Yuyito (1)

Mi amigo Andrés me ofreció irme a pasar dos meses a la casa de veraneo de su familia en el delta del Tigre. En ese momento hubiera preferido que vayamos toda la gente de clases junta a la playa, o las montañas, pero nadie quiso organizar nada o tenían mejores planes. Andrés quería pasar tiempo con sus padres: le iban a pagar una escuela de abogacía prestigiosa en Bélgica, a la que pudo entrar matándose estudiando. Bueno, estudiando y con alguna que otra ayudita que, por fidelidad a mi amigo, no puedo revelar. La cuestión es que me pidió que le acompañara, como un viaje de despedida nuestro también. Pero no se trata de Andrés esta historia, o sí. Ahora que lo pienso, quizá todo sea por Andrés.

Alfaro, el padre de Andrés, a diferencia de los tipos de su condición —y con «su condición» quiero decir: con montañas de plata— era un tipo amable, sincero y con buen humor; nos reíamos genuinamente de sus chistes y no como con los de los otros padres, los del mío por empezar, con los que apenas hacíamos una sonrisa falsa con mucho esfuerzo. Alfaro nos hacía reír en serio, hablaba de minas, de plata y de trabajo como ninguno de los otros hombres de su edad que conocíamos. Su mujer, la madre de mi amigo Andrés, Analía, «Yuyito» como le decían sus amigas más intimas por su mano para la jardinería, era aún más amorosa, más simpática y para mejor, tremendamente inteligente. Y no inteligente en un sentido que citara autores complicados o tratara de mostrar cuanto había leído. Analía me dio los mejores consejos que alguien me haya dado y la verdad, todavía no pude conocer una mujer con su capacidad para lidiar con los otros. Analía no discutía, ni se encerraba en argumentos complicados y prefería siempre evitar pelearse. Hablaba poco y con convicción, le importaba poquísimo lo que los demás pensaran de ella y a la vez trataba a todo el mundo con una amabilidad sin límites, aún a los más horrorosos. Todos nuestros amigos estaban locos con Analía, con sus tetas sobre todo. Por supuesto a Andy no le decíamos nada de esto, pero creo que se daba cuenta de todo lo que su mamá despertaba. Tenía cincuenta años pero se mantenía muy en forma, flaca pero no fibrosa ni con músculos, sino más bien grácil, jovial, siempre maquillada pero fresca, en su punto justo. Tenía el pelo rubio largo a la cintura, ojos verde-azulinos y su cara tenía rasgos angulosos, como con filo. No parecía más joven de lo que era, llevaba los 50 como si fuera la mejor edad de su vida, de plenitud de la mente y el cuerpo. A las 30 o los 40 no debe haber sido tan hermosa. En el verano se pavoneaba, usaba unos vestidos largos que mostraban lo consciente que era de sus atributos: no resaltaban su culo, pero siempre sus tetas salían afuera rebosantes, inmensas y caídas como dos melones maduros, dulcemente olorosos, buscando soltarse de la planta. Mi madre, que la adoraba, le pedía siempre que se acomodara un poco, que tuviera un poco más de prurito para vestirse para las salidas del colegio, sobre todo cuando nos pusimos más grandes y los chicos de otras divisiones, que no conocían a Andrés y no tenían los tapujos que podíamos tener nosotros, los amigos del hijo, le clavaban la mirada con lujuria y sorpresa, la misma que habrían puesto si la pornstar con la que se pajeaban se les materializara de pronto en el cuarto. Las cosas que he escuchado decir de Analía por esos pibes no conocen los límites del buen gusto y, a decir verdad, sólo se parecen, en su vulgaridad y desparpajo, a las fantasías más secretas que yo tenía con ella.

Analía era como una segunda madre para mí. Ya dije los muchos consejos que me dio durante el colegio secundario, ya sea sobre mujeres o algún problema de conducta fuera y dentro de la escuela. Analía, una madre liberal que se abría paso a base de confianza, sin insistencia, se dio cuenta antes que muchos cuando perdí la virginidad con Valeria. Tengo que decir que, aunque confieso haber fantaseado cosas cochinísimas con ella, jamás, hasta esas vacaciones tremendas, se me ocurrió que entre ella y yo podría siquiera haber un acercamiento. Era un imposible para mí, Analía. En esa época me gustaba pensar que por eso me volvía tan loco, porque era inalcanzable y fantasear con ella me quedaba cómodo: no tenía que pasar a la acción.

