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Tres hembras maduras

27 de noviembre de 2009

Mi verga creció al máximo al cabo de unos momentos endureciéndose como una barra de acero y entre las tres guarras me tumbaron de espaldas y Marion, a horcajadas sobre mi,  cogió mi verga colocándola a la entrada de cueva y con un fuerte movimiento de caderas se la empaló toda y gritando como una loca comenzó a cabalgarme a un ritmo frenético hasta llegar a un orgasmo monumental.

Esta historia es el capítulo primero de la serie seduciendo a mi suegra. Espero que os agrade.

Cuando pienso en las personas que me han ayudado a ser el hombre que ahora soy acuden  a mi memoria dos imágenes: la primera mi adorada madre, Carmen, a la que he sacado un gran parecido físico, alta, siempre arreglada y elegante, segura de sí misma. Desde la pubertad me pareció tan hermosa, tan superior, que estaba dispuesto, ingenuamente a no casarme nunca con nadie que, por lo menos, no la igualara. Sospecho que esa era la causa por la cual  a las jóvenes muchachas que pertenecían al círculo de mis amistades las considerara insulsas, tontas, y, ni tan siquiera, potenciales objetos sexuales.

La segunda, Simone, una espectacular madura que en el tiempo  en que la conocí (yo acababa de cumplir los 18) tenía 52 años, en muchos puntos parecida a mi madre. Ambas tenían  un atractivo rostro aunque el de Simone no era tan clásicamente bello. Francesa y graciosamente elitista traspirando también seguridad en sí misma.

Ya la primera vez que  contemplé a Simone me dejó fascinado. Fue al llegar a su casa, en las afueras de Beçanzon, donde, por decisión de mis padres me iba a hospedar mientras seguía un curso de cultura francesa. Vestía un una falda por debajo de las rodillas y una camisa blanca. Sus formas se percibían de una manera discreta. Lucía melena negra y ojos grises con una mirada amable pero algo inquisitiva. Nos besamos en las mejillas y a continuación me hizo pasar. Me presentó al servicio: dos empleadas externas, de aspecto anodino y su doncella personal, Marie Louise, una mulata corpulenta que habitaba unas estancias del semisótano de la casa.

Me llevaron a un dormitorio del piso superior con un gran baño adosado. Iniciamos una rutina que al principio se me hizo extraña pero con su repetición diaria pasé a considerarla como normal. Cada mañana a las siete me despertaba Marie Louise, la mulata,  con un alegre bon jour y procedía a desnudarme quitándome el pyjama. La primera mañana me resistí frunciendo el ceño a lo que ella me contestó riéndose:-Madame lo manda, mon petit. Me llevaba a la bañera que previamente había preparado, lavaba mi cabeza con  shampoo, me enjabonada todo el cuerpo, sin dejarse ningún rincón, con sus manos desnudas, me secaba con una enorme y tibia toalla, hacía que me vistiera con las prendas que ella elegía y me servía el desayuno.

Yo no me sentía ni avergonzado ni forzado pues hasta hacía pocos años mi madre hacía lo mismo en nuestra casa. Así mismo yo no padecía ninguna inhibición por mostrar a otros mi desnudez, ni mis órganos sexuales. Mi apariencia física era ya la de un hombre: alto 1,87, fuerte, bastante ancho de espaldas. Un ligero vello me cubría antebrazos, piernas y pubis. Pelo castaño claro y ojos verdes. Y, como después supe, un pene que, aun en reposo, hacía gala de longitud y grosor llamativos. Mi madre solía decirme que me había convertido en un hombretón excepto por mi rostro de niño grande.

Marie Louise también procedía a la inspección de mi ropa interior y la parte del  pyjama que había estado en contacto con la polla y los huevos. Primero observaba la zona y luego la acercaba a nariz y aspiraba.

Cada noche o “soir”, como usan decir los gabachos, yo me daba una ducha ligera .Me vestía con americana y corbata y bajaba a cenar al comedor principal donde me esperaba Simone también arreglada, llevando vestido largo de noche. En cada velada me enseñaba la etiqueta que debe seguirse en la mesa: las clases de cubiertos, para qué y cuándo debían usarse, la elección adecuada de un vino etc. Y al postre desarrollaba temas de una heterodoxa  educación  sexual a los que yo atendía en silencio roto alguna vez por mis preguntas. En resumen, eran lecciones magistrales de cómo follar para que las damas, y no solo las damas, agraciadas obtuvieran un placer supremo e inolvidable.

