar por inmorales y no se los dimos. Pensé yo que al llegar acá me iban a creer y todo iba a quedar claro, pero no fue así, tampoco me creyeron y luego sucedió lo que tú conoces.

No me había convencido todavía, pero la historia resultaba muy lógica. Pero necesitaba aclarar qué hacía sin sostén y sin bragas.

-Te estaba esperando… -Pero yo llego aquí a las 8 de la noche y a las 6 de la tarde te estaban deteniendo, ¿me esperabas tan temprano? -le pregunté.

Ella hundió su cara en ambas manos y lanzó un hondo suspiro, me miró y se preparó a hablar. Tuve miedo de que en ese momento aceptara que me había estado engañando con el chico y, aunque hubiese sido honesto, prefería que me mintiera. Era demasiado para mí. En cambio me dio una explicación muy honesta, al menos en apariencia, que me convenció.

-¡Ok!. ¿Recuerdas que hace dos semanas que saliste de noche a atender una urgencia? – respondí que sí -, bueno pues yo me quedé muy preocupada, encendí la televisión y, como a las 2 de la mañana no hay nada bueno, pues me solté, cambiándole a todos los canales, y, de pronto, encontré uno con películas… les dices tres X creo. Las empecé a ver por puro morbo y pronto ya me estaba tocando, luego estaba, orgasmo tras orgasmo, masturbándome. Luego me quedé dormida y tú, al regresar, no te enteraste; al día siguiente quise descubrir si había todavía programación en el canal y descubrí que empieza justo a las 4 de la tarde. Ya la hice muy larga. El caso es que, cuando Sergio tocó a la puerta, yo estaba desnuda y me puse lo primero que encontré, que es esto y no me dio tiempo de ponerme sostén ni calzones, al fin y al cabo pensé que sería una visita de entrada por salida. Si no resulta convincente la historia que me contó y, desde luego, por ser tan honesta al decir que se estaba masturbando, entonces la verdad no existe. Lo cierto es que la creí, tanto que olvidé lo de los calzones de hombre en mi sala. Digo que es difícil que una persona acepte que se masturba, a menos que aceptarlo dependa de algo más fuerte que su propia dignidad. Además, yo ya me explicaba cómo, de unos días a la fecha, había cambiado tanto su sexualidad. Así que regresamos y cogimos como posesos. Era cierto, ahora cogía como una actriz porno. Hacía posiciones extrañas, chupadas de pene fenomenales, se masturbaba frente a mí, etc… Fuera de casa seguía siendo una dama, vestida elegantemente

, y dentro de casa era una puta. Ni más ni menos. Esa noche dormimos como ángeles de tan cansados como terminamos. Al despertar hice lo de rutina y, al descubrir en mi agenda que la primer cita programada había sido cancelada, decidí tener un "mañanero". Ella estaba también alistándose para el trabajo y la encontré en el baño lavándose los dientes. Esperé a que se enjuagara la boca, luego la giré y la besé de la forma más sexual que pude, le acaricié las nalgas sobre la bata y la acerqué a mí para que sintiera cómo tenía el miembro, a 100. Ella correspondió, pero luego se separó un poco y me dijo:

-Me duele un poquito, debo tener algo inflamado por tanta actividad – se refería a su vagina y no era para menos, entre cogidas, chupadas y masturbaciones-, ¿no te conformarías con una buena mamada?.

