Los Encantos de Papi (Parte 4)

La puerta de la habitación se cerró por si sola.

Se besaron de inmediato, mientras Anne deshacía el nudo de la corbata y le aflojaba el cinturón.

El gordo y largo tronco de Tomás brotó amenazante cuando Anne bajó su pantalón, desafiándola a que hiciera su mejor trabajo. Anne se arrodilló frente a papi, lo tomó con ambas manos y comenzó a lamerlo y masturbarlo. Papi le puso su mano en la cabeza, como queriéndola calmar, y se sentó al borde de una de las camas, abriendo sus muslos. Anne caminó sobre sus rodillas hacia él.

Tomás sentía que siete días eran demasiada espera cada jueves. Su morena vergota estaba en pleno apogeo, levemente inclinado hacia su cabeza, babeante, esperando sentir que la boca de Anne lo arropara.

“¡Eres la mujer más ardiente que he conocido!”, dijo Tomás.

Anne se abalanzó sobre él, derribándolo, besando su boca y lamiendo su cara, con sus rodillas sobre los muslos de papi, sin importarle ni preguntarle si le molestaba. Tomás metió sus gigantescas manos debajo del negligé y comenzó a acariciar sus tersas nalgas, introduciéndole sus gruesos y ásperos dedos en el ano y la vagina, subiendo por su espalda y volviendo a bajar, mientras ella lo devoraba a besos.

Después de un par de minutos de besar ávidamente a papi, Anne comenzó a bajar lentamente y acariciar con su cara la barba de Tomás; continuó bajando por su cuello, mordisqueando su garganta unos segundos, sin detenerse continuó lamiendo y besando su pecho, rodeando sus tetillas con la lengua, su estómago y su ombligo, para llegar al deleite final: sus 8 duras y obscuras pulgadas de carne que aguardaban con ansias una de sus superlativas mamadas.

Tomás jaló una almohada y luego la otra, levantando un poco su cabeza para ver la rubia cabellera de su bella hija subir y bajar por el contorno de su pene, deleitándolo con su caliente y babeante boca cada vez que desaparecía por completo dentro de ella. Anne se quedaba unos segundos con el pene de papi completamente metido, mordisqueándolo en la base, lo sacaba por completo, tomaba aire, lo escupía y se lo volvía a tragar. Su pintura se había arruinado. El rímel de sus ojos se había corrido por las lágrimas que le salían al ahogarse con él, dejando huella de su lápiz labial en su contorno.

“¡Uy, uy, uy!”, dijo Anne tras unos minutos. “¡Traes una semana de carga, siento tus huevos pesados y tu estómago duro, novio! ¡Me vas a hacer trizas!”

Anne giró sobré Tomás, poniendo sus nalgas frente a su cara, mientras ávidamente chupaba el delicioso pene. Bajó sus rodillas a cada lado de su extasiado amante y se comenzó a erguir. Sin recato alguno, hizo a un lado el negligé, exponiendo completamente sus nalgas y se sentó sobre la cara de Tomás, sintiendo entre sus nalgas su nariz, frotándose en ella, sin importarle si su padre podía o no respirar. Él nunca había sido atrapado de esa manera. Anne se levantó un poco y con sus manos abrió sus nalgas, hasta sentir la lengua de su amante invadir sus orificios, haciéndola gozar intensamente, disfrutando su esencia de hembra en celo

Lo dejó al fin libre para lanzarse de nuevo sobre su magna erección, lamiéndola y mamándola tomada con ambas manos, haciendo casi explotar en su boca.

Se incorporó de nuevo, bajando de la cama, y fue a sacar de su bolso un condón. “Hoy si me pudieras hacer un hermanito-hijito-nietecito”, dijo riéndose. Tomás también se rió de la ocurrencia de su hermosa hija.

Anne sacó el condón de su empaque, lo puso en su boca, y empujándolo un poco con la lengua y dientes, envolvió el pene de papi con él, casi a la perfección, mientras el viejón observaba en silencio. Lo sacó de su boca y lo estiró cuidadosamente con sus manos. Le quedaba justo. Revisó que no tuviera daño alguno.