A la casa del delta no hay otra forma de llegar que no sea en la lancha colectiva, que sale, todavía hoy, cada media hora del puerto. Andrés estaba insoportable. Se quejaba de no haber traído sus revistas y de que las pelis que tenían en la casa ya las había visto todas. Sin embargo, había una razón bien especifica por la que estábamos yendo a veranear al delta. En la casa de al lado de las de los viejos de Andy paraba Mariana con unas amigas, la morocha que le enloquecía la cabeza a mi amigo. Cada vez que me hartaba de Andy poniéndose quejica, le recordaba por qué estábamos ahí, sobre todo para que no le hinchara las bolas a Analía.
—Ah, así que al final vos la querés cagar a Valeria.
—Callate, boludo. Igual, ¿qué importa? si se va a estudiar al Balseiro.
Mi novia Valeria se iba estudiar física astronómica un instituto muy famoso en las montañas, a 1500km de nuestras casas. Por eso también estaba ahí: no quería quedarme a que lloráramos juntos una relación terminada.

Analía, que lo sabía casi todo, le pidió a Andrés que la cortara. Se acercó hacía mí y me acarició el cachete con la palma abierta, como queriendo contener toda mi angustia en su mano. Simulando una congoja pasajera me dijo:
–Olvidate, Rodri, vas a estar con mil minas mejores.

Por primera vez pensé en Analía de otra forma, ya sin fantasías. Todo seguía igual excepto que, ese día en el puerto mientras esperábamos la lancha, me había tocado diferente, como si de pronto me hubiera considerado un hombre.

Alfaro, el padre de Andrés, iba y venía a la isla los fines de semana, porque tenía que seguir trabajando. Analía había suspendido su consultorio psicológico y se tomó los dos meses enteros, apropiándose de la casa de verano como si viviera ahí todo el año. Su rutina a veces me exasperaba, se me fue haciendo intolerable verla salir de la pileta con sus mallas enteras y las tetas revoloteando mientras se empujaba hacia arriba en el borde. Cuando la tenía cerca o yo mismo salía del agua, me gustaba ver un detalle en particular: cuando se estrujaba el pelo rubio con las dos manos para secarlo, algunas gotas de agua chorreaban por su escote y se detenían justo antes de caer hacia los pezones, la parte que el traje de baño me negaba. Muchas veces tuve que ir a meterme adentro o tirarme al agua para disimular mis erecciones. Nunca antes me había pasado de erectarme en su presencia, aunque desde púber me venía calentando. Algo nuevo me pasaba con ella, ese verano me estaba acorralando.

La mayoría de las noches cruzábamos a la casa de los padres de Mariana, donde ella paraba con sus amigas. Andy estaba empacado, no podía avanzar y ella, un poco reticente y otro poco juguetona, casi disfrutaba de ese tire y afloje. Yo me la pasaba bebiendo, sobre todo porque todas esas chicas me aburrían bastante y otro poco porque, en silencio, maduraba la posibilidad trágica de hacer algo con Analía. Una mina tan liberal debía tener una vida sexual desatada, que excediera a su marido. ¿Por qué se mantenía tan bien acaso, si no era para despertar en todos una libido infernal? No podía de ninguna manera faltarle el respeto, no quería tampoco, pero cada vez tenía más ganas de tentar al destino. Quizás, pensé, si me pongo a pajearme en lugares donde me pueda enganchar accidentalmente. Creía conocerla, al ver su cara sabría si ella también buscaba algo o si mi delirio estaba como para frenarlo.

