Celebraciones familiares 3: El cumpleaños

Puedes leer la anterior parte de este relato: Celebraciones familiares 2

Resumen: A sus 45 años, cuando en medio de una discusión su hija le dice que es una amargada que no disfruta de la vida, María Luisa se da cuenta de que no puede seguir perdiendo el tiempo.

Hay un refrán que dice “Cría fama y échate a dormir” y este refrán se puede aplicar a otros tipos de éxito y reconocimiento, como el sexual. Si además se te da bien arreglar cosas, las mujeres no te dejarán en paz.

Me llamo Roberto y llevaba más de diez años felizmente casado con Teresa la primera vez que le fui infiel, sorprendentemente por culpa de su modosa, educada, y cohibida prima Piedad. Confieso que el primer sorprendido fui yo mismo, Piedad era y es catequista en la parroquia además de tocar la guitarra en el coro del pueblo. Quién me iba a decir a mí que desinhibida por unos Gin-Tonics en la boda de su hermano Sebastián la mosquita muerta me provocaría como una auténtica calientapollas. Al parecer mi mujer tuvo algo de culpa ya que le había contado que me lo monto bien en la cama. Así, la recatada prima que era buena pero no tonta, no paró hasta conseguir “hincarle el diente” a mi polla.

La excitación había hecho que me dejara llevar por la prima de mi mujer a un rincón de la discoteca para meterle la lengua en la boca, bueno la lengua primero y la polla después. Por suerte o por desgracia el azar quiso que dos muchachas nos descubrieran. Una de aquellas muchachas era Carla, su sobrina. De pronto mi mirada se cruzó con la de muchacha, y lejos de avergonzarme la miré con satisfacción. Satisfacción de tener a su estricta y disciplinada tía Piedad comiéndome la polla. Ante los ojos atónitos de la muchacha sujeté con ambas manos la cabeza de su tía y le dejé claro a ambas mi carácter dominante. Aquella fue la primera vez que intuí lo que iría concretándose con el paso de los meses. Aquella noche de bodas empecé a convertirme en el hombre de las Blázquez.

 

Teresa – Roberto

Rodrigo – María Luisa = Carla  //  Piedad – Paco  //  Sebastián – Montse

 

Tiempo después, en un gélido mes de febrero toda la familia se congregó para celebrar la mayoría de edad de joven Carla. Como soy el manitas de la familia, mientras yo hacía unos arreglos en la desvencijada casa de campo, mi mujer, su prima Piedad y María Luisa salieron a dar un paseo. Como es normal comentaron las cositas que se habían comprado en las rebajas y animada por el sol mi mujer, con diferencia la más caliente de las tres, no se cortó un pelo:

Teresa: ― Sí, sí, el abrigo es chulísimo pero lo que le gustó a Rodrigo fue el conjunto de Oysho y las medias de liga ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Casi me rompe el tanga…

Piedad: ― Jo, que bestia que es, ¡qué envidia!

María Luisa: ― Como sois. Ni que tuvieseis veinte años.

Piedad: ― ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Necesito amor,  ¡¿Qué quieres que haga?!

María Luisa: ― Pues aguantarte, como todas.

Teresa: ― Anda que tú también, que anticuada. ¡Eso ya no se lleva!

Piedad: ― ¡Aguantarme, dice! iEn cuanto veo un tío bueno se me pegan las bragas! ¡Eso no hay quién lo aguante!

María Luisa: ― ¡Qué burra eres!

Mi mujer prosiguió su relato mientras Piedad se partía de la risa. En cambio, María Luisa ponía cara de resignación.

Teresa: ― Pues resulta que Roberto estaba viendo una peli y se me ocurrió  hacer un experimento. Las tetas apretadas con el sujetador nuevo, las braguitas enseñando medio culo, las medias de elástico y encima… el abrigo nuevo de las rebajas.

Piedad: ― ¡Menuda eres…!

Teresa: ― Después voy para el salón y me pongo delante del televisor, él pregunta enfadado “¿Qué haces?” y le pido su opinión sobre el abrigo.

Piedad: ―  ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

María Luisa: ― ¡Qué valor tienes!

Teresa: ― Como os podéis imaginar enseguida respondió que sí para que le dejase seguir viendo la peli… pero entonces me quité el abrigo y… ¡Tachán! a qué no sabéis qué pasó.

María Luisa: ― Seguro que se quedó pasmado tratando de entender, y después se tiró sobre ti como un lobo. Todos los tíos son unos salidos.

Piedad: ― ¡Con lo bueno que está tu marido! ―suspiró Piedad― ¡… y no te molestes prima!

Teresa: ― No te preocupes. Conozco a unas cuantas que se pasarían el día comiéndole la polla.

Piedad: ― ¿Dónde hay que apuntarse? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Mientras Teresa y Piedad se partían de risa, María Luisa se resignaba sin dar crédito al tono tan explícito de la conversación. Ella se sentía incómoda hablando de hombres y de sexo. Eso era algo íntimo.

María Luisa: ― ¡Qué idiotas sois! En lugar de disfrutar de tener a un hombre a vuestros pies, atento a vuestros deseos… sois vosotras sus esclavas…

Teresa: ― Esclavas sí, pero de “nuestro” placer.

María Luisa: ― Justo lo contrario. El placer te acaba dominando, te hace débil y estúpida. Las mujeres estamos hechas para controlarles privándoles de lo que les gusta.

Teresa: ― ¡Qué perversa!

Piedad: ― Cada una disfruta a su manera. Unas del poder, y otras de algo grande y duro. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Teresa: ― El caso es que Roberto se la sacó y me hizo chupársela hasta que pusieran publicidad.

Piedad: ― ¡Qué cabrón!

Teresa: ― “Volvemos en 7 minutos”. No sé porque narices te avisan. Pues me puso a cuatro patas y mientras veía anuncios de coches… ¡Tres orgasmos en siete minutos!―exclamo con orgullo.

Caminaban a paso ligero, como si fuese la hora de recoger los niños del colegio. María Luisa no dejó de refunfuñar por la actitud de mi esposa. A ella eso le sirvió de acicate para inventar ciertos detalles con intención de enojar aún más a la mujer de Rodrigo. Mi mujer puso esmero en describirse como una esposa alocada y sin complejos sexuales, a diferencia de la estricta María Luisa. No vaciló en confesar que a veces se comportaba una esposa sumisa que goza recibiendo tirones de pelo y azotes en el culo, que a veces era capaz de demandar a su esposo que la atase, que le hablase de forma obscena, que la tratase con firmeza y sin contemplaciones…

En cuanto a mí, los encargos de María Luisa me tuvieron toda la mañana currando como un condenado. Entre poner un enchufe, colocar burlete en todas las ventanas, topes en algunas puertas y poner aceite en las bisagras se me fue toda mañana. Pero la verdad es que no me podía quejar, los quince minutos de mamada de la joven Carla compensaban de sobra todas aquellas tareas.

