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Viaje a Punta Cana

19 de enero de 2010

Mi empresa me regaló un viaje a un resort de Punta Cana. Aquello era espectacular. Pero nada más llegar, una cola de negritos nos asaltaban queriendo vendernos de todo. Debieron vernos ya sin problemas económicos, pues superamos los cuarenta, y se empeñaron en llevarnos a una oficina para vendernos 20 semanas de vacaciones en cualquier lugar del mundo, a buen precio, con regalo de tres semanas si nos decidíamos aquel día. Quería pillarnos. Pero a mí no me gusta mucho la playa, pero a mi mujer sí.
Total, que yo procuraba irme pero veía que mi mujer estaba convencida. No sé si por la oferta o porque el negrito estaba como un tren. Conseguí zafarme, pero mi mujer dijo que volveríamos y vi que quedó hablando con él cuando yo ya me iba. En el camino, a la habitación mi mujer no paraba de repetirme lo interesante que era la oferta, y que le había dicho cuando se quedó sola con él que si me convencía me rebajaba 500 dólares y le haría un regalo extra.

Nada más comer, yo me dispuse a echar una siesta y ella dijo que se iba a la playa, que no había venido a dormir. A las dos horas me reuní con ella en la tumbona; la verdad es que está bastante bien, pero nunca la había visto con ese tanguita tan pequeño. Sigue con el mismo tema de la oferta de 20 semanas de vacaciones en cualquier parte del mundo por sólo 3.000 dólares. Y me sorprende: “Ha estado aquí el vendedor y me ha dicho que, además de la rebaja de 500 dólares, nos sube a 25 semanas, pero tenemos que decidirnos entre hoy y mañana”. La muy jodida le había dado su móvil. Y la sorpresa es que esta noche os invita a cenar langosta.

No me gustó aquello, pero accedí. Se puso vestida toda de blando, con una minifalda que cortaba la respiración. Me percaté pronto que quería provocar al negrito. Lo sacó a bailar, jugó con él a eso de pasar cada vez más por debajo del palo que iban descendiendo, hasta que cuando estaba bajo, yo, desde enfrente, me percato de que iba sin bragas. Al regresar a la habitación os podéis imaginar el polvo que echamos, con lo caliente que iba yo.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano. Le dije que iba a apuntarme a dar un paseo en catamarán, que nos veríamos al mediodía para ir a comer. Aunque estaba dormida, se levantó corriendo cuando salía y, en el pasillo en pelota, me dice “¿Qué le digo entonces si al chico de la oferta vacacional?”. Le respondí que hiciera lo que quisiera, siempre que lo pagara ella de su dinero.

No había pasado una hora cuando me llama al móvil y me dice que le exigen que conteste o cierran la oferta: 25 semanas en cualquier parte del mundo, 2.500 dólares y nos prolongan una semana más en el lugar que estábamos. Entonces le digo que me parece bien, que cuando tras comer vamos a la oficina a firmar.

Aunque yo ya estaba lejos, decidí darme la vuelta temiéndome que mi mujer fuera sola y la engañaran. Nuestra habitación estaba a pie de jardín, frente a un manglar. Una terracita con dos sillas y una mesa, los bañadores sobre ellas… veo los visillos al viento y decido entrar por ahí para no dar la vuelta a todo el bloque. Al acercarme, oigo hablar, reír. Entonces imagino que me equivoco, pues mi mujer está sola. Pero la ropa es nuestra. Quizás hable por teléfono. Me dispongo a entrar, cuando oigo voz de un hombre. Me espero, espío como puedo, siguen las risas, jadeos… es evidente que se lo están pasando pipa. Creo que estoy totalmente equivocado de bloque. Me doy la vuelta, le pregunto a un jardinero y me indica la entrada. En cuatro minutos estoy llamando a la puerta. En unos instantes me abre mi mujer, me dice que todavía estaba en la cama, durmiendo y soñando con negros, vacaciones, resorts… “Es que es una oferta tan buena que no la podemos despreciar. Porfa…”

Veo que está caliente, mimosa, me propone hacer el amor, me lleva a la cama. Cuando estamos a medio, me dice que ha tenido un sueño erótico, que ha soñado que el negro de la oficina, tras llamarla, había ido a la habitación y que el regalo era hacer el amor con ella todos los días de nuestra estancia. “¿No te gustaría cariño, ver cómo me folla ese negro impresionante?”. En ese momento no le contesto, pero me excita, me corro de fábula. Cuando ella está a punto de correrse, me suelta: “Fóllame, mi negro, fóllame”. También la corrida suya fue monumental.

Mientras se pinta, vuelve a la carga. “Cariño, a que te ha excitado lo del negro. Y tú qué harías mientras me folla el negro?”. Le contesto que quizás no me importaría verla follada por un negro, si tanto le apetece, y que yo mientras me haría una paja viéndolos. “Lo que a ti te gustaría es mamársela y que te follara también”, me suelta de golpe. Ella sabía, porque yo se lo conté una vez, que de joven me dejé dar por detrás un par de veces, pero de eso hacía muchos años y no guardaba buen recuerdo.

