EL CLUB.

La puerta se cerraba, y fuera, quedaban cualquier tipo de consideración y de prejuicios. Allí dentro las reglas eran otras. El complicado protocolo y las estrictas regulaciones para lograr ser admitido solían olvidarse cuando el mundo conocido quedaba atrás, y sólo quedaba el sitio secretamente conocido como El Club.

René miró con evidente curiosidad el iluminado salón de banquetes. Solo, buscó su nombre en alguna de las tarjetitas blancas que a lo largo de la mesa indicaban el lugar de cada invitado. Podría preguntar a cualquiera de los varios meseros que corrían con copas y ceniceros, pero aún se sentía cohibido ante la clara muestra de lujo y poder. Prefirió continuar por su cuenta. Los nombres en las tarjetas no dejaban de sorprenderlo. Allí estaban los nombres de varios personajes bastante conocidos en el mundo que había quedado fuera de la enorme puerta del Club. La voz de un hombre a sus espaldas le hizo voltear.

– Es tu primera vez en El Club? – le cuestionó. René asintió extendiendo la mano.

El hombre la tomó y después de un breve y tradicional apretón la llevó hasta su bragueta. René no supo cómo reaccionar. Instintivamente palpó el bulto que había debajo de aquellos pantalones, mientras el hombre sonreía y le miraba directo a los ojos.

– Creo que disfrutaré mucho dándote la bienvenida – le dijo acercando una mano a su trasero tanteando una de sus nalgas. René, confundido no supo cómo reaccionar.

La conocida voz de Ted lo sacó del apuro. Saludó al hombre y éste soltó la nalga de René para tomar la mano de Ted. Se saludaron de forma normal con la derecha en un amistoso apretón, mientras la izquierda de ambos hombres se dirigía a la entrepierna del otro tanteándose mutuamente.

– Estaba presentándome con este joven – explicó el hombre.

– Si, ya veo, – contestó Ted -, es mi invitado especial esta noche, se llama René.

– Espero que me lo prestes, cabrón – dijo mientras recorría a René con la vista de arriba abajo.

– Ya veremos – contestó Ted, tomando del hombro a René y empujándolo hacia la terraza.

Allí René recibió un tranquilizador abrazo de Ted, y se sintió mucho mejor. Había conocido a Ted un año atrás. La empresa para la que René trabajaba había abierto una nueva sucursal en esta ciudad y le había ofrecido una buena oportunidad de ascender. Se mudó de manera provisional, dejando a la esposa y los hijos para evaluar si el cambio les convenía. El vivir de nuevo solo después de 10 años de matrimonio le había costado mucho esfuerzo, pero trataba de visitarlos frecuentemente. Ted fue uno de los primeros amigos que hizo en su nuevo lugar de residencia. Era el gerente del banco donde la compañía para la que trabajaba René manejaba sus cuentas, así que el trato diario con el afable y carismático banquero terminó llevando sus relaciones a un tono más personal.

René siempre se había considerado heterosexual, aunque tiempo después tuvo que reconocer que cierta parte de su sexualidad se había mantenido latente, a la espera de salir a la luz en el momento más inesperado. Ted fue el detonante, el guía y maestro en aquella nueva fase de su vida. Si miraba hacia atrás no podía recordar la forma exacta en que había sucedido, pero la amistad había dado paso a invitaciones a comer, luego a cenar, a tomar la copa y finalmente, a pesar de que Ted también estaba casado y tenía una familia, terminaron en la cama. La situación confundió mucho a René, pero Ted supo llevar las cosas con absoluta tranquilidad. Ellos eran simplemente amigos, con sus respectivas vidas familiares y las responsabilidades que ello acarreaba. Si de vez en cuando se daban una escapada y disfrutaban mutuamente de un buen rato de sexo, bien. La idea maduró en René, y aprendió a disfrutar sin la pesada carga de la culpabilidad.

De cualquier forma, Ted fue paciente, y lo llevó a explorar las posibilidades poco a poco. La primera ocasión que estuvieron juntos, sucedió todo de forma muy natural. Habían salido a un bar y se les hizo bastante tarde. El coche de Ted n