Se volvió a trepar sobre su padre, levantó un poco sus nalgas, dejándose caer sobre él miembro, lentamente, sintiéndolo abrir sus entrañas poco a poco, haciéndola gemir de placer, mientras el viejón acariciaba sus bellos senos y erectos pezones por encima de la suave tela.

Tras unos minutos, Anne se estiró por completo de nuevo sobre su añoso novio, quien la abrazó con toda su fuerza y arrancó su negligé, como si fuese una envoltura, arruinándolo y dejándolo alrededor de su cintura.

“Mañana te compras otro, novia, nomás te encargo que sea igual”, dijo Tomás al destrozar la diminuta prenda.

“Mejor me lo compras tú en Nueva York”, contestó despreocupada, al comenzar a rodar abrazados por la cama, teniendo Tomás la precaución de no aplastarla con su masiva corpulencia. Anne se deshizo de la prenda.

“Tus besos saben a mi culo”, dijo Anne

Con sus codos, Tomás se apoyó en la cama al tiempo que Anne, debajo de él, abrió sus piernas al aire, penetrando en su vagina con vigor, sin separar sus bocas, poniendo sus manos en la frente de su novia, respirando agitadamente, bombeándola rápida y constantemente, gozando ambos al máximo, haciendo que Anne alcanzara su ansiado orgasmo en unos breves instantes.

Poco o nada les importó gemir y gritar dentro del cuarto, ni que la cama rozara o golpeara contra la pared ante los tremendos embates de papi, ignorando por completo a extraños que pudieran escucharlos o percatarse que habían entrado. El hotel se veía solo aquella mañana.

Tomás sintió ganas de eyacular, pero se detuvo. Ambos se levantaron. Anne fue al espejo y se limpió completamente el arruinado maquillaje.

Papi se sentó en uno de los sillones del cuarto. Anne se aceró y se sentó sobre él, arrancándole el condón, frotando entre sus nalgas en el resbaloso y duro pene, besándolo y lamiendo su cara por unos momentos, para luego girar sobre Tomás y darle la espalda, deslizándose un poco hacia enfrente, levantando sus blancas nalgas, brillantes y humedecidas, ofreciendo a papi su rosado y palpitante culo.

Tomás, deleitado, tomó su gordo miembro y lo encañonó, jugueteando con su glande alrededor del esfínter de su novia, para comenzar a meterlo poco a poco y sin esfuerzo, viéndolo en primer plano abrirse y adaptarse al invasor, desaparecer sus arrugas naturales con cada impulso que hacía sobre él. Anne puso sus manos en el piso, mientras Tomás contemplaba la perfecta penetración de su novia, que solo movía su trasero de arriba abajo levemente, dejando a su padre sentir su caliente y abrazador interior.

“¡Ooohhh!”, gemía Anne, “siento que hago popó al revés”, dijo, haciendo reír de nuevo a su fogoso amante, sintiéndolo avanzar y retroceder en sus entrañas.

Tras algunos minutos, Anne deslizó hacia enfrente, desacoplándose de su novio, y se arrodilló frente a él. Levantó su mirada. Sus verdes ojos quedaron fijos en los de papi al comenzar engullirle la verga de nuevo, milímetro a milímetro, disfrutando la mezcla de su propio olor y el suavemente salado sabor de su resbaloso contorno, sin perder detalle de la expresión de él, degustándolo golosamente durante un par de minutos más…, hasta que Tomás comenzó a balbucear… “Anne, ten cuidado”, dijo. “¡Ay amor, ten cuidado! ¡Novia, estoy perdiendo el control!”

No separó su boca del pene de su padre a pesar de las advertencias de éste, sin dejar de mirarlo y con sensual expresión de su cara, agrandando sus bellos ojos, Anne le hizo entender que se tragaría toda su acumulada carga, sintiendo claramente en sus labios cómo se delineaba cada vena, ya en clara preámbulo a la ansiada eyaculación.

