Berserker

Prólogo

Nunca es buena idea dejar a los dioses con ganas de algo. Eventualmente, lo concretarán, sea como sea. No necesariamente van a preguntarte si estás de acuerdo…más bien dependerá de su estado de humor. Conocerán tu rutina diaria, tus sentimientos y secretos más profundos mejor que tú mismo, y te ayudarán o te utilizarán, según sea el caso.
Eirik y Saera habían tenido contacto con dioses y espíritus de variadas culturas, desde los nórdicos hasta los egipcios, los celtas y rusos. De entre las culturas no nórdicas, el que más se acercaba solía ser Cuchulainn, pero siempre por la misma razón… Tenía “la idea fija”, como solía decir Saera.


Cuchulainn, en tiempos antiguos, había sido un famoso guerrero celta, conocido por ser del tipo “berseker”, temibles en combate porque se parecían más a bestias que a hombres; perdían todo escrúpulo y sentimiento de piedad, siendo además inmunes a las armas, el fuego y el miedo.
Una vez fallecido, se quedó entre los númenes por un tiempo, pero conservando la forma que en vida se le diera: cabellos rojos algo ensortijados, pecho amplio y fuerte, algo de vello corporal, y un tamaño bastante más grande de lo normal en cuanto a todo lo físico se refiere.
A diferencia de otros seres, a él parecía gustarle mucho la idea de acercarse a la muchacha cuando ésta se encontraba inmóvil, ya sea por paralizada o dormida, llegando una vez incluso, a despertar ésta con los brazos sobre su cabeza, inmovilizados, luego de un extraño sueño en que gemía y se quejaba, retorciéndose, ante la sensación de que algo la tomaba por el pelo, la acariciaba, la penetraba…todo esto envuelto por la neblina del sueño. Nunca supo ella si esto había sido un sueño o una realidad, pero Eirik había escuchado también sus pequeños quejidos en medio de la noche…

La pareja había estado pasando por días muy complicados, acechados por un espíritu maligno que los confundía, engañaba y atacaba con frecuencia. Era por esto que habían decidido ignorar su influencia todo lo posible. Como tal ser solía tomar muchos disfraces, comenzaron a ignorar todo a su alrededor, en la creencia de que podía ser aquel individuo disfrazado, como tantas otras veces; sin embargo, no sabían que habían muchos otros seres observándolos.

 

Cap. I: Ojos que acechan

Saera, como siempre, tenía una rutina diaria. No la cambiaba en absoluto a menos que estuviese muy cansada o tuviera algo más importante para hacer. Pero aquél día….aquél día se sentía diferente. Se sintió diferente por más de un día… se sentía observada, observada por algo que la miraba como acechando, como si estuviera esperando el momento para acercarse. Era por esto que se movía nerviosa, siempre con la sensación de que había unos ojos que ella no podía ver, pero podía sentir su mirada clavada en su cuello, en su pelo, en su pecho, en sus piernas.
Suponiendo que era aquella entidad maligna, se resolvió a no prestarle atención; por más que su ojo astral veía a un hombre pelirrojo, extremadamente corpulento, con el cuerpo algo velludo y una vestimenta verdosa, parado frente a ella, a cierta distancia. Parecía seguirla a todas partes, sobre todo en su casa, mirándola sin perder detalle. Ella pensó que estaría alucinando, como siempre pensaba. Un día completo observándola? Imposible…para qué, además? Quién era? No lo sabía. No le interesaba. No lo sabía? Sí lo sabía….pero no podía ser. Cuchulainn… Llevaba meses sin aparecer…y además, por qué tanto interés de súbito? Ella sabía que había una razón para ello, aunque trató de ignorarla. Sabía que lo que desató el interés de aquel hombre era una idea, una idea que había plantado Freyja en la cabeza de su esposo Eirik… o más bien, dos ideas. Primero, el descubrimiento de él de que, sin saber por qué, le gustaba la idea de ver a su esposa tomada por otro hombre, o varios hombres; y luego, la idea de que Eirik se hiciera pasar por un asaltante y entrara a la casa, disfrazado, para apoderarse de la muchacha. Eirik no lo sabía, pero ésta fantasía, que a él le asustó, al otro ser le pareció extremadamente seductora. Ya que su esposo no lo haría, si alguien debía jugar al asaltante, ahora sería él.