o andaba del todo bien, y para evitar quedarse tirado en algún sitio camino a su casa, decidió llamar a su mujer para decirle que se quedaría en casa de René. Allí, había solo una cama, y sin pensarlo mucho René se la ofreció. Los dos estaban bastante bebidos, se quitaron las ropas torpemente, y dejándose sólo los calzoncillos se acostaron a dormir. Mas tarde, René sintió el cuerpo de Ted pegado al suyo. Con una de sus piernas encima y un brazo sobre su pecho, el amigo dormía profundamente. El contacto, lejos de disgustarlo, comenzó a excitarlo. Para su sorpresa, descubrió que la truza de Ted mostraba también un gordo bulto. Se preguntó como sería su verga. Ted tenía el pelo castaño con reflejos claros y ojos verdes. Con seguridad había sido uno de esos niños rubios y bonitos. El en cambio tenía el pelo negro y rizado, velludo en el pecho y las piernas, y mientras miraba la entrepierna de Ted comenzó a preguntarse si su vello púbico sería también rubio castaño. Ted se pegó más a su cuerpo. Casi podía sentir su aliento sobre el pecho, y la mano de Ted se posó en una de sus tetillas. Medio dormido, el amigo comenzó a acariciarle el pequeño pezón, tal vez imaginando que estaba con su mujer. La idea terminó de excitarlo, pero sintiéndose mal por tener esos pensamientos trató de zafarse de su abrazo empujando a Ted hacia el otro extremo de la cama.

– No me alejes – dijo Ted sin abrir los ojos – me gusta abrazarte.

Confundido, René permitió que volviera a acercarse, y esta vez, la mano de Ted descendió del pecho al abdomen velludo y siguió el camino hasta su sexo. René lo dejó seguir. Ted deslizó la mano bajo la ropa interior, tomando su pene con la mano. Todavía tenía los ojos cerrados, pero su cara mostraba que estaba perfectamente consciente de lo que hacía. Finalmente abrió los ojos, y con una sonrisa le quitó los calzones y se despojó también de los suyos. Los vellos de su pubis eran claros, como los había imaginado René, y cuando Ted guió su mano hasta ellos, no se resistió. Tomó el miembro con una mano, y acompasando los movimientos se masturbaron mutuamente hasta llegar al orgasmo. Después se durmieron y sin darse cuenta, despertaron abrazados.

Lejos de sentirse cohibido, Ted le dio un beso en la mejilla y como si nada hubiera sucedido se levantó a bañarse. Cuando salió del baño, desnudo y húmedo, René pensó que era uno de los hombres más apuestos y masculinos que conocía, por lo que se le hacía casi increíble lo que había sucedido la noche anterior. Ted parecía no darle importancia. Lo sacó de la cama y lo empujó hasta el baño, mientras él se dedicaba a preparar el desayuno. Al salir del baño, lo esperaba ya en la mesa con pan tostado y café recién colado. Había tomado una de las truzas limpias de René, y esa era toda su vestimenta. Tenía un cuerpo muy bien formado, y René se dejó llevar a la mesa aun con la toalla mojada anudada en la cintura. Desayunaron mientras miraban las noticias de la mañana, y al terminar encendieron un cigarrillo. Ted comenzó a levantar los platos y René le agradeció sus atenciones. Ted se acercó y lo besó en la boca. Era el primer beso que René recibía de otro hombre. El toque de sus labios fue totalmente diferente al beso de una mujer. Sorprendido, René sintió que su pene se erguía con ese simple beso, y la mano de Ted entró bajo la toalla tanteando entre sus piernas.

– Me encantaría seguir, compañero – dijo acariciando su sexo erguido – pero se nos hace tarde.

René se quedó temblando de deseo, sorprendido de la rápida reacción de su cuerpo. Lo siguió a la recámara y se prepararon para irse a trabajar. Ya para salir del departamento, antes de abrir la puerta, Ted lo abrazó y le dio otro beso. Esta vez se demoró, metiéndole la lengua en la boca y dejando a René temblando como un adolescente.

Todo ese día René no pudo apartar a Ted de su pensamiento. Por un lado se sentía mal por lo que había hecho, pero por el otro deseaba que volviera a ocurrir. Ted le telefoneó a media mañana. Los problemas del banco lo tenían muy ocupado, pero llamaba para ver si todo estaba bien. A René le emocionó escucharlo al teléfono, pero

no se atrevió a decírselo.

De esa forma comenzó su relación sexual con Ted. Después de aquella primera sesión masturbatoria, siguieron varias más. René se familiarizó con el cuerpo de Ted. Llegó el momento en que Ted consideró que René estaba listo para el siguiente paso, y sin avisarle, una noche deslizó los besos en la boca hacia abajo, y más abajo, y mas abajo, hasta encontrar el erecto pene de René. Se lo lamió de forma tan placentera que René terminó cerrando los ojos y disfrutando de una de las mejores mamadas de su vida. Por supuesto Ted le cobró el favor, y René tuvo que aprender a usar la lengua y los labios para darle placer a un hombre. No le fue fácil, pero terminó haciéndolo de forma excelente después de varias sesiones de práctica, y descubrió que hacer el 69 entre hombres era una experiencia totalmente distinta y muy gratificante. Seguían siendo más amigos que amantes, y eso les gustaba mucho a René. No solo tenían sexo, iban a los partidos de fútbol, a jugar dominó con otros amigos, a comprar regalos para los niños cuando René visitaba a su familia, pero hicieran lo que hicieran, jamás dejaban de lado el inmenso placer que sentían al estar juntos y desnudos en el departamento de René.