Como ya dije en su momento, no soy de esos a los que les gustan las jovencitas sino más bien lo contrario, pero cuando una muchacha bien formada te provoca con descaro no hay que ser imbécil. Un hombre debe dar la cara cuando una hembra pide sexo a gritos. La muchacha era consciente del efecto de sus curvas y gestos en un hombre. A sus casi 18 años la hija de María Luisa no sólo era aplicada con los libros si no también con una buena polla. Ciertamente, la delgada y estudiosa muchacha no perdía el tiempo con su profesor de alemán así que no, no tuve ningún remordimiento por dejar que la muchacha saboreara mi estaca.

En fin, todavía me quedaba lo del grifo de la cocina, pero además de estar abarrotada ya se había hecho la hora de comer. Debería dejarlo para más tarde.

Durante la comida, María Luisa dijo con orgullo que Carla iba a comenzar los estudios de medicina, la carrera universitaria con la nota de corte más alta. Aquella noticia me inspiró una gran idea.

Tras consultar con mi mujer, sugerí a María Luisa que Carla se viniese a vivir con nosotros mientras estudiaba en la universidad, así se ahorrarían una considerable cantidad de dinero. Además, en nuestra casa la muchacha no tendría que preocuparse por la comida y solamente debería limpiar y mantener el orden en su habitación.  Carla se mostró entusiasmada ya que se entendía muy bien con mi mujer, mucho mejor que con su madre con la que tenía peloteras casi a diario. Nosotros procuraríamos que la muchacha se mantuviera centrada en sus estudios como hasta ese momento, estaríamos encima de ella alerta a que no se descarriase por las noches de fiesta o las malas compañías.

Sin embargo a María Luisa mi idea no le hizo ninguna gracia, no sé porqué. Empezó a enumerar cosas en contra que no pude discutir, no porque tuviera razón si no porque llevaba un vestido azul con un escote tremendo y yo no soy capaz de discutir con una mujer que va enseñando las tetas. De todos modos había algo más detrás de aquella tajante y absurda oposición, algo que todavía se me escapaba.

De todas formas aquella polémica pronto derivó en una acalorada discusión madre/hija en plena celebración familiar. Mientras la madre se enconaba en su decisión de meterla en una residencia de estudiantes católica la joven Carla defendía su derecho a decidir donde prefería vivir. María Luisa se empeñaba en que era la mejor opción, barata, tranquila y ordenada, pero para su hija mayor una residencia religiosa era poco menos que una cárcel o un reformatorio. La madre trataba de imponerse a la hija mientras que el padre se mantenía neutral, intentando en vano que ambas comprendieran que no era el momento más oportuno. Así, la una explicaba que era la mejor opción y la otra que no para ella, la madre justificaba que seguían siendo sus padres y la hija contestaba que ya era mayor de edad. María Luisa tenía claro que no la iban a dejar a su aire y Carla les exigía que confiaran en ella de una vez. Total que al final la terca señora y la muchacha rebelde acabaron a gritos, hasta que Carla le echó en cara a su madre que era una amargada que disfrutaba privándose a sí misma de las cosas buenas de la vida y que quería que ella hiciera lo mismo. Esa fue la gota que colmó el vaso. Inmediatamente se hizo un incómodo silencio que afortunadamente mi cuñado se encargó de romper antes de que la discusión pasara a mayores.

― ¿Quién va a tomar café?

Yo aún no lo sabía, pero Carla acababa provocar un nuevo giro de los acontecimientos. Acababa de conseguir lo que mi maliciosa esposa no había sido capaz, es decir, quebrar la entereza y rectitud de María Luisa. Aquel reproche de Carla hizo saltar la chispa que originaria un tremendo incendio en la vida de su madre.

Mientras estábamos tomando café mi hija pequeña grito.

― ¡Está nevando! ¡Está nevando!

Todos corrieron a asomarse a la ventana y uno tras otro fueron saliendo al patio. En cambio, yo pensé que era el momento de ir a la cocina y terminar la faena pendiente. Si sólo se trataba de cambiar la junta del grifo, sería un momento.

No había hecho más que empezar cuando María Luisa se presento de improviso. Avergonzada, se disculpó por su actitud descortés ante nuestro ofrecimiento a alojar a su hija, aunque tampoco manifestó que fuese a considerarlo. Seguía enfadada. Yo deseaba que se sintiera a gusto y mentí, le dije a María Luisa que probablemente su hija estaría mejor en una residencia de estudiantes como ella opinaba. Mentira, allí era donde más distracciones iba a tener.

Pronto la mujer de Rodrigo me estaba felicitando por lo bien que habían quedado las ventanas. Bromeando le dije que entre el antiguo mobiliario y los chirridos de las puertas, aquella parecía la mansión de los Drácula. De verdad que tenía que esforzarme para no mirarle las tetas a la mujer de Rodrigo. Después, María Luisa se relajó y acabó sincerándose conmigo. Al parecer había discutido con mi mujer, aunque no quiso darme más explicaciones. “Cosas de mujeres”, se limito a esgrimir. Un territorio hostil donde es mejor no entrar, pensé yo.

Al final la confianza, proximidad y sobre todo las curvas de aquella mamá de buen ver hicieron que se me pusiera dura. Sin reflexionar lo que hacía dejé los alicates sobre la encimera y la rodeé con mis brazos. Antes de que pudiera reaccionar una de mis manos se metía ya bajo su falda y la otra amasaba sus formidables tetas. La pobre se quedó boquiabierta. Mi asalto la cogió completamente por sorpresa. María Luisa intentó zafarse pero yo ya había conseguido sacar del escote una de sus hermosas tetas. Tenía la areola más grande que yo hubiera visto y me dieron unas ganas irresistibles de chupar aquel pezonazo. Agarré entonces su mano izquierda y la obligué a tocar sobre el pantalón de faena la erección que me estaba provocando.

― No seas tonta… tengo lo que tú necesitas… ¿Lo notas? ―le susurré al oído.

― ¡Eh! ―se quejó.

He de reconocer que me precipité, y el castigo a mi descaro fue una severa bofetada que todavía me duele. Unas veces se gana y otras se “aprende”.

Me quedé tan conmocionado por aquella bofetada que di de inmediato un paso atrás con la mejilla ardiendo.

― ¡Joder! No hacía falta ponerse así. Con que me hubieras dicho “Suéltame” habría sido suficiente. ―le recriminé.

― ¡Vete a la mierda! ¡Eres un cerdo! ―me insultó enfadada.

― Nada de eso guapa, soy un hombre, nada más,  y tú, tú has venido muy simpática… enseñando las tetas, luciendo tus bonitas piernas… ¿Qué esperabas?

― ¡Ibas violarme! ―gritó de nuevo fuera de sí.

― ¡¿Que qué…?!

― ¡Ibas violarme! ¡Cabrón! ―me repitió.

