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Un viaje en tren

24 de junio de 2009

Se recostó sobre mis piernas y se acomodó debajo de la manta, tomó mi pico y empezó a besarlo y chuparlo con delicadeza. No aguanté mucho tiempo y un torrente de semen se derramó en su boca. Se enderezó y mirándome lascivamente y empezó a tragárselo. Así continuamos hasta cerca de las tres de la mañana, con varios orgasmos de parte y parte.

Esta historia me ocurrió hace ya muchos, muchos años y es absolutamente verídica. Creo que me marcó para siempre e hizo que desarrollara una atracción especial por las mujeres maduras.

Era el mes de diciembre y tuve que hacer un viaje en tren especialmente largo. La travesía duraba 3 días y dos noches para recorrer algo más de 1800 kilómetros. Los vagones tenían una doble fila de asientos, para dos personas cada uno y puestos de manera tal que los pasajeros quedaban enfrentados. En el extremo de cada fila había un asiento un poco más angosto donde cabía una sola persona.

Cuando inicié mi viaje escogí justamente ese asiento que era más cómodo. Al frente mío se sentó una señora seria y respetable, bien vestida, llenita de carnes sin ser gorda, canosita, de unos 55 años. Ella colocó un maletín y una manta en el puesto de al lado, de modo que en ese espacio solo estábamos los dos. En general en el vagón no iba mucha gente. El primer día y la primera noche de viaje trascurrieron en medio de un gran fastidio. Apenas cruzamos algunas pocas palabras de simple cortesía. En la tarde del segundo día la señora de pronto comentó:

- Estos viajes me hacen muy mal. – ¿Por qué? – Mire como se me hinchan las piernas. Diciendo esto estiró un poco una de sus blancas piernas. – No se ven tan hinchadas. – Pero las tengo muy duras. Tóquela para que vea.

Tímidamente toqué suavemente su pierna y la sentí suave y tibia. En ese momento sentí como una corriente que me sacudió hasta el pene. Ella se mantenía totalmente seria. El tiempo siguió pasando. Horas más tarde me atreví a preguntar:

- ¿Cómo se siente de las piernas? – Igual joven, y creo que aún están más hinchadas. Nuevamente toqué por un instante sus pantorrillas entre excitado y aterrado.

Por fin llegó la noche. Como a las 10 las luces del vagón se atenuaron quedando el ambiente en una suave penumbra. El tren entró en una zona desértica. Todos los pasajeros dormitaban y yo traté de acomodarme para dormir un poco. De pronto ella me dijo:

- Usted está muy incómodo ¿Por qué no se recuesta sobre mi falda para que duerma un poco?

Lógicamente que acepté su invitación. Puse mis manos sobre sus muslos y apoyé la cabeza encima haciendo como que dormía, pero estaba preso de una terrible excitación. Después de un rato, suponiendo que ella dormía, me atreví a bajar una mano y tocar suavemente sus pantorrillas. El corazón me latía de prisa. En mi bendita inocencia temía que la señora se despertara furiosa y me insultara.

Durante largos minutos estuve acariciando sus piernas y tratando de subir, pero sus rodillas estaban fuertemente unidas. Por fin se produjo una leve separación y, con un poco de esfuerzo pude acariciar sus rodillas por dentro. Mi mano inquieta fue subiendo por sus tibios muslos que de pronto la apretaron. Luego sus muslos se abrieron y se volvieron a apretar hasta volverse un movimiento rítmico.

Por fin caí en cuenta que ella estaba despierta y que no le molestaba lo que hacía. Lentamente seguí subiendo hasta tocar sus calzones los cuales estaban tibios y húmedos. Con torpeza agarré su sexo y le di algunos apretones. Ella se movió y me vi obligado a sacar la mano. Nos miramos y ella sonriendo dulcemente me dijo:

- Eres un loquito. – ¿Por qué? – Porque le haces esto a una vieja. Búscate una muchachita de tu edad y le haces lo mismo. – Por favor perdóneme, no pensaba molestarla. – Y no me molestas tontito. Eso que me haces está muy rico. Espérame un momento.

Se dirigió al baño y al regreso me pidió que me recostara nuevamente. Al meter la mano descubrí que se había sacado los calzones y que podía tomar libremente toda su chucha peluda y mojada. Con susurros cariñosos me fue guiando:

- Así mijito. Tómame fuerte. ¡Ay que rico! Sigue… sigue. – Méteme un dedo… Ah… Méteme dos.
- Mételos y sácalos. Hazme gozar… Ohhhhh, esto es la gloria. – Aquí arriba busca una pepita. Si ahí es. Sóbala suavecito. – Mi niño rico me vas hacer acabar.

Mientras tanto, mi pene ya reventaba y me dolía dentro del pantalón. Así es que le pedí la manta para taparme y lo liberé. Tomé su mano y la atraje hacia el. Lo tomó suavemente, pero con firmeza y empezó a darle un masaje.

- ¡Que rico lo tienes y que duro está! – ¡Como quisiera tenerlo adentro! ¡Mi niño lindo, me muero de ganas que me culees bien culeada! – ¡Quiero que me lo metas hasta el fondo y me llenes la chucha con tus moquitos! Asiiiiiiiii…-Más adentro….-Siiiiii- ¡Mi amor estoy acabando!… Aaaahhh… -¡Déjame que me recueste sobre tus piernas para que me tomes las tetas! ¡Así… amásalas… apriétalas! – Joven… ya sabes como hacer gozar a una mujer.

Después de descansar un rato me dijo:

- Mi amorcito te voy a hacer algo para que no te olvides de mí.

Se recostó sobre mis piernas y se acomodó debajo de la manta, tomó mi pico y empezó a besarlo y chuparlo con delicadeza. No aguanté mucho tiempo y un torrente de semen se derramó en su boca. Se enderezó y mirándome lascivamente y empezó a tragárselo. Así continuamos hasta cerca de las tres de la mañana, con varios orgasmos de parte y parte. A esa hora se levantó y se fue al baño. Al volver noté que se había puesto los calzones. Me dijo:

- Ya me tengo que bajar. Gracias mi niño. Hacía tanto tiempo que no gozaba así.

El tren se detuvo jadeando en un ínfimo pueblo del desierto. Ella se asomó a la ventana y luego subieron un hombre de unos 60 años y una mujer de unos 30. La señora les dio un afectuoso saludo y me los presentó:

- Mi marido y mi hija. – Este joven ha sido muy amable y atento conmigo. – Gracias (Dijo el señor).
Los recién llegados tomaron la maleta y bultos y ella me dio un fortísimo apretón de manos y musitó ¡Adiós!

Nunca jamás la volví a ver. Probablemente ya no esté en este mundo. Pero sirva este relato como un agradecimiento a esa mujer, cuyo nombre ignoré, y que siendo solo un joven inexperto, me hizo hacer cosas de hombre. Al mismo tiempo, insto a las mujeres maduras que tengan la oportunidad de iniciar a un muchacho, lo hagan sin remordimientos, porque todo hombre necesita de alguien que lo guíe por el buen camino del sexo.

Si alguna dama madura quiere hacer un comentario, por favor.

Autor: puquios

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