Toro

Te echo tanto de menos, amiga. Desde que te fuiste, la vida en el internado es una tortura. No se trata solo de afrontar los quehaceres cotidianos sin ti, ni de aguantar día tras día que profesores y alumnos se broten, sino que además, no sé por qué, cantidad de cosas horribles están pasando últimamente.

Sabes lo poco que me gusta que me vean llorar, así que el otro día me fui de pellas en la clase de gimnasia, y me escondí en una de las duchas del vestuario. Pude dar rienda suelta al llanto pues pensé felizmente que estaba sola, pero por desgracia no era así. Ese cabrón contrahecho que apenas sabe hablar, el hijo del conserje, estaba en ese momento en el vestuario también o entró no se cuándo, probablemente a oler bragas con la fregona en la mano.

Me pilló escondida en la ducha, y ya sabes lo megalómano que es. Intenté meterle la trola de que tenía un pase especial para saltarme la clase de gimnasia, pero claro, no coló, porque me pidió que se lo mostrara y tuve que decirle que lo había perdido. Miento fatal, ya lo sabes.

El muy cabrón me amenazó con dar parte a su padre. Se notaba que disfrutaba sólo con pensar que el conserje me azotaría, ¿qué otro castigo si no por hacer novillos aquí?

Se rió de mi cara de espanto. Yo aun tenía los ojos rojos y en ese momento, cuando él dijo aquello, volvieron a llenárseme de lágrimas, ¡eso me dio tanta rabia!… Sentí impotencia ante él por no tener opción a darle un puñetazo, te lo juro. Igual no era motivo para llorar, pero es que tú sabes que yo nunca he sido azotada, bueno, sólo una vez y no fue del todo por mi culpa, ¿recuerdas? En fin, el conserje me da pánico, y eso que aquella vez ni siquiera usó la vara conmigo. Sé que se quedó con las ganas, no obstante, porque mientras me subía las bragas dijo: “teacher’s pet” con su marcado acento inglés, en un tono a caballo entre la burla y el desprecio.

El retrasado de su hijo -no sé ni cómo se llama-no creo que supiera esto. No creo que supiera que su padre me tenía ganas, pero aun así reaccionó ante mi cara de terror. Y me dijo que si se la chupaba todo se arreglaría, y que no hablaría con su padre. Bueno, no lo dijo con esas palabras porque se expresa como un hombre de las cavernas, pero eso entendí.

Comprenderas que sentí otra vez ganas de pegarle y de llorar, aparte de darme una náusea profunda tras su oferta. Seguro que el muy cerdo no se lava y tiene yacimientos de smegma bajo el glande, un verdadero ecosistema, pensé. Qué podía pensar de un tipo con aquella pinta si no: siempre vestido de negro, con ese mono de trabajo medio raído y sucio; siempre mirando de refilón, achicando los ojos, siempre en contacto con polvo y suciedad, yendo y viniendo del sótano y sacando las bolsas de basura al otro lado de la verja. Qué asco; es cierto que me da pánico el conserje, pero por nada del mundo quería que aquel engendro se la sacara.

Sin embargo, la alimaña no iba a dar marcha atrás. Cuando le dije que se fuera a tomar por el culo se limitó a encogerse de hombros, y a decir “tú lo has querido”, dispuesto a correr al despacho de su padre. Maldito gusano. No podía creerme que estuviera metida en aquel lío, ¡si yo sólo buscaba un sitio para desahogarme en paz!

Le retuve como pude. Tiré de su mano, incluso me arrodillé delante de él, ¡lo hice sin darme cuenta!

“Por favor” le rogué “Por favor…”

Pensé que como última alternativa tal vez podría lanzarme sobre él, tratar de derribarlo y hacerle tragar su puta fregona. Pero, aunque eso me salvaría y me haría feliz, sólo sería un parche transitorio porque él terminaría contándoselo a su padre igualmente, encima con agravantes después de aquello, y el castigo sería mucho peor. Así que cualquier cosa que no fuera suplicar parecía una mala idea.

Él me miró durante un rato sin hablar. Me era imposible imaginar lo que maquinaba en su rudimentario cerebro, pero él esbozó una sonrisa que me dio escalofríos. Me doy cuenta de que nunca antes me he sentido asustada por alguien de mi edad… El retrasado debe de rondar los dieciocho o como mucho los veinte, sólo es algo mayor que yo, creo, pero en ese momento me tenía atemorizada y acorralada contra el alicatado de la ducha.