Segundos después, la gruesa verga comenzó a palpitar. Anne sintió el primer chisguete del caliente fluido en la campanilla, pero fue tan intenso y abundante que la tomó por sorpresa. Tomás gritaba de placer mientras Anne se ahogaba y tragaba lo más que podía, sin soltarlo un segundo, mordisqueándolo, aprisionándolo con los dientes, haciéndolo casi convulsionarse de placer cada vez que lo hacía, hasta sacarle la última gota, sin dejar de mirarlo a los ojos. Lo sacó por un instante, lo suficiente para que cayera semen de su amante en uno de sus pezones. Escupió un poco y cayó en su velludo estómago, y volvió a meter el impregnado miembro en su boca, corriendo algo por los lados hacia los huevos de Tomás. La boca de Anne quedó coronada con el semen de su novio.

Ya descargado y relajado, Tomás echó su cabeza hacia atrás mientras su apetecible hija terminaba de limpiar con su boca el semen que escupió en su estómago y lo que escurrió hacia sus testículos, batallando un poco por el exceso de vello de su padre.

“Me acabo de tragar algunos millones de hermanitos”, dijo Anne concluida su labor de limpieza, haciendo que su padre se riera de nuevo.

“¡Me corrió como atole caliente por la garganta…lo sentí todo!”, dijo ella. “Eres un semental novio… ¡cómo te salen mecos para estar tan ruco!”

“¡Indecente!” dijo Tomás. “Eso te pasa por dejarme tanto tiempo en el olvido”

“Leí que era buen alimento y excelente para el cutis también, amor”, dijo ella.

Tomás tomó un pañuelo desechable y limpió la cara de su novia, como bebé. Ella acercó su boca y lo besó, sin reserva alguna. El respondió con reserva al principio, pero con la acostumbrada pasión después.

Se metieron juntos a la regadera y se enjabonaron el uno al otro. Anne cuidó que su pelo no se mojara porque eso sí que sería un problema, limpiando con sumo cuidado el poco semen que cayó en él. Salieron de la ducha y se secaron. Anne sacó de su bolso el desodorante de papi y su bolsita de pinturas.

“Piensas en todo, novia. Eres increíble”, dijo Tomás.

Se sentó frente al espejo y comenzó a maquillarse, mientras él observaba la blanca desnudez de su madura pero sensual novia, sin sentir remordimiento alguno de haber cometido repetidamente incesto y hacerla su amante, su deseado trofeo, sintiéndose interiormente orgulloso de su revitalizada virilidad.

No podría tener otra mujer: su hija era su mujer. Ansiaba como nunca el viaje a la boda, ya muy próximo, pero le preocupaba un poco la presencia de sus hijos Estela y Mark, una pareja muy ortodoxamente religiosa, inflexible e invasiva. Quizá fue un error invitarlos, pensó.

Poco más de una hora después de su arribo al cuarto, Anne y don Tomás salieron de la habitación en forma separada. Primero él y luego ella.

“Te espero en los tacos. Nos queda casi una hora para la junta, novia tramposa”, le dijo al despedirse.

Anne se quedó a arreglar el cuarto, tratando de eliminar toda huella de su encuentro.  Recogió el negligé destrozado por papi. Pensó en tirarlo, pero sería una evidencia muy obvia, y prefirió guardarlo en su bolso. Luego inspeccionó cuidadosamente el sillón donde Tomás había eyaculado en su boca. Limpió un hilo de semen aún visible en el cojín y un poco que escupió en la alfombra con una toalla húmeda y papel sanitario y lo arrojó al excusado. Cuando según ella no parecía haber habido actividad sexual comprometedora en la habitación dejó las tarjetas de llave en la mesa y salió.

Había reservado bajo su nombre para un tío ficticio que venía a la ciudad por un día, con una tarjeta de crédito que era extensión de la de papi y no tener problema alguno con el estado de cuenta que su marido siempre revisaba.

Cuando llegó a la taquería, papi ya iba a la mitad de 4 tacos. Anne pidió dos. Despreocupados, comenzaron a platicar pormenores de la reunión. Papi era otro. Aun viéndolo todos los días, su mejora era apreciable.