― ¿Violarte? Jamás haría algo así… de qué vas. ―repliqué sorprendido.

― Entonces qué coño hacías, ¿eh, imbécil?

― ¡Intentar follar contigo! ―respondí.

― ¡Lo ves!

― ¡No es lo mismo, ostia! No es lo mismo joder “con” alguien que joder “a” alguien. ―enfaticé tratando de hacerme entender.

― ¿Qué quieres decir? ―seguía demasiado ofuscada.

― Ni que fueses una cría… Sólo quería follar contigo… ―me sinceré con gesto serio.

― ¡Pues vete a la mierda! ¿Por quién me has tomado? ―indignada.

― Vale, vale. Perdona. Lamento haberte molestado.

No esperé que respondiera, dándome la vuelta me puse a recoger las herramientas. La experiencia me decía que no tiene sentido discutir con una persona enfurecida. Por más que yo lo intentara no entendería mis explicaciones. Mejor dejarlo como un mero malentendido que no como algo tan ruin e infame como una violación.

 

María Luisa:

Aquella tarde no pudo dejar de pensar en su discusión con su hija Carla, y si su hija tenía razón, y si estaba dejando la vida pasar sin disfrutar de las cosas que hacían que ésta mereciera la pena. Ciertamente el intento de Roberto de acostarse con ella no podría haber sido más oportuno en ese sentido. Una chica joven y sin ataduras tiene siempre tontos más o menos deseables a su disposición, sin embargo muy pocos son los valientes que se acercan a una agobiada madre, casada, trabajadora y ama de casa. Debería hacer dos años al menos que el guarda de seguridad de su urbanización le propuso almorzar en su oficina…

Los años no pasan en balde, el maldito espejo se encargaba de recordárselo cada mañana. La verdad es que su rostro tenía ya más rasgos propios de una mujer madura que de una joven, o eso le parecía a ella. Haber pasado de los 40, tener trabajo e hijos tenía un caro precio que ella aceptaba. Sin embargo, por alguna razón todavía resultaba seductora, al menos para el marido de Teresa.

Qué extrañas son las cosas. Una hora antes se había enfadado muchísimo cuando Roberto intentó meterle mano. En cambio, después de que su propia hija la hiciera sentirse vieja y estúpida ahora casi se sentía orgullosa, contenta de seguir resultando atractiva.

María Luisa se miró en el gran espejo que había en el pasillo de la primera planta, como queriendo comprobar por qué la había deseado el marido de otra mujer. Le gusto lo que vio. Se gusto. Sus tetas seguían siendo su talismán, ya eran grandes antes de los embarazos y éstos no le habían pasado tanta factura como a otras mujeres. Esas pobres que ven con alegría como sus pechos crecen al quedar embarazadas y un año más tarde, se deprimen cuando estos se desinflan. No, ella siempre tuvo un buen par de tetas. Por desgracia también su trasero saltaba a la vista y eso no le gustaba tanto, aunque se daba cuenta de que gracias a ello su cintura y sus piernas lucían mejor.

Por otra parte María Luisa no podía negar que Roberto era un hombre seductor, a pesar de su arrogancia. Era alto, guapo, inteligente, con un buen sueldo y varonil, muy varonil. Se notaba que hacía deporte en su inabarcable espalda, en unos brazos fuertes y unas manos enormes. Entonces recordó el tacto duro de su miembro cuando él la forzó a tocarlo. Por lo que ella había podido verificar, Roberto cumplía eso que decía su compañera de trabajo sobre los hombres: “Si la cara es el espejo del alma, las manos lo son de la polla”. Realmente Roberto tenía una buena herramienta, y según su mujer la usaba además con ímpetu y talento. Dos cosas que rara vez se daban al mismo tiempo.

María Luisa comenzó a turbarse fantaseando con el cuerpo sudoroso de Roberto mientras manejaba sus alicates y destornilladores. Se percató de que su sexo había comenzado a reaccionar con inquietud a sus fantasías y pensó que sería mejor bajar a cenar, pero eso no mejoró las cosas. Él estaba allí, y su mirada de deseo y complicidad casi la deja paralizada.

Al entrar en el comedor su marido le dio un besito y ambos se sentaron a la mesa. María Luisa se dio cuenta de que su respetuoso marido suplía con amor y ternura, la pasión y el atractivo del otro. Lo malo, pensó María Luisa, era que hasta aquel momento el amor había servido principalmente para tener hijos, y no orgasmos, de éstos se encargaba ella misma desde hacía tiempo. Ese era su secreto.

Siempre seguía el mismo ritual. Los lunes tenía turno de tarde en la oficina así que tras dejar a la tropa en el cole aprovechaba para tomar un cortado rápido con las otras mamás. Después iba con el carrito a comprar la fruta para la semana, pero nunca antes de las 10 h. A partir de esa hora encontraría al hijo del dueño solo detrás del mostrador, moreno, esbelto y con esa mirada feroz. A ella siempre le gustó que la atendiese Pedro, era un verdadero portento.

Un día al darle a María Luisa el cambio Pedro le dijo: ― Espera―, y dándole un par de plátanos dijo: ― Toma… Para los niños― Dejándose llevar por la amabilidad del muchacho, ella le exclamó: ―…y ¿para mamá?―. Gracias a Dios que no había nadie más en ese momento. ¡Qué vergüenza! Pedro se quedó un poco pillado, no era para menos, enseguida buscó otra pieza de fruta: ― Claro que sí, pero para mamá mejor… una banana― ofreciéndole con una radiante sonrisa una enorme fruta de aspecto fálico que casi doblaba en tamaño a los pequeños plátanos. María Luisa se quedó paralizada sin saber cómo reaccionar.

Se marchó de la frutería sonrojada como una chiquilla. Al llegar a casa soltó las bolsas en la entrada y subió al dormitorio con la banana escondida bajo la chaqueta. De rodillas sobre la cama María Luisa cabalgó aquella hermosa fruta tropical como si realmente Pedro estuviese entrando en ella una y otra vez hasta hacerla estallar.

Cuando se repuso de aquel ataque de frenesí, María Luisa comprobó sorprendida el tamaño del cerco que habían formado sus fluidos sexuales. Obviamente tuvo que echar el edredón a la lavadora, después, igual que una mantis religiosa se alimenta de su amante, ella devoró la pieza de fruta que tanto gustito le había proporcionado. A María Luisa no le costó darse cuenta de que era la primera vez que se dejaba arrastrar por un impulso sexual. Constantemente presa de privaciones nunca antes había gozado del sexo tan intensamente.

Desde aquel día Pedro le regalaba de cuando en cuando una hermosa banana, si bien el chico nunca le había insinuado un intercambio más comprometedor.