Desde luego que no sería lo mismo, pero accedí mientras besaba, ahora sí, su boca con el sabor dulce acostumbrado. Me sorprendió esa palabra que utilizó: mamada, era muy poco común escucharla utilizar ese lenguaje. Bajó el cierre de mi pantalón, se arrodilló frente a mí y devoró mi pene. Esta vez tardé un poco más en eyacular, puesto que nuestra actividad sexual había sido un poco más exigente en los últimos días, pero igual fueron litros de semen los que cayeron en su boca y, que de igual manera a la anterior, tragó sin dejar escapar la más mínima gota. Se levantó y se puso frente a mí y amenazó con besarme, a pesar de tener mi semen aún en sus labios. Medité unos segundos: si la rechazo es probable que no vuelva a querer practicar sexo oral, así que me aventuré a besarla yo. En realidad, el sabor del semen no es agradable, pero nada del otro mundo tampoco. Incluso me resultó conocido, aunque era la primera vez que lo probaba. ¿En donde había probado ese amargo y viscoso sabor?. ¡Diablos!. En ese momento no pude recordarlo pero lo intenté. Llegué diez minutos antes de la primera consulta y tomé las cosas con calma. 6 pacientes en 3 horas, luego media hora de descanso y, por último, otros dos pacientes. Luego fui a comer. Ahí recordé el lugar donde había probado el sabor del semen. Es decir, en los mismos labios de mi esposa, la misma noche que, por primera vez, eyaculé en su boca. Sólo que ese sabor estaba ahí antes de que yo dejara caer los chorros de líquido en su garganta. Luego también lo de unos días después, cuando la encontré sin ropa interior en casa y el chofer en el baño, también lo de los calzoncillos de hombre – que yo había olvidado muy fácilmente – en el sofá, junto a los de Gris. La supuesta injusta acusación de inmoralidad… Era un hecho, se estaba acostando con el chico y yo era un pendejo. Hablé al consultorio para cancelar las citas de la tarde, argumenté motivos de salud. Fui a casa y no había nadie, por supuesto que me aseguré de no estacionar el auto frente a la casa. Marqué a la empresa de mi esposa y pedí a la secretaria que me la comunicara, pero había salido hacía unos minutos. Pensé: -Seguro que viene para acá, la voy a esperar, hay que aclarar muchas cosas. Me senté en el borde de la cama. No sé definir lo que sentía. Estaba molesto, pero no furioso, estaba sorprendido, pero algo me decía que era muy lógico. Estaba desilusionado, pero a la vez me interesaba escuchar su explicación. Pero, a pesar de todo – y en ese momento me sentía mal conmigo mismo por eso -, estaba muy excitado y con una erección de película. Me excitaba pensar que quizá ese chico estaba saboreando el sabor de mi semen en la boca de mi esposa, así cómo yo probé el suyo unos días atrás. Luego enfoqué un poco más y descubrí que ese deshecho blanco en la vagina de Gris era su semen también. Tantas cosas se aclaraban de pronto. Y de hecho, pensé, seguro que también lo del canal de películas para adultos es falso. Resulta curioso que pago 400 pesos por el sistema de televisión vía satélite al mes y no conozco más que los canales nacionales, un par de canales de películas y otro tanto de deportes. Tomé el control de la televisión y la encendí, haciendo lo que suponía había hecho Gris hasta que encontró dicho canal. También era mentira, pero descubrí algo que me llam&oac

ute; la atención. Aún sin ser grandes amantes del cine ni el video, tenemos una videocassetera, que sirve, más bien, de adorno en la consola de aparatos electrónicos en la sala, junto a la televisión. Era extraño que estuviese junto al televisor que tenía en la recámara. Incluso observé que había una película en el interior. Busqué el control remoto y me di cuenta de que, como ya lo imaginaba, era una película para adultos, aunque casera. ¡Hasta dónde ha llegado!. Ir a rentar películas de ese tipo. O quizá ese chico las había traído consigo para amenizar el momento. Aunque luego observé otra cosa. Yo conocía a ese chico de la película y a ese par de nalgas, hermosas y paradas, que se mostraban en todo su esplendor, mientras, por otro lado, sus labios chupaban el miembro de su amante. Y aunque no le vi el rostro, cuando cambiaron de posición – el chico ahora se hundía entre sus piernas y lamía el clítoris de la mujer -, reconocí el color del pelo, el color de piel, la forma de sus pechos. Gris y Sergio se habían tomado la molestia de grabarse con la cámara digital. Seguro que, además de tenerla en video, tenían la intención de ponerla en Internet o, quizás, ya estaba circulando por ahí. ¡Vaya putita se había vuelto!. Fui al cuarto donde teníamos la computadora y, en efecto, la cámara estaba conectada a los puertos y lista para reproducir, aunque quizá ya habría descargado el video en alguno de los sitios de la red. No tenía ánimos para descubrirlo en ese momento, pero seguro habría mucho tiempo para hacerlo. Respiré hondo y regresé a la habitación. El video seguía corriendo y, cuando estaba viendo cantidad de cosas y posiciones que conmigo nunca había siquiera querido intentar, escuché murmullos fuera de la casa, luego el ruido de la llave en la puerta, luego pasos. La muy puta había llegado acompañada. Escuché ruido de botellas al destaparse, hielos al caer al fondo de los vasos, el choque del vidrio con vidrio al momento de brindar. Música suave. Ropa deslizándose hasta caer al suelo. No pude resistir el deseo de mirar. Me asomé por la puerta y, a partir de ese momento, no me pude despegar. Ella estaba de pie, pero inclinada sobre la mesa del comedor, Sergio lamía furtivamente su ano o yo qué sé, el caso es que se retorcía de placer. No llevaba sostén bajo la blusa de jersey, ni bragas bajo esa falda de amplios holanes. Él tenía campo abierto para trabajarla. Luego se volteó y recargó la espalda en la mesa, extendiendo sus piernas por todo lo alto, y cuán largas eran. Era una estampa de película. Él, desde luego, se metió en el vértice de la " V " que formaban sus piernas y le sacó un sin fin gemidos en unos 10 minutos. No creo que ella le permitiese separarse si no hubiese sido porque sonó su celular.

