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Una playa nudista

27 de mayo de 2009

Mientras nos abrazamos hablamos de lo maravilloso que es el incesto, y de la cantidad de hombres y mujeres que deseaban afectiva o sexualmente a un familiar directo y no se atrevían a confesarlo. Imaginamos lo maravilloso que sería ayudar a una de esas familias que visitan las playas nudistas a conocer lo maravilloso que es el amor filial llevado a su máxima expresión.

Papá prometió a mi madre que la llevaría a la playa aquel domingo. Ella estaba deseando tomar el sol y pasar unas horas a solas con su marido. Él siempre estaba muy ocupado, se pasaba el día trabajando, y cuando estaba en casa siempre tenía la mente concentrada en sus negocios. Mamá cada día se sentía más sola.

-Lo siento, cariño -dijo papá-, tendremos que dejar lo de la playa para el domingo que viene. Un compañero se ha puesto enfermo y voy a tener que viajar a Estados Unidos. El viernes estaré de vuelta.

Mamá se encerró en su habitación para llorar. No comprendía cómo papá no mandaba a la porra aquel maldito trabajo para estar más tiempo con mamá. Se me ocurrió una idea, pero esperé a que se fuera papá para llevarla a la práctica. Me desnudé, me puse un pequeño bañador y me presenté así ante mamá.

-Hijo, ¿qué haces? -Mamá, no tengo coche y no puedo llevarte a la playa. Pero se me ha ocurrido que podríamos ir al cuarto de baño para hacer ver que estamos en una. Llenamos la bañera, extendemos unas toallas, nos ponemos el bañador y ponemos la radio. ¿Qué te parece? -Carlitos, ¿harías eso por mí? Sé que tienes cosas que hacer. -Esas cosas pueden esperar.

Hicimos todo lo que había planeado. Mi madre estaba preciosa. Llevaba un pequeño bikini de color amarillo. Tenía cuarenta y cinco años, pero parecía una chica de veinte. Se tumbó de espaldas sobre la toalla y me pidió que le pusiera crema protectora. Me pidió que le desatara la cuerda del bikini para poder ponerle la crema con mayor facilidad. Comencé a ponerme cachondo mientras pasaba mis manos por su espalda.

-¿Quieres que te ponga crema a ti? -me preguntó. -No hace falta. Ahora mismo me iba a bañar.

Me metí en la bañera y me quité el bañador. Mi madre me miraba con curiosidad. Llené la bañera de jabón e hice espuma. No quería que mi madre viera como tenía de dura la polla. No se me ocurrió otra cosa mejor que lanzar el bañador lo más lejos que pude. ¡Mierda!

-Hijo, ¿qué haces? -Aprovecho para lavarme. -¿Cómo que para lavarte? Nadie va a la playa para lavarse, y no está nada bien tirar jabón en el mar, ¿lo sabías?

Mi madre se puso su bikini procurando que no pudiera contemplar sus pechos, se levantó y me dijo que saliera de la bañera.

-¡Vamos, sal de ahí! Tendremos que vaciar esa bañera y volverla a llenar. -Vale, mamá. Pero por favor, pásame el bañador.

Me lo puse. Sin embargo, aquella pequeña prenda al mojarse se transparentaba; era tan pequeña, además, que se advertía la auténtica magnitud de mi miembro viril.

En aquel momento en la radio estaban hablando de la práctica del nudismo. Explicaban que familias enteras lo practicaban, tanto en las playas como en sus propias casas.

La bañera se estaba llenando otra vez. Me tumbé junto a mi madre. Comenzamos a hablar sobre el tema del nudismo. Ella me propuso que lo practicáramos.

-Me da mucho corte, mamá. -A mí lo que me gustaría es que fuéramos a una playa nudista de verdad. ¿Sabes? Podríamos coger el tren y acércanos a una. ¿Qué te parece? No le diremos nada a tu padre.
-No sé si me atreveré. -Qué pasa, ¿te da vergüenza que te vean desnudo? ¿O es que acaso temes que se te ponga dura la polla como ahora?

-Vaya, mamá, sí que hablas claro. -No te preocupes. Seguro que con los nervios ya se te pasará. -No mamá. No lo creo. La verdad es que estoy todo el día igual.-Pero supongo que no pasará nada si te pones un bañador grande, ¿no? No creo que nadie te diga nada. -Esperemos que no.

Mamá se puso un vestido de verano que le quedaba de maravilla. Tenía unas piernas largas y esculturales, y unos globos que me cortaban la respiración.