 

Roberto:

Cuando María Luisa entró en el comedor y se acercó a su marido para darle un besito, la miré fijamente sin ningún disimulo. Quería hacerle saber a la mujer que no estaba arrepentido por lo que había hecho. Yo esperaba de ella la misma ira y desprecio que un rato antes, pero me rehuyó y nada más sentarse comenzó a charlar con su cuñada.

A lo largo de la cena nuestras miradas se cruzaron en tres o cuatro ocasiones, y cada vez ella la desvió apresuradamente. Yo la tenía por una mujer madura, estricta y segura de sí misma, así que no comprendía ese repentino cambio de actitud, esa indecisión.

El encontronazo con la rubia no había ido nada bien. Me había dejado llevar por mi instinto animal y mi osadía había indignado profundamente a la mujer de Rodrigo. Para una mujer de talante conservador como María Luisa lo que yo había hecho era rotundamente intolerable, y pretender además que ella le fuese infiel a su esposo era sumamente deshonroso. Ya fuera por rencor o por respeto, yo no tenía ninguna intención de volver a molestarla. Sin embargo ahora los gestos y miradas de María Luisa plateaban una inesperada indecisión sobre sus verdaderos deseos, y no soy de los que se quedan con la duda por no haberlo intentado, una segunda vez…

Últimamente las mujeres de mi familia política me habían proporcionado buenos momentos, y la posibilidad de saborear a la más reservada y recta de todas ellas bien merecía la pena el riesgo. Se me ocurrieron un par de ideas a cual más temeraria.

Sin cenar demasiado, estuve esperando pacientemente a que María Luisa se ausentara de la mesa. Cuando ésta se levantó para ir al baño yo me ausenté con la escusa de poner a cargar el móvil, lo cual hice rápidamente para llegar a la puerta del aseo antes de que ella saliera. Afortunadamente para mis planes María Luisa había elegido subir al baño de arriba. Tardaba, comencé a impacientarme y entonces oí como accionaba la cisterna. Por fin María Luisa abrió y me vio apoyado contra la pared de enfrente, no pudiendo evitar un ligero sobresalto.

En vez de dejarla salir caballerosamente, le hice una seña para que volviera a entrar. Ella se vio sorprendida por mi requerimiento.

― Pero… ―fue lo único que atinó a decir antes de que la hiciera regresar al baño.

La pobre mujer no había tenido oportunidad de avisarme de que había hecho de vientre, no le di opción así que el olor hizo que ambos sonriéramos sin decir nada al respecto. Eché el cerrojo a la puerta por si acaso y la besé agarrándola por la nuca. Esta vez María Luisa no se opuso.

Tomando las riendas le mordí suavemente la boca. La mujer de Rodrigo se agarró de mis hombros y se dejó hacer. Debía darme prisa así que apenas saboreé la boca de María Luisa. Me separé, ella se quedó esperando que volviera a besarla pero entonces hice que se diera la vuelta. Tenía que ser rápido.

― No, no lo hagas por favor ―suplicó preocupada pensando que la tomaría contra el lavabo.

― No vamos a hacer nada… de momento, ―la tranquilicé besándola sensualmente en la base del cuello― Ahora muéstrame tus bragas, rápido.

― Por favor. ―imploró arqueándose de gusto por aquella petición susurrada tan cerca de su oreja.

― Hazlo. ―insistí.

De espaldas María Luisa subió tímidamente su vestido.

― Bien.

Además de tener un culo colosal la mujer de Rodrigo sabía elegir la ropa interior que mejor le sentaba. Llevaba una elegante braguita de un suave color gris que iba de maravilla con su piel blanca como la leche de almendras. Entonces saqué el cuchillo que me había escondido en el bolsillo trasero de mi pantalón.

― ¡Joder! ―protestó espantada al verlo.

Sin vacilar, hice un corte en el lateral de la braga de María Luisa dejando apenas unos milímetros de tela.

― No pasa nada, es solo un juego. ―e hice lo mismo en el otro lado.

Quién se lo hubiera imaginado. Aquella mamá por quintuplicado estaba poniendo a prueba mi templanza. De buena gana me la habría follado allí mismo, pero tenía en mente algo mejor, mucho mejor, así que no me entretuve, volví a besarla de forma desesperada antes de salir del baño.

― No hay nadie, bajaré yo primero, espera un poco. ―la besé una última vez.

Después de cenar todos nos sentamos a charlar pero como ya era tarde enseguida la gente empezó a irse a la cama. Primero los niños y la niñera, al poco los abuelos y mi mujer que ya llevaba un buen rato dando cabezadas. Uno tras otro todos se fueron subiendo. Solamente Rodrigo parecía tener la intención de trasnochar leyendo uno de los periódicos que había llevado. Carla tecleaba en su móvil a toda velocidad haciendo toda clase de gestos como si pudieran verla a través de la pantalla. María Luisa, Piedad y yo estuvimos un buen rato hablando sobre la educación de los niños, o más bien discutiendo ya que nuestras posiciones eran enfrentadas en cuanto a las tablets, las extraescolares, etc. Había una gran complicidad entre la mujer de Rodrigo y yo por hacer tiempo hasta quedarnos a solas.

Finalmente Piedad se levantó y también la hija mayor de María Luisa que teléfono en mano dijo:

― Roberto, ¿me dejas tu cargador, por favor?

Mi viejo teléfono no habría terminado de cargar, aun así lo desenchufé para que se subiera.

― Claro, toma. ―le dije.

La joven se acerco a coger el cargador,

―Gracias. ―sonrió y susurrando añadió― Dejaré la puerta abierta

―No hay de qué. Qué menos…―puntualicé.

Sólo la delgada muchacha supo que me refería a la magnífica felación de aquella mañana. Tendría que aclarar las cosas con ella. Yo no pensaba convertirme en el amante de una adolescente caprichosa. Ya pasé por eso en su día, y no me quedaron ganas de repetir.

Carla tenía ese toque de ingenua intelectual que daban las gafas de pasta a la moda, como una aplicada estudiante que nunca se saltaría una clase de matemáticas. Nada en aquel rostro inocente hacía sospechar la voracidad con que la zorrita había chupado mis 20 centímetros de polla. Por un instante pensé si no lo habría soñado, pero no, todo el mundo sabe eso es lo que más les gusta a las jovencitas. Sólo así pueden gozar de un miembro viril sin poner en riesgo ni su decencia ni su virtud. Recordé una de mis primeras experiencias, aquella chica bajita estudiante de magisterio que tanto vicio tenía. La madre de Carmen, que así se llamaba la muchacha, siempre creyó que trasnochábamos para ver como acababa Gran Hermano. En realidad Carmen sólo fingía interés haciendo tiempo para que todos se subiesen a dormir, aguardando su verdadero festín. En fin, que siempre volvía a casa de mis padres tardísimo, congelado pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Nos habíamos quedado los tres solos. María luisa, su marido y yo. Finalmente, ella se levantó y nos anunció que se iba a dormir. Rodrigo levantó un momento la cabeza respondiendo como un autómata al beso de buenas noches de su mujer y siguió leyendo. Yo me levanté rápidamente y le corté el paso. El deseo relucía en los ojos de María Luisa.