Cap. II: Insomnio

Esa noche, viendo su serie favorita juntos, Saera no podía concentrarse. Sentía aquellos ojos clavados en ella, sin perder detalle. Por momentos, la concentración de energía hacía que ella cayera dormida, como solía pasar en estos casos. Fingiendo ignorancia, respondía a su esposo con evasivas cuando éste le preguntaba qué sucedía.
Apagaron la computadora, y fueron a descansar. Eirik se encontraba algo cansado, pero siempre hablaban o jugaban (literalmente) antes de irse a dormir; de manos, pero jugaban.
Luego de apagar la luz, Saera empezó a sentir choques de energía y pinchazos en las piernas. Se sacudía violentamente, sintiendo que algo la forzaba a abrir las piernas. Se retorcía, se sacudía, se quejaba. Eirik, viendo la situación, trató de intervenir, poniendo sus propias piernas entre las de ella, un truco que solía funcionar. Pero algo raro pasaba… él no tenía ni la misma fuerza, ni la misma decisión que otras veces. Se sentía cansado, muy cansado…su voluntad se apagaba, se adormilaba. Y súbitamente, se quedó dormido. Cosa rara, a él le tomaba siempre algo de tiempo dormirse…pero en este caso, algo lo forzó al sueño.
Ella, que había sido dejada en paz unos momentos, mientras él se quedaba dormido, volvió a sentir ese ímpetu energético que la llevaba a convulsionarse. Se dio cuenta que no la dejarían dormir en paz, a menos que dejara a aquel ser hacer lo que quería hacer.
“Está bien”, pensó. “Haz lo que quieras, quítate las ganas de una vez y déjame dormir”. Se separó un poco de su esposo, que dormía profundamente ya, y trató de relajarse.
Qué mala idea fue aquella. Ella estaba acostumbrada a que los dioses, por regla general, cuando sentían deseos de acercarse a ella, los satisfacían rápidamente, quedándose sólo unos pocos e intensos segundos y retirándose. Aún así, muchos dejaban secuelas, como Thor, que le hacía sentir como si una corriente de alto voltaje pasara a través de su cuerpo, generando luego mucho calor, como fiebre, y dolor en su vientre.
Pero esto….esto no iba a tener comparación.

Cap. III: Una bestia y un conejo

Apenas se separó de su esposo y relajó un poco su cuerpo, vio con su ojo astral a aquel hombre pelirrojo frente a ella. Era enorme. Verdaderamente gigantesco, asustaba mucho su presencia, sobre todo porque tenía la mirada encendida en llamas, y miraba a la muchacha con un deseo arrollador.
Apenas escuchó la mente de ella pronunciar las palabras “está bien, pero déjame dormir”, sonrió con una media sonrisa, prometiendo que la soltaría… luego.
– Esta noche serás mía, toda mía – le dijo mirándola a los ojos, tomando con fuerza su rostro con una de sus manos.