“¿Sabes que me encantas, que estoy enamorada de ti, novio?”, dijo Anne cuando se pusieron de pie. Hubieran querido besarse y caminar agarrados de la mano, pero era mucho tentar al destino.

Tomas, calladamente, solo se sentía orgulloso de semejante trofeo, en especial cuando notaba como extraños la miraban deseándola. “Yo también te amo Anne”, dijo Tomás mientras caminaban.

Llegaron unos 15 minutos antes del inicio de la reunión. Instantáneamente, Tomás entabló plática con los conocidos presentes. Anne saludó a todos y cada uno de beso. Se separaron del grupo para ir al salón, y se dirigieron al elevador.

“Me muero por el viaje a Nueva York novio. Podremos dormir juntos. Ha de ser padrísimo despertar desnuda junto a ti después de coger toda la noche”, le dijo mientras esperaban el ascensor. Don Tomás sonrió a su hija. “Me muero por amanecer contigo también, preciosa. Te amo”.

“¡Si amor!”, dijo excitada. “Ojalá que Estela y Mark queden bien lejos de nosotros. Me tienes que comprar un negligé, no te hagas”, agregó sonriendo.

La reunión fue eterna y aburrida, al menos hasta la mitad. Una hora después de iniciada, Anne pasaba notitas a su padre, simulando que eran cosas relevantes de ésta. Se le acercó varias veces al oído, diciéndole “te amo”, “que rico me coges”, “no traigo calzón”, “se me hace que llegando a tu casa me coges otra vez”, haciendo que Tomás comenzara a sentir su pene endurecer a media reunión.

La luz del recinto se apagó para pasar diapositivas y presentaciones sobre los avances de las gestiones del comité.

Para su fortuna estaba también previsto café y galletas. Anne estaba sentada a la izquierda de Tomás. Las mesas tenían mantel hasta el piso y el salón estaba frío.  La vestimenta de Anne le impedía a Tomás meterle la mano sin ser obvio, acariciándola por encima de la ropa, pero ella si metió la suya y comenzó a acariciar su endurecido pene también por encima, ciertamente delineado, frotándolo hasta sus testículos. Tras unos minutos, Anne decidió sacárselo, batallando algo para bajar su cremallera con una sola mano. Tomás bajó su mano y restiró su pantalón, ayudando a Anne a lograr su propósito.  Al hacerlo y sacarlo casi por completo por la abertura del calzoncillo, comenzó a masturbarlo lenta y suavemente, haciéndolo crecer casi al máximo en segundos. Lo sentía húmedo y levemente esponjoso. Para Tomás era sumamente difícil controlarse, tras las caricias de la fría mano de su hija, mientras ella se inclinó y le susurró al oído: “¿ves que se siente? Así me pones cuando me manoseas con mi marido enseguida” al tiempo que le metió rápidamente la lengua y le mordisqueó la oreja.

Tomás volteaba disimuladamente y miraba a Anne, quien fingía poner atención en el expositor a pesar de la oscuridad, sin soltarle el pene un solo instante.

Anne continuó masturbando disimuladamente a su padre, limpiando cada rato su mano en el mantel, mientras él trataba de disimular su acelerada respiración. A ella no parecía importarle mucho si lo hacía eyacular. Sería muy poco si así fuera. Tomás no hizo absolutamente nada por detenerla.

Agarró firmemente el engrosado pene y con su pulgar comenzó a frotar el glande, como si fuera un encendedor. Ahora era Tomás quien simulaba poner atención cuando ella volteaba deleitada, tratando de ver su expresión tras su atrevimiento. Volteó a verla, y ella se relamió los labios y continuó frotando el glande, sintiendo su abundante baba seminal.

Fue muy difícil para él no hacer ningún ruido al chorrearse en la mano de su novia, mientras ella lo apretaba firmemente, tratando de evitar que se escurriera y manchara su ropa.

Al terminar, Anne limpió su mano en el mantel. No era tan poco como ella pensaba. Aprovechando la obscuridad, bajó su otra mano y como si fuese una toalla, se limpió el semen y lo esparció lo mejor que pudo por el mantel y subió la cremallera de Tomás.

