PÍNTAME

Conocer Europa no era precisamente el mayor sueño de Sam. Sin embargo, resultó una excelente oportunidad para alejarse de sus sobreprotectores padres. Recién cumplidos los 18, el joven adulto deseaba probar que estaba perfectamente capacitado para seguir su propio rumbo, sin la constante vigilancia paterna, y al terminar sus estudios secundarios lo único que deseaba era poner tierra de por medio con su asfixiante familia.

Afortunadamente el viejo tenía buena posición económica. Si le hubieran dado a elegir, hubiera optado por tener su propio coche y lanzarse a la aventura sin tener que dejar el país, pero su madre puso el grito en el cielo, imaginando ya que terminaría matándose en alguna carretera polvorienta y no quiso dar su brazo a torcer con la idea del coche. El berrinche de Sam fue mayúsculo, y como consolación, le ofrecieron aquel viaje a la vieja Europa.

Y ahora, en la obligada visita al Louvre, delante de todos aquellos cuadros de Rembrandt, Chagall, Mattisse, Durero, Goya y Picasso, Sam perdió la noción del tiempo. Cuando se dio cuenta, casi había pasado el día entero en el enorme museo. Era ya la hora del cierre, y los grupos de turistas eran conducidos amablemente a la salida.

Ante un sencillo pero impresionante desnudo, Sam se quedó absorto, sin darse cuenta que el resto de la gente abandonaba la sala. El cuadro estaba realizado en suaves tonos pastel, y el efecto de luz y sombra destacaba la figura de un muchacho, medio sentado, medio tendido, desnudo y solitario, con una complacida sonrisa en el rostro y una lánguida mirada sensual.

– Se calcula que fue realizado en el año 1600 – apuntó una voz a sus espaldas.

Sam se viró para agradecer la información. Un hombre de estatura mediana, complexión robusta y larga melena castaña le sonrió. Definitivamente no era uno de los atildados guías del museo.

– Se desconoce el autor, pero existen muchas leyendas sobre el origen del cuadro – continuó el hombre.

– Como cuales? – preguntó interesado Sam.

– Como por ejemplo que fue un tributo de amor del pintor hacia el modelo.

– En serio? – cuestionó el muchacho.

– O que fue la forma de inmortalizar una pasión no correspondida, o que tal vez fue el regalo póstumo del autor después de haber asesinado al modelo por rechazar sus atenciones – terminó el extraño.

Sam estaba visiblemente interesado, y el hombre se acercó a mirar el cuadro.

– Has notado lo mucho que te pareces al muchacho del cuadro? – preguntó de repente.

Sam no había reparado en ello. Miró la pintura con renovado interés. Probablemente hubiera un par de detalles, como la edad, la complexión, las líneas afiladas del rostro.

– No sé – confesó dubitativo – a usted le parece que haya algún parecido?

El hombre se acercó mirando su rostro, al tiempo que volvía la mirada al cuadro. El suave olor de su colonia se hizo más intenso con su proximidad. Sus ojos eran almendrados y de mirada profunda, y de pronto Sam se sintió demasiado observado, hasta sentirse casi incómodo.

– Definitivamente – concluyó el hombre. – El parecido es asombroso. Vamos, te invito un café y seguimos hablando.

No esperó ninguna respuesta. Enfiló hacia la salida, sumándose al río de gente que abandonaba ya el museo. Sam corrió tratando de no perder de vista las anchas espaldas, guiándose por el llamativo abrigo color vino. Afuera, el gélido aire invernal le sorprendió, haciéndole tiritar bajo su escuálida chamarra de mezclilla.

– Ponte esto – dijo aquella voz rica y profunda, tomándole por sorpresa nuevamente.

El hombre le colocó encima el abrigo color vino. Sam sintió el calor del hombre dentro de la prenda, y se sintió cómodamente arropado. El tipo giró sin decir nada más, y el muchacho le siguió de nuevo. Tres cuadras mas adelante, abordó un autobús y Sam corrió tras él para no perderlo. El camión venía atestado. La gente volvía a sus hogares y Sam se encontró de pronto aplastado contra aquel hombre repentinamente silencioso. El olor de su colonia y su penetrante mirada le hicieron de pronto sentirse mareado. La gente lo empujó hasta quedar pegado a él, frente a frente. Sintió su cuerpo a través de las

capas de ropa. Su rostro a escasos centímetros. Sam se sintió extrañamente excitado. Sus manos se rozaban, la gente empujaba para pasar y el movimiento del camión le hizo recargarse contra él en más de una ocasión.