Ella creía que sería rápido… pero él tenía otros planes.
Apenas le oyó pronunciar estas palabras, cuando ella sintió una poderosa y gigantesca mano tomar sus brazos, y forzarlos a quedarse, cruzados, encima de su cabeza. No podía moverlos, estaban sujetos con tal fuerza a la almohada que parecían pegados con cemento.
Automáticamente, otra mano simiesca apartó sus piernas, flexionadas pero extremadamente abiertas, incómodamente, contra los lados de la cama. No podía mover un músculo. A duras penas podía respirar…era tal la fuerza que la apretaba contra la cama, que sentía que la asfixiaba.
Nunca había sentido algo como aquello. Quiso soltarse, sabía (más bien creía) que si ella no prestaba atención, si su mente se desconectaba, entonces aquello no ocurriría, no sentiría nada. Lo intentó. Intentó separar su mente de la situación, darse la vuelta y volver a dormir. Era imposible… No podía moverse, no podía articular palabra.
Intentaba evadir su mente, y creyó que lo había logrado, cuando sintió que algo gigantesco entraba dentro de ella, empujando con firmeza, y abriéndose paso a pesar de que no había espacio para algo como aquello. Trató de moverse, era demasiado grande, dolía…trató de resistirse, pero aquello que estaba atravesándola parecía no necesitar de ninguna conexión mental bilateral. Era tan grande como el brazo de un hombre promedio…sentía que la partiría a la mitad.
Trató de gritar. No pudo, algo bloqueaba sus cuerdas vocales. Sólo podía respirar agitadamente, y apenas suspirar. Se sentía completamente indefensa y sobrepasada ante aquella masa gigante que entraba y salía de ella, aunque con cierta dificultad. Se movía al principio lentamente, como si no pudiera moverse más rápido debido a lo ajustado que se encontraba su cuerpo. Todos sus músculos estaban tensos, pero no podía soltarse, no importaba cuánta fuerza hiciera. Tampoco se dormía; era extraño, pero no podía evadirse ni siquiera entrando en trance. Sentía unos poderosos brazos que la aferraban contra la cama, inmovilizándola, y una cadera gigantesca entre las suyas, que separaba sus piernas hasta el máximo de su capacidad. Era pesadísimo, extraordinariamente fuerte, y le importaba un bledo que ella suplicara en su mente, que deseara gritar, que deseara escapar.
Empezó a escuchar la voz de aquel hombre. Sentía sus manos acariciándola y su enorme cuerpo presionándola contra la cama, mientras escuchaba su voz grave pronunciar un “arghhh” semi suspirado al ritmo de cada embestida. Se movía lento, porque a él mismo le resultaba tremendamente estrecha aquella cavidad…sólo entraba hasta la mitad, y aquello pronto le desesperó. La soltó, para probar algo diferente que le permitiera entrar hasta el fondo de aquél, que comparado con el suyo, era un cuerpecito diminuto.
En el momento que la soltó, ella intentó moverse y patalear. Esto no era lo que ella había pensado…no la soltaba, duraba demasiado tiempo, y ella ya sentía que nunca acabaría. Intentó luchar, intentó despertar a su esposo para que le quitara de encima a ese gorila gigantesco.
Lo único que logró fue una bofetada. Cuchulainn la tomó del cuello con fiereza, asfixiándola, y poniéndose detrás de ella, la penetró de un solo empujón en otra cavidad…aún más pequeña que la primera, pero más profunda.
Era gigantesco. Gigantesco. Ella abrió los ojos enormes, ahora con la boca tapada. Sentía como algo la atravesaba de sur a norte, llegando hasta la zona de sus pulmones. Sentía que se desmayaría, que su cuerpo no podría soportarlo. Empezó a suplicar mentalmente que por favor la soltara, pero lo único que lograba eran nalgadas, bofetadas y que aquel hombre acelerara su ritmo. Sentía que la tomaba por las caderas con fuerza, luego por la cintura, aprisionando su cuerpo. Su otra mano ora le tapaba la boca, ora la agarraba por el cuello, por los hombros, por los brazos, por las piernas. Y lo oía… Lo oía respirar de forma sonora y profunda, gruñendo de vez en cuando. Lo oía decir que sería suya toda la noche, que iba a hacer con ella lo que quisiera, que ahora le pertenecía, al menos por esta noche. Ella empezó a sentir lágrimas asomarse a sus ojos. Suplicó que la soltara, pero él no tenía la más mínima intención de hacerlo.
Se aceleró. Aquellas lagrimillas ni lo apiadaban, ni lo excitaban… simplemente no le importaban. Aquél cuerpo diminuto, de pechos muy grandes para su tamaño, pielecita suave, ojos enormes y labios rosados, estaba siendo un extraordinario deleite, y no pensaba soltarlo hasta saciarse de él. Hacía mucho tiempo que no poseía un cuerpecito tan apetitoso… las mujeres de su tierra eran más altas, más robustas y su rostro pecoso, casi todas pelirrojas o rubias. Pero a él le volvía loco el cabello negro enmarcando una piel blanca y de mejillas rosadas, con unos ojos enormes y brillantes… sumado a un cuerpo bajito y pequeño, pero de curvas en extremo pronunciadas. Era delicioso sentirse apretado por aquél interior tan pequeño, y acariciar esa piel suave. Realmente, era como si no escuchara las súplicas y quejidos que salían de esos labios; estaba demasiado extasiado como para hacer caso de ellos.

