Una vez con Eusebio

Otras veces, antes, lo había intentado, no tengo problemas en reconocerlo, pero aquella vez ni siquiera me había dado cuenta de la extraña casualidad sino hasta que había sido evidente hasta lo obvio. Yo había estado yendo al gimnasio, con intermitencias, desde hacía casi un año, y siempre me había subyugado el impresionante físico del encargado, un muchacho colombiano de piel oscura como un lago a media noche. Su sonrisa de dientes voltaicos conseguía que me olvidara del significado y articulación de cualquier palabra que necesitaba pronunciar en su presencia.

El encargado se llamaba Eusebio, medía algo más de metro noventa, y siempre me trataba de “usted”. Como a todos. Había sido cliente del gimnasio algunas semanas, hasta que el chaval que ocupaba su sitio anteriormente se había sacado la plaza de Policía Nacional. En cuanto le ofrecieron el puesto no tuvo que pensarlo demasiado. Llevar planillas y organizar rutinas de ejercicios es mucho menos estresante que dar y recibir hostias en la puerta de una discoteca. El sueldo no era tan bueno, seguramente, pero no se jugaba la vida por una puñalada o botellazo desventurado.

Los clientes del gimnasio lo recibimos con naturalidad y simpatía: Eusebio siempre estaba de buen humor, nunca parecía que se creyera mejor que nadie y, sobre preparación física, sabía un puñado.

—Se ha quedado el último —me dijo aquel día alzando su cabeza desde detrás del mostrador para observarme mejor.

Yo había estado lidiando con una rutina matadora y estaba extenuado. Había ido alargando los descansos entre series mucho más tiempo del estipulado, y se me había escapado el tiempo de entre los dedos.

—Vaya, yo… —una timidez sorda, que me dejó al borde de la tartamudez, me atenazó el pecho de inmediato.

—Usted sabe que si realiza así sus rutinas no le servirá de nada —siguió hablando Eusebio, relajado y amable—. Si deja pasar tantísimo tiempo entre serie y serie el músculo no trabaja.

—Hoy no es mi día.

—¿Por qué lo dice, pues? —Eusebio ya había salido del mostrador. Seguía hablando mientras bajaba la persiana eléctrica.

—No puedo dar la talla con esta rutina que me has preparado. ¿Tienes que cerrar? ¿Te estoy retrasando?

—No se preocupe. Yo también hice mis series y me voy a pegar una ducha antes de salir. Usted tranquilo.

Su sonrisa parecía a punto de echar chispas de electricidad estática.

—De todos modos, yo he terminado, ya. Estoy con calambres en todo el cuerpo.

—Usted no realiza correctamente sus estiramientos.

Mientras lo iba diciendo se había acercado al aparato sobre el que yo acababa de fracasar en el intento de la última serie.

—¿Ve? —me dijo cogiendo mis bíceps con sus dedos largos y de nudillos como monedas—. Este músculo así no puede trabajar.

—Oh… —se me escapó un gemido de excitación.

—¿Duele? Lógico —Eusebio seguía tranquilo, sin demostrar percatarse del sudor explosivo que inundaba mi rostro y cuello.

—Oh, sí, duele mucho —le contesté mirándolo a los ojos, entregándome.

—Y más que le dolerá mañana —concluyó Eusebio, soltándome—. Si sigue de esta forma acabará lastimándose un músculo un día de estos.

—Tienes razón —atiné a contestar después de una eternidad. Eusebio ya se había alejado y cogido su bolso de piel marrón de detrás del mostrador.

—Vamos a bañarnos —volvió a decir Eusebio, sin mirarme. Su voz había sonado amablemente autoritaria.

Luego de que Eusebio entrara al vestuario, me quedé como atontado, buscando mi bolso por todos lados, hasta recordar que lo había guardado en mi taquilla. Como cada vez que iba al gimnasio.

Al entrar al vestuario, maldiciendo mi torpeza, la visión del escultural cuerpo desnudo de Eusebio me detuvo en seco. Como si me hubiera cruzado con un león en medio de la selva.

—Yo también me he pasado con mis rutinas, hoy —me dijo Eusebio señalando sus ropas amontonadas sobre uno de los bancos. Estaban empapadas y humeaban levemente. Entre los pectorales de Eusebio, henchidos más que de costumbre por el reciente esfuerzo al que habían sido sometidos, bajaban gruesas gotas de sudor que se disgregaban sobre la musculatura abdominal para volver a juntarse en el vello púbico, única zona de su cuerpo lampiño en el que crecía pelo, a excepción de su cabeza adornada por unas rastas de cinco o seis centímetros.

—¿Qué miras? —me preguntó directamente, sorprendiéndome.

—Yo… Sí que has trabajado mucho hoy.

El sudor saturaba su vello púbico hasta tal punto que algunas gotas comenzaban a deslizarse lentamente por la piel insospechadamente seca de su polla.

—Ven. Acércate —su voz autoritaria, dulce, amable…

—Sí…

—Aún no te has desnudado —había un varonil tono de reproche en su voz oscura. Maquinalmente llevé mis manos hacia mi camiseta, sintiendo inmediatamente que las suyas, mucho más grandes y pesadas, se posaban sobre las mías.