Empecé a quedarme de noche en la casa a leer novelas mientras Andy iba a lo de Mariana, algunas las había llevado yo desde mi casa y otras las tomaba prestadas de la biblioteca, chica pero bien nutrida, de la casa de veraneo. Algunas noches Analía se quedaba charlando en la mesa de la cocina conmigo mientras yo terminaba de leer con un café. Se paseaba en camisón, sin tapujos, toda escotada al limite de que una teta se escapara. Aunque siempre se había paseado medio en bolas entre nosotros, ahora había algo diferente, una forma de reírse más esforzada, una forma de arquear el cuerpo para pasarme la azucarera, algo que no podía inteligir en ese momento y me ponía a mil. Me iba a la cama al palo, jadeante. Empecé a dejar la puerta abierta del baño mientras me duchaba y al escuchar sus pasos por el pasillo, que la obligaba a pasar por el baño, me la sacudía violentamente. Estaba siempre erecto, de sólo pensarla se me ponía dura como una piedra. A las dos semanas de esta dinámica, una tarde cualquiera, sentí que se detuvo un instante a mirar, aunque de inmediato la sentí chasquear la lengua y seguir su camino. Pasó varias veces en esa semana: se detenía un segundo como máximo, pero yo sentía sus ojos sobre mi poronga, sabía que miraba el ir y venir de mi prepucio ardiendo. No podía ser casualidad, ella también estaba emanando algo.

Una noche en que Alfaro seguía en la ciudad y Andrés no había dormido en todo el día, y acababa de irse a acostar después de seguir de largo toda la noche anterior, me la encontré en la cocina lavando los platos. Estaba descalza y balanceaba su peso de una pierna a la otra mientras fregaba. Tenía puesta una minifalda de lycra cómoda como para irse a dormir y una musculosa blanca de un algodón muy fino. Quise cogerla ahí mismo.
–¿No te molesta si no te cocino hoy? Andy está desmayado en su cama y mañana quiero recibir a Alfaro temprano. ¿Te hacés algo vos? yo no tengo hambre.
Prefería que se vaya, la verdad. No toleraba tenerla enfrente así.

–Claro, yo me cocino –le dije, mientras seguía trajinando y se secaba las manos en el algodón blanco de la musculosa, que se iba transparentando. No aguantaba más. Quería cascarme ahí mismo de ser posible. Empecé a gestionarme una cena fácil, un sándwich, pero descubrí que no quedaba mayonesa en la heladera.
–¿No hay más mayonesa, Analía?
–Si no hay más en la heladera, acá arriba tenés.

Señaló una alacena alta encima de su cabeza. Para sacarla, como ella no insinuó siquiera moverse, tuve que pasar por encima de ella, con mi pija completamente erecta y apoyársela de lleno en el culo para hacer pie y poder sacar el tarro de mayonesa que estaba en el fondo. Tenía que hacerlo y ya, cuanto más rápido, menos vergonzoso sería. Pero no encontraba el tarro, a cada embestida mía en puntas de pie sentía un pequeño saltito de ella, como acompañando cada empuje mío, hasta que encontré el tarro. Me quedé mirando su sonrisa que se reflejaba en el vidrio de la ventana, con la pija todavía metida entre la raja de sus nalgas.
Mirándome a los ojos me preguntó:
–¿Sentiste algo que te gustó?
Apoyé el tarro de mayonesa sobre la mesada y le besé el hombro, tibiamente, torpe; y ella llevó su mano abierta, otra vez esa palma fatídica, a mi cachete, mientras se soplaba el flequillo rubio que le caía en la frente.
–Ay, pendejo. Si yo pudiera.
Quieto todavía, le besé el cuello una vez. Después otra. Después saque la lengua y succioné. Como en el fondo sabía que de un momento a otro me iba a dar vuelta la cara de un tortazo, sentí que perdido por perdido, mejor era hacer. Inclinó el cuello y después empezó algo mágico, algo que abrió una puerta impensada. Empezó, mientras gemía con los labios cerrados, a frotar su culo contra mi erección. Despacio, controlada pero con desparpajo. Se dio vuelta y me besó en la boca. Ella a mí. Hurgó con la lengua buscando la mía, tensó el cuerpo y llevó una mano a mi pantalón. No le costó nada sacarla y masturbarme mientras me seguía besando, parecía haberlo estado haciendo toda la vida. Atiné a levantarle las piernas y sentarla en la mesada, pero no mucho más. Hacerlo fue como despertarla de un sueño, porque en vez de rodearme con sus piernas, como había fantaseado, quiso empujarme y soltó de repente mi pija. Cuando se soltó de nuestro beso, me miró espantada. Creo que la horrorizó el reflejo de su propia expresión en mis ojos. Me distanció con un brazo sin que yo opusiera resistencia y se bajó de la mesada.