―Rodrigo, yo la acompaño a la cama… si no te importa quedarte aquí solo.

― Ah, vale, no pasa nada. ―respondió él sin prestar atención.

― Bien… Ya has oído “No pasa nada” ― repetí las palabras de Rodrigo con mis ojos clavados en los de la rubia.

Ella no dijo nada.

― Date la vuelta y pon las manos sobre la mesa ―ordené.

Su marido levantó por fin la vista del maldito periódico y se me quedó mirando sin entender qué pasaba.

― Vamos ―la apremié.

María Luisa puso ojos de súplica pero, viendo que yo aguardaba inmóvil a que hiciera lo que le había ordenado y que su esposo no decía nada, terminó por seguir mis indicaciones. Se giró y mirando a su marido se reclinó hacia delante para apoyar la palma de sus manos casi en el centro de la gran mesa de mármol.

Sentado en el sillón Rodrigo tenía una estupenda panorámica del amplio escote de su mujer, una visión que sin duda dejaría paralizado a cualquiera. En cambio, yo tenía ante mí su indomable trasero. Comencé a acariciarlo con una mano despacito en grandes círculos. No tardé en tantear bajo su falda. La humedad de María Luisa anunciaba una cálida bienvenida.

Mirando a Rodrigo subí la falda a su mujer hasta la cintura, y fue entonces cuando la rubia comprendió para qué había cortado los bordes sus braguitas nuevas. De un fuerte tirón hice saltar la escasa costura dejándola el culo al aire. El sonido de la tela al rasgarse resultó sobrecogedor. Su marido la vio estremecerse aún más que él mismo. Todo parecía ir tal y como yo lo había planeado. Lancé las braguitas a los pies de su marido, se podía distinguir a la perfección el cerco oscuro impregnado de los fluidos femeninos.

― Pero… ―protestó Rodrigo.

― Silencio ―exigí de inmediato.

Tan alta como era, María Luisa estaba espectacular con el vestido subido más allá de las caderas y el culo ligeramente en pompa. Respiraba de forma agitada. Tenía el sexo rubito, sin depilar ni afeitar, brillante de humedad, caladito como un pastel recién hecho. También poseía un culo realmente poderoso. Curiosamente, en el centro de aquel amplio y pálido trasero llamaba la atención la piel arrugada y oscura de su ojete.

Apenas tres metros más allá, el marido no perdía detalle. Atónito, sorprendido de ver sometida a su frígida y dominante esposa comenzó a dar muestras de estar inquietud. De forma involuntaria a Rodrigo se le estaba poniendo dura, y ese fue el verdadero detonante para que los tres diéramos rienda suelta a nuestros deseos ocultos. El marido aceptaba y se excitaba viendo a su mujer a punto de ser tomada por otro hombre.

En ese momento yo deseaba domar a aquella hembra más que nada en el mundo, al igual que ella misma. El problema era que esa jaca pertenecía a Rodrigo y él tenía derecho a reclamar lo que era suyo. Sin embargo, cuando éste empezó a tocarse mientras yo sobaba el culo desnudo de su mujer me estaba autorizando implícitamente a gozarla a mi antojo.

Seguí acariciando el revoltoso culo de María Luisa, deteniéndome de vez en cuando a estrujar los inflamados labios mayores de su sexo. Ella gemía cada vez.

― Ooogh…

María Luisa jadeaba abriendo los ojos como platos cada vez que yo exprimía su sexo rubito rebañando sus fluidos y jadeaba igual cada vez que la untaba con ellos el sensible y oscuro orificio del culo. Aquella caricia prohibida la turbaba.

― Ooogh… Ooogh… Ooogh…―gemía la pobre lo más flojito que podía, traduciendo a su marido cada uno de mis mimos en su entrepierna.

Todo marchaba tan rápido y tan bien que decidí espolear a aquella hermosa e insaciable mujer con un pequeño anticipo. Para ello me centré en estrechar entre mis dedos su abultado clítoris. Este nuevo estímulo revolucionó aún más a la complacida María Luisa que no tardo en cerrar los ojos y gemir atropelladamente con la boca abierta de par en par, proclamando la inminencia de su orgasmo. Entonces y sólo entonces me atreví a introducirle mi dedo pulgar por el culo.

― ¡Ooogh! ―la oí suspirar tibiamente, sin rechazar ni poner reparo alguno a lo que le hacía. La verdad es que mi pulgar se había abierto paso con facilidad. Aun así, no me apresuré y dejé pasar unos segundos antes de similar con mi mano el ritmo de una buena follada en su espléndido trasero. Con mis dedos frotaba sus resbaladizos labios mayores y su sensible fuente de placer.

― Ooogh… Ooogh… Ooogh… Aaagh…

Al poquito una gruesa gota de flujo se descolgó del eufórico coñito de María Luisa formando un hilo pringoso que acabo pegándose en su muslo.

― Aaaggggggggggggggh… ― entre convulsiones y espasmos propios del orgasmo la muy puta logró contener el grito. Bufaba no obstante como una yegua exhausta tras una veloz carrera. Tuve que sujetarla como pude para que no se desplomara sobre la mesa.

Mis planes llegaban justo hasta aquí. Originalmente yo había pensado comerme sus tetas y follarla allí mismo delante de Rodrigo, quien por cierto se había sacado la polla a través de la cremallera del pantalón. Mi idea era hacer que el marido se corriera viendo el rostro de gusto de su enloquecida mujer bien ensartada por el coño. Sin embargo, llegados a este punto la idea se me antojaba totalmente descabellada. Cualquiera podría sorprendernos sin posibilidad alguna de disimular.

Tomé la decisión de buscar un lugar más discreto ya que todo se estaba complicando por momentos. No sólo porque estuviéramos haciendo demasiado ruido, ni porque cualquiera podría bajar y pillarnos in fraganti, si no fundamentalmente porque quería follarla bien, lamerla de arriba abajo, deleitarme con sus grandes tetas y joderla sin prisas.

Con disgusto me vi obligado a hacer una breve pausa. Enrabietado le aticé a aquella mami golfa un sonoro azotazo.

― Sube a la habitación ―ordené― Espérame de rodillas, en el suelo.

― ¿Os vais…? ―protestó inmediatamente Rodrigo.

No me había olvidado del marido, es más, yo quería que él estuviera presente en todo momento ya que su presencia sería un magnífico catalizador sexual para todos. A pesar de ello creí mejor que fuera él mismo quien pidiera seguir contemplando el ardiente espectáculo. También me pareció apropiado contar con la complicidad de su mujer, así que miré a María Luisa y le pregunté.

― ¿Qué dices? ¿Le dejamos que mire… a ver si aprende algo?

― Sí, que mire. ―se ensañó la muy pécora. Ya se había bajado la falda del vestido.