– Aquí nos bajamos – dijo de pronto.

Sam se apeó detrás de él. Echaron a andar, y poco más adelante entraron en un pequeño y bullicioso café, donde parecía estarles esperando una mesa en el rincón. Ordenó café para ambos, y la hirviente taza les hizo olvidar por fin el frío.

– Me gustaría pintarte – confesó de buenas a primeras.

– A mí? – preguntó estúpidamente Sam.

El hombre no le contestó. Tomó su rostro entre las manos. Era la primera vez que lo tocaba así. Le giró la cara de un lado a otro. Sacó una hoja de papel y un lápiz de carboncillo. Hizo unos bocetos en cuestión de segundos.

– Sí, definitivamente debo pintarte. Aceptas? – la primera sonrisa que Sam veía en su rostro.

– No tengo la menor idea de lo que hace un modelo – se excusó Sam.

– Eso no importa. Yo te enseñaré – terminó.

Salieron del café y cruzaron la calle. Enfrente, en un viejo edificio de tiempos de la guerra, estaba el estudio de aquel hombre. Sam entró casi con reverencia. Aquel mundo le era completamente ajeno, y al cerrarse la puerta a sus espaldas, un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

– A propósito, mi nombre es Armand – se presentó el hombre – y esto es mi obra – dijo señalando una hilera de mas de una docena de pequeños y grandes lienzos.

Sam se quitó el abrigo y se acercó a los cuadros. Todos eran desnudos masculinos. Algunos definitivamente obscenos, pues los modelos pintados tenían grandes miembros erectos que Armand había sabido dibujar con excesivo detalle. Los velludos pubis parecían casi salir del cuadro, agrediendo al espectador con aquellos hinchados falos en franca actitud provocativa. A pesar de todo, Sam sintió que una corriente puramente sexual y animal se entablaba entre él y aquellos desconocidos muchachos. El atisbo de una erección le hizo acomodarse el miembro sin percatarse de que lo hacía.

– Sabía que apreciarías mi obra – le dijo Armand, señalando la mano de Sam en sus genitales.

El muchacho sintió que los colores le subían al rostro. Jamás se había sentido tan turbado por la vista de cuerpos masculinos desnudos, y si bien reconocía que algunas veces se había sentido atraído por algunos compañeros, nunca se había puesto a analizar si de verdad le atraían los hombres. Al parecer si le gustaban, y que fuera precisamente delante de aquel hombre que lo descubriera le hizo sentirse aun más avergonzado.

– No creo que pueda ser capaz de posar para algo así – se disculpó.

– Ya lo sé – contestó Armand -. No pretendo que lo hagas. Me interesa pintarte de otra forma.

Lo sentó en un taburete, mientras daba vueltas por todo el estudio trayendo un lienzo, pinturas, luces, y un sinfín de cosas que Sam no comprendía. Armand era un torbellino. Mientras corría de un lado a otro, encendió la chimenea, se quitó el gastado gabán de punto que vestía y con la habitación perfectamente caldeada, comenzó a trabajar. Sam permanecía rígido en un principio, pero pronto comenzó a sentirse cómodo con la vigorosa compañía de Armand. En cuanto comenzó a dibujar, su carácter cambió por completo. Dejó de ser serio y taciturno y comenzó a hablar hasta por los codos. Las bocinas atronaron con las Cuatro Estaciones de Vivaldi, con la inconfundible voz de María Callas, con diversas sonatas de Bach o las más coloridas arias de Aída. El calor de la pequeña buhardilla aumentó al grado que Armand se quitó la camisa. Su torso velludo y masculino era fuerte, de músculos definidos y precisos. Sam se quitó también la camisa por instrucciones suyas, y no le extrañó que más tarde Armand se quitara también los pantalones. En calzoncillos, tal vez el energético pintor hubiera debido verse cómico, pero no fue así. Parecía un duende pagano, una muestra de fuerza y determinación, y las hojas y bocetos volaban entre sus piernas fuertes y macizas. Cuando se acercó a su modelo y le abrió la cremallera de los pa

ntalones, Sam no dijo nada, y alzó las nalgas para facilitar que se los quitara. La intensa actividad comenzó a mostrarse también bajo los arrugados calzoncillos de Armand. Entre vuelta y vuelta, Sam se percató que algo duro y grande saltaba bajo la prenda a cada paso que daba. Minutos después, aquello duro y grande emergió sin pena alguna, cuando Armand terminó quitándose los calzoncillos y los arrojó en un alejado rincón de la habitación.