–No está bien esto –dijo. Y se fue escaleras arriba sin mirarme siquiera.

En cualquier otra circunstancia, Analía se habría sentado conmigo a charlar, a preguntarme sobre lo que había hecho y me habría dado un buen consejo, uno de esos que te hacen recapacitar. Pero esto era distinto. Los dos habíamos pasado la raya, la charla nos correspondía por igual a ambos, y quizás, lo mejor era no hablar de esto nunca más. Lo único que correspondía era irme. Supuse que al otro día, con todo más calmo, Analía me lo iba a pedir, serena e inteligente, haciendo lo imposible para no hacerme sentir incómodo. No cené, pero tampoco me atrevía a subir al cuarto que me habían asignado. Mi erección no cedía. Estaba a mil. Pasado un tiempo prudente me metí en el baño a darme una ducha, pero ni con agua helada hubo forma de calmarme. Tuve que cascarme para liberar un poco de toda la calentura contenida. Fue una paja descontrolada que me nubló la vista, no veía más que imágenes fantaseadas de Analía recibiendo mi pene erecto sobre la mesada de la cocina de su casa de veraneo, jadeando, explosiva, las circunferencia entera de su pezón adentro de mi boca. Después de acabar y volver en sí, me encontré con Analía en medio del baño. Había visto todo a través de la mampara.
—Limpiate y salí que tenemos que hablar.

Quería que me tragara la tierra. Sólo tenía a mano un bóxer limpio y una remera, así que no tuve más remedio que secarme y salir con esas dos prendas del baño. Analía me esperaba en el living, apoyada contra la pared de la escalera. Estaba vestida igual, con algo de ojeras y el detalle del rímel, muy sutil, un poco corrido.

—Vení. —me acerqué a ella todo lo que parecía prudente acercarse— Esto se está descontrolando.
—Analía, no sé qué me agarró, no sé cómo pedirte disculpas.
—Te iba a echar de casa, estoy hecha una furia. Pero te vi pajearte y no puedo. Toda esa leche que acabás de largar me habría encantado que me la tiraras en las tetas —Se las agarró, las levantó un poco y sonrió corriendo la cara, como arrepentida de un mal chiste—. No puedo creer que te esté diciendo esto justo a vos, pero no quiero ser hipócrita.

La puse contra la pared y besé toda su cara, con desorden, como podía. Al principio me corría la boca, riendo como resistiéndose, susurrando que no, aunque su cuerpo se enredaba con el mío cada vez más. Al rato como con un suspiro, se entregó entera y me partió la boca, sacando la lengua lujuriosa, buscándome también. Cuando levanté una de sus piernas noté que no tenía bombacha puesta. Me bajé el bóxer y apunté a su cueva.
—Pará, pará. ¿A pelo? ¿Estás loco?

Todo esto mientras le besaba el cuello y acomodaba mi pija en la entrada de su concha. De un golpe la metí todo lo profundo que pude, sin demasiado esfuerzo porque todo estaba tremendamente preparado para mí ahí abajo, su humedad rezumaba. Sus primeros gemidos sonaron descontrolados, y aunque no le dije nada, porque no me importaba, pensé en lo que podía pasar si Andy llegaba a despertarse. Me calentó aún más, morbosamente. Empecé a penetrarla hondo, todo lo hondo y fuerte que pude. Se abrazó a mí con fuerza, casi colgada de mi pija, apenas sosteniéndose con las punta del pie de la pierna libre y soltó gritos acallados mientras me mordía el hombro. Estábamos totalmente entregados, las embestidas iban y venían, ella aferrada a mí como de un mástil en un naufragio y yo completamente enceguecido, bombeando sin parar. Duré poco y me sorprendió, acabé litros adentro de ella aunque venía de pajearme hacía tres minutos. Me derrumbé en el piso y la sostuve como pude, arrodillado, mi verga todavía adentro de ella. Nos quedamos quietos. Me besó con lengua, guarra y se me quedó mirando.
—Y yo que te iba a decir que lo planeáramos, que lo hablaras en terapia y si seguías queriendo, que nos escapáramos un día que Andy ya esté de viaje. Nunca más hago esto así.
Sonreí y no dije más nada, mi pija fue cediendo pero todavía no nos movimos, ella abrazada a mí, que estaba arrodillado como en estado catatónico. Estuvimos ahí cinco minutos, mirándonos pero mirando de reojo las escaleras que apuntaban hacia arriba, donde dormía Andy sin saber que acaba de cogerme a su mamá. El morbo de estar cogiéndome a la madre de mi amigo, a una buena amiga de mi propia mamá, lejos de afectarme, me puso a mil de nuevo. Me tiré en el piso atrayéndola hacia mí. Tenía la pollera subida, por encima del culo, pero todo lo demás de su ropa seguía impoluto. Notó mi erección flamante buscar su raja de nuevo.