Para Simone no habían taboos en lo que se refiere al comportamiento sexual e iba abriendo mi inocente mente a un mundo en el que yo no había reparado: aunque todo se resumía en tener el control de la situación o ser controlado por ella, vencer o ser vencido, ser amo o criado. También incluía lecciones de anatomía y neurofisilogía de los órganos sexuales masculinos y femeninos: donde se sitúan los centros nerviosos que hay que estimular, de las técnicas precisas para hacerlo y conseguir para ti mismo y para tu pareja esos inmensos orgasmos que te hacen, literalmente, morir de placer.

Un sábado por la mañana Simone me llevó a una finca donde criaban caballos pura sangre. Una yegua había entrado en celo y el dueño, un viejo todavía erguido y simpático, prefería que su favorita disfrutara de un semental en lugar de una anodina frustrante inseminación artificial. A la yegua, que estaba sujeta por dos fuertes mozos, se la veía muy agitada y cuando olió al semental que estaba acercándose a ella por la grupa levantó la cola y, todos los que estábamos lo suficientemente cerca y en el sitio adecuado, pudimos ver como los labios de la vulva se abrían y cerraban a la manera de un aplauso, la misma vulva palpitaba y expulsaba chorritos de un líquido traslúcido y un aroma indefinible y excitante inundó el aire.

De vuelta a casa Simone me preguntó:

-Bebé ¿Qué te pareció? -Bien, fue muy excitante… no, fue emocionante ver a la yegua estallando de placer…porque fue un orgasmo… ¿o no?-Sí fue un orgasmo jaja, esos orgasmos son los que tú tienes que inducir en tus amantes, mon petit.- ¿Yo?..Pero la hembra era una yegua no una mujer…-Las mujeres, y no digamos los hombres, tienen una parte de animales y en ocasiones se comportan como tales siguiendo sus instintos más primarios.Conseguir llegar a esos extremos de placer que has visto depende de dos condiciones: del grado de excitación y de la forma en que el amante la folle o sea de su técnica y habilidad. No hay mujer insensible sino hombre torpe.

Aquella tarde como la hora de la cena se iba acercando, estando desnudo a punto de meterme en la ducha  y entró Marie Louis: se desnudó ella también y me comunicó que la señora había ordenado una higiene especial. Se metió junto conmigo, hizo caer el agua, me enjabonó y para rematar me dedicó un lavado cuidadoso de bajos que culminó con una intensa higienización de mi culo: introdujo en mi recto tres de sus dedos y con suaves semicírculos me lo dejó limpio y suave como una patena. Con ese tratamiento y la imagen del semental y la yegua fresca en la memoria mi verga se irguió totalmente. Marie Louis lo notó enseguida:

-¡Oh mon Dieu! ¡Qué instrumento, qué grande! ¡Esta noche va a ser una noche muy especial para todos, bebé! -No te burles. Lo siento, balbuceé.-Jaja, no lo sientas, la señora y yo quedaremos muy contentas. Jaja.

Mi vergüenza duró un instante y observé a la mulata con los ojos de la lujuria: perdí la virginidad espiritual. Si no hubiera temido la reacción de Simone me la habría follado allí mismo porque de pronto aprecié que Marie Louise estaba muy buena en su estilo matrona: un culo africano con unas nalgas enormes sobre las que se podría sostener un vaso sin que se cayera, unas pantorrillas y muslos poderosos a juego, labios gruesos y jugosos, una ligera barriga: era la representación de hembra materna, una de las gracias de Rubens con la piel de color café con leche. También aprecié su monte de Venus con escasos pelitos y su vulva con gruesos labios que sobresalían. Ella, consciente de mi estado, se colocó la bata con presteza y salió de la habitación casi corriendo.