Después de un buen tiempo, Ted, siempre llevando el control de la relación empezó a presionar a René para que se animara a probar la penetración. Esta vez no sucedió como con el sexo oral. Ted no le dio las nalgas a René, sino que empezó a pedir que éste se las diera, y cada vez con mayor insistencia. Hablaron mucho del asunto, y René no acababa de convencerse. Le gustaban las cosas que hacían, pero dar ese paso se le hacía casi imposible.

Una noche, después de interminables besos y caricias, René estaba excitado casi hasta el límite. Ted le dijo que se pusiera boca abajo, y René se negó, diciéndole por enésima vez que no quería ser penetrado. Ted le aseguró que no quería hacer eso, pero que le encantaría besarle el trasero. A regañadientes, René se dio la media vuelta. Tenía un par de nalgas fenomenales, y Ted se relamió de gusto de poderle echar mano por fin a aquel suculento culo. Besó su nuca, luego su espalda y continuó bajando hasta el apetecible culo de René. Le separó las piernas, besando la carne suave y masculina, aspirando el aroma de su cuerpo y consciente y excitado por el abandono de René, que con los ojos cerrados disfrutaba concentrado de sus caricias.

Ted sacó un par de esposas, y sin apenas hacer ruido las puso en una de las manos de René, cerrando el mecanismo en uno de los barrotes de la cama. René reaccionó unos segundos después.

– Qué haces? – preguntó nervioso dando tirones a su mano, tratando de zafarse -, suéltame inmediatamente.

Ted no contestó. Se quedó con una mano sobre las nalgas de René, esperando que éste se tranquilizara.

– Por favor, Ted, déjate de juegos, suéltame ya.

Ted se inclinó nuevamente sobre su trasero, oliendo en el sudor de su culo la adrenalina y el miedo de René.

– Con una chingada, Ted, déjate ya de mamadas! – le gritó furioso.

– Mamadas, -contestó el otro sin inmutarse – son las que le voy a dar a tu ano.

René se cabreó todavía más con sus palabras, pero era imposible soltarse. Con la mano que tenía libre trataba de agarrar a Ted, pero éste lo controló fácilmente. Le abrió las nalgas con firmeza, y los apretados y negros rizos que rodeaban el ano de René quedaron a la vista. Con amorosa paciencia, Ted comenzó a rodear la zona anal, trabajando en círculos que lentos y mágicos lo iban acercando al rosado esfínter de René, que por más que jaloneaba nada podía hacer para impedir que sucediera.

René terminó cansándose, y después de maldecir y jurar terminó recostando vencido la cabeza en la almohada y Ted pudo entonces lamerle el ojete con absoluta tranquilidad. El culo terminó humedecido y caliente, se había relajado hasta el punto de permitirle la entrada de su lengua y muy a su pesar René reconoció para sus adentros que aquello era delicioso.

Ted decidió aprovechar aquella tranquilidad. Se embadurnó la verga, considerablemente gruesa y cabezo

na, con abundante crema y tomando a René por sorpresa la acomodó entre sus nalgas abiertas. René reaccionó con el contacto, pero ya Ted empujaba firmemente. Comenzó a rogarle que se detuviera, que no se lo hiciera así, por la fuerza, pero Ted fue implacable. Le metió el fierro lentamente, sin detenerse por sus ruegos ni sus lamentos, y el miembro rígido se abrió paso por su cuerpo. René comenzó a llorar, de dolor y de impotencia, de rabia por lo que su amigo le hacía, y Ted le lamió las lágrimas sin dejar por eso de bombear vigorosamente su verga dentro de su culo.

Finalmente se vino, cabalgando victorioso sobre René y éste no pudo impedir que se vaciara dentro de él. Al salir el pene, el viscoso y pegajoso producto empezó a escurrir entre sus piernas, y aquella sensación logró que René reaccionara de nuevo con violencia.

– Te voy a matar, pinche desgraciado, juro que me las vas a pagar!.