A partir de aquel momento, Sam no tuvo ojos sino para aquella muestra de orgullosa masculinidad. Su pene se alzaba al igual que sus obras, obsceno y arrogante. No admitía medias tintas. Hinchado y generoso, miraba a Sam con su único ojo, como retándole a sostener su mirada. Cuando Armand se acercó a su modelo y le arrancó los calzones, éste ni siquiera hizo el intento de detenerlo. Desnudo, Sam ya no pudo ocultar que su verga también estaba erecta. Tal vez no tan impresionante como la del maestro, pero definitivamente perfecta en su encantadora juventud. Armand comenzó a hacer más bocetos, con el enhiesto pene como único objetivo. Alguien cantaba entonces una dramática ópera de Verdi y como en un sueño, Sam se recostó en el diván, sin poder contener ya el torbellino que las extrañas y sensuales notas parecían provocar en su piel. Cerró los ojos y los abrió casi al instante, al sentir la boca de Armand cerrarse sobre su pene erecto. El pintor había dejado el lápiz y el papel abandonados en el piso, y entre sus piernas, se afanaba por meterse dentro de la boca la verga completa de Sam. Tenía las manos negras por utilizar el carboncillo, y manchó con ellas la blanca piel del muchacho, dejando huellas oscuras desde su ombligo hasta sus rosadas tetillas, aprisionadas entre sus fuertes y decididos dedos.

De pronto reptó sobre su cuerpo. Frente a los ojos de Sam se abrieron sus muslos velludos, y el gordo pene de Armand gravitó frente a su rostro. Abierto de piernas sobre su cabeza, Sam tuvo frente a sí las colgantes bolas de sus huevos, que pesadas y calientes se arrastraron sobre su rostro barriendo desde su barbilla hasta su frente. No fue necesario recibir ninguna indicación. La lengua del muchacho salió casi por voluntad propia, lamiendo aquel suave saco de piel y vello, acogiendo su masculina presencia entre los labios e inhalando su íntimo aroma como si fuera el mejor de los perfumes.

Tras sus huevos, la verga hizo el mismo recorrido. El glande rosado y suave viajó por su frente, sus ojos y sus mejillas. Empujó sobre sus labios, abiertos para recibirlo y entró hasta su garganta, sedienta ya de su sabor. Le lamió desde la punta hasta la base, aprendiendo el mapa de venas azules y marcadas, mojando, besando y lamiendo la carne caliente y dura.

Armand giró sobre su eje, de tal forma que pudo lamer la verga de Sam y dejar que éste lamiera la suya. En aquella posición, las nalgas del maestro se abrían sobre el rostro del muchacho, y el ojo oscuro y velludo de su ano se le hizo el manjar más codiciado. Saltó de su verga hasta su escondido agujero, y casi pudo sentir en sus labios el estremecimiento de placer que recorrió el cuerpo de Armand.

– No aguanto más – confesó el pintor en un susurro. Ahora era Carusso quien gritaba con su poderosa voz su amor no correspondido.

Armand se puso de pie. Desnudo, con la melena desordenada y el gordo pene danzando entre sus piernas, parecía un fauno preso de sus pasiones. Sam saltó a sus brazos extendidos, consciente de que lo que sucediera no tenía ya vuelta atrás. Armand lo abrazó, permitiéndole sentir el calor que emanaba de su piel. Se sentó aún con el muchacho entre sus brazos. Las piernas de Sam se abrieron para acomodarse en el sillón, sentándose a su vez sobre el regazo de Armand. Sus nalgas descansaron sobre el pene del pintor, quien las abrió con sus manos, manchando seguramente su carne suave y blanca con sus dedos llenos de carbón. El culo de Sam quedó abierto a su reclamo, y la punta de su verga se acomodó en su periferia.

– Siéntelo – le urgió con sus ojos puestos en él – métetelo tú mismo,

Sam supo que era el momento. Empujó su propio peso contra aquella lanza de carne, obligando a su cuerpo a abrirse para recibirla. Una absoluta concentración le hizo sentir su paso a través de sus entrañas. Se dejó invadir, se dejó poseer, a sabiendas que dentro de sí estaba conteniendo la arrebatadora energía de

Armand. No le importó el dolor, porque la sensación de sentirse atropellado, avasallado por aquella verga, voluntariosa y exigente, le hizo consciente del momento que vivía. No descansó hasta tenerla completamente dentro, pulsante y vibrante, hinchada y tensa.

– Ahora muévete – le demandó el pintor, con la mirada perdida en su propio placer.