― Pues sube y haz lo que te he dicho, enseguida vamos.

Cuando María Luisa se hubo marchado con gesto serio le pregunté a Rodrigo:

― ¿Lo has hecho antes?

― ¿El qué? ―preguntó a su vez Rodrigo.

― Ver como folla con otro―aclaré.

― No, pero…

―…pero se lo has propuesto, ¿verdad? ―completé la frase que él había dejado a medio.

― Sí.

― ¿Seguro que quieres verlo? ―insistí.

― Sí. Claro que sí.

― Tú no participarás. Sólo mirarás, entiendes. Te sentarás en una esquina y no te moverás de ahí. ¿Has entendido?

― Sí.

― Eso espero, si no cumples tu palabra habrá problemas…

Hice una pequeña pausa. No estaba seguro si Rodrigo sería capaz de mantenerse al margen. Le pinché un poco más.

― ¿Alguna vez la has follado por el culo?

― No, ella… ―dudo si responder― tiene hemorroides.

Efectivamente María Luisa tenía un pequeño pliegue en la parte inferior del ano seguramente a consecuencia de los partos, pero éste apenas era del tamaño de un garbanzo. Una escusa que algunas aprensivas utilizan y que salvo casos graves son totalmente compatibles con una sodomía “Como Dios manda”, o sea metódica y con abundante lubricante. El tono hipócrita con que Rodrigo trató justificarse hizo que me enfadara.

― Eres su marido, ―dije― deberías hacerla gozar como la diosa que es… y someterla como la puta que le gustaría ser. Vamos…

Antes de subir me paré a pensar qué podría necesitar. Cogí un cojín del salón y dándoselo a Rodrigo le dije que esperara. Rápidamente fui al baño, cogí aceite de Aloe Vera y toallitas húmedas.

Su habitación estaba al fondo del pasillo de la planta superior y cuando entramos nos quedamos de piedra. María Luisa se masturbaba arrodillada sobre una alfombrilla en el centro de la habitación, pero se detuvo al vernos. Se había desnudado. Tenía un cuerpo voluptuoso y sensual cuyas grandes tetas colgaban de forma pesada por la posición en que se encontraba. Naturalmente tenía algo de tripa, yo esperaba más teniendo en cuenta que había parido cinco veces. Quizá estaba conteniendo la respiración. De frente destacaban sus grandes pechos así como la anchura de sus caderas. Era toda una hembra, de eso no cabía duda.

Coloqué una butaca a una distancia prudencial y le indiqué a Rodrigo que se sentara.

― Puedes mirar y mastúrbate si quieres, pero no hables ni te levantes. ―le advertí. Después, me acerque a ella, había incertidumbre en su mirada.

Me aproximé a María Luisa.

― Si quieres que pare solo tienes que decirlo, entendido… pero escúchame bien, quiero que tu marido disfrute, ¿entiendes? Hoy tienes que demostrarle de lo que eres capaz.

La noche era desapacible, en el exterior de la vieja casona se oía el viento rugir. Hay quien se pone nervioso en noches así y no es de extrañar. El constante soplido del aire en las altas ventanas podría hacer enloquecer a cualquiera. A pesar de todo yo debía mantener la calma para conseguir que María Luisa y su marido tuvieran un buen recuerdo de aquella noche… Por otra parte, el gélido vendaval estaba de mi parte, vendría bien para encubrir otra clase de ruidos libidinosos.

― ¿Quieres comérmela? ―pregunté alto y claro delante de ella.

María Luisa, de rodillas, miró a su marido y al fin respondió.

― Sí.

― Adelante. ―le di mi permiso.

Ella tardó en comprender que yo quería que ella misma me la sacase. Me miró y yo me limité a afirmar con la cabeza. Entonces hizo intención de soltarme el cinturón. Yo la detuve, un hombre con los pantalones en los tobillos no es nada elegante.

― Baja la cremallera. ―le indiqué.

María Luisa la bajó despacito, con cuidado. La entrepierna del pantalón estaba sumamente abultada, así que mi miembro no podía salir sin ayuda por la estrecha abertura. Ella volvió a mirarme y yo afirmé otra vez con la cabeza. La mujer de Rodrigo metió la mano estirando de la abertura con la otra. Logró sacarla y de pronto se vio con mi grueso rabo entre sus delgados dedos.

― ¡Joder! ―exclamó sorprendida, y de nuevo miró a su marido. La cara de Rodrigo reflejaba una mezcla homogenea de admiración y malicia.

― ¿Pasa algo? ―pregunté a la mujer.

― No.

― ¿No te gusta?

― Sí ―reconoció ella.

― ¿Entonces?

― Es que es bastante grande. ―explicó sonriendo.

― Tú boca también es bastante grande ―me salió del alma…― Ábrela, quiero sentir tu aliento en mi polla.

Ella hizo lo que yo había dicho y entonces acerqué mi violáceo capullo hasta ponérselo a dos escasos centímetros de la boca abierta.

María Luisa permaneció completamente inmóvil, mirándome con complicidad.

― ¿A qué esperas? ―le inquirí.

No tardó, cerró los ojos y echándose hacia delante saboreó por primera vez la verga de otro hombre, pues como más tarde supe tampoco había tenido pareja anterior a su marido, quién dicho sea de paso se acababa de convertir gustosamente en cornudo, y su mujer en… una puta, mi puta.

La boca de aquella caliente mamá era un coctel fantástico de calor y humedad. Saboreaba la puntita con tanto cuidado que casi me hacía cosquillas. Después empezó a dar tímidas y suaves cabezadas arriba y abajo. Sus labios bajaban y subían con cautela y siempre apretados a lo largo de mi erección. Tenían un suave color rosa  que contrastaba con mi morena verga.

― Quita las manos. ―dije.

Ella me la soltó y apoyó sus cálidas manos en mi cintura. No había sacado mi polla de su boca en ningún momento, desde luego la había cogido con ganas.

― Shhhhluuuug ―se le escuchó al sorber su saliva.

No es que no me gustara como lo hacía, al contrario, la dulzura y entusiasmo  que demostraban eran perfectas. Sin embargo resultaba algo monótono ciñéndose a subir y bajar con delicadeza. Continuaba con los ojos cerrados para no marearse por el repetitivo movimiento, cuando lo que a mí me gusta es que me miren con la boca completamente llena. A pesar de todo, ver como mi polla se adentra en su boca que no dejaba de gemir era estupendo.

― Ummmmmm…

De pronto, como si me hubiese leído el pensamiento, María Luisa cambió de estilo. Abrió la boca y se la tragó hasta úvula, entonces frunció los labios y chupó ascendiendo a lo largo de mis 18 centímetros de carne, repitiendo esto cuatro o cinco veces seguidas.

― Ummmmmm… ―gemía al ascender por mi verga.