Ted no contestó. Le besó en la mejilla, divertido con sus palabras y se fue para darse un baño. Cuando salió, René le exigió que lo liberara, pero Ted no le hizo caso. Le echó una sábana encima y lo dejó allí para irse a preparar algo para cenar. El malhumor de René no mejoró con eso, por el contrario, se molestó mucho más. Ted lo dejó cocinarse en su propio coraje, y lo dejó maniatado toda la noche. A la mañana siguiente, la necesidad de ir al baño hizo que René se apaciguara y le pidió a Ted que lo liberara amablemente. Este accedió a hacerlo, pero antes comenzó a acariciarle el culo rudamente.

– Abre las piernas – le ordenó en tono serio.

René comenzó a encabronarse, pero se lo pensó mejor y abrió las piernas. Ted le metió un dedo en el culo, y a pesar del dolor que eso le causaba, René no dijo nada. Ted se excitó. Su verga estaba dura nuevamente y antes de liberar a René se acomodó entre sus piernas separadas. René se aguantó como pudo. La verga le causó dolor nuevamente, pero las ganas de orinar y lo extremo de aquella situación terminaron por lograr en él algo muy parecido al placer. La situación no dependía de él, y eso lo liberó de cualquier sentimiento de culpa y terminó por encender su libido de forma desenfrenada. Esta vez Ted lo masturbó mientras lo follaba, y la sensación volvió loco a René. Alcanzaron el orgasmo casi simultáneamente y cuando Ted abrió las esposas, René corrió al baño, olvidándose ya de sus amenazas.

Aquella noche marcó un cambio trascendental en su relación. Ted seguía siendo el amigo divertido, cariñoso y siempre ameno. En la intimidad en cambio era más autoritario. René en su compañía terminaba casi siempre obedeciendo, y por supuesto, Ted comenzó a usar las nalgas de René siempre que se le antojaba. La relación entre ambos podría haberse quedado así por mucho tiempo, pero Ted, siempre con sorpresas decidió un día hablarle a René de El Club.

Al principio René no captó todas las implicaciones. Ted le explicó que El Club era un sitio donde se reunían hombres conocidos y poderosos. Necesitaban de un lugar que fuera muy exclusivo, y tener la seguridad de que todos sus miembros estuvieran en iguales circunstancias. Había secretos que mantener y únicamente la homogeneidad de sus vidas podía asegurar la intimidad del club. La cuota de admisión era extremadamente elevada y los requisitos para pertenecer no le quedaron muy claros a René. Ted le dijo que todos los miembros eran hombres casados, de muy buena posición económica y con vidas privadas que proteger, pero eso no le aclaró sus dudas. El tema del club se volvió habitual en Ted, y logró que René se interesara hasta el grado de rogarle que lo llevara a conocerlo.

Ted no aceptó inmediatamente. Dejó que René insistiera y suplicara. Logró que René aceptara dejarse meter un grueso dildo en el culo, cosa que jamás había aceptado antes y después de verlo sufrir por tener el enorme plástico entre las nalgas le dijo que iba a pensarlo. Después de varias semanas de tenerlo al filo de la incertidumbre, un día le llamó por teléfono a la oficina y le dijo que se preparara porque esa noche lo iba a llevar a conocer El Club.

– Gracias – dijo René emocionado

– cómo debo vestirme?…traje formal, sport o etiqueta?

– Como gustes, -contestó Ted – sólo recuerda una cosa: no te pongas ropa interior – y colgó.

René se quedó con el teléfono en la mano, intrigado y dudando si sería una broma de Ted o éste estaría hablando en serio. Llamó al banco para preguntárselo, pero le dijeron que estaba ocupado.

Esa noche se bañó y se cambió, y por supuesto se puso ropa interior. Sonó el timbre de la puerta y le extrañó que Ted tocara, puesto que ya tenía llave de su apartamento. En la puerta, un hombre negro de impresionante estatura y con uniforme de chofer le informó que venía a recogerlo para llevarlo al club.

– Pensé que vendría Ted por mí, – le dijo al hombre.

– No lo sé, señor, únicamente me indicaron que viniera por usted.

– De acuerdo, – dijo René – siendo así, pues vámonos.

– Por ser su primera vez, me permito recordarle que no debe llevar ropa interior, señor.

René no podía creerlo, pero el chofer insistió y René tuvo que regresar al baño y quitarse los calzones. Al salir, el chofer insistió en que debía cerciorarse de que no llevara nada bajo los pantalones, y aunque lo consideró totalmente humillante, no salieron hasta que René se desabrochó los pantalones y permitió que el enorme negro mirara bajo la ropa su velludo pubis y su sexo a medio excitar.

