A los pies de mi esposa

Cuando mi actual mujer aceptó casarse conmigo, estaba seguro que sería capaz de hacerla feliz por el resto de mi vida. Yo estaba perdidamente enamorado de ella y, por consiguiente, haría todo lo posible para satisfacer cada uno de sus deseos, anhelos y caprichos. Creía firmemente que el amor incontenible que sentía y siento por ella podría romper con cualquier barrera que nos pusiera la vida.
Eso era lo que pensaba cuando aún no habíamos tenido la que para ella fue una muy decepcionante noche de bodas. Ambos veníamos de familias ultra católicas y tremendamente conservadoras, por lo que los dos habíamos decidido llegar vírgenes al matrimonio. Aunque eso significara que nuestra única actividad hasta la noche de bodas, durante dos años noviazgo, fuera darnos besos con lengua, abrazos, y uno que otro toqueteo en el trasero, pero siempre sobre la ropa.

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