—Dios mío… —murmuré cerrando los ojos

—No me llames Dios —Eusebio volvió a sonreír—. Llámame Señor.

—Señor mío —volví a decir, para corregirme inmediatamente—. Mi señor.

—Eso es —yo podía ver mi perplejidad y sumisión reflejadas en el blanco de sus ojos—. Ven acá y alcánzame mi bolso.

—Sí, mi señor —mi columna, involuntariamente, se encogió mientras cumplía su orden.

—Usted sabe que en mi tierra la gente tiene sabor —me dijo quitando la correa al bolso y ajustándola a mi cuello.

—Sí, mi señor —le contesté temblando, descubriendo en ese instante que me había estado tuteando anteriormente.

—Póngase de rodillas y saque la lengua. Cierre los ojos.

Me apresuré a obedecer estas órdenes. Eusebio cogió algo más firmemente la correa y me fue dirigiendo a través de su piel, siempre con mi boca abierta y la lengua dispuesta a sorber su esencia masculina, húmeda, salada…

A pesar de obedecer sus órdenes de no abrir los ojos con fidelidad perruna, el tacto de mis labios y lengua me revelaban con facilidad las distintas partes de la anatomía de Eusebio que éste, volviéndome loco de placer y entrega, permitía que yo saboreara. Me inició desde un pezón, macizo como si fuera de goma, y me hizo bajar por entre sus pectorales cubiertos por un reguero de sudor que me apresuré en sorber. Después se detuvo brevemente en sus abdominales tallados en madera. No se demoró mucho en ellos. En seguida me hizo bajar hasta que la punta de mi lengua rozaba con el áspero inicio de su vello púbico.

En cuanto notó que yo quise dirigir aquel juego bajando todavía más, intentando meterme su polla olorosa a hombre en la boca, me cogió más firmemente de la correa. Con la otra mano me agarró de los cabellos, haciéndome daño pero sin lastimarme.

—Por favor, por favor —gemí al borde del llanto—. Mi señor, déjame mamártela.

—Lo venía haciendo usted muy bien —Eusebio sonaba perverso por primera vez—. Lo venía haciendo pero que muy bien y ya la ha fastidiado.

No me atreví a contestarle. Mis manos se habían juntado como en una plegaria. Mis hombros subidos hasta pegarse a mis orejas.

Sentí cómo Eusebio volvía a dirigir el movimiento de mi cabeza, permitiéndome gozar del cosquilleo astringente de su bello púbico arañándome la lengua.

—Dios… Dios… —atiné a decir, perdido de excitación.

—Lo estaba haciendo usted pero que muy bien y se equivocó. Le voy a tener que explicar el que manda.

Sin esperar mi respuesta, Eusebio me soltó la correa. En seguida posó sus dos manos en mi cabeza. Me moví de acuerdo a sus deseos hasta quedar con el rostro hacia el techo y la boca completamente abierta.

—No se mueva ni cierre la boca.

Me sorprendió el peso inesperado de la polla de Eusebio cuando me introdujo su glande enorme como una ciruela roja dentro de la boca.

—Quieto ahora —volvió a ordenarme—. Ya me lo agradecerá…

Sentí que un líquido hirviendo me inundaba completamente la cavidad bucal. Su sabor y olor eran acres hasta hacerme lagrimear. En seguida volví a sentir el roce del glande de Eusebio mientras lo retiraba de entre mis labios. El nivel del líquido bajó considerablemente. Apenas sí había permitido que un pequeño chorro de orina saliera de su polla. El tamaño de su glande había ocupado casi todo el espacio, lo que me había producido la ilusión de que se había evacuado entero dentro de mí.

—¿Hace falta que le ordene que cierre la boca y que trague? —me preguntó con un tono cruel y burlón que parecía que había reservado para mí y para esa ocasión.

Aguardé que siguiera hablando.

—Pues no. Hágalo si quiere, nada más. Siéntase libre.

No demostró sorpresa cuando mi elección fue la que él había sugerido. Después volví a abrir mis labios, que sentía latiendo.

Su sonora carcajada retumbó en el vestuario.

—Ya habrá tiempo para más otro día, ¿no? ¿Usted qué piensa?

—Sí, mi señor —le contesté con desilusión infinita.

Eusebio estudió mi rostro casi un minuto, el tiempo que resistí las lágrimas. Cuando se me escapó el primer sollozo me escupió la cara.

—Basura —me dijo siguiendo con la mirada el demorado rezumar de su saliva sobre mis mejillas. Yo me había puesto a sollozar de inmediato—. Ahora le toca paladear esto, se lo ha ganado mi blandengue.

Me acabó de orinar, despreocupado de si yo tragaba su néctar o no, antes de follarme la boca sin piedad.

Se corrió sobre mi campanilla después de cinco minutos de embates. Yo pude sentir mi propio semen derramándose sobre el suelo mientras el biberón inagotable de Eusebio rebalsaba su contenido por las comisuras de mi boca, completando mi bautismo.

Aún se tomó su tiempo para follarme una vez más aquel día, hasta que pude sufrir su definitivo hastío hacia mi persona, hacia el juguete que había roto abusando de él.

Por supuesto que me ha abandonado. Pero nunca lo ha hecho de mis sueños, los cuales asalta al menos una vez por semana desde hace años…

 

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