El auto era un lujoso Lincoln negro con vidrios ahumados. Dentro, había excelentes habanos y una botella de champagne enfriándose en una cubeta de plata. Una copa de fino cristal y una servilleta de lino completaban el servicio. René se sirvió una copa, y se percató de lo nervioso que se sentía con aquella aventura. Salieron de la ciudad, y enfilaron hacia uno de los suburbios más caros y exclusivos. Después de franquear una garita donde un guardia ni siquiera hizo el intento de detenerlos, el chofer hizo un alto en el camino. René pensó que tal vez habían llegado, pero allí no había sino árboles y un denso bosque rodeándolos. El chofer abrió la portezuela y le indicó que bajara un momento. René obedeció y salió junto al negro. Apenas si le llegaba a los hombros, a pesar de que René era de buena estatura. El negro sacó un pañuelo de seda de su uniforme y le indicó a René que se diera vuelta. Cuando lo hizo, el negro le vendó los ojos.

– Es parte de la seguridad del club – le informó – sólo los miembros ya aceptados pueden conocer su ubicación exacta.

René no dijo nada. Sentía el cuerpo del negro a sus espaldas, y tal vez demasiado próximo, porque pudo apreciar su pelvis apretando contra su trasero. Permaneció quieto, aun cuando después de vendarlo el negro deslizó las manos por su cuerpo, tanteando su entrepierna y sus nalgas con absoluta tranquilidad. René comenzó a excitarse sumido en la oscuridad y sin saber qué haría el negro a continuación. El chofer lo empujó suavemente contra el coche, ayudándolo a subirse de nuevo. Cuando estuvo sentado dentro nuevamente, la mano del chofer tanteó su entrepierna, mientras los carnosos labios se posaban contra los suyos. René sintió su lengua abriéndose paso entre sus dientes, mientras abajo la mano le acariciaba el paquete con absoluto detenimiento. Bajo su contacto, el pene de René se hinchó y de no ser porque el ruido de otro auto aproximándose hizo que el chofer tomara su puesto y arrancara, no sabía de lo que hubiera sido capaz de hacer.

Finalmente el auto se detuvo y el chofer lo ayudó a salir. Aun sin quitarle la venda lo condujo por un sendero. En el camino, la mano del chofer se perdía por sus nalgas, acariciando sus glúteos mientras René caminaba con torpeza e inseguro. Poco más adelante le removieron la venda. Estaba a las puertas de una enorme e iluminada mansión. El chofer se despidió con absoluta seriedad y una inclinación de cabeza. La enorme puerta labrada se abrió y un seco mayordomo le invitó a pasar.

Ahora, en la terraza, y después del incidente con el extraño, Ted lo abrazaba y René confiaba en que su amante y amigo supiera cuidar de él.

– Esto es muy extraño, Ted – comenzó René – qué se supone que hacen los miembros del club?

– Tranquilo, amigo, la noche apenas comienza, pr

onto vas a descubrirlo.

– Pero explícame – rogó René – quiero saberlo ahora.

Ted no dijo nada más. Besó a René en la boca, y éste, escandalizado de ser besado por Ted en público lo apartó con fuerza. Ted le soltó un bofetón en la cara. Sorprendido, René lo miró tratando de obtener una explicación, y Ted lo atrajo nuevamente para besarlo con lujo de violencia, mordiendo sus labios hasta casi hacerlo sangrar. Esta vez René no hizo nada para detenerlo, intimidado por el golpe recibido poco antes, y cuando Ted separó su boca y lo llevó de vuelta al salón, René lo siguió mansamente.

La mesa estaba ya completamente montada. Además del hombre que había conocido al llegar, había ahora unos 5 o 6 más. Todos parecían gente de mucho dinero, y reían mientras hablaban y fumaban sus puros con copas de cognac en las manos. Voltearon casi al mismo tiempo al verlos llegar de la terraza. Saludaron a Ted de la misma forma que lo hizo el primero, tomando su mano y su sexo al mismo tiempo, y Ted hizo lo mismo con todos ellos. René permaneció a un lado, esperando ser presentado, y Ted lo llamó para que se acercara. Los hombres lo rodearon. No lo tocaron, pero René se sintió intimidado por la forma en que lo miraron, como si fuera una cosa y no una persona. Percibió que allí él no podría decidir ni opinar, porque ellos estaban al mando, y eso encendió de nuevo la chispa sexual que desde que el chofer lo recogiera bailaba en su vientre.