Ya con el pene de su padre debidamente guardado, recorrió con su mano el contorno para sentir que no hubiera dejado alguna huella comprometedora.

Cuando Anne pensó que estaba el orador en su fase final, sacó su mano. Llegaba el momento de ponerse de pie y comenzó a preocuparse un poco si había quedado evidencia. Tomás se percató de la situación, y bajó su mano para constatarlo. Le dio dos palmadas a Anne en la mano haciéndole entender que todo estaba bajo control.

Instantes después, se encendieron las luces y concluyeron su junta. Anne tuvo la precaución de salir de inmediato para ir al baño y evitar las despedidas de rigor, dejando a Tomás con el problema.

“¡Eres una abusona y peligrosa!”, dijo por fin Tomás a Anne cuando estaban solos en el ascensor. Anne lo miró con pícara sonrisa y lo besó en la mejilla, lamiéndosela de nuevo.

“¡Te encantó novio, te fascinó mi detalle!”, dijo ella sonriendo, “me acordé de la canción de Luis Miguel y pues… ¡no pude evitarlo!”.

“Si, pero imagínate cuando recojan los manteles y se den cuenta”, agregó Tomás.

“Ya será problema de ellos”, dijo despreocupadamente Anne, aun siendo ella una de las tres mujeres en el recinto de unas 20 personas. Las otras dos definitivamente no harían ese tipo de locuras.

Anne llamó a Raúl para pedirle que los recogiera. Andaba por el rumbo y llegó en poco tiempo al mismo lugar donde los había dejado 4 horas antes.

“Caigo en cuenta que por primera vez no habrá jueves de papi la próxima semana, novio”, dijo Anne mientras caminaban a esperar a su marido. Tomás asintió con la cabeza, algo resignado. “Pero el fin de semana, ¿qué tal eh? Quiero que llegues bien cargadito, mi amor, ¿te queda claro?”.

“Podemos hacer una escala técnica el domingo, lunes… ¿mañana?”, propuso Tomás, riéndose.

Anne lo volteó a ver, reprobando su propuesta con su sola mirada.

“Amor, ¿me das una media hora con papi en su casa? O mejor, te llamo para que pases por mí”, dijo Anne a Raúl en el trayecto. “Quedan unos pendientes de la junta y como nos vamos a ir, y ya sabes cómo es, queremos dejar todo listo para que los tengan la próxima semana, que no estaremos aquí”.

“Claro reina. No hay problema”, contestó Raúl. “O mejor, déjenme en la casa y te quedas con el carro”, propuso.

Tomás puso cara de incógnita al escuchar a su hija. Algo traía algo entre manos, algo que seguramente le encantaría.

Cuando entraron en la casa, Tomás se sentó en el sillón. Anne bajó su cremallera y sacó su pene del calzoncillo, exactamente igual a como lo había hecho en la junta. “¿Ves que si se pudo?”, dijo sensualmente al unir sus bocas y comenzarlo a masturbar con energía. “No te va a salir mucho”, dijo segura, “pero con tres veces que te vengas hoy, aguantarás para el viernes en la noche”, dijo, al bajar su cabeza y comenzar a mamar de nuevo el humedecido y semi-erecto miembro de su padre.

“¿Ves?”, dijo finalmente, “esto lo hubiera embarrado también en el mantel”, al tragar el poco semen que soltó Tomás. “Ya sabemos que hacer de hoy en adelante con eses juntas enfadosas”.

“¡Poner atención y participar sería un buen principio!”, dijo Tomás. “¡Estas bien loca!”, dijo Tomás, “¡pero me encantas! ¡te amo!”.

No fue necesario ni limpiarse. Anne tragó la escasa carga de su padre. Le dio un beso a en la mejilla.

“Alguien tiene que hacer la comida, novio. Los niños están por llegar”, dijo, “eres único. ¡Tres veces en menos de medio día!”, prosiguió, en tono de alabanza, saliendo algo apresurada.