—¿Otra vez al palo? ¿Ya? Ay, dios mío.

Estaba prendado, quería cogérmela de vuelta, ahí, sin traslados a un cuarto más cómodo, sin dilaciones, de nuevo ahí, ella cabalgándome hasta que se me caiga la pija. Apunté a su raja con convicción, sin dudar.
—No Rodrigo, basta, así de nuevo no podemos. —Susurró.
Pero era demasiado tarde para frenarme, ya había sentido que ella seguía empapada y entrar no costó, fue como enfundar una espada japonesa hecha a medida. De un solo golpe la guardé entera. Echó la cabeza hacia atrás y se mordió un dedo para no gritar. No tuve que hacer más nada. Empezó unos movimientos de caderas sincopados que ninguna chica me había hecho. Me estaba cogiendo a una reina, recién ahora me enteraba. Por eso todo parecía tan fácil: ella lo hacia posible. Me cabalgó con dulzura primero y después con tesón, firme, con un tempo envidiable. Me miraba como prometiéndome años de esto, ensalzada en un vaivén que la enloquecía. Pareció sorprenderse de lo que aguantaba, aunque era medio lógico después de haber acabado dos veces en tan poco tiempo. Siguió cabalgándome como buscando con mi pija un punto en ella misma, como restregando sus entrañas hasta el lugar indicado. Soltó un quejido que no sé si no pudo o no quiso contener, pero me sobresaltó. Se llevó rápido la mano a la boca, asustada, para no tener más accidentes. A la vez, reía complacida, desatada, como si yo también fuera una fantasía pendiente de ella. Era mi primera vez en un living, en esa casa, con una mina treinta años mayor que yo, con su hijo durmiendo apenas unos metros arriba nuestro y sin embargo todo parecía natural, como si así tuvieran que ser las cosas de ahora en más. Mi quietud se sostuvo poco, no aguanté más, tironeé de su musculosa y liberé una teta que me comí entera, a lengüetazos, mordiéndole el pezón entero. Empecé a mover mi pelvis enloquecido. Quería, de verdad, desfondarla. Noté que temblaba. Me agarró de la nuca y mirándome a los ojos acabó enloquecida, mordiéndose los labios, gritando en silencio con los ojos prendidos fuego; pero siguió cabalgando, exigiéndome más. Me moví más rápido, por ella y por mí, que quería irme acompasado a esa electricidad que la atravesaba. Bombeamos un tiempo más, frenéticos, sentí que el cuerpo me ardía, moría de cansancio pero quería terminar e irme con ella acompasado. Cuando por fin me subió la leche, sentí que se quedaba quieta adentro mío, como esperando algo, un instante de silencio recorrió la casa, parecía que ni corría el aire. Y de repente, tembló de nuevo, alocada, y después de cuatro o cinco sacudidas eléctricas, apretando su teta izquierda contra sí, como con ganas de destruirla, se derrumbó encima mío.

—Sos increíble, Analía. –le dije susurrando.

Lo dije como al aire, a nadie y al mundo entero al mismo tiempo. Se incorporó un poco y me miró seria, pero sólo como ella miraba cuando largaba una de sus ocurrencias.

—No me gusta que me digas Analía. Después de la cogida que me acabas de pegar, va a ser mejor que me digas Yuyito.

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