-Sí, diga – contestó ella -, claro, ¿cómo que dónde?… ¡ja ja ja!… ¿Que qué estamos haciendo? – en eso miró a los ojos a su amante y empezó a masturbarse frente a él -. ¿ Y tú que crees?. Ven y lo averiguas.

Colgó. Aún empezaba yo a darme cuenta que había citado en mi casa a otro tipo, cuando sonó el timbre. Ella se levantó, se alisó la falda y salió a abrir. Por la puerta apareció un uniformado.

-¿ Hay fiesta? -preguntó. Gris se arrodilló frente a él, le sacó el miembro del pantalón y se lo metió a la boca. Claramente pude ver cómo se fue hinchando dentro de los labios de mi esposa. Pero fue sólo unos minutos los que estuvo chupándoselo, puesto que pudo darse cuenta de la magnitud de ese pene. Creo que le pareció un desperdicio tener dos penes a su disposición y sólo usar uno a la vez, su intención había sido otra de antemano. Se levantó, se fue a la mesa y se puso de oferta, es decir, en posición cómoda como para ser penetrada y mamar al mismo tiempo. Creo que el policía estaba tan caliente que nunca dudó en cogerse a mi esposa primero y mi esposa lo agradeció. Sergio salió al cuarto de la computadora y supuse que iba por la cámara. Tardó varios minutos, imagino que le fue difícil desconectarla. Cuando volvió miró algo que a mí, de inicio, me dio rabia. El policía le dio a mi esposa por la vagina sólo unos momentos, pero ella ten&ia

cute;a algo mejor en mente, pienso yo. Se colocó boca abajo mostrándole el culo y le dijo:

-¿ Me haces el caminito? – el policía se desconcertó, no supo que hacer -, esa verga no me va a entrar por el culo nunca, primero tienes que formarme el caminito.

Fue primero un dedo, luego dos y por último tres. Le pidió que se acostara en el suelo; cuando Sergio regresó con la cámara mi esposa tenía la verga de un policía ensartada en el culo y le pedía que se acercara para chupar su pene. Lo hizo luego de colocar la cámara en el mejor ángulo. Su parte trasera era intocable, según dijo, y, ahora que empezaba a creer que iba por buen camino para convencerla, me doy cuenta de que es tan experta que sabe cuándo una polla le entra y cuándo no. Sergio se acostó en el piso y ella, en posición perruna, se arrodilló sobre él, el policía volvió a darle por delante, unos minutos después Gris montó a Sergio. Y ahora chupaba al policía. Creo que quieren saber si intentaron la doble penetración y sí, de hecho la lograron sin problemas, pero creo que no les resultó muy cómoda, ya que mi esposa pidió volver a lo más usual. Sergio no tardó mucho en venirse, lo hizo en el intestino de Gris y se retiró. Mi esposa, sin embargo, ahora parecía no valorar mucho los esfuerzos de Sergio dadas las distintas magnitudes. El policía le bañó de semen los pechos y, todavía en una segunda ocasión, eyaculó en la vagina de mi esposa. Yo sólo pude recordar que conmigo hasta había salido a buscar condones y ahora ni se había acordado, a ese paso iba a tener que mantener hijos ajenos. Ahora, más calmado, algo me vino a la mente. Tenía que sacar mi furia. Había que reclamarle esa falta de respeto. ¿Acaso no era verdad que nuestra vida sexual iba bien?. ¿Y qué iba a hacer? No iba a salir a decir: levántate y sácate ese pene, tengo que hablar contigo. O acaso: tenemos que hablar, pero primero límpiate todo ese semen que te escurre. Tendría que esperar a que ella entrara en la habitación. No esperé mucho. La miré a los ojos. Ella se sorprendió y, aunque en un principio sintió pena – lo descubrí, estoy seguro de eso -, luego se aseguró de mostrar indiferencia. Me dijo:

-Lo viste todo, verdad – dijo. No tuve que responder, era un hecho-. Pero no hiciste nada para detenerme.

Vaya que no hice nada y no sólo eso, en algún momento sentí cómo mi pene iba a eyacular sin la menor excitación táctil.

-Ahora dime. ¿Por qué?. Aquí acaba este relato. No la historia. La historia completa tiene por ahí algunos recovecos que quizá valdría la pena contar, pero hace falta algún estímulo para empezar a escribir. Quizá si a alguien le interesa conocerlos… Escríbanme… praxtvai (arroba) latinmail.com

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