Pillando a mi padre

La historia de este relato ocurrió cuando yo tenía 18 años. Para entonces era un chico bastante corriente. Pelo castaño, delgado, no muy alto. En aquel entonces estaba apuntado al equipo de atletismo del instituto, así que me mantenía en forma. No tenía experiencia con chicas porque tampoco me llamaban demasiado la atención. Los chicos tampoco. Mis únicas experiencias eran conmigo mismo. Hacía algún tiempo que había comenzado a masturbarme y de vez en cuando me contentaba. En cualquier caso era algo que no compartía ni comentaba con nadie, ni siquiera con mis amigos.

Un viernes regresé a casa más temprano de lo habitual porque se había cancelado el entrenamiento. Mi madre ya se había marchado a pasar el fin de semana con mis abuelos por temas de médicos y mi padre aún no había llegado de trabajar. Subí a mi cuarto y me puse a escuchar música con los auriculares puestos hasta que me quedé dormido. Al despertarme me sorprendió que mi padre no hubiera dado señales de vida o me hubiera despertado él mismo.

Salí de mi cuarto y al bajar la escalera pude oír un sonido familiar. Baje sin hacer ruido y desde arriba de la escalera pude ver a mi padre tumbado en el sofá del salón. No se había percatado de mi presencia. Su cara miraba justo en dirección contraria a mi y llevaba unos auriculares puestos conectados a la tablet. Se encontraba completamente desnudo y masturbándose mientras veía un vídeo porno en su tablet.

Evidentemente no sabía que mi entrenamiento se había cancelado y no me esperaba hasta una hora después. Así que allí se encontraba, mi padre, un hombre robusto de 40 años, con el pecho cubierto de vello y su barbita bien arreglada subiendo y bajando la mano por su polla con desenfreno. De vez en cuando paraba para pasar la lengua por la palma de su mano para humedecer su miembro y podía ver al soltarlo como tenía un rabo grueso de tamaño considerable y un capullo completamente descubierto.

Algo en mi interior sabía que no era muy normal que permaneciera allí mientras mi padre se masturbaba. A esa edad aún me costaba asimilar que mis padres mantuvieran relaciones, mucho más que mi padre se pajeara y que además lo disfrutara tanto. Sin embargo mi cuerpo no reaccionaba de la misma manera. Era incapaz de moverme de allí. Notaba como mis huevos empezaban a endurecerse y mi polla iba tomando fuerza. Estaba embelesado con la perfecta técnica de mi padre. Mis pajas habitualmente eran torpes y rápidas. Él, sin embargo, variaba el ritmo y la posición haciendo que el proceso se alargara más y más.

No pude aguantar más y saqué mi polla por el elástico del pantalón y comencé a pajearme intentando imitar su ritmo. Me percaté de que él estaba próximo a correrse porque al creerse solo en casa no se cortaba con los jadeos y al mismo tiempo aumentó la velocidad. Yo decidí quedarme hasta verle terminar aún a riesgo de que me descubriera.

De repente ocurrió. Su polla disparó los dos primeros trallazos de lefa sobre su propia cara y otros tres o cuatro más que cayeron sobre su pecho. Yo no podía creer la potencia con la que era capaz de eyacular, y a pesar de que había terminado y mi posición estaba en riesgo, seguía sin poder moverme. Gracias a ello pude ver como mi padre no tenía prisa por limpiarse y vestirse. Se quedó tumbado, jadeando y mientras su semen comenzaba a escurrir por su cara lo tomó con sus manos y luego las relamió como un perro hambriento. Hizo lo mismo con los restos de su pecho y continuó lamiendo y chupando sus dedos hasta que no quedó nada. Esta imagen me dejó en shock más todavía y me excitó a partes iguales. Tanto que no pude evitar correrme, tomando la precaución de hacerlo sobre la palma de mi mano libre. Sin embargo yo no tuve el arrojo de mi padre y ya pasado el momento de clímax volví a mi habitación a limpiarme.

Después cerré la puerta esperando que mi padre no hubiera oído nada por seguir con los auriculares puesto. Me volví a tumbar en la cama con mis auriculares puestos esperando a que cuando mi padre descubriera que había estado en casa todo el tiempo no sospechara que lo había descubierto.

Y así fue. Cuando había pasado la hora a la que yo debía de haber llegado, mi padre subió a mi cuarto y me encontró tumbado en la cama escuchando música como si nada.

-¿Has estado aquí toda la tarde? – me preguntó intentando disimular lo alarmado que estaba por la posibilidad de haberle descubierto.

-Sí, cancelaron el entrenamiento. Cuando llegué me puse música y me quedé dormido. Me he despertado hace un rato, pero como tampoco sabía que habías llegado… – mentí. En su cara pude ver una sensación de alivio.

-Esta bien. En un rato me pondré con la cena. – Pensó que había esquivado la bala y se había librado por completo.

Esa noche cenamos como si nada hubiera pasado, aunque me costaba un poco más mirarle a la cara y no pensar en cómo mi padre disfrutaba de su polla y su lefa cada vez que se masturbaba. Sabiendo lo que sabía, era cuestión de tiempo que me curiosidad me forzara a mover ficha. En realidad solo tuve que esperar a la mañana siguiente.

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