***********************

Faltaban eternos ocho días. Anne comenzó a sugerir a su padre a utilizar Viagra o Cialis para el ansiado fin de semana en Nueva York, cosa que Tomás objetó desde el principio, pero ella se puso a leer un comparativo de ambos productos, y decidió que Cialis era el mejor para el fin de semana en Nueva York. Fue a una farmacia apartada, donde jamás volvería y nadie la conociera, y compró un par de píldoras. Las sacó de su envoltura y la puso junto con sus vitaminas de uso diario para que Raúl no la fuera a pescar. Bien sabía que su padre haría exactamente lo que le ordenara.

La mañana siguiente, Anne le dio las píldoras, y le ordenó tomarlas de acuerdo a las instrucciones que ella misma le daría oportunamente.

El domingo en casa de Anne y Raúl, así los primeros días de la semana, Tomás aprovechaba para manosear y meterle el dedo por el culo a su hija sin que ella se opusiera. Lo que habían hecho en la junta el pasado jueves les despertó ese gusto por el peligro que ambos, sin saber, llevaban dentro. Anne casi le imploraba a su padre que no se fuera a masturbar, que lo quería bien cargado para el viaje. En dos ocasiones ella misma estuvo a punto de sucumbir en casa de Tomás, pero logró pasar la prueba. Papi hubiera caído fácilmente.

Lo que sería su “jueves de papi” fue usado para llamar a Estela y afinar los últimos detalles del viaje. Anne le dio todos los números y referencias necesarias.

“No hermana, no son photohopeadas las fotos”, contestó Anne a Estela ya para despedirse, habiéndole pasado la información del viaje. “Si, papi está increíble… besitos, sister”, tirándole un beso y colgando finalmente el auricular. Anne y papi se rieron cuanto le contó sobre sus últimas palabras.

Tomás le hizo su lucha una última vez. El deseo de cogerse a Anne era intenso.

“La panocha es mía y yo mando”, le dijo ella con carácter y determinación al despedirse.

Llegó el ansiado día de partir. Raúl los despidió en el aeropuerto para volar a Nueva York ese viernes por la mañana, donde se reunirían con Estela y Mark, quienes supuestamente habían llegado más temprano ese mismo día.

El vuelo México – Nueva York estaba programado para llegar alrededor de las 11 de la noche. Todo salió perfecto y sin retrasos.

“Le encargo a nuestra reina, don Tomás”, dijo Raúl al despedirse para entrar al área de abordar. “Nos vemos el domingo, dijo al besarla en la boca y estrechar la mano de su suegro, abrazándolo”.

“¿Sabe tu marido todo lo que te metes en esa hermosa boquita?”, preguntó Tomás mientras caminaban por el túnel de abordar.

Anne le dio una simulada palmada en el brazo y se rió. “Y lo que me haces tragar, cabrón”, dijo.

Ya sentados en primera clase del avión, Anne le preguntó a Tomás por la píldora. Tomás le dijo que la traía a la mano, en tono renuente, pero dispuesto a usarla. Durante el largo vuelo se manosearon un poco cuando lo juzgaban seguro y tenían sus colchas encima. Quien los viera juraría que eran marido y mujer por los frecuentes besos que se daban en la boca y mejilla. “No te la vayas a jalar novio”, le dijo Anne a Tomás las dos veces que se levantó al baño. Cuando ella se levantó por única vez en el viaje, él le dijo “no te vayas a meter el dedo novia”. Anne sensualmente le contestó al oído “puedo hacer con mi panocha lo que me dé la gana. Tú haces las entregas y yo las recibo novio”.

Al llegar al aeropuerto John F. Kennedy, Estela y Mark los esperaban en arribos internacionales. Anne tenía su vulva hecha una sopa y Tomás tuvo que batallar algo con su bulto.

Anne, como siempre, iba cómoda pero adecuadamente vestida y bien maquillada. Estela, por el contrario, se veía bastante informal, a su muy particular estilo de ser, algo descuidada en la coordinación de su ropa y el pelo, con canas notorias, recogido en una cola. Mark también se vistió, aparentemente, con lo primero que encontró.  No parecía importarles en lo absoluto como se vieran, al mero estilo gringo.