Tomaron sus sitios para cenar. La comida era magnífica y la atención de los meseros de primera calidad. René sorprendió la mano de uno de los socios trepando entre las piernas de un joven y apuesto mesero, y mientras el chico servía la ensalada, la mano del hombre tanteaba sus muslos y su sexo. Al ver que René los miraba, el hombre le guiñó un ojo y moviendo un poco el mantel le mostró que se había abierto la bragueta y de sus pantalones asomaba la punta de su pene, gruesa y colorada. René lo miró sin decir nada, pero sin poder apartar la vista de su sexo. El hombre tomó una rodaja de pepino de su ensalada y se acarició la punta de su verga con ella. René pudo ver que la gruesa gota de líquido seminal que brillaba en la punta quedaba pegada a la rodaja de pepino. El hombre se estiró sobre la mesa y la acercó a la boca de René. Estupefacto, René la aceptó, y abriendo la boca se la comió. El hombre le sonrió, y René la tragó casi sin masticar, percibiendo levemente el sabor de la pequeña gota de semen.

Cuando terminaron de cenar, pasaron todos al salón contiguo, donde una nueva ronda de bebidas habían sido ya dispuestas. René terminó sentado en un sillón largo y cómodo, con Ted al lado. La mano de su amigo comenzó a acariciar su pierna mientras platicaba con otro de los socios. El hombre tendría unos 45 años, y era un conocido político que estaba en plena campaña para alcanzar un puesto en el gabinete. René estaba impresionado con su presencia, y sintió un poco de vergüenza de que la mano de Ted subiera por sus muslos y le acariciara el paquete frente al conocido personaje.

– Tu amigo trae ropa interior? – preguntó el hombre de repente.

– No, – dijo Ted – le di las indicaciones.

– Déjame verlo – pidió.

Ted empujó a René para que se pusiera de pie. El socio tomó a René de la mano y lo atrajo hacia él. Como estaba sentado y René de pie, su rostro estaba a la altura de la entrepierna. Le metió la mano entre las piernas, palpando sus testículos libres bajo la ropa. René se excitó al instante, y su verga dura fue perfectamente notoria. Ted le dio la media vuelta, y el socio pudo tantear sus nalgas con absoluta libertad. Después de unos minutos, un mesero trajo en una bandejita unas pequeñas tijeras plateadas. René no entendió para qué serían usadas, hasta que el socio las tomó y recortó una abertura en la parte trasera de sus pantalones. El agujero permitía ver su agujero. Los colores incendiaron el rostro de René al sentir los dedos desnudos acariciando su culo, mientras Ted lo mantenía sujeto y todos miraban. El político mojó los dedos en la copa y untó su culo con el aromático cognac. Ted obligó a René a inclinarse, y el socio pudo lamer la raja de sus nalgas y saborear el licor que humedecía s

u ano. Aquello había encendido al hombre, pues se abrió la bragueta y extrajo un largo y duro pene. Ted le ordenó a René que se lo mamara, y como éste tardara en reaccionar, lo jaló de los cabellos hasta ponerlo de rodillas entre las piernas del político. René aceptó meterse el pito en la boca, y comenzó a lamer el glande excitado y húmedo. El agujero en sus pantalones permitía admirar su culo, y otro de los socios se colocó detrás de él para meterle un dedo en el ano. René fue utilizado por todos. Ted lo llevó de regazo en regazo, de verga en verga, y mientras lamía y chupaba sus penes, algunos de ellos le picaban el culo, le mordisqueaban las nalgas o metían la mano por el agujero de sus pantalones, ahora ya tan desgarrado que podían llegar hasta su hinchado sexo y sus testículos, y lo acariciaban y lo apretaban, y René al borde del orgasmo, en la excitación permanente, creía que no podría aguantar un minuto más aquel trato. El único que no lo tocó fue Ted. Se limitaba a llevarlo de un lado a otro, a acomodarlo para el disfrute de los demás, a llevarlo hasta la próxima verga y colocarlo frente al miembro para que lo acogiera en su boca.