Y Sam se movió, porque sólo quería complacerlo. Sus nalgas subieron y bajaron, asido de sus anchos hombros, pendiente de su boca contenida de placer y vigilando su rostro apasionado y febril.

La música cesó en aquel momento, y sólo los gemidos de ambos llenaron la habitación. Cada uno inmerso en su propio placer, unidos los cuerpos y las intenciones, las manos de Armand sobre las blancas nalgas de Sam y éste, tragándose la verga de Armand como si de eso dependiera el resto de su vida. Hasta el cansancio, hasta el agotamiento, hasta el orgasmo definitivo y total que dejó en ambos un repentino cansancio y acurrucados, se durmieron abrazados en el mismo diván.

A la mañana siguiente, la pintura comenzó a tomar forma. Los bocetos dieron paso a los pinceles y pinturas. El lienzo era mucho más grande de los que acostumbraba pintar Armand y aún desnudo, comenzó a trabajar, continuando sin parar hasta media mañana, cuando el hambre les hizo escapar al café de enfrente y tomar un barato pero suculento desayuno. A partir de eso momento, las mañanas eran para la pintura, y las tardes las dedicaban a descubrir sus respectivos cuerpos e invariablemente terminaban haciendo el amor cada noche, y aunque Sam gozaba con el cuerpo recio de Armand, éste nunca le permitió que se lo cogiera, pues siempre era él quien penetraba al muchacho y nunca al revés. De cualquier forma, Sam adoraba cada minuto de su compañía y los días se sucedieron unos a otros en una rutina que les hizo perfectamente felices hasta que las vacaciones de Sam terminaron y éste debía volver a retomar su propia vida.

La última noche juntos, descorcharon un champán, un lujo para sus escasos recursos, y cenaron encerrados en el estudio de Armand.

– Quiero hacerte un regalo – dijo de pronto Armand.

– Mi pintura – completó emocionado Sam, deseando verla por fin terminada.

– No, esa me la quedo, porque eres tú y quiero tenerla conmigo.

Trajo la pintura y se la mostró. Sam se reconoció al instante. No porque el parecido físico fuera exacto, que no lo era, sino porque el melancólico rostro parecía expresar perfectamente su tristeza, su amor por Armand, y al mismo tiempo, el sensual deleite que había descubierto en las noches que compartieron. El muchacho del cuadro estaba desnudo, con una clara erección, pero a diferencia de los otros cuadros, no era en absoluto ofensivo. Mas bien hablaba del gozo de aquel cuerpo, de su piel incandescente de placer, del calor que lo alimentaba y de que definitivamente estaba satisfecho de ser así.

– Y cual es mi regalo entonces? – preguntó Sam emocionado aún por la pintura.

Armand se dirigió a la cama que tantas veces compartieran en aquel breve pero intenso tiempo que llevaban juntos. Se desnudó sin explicarle nada más y le dio la espalda, poniéndose a gatas sobre el gastado colchón. Sam perdía la cabeza por sus nalgas velludas y masculinas, y una fulminante erección creció al instante al verlo acomodarse de aquella forma. Le estaba ofreciendo su culo, y ese era un regalo que no pensaba despreciar.

Se aproximó a la cama y en el camino se arrancó la ropa. Temblaba de anticipación. Las firmes y rotundas nalgas de Armand parecían atraerle como un poderoso imán. Las tomó entre sus manos, sintiendo su dureza y suavidad al mismo tiempo. Las abrió, deleitándose los ojos con su pasiva aceptación, y hundió el rostro en el escondido centro de su cuerpo. Su ano, peludo, caliente y cerrado, se le antojó como nada se le hubiera antojado antes. Lo lamió despacio, deseando que Armand supiera lo feliz que lo hacía, y así debía de ser, porque el hombre suspiraba con cada lengüetazo suyo. Le dedicó todo el tiempo de que fue capaz contenerse, amasando aquellos suculentos globos de carne, mordizqueándolos con excesivo deleite hasta hacerle apretar su rostro entre la raja humedecida con sus besos. Finalmente lo montó, como si para eso hubiera nacido, con el fervor que sólo un amante parece dedicar al cuerpo amado, y él aceptó el homenaje, decidido a darle ese regalo de d

espedida tan especial, sin cejar en su empeño hasta tener dentro por primera vez el semen de aquel muchacho tan especial en su vida.

No le acompañó al aeropuerto al día siguiente, porque a ninguno le gustaban las despedidas. Habría otros momentos, se prometieron, y con esa certeza siguieron sus vidas, conservando cada cual a su manera su propia pintura para comprobarlo.

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Autor: Altair7

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