María Luisa era una mujer muy metódica, en todo. No sé el tiempo que estaría subiendo y bajando, pero al hacerlo era tal la cantidad de saliva acumulada en su boca que la tenía que sorber ruidosamente de forma bastante indecorosa para una mujer bien educada.

― Shhhhluuuug Ummmmmm…

Estaba gozando igual que una chiquilla con un helado de hielo en el mes de agosto. A mí me hubiera gustado verla recorrer con su lengua todo mi rabo, lentamente, mirándome a los ojos. Me encanta cuando hacen eso, tendría que instruirla en otra ocasión. En fin, preferí aguantarme ya que quería evaluar sus conocimientos y destrezas por sí misma.

― Ummmmmm… Ummmmmm… Ummmmmm… ―sollozaba encantada.

Pronto intentó engullir mi miembro viril, sin mucho éxito. Siempre me ha causado un poco de desazón causar esa pequeña frustración en las mujeres. Aunque verlas esforzarse es igualmente hechizante. Lo intentó una y otra vez.

― ¡Uaaagh! ―sollozaba exhausta― ¡Shhhhlug! ―tragaba después su saliva.

Comenzaba a dar síntomas de cansancio. Fue entonces cuando dejó de chupar para mirarme con ojos lastimeros. La mujer de Rodrigo esperaba que yo hiciera o dijese algo, pero yo permanecí de pie inmóvil ofreciéndole mi verga a través de la cremallera abierta de mi pantalón vaquero.

― ¿Ya? ―pregunte expresando decepción― ¿No quieres más?

Como una buena chica volvió a por el postre aunque esta vez se centró principalmente en mi inflado glande. Lo chupaba con fuerza como un Chupa-Chups.

― ¡Shhhhlug!… ¡Shhhhlug!… ¡Shhhhlug!…

Cada vez que paraba me dedicaba una hermosa sonrisa. Realmente había un destello de alegría y sincero agradecimiento en sus ojos. Ese pequeño detalle tenía mucho valor para mí. Me hacía sentir orgulloso, de modo que sentí como mi esperma comenzaba a hervir en mis testículos.

― Ummmmmm… ¡Shhhhlug!… Ummmmmm…

― Ya. ―dijo dando a entender que deseaba cambiar de juego.

― ¡Sigue! ―exigí― ¡Haz que me corra!

No tuvo elección. Restregué mi cipote contra los labios hasta que abrió de nuevo la boca y comencé a follarla oralmente de inmediato tratando de no provocarle arcadas. Estaba demasiado excitado, necesitaba descargar para afrontar con garantías lo que aún estaba por venir. Vi a Rodrigo claramente entusiasmado con que follara la boca de su mujer. Aguanta, aguanta… me decía a mí mismo, pero ya era demasiado tarde.

― ¡Oh!… ¡Oh!… ¡Oh!… ―empecé a bramar abrumado por el placer de las ahora largas y contundentes penetraciones en la boca de la mujer de Rodrigo. Inevitablemente, en unos pocos segundos ― ¡Aaaaaaaaagh! ―rugí anunciando mí ya inevitable eyaculación. Mis testículos se contrajeron y mi polla empezó a dar sacudidas.

María Luisa intentó apartarse al notar el primer y enérgico chorro en su boca, pero yo la tenía bien sujeta. Ignorando sus quejas seguí bombeando con toda mi alma, chorro tras chorro.

― ¡Ogh! ¡Oogh! ¡Agh!…

Solo después de ocho y diez convulsiones retrocedí extrayendo todo mi miembro de su boquita y obligándola a mirarme a la cara le exigí con firmeza que tragara mi esperma.

― ¡Traga, zorra! ―ordené apretando los dientes de auténtica furia viril. Mi polla aún seguía dando sacudidas en el aire.

María Luisa se habría desplomado de no haber puesto las manos a tiempo. Trataba de recuperar el aliento. Tenía cara de repulsión por el gusto amargo de mi esperma en su boca. Me miró con odio.

― ¿Qué se dice? ―le pregunté.

No entendía.

― ¿Qué se dice? ―repetí.

María Luisa seguía sin comprender.

― ¿Qué se dice cuando alguien te hace un regalo? ―me expliqué.

― Gracias ―dijo por fin.

― Eso es… Dilo alto, ¡Qué te oiga tu marido!

― ¡Gracias! ―voceó.

― ¡¿”Gracias” por qué?! ―pregunté con malicia.

― ¡Por tu semen, cabrón! ―dijo angustiada.

― De nada preciosa ―sonreí y entonces me percaté de que tenía un pequeño grumo en la punta― Mira ―le indique tendiéndole mi polla con la mano.

― Saca la lengua. ―le pedí.

María Luisa no tardo en hacer lo que yo le había dicho, y cuando le acerque mi pollón la muy hija de puta no dudo en relamerlo.

― ¡Chupa! ―demandé.

Se metió la punta en la boca y sus mejillas se hundieron al succionar.

― ¡Más fuerte!

Aproveché para quitarme la chaqueta y la camiseta, quedando desnudo de cintura para arriba. María Luisa hizo un gesto de admiración al ver mi torso desnudo.

― Túmbate ―le ordené.

La agarré de los tobillos e hice que flexionara y elevara las piernas hasta que tuvo las rodillas sobre el pecho.

― Sujeta. ―hice que ella misma se sujetase las piernas.

Cogí un par de toallitas y aseé un poquito el coñito y alrededores. Tenía unos finos pelillos que denotaban la falta de mantenimiento de ese rinconcito de su hermosa anatomía. Tras unas suaves caricias me puse a devorar el suculento y ardiente manjar que aquella mami me ofrecía. No tardó en volver a gemir.

― ¡Ufff…! ¡Aaah…! ¡Ummm!

Mordí sus labios mayores, hundí mi lengua en los caldos vaginales, hurgué con la punta de mi juguetona lengua en su ojete, besé sus blanquísimos muslos… Estaba muy cachonda, así que cuando le rechupeteé el clítoris no tardo en empezar a temblar por segunda vez.

― ¡Aaaaagh!

Agarré entonces el aceite y derramé una buena cantidad entre sus piernas. Esta vez no me anduve con miramientos al introducirle un dedo por el culo mirándola fijamente a los ojos. Con la otra mano amasaba una de sus tetazas.

― ¡Ummm…! ¡Ummm…! ¡Aaah…! ―gimió.

El placer hizo que la mujer de Rodrigo se pusiera de improviso a frotarse el coño con entusiasmo. Se había desinhibido por completo. Yo le pellizcaba los pezones sin compasión.

María Luisa se sujetaba las piernas en alto con una sola mano, mientras con la otra se ocupaba de su exigente coñito. Como un solo dedo entraba y salía cómodamente en seguida fueron dos los dedos que atormentaban el culazo de la mujer de Rodrigo, quien por cierto se masturbaba sin perder ni un detalle de los gestos y las muecas de su esposa.