Los socios estaban ya totalmente excitados. Le indicaron a Ted que prepara a su invitado, y sin saber a qué se referían, René siguió a Ted al piso superior. En una lujosa recámara, Ted lo desnudó, y empezó a sacar ropa de varios cajones. Primero unas pequeñas y femeninas braguitas blancas de encaje que René se negó a ponerse. Un sonoro bofetón lo convenció y las deslizó sobre sus velludas piernas. La prenda casi transparente apenas si intentaba cubrir su sexo erecto, y las bolas de sus testículos se asomaban de forma obscena. Siguió un liguero negro y unas medias de fina seda completaron el atuendo. Le colocó una batita corta encima y tras colocarle unas zapatillas de tacón alto lo puso frente al espejo. El resultado era grotesco. El masculino rostro de René no cazaba con las prendas suaves y femeninas, pero Ted lo besó y la imagen en el espejo permitió ver a René que la verga de su amigo estaba dura bajo los pantalones. Se la sacó y René comenzó a mamársela. Después de haber chupado tantas vergas esa noche, encontrarse con el conocido sabor de Ted le hizo sentirse como si llegara a casa después de un largo viaje. Lamió la cabeza hinchada y el rugoso tronco. Humedeció sus bolas rubias y gordas con la lengua y en pocos minutos obtuvo una rápida y abundante venida dentro de su boca. Por primera vez se tragó el semen, y Ted le acarició el rostro por ese detalle. La verga desapareció dentro de los pantalones, y de la mano de Ted, volvió al salón. Antes de entrar, René le pidió a Ted que lo sacara de allí, que ya no quería ser miembro de aquel club, pero Ted lo empujó hacia adentro y René quedó frente a la escrutadora mirada de aquellos hombres.

Estaban todos en distintas etapas de desnudez. Algunos con la bragueta abierta y el sexo de fuera, otros ya con los pantalones bajo las rodillas se acariciaban mirando imágenes eróticas y uno de ellos, completamente desnudo jugaba con unas pequeñas pinzas en sus manos. Precisamente ese socio se aproximó a René. Tendría unos 50 años, con las sienes plateadas de canas y un atractivo bigote oscuro que hacía juego con sus pobladas cejas. Su sexo, enorme y erecto, se bamboleó entre sus piernas al aproximarse a René. Le tomó el rostro entre las manos y lo besó mientras le metía las manos entre la bata para acariciarle el pecho. René sintió su bigote restregándose junto a su boca y la punta de su sexo chocando contra su vientre. Las manos buscaron sus tetillas, pellizcándolas y jalándolas, mientras la lengua hurgaba dentro de su boca. Le besó los pequeños pezones y bajo su contacto, René sintió su deseo expandirse por todo su cuerpo. Sin aviso alguno le colocó las pequeñas pinzas plateadas en las tetillas, y un doloroso rayo atravesó desde el pecho hasta su conciencia. Trató de removerlas, pero el hombre le detuvo las manos.

– Déjalas allí, pequeña putita – le dijo al oído.

De sus brazos, pasó a los de otro socio, que metió las manos entre sus piernas para acariciarle el sexo y mostrarles a todos las pequeñas bragas casi transparentes. René miró hacia abajo y la mano de

l hombre apretando su pene y sus huevos lo llenó de deseo. Llevaba ya mas de dos horas en aquel estado, y necesitaba ya desahogar la pasión que lo consumía. El hombre que lo acariciaba le dio la media vuelta y sus nalgas apenas cubiertas recibieron sus enajenantes caricias. Finalmente lo empinó y frente a la vista de todos, incluyendo a Ted, lo poseyó. Jamás se había imaginado René estar en aquella posición. Se recordó a si mismo que tenía una esposa en algún lugar, pero aquella verga horadando su culo frente a todos aquellos hombres importantes lo hizo olvidarse de eso también. Se sostuvo como pudo, y los empellones del hombre lo llevaron pronto a un orgasmo rápido y violento. Ted lo llevó hasta el tipo sentado que miraba un libro de imágenes. René vió que miraba un grabado donde un enorme perro montaba a un chico en vez de una perra, y con una seña el hombre le indicó a Ted que acomodara a René igual que el grabado. A sus pies, René se puso en cuatro patas y el hombre lo montó. Su verga, la segunda de la noche, remitió el placer de René hasta un punto de increíble sensación. Su verga entró en su culo, y parecía quemar las paredes a su paso. El vaivén de sus enormes huevos golpeando entre sus piernas le hicieron sentir como esa perra en celo del grabado, y nada cambió cuando el hombre dejó su carga de semen dentro de su cuerpo y un tercero lo hizo voltearse y abrir las piernas para ponerlas sobre sus hombros, introduciendo su miembro hasta el límite, hasta que la base de su pene y su velludo pubis se restregaban contra la piel cada vez más sensible de René.

El cuarto hombre lo obligó a sentarse sobre su verga. Aquella posición le permitió a René controlar el ritmo de la cogida, y el deseo contenido de su cuerpo creció hasta cimas insospechadas. Aun así no le permitieron venirse. Si René comenzaba a acariciarse, Ted, siempre cerca y siempre vigilante, le golpeaba las manos, le abofeteaba el rostro o le daba una nalgada con fuerza. Incluso llegó a propinarle un manotazo en la verga, y René casi llora del dolor.