Bajé al comedor donde me esperaba Simone en compañía de Marion, una amiga inglesa que aparentaba unos bien conservados 40 años, ojos muy azules, melena corta  de pelo rubio y lacio… Al terminar la cena la señora de la casa nos dijo:-No te lo había contado Marion: Carlos es el hijo menor de nuestra amiga Carmen y por su orden estoy haciendo el papel de madre del niño. Marion me miró con el ceño fruncido y de pronto sonrió:-¡Claro! Me debía de haber dado cuenta: tiene su mismo rostro. Jaja ahora comprendo algunos misterios. Simone continuó:-El postre… bueno quizás los postres los tomaremos en la sala de juegos.

Me sorprendió: a la sala de juegos se procedía desde el comedor. Yo no había entrado en ella hasta la fecha pues siempre la había encontrado cerrada. Simone abrió la puerta corrediza que le daba acceso. Entramos con las damas presidiéndomela sala era grande: podría dar cabida cómodamente a una docena larga de personas. La luz mortecina del atardecer  entraba por un gran ventanal que daba al jardín protegido por cortinas y un toldo exterior.  Los muebles eran de diseño muy clásico y formas extrañas para mí. Pero se notaba que eran artesanales de gran calidad.

Conté tres confidentes (esos canapés en forma de ese que  permiten que una persona se siente enfrente de otra. Varios sillones con brazos y lo que parecían reposapiés o reclinatorios. Y un extraño artefacto-mueble dotado de brazos tapizados puestos sin aparente sentido teniendo adosado un canapé con tamaño de cama. Más sillas, mesitas, un aparador con un gran espejo además de otros dos espejos colgados de las paredes. Al  levantar la vista comprobé que el techo estaba adornado con cinco espejos de buen tamaño. La iluminación era obra de un experto: casi no se detectaban las sombras de los cuerpos y objetos que dentro hubieran.

Nos sentamos en un confidente de tres plazas conmigo en la central flanqueado por las damas. Entró en la pieza una majestuosa Marie Louise con su uniforme de gala ( vestido negro y cofia y delantal blancos y almidonados con guantes también blancos) portando una bandeja con los cuencos del postre, una cafetera que humeaba, las tazas, copas para brandy y la correspondiente botella de cognac. Después salió de la sala contoneando su precioso y enorme culo. Me excitó mucho verla así y volvió a mi imaginación el baño que habíamos compartido esa tarde.

Simone sirvió el café y escanció el brandy. Probamos el postre, una crema a las frutas del bosque, sorbimos café y licor. Marion se levantó y reclinándose ante Simone le dio las gracias por la velada y plantó sus labios en los de Simone durando el beso más de lo que correspondía para un beso de cortesía y como, al parecer le había gustado ahora atrajo a Simone con una mano en su nuca y se besaron  largamente. Al separarse vi a Marion relamiéndose murmurando:

-¡Umm! y antes de volver a su asiento me comentó: -Oh Carlos, pensarás que somos unas maleducadas dejándote de lado. Y procedió a inclinarse y besarme en los labios. Estupefacto “ma non tropo” no respondí a su caricia y ella volvió a insistir. Entonces dejé los labios blandos para amoldarme a los suyos y comenzamos a besarnos entrelazando nuestras lenguas mientras yo notaba que mi calentura comenzaba a subir. Simone nos contemplaba complacida y preguntó con un susurro de terciopelo:-Bebé ¿deseas follarte a la guarra de Marion? Al escuchar como había llamado a Marion perdí cualquier clase de recato:-Os voy a… mi frase quedó cortada por el sonido de unos nudillos sobre la puerta y la entrada de Marie Louise que dirigiéndose a Simone preguntó:-¿Desean el señor o las señoras algo más de mi?

Yo respondí como un rayo:-Simone desearía que Marie Louise también pudiera oír lo que deseo hacer. Simone asintió con un movimiento de cabeza y entonces proseguí:-Quizá me equivoque pero entre las tres habéis preparado mi ¨prima noctis¨ y deseo agradecéroslo follándome a cada una de  vosotras.