-¿Qué te parece? ¿Estoy guapa? -Guapísima.

Mientras caminábamos por la calle y nos dirigíamos hacia la estación mi madre me cogió del brazo.

-Mamá, la gente se va a pensar que somos novios. -Seguro que muchas tendrán envidia y se dirán en sus adentros ¡qué suerte tiene esta vieja! -¿Suerte? La verdad es que no tienes suerte que digamos. Papá te ha dejado sola, como siempre… Soy yo el que me alegro de poder estar contigo.

No había mucha gente. El vagón estaba medio vacío. Me senté delante de mi madre, y mientras hablábamos de esto y de aquello yo admiraba lo buenísima que estaba. Tiré expresamente una moneda al suelo para tener una excusa para poder agacharme y mirar sus…

¡Diantre! ¡No llevaba bragas! Me quedé arrodillado, paralizado, contemplando sus sabrosos labios vaginales, el lugar de donde yo procedo. No quería llamar la atención, así que me senté al lado de mi madre y le hablé susurrándole al oído.

-Mamá, ¡no llevas bragas! -Ya lo sé. Lo que me gustaría saber porqué te has fijado precisamente en eso. No ha sido casualidad que se te haya caído la moneda, ¿no? -Lo siento, mamá, siento haberte ofendido… -¡No me has ofendido! ¡Al contrario! Eso me hace pensar que si atraigo sexualmente a mi hijo debo de estar buenísima. -Mamá, tú no me… -¿Ah no? ¿Y entonces esto que significa?

Metió la mano dentro de mis pantalones cortos y me agarró la polla. Me corrí en su mano. Comenzó a masajearme la herramienta hasta que consiguió ponérmela otra vez en condiciones.

Yo estaba loco de deseo y excitación. Comencé a besarla, a tocarle las piernas, el culo, las tetas, no me importaba que nos sorprendieran. Necesitaba salir de aquel maldito tren y follármela.

-No puedo más, mamá. Te deseo.

Me bajé los pantalones, exhibí mi polla, le levanté el vestido y comenzamos a follar como desesperados. El revisor se nos acercó.

-¡Billetes, por favor! -¡Ah, mamá, que me corro, me corro en el coño materno! -¡Hijo mío, que bien que me follas!

Cuando llegamos a nuestro destino estábamos mucho más tranquilos. Le dije a mi madre que no sólo la quería por la cuestión sexual, que también estaba enamorado de ella.

-Hace tiempo que comencé a fijarme en ti como mujer -le dije-. Nunca he tenido novia, siempre que conocía a una chica la comparaba contigo y me parecía muy poca cosa.

Mamá estaba emocionada. Me dijo que gracias a mí había recuperado la felicidad perdida.

-Ya iremos a la playa más tarde. Podemos ir a un hotel -me dijo-. Seguro que ahora tendrás hambre.
-Tengo hambre de ti -le dije, y le di un pequeño beso en la boca. -Tendríamos que haber usado anticonceptivos. Tengo cuarenta y cinco años, pero todavía me viene la regla. -Mamá, tú siempre habías deseado tener otro hijo, ¿no? Si papá no quiere proporcionártelo tendré que hacer algo para ayudarte.

-¡No puede ser! Eres mi hijo. -Sí, pero también eres mi novia.

Llegamos a la habitación del hotel. ¡Al fin estábamos completamente solos! Nos desnudamos en pocos segundos y nos metimos en la cama. Tardaríamos mucho tiempo en salir de allí.

-Esta será nuestra luna de miel -me dijo mamá-. Tu padre ya no me quiere. Me alegro de que seas tú quien ocupe su lugar.

Mientras nos abrazamos hablamos de lo maravilloso que es el incesto, y de la cantidad de hombres y mujeres que deseaban afectiva o sexualmente a un familiar directo y no se atrevían a confesarlo. Imaginamos lo maravilloso que sería ayudar a una de esas familias que visitan las playas nudistas a conocer lo maravilloso que es el amor filial llevado a su máxima expresión.

-Mañana ayudaremos a una familia a conocer el camino de la felicidad.

Autor: Mrhyde

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Una playa nudista, 7.8 out of 10 based on 13 ratings
  
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1 comentario »

  1. liam dice:

    Me encanta este tipo de historias ojala pudieras mandar mas y en exclusiva a mi te felicito por favor ponte en contacto conmigo, tu amigo desde mexico: liam. [correos NO permitidos en comentarios - eliminado por la administración R.M.]

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