Esperé a que me respondiera, y, tras unos instantes, me habló con lentitud y concisión. Volvió a reclamar que se la chupara, pero me dijo que podía elegir entre hacerlo o recibir de sus manos el castigo por haberme saltado la clase. Ah, el pequeño psicópata quería ser como su padre, claro. Seguro que fantaseaba con ser el dueño del sótano de castigo cuando su viejo se retirase.

No supe cuál de las dos opciones era peor. Bueno, sí lo supe: claramente era peor chupársela. Así que accedí a regañadientes a lo segundo, pensando que sólo me daría unos azotes con su mano ahi mismo y luego se haría una paja o algo así. No se atrevería a más, ¿no?

Pero aquella cucaracha tenía planes. Se le iluminó la cara cuando le pedí el castigo, y me hizo un gesto para que esperara antes de marcharse renqueando hacia su carrito de limpieza. Entre risitas levantó uno de los cubos que llevaba allí, y de debajo sacó una goma de color marrón, gruesa y larga como un látigo. No sé si le robó aquel juguetito a su padre con fantasías de poder usarlo, o si esa goma formaba parte de algún artilugio en la sala de las calderas o algo así.

Se plantó delante de mí y me mostró su tesoro, agitándolo ante mi cara.

—Inclínate—me dijo, señalando el plato de ducha con la barbilla.

(más relatos en https://blacktalesdark.weebly.com/  )

Supongo que él se sentía poderoso y protegido ahí dentro gracias a la pared de azulejos, resguardado, sabiendo que si alguien entraba en el vestuario no nos vería. Me fui de pellas a las duchas por algo: son uno de los mejores escondites en el internado, pero qué te voy a contar a ti. Tú lo sabes igual que yo.

—¿En serio vas a azotarme con eso?—le pregunté.

—Y con una regla—me contestó, tartamudeando de la forma habitual—Inclínate, o chúpame la polla.

—No puedes hablar en serio…

—A mi padre le agradará saber cómo te gusta mi goma—replicó él, aguantando la risa. Me dejó muerta con aquello.

Sintiendo que no tenía más opción que tomar la posición que me pedía, de nuevo empecé a llorar. Esta vez incluso me vi sollozando y tragándome los mocos. Me di la vuelta para que no me viera la cara, obedeciéndole y ofreciéndole mi culo. Supuse que querría azotarme ahí; no en vano es lo que se estila por estos lares. No sabía cómo querría él que me colocase exactamente, así que me puse a cuatro patas llorando a lágrima viva. El muy asqueroso se rió, no sé si de mi torpeza o de mis lágrimas, y puso su pie sobre mi espalda para indicarme que apoyara el pecho en el suelo.

Hice lo que me pedía. Coloqué la cabeza entre las manos y seguí sollozando mientras él reía.

—Culo arriba—me ordenó.

Levanté las caderas y empecé a temblar de la cabeza a los pies. Sentí ganas de vomitar.

—Más.

Puse mi trasero en posición, incluso arqueé la parte inferior de mi espalda para exponerlo.

Recibí diez latigazos con la goma en el culo, sobre la ropa. Me obligó a contar cada uno de ellos y a darle las gracias cada vez que me propinaba uno, exactamente como hacía su padre. Se lo tenía bien aprendido; seguro que se escondía para espiarle durante los castigos.

Lloraba y gemía por la humillación y el dolor, pero me di cuenta de que la cosa no sólo no había terminado sino que acababa de empezar.

—Eres demasiado mayor para hacer travesuras—me dijo mientras me subía la falda. Noté que la voz le temblaba y supe que estaba acelerado, excitado detrás de mí.

Me inmovilizó y me dio una sonora palmada en el culo cuando traté de protestar.

—Quieta. Así aprenderás a no saltarte las clases.

Me propinó diez azotes más con la goma sobre las bragas. Era horrible no poder gritar, pero tampoco yo quería que nos oyeran. Sólo podía tragarme los gemidos mientras contaba entre sollozos cada elástico y contundente latigazo, para después darle las gracias a aquel demonio negro.

El octavo azote me alcanzó en el coño. Dado lo expuesta que yo estaba en aquella postura que él me había hecho tomar, era sencillo que ocurriese ese accidente. Brinqué y mordí mi propio antebrazo para no lanzar un aullido, y sorprendentemente… mojé mis braguitas de golpe.