Al final firmamos la oferta. La verdad es que era buena. Pero no pude aceptar prórroga de una semana, porque no tenía días libres y mi empresa no me lo permitió. A cambio le dieron un regalo a mi mujer consistente en todo tipo de sesiones de masajes, relax, etc. en un centro que hay precisamente en medio del manglar frente a nuestro apartamento. Al día siguiente mi mujer se fue a su tumbona y yo a unas clases de buceo. Cuando estábamos comiendo, mi mujer me dice que nos habían dado un regalo secreto, pero que como yo no estaba, ella ha disfrutado ya de su parte. Con mucha parsimonia, poniéndome nervioso, empieza a contarme que no había ido a la playa, sino que se habían presentado en la habitación una negrita y un negrito a darnos un masaje. Ese era el regalo secreto. Como yo me había ido en taxi, pensó que era mejor dejarlo para otro día. La chica se fue, pero el chico se quedó para darle el masaje a ella. Bueno, lo de masaje era el principio, porque al final fue avanzando, subiendo las manos, el tono, hasta que ella, más caliente que una zorra, levantó el culo cuando estaba boca abajo y el masajista no tardó ni un minuto en apuntarle su enorme polla al coño y estuvo follándosela durante media hora. La corrida fue fabulosa, según me contó.

No pude acabar de comer. La cogí, salimos corriendo y, efectivamente, debía habérsela follado bien porque tenía el coño todavía enrojecido y abierto como si le hubieran metido un pepino holandés. Otra corrida fabulosa de mi parta a costa del negro. Ella no se corrió, porque me dice la muy zorra que ya se había corrido dos veces con el negro.

A la mañana siguiente me tocaba a mí el masaje. Me dice mi mujer que ha llamado para que venga la chica y que, como imagina, acabará follando conmigo. Para que no se corte, dice que se mete en el baño y se hace una paja, que hable fuerte para que se excite, y que no deje que la chica pase al baño, que se lave en el lavabo que hay fuera.

Al rato se presente un negrazo. Se le ve despistado, dice que le perdone, porque busca a una señora. Le pregunto por el nombre y es el de mi mujer. Parece que ha habido un error. Sale mi mujer y desvela finalmente que el regalo era un día uno chico y otro una chica, y que hoy toca chica. Pero que es igual. Me quedo atónito cuando ella cierra la puerta, con el negrazo dentro, y me dice que me tumbe desnudo sobre la cama, que empiece por mí. Me da el masaje, mientras mi mujer finge que va a lo suyo. El chico no sabe qué hacer, sube su manos hasta tocarme los testículos, pero yo no hago ningún signo de aprobación. Hasta que mi mujer dice que por qué no compartimos el masaje y se tumba boca arriba junto a mí. El negro me pide que me dé la vuelta boca arriba, y sigue el masaje. Al final le indica mi mujer con gestos que me masaje la polla, mientras ella se toca el clítoris. Me la pone dura, me da aceites y me la pone a cien. Entonces mi mujer le echa mano a la entrepierna y le salta una enorme polla morcillona.

El negrazo, atlético como los de las películas, adopta una postura difícil y empieza a mamarme la polla, mientras mi mujer le mama a él la punta, porque no le cabe mucho más. Cuando estoy a punto de correrme, me abandona y se centra en mi mujer. Le encaja la polla casi hasta el fondo, yo me pongo detrás de ellos y comienzo a hacerme una paja, todo nervioso, tiritando. Ella se corrió como loca y él seguía bombeando. Entonces mi mujer me pide que me ponga junto a ella que me va a hacer una mamada. Le doy la espalda al negro, que creo ha comenzado a vestirse, sin hablar una sola palabra. Pero al instante, empieza a restregarme su polla en el culo. Me vuelvo, nervioso, pero le dejo hacer. Al ver tan inmensa polla, me arrodillo delante de él y se la mamo hasta ponérsela como un hierro. Mi mujer me pide que me ponga a cuatro patas sobre la cama, ella tumbada para que le coma el coño. El negrazo me da aceites, me mete un dedo por el culo, o eso creo yo, pero poco a poco comienza a meterme su buena polla. Al mismo tiempo que bombea en mi culo me está haciendo una paja.

Ahí perdí la noción del tiempo. Lo cierto es que nos corrimos los tres como posesos. No quiero dar más detalles, pero me gustó; me corría su leche por las piernas, y me estuvo corriendo durante el resto del día. Mi mujer y yo no comentamos absolutamente nada de lo ocurrido en el resto de jornada. Pero nuestra miradas delataban que, por fin, sabíamos lo que nos gustaba cambiar de rutina.

Antes de acostarnos solemos hablar. Entonces ella va y me dice: “Y eso que no te fías de mí a la hora de negociar contratos. He conseguido 25 semanas por 2.000 dólares, una semana de spa y diez sesiones de masajes como el de esta mañana. Y lo mejor de todo, que cada día cambiamos de chico y chica. Por cierto ¿mañana pido chico o chica?”

Imagínense el hartazón de follar negritas que me di, las tijeras que hizo mi mujer con ellas y cómo traje el culo a España.

Autor: Caballoblanco

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Viaje a Punta Cana, 10.0 out of 10 based on 1 rating
  
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1 comentario »

  1. jota dice:

    Un relato muy bueno.Me impresiona como tú mujer es tan zorra pero si lo disfrutais los dos pues bien.Me gustaria conocer a una mujer de esas características,Un saludo.

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