― ¡Ummm…! ¡Ummm…! ¡Aaah…!

Todo iba de maravilla. Mis dedos entraban y salían con facilidad, pero aún tendría que dilatar un poquito más aquel frágil orificio si aspiraba a introducir mi polla en él. Esta vez debería poner más cuidado, añadiendo un nuevo chorrito de aceite, jugué, hice pequeños círculos con dos dedos, dedicando el tiempo necesario hasta conseguir por fin que tres dedos se perdieran entre las nalgas de María Luisa.

― ¡Aaaaaaaaah…! ―gritó la pobre― ¡Mierda! ¡Joder! ¡Aaagh…! ¡Auh…! ¡Dios!

― Lo peor ya pasó ―traté que se calmara besándola en el hombro― Ahora solo tienes que relajarte, deja que tu cuerpo se adapte. No tenemos prisa, ¿verdad Rodrigo?

Él no respondió. Al parecer se había corrido hace rato.

― Te gusta verla jodida, ¿eh, cabrón? ―le recriminé a su marido.

― Con lo remilgada que parecía y mira ahora como le chorrea el coño ―me burlé de su marido en voz alta para que ella le escuchase también.

― Quieres que te la meta, ¿eh, rubia? ―me jacté acariciándome la polla que volvía a estar en plena forma para el segundo y definitivo asalto.

― ¡Sí, por favor! ―respondió rápidamente― ¡Fóllame ya! ―María Luisa comenzaba a ponerse impaciente, así que me acerque y mientras pellizcaba suavemente uno de sus pezones le susurré al oído― Escúchame bien preciosa. Sé de sobra que no eres una rubia tonta, pero no quiero numeritos… Tú sabes que te la voy a meter por el culo, ¿verdad?

María Luisa afirmó con la cabeza.

― …y que puede que te duela al principio.

La mujer repitió el mismo gesto.

― Bien… ponte a cuatro patas…Voy a darte por el culo hasta que te desmayes de dolor o de gusto, ya veremos.

Cuando se colocó, le froté el coño con brío. La mujer de Rodrigo esperaba con su culazo en pompa. Jadeaba sabiendo que pronto la sentiría entrar.

Poniendo mi polla en la empapada vulva de la mujer la fui penetrando sin ninguna resistencia. María Luisa tenía el coño encharcado, calentito y sumamente resbaladizo. Ella misma empujó hacia atrás buscando la penetración.

― En la boca no te cogía… pero en el coño sí ¿eh zorra?

Como yo no me movía fue ella misma la que de forma natural empezó a moverse adelante y atrás, haciendo que mi polla entrara y saliera de su coño. Sin duda, la desquiciada mamá estaba gozando como nunca había gozado en una cama. Tuve la sensación de que comprimía mi verga con las paredes de su ardiente vagina.

En cuanto María Luisa aumento el ritmo dejándose llevar por el placer la obligué a detenerse, y apartándole el pelo de la cara dije a su marido

― ¡Mírala bien Rodrigo!

María Luisa estaba fuera de sí, sintiendo en su interior toda mi poderosa verga. La saque por completo y apunté al oscuro orificio entre sus fuertes nalgas.

Mi polla empujaba su ano, pero María Luisa apretaba el culo no permitiendo que entrara. Pero tengo un truco que nunca falla. Poniendo más aceite volví a meter dos y enseguida tres dedos en su ojete, y en un rápido movimiento mi verga ocupó el lugar de mis dedos.

― ¡Aaaaaaaaaaaaah! ―gritó al cómo le abría el ano.

― ¡Mira Rodrigo! ―y entonces se me ocurrió algo― Ya está. No ha sido tan difícil verdad. Me debes cien euros…

― ¡Aaaaaaaah! ¡Aaaaaah! ¡Aaaaah! ―empezaba un suave vaivén.

― Esta mañana le dije a tu marido que eras tan puta como la que más. ―mentí tratado deexcitarla.

― ¡Aaaah! ¡Aaah! ¡Aah! ¡Ah! ―los quejidos de María Luisa al ser sodomizada se fueron atenuando con cada nueva y completa embestida.

― ¡Qué gozada! ―bramé imponiendo buen ritmo.

― No tienes nada que decirle a tu maridito, o ¿con el culo lleno no se habla?

Jadeaba

― ¡Vamos dile algo!

― ¡Me está matando de gusto, cari!… ¡Ah! ¡AaaH!

Comencé a decir todas las obscenidades que se me ocurrían tratando de excitar más y más a los otros dos. La obligué a proclamar que su culo ya no era virgen, que yo era más hombre que su marido, que quería que me corriese dentro de ella.

― ¡Aah! ¡Ah! ¡Me arde el culo, cabrón! ¡Aah! ¡Aaaaaaaaah!

La rubia alcanzó un orgasmo tan intenso que tuve que esforzarse para que mi polla no se saliera de su culazo. Comenzó entonces un espectáculo digno de una película porno. Volví a añadir aceite y la hice girarse para que Rodrigo pudiese ver su cara mientras la enculaba.

― ¡Qué culo tiene tu mujer, Rodrigo! ¡Mira que bien l’entra ahora!

Aceleré. Mi duro miembro viril perforaba su espléndido culazo a toda velocidad, frenéticamente, y de pronto María Luisa notó como se le escapaba el pis sin poder hacer nada para evitarlo.

― ¡Se está meando, Rodrigo! ¡Mira! ¡Será guarra! ―dije ensartándola con fuerza, a lo bruto.

― ¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ―María luisa gritó su cuarto o quinto orgasmo, todo su cuerpo temblaba y se tensaba con las contracciones del placer. La frontera entre un orgasmo y el siguiente se había desvaneciendo. Estaba en un éxtasis sublime y continuo. Después ya no fue capaz de sostenerse. Los brazos le fallaron, pero yo tiré hacia atrás de ella justo a tiempo de hacer que su culazo quedará apoyado sobre sus talones, mientras yo seguía enculándola tirada sobre el colchón.

Yo había cumplido mi promesa. Follarla hasta que se desmayara de gusto, y debía celebrarlo en condiciones.

― ¡Me corro Rodrigo! ¡Me corrooooogh!

También él lo hizo disparando varios chorros sobre el suelo.

María Luisa se estuvo retorciendo de placer un buen rato, y como colofón se puso en pie, se acerco a Rodrigo y separando sus nalgas le mostró el estropicio que mi polla había ocasionado en su ojete, enrojecido, abierto y rezumando de semen.

Le di un intenso beso, pero cuando iba a salir de su habitación…

― Espera… ―exclamó María Luisa y dirigiéndose al armario descolgó un saco enorme.

―Mira, mi traje de novia… ¿Crees que aún me entrará?

― Estoy seguro ―respondí.

― ¿Vendrás mañana? ―me preguntó― Siempre he soñado que dos amigos de mi marido me encierran en mi noche de bodas y…

 

FIN

 

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