No sé si él se dio cuenta, pero me hizo rectificar la posición después de que mi culo se retrayese por instinto. Me advirtió que si yo rompía la posición otra vez, él volvería a empezar el castigo de cero.

Mi coño temblaba y se inflamaba por momentos cuando me coloqué de nuevo como estaba antes. Él se rio y me lo azotó con la mano por encima de las bragas. Gracias a aquella palmada sintió que yo estaba húmeda y entonces volvió a hacerlo una vez más, y después otra. Yo lloraba, pero eso… me gustaba. Sin saber qué me estaba pasando, quise que no parase de hacerlo.

Sentí como se acercaba a mí desde atrás, y a continuación su mano callosa deslizándose con rudeza bajo mis bragas. Frotó su palma contra mi coño y volvió a reír. El muy cerdo jadeaba.

—Te daré tu merecido por viciosa—susurró. Hasta le fallaba la voz; tenía que tener su pútrida polla dura como una piedra.

Sacó la mano de mis bragas y a continuación me las bajó. Se hincó sobre una rodilla y metió la otra en mi coño mojado mientras me sujetaba por las caderas; yo seguía llorando, notando cómo palpitaba contra su roñoso mono de trabajo. Era repugnante, pero al mismo tiempo… te juro, amiga, que nunca antes había estado tan cachonda. No puedo entenderlo.

Ya ni siquiera me parecía tan feo aquel odioso. Sólo “diferente” tal vez. Exótico.

Dedicó pocos minutos a presionar contra mí, pero aun así, y para su satisfacción, le meé la pierna. No con orina, claro.

Retrocedió un poco y empezó a castigarme directamente en la piel, de nuevo instándome con insultos para que contara y agradeciera. Se detuvo al quinto azote para respirar y para sacársela; lo sé porque escuché ruido de cremalleras mientras se abría el mono de trabajo. Le imaginé liberando su constreñido cipote con mano temblorosa y de pronto me vi babeando el plato de ducha… Aunque eso no quiere decir que quisiera chupársela, no, eso no. Tal vez sólo que me la metiera.

El cabrón me azotó tan fuerte que me hizo llorar como jamás en mi vida. Aparte de hacerme chorrear por el coño. Espero que no notase eso último… pero, joder, ¿cómo no lo iba a notar? Me había colocado en una posición en la que mis instintos no tendrían secretos para él. Si le hubiera chupado la polla todo hubiera sido más rápido y fácil, pensé entonces, pero ya era tarde para volver atrás.

Ahogada en mis propias lágrimas le supliqué que parase. Ya me había dado treinta latigazos después de todo. Él me acarició el culo y se rió.

—No—respondió.

—Por favor…

—Falta la regla. Date la vuelta y túmbate—me indicó con un gesto.

Me giré, agradecida por sentir el frescor del plato de ducha esmaltado contra mi pobre culo, mientras él volvía a su carrito. Apareció instantes después, sonriendo de oreja a oreja y con una regla de madera de tamaño colosal en la mano. Comprobé, a pesar de ver borroso a causa de mis lágrimas, que tenía la polla fuera del mono: un grueso y venoso garrote, brillante y rojo en la punta, en cierto sentido apetecible. Ese maldito monstruo podría alcanzar el cuello de mi útero a la primera estocada, pensé.

Lloré más, enfadada conmigo por sentir el coño mojado, temerosa de esa regla y aterrada por seguir bajo el dominio de aquel engendro. Lejos de apiadarse, él se arrodilló a mi lado con regocijo y me levantó las piernas.

—No, por favor. Así no…

Aquella posición se me antojaba más humillante incluso que la anterior, no sabría decir por qué.

—Cállate.

—Por favor. Te chupo la polla, pero por favor, para.

Me miró pensativo y dejó la regla un momento en el plato de ducha para tocarse; solo un par de sacudidas sin dejar de sostenerme las piernas arriba con la otra mano.

—Te doy cinco en lugar de diez—negoció entre dientes—y luego me la chupas.