Dicho esto me levanté y comencé a desnudarme ante ellas hasta dejar todo mi cuerpo libre de ropa. Me giré para que me vieran bien: se quedaron con la boca abierta contemplándome y constatando el tamaño de mi verga a medio levantar. Sin hacerse de rogar Simone y Marion se desprendieron de su traje de noche quedando completamente desnudas. No se habían puesto ropa interior. Marie Louise se mostraba esquiva hasta que Simone le mandó:

-Vamos Marie, esta noche debemos complacer a Carlos para que nunca olvide su primera noche.

Pude deleitarme a mi antojo llevando mis ojos de un cuerpo a otro: Marion era alta y delgada con poco pecho pero firme dotado de pezones sonrosados sin areolas, con una piel mate muy blanca con algunas pecas  que apenas podían distinguirse de lo claras que eran. También tenía un culito firme y su vello púbico, abundante, era de un color dorado un poco más oscuro que el de su cabeza. Simone era unos pocos centímetros más baja pero tenía una anatomía contundente, fuertes y redondas nalgas, tetas muy grandes con pezones oscuros y areolas pequeñas también oscuras, su piel era marfileña y suave, su coño estaba velado por un extensa mata de vello púbico sedoso y oscuro perfectamente retocado.

Marie Louise lucía como una espectacular Venus africana. Además los cuatro nos deleitamos mirando nuestras imágenes en los espejos desde diversas perspectivas. Fue Marie Louise la que abrió el baile: se arrodilló ante mi comenzando a darme una mamada: nunca pude sospechar que hubiera algo tan delicioso. La polla se puso enhiesta por completo. La siguieron Simone y Marion que se apoderaron de mis huevos y llegaron con sus lenguas húmedas hasta mi ano. Me temblaban las piernas mientras contemplaba a las tres guarras en los espejos regodeándome con la visión de sus redondos culos.

Vi  como Simone metía su dedo índice en el coño de Marion. Se puso de pie y me lo metió en la boca:

-Chupa y comprueba como sabe el coño de esta perra inglesa que va ser la primera que reciba tu verga. Ven.

De su mano nos llevó hasta el extraño mueble que manipuló extendiendo varios brazos y colocó a Marion de manera que ésta quedó doblada por la cintura cabeza abajo y apoyada en su vientre dejándola con las muslos abiertos, exponiendo su culo y su vulva. Yo me puse entre sus piernas en una posición ideal para ensartarla y así lo hice lentamente introduciéndome en su muy mojado coño, que sentí estrecho para mi polla pero que a cada metida se iba abriendo y ajustando, mientras ella gritaba de excitación. Con una mano le acaricié su clítoris que se hinchó bajo mis caricias y pronto llegó el orgasmo. Los espasmos que sufría fueron intensos señal del placer que sentía. Simone llegó por detrás y después de untarle el ano con crema le introdujo un vibrador en el culo:

-Yo te conozco guarra y se que esto te va enloquecer. Vamos Carlos, me animó, métele la polla en su vagina y fóllala como te he enseñado y verás como Marion se pone como la yegua.

Seguí sus instrucciones: le metía la verga como unos cinco centímetros a un ritmo rápido. Mientras, Simone ponía en marcha el vibrador, que sonaba con un zumbido, y nos observaba, Mari Louise de rodillas me daba suaves lamidas alternadas con suaves mordisquitos en las corvas que me sabían deliciosos. Al cabo de pocos minutos Marion gritó:

-Solo me falta que me llenes con tu leche. Hazlo por favor.

En ese momento se la clavé toda y un río de leche salió con fuerza de mis cojones a la vez que Marion tuvo un orgasmo enorme y, como había predicho Simone, unas contracciones de su vagina expelieron unos chorritos de líquido como había hecho la yegua. Mientras yo sacaba la polla Marie Louise y Simone, gritando excitadas, con sus lenguas nos chupaban los genitales recogiendo en su boca el resto de mi semen y los fluidos seminales de Marion.