Se aceleró más, sintiendo aquél pequeño cuerpo intentar sacudirse, y él penetrándolo hasta lo más profundo de lo que era capaz. Y entonces, con un grito grave, una cantidad enorme de un líquido espeso y cálido llenó el interior de la muchacha, que con estupor y terror se sintió invadida hasta los pulmones por aquella sustancia viscosa, que sentía salir a borbotones.

Cap. IV: La noche es demasiado joven aún

Con alivio, ella pensó que él estaría satisfecho. Pensó que ahora que se había descargado en su interior, la soltaría.
Pero no.
Tampoco sabía que no era el único; escuchó aquella voz lúgubre llamando a alguien más. O tal vez, ese alguien más pidiendo invitación. No entendió. Lo único que supo fue que, aún teniendo a sus espaldas un ocupante, pronto sintió a otro demandar entrada en sus labios.

Sin poder moverse aún, se sentía invadida por dos seres, que la disfrutaban a su antojo, inmunes a sus súplicas. Sentía su boca llena de algo duro, parecido a lo que tenía empalándola, pero no tan grande…por suerte. De haber sido igual de grande, la hubiera matado, pensaba ella. Su dueño, de largos cabellos y barba y bigotes rubios, entraba y salía con urgencia de su boca, tomándola por el pelo, mientras el otro la embestía a sus espaldas.
Ella no podía entender cómo era que su esposo no despertaba. Parecía que lo hubieran drogado. Y entonces entendió, que él no se había dormido por cuenta propia…lo habían dormido ellos.
No podía resistirse siquiera, de la fuerza con que la estaban sujetando. No podía cerrar la boca, no podía gritar. Sintió que Freyr, el rubio que la estaba tomando por el cabello, explotaba en su boca. Era tanta cantidad, que lo sintió chocar contra las paredes de su boca y resbalar hacia su estómago. Se ahogaba, tosía. Y entonces, la soltó, y lo sintió cambiar de lugar. Por un momento no supo hacia dónde iba…y entonces lo sintió entrar dentro de ella, tomándola entre ambos hombres uno de frente, y el otro a sus espaldas.
Los dos la penetraban sin miramientos, pero Freyr parecía hacerlo con menos violencia que el otro. Ambos parecían extasiados de estar tomándola al mismo tiempo. Lo hacían cada vez más rápido y gruñendo cosas que ella no comprendía, hasta que explotaron dentro de ella nuevamente, a chorros.
Ella suplicó que la dejaran, con lágrimas asomando a sus ojos. Por un momento, la soltaron, para que recuperara fuerzas…o al menos eso le dijeron a ella.
Logró girarse a un costado, con un dolor muy fuerte en sus piernas, que habían estado abiertas a su máximo durante cosa de media hora, y quedóse dormida, exhausta. Sentía arder todo en su interior, y su cuerpo le dolía hasta el último músculo.
A los pocos minutos, despertó, sintiéndose llena otra vez. No podía entender cómo era posible, pero otra vez estaban allí, llenándola una y otra vez, acariciando sus piernas y sus pechos, hasta que su mente y su cuerpo no soportaron más, y cayó desvanecida.
Ella no lo supo, pero ambos terminaron en su boca, por turnos, tomándola del pelo y obligándola a abrir sus labios para llegar hasta su garganta y vaciarse dentro de ella.

 

Epílogo

Al día siguiente, ella a duras penas pudo levantarse a trabajar. Su mente, que siempre creyó haber estado alucinando cuando de visitas de dioses se trataba, ahora tenía sus serias dudas. Sentía su cuerpo agotado, sus piernas adoloridas y su interior aún arder. Necesitó tomar un taxi para volver a su casa, de lo rendida que se encontraba.

Ese día, un fortísimo viento se hizo presente, destrozando parte de la escuela donde ella trabajaba. Sería su padre, Thor, persiguiendo a Cuchulainn? Posiblemente.
El celta parecía haber tenido bastante por un tiempo; y las consecuencias que tuvo que soportar fueron duras. Sin embargo, él seguía considerando que había valido la pena, sonriéndose a sí mismo al recordarse dueño de aquel cuerpecito terrestre.
Todos creyeron que allí había terminado la cosa. Pero lo que no sabían, era que Cuchulainn sólo estaba esperando que las cosas se calmaran, para presentarse otra vez… Y Freyr también.

Fin

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