Oh, qué cabrón. Qué timo, amiga. Qué tonta fui desde el principio, pero, ¿cómo iba a saber que aquel descerebrado era tan sumamente retorcido? Ese chico es un degenerado, un pervertido… aunque claro, yo tampoco soy mucho mejor.
Me sujetó como si fuera a cambiarme los pañales y me dio cinco despiadados azotes con todas sus ganas, tan fuertes que pensé que me rompería aquella regla de madera en el culo. Me retorcí y grité, pero el hijo de puta me tenía bien agarrada y no pude esquivar ni un golpe. Debió de ponerle mogollón participar en aquel baile; debió de gustarle mi lucha, así como los chillidos de cerdo en el matadero que me esforzaba en contener, porque al final lanzó la regla a un lado, se agarró la polla y comenzó a masturbarse en aquella posición, frotando su glande contra mi trasero y cargando parte de su propio peso en mis piernas levantadas.

—Así, así. Quieta—balbuceaba incoherencias y gruñía mientras se mojaba contra mi ardiente piel. Empezó a mover las caderas a ritmo frenético—Te gusta, te gusta… así, h-ah, como follan las vacas… así, puta.

Comprendí que al final no se la iba a chupar, pero no porque no quisiera, sino porque él no aguantaría aquel ritmo. En efecto, el olor fuerte de su semen inundó mis fosas nasales instantes después, y pude sentir un reguero denso y caliente resbalando por la parte trasera de mi muslo.

Me di cuenta de que tenía ganas de tocarme yo, y lloré más, porque sentía asco. Pero ya me estaba tocando. Me corrí rápido porque aquellas cosas sin sentido me habían puesto como una moto, no me preguntes por qué. “Como follan las vacas”, dios, ¿qué coño tiene ese tío en la puta cabeza?

Cuando se recuperó de su orgasmo -yo aun no me había recuperado del mío-, me subió las braguitas con un cuidado que me extrañó, y me ayudó a sentarme. Me dolía el culo, pero aun estaba caliente y el frescor del plato de ducha me alivió, aunque la ropa me rozaba y me molestaba.

—Te has portado muy bien—dijo la alimaña.

Con horror me di cuenta de que no, ya ni de lejos me parecía tan feo. Me fijé en sus rasgos, extrañamente delicados pero endurecidos a la vez por aquella expresión extraña que solía tener, siempre tras un velo de cabello negro y despeinado. Me fijé en aquellos ojos que solía entornar bajo las oscuras cejas, en los labios demasiado sinuosos para ser del todo “varoniles”, en la pequeña nariz. Tal vez el orgasmo me había dejado idiota, pensé, tanto que ahora encontraba atractiva a aquella pulga.

—Las niñas rebeldes son castigadas, pero las niñas rebeldes que se portan bien son recompensadas—sonrió y me lanzó una mirada torva antes de salir de la ducha—Si quieres tu recompensa, vuelve aquí a media noche.

No me dio opción ni a responder ni a preguntar, porque inmediatamente abandonó el vestuario, arrastrando su carrito del terror. Poco después sonó el timbre que anunciaba el final de las clases, y aproveché para camuflarme entre las chicas que llegaban al vestuario tras la hora de gimnasia como si yo también hubiera asistido.

Nadie se dio cuenta de que me escondí, y nadie reparó en mi ausencia. Sólo lo sabíamos la alimaña y yo… ojalá así siga siendo.

Si estuvieras aquí quisiera que pudiéramos hablar de esto, amiga. Mi culo duele mucho, y yo… no sé, no sé lo que me pasa, pero creo que ese dolor no me desagrada del todo, ¿puedes creerlo?

Ya no quiero pegar a la alimaña. Bueno, sólo a ratos, y me sigue dando asco. Esta noche se supone que puedo ir a por mi “recompensa”, y sé que es una locura pensar en hacer lo que dice, pero la curiosidad me mata. No sé qué me querrá dar. El retrasado es un completo misterio para mí, y por otra parte ha sido toda una sorpresa descubrir que no le olía mal el rabo (y menudo rabo tiene, por cierto).

Voy a tratar de meditar, aunque quizá es mejor no pensar… no sé qué hacer. De cualquier modo, te escribiré para contártelo, aunque ahora tengo que dejarte porque la cabrona de Anna vendrá a hacer revisión de cuarto. Y esto está hecho un desastre, ja, tendrías que verlo. Ya decías tú que soy sólo yo la que revuelvo y ensucio en la habitación, y cuánta razón tenías.

Te extraño y te quiero, amiga. Hablamos pronto.

-Susi-

(Visitado 1 veces)
Me gusta / No me gusta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *