Parte III. Una chica trans me volvió loco

En mi segundo relato les conté lo confundido que quedé después de la segunda follada de mi vida, a tal punto que decidí evitar otro encuentro con mi amado desvirgador.  Sé que no fui correcto con él, que no consideré sus sentimientos, y hasta ahora me arrepiento de no haber actuado de otra forma. Pero en esa época ser homosexual era un estigma, y el miedo que me dio sentir tanto placer con el pene de ese hombre penetrándome, que cuando lo veía me escapaba o me refugiaba en mi grupo de amigas y amigos.  Finalmente, se dio cuenta de mi juego, y dejó de perseguirme.  Lo que yo no sabía entonces, es que cuando se prueba una buena verga, nunca dejarás de desearla, esa o cualquier otra.

Ver segunda parte de este relato.

En efecto, a pesar que nunca amainó mi deseo por las mujeres, que tuve sexo con varias amigas y me terminé casando, en cuando podía, buscaba satisfacer mi deseo de placer anal, pero con hombres desconocidos, y en lugares donde no me encontraría con nadie que supiera de mi. Hasta ahora sigo con este secreto a cuestas.

En uno de los países donde me tocó vivir por mi trabajo, me enteré por la prensa de un debate público bastante inusual.  El Alcalde de la ciudad había tenido que intervenir en un conflicto territorial que se daba entre transexuales y travestis, lo que se zanjó delimitando dos espacios diferentes de la ciudad para que cada grupo ejerciera su comercio sexual sin interferir con el otro, lo que trajo la calma y la paz a todo el mundo. Para mi sorpresa, la zona de transexuales quedaba al pie de la colina donde se erguía el edificio donde yo vivía, lo que azuzó mi curiosidad.  Además, nunca me había preocupado de saber la diferencia entre transexuales y travestis, que hasta entonces para mi, por ignorancia y desinterés, eran casi la misma cosa.

Un fin de semana en que estaba solo, me picó la curiosidad mezclada con calentura, y decidí salir en auto a explorar ese territorio de transexuales. Ya era de noche, y aunque no había muy buena iluminación, quedé impresionado con la belleza de varios de esos ejemplares, que se paseaban tranquilamente en un espacio no mayor que una cuadra, observando los automóviles que transitaban lentamente, acercándose a conversar con su ocupante cuando se detenían.  Uno que otro subía al automóvil y desaparecía. Casi al final de la cuadra vi una chica (¿chico?) muy atractiva y decidí detenerme a entablar conversación. Le dije:

– Hola, no tengo experiencia en esto, por eso te pido que no te molestes si te hago una consulta.

– Dime, mi amor, con confianza.

– Ustedes son todos pasivos, o también son activos?

– Mira cariño, yo tengo un pene bastante pequeño, por eso soy sólo pasiva, pero si buscas otra cosa, conozco una amiga que tiene una tranca para volver loco a cualquiera. ¿Quieres conocerla?

– Si, por favor, ¿cuál es?

–  Es aquella que está casi al comienzo de la cuadra, pelo castaño, con un vestido azul.

Muchas gracias, le dije, eres muy amable. Me di la vuelta y retorné al lugar indicado, donde efectivamente, a la sombra de una marquesina estaba la chica de las señas que me habían dado.  Me detuve, la llamé con la mano, y se acercó a mi auto.  No había caído en cuenta lo hermosa que era cuando pasé unos minutos antes.  No tendría más de veinte años, con un cuerpo bien delineado, aunque sin voluptuosidades, y un rostro de niña con un maquillaje discreto.  Sólo su voz, que seguía siendo bastante masculina a pesar de su afeminamiento, delataba lo que era.

– Una amiga tuya me recomendó hablar contigo.

– Ahh, entonces es porque quieres verga ¿verdad precioso? ¿O quieres hacerlo por lado y lado?

– La verdad es que quiero verga, le dije un poco nervioso.

Entonces se irguió, levantó su corto vestido, y de una tanga de encaje rojo sacó su pene, medio flácido, pero de porte interesante, preguntándome si era lo que me interesaba.

Le dije que sí, por lo que sonriendo maliciosamente me dijo cuánto me iba a costar, y el precio de la habitación donde podíamos ir. Acepté, y le pedí que se subiera al auto, lo que hizo dejando ver una piernas hermosamente contorneadas.  Me dirigí al lugar indicado, una calle transversal con unos cuanto autos parqueados. Me estacioné ya medio agitado, y me bajé siguiéndola hasta una casa sin ningún tipo de indicación. Ella golpeó la puerta, y le abrió un tipo con el que intercambió unas palabras, y me hizo una seña para seguirla.

“Págale la habitación”, me dijo, y cogió una llave que le pasó el tipo. Abrió la puerta de la habitación y antes de entrar se viró y me indicó que ahora le tenía que pagar a ella.  Entramos, cerró la puerta con llave, guardó el dinero en su cartera, extrajo unos condones y un tubo de lubricante, los que depositó encima del velador.