Cuando caminaban a recoger su equipaje, Anne le susurró al oído a papi, “tomate la pastillita”. “Tómatela… ¡ahorita!”, le ordenó, calculando una hora más para que comenzara la acción. Tomás se dirigió al próximo bebedero y obedeció las órdenes de su hija.

Se saludaron con mucho afecto. Las hermanas se abrazaron y besaron. Les contaron como deambularon buena parte del día por el aeropuerto, esperándolos. Por fortuna había mucho que ver y hacer ahí.

Rentaron un automóvil y se dirigieron al hotel en Manhattan donde tenían las reservaciones. Mark conocía bien Nueva York. Anne y don Tomás iban en el asiento trasero. Era ya cerca de media noche cuando llegaron.

El frío calaba los huesos cuando subieron al automóvil. Anne se recorrió hacia su padre en el asiento trasero tal como lo haría una novia con el pretexto del intenso frío y puso su abrigo sobre ambos, sin darle mucha importancia a lo que su hermana pensara.

“Papi, ¡te ves guapísimo con esa barba!”, fue lo primero que dijo Estela al ver a su padre con su bien delineada característica masculina algo emocionada. “¡Estas tan bien que yo pensaba que Anne estaba retocando las fotos, fíjate nomás!”.

“Yo ni sé de esas cosas”, intervino Anne.

“¡Ay Estelita!, la necia de tu hermana, ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza, no lo suelta, igual que su madre. Es una monserga”, contestó Tomás, “pero ella también se comprometió a tenérmela presentable, quesque para conseguir una novia”, agregó riéndose.

“¡Siiii, pero te tumbaste como 20 años, bárbaro!, insistió Estela, “nomás acuérdate que tu noviecita no puede ser divorciada ni de otra religión”, recalcó Estela, entre broma y serio.

Tomás metió su mano por enfrente de los jeans de Anne, bajo el abrigo, pero ella lo detuvo firmemente. Hizo varios intentos más. Cuando Estela y Mark comenzaron a hablar, Anne le susurró a papi al oído “va a oler, novio”. Tomás estuvo de acuerdo, pero continuó acariciándola por encima de su pantalón. Anne se llevó el dedo a la boca y comenzó a mordisquearlo ante la impotencia de detener a su padre.

Comenzaron a platicar ya en el trayecto al hotel, mientras Mark les explicaba cómo llegar y por donde iban pasando y sobre planes para la mañana siguiente, el sábado de la boda.

Tomás no paraba de acariciarle sus intimidades a Anne. De por sí ya venía mojada del avión, con esto que papi le hacía temía que se le notara la mancha cuando se bajaran.

Aprovechó otro momento de diálogo entre Estela y Mark. “Por favor detente papi”, le murmuró. “Vas a hacer que me venga”. Tomás retiró su mano. “¿Ves que se siente?”, le dijo.

Estela bajó el visor del auto y se puso a observarlos en el espejo, simulando maquillarse, algo que jamás hacía y menos con gente, con morbosa inquietud y malos pensamientos. Ambos veían hacia la derecha. Anne aun mordisqueaba su dedo. Subió el visor y se volteó hacia ellos.

“¡Cuéntenme chicos!”, comenzó, “¿Qué ha habido por el pueblo?”.

Su hermana y su padre contaron meras intrascendencias ante la ausencia de eventos relevantes en su círculo de familiares y amigos. Anne platicó sobre la “aburrida” junta de la semana anterior, de sus idas al rancho, y de un par de bodas a las que fueron.

“¡Ay Anne!, ¡a veces no sé si decirte mami! ¡andas con papi en todo!”, dijo Estela. “¡Como lo cuidas! ¡Qué bien lo tienes sis!”.

Anne ni sospechaba lo que seguiría en el hotel cuando estuvieran a solas las dos en la recepción.

Estela se volteó. Sacudía su cabeza levemente y cerraba los ojos, mientras los imaginaba desnudos haciendo el amor, como si con eso sus pensamientos fueran a esfumarse. Traía bien metida esa impresión en la cabeza. Lo notaba en la expresión de las caras de su hermana y de su padre.

 

 

CONTINUARA

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