Recibiendo mi pene tales muestras de afecto a través de las bocas y lenguas de las dos calientes maduras se irguió de nuevo y Marie Louise y Simone se colocaron en la misma posición en que habían colocado a Marion, que mientras tanto estaba recuperándose y refocilándose de lo que le había sucedido. Ante la visión de la ofrenda de esos enormes culos pasé a la acción: Les introduje por su ano un vibrador a cada una y procedí a follarme a Simone mientras le acariciaba el clítoris. En cuanto noté que le venía el orgasmo le saqué la polla de su coño y empalé a la mulata: que coño más grande y hermoso tenía Marie Louise. Sin embargo Simone que estaba como loca me insultaba y ordenaba que la follara. Sin determe en la follada que le estaba metiendo a la mulata agarré el pelo de Simone y con la otra mano de le di un fuerte bofetón:

-¡Cállare perra! Aquí y ahora mando yo.

Proseguí con la mulata y para terminar le saqué la polla y le introduje la lengua, según las enseñanzas recibidas, a unos cinco centímetros de profundidad dentro de su vagina y follándola con ella durante unos escasos segundos, recibí en mi rostro un baño abundante de los líquidos seminales que brotaban a chorro de la vulva de la mulata. Bebí de esos jugos y pasé a la vagina de Simone dándole gusto con mi lengua: el estallido no se hizo esperar y también potentes chorritos salieron de su coño.

Mientras Simone se corría, aprovechando que en la posición en que se hallaba el culo le apuntaba al techo, sacándole el vibrador y viendo su hermoso ano tan dilatado, coloqué el glande a su entrada y de un fuerte movimiento le ensarté de golpe toda la polla culeándola hasta que acabé dentro de sus entrañas. Recogí en mis dedos el semen que le rebosaba y se lo di a probar. Sumisamente, con agradecimiento, chupó mis dedos suspirando desfallecida.

Me derrumbé agotado sobre el enorme canapé.  Habían sido dos corridas extenuantes. Pero Marion se había recuperado la primera y comenzó a pasarme su tibia lengua por todo el cuerpo y a chuparme con delectación y mirada de lujuria los dedos de pies y manos.

A poco me encontré que Marie Louise se había apoderado de mi verga y mis huevos con sus gruesos labios y lengua y mi deseo se iba despertando bajo las caricias de las dos guarras. Mientras Simone había vuelto a manipular diversos artilugios del mueble y entre las tres me colocaron con el culo en pompa, las rodillas apoyadas en el canapé y el pecho descansando sobre un brazo horizontal acolchado. La mulata tendida sobre el canapé debajo de mí se dedicó a comerme la polla mientras que Marion, arrodillada, me lamía, alternativamente, el ano y los huevos y Simone, como un último vagón, se estaba follando los agujeritos de Marion con dedos y lengua.

Era tan morbosa al escena que contemplaba completa a través de los espejos que mi verga respondía endureciéndose lentamente hasta que Simone me introdujo por el húmedo culo un vibrador que puso en marcha. La sensación que experimente era nueva y fuerte. Mi verga creció al máximo al cabo de unos momentos endureciéndose como una barra de acero y entre las tres guarras me tumbaron de espaldas y Marion, a horcajadas sobre mi,  cogió mi verga colocándola a la entrada de cueva y con un rotundo y fuerte movimiento de caderas se la empaló toda y gritando como una loca comenzó a cabalgarme a un ritmo frenético hasta llegar a un orgasmo monumental, sus líquidos rebosaban por su vulva dejandome encharcado mi pubis y la parte superior de los muslos. Simone y Marie Louise,  arrancaron a Marion de su posición y volvieron a dejarme limpio y seco utilizando sus bocas. Simone fue la siguiente metiéndose mi verga e iniciando el galope. Sus grandes tetas se movían arriba y abajo.

Llegamos juntos al orgasmo gritando contorsionados por tan fuertes sensaciones. Mi erección no bajó gracias al estímulo del vibrador que tenía todavía metido en el culo y fue la mulata la última en cabalgar ensartada en mi polla. Era un placer doloroso quería correrme y descansar pero no llegaba al clímax. Marie Louise me montaba como una walkiria y tuvo otro orgasmo espectacular con un intenso chorreo de su vulva y unas intensas contracciones de su vagina que me enloquecieron y me permitieron que la leche que aun me quedaba llenara sus entrañas.

A la mañana siguiente, al despertar vi a Marion durmiendo a mi lado. Parecía un angel rubio con su cabeza sobre la almohada.

Autor: Carlos.

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