Me saqué la ropa, acomodándola en un silla, y me tiré desnudo en la cama observándola con curiosidad y excitación. Ella se bajó lentamente la cremallera y se desprendió del vestido, quedando en tanga y sostén de encaje.  Se sentó a mi lado en la cama y comenzó a acariciarme, mientras yo aprovechaba para explorar esos jóvenes muslos suaves y firmes. Se quitó el sostén, dejando al aire dos tetas no muy grandes, pero firmes con unos pequeños pezones ya erguidos. “Maravilla que hacen las hormonas”, pensé. Después se sacó los zapatos y el calzón, dejando al descubierto una pinga que nunca había visto en persona. Era puntuda, con una cabeza pequeña, pero cuyo troco se iba ensanchando hacia la base, donde terminaba más grueso que los que había disfrutado hasta ese momento. Notó mi sorpresa y se rió de mi cara relajadamente.

– No te preocupes, mi amor, igual te va a gustar mucho.

– Ya lo creo, pero es que hace más de un año que no tengo una verga en el culo, ¡y ésta es impactante!. La punta me entrará fácilmente, pero después no sé hasta dónde lo voy a poder aguantar …

Ahora la cara de sorpresa lo puso ella

– ¿Tanto tiempo llevas sin sexo? ¿Acaso eres cura?.

– Noooo, lo que pasa es soy casado y mi bisexualidad no la puedo revelar.  Sería el desastre de mi vida, no me atrevo.

– Te entiendo mi amor, pero ya me pasado antes, y sé cómo manejarlo. Tu relájate y disfruta, que te voy a tratar como si fueras un adolescente virgen. Empieza a mamar mi verga con cariño y cuidado.

Me acomodé en la cama para tomar su bolas, y meterme ese pene especial en mi boca. Cuanto más lo entraba, más tenía que abrir la boca, lo que no dejaba de ser un poco complicado, por lo que me dediqué a chupar todo lo que podía, sin exigirme más.  Mientras tanto, ella embadurnaba dos dedos de una de sus manos con el lubricante.  Con la otra mano abrió mis nalgas, y con sus dedos embadurnados empezó a masajear mi botoncito palpitante de deseo. Así estuvo un rato, metiéndome los dedos lubricados hasta relajar mi esfínter, mientras yo arrebolaba la cola deseoso de sentir esa tranca abriéndose paso hasta donde fuera posible.

Sacó su pene durísimo de mi boca cansada, y se colocó un condón. Me preguntó cómo quería ser cogido, si de cucharita, de perrito, patitas al hombro, etc, a lo que le respondí que mejor me cogía de perrito, a ver hasta dónde me podía enterrar ese tronco grueso que probaba por primera vez.  Ella se rió nuevamente, relajada, se ubicó entre mis piernas a mi espalda, y levantó mi trasero tomándome de las caderas, mientras yo me apoyaba en los codos hundiendo mi cara entre mis manos, esperando la embestida de ese espolón.

Separó mis rodillas, empujó mi espalda hacia abajo para dejar mi cola aún más expuesta, y apoyó la cabecita de su miembro en la entrada de mi culito casi virgen por falta de uso. Entró sin dificultad, a pesar del respingo casi instintivo que di cuando lo sentí atravesando mi entrada tan necesitada de verga, e inició el delicioso mete y saca que tanto deseaba hace tiempo. Sentí que mis esfínteres se dilataban más y más con cada estocada, hasta hacerme ver estrellas. Seguramente me quejé más fuerte que hasta entonces, porque sacó su pene, me puso más lubricante, y volvió a enterrarlo hasta donde había estado. Siguió empujando y empujando, mientras mi culo se abría más y más.  No podía creerlo. Se inclinó sobre mi espalda, y me penetraba ritmicamente mientras mis piernas se ponían flojitas de tanto placer. Me puse medio de costado para sentirme más cómodo con esa enculada deliciosa. Agarró mi pene con su mano aún lubricada, y empezó a masturbarme hasta que en un estallido largué todo mi semen sobre la cama, y mi ano apretaba espasmódicamente ese tronco que me empalaba.

Siguió bombeando un rato más, haciéndome jadear sin poder evitarlo, hasta que con un mmmhhh, mmmhhh, mmmhh, se corrió dentro de su condón en el interior de mi culito.  Después de unos minutos, sacó su pene de mi ano en ascuas, y se retiró el condón, mientras yo caía de bruces, loco de placer.  Se bajó de la cama para ir al baño, y me dio la oportunidad de verla desnuda, esta vez de espaldas, disfrutando de la vista de ese cuerpo hermoso de adolescente, con lindas nalgas y unas caderas que se mecían cadenciosamente.  Parece que sintió mi mirada de admiración, porque se viró y me sonrió pícaramente.

En el transcurso de ese año, tuve la oportunidad de disfrutar de esa verga de mujer encantadora un par de veces más, hasta que una noche le pregunté a su amiga por ella, a lo que me respondió que un extranjero con plata se la había llevado para hacerla su amante, pero que estaba aprovechando para estudiar peluquería y cosmetología, pues se daba cuenta que eso no podía durar para siempre, y que no podía vivir de la prostitución toda la vida.

Aun ahora la extraño, y reconozco que si hubiera podido, me la llevaba conmigo.  Ella forma parte de mis mejores recuerdos.

Más adelante, les relataré otra de mis experiencias poco comunes. Espero que les haya gustado.

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