El quinto y el sexto alternaron en su cuerpo como buenos compañeros. Saltaron de su culo a su boca en innumerables ocasiones, y René se perdió en el torbellino de ese par de vergas viajando incansables por todo su cuerpo.

René estaba ya saturado, agotado y exhausto. Hacía rato que el deseo llevado a tales extremos había hecho de él poco menos que un animal. Ya nada le importaba. Chupaba, mamaba, lamía cualquier cosa que le pusieran enfrente, un pene, un culo, un dedo, una peluda tetilla o un dildo de plástico. Aceptaba que le metieran cuanto quisieran, y abría su cuerpo para recibir cualquier cosa que aquellos hombres desearan, se tratara de sus penes, sus dedos o cualquier objeto que éstos quisieran introducirle. Era solo un receptáculo, un agujero y como tal, carecía de voluntad y decisión.

Cuando ya casi amanecía, los miembros del club se fueron calmando, agotados y satisfechos. René era aún un torbellino de insatisfacción y deseo. Ted aún lo mantenía al filo de la desesperación, y René buscaba restregarse contra la alfombra, los muebles y las paredes, incapaz de contener el deseo que quemaba su piel.

– Bueno, -dijo uno de los socios – creo que podemos dar la prueba por terminada – estás aceptado.

René se sintió orgulloso. Decidió que la interminable jornada había valido la pena, pero se sintió morir cuando se dio cuenta que no le hablaban a él, sino a Ted.

– Has superado la prueba con creces – le decía en aquel momento el socio a Ted -. Nos has traído un hombre casado, heterosexual comprobado, y lo has convertido en un juguete perfecto. Mereces ser parte de nuestro club.

René sintió que algo se le quebraba. Ted lo había engañado y su voluntad, al igual que su cuerpo estaban rendidos. Sin atreverse a reclamar nada, siguió a Ted, desnudo como estaba hasta salir de la mansión. Afuera los esperaba el chofer negro, para llevarlos de regreso a casa. René subió al auto, y el frío asiento de cuero en su trasero desnudo le hizo sentir escalofríos. A pesar de todo su verga seguía erecta y aun en esos momentos no se atrevió a darse satisfacción. La noche era bastante oscura, y en silencio, comenzaron el viaje de regreso. A medio camino el chofer detuvo el auto.

– Le recuerdo al señor que me prometi&oacute

; una propina – le dijo a Ted mirándolo por el retrovisor.

– No lo he olvidado, puedes tomarla.

El chofer se bajó y abrió la portezuela trasera, del lado de René. Le ofreció una mano, y sin entender de qué se trataba, René salió del auto. Allí, en plena carretera el enorme negro lo besó. El cuerpo tenso de René reaccionó rápido como un rayo bajo la caricia. Hubieron pocos preliminares. El negro desenfundó su pene, enorme y oscuro como la noche misma y René, sin ninguna indicación se arrodilló para chuparlo. La víbora morena se hinchó con sus lamidas y besuqueos, levantando la gruesa cabeza y demandando atención. El chofer subió a René sobre el cofre del auto, separando sus piernas y acomodando su culo a la altura de su verga. Lo penetró de forma salvaje, sin detenerse a ver si lo lastimaba o si lo disfrutaba. A René no le importó, porque Ted estaba en el auto y ya no podía impedirle que se masturbara. A través del parabrisas vio a Ted mirándolos mientras sonreía. Su hermoso rostro llenó a René de recuerdos, pero ninguno tan vivaz como aquel enorme y oscuro pene rompiendo su culo con persistentes y violentos empellones.

Antes del orgasmo, el chofer bajó a René y lo llevó hasta la ventanilla del auto donde Ted los miraba sin decir nada. René se apoyó en la ventanilla y pudo ver que Ted se estaba masturbando. Su gruesa y conocida verga estaba erecta y la conocía tan bien, que René supo que estaba ya a punto de venirse. A sus espaldas, el chofer volvió a meterle el grueso vergón hasta sentir sus pelos en la base de sus nalgas, y René se masturbó mientras Ted hacía lo mismo leyendo en su rostro el alcance de su inmenso placer. Por fin, después de tantas horas, el pene de René explotó, y los abundantes chorros de esperma empezaron a escurrir por la portezuela del auto. El negro se vino también dentro de su cuerpo, mezclando su simiente a la de todos los socios que lo habían utilizado aquella noche.

Vencido y mortalmente agotado, René entró al auto. Ted lo tomó en sus brazos, y René, desnudo y somnoliento se acurrucó entre ellos.

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Autor: Altair7

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