Nos echábamos de menos

Llevábamos un tiempo sin vernos, no estabas lejos, pero sí rodeada de familia que no te dejaban tiempo libre. Así que cuando me llamaste, para decirme que te quedabas sola todo el día, no pensé y me dirigí a tu casa.
Por el camino, solo pensaba como te encontraría. Sabías que iba de camino, y me dijiste “date prisa”. Ambos sabíamos que significaba.
Al llamar se abrió la puerta pero te escondiste detrás de ella.
Entré, se cerró la puerta y al volverme nos fundimos en un beso.
No vi que llevabas puesto, pero lo sentí con mis manos, un vestido ceñido, medias
y mientras recorría tu cuerpo no notaba nada más, solo tu piel.

Mientras me quitabas la camisa, yo ya había hecho que tu vestido estuviera en el suelo y mis besos bajaron por tu cuello, tus pechos y tu ombligo hasta llega a tu coño empapado.
Tus suspiros seguro que se oían a través de la puerta en la que seguías apoyada, pero ya no te importaba, hacía demasiado que esperábamos esto.
Tu coño ardía por dentro y mi lengua no era capaz de recoger todos esos líquidos que salían de él. Volví a besarte, te encantaba besarme con tu sabor en mi boca y mientras me desabroché el pantalón y saqué mi polla, ya dura, para metértela.
Sólo notarla cerca me rodeaste con tus piernas y entró totalmente, arrancándote un gemido.
Cada embestida hacia temblar la puerta, tú no dejabas de gemir cada vez más fuerte y noté como tus músculos se contraían y explotaban en un orgasmo, el mejor que yo recuerde haber producido.

Me hiciste parar, “estoy demasiado sensible” dijiste, y te arrodillaste para chupar mi pene empapado. Sabes como me gusta, y no lo sacaste de tu boca hasta que me corrí, tragándote todo lo que salía de mi polla.

Echaste el pestillo por si acaso, y me llevaste a la cocina a reponer fuerzas.

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